abusos en las procesiones de penitencia que hacían estación en la Semana
Santa y negó licencia para que saliese á la hermandad y cofradía de los
estudiantes bajo la advocación de las _Negaciones y Lágrimas de San
Pedro_. Desde el año 1691 ya sonaba como antigua esta cofradía, pues
presidía á la de Nuestra Señora de la Antigua, establecida en san Pablo;
más como solo tenía un _paso_ con la estatua de san Pedro, era necesario
que se agregase á otra, bajo cuyo estandarte cumplían su estación y
tomaban cena. No habría sido incómoda su compañía si las travesuras
juveniles no hubieran desazonado á los demás cofrades hasta el punto de
no querer admitirlos en ninguna, por lo que se unieron á los mulatos,
pues hasta los negros esquivaban la compañía de los estudiantes que al
fin dejaron de salir, pues su memoria solo llega al año 1727 en que
salieron de la iglesia de los Clérigos Menores el Jueves Santo en la
tarde.»
EL OBISPILLO
La antigua fiesta del _obispillo_, que los estudiantes celebraban la
víspera del día de San Nicolás de Bari, verificóse por última vez en
Sevilla en 1641, prohibiéndose á causa de los tumultos que entonces se
originaron.
Parece que el día 5 de Diciembre de aquel año, los escolares del colegio
de Maese Rodrigo, escogieron por _obispillo_ á un estudiante nuevo,
según costumbre, el cual se llamaba Esteban Dongo, y colocándole su
mitra de papel, comenzaron en la puerta de los estudios á rendirle el
burlesco acatamiento que era uso; mas en vez de limitarse á las bromas
corrientes, se entusiasmaron demasiado, alborotando mucho y dedicándose
á recorrer las calles, en las cuales atacaban á cuantas mujeres y
hombres veían al paso, haciendo detenerse los coches y arrojando de
ellos á los que los ocupaban para que se inclinasen ante el _obispillo_.
No se limitaron á estos desahogos, con los que ya estaba bien alborotada
la población, sino que por la tarde acudieron en gran tropel y confusión
al teatro de la Montería, y penetrando en él, arrollaron al público,
ocupando aposentos y bancos, obligando á los actores á que volviesen á
empezar la representación, que ya estaba próxima á concluir.
Si la entrada fué tumultuosa, más lo fué la salida de los estudiantes,
pues trabaron una gran pendencia con varios caballeros, saliendo á
relucir espadas y pistoletes, resultando algunos heridos graves por
ambas partes de los contendientes.
Estos sucesos fueron los que motivaron que la Audiencia decretase la
prohibición de la fiesta del _obispillo_.
DUQUE CORNEJO
El nombre del escultor Pedro Duque Cornejo y Roldán, es bien conocido de
los amantes de las artes sevillanas, pues el número de sus obras es muy
dilatado y encierran verdadero mérito.
El año 1677 nació en Sevilla, dedicándose desde muy joven al dibujo y
siendo discípulo del famoso Pedro Roldán, con quien empezó el estudio de
la escultura, donde no tardó en hacer notables progresos.
A poco fueron buscadas sus estatuas en Sevilla, recibiendo numerosos
encargos de obras, algunas de ellas importantes. Así fué, que al
construirse el retablo mayor del Sagrario de la Catedral en 1706, por
Jerónimo de Barbás, Duque Cornejo trabajó en su adorno, y más tarde,
hizo los ángeles y figuras de uno de los órganos de la Catedral,
construído hacia 1724.
Dejó el artista otras obras en la basílica, y en santa Marta y san
Hermenegildo cita González de León algunas esculturas de su mano.
En Mayo de 1725, Duque Cornejo firmó escritura para ejecutar algunas
estatuas en la Cartuja del Paular, á donde se trasladó luego, siendo muy
elogiadas las obras que allí dejó.
Vuelto á Sevilla, siguió con afán dedicado al trabajo, y la casa del
artista, en la cual tenía su taller, situada en la calle Beatos,
collación de santa Marina, fué durante mucho tiempo frecuentada por no
pocos jóvenes amantes de la escultura, que acudían allí á tomar
lecciones del maestro.
Treinta y ocho figuras hizo Duque Cornejo para diversos templos de
Sevilla, tales como san Pablo, san Felipe, el Salvador, san Marcos, san
Pedro y san Luís, etcétera, mereciendo especial mención las estatuas de
las mártires Justa y Rufina, las de san Antonio Abad, la Virgen del
Rosario y el Nacimiento.
