otros prebendados acudieron á esperar las religiones, que aun no habían
salido todas. Los beneficiados, que estaban revestidos para llevar la
Custodia, con notificación de las censuras, se desnudaron, las Cruces de
las parroquias se fueron, el clero se aterró y se fué de la Iglesia, las
más de las cofradías se fueron. Vista esta confusión por todo el pueblo,
los sacristanes huyendo y las cofradías de la misma suerte, fué tal en
este punto el tropel y clamor de la voz popular, que se oyeron cosas
dignas de escribirse...»
«No es posible poder reducir ni hay testimonio con que explicar lo que
en este trance se vió y oyó, y los milagros por la Divina Magestad, en
que á vista de tal inquietud y resolución, no permitió que hubiese otra
cosa que voces.»
Entonces, por orden de la Audiencia, con los que aún no se habían
dispersado, la procesión siguió con la Hermandad de los Sastres, la de
san Diego, los capuchinos, los mercenarios, los agustinos y los frailes
del Carmen, asistiendo también el tribunal de la Inquisición, los
canónigos y el Asistente, que con harto despecho tuvo que concurrir
llevando delante á los de las _danzas_, motivo principal del alboroto y
los cuales bailaron durante el tránsito, como si nada hubiera ocurrido,
con general regocijo.
Las cuatro de la tarde eran cuando la procesión regresó al templo
Catedral, terminando sin otro incidente la fiesta del Corpus de aquel
día, que dejó memoria entre los sevillanos largo tiempo.
LAS PROCESIONES DEL ROSARIO
Antiguas son en Sevilla las procesiones del rosario que durante las
primeras horas de la noche y por las madrugadas recorrían las calles de
la ciudad cantando oraciones, pero los historiadores señalan como la
época de que arranca el gran apogeo de tales actos religiosos, los
últimos años del siglo XVII, en que sufrieron notables reformas que
contribuyeron á su gran desarrollo.
Don Antonio M. Espinosa y Cárcel, dice al hablar del año 1690, que
«desde este año comenzaron á salir en Sevilla los rosarios con cruz y
estandarte (ó sin-pecado) y faroles, aumentándose la devoción cada día
en los términos de grandeza y aparato que hoy (1796) se ven con
admiración de todos.»
Fué, á creer á los analistas, el rosario de la hermandad de la Virgen de
la Alegría de san Bartolomé, el primero que salió con sus luces é
insignias, disputándose con él la antigüedad el de san Pablo, organizado
por cierto fray Pedro Martín de Ulloa, y á estos dos siguieron
rápidamente otros muchos que hicieron reformas por entonces.
La constitución de hermandades del rosario tomó gran incremento en
escaso tiempo, y de entre ellas he de citar algunas de las principales,
como lo fueron las de la Merced, san Roque, el Pópulo, los Dolores, la
Cruz del Rodeo, los Viejos, san Acasio, san Telmo, la Virgen de los
Angeles, los Clérigos Menores, santa Ana la Pastora, san Nicolás, san
Benito y san Alberto.
A más de éstas, había otras muchas de menos importancia, y puede decirse
que, al mediar la décima octava centuria, no existía en Sevilla iglesia,
convento, capilla, cruz ó retablo donde no estuviese formada una
hermandad, que por las noches recorría las calles, más ó menos devota y
gravemente, con sus campanillas, su cruz, su estandarte y sus grandes
faroles.
Hacia 1732 el rosario del Sagrario empezó á competir en lucimiento con
las demás, y en 1735 comenzaron á salir de Santa Cruz los formados por
mujeres, según las noticias de Enrique Andrade, teniendo también aquel
año principio, para que nada faltase, uno de niños, al cual dió gran
impulso un fraile llamado Diego Tomás de los Ríos.
Para que el lector calcule hasta dónde llegó esto de las hermandades de
rosarios, consignaré tan sólo que entre las de hombres, mujeres y niños
había en Sevilla 128 en 1758, como así consta en los _Anales_, y era de
ver que apenas quedaba noche del año en que no salieran tres ó más á la
calle, sin contar la más principal y numerosa, que era la que al toque
del alba salía de la capilla de las gradas de la Catedral, á la que
estaban afiliados todos los comerciantes del barrio del Sagrario y
personas de no poca significación.
