Alborotados los de tropa, salieron en confusión de la Feria á la

Alameda, y durante todo el trayecto insultaron y apalearon á algunos

inocentes transeuntes, apedrearon varias casas y causaron varios

destrozos, dispersándose luego temerosos de las consecuencias que les

esperaban.

Don Leonardo Henriquez debió la vida al mulato, pues, según refiere el

texto del Archivo Municipal, el tal «cójele en brazos, y metido en una

tienda donde fué conocido, lo llevaron á su casa, en coche.»

En la Alameda fué herido el sargento, pero no pudo ser entonces

capturado, cosa que no se verificó hasta el 18 de Octubre, en que á

vuelta de muchas pesquisas y con no poca fuerza, pudo el bravo ser

reducido á prisión.

Seis días después tuvo término y fin la vida del sargento, que murió

ahorcado en la plaza de San Francisco el 23, y aunque con él habían

caído presos varios soldados de los que tomaron parte en la refriega,

parece que éstos llegaron más tarde á conseguir la libertad.

Tal es el suceso ocurrido á la ronda de noche en 1642, digno, por

cierto, de ser recordado entre las curiosas memorias sevillanas de otros

tiempos.

EL CONTADOR DE LA CONTRATACIÓN

Vivió en Sevilla un caballero, de nombre don Diego Villegas, que tenía

el cargo de Juez Contador Mayor de la Casa de Contratación, era persona

muy bien relacionada y tenía muchos y buenos amigos.

Uno de éstos lo era don Juan Antonio Alcázar, caballero del Hábito de

Calatrava, y que ejercía en la Contratación el cargo de Juez oficial.

En la mañana del 19 de Abril de 1643 se encontraban reunidos don Diego y

don Juan Antonio, en un aposento del domicilio del primero, cuando hé

aquí que surge una disputa entre ambos, y subiendo de tono la cosa,

encolerizóse hasta tal punto el señor Contador, que, cogiendo un puñal,

arremetió contra su amigo y de un solo golpe lo dejó cadáver.

Entonces salió de su casa, pues nadie había presenciado el crimen, y en

la calle acertó á encontrarse á dos señores, que eran don Felipe y don

Buenaventura Alcázar, primos de la víctima, y á los cuales dijo Villegas

que había matado á un hombre y les rogaba les diesen asilo.

Ellos, que ignoraban quién fuese la persona asesinada, lo llevaron á

ocultar al convento de San Francisco, y al divulgarse á poco el crimen,

se mandaron poner guardias en las salidas del convento, mientras el

asunto era objeto de todas las conversaciones en la ciudad y las

familias del muerto y del matador sufrían las mayores inquietudes y

zozobras.

Quince días permaneció oculto don Diego Villegas, en una celda, y era ya

opinión de muchos que tal vez se habría fugado, cuando el día 6 de Mayo,

en las primeras horas de la noche, oyeron los frailes un gran ruido, y

acudiendo á un patio, vieron en él destrozado el cuerpo del matador de

Alcázar.

Don Diego Villegas se había arrojado desde la ventana de su celda.

Y el manuscrito que tengo á la vista, donde consta esta curiosa noticia,

añade «que don Diego estaba loco, y siempre lo fué, como se vió en

muchas ocasiones, y así se dió licencia para enterrarlo en sagrado.»

DON BERNARDINO Y SU MASTÍN

Por graves delitos cometidos en una vida inquieta y turbulenta, fué

condenado por la justicia á severísimas penas, D. Bernardino de Córdoba

y Roelas, caballero sevillano que tenía en la ciudad muchos deudos y

amigos y á más estaba emparentado con personas de significación y

categoría.

Pasó su causa al Consejo de Cámara, comenzando entonces D. Bernardino á

poner en juego su influencia y á mover resortes, á fin de que se le

indultase y echara tierra al asunto; pero parece que, leido con

detenimiento el proceso en la Corte, pesó tanto la relación de los

delitos en los severos jueces y movióles tanto á indignación, que, lejos

de obrar benignamente, enviaron orden á Sevilla para que al punto fuera

preso el caballero, y degollado, conforme á su calidad, en la plaza de

San Francisco.