A más de éstas, pueden citarse con elogio las que trabajó en mármol para
dos altares del Sagrario y los dos soldados romanos que hizo para la
hermandad de Jesús del Silencio.
Cuando Felipe V y su corte estuvieron en Sevilla, la reina nombró á
Duque Cornejo escultor de cámara en 1732, y al año siguiente de 1733, al
marchar el rey en el mes de Mayo, se trasladó el artista á Madrid, en
donde solicitó en vano ser nombrado escultor de cámara del monarca.
Hizo Duque Cornejo algunas esculturas en la capital de España, y volvió
á Sevilla años después, marchando al poco tiempo á Granada, donde fué
llamado para ejecutar varias figuras y adornos en la capilla de las
Angustias.
Duque Cornejo, á más de dedicarse á la traza de no pocos retablos, pues
tenía decidida afición á la arquitectura, á más de ejecutar pinturas
como las del monasterio de la Cartuja de las Cuevas, «tenía--dice un
autor--mucha facilidad en la invención, por lo que se conservan en
Sevilla gran numero de los dibujos que hacía para los plateros y otros
artistas, sobre papel blanco y en tinta de China, tocados de pluma».
Terminadas sus obras en Granada, y tras una corta residencia en Sevilla,
Duque Cornejo se trasladó á Córdoba, en cuya Catedral labró la sillería
del coro y los púlpitos, con gran esmero y cuidado.
Allí siguió residiendo el artista, que muy anciano falleció en dicha
ciudad el año 1757, según apunta Ceán Bermúdez. Duque Cornejo no fué uno
de los grandes escultores cuyo nombre se pronuncia hoy con admiración en
todas partes, pero tuvo suficientes méritos para figurar dignamente
entre sus coetáneos y aventajar á muchos de sus paisanos que por
entonces florecían.
«En medio--escribe _Arana de Varflora_--de las extravagancias que habían
corrompido su arte en aquel tiempo, tuvo Cornejo un modo agradable y una
manera airosa que le dieron mucho crédito á sus obras.»
Carecemos de un catálogo de éstas y no he de enumerar ni las más
conocidas en los presentes datos biográficos, apuntando de paso que
algunas se han perdido y no faltan tampoco otras que se le han atribuído
falsamente y sin gran fundamento.
Duque Cornejo sabía con acierto dar movimiento á las figuras, y tuvo
fantasía y novedad para los adornos, aunque no siempre le resultaran
éstos del mejor gusto.
LOS MONEDEROS FALSOS
Suceso fué, en verdad, que llamó la atención en Sevilla, y sostuvo
durante un buen período de tiempo la atención general, el ocurrido el
año de 1681, el cual es bien digno de referirse en estos apuntes,
conforme á las noticias que de él hasta nosotros han llegado.
Era por entonces alcalde de la Justicia don Cándido de Molina y
Sotomayor, hombre grave y que gozaba fama de severo, con quien no valían
chanzas y á quien, con razón, temía la gente maleante y cuantos tenían
cuentas pendientes con la casa de la plaza de San Francisco.
Paseaba, pues, don Cándido el día 15 de Marzo del ya citado año de 1681
por la Alameda de Hércules, cuando fué avisado que dos mujeres que por
allí vivían andaban cambiando monedas falsas, y lo mismo fué el tener
tal noticia, acompañado de dos alguaciles y del escribano don Jerónimo
de Parga, presentóse en la casa que le habían señalado como residencia
de las mujeres, á las cuales sorprendió, comenzando el registro del
domicilio.
Aprovechando un momento de descuido, una de las hembras pudo huir, sin
ser vista, yendo á refugiarse al convento de San Francisco de Paula,
según después se supo, y ya bien asegurada la otra, dijo llamarse
Leonor de Silva, ser casada con un sujeto de nombre Juan Ruíz, del cual
no sabía nada hacía tres meses, pero tenía noticias de que vivía con
unas hermanas suyas en la calle del Azafrán.
El registro en casa de la mujer dió por resultado que se le encontrasen
efectivamente una gran cantidad de reales de plata de á ocho y de á
cuatro, siendo falsas todas las monedas, las cuales se recogieron, y
para no perder tiempo, como hombre listo que era, enviada la moza á la
cárcel, corrió el alcalde de la justicia, don Cándido Molina, á la calle
Azafrán, donde pensaba encontrar al Juan Ruíz.