Tan excesivo número de hermandades daban origen á competencias y
rivalidades entre unas y otras, por muy varios motivos, y en particular
las de los barrios bajos, compuestas en su mayoría de gentes de armas
tomar y de mozos del brazo de hierro y de la mano airada, tenían con
frecuencia en mitad de la calle y entre las sombras de la noche agrias
disputas y pendencias, donde los devotos venían siempre á las manos,
propinándose sendos bofetones, palos y farolazos que dieron con justicia
origen á la fama legendaria que aún todavía conservan los _Rosarios de
la aurora_.
Para aquellos nuestros abuelos, era el rosario por la noche una
distracción como otra cualquiera á falta de alguna más variada, y así se
explica que antes del devoto ejercicio y durante el tránsito menudeasen
mucho las libaciones en las tiendas de montañés, y que los hermanos
estuviesen en no pocas ocasiones muy lejos de guardar aquella compostura
y devoción que el caso reclamaba.
Los rosarios de mujeres, sobre todo, dieron origen á no pocos excesos,
en los que más de una vez viéronse obligados á intervenir los
alguaciles, pues como no todas las hijas de Eva que á ellos concurrían
hacíanlo sólo por el rezo, y como con frecuencia los mozos de empuje se
unían á la procesión con intenciones no muy piadosas, resultaban de aquí
escenas poco edificantes.
Las rivalidades entre los individuos de unas y otras hermandades,
llegaban á ser á veces terribles y los odios irreconciliables, aunque el
origen de todo era tan santo, y en cuantas ocasiones podían molestarse
los hermanos, las aprovechaban con creces, usando de todos los medios.
Como anuncio de los rosarios de madrugada era la salida de los _hermanos
campanilleros_, que recorrían en las primeras horas de la noche las
calles embozados en capas, deteniéndose en determinado punto, y
entonando coplas de carácter religioso, á las cuales acompañaban con el
repiqueteo de unas campanillas de mano que llevaban al efecto.
Estos _campanilleros_ formaban parte de las mismas hermandades del
rosario, y eran, por lo general, gente obrera, y algunos llegaban á
adquirir singular destreza en el manejo de la campanilla.
Los sábados, generalmente, salían á la calle los _campanilleros_ por los
barrios de la Feria, de la Macarena, de san Bernardo ó de Triana,
teniendo siempre no pocos curiosos que le rodeaban cuando se detenían á
echar sus tonadas ante la puerta de alguna casa, de cuyos inquilinos
recogían buenas limosnas para el culto del rosario.
La música de los _campanilleros_ era extraña y de un singular carácter,
pero no dejaban de ser menos curiosas las letras de sus coplas, entre
las cuales las había del tenor siguiente:
El demonio como es tan travieso
agarró una piedra y rompió un farol,
y salieron los padres Franciscos
y lo apedrearon en el callejón.
El _invito_ del rey san Fernando
luchando con moros, Sevilla ganó,
con el mundo en la mano derecha
y en la otra la espada y en la _otra_ el pendón.
Un devoto por ir al rosario
por una ventana se quiso tirar,
y la Virgen María le dice:
--Detente devoto, por la puerta sal.
Todas estas y otras muchas llevaban un estribillo, que se repetía
cientos y cientos de veces, y el cual era por este estilo:
«Devotos, venid;
devotos, llegar,
que la Virgen María nos llama;
su santo rosario
venid á rezar.»
Algunos cantores de los _campanilleros_ llegaron á adquirir cierta
celebridad, no sólo en la hermandad á que pertenecían, sino en todo el
barrio, principalmente en los tiempos en que más en auge estuvieron,
entablándose en no pocas ocasiones competencias muy empeñadas entre los
cantores de una parroquia y los de otra, competencias de las cuales
resultaron algunas veces disgustos y altercados.