El día 23 de Junio de 1644, el alcalde don Leonardo Henriquez, de quien

ya me he ocupado, sabiendo que don Bernardino se encontraba en el

inmediato pueblo de Castilleja, se dirigió á este punto con algunos

alguaciles para cumplir la orden de prisión, encontrando al reo muy

sosegado en su casa comiendo con su mujer y bien ajeno del peligro que

le amenazaba.

Conocida por el caballero la misión que tenía el Alcalde, negóse desde

luego á darse á prisión muy resueltamente, trabándose vivo diálogo entre

unos y otros, al cual quiso poner término la autoridad, haciendo que los

corchetes se avanzasen á don Bernardino y lo redujeran á prisión por la

fuerza. Pero éste, que debía estar en guardia, tiró de una daga é hirió

mortalmente á Lorenzo Gómez, escribano que se hallaba presente, y luego

azuzó á un perro mastín que tenía consigo, el cual era de tan fiera

condición que, arrojándose sobre los corchetes, comenzó á dar

dentelladas á unos y á otros, produciendo graves mordeduras á todos

aquellos que habían intentado apoderarse de su amo.

Cuando más empeñada era la lucha y más desesperadamente se resistía don

Bernardino, éste recibió un tiro por la espalda que le hizo caer sin

vida, y de allí á poco fué muerto también el fiel perro que tanto le

defendió, terminando de tan trágico modo aquella sangrienta escena.

El manuscrito de D. Diego Ignacio de Góngora que hace mención de este

suceso, dice, refiriéndose á los incidentes ocurridos con el cadáver del

desgraciado D. Bernardino:

«El Alcalde quiso traer á Sevilla el cuerpo de aquel malaventurado

caballero; los religiosos del convento de Descalzos franciscos, y otros

de la Orden Tercera se interpusieron para que quedase allí. Esto sabido

por el acuerdo, envió luego al alguacil mayor por el cuerpo para

degollarlo en la Plaza de San Francisco, á fin de que sirviera de

ejemplo y escarmiento; pero ya estaba enterrado, y se quedó así.»

EL CABILDO ECLESIÁSTICO Y LAS FIESTAS DE TOROS

En diversas ocasiones se han suscitado discusiones y polémicas sobre la

conformidad y disconformidad de la Iglesia con la fiesta de toros, y

aunque no es esta ocasión de tratar aquí esta materia, que es por cierto

harto trillada, voy á ocuparme únicamente y con la vista de auténticos

datos, de una costumbre hoy perdida por completo, cual es la de asistir

el cabildo eclesiástico á las fiestas de toros en los siglos XVI y XVII,

en que lo hacían con toda la pompa y toda la gravedad del caso, sin que

por ello perdiese nada tan elevada corporación, ni en particular sus

individuos, que eran todas personas serias y de campanillas.

Y no solamente asistía el cabildo á los toros y las cañas, sino que de

sus fondos hacía crecidos gastos en tales fiestas, así en el adorno del

estrado que ocupaba, como en rodearse en él de ciertas comodidades y

regalarse muy cumplidamente, conforme su clase requería.

Así, por ejemplo, en las corrídas de toros celebradas en la plaza de San

Francisco el lunes 16 de Septiembre de 1647, gastó el cabildo Catedral

294 reales y medio, siendo algunas de las partidas del tenor siguiente:

«_De seis arrobas y una cuarta de nieve_ á 20 reales y 20

maravedises--_De veinte y dos libras de anís, canelones y ciruelas de

Génova 100 maravedís._--_De tortas y vino, 20._»

Las fiestas de toros que se verificaron el 5 de Febrero de 1670 fué

también presenciada por los señores canónigos y en el _Libro de veedor_

del archivo Catedral se lee: «Asistió el Cabildo de esta Santa Iglesia

en el lugar que se le señaló, que fueron dos arcos y medio de los

balcones, en el cual sitio estuvieron muy estrechos con haber ido muchos

menos señores de los que son.... Va el Cabildo por la tarde en forma,

con bonetes, y esta vez se llevó por mandado del Cabildo dulces en esta

manera: cajas de piezas que cabían una libra, y estas atadas con

listones encarnados; y vino y hipocrás y agua de canela y agua clara,

todo en nieve; lleváronse cuatro docenas de vidrios de Venecia, tres

salvillas y tres fuentes....» etc., etc.