Llegó el alcalde con su gente á la casa que le habían indicado, y
encontrándola cerrada, llamó á la puerta repetidas veces, saliendo á los
golpes una mujer por cierta ventanilla alta, la que dijo que allí vivía,
efectivamente, la persona que se buscaba, pero que había salido hacía
algunas horas, ignorando cuál sería la de su regreso.
Mas aquella visita inesperada de don Cándido vino á descubrir todo el
secreto que perseguía, pues siendo aquel lugar el que servía de fábrica
para las monedas falsas encontradas á las mozas, y hallándose allí
oculto á la sazón uno de los dos monederos, don Juan Troncoso, éste,
creyéndose perdido, se dispuso á ponerse en salvo.
Así precipitadamente, ocultó donde mejor pudo una espuerta de monedas
recién blanqueadas, tomó capa y sombrero, y, armándose de una carabina,
se arrojó por un tejado á un solar inmediato.
Creyóse allí por un momento en salvo, pero los alguaciles de don
Cándido, que le habían visto, le intimaron á rendirse; el otro intentó
defenderse desde el solar, pero á la postre, haciéndose cargo de su
situación, saltó á la calle, y allí echóse á los pies del alcalde cuando
mandó dispararle, así como á la mujer que en la casa estaba y que
resultó ser su esposa, Ana de Córdoba.
Preso ya aquel pájaro, no tardó el monedero Juan Ruíz en caer en las
garras de la justicia, capturándolo el mismo don Cándido Molina
Sotomayor á las pocas noches en la plazuela del Horno, después de
arriesgados trabajos.
Encerrados en la cárcel los dos monederos, con tanta prisa se llevó la
causa, que el miércoles 16 de Abril los reos estaban ya condenados; pero
cuando fueron á leerles la sentencia, Juan Ruiz protestó iracundo y
produjo el mayor alboroto, y Troncoso enarbolando una silla, trató de
estrellarla en la cabeza del escribano, y como no pudiera hacerlo, subió
á una baranda próxima y por ella se hubiera arrojado á no sujetarle á
tiempo el cura de San Vicente y dos franciscanos que habían venido para
auxiliar á los condenados.
El 17 de Abril mostráronse ya los reos con más sosiego, viendo que
cuantos esfuerzos hicieran resultarían inútiles, y así despidiéronse de
sus mujeres y sus hijos, se dispusieron á bien morir, sufriendo la
última pena el siguiente día 18 de Abril muy de mañana, en la misma
cárcel y no en el sitio acostumbrado.
Los cuerpos de Ruíz y Troncoso no fueron quemados como en la sentencia
se hacía notar, sino que por instancias de la Hermandad de la Caridad se
sepultaron con cierta pompa.
Tal fué el curioso caso de monederos falsos de Sevilla, del que existe
una puntual relación publicada á raíz del suceso y la cual lleva este
título.
--_Segunda relación verdadera en que á la letra se contiene todo el
hecho de la causa que el licenciado don Cándido de Molina y Sotomayor,
Alcalde de la justicia de la ciudad de Sevilla, mandó escribir contra
don Juan Troncoso, de edad veintiséis años, y don Juan Ruíz, de edad de
veintisiete, por monederos y expendedores de plata falsa.--Y la
sentencia de garrote y fuego que dicho Juez dió contra los dichos reos,
y modo con que se ejecutó su muerte el día 18 de Abril de este presente
año de 1681._--Con licencia, impreso en Sevilla por Toribio López de
Haro, en las Siete Revueltas.
Esta relación que está escrita en cinco romances, contiene detalles muy
curiosos del suceso y la conservaba en su biblioteca el marqués de Jerez
de los Caballeros.
EL LOCO AMARO
En el hospital de los Inocentes, situado en la calle Real de san Marcos,
casa cuya fundación debióse en 1436 á Marcos de Contreras, estuvo
albergado desde 1681 un loco natural de Arcos de la Frontera, llamado
Amaro Rodríguez, el cual llegó á hacerse célebre en Sevilla y adquirió
una singular popularidad, de tal modo, que no había persona chica ó
grande que no le conociese.