A fines del siglo XVIII y á la primera mitad del XIX, el tipo del
hermano campanillero era popularísimo en Sevilla y el nombre de alguno
de ellos ha pasado á la posteridad, como ocurrió con el llamado Felipe
_Batato_, de quien decía la copla:
«Si lo llaman _pa_ ir al rosario
dice que está enfermo, que no puede ir;
si lo llaman _pa i_ á la taberna,
dice que se esperen, que se va á vestir.»
En los primeros años del siglo XIX comenzó en Sevilla la decadencia de
los rosarios nocturnos, que después de los tres años de invasión
francesa no volvieron ya á su antiguo esplendor, y disueltas ó
extinguidas más tarde las hermandades, sólo queda como menguado recuerdo
de aquellos actos de religión, en que nuestros abuelos pasaban el
tiempo, el rosario de la aurora, que aún sale tres veces al año de la
capilla de la Angustia, en las gradas de la Catedral.
LA BEATA BRIGUELA
Catalina Briguela tenía por nombre y era natural del Puerto de Santa
María, donde vivió algún tiempo y en diversas temporadas en Sevilla,
población en que llegó á ser muy conocida por la gente devota y en donde
vino al fin y á la postre á sufrir mal de su grado, infamante pena y
duro castigo.
El día 18 de Diciembre de 1695, el pueblo que acudió á la iglesia de
santa Ana de Triana, donde la Inquisición celebró auto público de fe,
vió salir á Catalina Briguela en unión de cinco mujeres y dos hombres
que por sus pecados se vieron en tan apurado trance.
El delito de que se acusaba á la Briguela era grave, pues según resultó
de la lectura de la causa, desde la edad de siete años había la mujer
mantenido _pacto con el demonio_, edad harto temprana, que prueba cuánta
era la precocidad de la niña y cuán varios son los caprichos del Satan,
que hace diabluras como estas de escoger criaturas para echarles la
garra.
El tribunal de la Inquisición sentenció á Briguela á sufrir doscientos
azotes por las calles de la ciudad á hacer duras penitencias por
determinado tiempo y á ocho años de destierro de los cuatro reinos de
Andalucía.
La vida de la reo no dejaba de ofrecer incidentes curiosos, que todos se
pusieron bien en claro durante las diligencias del proceso, en el que
declararon muchas personas que juraron gravemente haber sido testigos de
cuán formal y estrecho era el pacto que tenía la reo hecho con el
diablo.
Parece que la moza, que era beata de hábitos, no sólo se contentaba con
su pacto diablesco, sino que inducía á las jóvenes á que se entregasen á
Satanás, sin duda porque á ella le iba muy bien con aquella compaña.
En el Puerto de Santa María y en Sevilla, María Briguela reunía en su
casa á personas adictas, y con ellas se entretenía en prácticas de
hechicerías, las cuales no se celebraron con tanto misterio que no
trascendiesen al vecindario, con gran escándalo para todos, pues el
demonio parece que tomaba parte en aquellas reuniones, no sólo para
cosas contrarias á la religión, sino para excitar á sus poseídos á las
mayores desvergüenzas y deshonestidades.
Vivió la beata mucho tiempo de ésta tan torcida manera y sin apartarse
del mal camino, siendo muy frecuente en ella las visiones y los
transportes, los cuales le acometían con frecuencia, causando la mayor
admiración en cuantos la rodeaban y que quedaban suspensos de verla
revolverse por los suelos, dar grandes gritos, agitarse toda y sufrir
las mayores crueldades.
Cuando volvía en conocimiento la beata, contaba cosas estupendas á sus
amigas, y relataba sus conversaciones con Luzbel, y las confidencias que
éste les hacía en las cuales trataba con la mayor llaneza de las cosas
pasadas, presentes y futuras, dejando tales relaciones con la boca
abierta á todos los incautos que las oían.
Farsa burda era aquella en que la Briguela no dejaba de sacar provecho,
pues que siempre tenía quien la regalase, por tal de oirla.
El año 1690 parece que vino á unirse con Catalina otra mujer que también
andaba en esto del pacto con el demonio, y no es cosa de relatar los
estragos que en algunas almas sencillas hicieron con sus malas artes y
con sus abominaciones.