En estas fiestas que se daban en honor del conde de Villaumbrosa, que

había sido nombrado presidente del Consejo de Castilla, los canónigos

obsequiaron al Asistente y mandaron arrojar á la plaza una _fuente de

dulces_, dando prueba de su generosidad y largueza.

Igualmente las dió el cabildo eclesiástico en los toros y cañas que se

jugaron el 30 de Septiembre y el 2 de Octubre de 1673, no faltando

tampoco su asistencia á la función del 25 de Junio de 1674, en que «se

estrenaron los escaños morados que para ese efecto se hicieron, y se

puso el sitio alfombrado con las alfombras iguales y la colgadura fué de

la verde, un paño de á tres y dos de á seis y tres escudos de las armas

de la Iglesia repartidas en cuatro paños.»

El cabildo de la colegiata del Salvador también asistía á las fiestas

de toros y en particular á la que se celebraba en la plaza delante de la

iglesia constando de ello noticias como esta que recogió Matute de

papeles de 1638:

«El 10 de Agosto se celebraron corridas de toros en la plaza del

Salvador en obsequio de Nuestra Señora de las Aguas: estuvieron

convidados al balcón del Cabildo de dicha Colegial, el _Provisor_, _Juez

de la Iglesia_ y otros sujetos de distinción á quienes después se sirvió

un buen refresco». (_Noticias relativas á la historia de Sevilla_,

página 120).

No he de detenerme á hacer especial mención de otras muchas fiestas de

toros y cañas, á las que, con toda pompa, concurran los señores

canónigos, haciendo sólo mención, por las noticias que existen de ellas,

de las cañas y rejones del 25 y 27 de Septiembre de 1687, y de las de

toros y cañas de 6 y 8 de Febrero de 1700, verificadas para festejar la

llegada á Sevilla del almirante de Castilla.

Y por cierto que en esta fiesta se dobló lo de regalarse, y según el

documento que copió Collantes de Terán y dió á luz en el _Archivo

Hispalense_, en el palco de la Catedral no se consumió más que lo

siguiente:

«Nueve garrafas de frío, tres de cada género de á treinta y seis vasos

cada una.--Ciento veinte y cinco libras de dulce muy rico, para los

señores; así los que fueran como los que dejaran de ir, y los señores

coadjutores una libra para cada uno.--Media arroba de dulce hecho en

monjas, para la fuente que el señor dean pasa al Asistente.--Arroba y

media de dulce inferior en piezas muy pequeñas también empapeladas, para

en tres fuentes echar á la plaza...--Dieciseis libras de bizcochos de

espumilla, para en cuatro fuentes repartir los señores con la bebida

antes del dulce.--Media arroba de vino hipocrás, etcétera».

Con todo esto es seguro que se endulzarían bien el paladar sus señorías,

y no es aventurado suponer que aún sobraría algo para los pajes y la

servidumbre.

Como se ve, pues, los capitulares eclesiásticos eran grandes aficionados

á los toros en aquellos tiempos y no dejaría de ser curioso el aspecto

que ofrecería el palco del cabildo Catedral, que era siempre de los más

lujosos, adornado de sus ricas telas y con anchos y cómodos sillones de

terciopelo y oro, en los cuales muy arrellanados los señores seguían los

incidentes de la lidia, entretenidos en sabrosa plática remojada con los

dulces y refrescos.

Perdióse luego la costumbre de asistir el cabildo Catedral á las fiestas

de toros, que siguieron frecuentando las demás autoridades, y la verdad

que fué gran lástima, pues si hoy siguiera se evitaría que los

eclesiásticos tuviesen que ir recatándose, como lo hace el que gusta de

esta diversión.

EL HIJO DE MURILLO

De su matrimonio con doña Beatriz Cabrera y Sotemayor, tuvo el célebre

pintor Bartolomé Esteban Murillo tres hijos, hembra una, nacida en 1657,

y varones los otros, que vinieron al mundo en 1661 y 1663.

El mayor de éstos llamóse Gaspar, y se bautizó en el templo de Santa

Cruz, según en la partida consta, el 22 de Octubre del citado año de

1661. De este hijo del gran artista sevillano voy á ocuparme, pues de

los otros son muy escasas las noticias que se conocen: doña Francisca

entró de monja en el convento de Madre de Dios y don Gabriel pasó á

América, donde sólo se sabe que murió muy anciano, sin otras

circunstancias.