Estribó esa fama principalmente en que dió en la manía de pronunciar
sermones, los cuales eran de lo más chistoso y disparatado que pueda
imaginarse; y como el tema naturalmente de la mayoría de ellos eran los
asuntos religiosos, tratábalos de tal manera el loco, que no había
persona que no se parase á escucharlo.
Amaro Rodríguez tiene en su vida de cuerdo una nota dramática, pues
según las noticias que figuran al frente de sus sermones, «fué casado y
su locura provino de haber hallado á su mujer en íntima correspondencia
con un fraile, á la cual se atribuye el íntimo rigor con que les sacude
siempre que los coje por delante.»
Comenzó Amaro á hacerse popular hacia 1657, pues como su locura era
pacífica, iba por las calles de la ciudad sermoneando á troche y moche
en donde le parecía, hasta que en 29 de Octubre de 1681 fué recogido en
la casa de Inocentes, donde con otros infelices era destinado á recoger
limosnas para el hospital diariamente por los sitios públicos, limosna
que le daba muy buen resultado á la casa, que con tal de oir los
despropósitos teológicos y los macarrónicos latinajos de don Amaro,
todos solían darle dinero.
Iba el loco por las calles cubierta la cabeza con un bonete rojo:
decíase _predicador apostólico y canónigo de santa Catalina_;
acompañábale por lo general otro postulante, y en el lugar donde le
parecía conveniente se detenía, y ya sobre una piedra ó encaramado en
una ventana ó en otro lugar semejante alzaba el grito, no tardando en
verse rodeado de un numeroso grupo de gente desocupada y maleante, la
cual, si bien celebraba sus dichos, solía con frecuencia interrumpir los
macarrónicos latines y los panegíricos de don Amaro, que contestaba con
donosas puyas y desvergüenzas á sus interruptores, ó bien harta ya su
paciencia, salía corriendo tras alguno armado de un par de piedras ó de
un palo, sin que nunca, sin embargo, se diera el caso de agredir á
nadie.
Las fiestas de la iglesia, los santos del día ó determinadas personas y
circunstancias del momento, servían de tema para sus discursos, y en
todos ellos había largas cuchufletas y donaires contra los frailes, que
más de una vez ellos mismos se paraban á escuchar al loco cuando lo
encontraban á su paso.
«Todavía al cabo de más de un siglo--dice la nota del XVIII, copiada por
D. Juan Gualberto Gonzalez,--andan de boca en boca las graciosísimas
ocurrencias por los sermones esparcidos, satíricos, estravagantes ó
grotescos, con citas oportunas, aunque estupendas, de los sagrados
textos, en que se descubre un buen ingenio y el don de aproximar las
ideas que parecían más remotas, dándole ocasión las más de las veces el
mero sonido de las palabras, que interpretaba á su manera.»
Multitud de dichos y de ingeniosidades se encuentran en tales sermones,
y en cuanto á sus sentencias, sirva esta de ejemplo:
«En tiempo del mencionado señor ilustrísimo don Ambrosio Ignacio
Espínola y Guzmán, arzobispo de esta ciudad de Sevilla, se construyó en
su palacio una magnífica escalera de piedra de jaspe, y como Amaro iba
diariamente al palacio á procurar limosna, luego que vió concluida la
escalera subió por ella y preguntó á los pajes que estaban al paso que
cuánto había costado aquella alhaja: le dijeron una cantidad excesiva,
por oir lo que se le ocurriera á Amaro, el que respondió con gran
prontitud:
--Muy santo debe ser su ilustrísima, pues se ha atrevido á hacer lo que
no hizo Cristo, pues el diablo le pidió á su Divina Majestad que
convirtiese las piedras en pan y su ilustrísima lo ha hecho al revés
porque el pan de las pobres lo ha convertido en piedras que sólo sirven
para obstentar la grandeza y vanidad de este mundo. Allá se haya santa
Marta con sus pollos, que en llegando el día de la cuenta, quien hubiese
gastado menos, saldrá mejor librado.»
Amaro Rodríguez se sabe que falleció en Sevilla el 23 de Abril de 1865,
siendo su cadáver enterrado en la iglesia de san Marcos.
La fama del loco duró mucho tiempo en Sevilla, y algunos que tuvieron la
curiosidad escribieron varios de sus chistosos sermones, los cuales se
conservan en un códice del siglo XVII, según se los escucharon y se
imprimió por la _Sociedad de Bibliófilos Andaluces_.