De esto vino la perdición de la ilusa, pues un pariente de cierta moza á
quien habían ganado para sus hechicerías, denunció á la Briguela al
tribunal de la Inquisición, quien la puso en sus cárceles en 1693, donde
permaneció hasta el 18 de Diciembre del citado 1695 en que salió en
santa Ana en público como lo cita Montero de Espinosa en su _Colección
de autos que llamaban de fé_.
EL VERDUGO AZOTADO
No siempre había de ser el verdugo el que azotase á los reos, y por eso
en cierta ocasión fué el propio verdugo el que salió á la vergüenza
pública montado en el borrico y sufriendo sobre sus espaldas los golpes
de la penca.
Esto ocurrió en 1698 el día 10 de Octubre, y la causa del castigo fué
que el tal verdugo tenía el feo vicio de la blasfemia, costándole las
palabras gruesas que en una ocasión dijo, 200 azotes dados tan á
conciencia, que el hombre estuvo curándose largo tiempo y á punto de
perder la vida.
El azotado verdugo se llamaba Onofre Bartola y era hombre de historia un
tanto original, que bien merece recordarse. En una ocasión prendió la
justicia á varios ladrones, y uno de ellos, hombre despejado, á lo que
se vió, suplicó con grandes instancias le concediesen la plaza de
ejecutor de la justicia, y como quiera que á la sazón ésta se hallaba
mal servida porque el verdugo andaba enfermo y achacoso, y el
solicitante, que era el propio Onofre, ofreció desempeñar el puesto por
la mitad del sueldo, le fué encomendado; pero tantas fueron las
bellaquerías y malas acciones que cometió á partir de entonces, que la
Audiencia lo condenó á cárcel perpetua, y á no salir de ella sino
cuando tenía que ejercer su triste misión, muy escoltado, y así que daba
fin de ella volvían á encerrarle.
Parece que en la prisión, como su espíritu era inquieto y turbulento,
traía siempre revueltos á los demás presos, gente de la hería, nada
pacífica ni sosegada, y esto dió motivo á que, denunciado por blasfemo
horrendo, saliese un día por las calles de Sevilla á sufrir los
infamantes azotes; y no quedó aquí el castigo, sino que la Inquisición
lo reclamó y le hizo á fin de 1699 salir en auto público, encorozado y
con una mordaza, enviándolo luego á sufrir seis años de galeras.
Del tiempo en que estaba preso el ínclito Onofre he encontrado la
curiosa noticia en el Archivo Municipal en la Carpeta 39 de Acuerdos
para librar de 1699 y que puede servir de dato para ilustrar la vida del
azotado verdugo:
«En la muy noble y leal ciudad de Sevilla, en sábado 11, días del mes de
Abril de 1699, en el Cabildo que la ciudad tuvo y celebró este día en
que se juntaron sus señorías el señor marqués de Valdehermoso, Asistente
de esta ciudad y algunos de los caballeros veinticuatro y jurados según
costumbre, fué leído un memorial dado por Onofre Bartola en que dice
está ejerciendo el oficio de ejecutor de la justicia y que se halla
preso en la cárcel real, y sumamente pobre, suplica á la ciudad lo
admita por tal ejecutor, señalándole lo que es estilo y socorriéndole
por ahora con lo que la ciudad fuese servido, en que recibiría merced; y
visto por la ciudad y por su señoría el señor Asistente se acordó de
conformidad remitir el dicho memorial á los señores tenientes para que
hagan informe sobre su contenido y que al dicho Onofre Bartola se le
diesen por ahora _cien reales_ por cuenta del salario de ejecutor de la
justicia que se le hubiere de señalar, siendo á propósito para ello y
que se tenga presente en la contaduría esta libranza para cuando llegue
el caso, etc.»
Cumpliendo en las galeras la condena que se le impuso después del auto
de fe murió Onofre Bartola, y así tuvo fin la airada vida de aquel
ejecutor de la justicia, que fué á la par reo y verdugo.