Don Gaspar Esteban Murillo, heredero inmediato del ilustre pintor llegó

á adquirir una buena posición en Sevilla, dejando á su muerte grata

memoria en cuantos fueron sus amigos. Muy joven, y viviendo aún su

padre, se dedicó á la carrera eclesiástica, y protegido, á lo que se

dice, por don Juan Veitia Linaje, obtuvo un beneficio en la iglesia de

Carmona, el cual disfrutaba cuando en 1682 falleció Bartolomé Esteban

Murillo, que le nombró en su testamento albacea de sus bienes, en unión

de D. Justino de Neve y de D. Pedro Villavicencio.

Tres años después de la citada fecha, ó sea en 1685, obtenía D. Gaspar

una canongía en la catedral sevillana, de la que tomó posesión el día

1.º de Octubre, y escriben algunos autores como Ceán Bermúdez, L.

Alfonso y otros, que «por haber descuidado el cumplir con la práctica de

hacer juramento de protestación de fe en el tiempo que mandaba el

concilio, fué el novel canónigo condenado por el cabildo en 30 de Abril

de 1688 á perder los frutos de todo un año, 8.000 reales de vellón, que

se aplicarían á gastos de reparación del templo, con lo cual don Gaspar

se conformó gustoso al saber que se invertían en utilidad de las bellas

artes.»

Hay que advertir que el hijo de Murillo fué por ellas muy apasionado,

sobre todo por la pintura, la cual aprendió teniendo tan gran maestro

como su padre, y al decir de Matute, cultivó el arte por afición,

imitando con mucho acierto el estilo del autor de sus días.

La vida de don Gaspar deslizóse tranquila y sosegadamente en la ciudad

de Sevilla que le vió nacer, consagrado al ejercicio de su ministerio, y

rindiendo fervoroso culto á la memoria de su padre, cuyo nombre había de

ser honra y gloria de España.

Con caracteres en extremo simpáticos aparece la figura de don Gaspar

Esteban Murillo, alma sencilla, natural bondadoso, espíritu creyente y

sincero y hombre de fe, que entre otras muy estimables cualidades,

poseía la de ser en extremo dado á las obras filantrópicas, acudiendo,

siempre que podía, al socorro de los seres verdaderamente necesitados.

En los comienzos del año de 1709 desarrolláronse en Sevilla unas

calenturas malignas, las cuales ofrecían peligroso contagio, del que

fallecieron no pocas personas, contándose entre ellas muchos clérigos é

individuos del cabildo catedral, pues según los historiadores, atacó á

éstos con preferencia el mal por el contacto en que á diario estaban con

multitud de pobres infestados; que acudían á las gradas de la basílica y

al palacio arzobispal á recibir limosnas.

Hirió de muerte aquella dolencia á don Gaspar Esteban Murillo, que

falleció el día 1.º de Mayo del mismo año de 1709, dejando sus bienes al

Hospital llamado de _Los Venerables_, siendo sepultado el hijo del gran

pintor en la nave de San Pablo de la Catedral, y colocándose sobre su

sepulcro una inscripción latina, que, según la traducción castellana que

da González de León, dice:

_==«H. S. E.==D. Gaspar Esteban Murillo y Cabrera, Canónigo de esta

santa iglesia Metropolitana y Patriarcal, varón de buenas costumbres,

modesto y dotado de un alma apta para toda piedad. Liberal para con los

pobres á los que dejó herederos de sus bienes.--Murió de edad de 47 años

en el de 1709, el día 1 de Mayo.==R. Æ. D. E. D. A.»_

Tales son las memorias que existen de aquel varón justo, que llevó con

dignidad un nombre famoso, y que ni envidioso ni envidiado, murió con la

satisfacción de un alma honrada y con la tranquilidad del que ha

cumplido con su deber.

LA EMBAJADA JAPONESA

Los historiadores y analistas sevillanos han consignado todos ó casi

todos, la venida á nuestra ciudad de una embajada japonesa en 1614, que,

á la verdad, tal suceso no era frecuente ni mucho menos, y sí extraño

entonces, por lo que llamó poderosamente la atención.