Allí hay recogidos treinta y nueve sermones con algunas sentencias, y de
ellas dice una nota que prueba el efecto que causaron las peroraciones
del loco en su tiempo:
«Los mismos inquisidores, los mismos frailes, las personas más timoratas
los leían y celebraban á solas y á coro, sin temor de caer en mal paso
de excomunión y denuncia, y he visto á algunos afectísimos á los frailes
y al Santo Oficio, llorar de risa con los despropósitos de Amaro.»
FRAY PEDRO DE SAN JOSÉ
Se llamó en el mundo don Pedro José Romero y en la religión fray Pedro
de san José; había nacido en Villamanrique y residía en el convento de
San Diego de Sevilla, hacia la penúltima década del siglo XVII.
El buen fray Pedro vino á contagiarse de las herejías de Molinos y aquí
estuvo su perdición, bien que él trató de ocultar los graves pecados y
sólo con sus íntimos explayábase en sus predicaciones y en sus actos,
que eran por cierto de los más peregrinos.
Hacia 1685 llegaron á la Inquisición los rumores de las herejías de fray
Pedro de san José, pero á fin de dar el golpe en seguro decidió
vigilarle, y como de la tal vigilancia resultó la comprobación de las
sospechas á principios de 1686, cuando más ajeno estaba el fraile
cogiéronle preso, permaneciendo en las mazmorras tres años, hasta el día
10 de Julio de 1689 en que salió en el auto de fe, celebrado en el
castillo de Triana.
No perdieron en aquellos tres años el tiempo los del Santo Oficio en sus
averiguaciones sobre los hechos de fray Pedro, pues con tanta fortuna
llevaron sus diligencias y tan al menudo inquirieron, que no faltó paso
de _molinista_ que no descubrieran, ni acción por él cometida que
escapase á su conocimiento, de lo cual resultó un proceso tan
voluminoso, que para darle lectura en el auto de fe se redujo á los
cargos más sustanciales, y aun así y todo invirtió el secretario en
leerlo tres horas.
Allí resultó que fray Pedro aconsejaba mal á sus hijas de confesión, á
quienes hacía creer que Jesucristo le había revelado que nada de lo que
hiciese era pecaminoso, que se había hecho profeta por dón especial, que
decía estaba destinado á ser Pontífice, y que entonces haría _apóstolas_
á sus hijas de confesión, que habían luego de crucificarlo en la Cruz
del Campo, y que, enterrado en Tablada, resucitaría á los tres días; que
en Babilonia había nacido ya el Anticristo, que tendría de predicar por
manera harto maravillosa, con otras muchas sandeces y disparates, con
los cuales había tenido embaucados á muchos y producido grande
escándalo.
Días antes del auto, fray Pedro de san José confesó todos sus delitos,
arrepentido de ellos muy sinceramente, y _abjuró de vehementi_, por lo
cual se libró de una muerte cierta, fulminándose contra él la sentencia,
cuya parte principal reproduzco, según la inserta en su _Relación
histórica de la judería de Sevilla_, Montero de Espinosa:
...«Fallamos que, atento al proceso fulminado contra fray Pedro de san
José, que presente está, que le debemos declarar y declaramos por
_hereje, hipócrita, iluso, infestado del error de los alumbrados y
profeta falso_ y por haberlo sido, mandamos sea sacado de la sala de
este Santo Tribunal con sambenito de dos aspas, estando en pie dicho reo
siempre, y absuelto, se le quite; y al día siguiente sea llevado á su
convento con ministros y secretario de esta causa, y en presencia de
toda comunidad, excepto los novicios, se lea todo el dicho proceso y
sentencia y que allí _se le dé una disciplina circular_; y le privamos
para siempre de confesar y predicar y que no tenga voto activo ni
pasivo, y que salga desterrado por diez años de Sevilla, Jerez y
Villamanrique y Madrid y los lugares á éstos ocho leguas en contorno, y
que los primeros seis años esté recluso en el convento que le fuese
señalado y que allí sea enseñado del confesor que le dieren por director
de su conciencia, enseñándole la doctrina cristiana; y que todo el dicho
tiempo en los actos de comunidad tenga el último lugar de todos, y por
esta nuestra definitiva (_sentencia_), juzgando benignamente, así lo
pronunciamos y mandamos, etc., etc.»
Hasta aquí lo que se sabe de la historia de fray Pedro de San José, que
debió darse por satisfecho de haber salido con vida de las garras
inquisistoriales.
LAS DANZAS DEL CORPUS
Desde muy remota fecha era costumbre en Sevilla que figurasen en la
procesión del Corpus buen número de cuadrillas de hombres y mujeres, que
caprichosamente vestidos, danzaban y tañían instrumentos, siendo los
tales danzantes de lo que más llamaba la atención del pueblo, y tan
estimados eran de éste, que en cierta ocasión que se intentaron suprimir
y modificar, se produjo un grave conflicto, como ocurrió el año de 1690,
según las crónicas relatan.
El citado año un caballero veinticuatro, don Andrés de Herrera, hizo una
proposición á fin de que las _danzas_ se suprimiesen, no haciéndose por
lo pronto caso alguno de su escrito por el Ayuntamiento; pero el hombre
se conoce que no se dió por vencido, y ocultamente trabajó en favor de
su idea, convenciendo al Asistente y á otras personas hasta el punto de
que ocurrieran los siguientes sucesos:
En la mañana del día del Corpus citado, que fué el 25 de Mayo, súpose
con gran sorpresa que el Arzobispo y el Asistente prohibían de golpe que
las danzas ni entrasen en la Catedral, ni fueran en la procesión, y si
acaso aparte de ella, cosa que, sabida por los comisionados de la ciudad
para organizar la fiesta, procuraron enterarse bien del hecho, y,
conociendo su certeza, no pudieron conseguir que el Asistente desistiese
del acuerdo que, sin parecer de la corporación, había tomado, por lo
cual, consultados los abogados allí mismo, apelaron á la Audiencia, que
se reunió acordándose avisar inmediatamente á la Catedral para que la
procesión no saliese hasta nueva orden.
Entonces el Cabildo Catedral y el tribunal de la Inquisición se
dispusieron á esperar mientras en la Audiencia continuaban las
diligencias comenzadas á toda prisa, terminando éstas revocándose el
acuerdo del Asistente y mandándose que al punto fueran las danzas á la
Catedral.
Y la importante _Relación_ coetánea del hecho, que existe manuscrita en
la Colombina, dice al llegar á este punto, tratando del alboroto
popular, que entonces se promovió:
«El pueblo, considerando las embajadas tan continuas y rendimientos de
la Real Audiencia, y que en su puntual hora la torre no hacía la señal
para la procesión y que era llegado el medio día, se juntó todo en la
plaza de san Francisco hasta la Iglesia Mayor, entrando unos y saliendo
otros, contristados de ver se les frustraba al parecer el consuelo de
ver por las calles la procesión y llegaron todos á hacer tan diversos
como melancólicos y tristes discursos. Las religiones y eclesiásticos
regulares convocados les faltaban los discursos y clamaban á su Dios á
cuya fiesta como obligados venían á asistir. Los prudentes y timoratos,
con lágrimas, con ansia, clamaban ante la Divina Majestad pidiendo
disolviera las dificultades que se podían ofrecer. La gente popular,
unos impacientes y otros con sobrada cólera, otros no bien
intencionados, prorrumpían en melancólico y desordenado motivo que cada
uno fabricaba diversas especies sin acertar con el principal por
discurrir y no bien en todos. En lo alterado este mar populoso llegó la
noticia para que entrasen las Danzas en la iglesia; fué tal la alegría
universal que concibió el pueblo, que sin ponderación puedo asegurar que
de puro júbilo se vió á todos hacer poco menos demostraciones que las de
las mismas Danzas, á cuyo tiempo fué dado principio á salir la
procesión, y entrando en forma la Ciudad á ocupar su lugar y á oir la
misa que se le tenía prevenida mientras se va ordenando.»
A estas líneas que dejo extractadas hay que añadir que el conflicto,
lejos de resolverse allí, tomó nuevo aspecto, pues el arzobispo se negó
entonces á prestar su concurso y á transigir con lo de las _danzas_,
enviando á decir á las corporaciones y á los religiosos, que ya estaban
formados en las gradas de la Catedral, que se dispersaran, causando
nuevo motivo de alboroto, de enojo y de sorpresa.
No relataré minuciosamente las idas y venidas, las palabras vivas y los
comentarios que entonces entre las autoridades mediaron, y cuál serio,
formal y grave, fué el corte que tomó el asunto.