LOS HERMANOS DEL PECADO MORTAL
En el siglo XVIII y aun á principios del XIX, interrumpía, durante las
noches, el silencio de las calles de Sevilla, una voz lúgubre y monótona
que más de una vez despertaba á los pacíficos vecinos y llevaba el
terror á los chiquillos que descansaban en sus casas.
Aquella voz era la de los hermanos de la _Congregación del santo celo
por la salvación de las almas y conversión de las que están en Pecado
Mortal_ (que tal era su título), hermanos que con un cepillo de madera
colgado á la cintura para las limosnas, una campanilla y una linterna,
correteaban la ciudad desapareciendo cuando las primeras luces del nuevo
día comenzaban á iluminar el cielo.
Poco después de la _Queda_ salían los hermanos, que tenía cada uno de
ellos la misión de recorrer un barrio, del que llegaban á conocer todos
sus rincones, encrucijadas y callejas; iban por entre las sombras con
paso reposado y lento, y en determinados lugares se detenían y bajando
el embozo de la capa, con tono quejumbroso gritaban:
--_¡Para hacer bien y decir misas por los que están en pecado mortal!_
A este grito agitaban la campanilla, no faltando, por lo regular, de
allí á poco, la voz de un vecino que entreabría la ventana, y al _tome
hermano_, arrojaba alguna moneda á nuestro hombre, que seguía su camino
impasible á otro y otros sitios, donde repetía su pregón y sus
campanillazos, entonando algunas veces una á manera de _saeta_, del
tenor siguiente:
«Si en esta noche murieres,
hombre que estás en pecado
¡considera dónde fueres!»
La tal congregación del _Pecado mortal_, fué creada en Sevilla hacia
1723, siendo su principal organizador un librero de Marchena,
establecido en la calle Génova, el cual, en unión de otros devotos,
formaron los estatutos y reglas, estableciéndose en la iglesia del
convento de san Francisco, donde más tarde costearon una Virgen de la
Esperanza, pues á ésta y al _Cristo Coronado de Espinas_, tenían por
patronos los congregantes.
El 9 de Abril del año de 1724 fué la primera noche en que los hermanos
del _Pecado Mortal_ salieron por las calles á recoger limosnas, y éstas
debieron darles buenos resultados, pues en pocos años llegaron á reunir
un fondo bastante considerable, el cual aplicaban, entre otros objetos,
á casar á los enamorados que vivían maritalmente, para _sacarles del
pecado_, como cándidamente escribe un autor.
La congregación del _Pecado Mortal_, salía anualmente de misiones por
las parroquias de san Julián, san Marcos, san Ildefonso y Omnium
Sanctorum, á donde iba en procesión, y en las que sermoneaban largo y
tendido los frailes franciscanos, que se entraban y salían por las casas
de esas populosas collaciones, con el propósito de limpiar de pecado al
vecindario.
Los hermanos que paseaban las calles para recoger las limosnas eran de
los de más ánimos y presencia, pues había que tener ambas cosas para
andar de noche por la ciudad en invierno y verano, expuestos á más de un
percance y á las varias asechanzas y lances que entonces á cada paso se
ofrecían.
Los criminales y malhechores, los vagos y pájaros de cuenta, que vagaban
por calles y plazas, tenían en el pregón del _Pecado Mortal_ un aviso
que le daba el alto en sus fechorías, y más de una vez en el hermano un
testigo mudo de sus actos.
Esta antipática y lúgubre figura de la campanilla y el pregón
desaparecieron por completo hace ya más de noventa años, pero la
congregación del _Pecado Mortal_ siguió y puede decirse que aún
subsiste.
Cuando en 1840 fué derribado el convento de san Francisco, se
trasladaron los hermanos al templo de san Ildefonso, y de allí fueron
más tarde al de San Buenaventura, donde todavía y anualmente organizan
algunas misiones por los pueblos de la provincia misma, que por lo
general, pasan inadvertidas y en nada consiguen llamar la atención.