Como recuerdo de aquella visita queda hoy un interesante documento, el

cual es una carta escrita en japonés, la que fué entregada por los

embajadores al Ayuntamiento con toda solemnidad y que se custodia en el

Archivo del Municipio para interés de las personas aficionadas á las

históricas curiosidades.

No he de detallar los diversos motivos de aquel caso, que se debió

principalmente á las gestiones que en el Japón y en el ánimo del rey de

Vojú hizo un fraile misionero hijo de Sevilla, donde había vivido en

1574, fray Luís Sotelo, el que más tarde sufrió allí cruento martirio.

El 30 de Septiembre del citado año de 1614 el cabildo de la ciudad vióse

sorprendido con una comunicación en la cual se le ponía en conocimiento

que acababan de llegar en las flotas los representantes diplomáticos del

rey de Vojú, que se dirijían á Sevilla á ofrecer una carta al Municipio,

siguiendo luego su viaje para la corte y para Roma, donde tenian el

propósito de visitar al pontífice Pío XI.

Como el suceso no era para menos, se apresuró el Asistente D. Diego

Sarmiento y Sotomayor, conde de Salvatierra, á llevar á cabo los

preparativos para recibir á los huéspedes dignamente y así hizo que en

el Alcázar se dispusiera lo conveniente para alojarlos y que la ciudad

saliera con toda gravedad á recibirlos cuando entraron en ella el día 23

de Octubre.

Llegaron, pues, los japoneses acompañados del padre Luís Sotelo,

excitando extraordinariamente la atención del pueblo, los portes y

vistosos trajes, las armas y adornos que el embajador Fraxecuera

Rocuyemon lucía y los personajes que le acompañaban.

Dos días después de su llegada, se presentaron el embajador y su séquito

en las Casas Consistoriales, siendo recibido con ceremonia por los

veinticuatros y el Asistente, el cual recogió la carta de que era

portador Fraxecuera Rocuyemon, mediando frases de cumplido y diplomacia

entre unos y otros por medio del padre Sotelo, que hacía de intérprete.

La carta, que iba fechada en la Corte de Tenday á 26 de Octubre de 1613,

es en extremo curiosa y en ella hay párrafos como éste dirigido á la

ciudad, según la traducción.

«Y sabiendo la grandeza y riqueza de esa noble república, y también que

es patria del Padre Fray Luís Sotelo, de verdad he cobrado á V. S.

grande y particular amor: y la causa principal que á ello nos mueve, es

porque el primer hombre que nos enseñó en este Reino, el camino de la

verdad y la Santa Ley de Dios, es rama brotada y salida de esa generosa

raíz.»

«....Ansí mismo recibiremos particular gusto de que V. S. encamine á

los dichos nuestros embajadores para que lleguen en paz y prosperidad á

la presencia y lugares que son dichos y los ampare con su favor, para

que nuestra pretensión é deseo mejor se efectúe, poniendo las

diligencias en ello que pareciere más á propósito. También habemos

sabido que en esa república se juntan muchos navíos de todo el mundo, y

por esa causa asisten en ella muchos pilotos y otras personas muy

diestras en la navegación. V. S. mande juntarlos, y averiguar con ellos

si es posible navegarse derechamente desde el Japón á esa Ciudad; por

qué derrotas y en qué partes ó puertos se puede llegar; enviándonos

razón de todo, para que siendo posible, nuestros navíos naveguen esa

carrera todos los años, y nuestro deseo más bien se cumpla y nuestra

amistad está más firme y comunicable. Las demás cosas las sabrá V. S. de

parte del Padre Fray Luís Sotelo, á quien nos remitimos en todo. Si algo

del gusto y servicio de V. S. se ofreciere en este Reino, avisándonos se

acudirá á ello con puntualidad.»

Con la carta entregó el embajador al Asistente una espada de gran mérito

y valor, siendo despedido luego á la puerta del Ayuntamiento con la

misma ceremonia que había entrado.

Cuatro ó cinco días permanecieron aún los japoneses en Sevilla, siendo

siempre seguidos por multitud de personas á todos los lugares que

visitaban, abandonando después la ciudad, de la que salieron bien

satisfechos.

«Agasajados los embajadores--dice el señor Guichot--pasaron á la corte,

donde el rey les dió solemne audiencia y los encaminó á Roma, donde

llegaron ya muy entrado el año siguiente. A 3 de Noviembre de 1619

recibiólos el Pontífice en Consistorio público del Sacro Colegio de los

Cardenales, con suma benignidad y agrado y de la misma manera los

despidió, con respuestas y presentes de reliquias, pinturas y otras

cosas sagradas.»

La espada que los embajadores dejaron á la ciudad se ha perdido, pero la

carta existe, habiendo en 1882 testificado de su autenticidad, los

japoneses que en aquél año visitaron nuestra ciudad, y posteriormente,

en 1901, un catedrático de la Universidad de Yedo.

Para terminar, diré que el padre Luís Sotelo, al volver al Japón, cayó

en manos del gobernador de Nagasaki en 1622, siendo preso y condenado á

morir quemado á fuego lento, llevándose á cabo la bárbara sentencia en

25 de Agosto de 1624.

COFRADES Y TOROS

Entre las muchas hermandades de cofradías que en el siglo XVII estaban

establecidas en Sevilla, se contaba la de las _Negaciones y Lágrimas de

San Pedro_, que había sido organizada por los estudiantes del Colegio de

Santa María de Jesús (Universidad), fundado por Maese Rodrigo, y que

durante algún tiempo gozó de cierta prosperidad y desahogo.

Esta hermandad, que debió establecerse en fecha posterior á la que

señala Bermejo y Carballo en sus _Glorias religiosas de Sevilla_,

hallábase instalada en la parroquia de San Miguel, cuando solicitó en

1628 permiso del Ayuntamiento para celebrar una corrida de toros en la

Plaza del Duque, como se desprende de este documento, hasta ahora

inédito, cuyo original existe en el Archivo municipal:

«Don Pedro Morel Alcalde de la cofradía nuevamente instituida Dolor de

las tres negaciones de san Pedro sita en la parroquial de san Miguel

desta Ciudad digo--que los hermanos de ella tenemos obligacion de hacer

en cada año una fiesta en el tiempo que determinaremos á nuestro padre

san Pedro y por ser esta la primera quisieramos hacerla más suntuosa

corriendo _unos toros sueltos_ en la plaza intitulada barrio del Duque.

Por tanto--A V. E. Pido y suplico mande concedernos y nos conceda

licencia para que podamos _correr ocho toros_ y nos dé facultad para

poder arrendar las bocas de las calles para limpieza y gastos de la

dicha plaza del Duque.--Otro sí se nos de licencia que la carne de los

dichos toros se pueda pesar en la carnecería ocho maravedís menos

conforme á la sedula de los Sres. Jurados y pido justicia. + _Don Pedro

Morel_.»

Esta solicitud fué leída en Cabildo que presidió el Asistente conde de

la Puebla del Maestre en viernes 9 de Junio del citado año de 1628,

acordándose lo siguiente, según consta en el acta capitular de dicho día

y dice así:

«Leí la petición de don Pedro Morel alcalde de la cofradía nuevamente

instituída dolor de las tres negociaciones de san Pedro en que dicen que

quieren hacer la fiesta y piden licencia para correr ocho toros sueltos

con atajar las calles y otras cosas que se contienen en la dicha

petición;

Acordose de conformidad que no á lugar dar la licencia que piden para

correr los toros sueltos ni atajarse las calles ni hacer tablados y que

las partes acudan á S. S. de el señor conde asistente para que

sirviendose de dar licencia para que estos toros se corran con conteros

se sirva S. S. de mandar ser guardado la provición en el consumo de la

carne.»

No tengo noticias de si los cofrades llegaron á realizar su propósito de

la fiesta que tenían proyectada, ni de las circunstancias que

acompañarían á ésta, dado que se llegase á celebrar; pero por los

anteriores documentos, de los que me facilitó noticia don L. Güeto, se

ve que las hermandades sevillanas eran tan aficionadas antaño como hoy á

organizar fiestas de toros para recaudar fondos con que atender á su

sostenimiento, sin que hayan cejado en sus propósitos apesar de las

muchas prohibiciones de la autoridad eclesiástica y de las negativas de

la civil, en solo este punto.

La cofradía de las _Negaciones_ duró hasta el siglo XVIII, y Matute

consigna en sus _Anales_ esta noticia en el año 1720 y que creo

complementa el presente apunte:

Cosas nuevas y viejas (apuntes sevillanos) · 第 12 / 18 段