La congregación de _El santo celo por la salvación de las almas y
conversión de los que están en pecado mortal_, fué de aquellas
instituciones religiosas que dieron una nota gráfica la España negra y á
la sociedad supersticiosa de nuestros abuelos, aunque parezca extraño y
con cierto orgullo se envanecen algunos autores de que Sevilla fué la
primera que la tuvo entre las capitalas de España.
UN PARTIDARIO DEL ARCHIDUQUE DE AUSTRIA
La guerra de sucesión, tan funesta para España, hizo, como sucede en
casos tales, multitud de víctimas fuera de los campos de batalla, y más
en aquella en que el número de partidarios de la causa del archiduque de
Austria era en un principio mayor que el de los Borbones.
Esto ocurrió también en Andalucía, donde se conspiró un buen tiempo, si
bien luego tratóse de borrar las huellas de tales pasos, y siendo tal
vez no pocos de los que luego prestaron acatamiento á Felipe V, los que
promovieron y fomentaron ocultamente las conjuras.
Uno de los individuos que en Sevilla se señaló más entre los
partidarios del archiduque fué D. Cristóbal Guerrero de Aguilar, el cual
tenía el destino de administrador de la sal, y era además uno de los más
distinguidos familiares de la Inquisición por su noble alcurnia y la
posición que ocupaba.
Guerrero de Aguilar mezclóse en todos los manejos contra la dinastía de
Borbón, y estableció correspondencias con muchas personas significadas,
siendo durante los años 1702 y 1703 uno de los más activos agentes de la
casa de Austria.
En los comienzos de 1704, D. Cristóbal fué preso por haberse probado que
en uno de los frecuentes viajes que por entonces hizo, había traído
varias cartas, documentos y alocuciones del famoso cardenal Cienfuegos,
los cuales estaban dirigidos á excitar los ánimos de autoridades,
comunidades y personas significadas, en contra de la nueva dinastía.
Juzgado Guerrero de Aguilar por su delito, ninguna clemencia tuvieron
para él los jueces, condenándolo á muerte después de algún tiempo de
prisión y de haber practicado muchas y enojosas diligencias en
averiguación de los que en Sevilla parecían estar en contacto con el reo
y favorecer sus trabajos.
El administrador de la sal fué ahorcado en la plaza uno de los primeros
días de Mayo de 1774, y en la noche de su muerte una procesión de
frailes de san Francisco subió al patíbulo, descolgó el cadáver, lo
amortajó allí mismo, y colocándolo en un féretro, después de entonar
largas salmodias, lo condujeron al convento más próximo, donde le dieron
sepultura.
Esto fué muy comentado en la ciudad, pues de los frailes franciscanos de
la Casa Grande se decía, no sin fundamento, que eran partidarios del
Archiduque, y aun que habían enviado en diversas ocasiones ocultamente
cantidades crecidas para el sostenimiento de las tropas enemigas de la
casa de Borbón.
PROFANACIÓN
El día 16 de Junio de 1718, fiesta del Corpus, una vecina de la
collación de San Vicente, llamada Juana Teresa Parrado, y la cual era
criada del convento del Dulce Nombre de Jesús, robó la sagrada forma del
viril, guardándola en su pecho, y después de partirla, la colocó sobre
un altar de Jesús Nazareno.
Esta profanación que, como es de suponer, causó gran escándalo en
Sevilla, fué consignada por algunos escritores en papeles y hojas
sueltas, y la autora del hecho fué presa y llevada á la Inquisición,
donde sufrió castigo, saliendo en auto público de fe el 10 de Diciembre
de 1719, condenándosela á doscientos azotes y á destierro, y en
desagravio de la Divinidad se hicieron luego numerosas funcionos en los
templos de Sevilla.
Juana Parrado, según las relaciones coetáneas, no era una cualquiera
como parece, pues, tenía nada menos que pacto con el demonio, á quien
_trataba con mucha llaneza_, y me parece de verdadera curiosidad para
conocer detalles de aquella individua y del suceso que la hizo célebre,
reproducir estas líneas del manuscrito de fray José de Muñara, y que no
dejan de ser donosas.
En ellos después de relatar el sacrilegio cuenta como fué descubierto y
da á conocer quien era la autora, en esta forma: