faldas y andaba siempre enzarzado en amoríos y enredos femeninos, como
así se hizo constar en su información, diciendo que «ha muchos años que
está amancebado y en pecado público, con mucha nota y escándalo, primero
con _doña Ana Tabique_, á quien ampara, y después de ella con _doña F.
de Ledesma, y siendo casado, come y duerme con ella_, y da mala vida á
su mujer muy públicamente, y por _celos de un clérigo_ lo hizo prender y
tuvo mano para que, siendo ordenado, lo llevasen con los de la leva.»
Siguiendo su acostumbrado procedimiento, Roque Simón insultó y prendió
sin motivo alguno, en 8 de Octubre de 1636, á un panadero del Salvador,
llamado Lope Gordillo; pero aquel atropello no le salió tan bien como
todos, pues sabiéndolo el teniente mayor del Asistente, que tenía deseos
de poner ya coto al escribano, hizo prender á Roque, llegando á tanto la
osadía de amigos y compinches que la sala de alcaldes se llevó la causa.
Entonces la ciudad recurrió al rey, que, enterado del caso, envió en 20
de Noviembre de 1636 una provisión al regente de la Audiencia de
Sevilla, que lo era don Paulo de Arias Temprado, mandándole que abriese
inmediatamente escrupulosa _información_ sobre la vida y milagros del
famoso Roque y que se remitiera al Concejo.
A esta _Información_, que se comenzó inmediatamente, pertenecen los
párrafos que más arriba dejo copiados, siendo gran lástima que, así como
se conserva en el Archivo Municipal (_Papeles importantes_: Tomo 3) el
documento, no le acompañen las últimas noticias de las penas que se
impusieron á Roque Simón.
Verdad que bien pudiera haber ocurrido que, _por su buena mano_, quedase
sin castigo ó con castigo leve, que tal ocurría á veces con la justicia
de antaño.
EL PORTUGUÉS PEREA
Cuando ya parecían extinguidos en Sevilla los protestantes, que tanto
dieron que hacer á la Inquisición y á las justicias en el siglo XVI,
alzáronse en los comienzos del siguiente rumores de que los reformadores
intentaban de nuevo promover inquietudes, y ante el temor de que se
volviera á los días del doctor Constantino de la Fuente, de Cipriano
Valera y de Egidio, los señores del Santo Oficio abrieron el ojo y
comenzaron una persecución activísima contra cuantos pudieran, aun de
muy lejos, resultarles sospechosos de herejía luterana.
Por este tiempo, que no era á la verdad el más apropósito, vino á la
capital de Andalucía huyendo de su patria nativa un portugués, de
apellido Perea, hombre listo, y cuyas ideas en materias religiosas no
dejaban de ser harto sospechosas.
Perea tenía mucho de aventurero y no poco de valentón, y así fué que no
tardó en ponerse en contacto con gente de baja ralea, y bien fuera por
convicciones, bien por buscar con aquello medios de ir viviendo,
dedicóse, embozada y ocultamente, á hacer propaganda de luteranismo en
terreno que, ciertamente, no estaba preparado para que la semilla
fructificase, como antes había sucedido.
Reunió Perea algunos adeptos, gente de poca monta, pero no tardaron en
llegar á oídos de la Inquisición los manejos del portugués, y en los
comienzos de 1636 decidieron apoderarse de su persona.
Al efecto, una noche presentáronse los inquisidores en su casa, donde le
sorprendieron en una de las habitaciones de ella, sin que Perea hiciese
resistencia alguna; antes al contrario, con muy prudente actitud y
mesurado tono, hizo presente á los esbirros del tribunal que estaba á
disposición de ellos, rogándoles, sin embargo, que aguardasen algunos
instantes, pues tenía urgencia de evacuar una imperiosa necesidad en que
nadie podía sustituirle.
Asintieron ellos, y Perea entró en otra estancia inmediata á la que se
encontraba, cerrando pudorosamente la puerta de ella.
Pasaron algunos minutos y hasta un cuarto de hora, y viendo los de _la
vela verde_ que se dilataba la ausencia, y que no contestaba á las voces
que le dieron, penetraron en la habitación, viendo con sorpresa que el
pájaro había volado por una ventana que se hallaba abierta y la cual
daba á un callejón excusado y tortuoso.
Salieron los inquisidores chasqueados y furiosos de la casa del
portugués, sin que fuera posible dar más con su persona, apesar de las
activas diligencias que se llevaron á cabo, y de los varios medios que
se pusieron en práctica.
El 23 de Agosto de 1637, celebró la Inquisición auto de fe en San
Marcos, y en él se leyó la causa de Perea, el cual, averiguadas todas
sus heregías, era condenado á ser quemado vivo.
Pero como el portugués no se hallaba á mano, los inquisidores tuvieron
que contentarse con quemar una estatua de cartón y paja, que lo
representaba con toda propiedad, y Góngora dice, haciendo mención de
este suceso: «Súpose más tarde que (Perea) estaba en Holanda y por eso
se quemó su estatua entre otras.»
Y esta fué de las pocas veces que con ingenio pudo un reo burlar al
odioso tribunal, estando ya casi cogido en sus garras.
EL MARQUÉS DE BUENAVISTA
El marqués de Buenavista murió de manera violenta el año 1638, y las
causas de esta desgracia, que fueron en verdad curiosas, bien merecen
ser consignadas.
Hallábase la mañana del 21 de Diciembre del citado año, en el edificio
de la Aduana, don Martín de Medina, marqués de Buenavista, presenciando
las ventas que allí se hacían, cuando, por motivo de un negocio que
estaba haciendo un sujeto llamado Francisco Ginés, enzarzóse con él de
palabras, que bien pronto subieron de punto, pues el tal marqués era, y
esto le venía de familia, colérico y nada prudente.
Como quiera que interviniesen algunas personas en la disputa, éstas
lleváronse al señor marqués, mal de su grado, y la cosa quedó por
entonces allí, si bien no había de tardar en llegar á un funesto
extremo.
Algunas horas después de la disputa, ocurriósele á Francisco Ginés,
acompañado de un sirviente, pasar por casa del de Buenavista en ocasión
en que éste estaba á la puerta, y lo mismo fué verlo el señor, comenzó á
insultarlo con las mismas descompuestas palabras y aun otras de más
grueso calibre, que hicieron fijar la atención de los transeuntes y
personas que por allí á la sazón discurrían.
Escuchaba Ginés todo aquel chaparrón de insultos con cierta resignación,
limitándose á contestar alguna vez al marquesito, aconsejándole la
calma, cosa que también el criado hacía, lo cual tomó el joven caballero
á poquedad y achicamiento de ánimo, por lo que, exaltándose más y más,
llegó á levantar su espada con intención de descargarla sobre el
prudente Ginés, lo cual ya acabó con la medida de su paciencia, y
colmada con creces, se retiró á su domicilio, que no estaba muy lejos
del de su señoría; pero al llegar á este punto dejaré la palabra á un
historiador, que dice:
«El Francisco Ginés entró en su casa y trajo su espada, y embistió con
el marqués de Buenavista, y apartándolos los que se hallaron allí, el
criado le dió una herida mortal, de la cual murió dentro de dos días ó
tres; y los agresores escaparon; y andando el tiempo, dentro de un año
se libró el Ginés y el criado se desapareció.»
Y el mismo curioso autor contemporáneo de estos sucesos, añade, después
de haber dicho que el padre del marqués habíale afeado á su hijo la
primera disputa en la Aduana, aquella tarde del día 21 de Diciembre de
1638:
«Los parientes del difunto, que son muchos y muy calificados, conocieron
la razón, y que su propia presunción y soberbia le quitó la vida al don
Martín de Medina, marqués de Buenavista, si ya no discurrimos que el no
haber querido desistir, habiéndose interpuesto el padre, y reprendídole
diciéndole que estaba muy soberbio y vano, le ocasionó la muerte, como
sucederá con los que no obedecen á sus padres.»
UN INQUISIDOR HUMILLADO
Era inquisidor mayor de Sevilla en 1638 el señor don José Ortiz de
Sotomayor, personaje campanudo, de gran coranvobis, soberbio como él
sólo y tan poseído de su persona y cargo, que se hacía servir como un
reyezuelo despótico y arbitrario.
Este señorón andaba algo picado con el Cabildo Catedral por diversas
causas, y deseando hacer ostensión de lo que valía y de cuánto era su
poder, el día 14 de Agosto del citado año, en el cual celebrábase en la
Basílica sevillana una gran fiesta por cierta bula que había concedido
el Papa, y el templo estaba lleno de autoridades, de personajes y de
muchos fieles y _fielas_, presentóse el inquisidor á manera de
principote indio, rodeado de criados y seguido de un paje que le llevaba
la falda del traje talar.
Esto de la falda alzada no era permitido más que al arzobispo, por lo
cual, cuando los canónigos que estaban en el Coro supieron la forma en
que el inquisidor llegaba á la puerta del templo, mandaron á decirle con
urgencia, que si quería entrar en la Catedral se dejase de que le
llevaran la cola.
Cuando esto supo el señor Ortiz de Sotomayor, púsose colérico y envió
recado á los canónigos diciendo que con falda alzada había de entrar y
que no había más que aguantarlo, dando esto motivo á diversos recados y
dimes y diretes que casi interrumpieron toda la gravedad de la
solemnidad religiosa y dió bastante que murmurar al concurso, terminando
el incidente, por entonces, con que el hinchado inquisidor entrase en el
templo y saliese de él muy orondo y ufano, seguido del pajecito que le
llevaba la discutida falda.
Alborotóse el cabildo eclesiástico, y no queriendo que le pusiesen el
pie delante en cuestión de tanta trascendencia, envió á Madrid un
canónigo para que trajese resolución de los altos poderes para saber á
qué ajustarse en adelante.
Y fué lo bueno que la tal resolución vino contraria al inquisidor, pues
se decía en ella que cuando fuese á la iglesia con el tribunal podría
llevar la cola alzada, bajándola al llegar á la capilla mayor, pero que
nunca se permitiese ni esto cuando fuese solo.
La rabia del señor don José, al conocer la nueva, fué terrible, pero no
tuvo otro medio por entonces que acatar lo mandado, terminando así esta
cuestión de faldas.... eclesiásticas.
LAS TAPADAS
Costumbre muy arraigada era en las mujeres españolas en los siglos XVI y
XVII salir á la calle cubiertas con mantos, y de las más afectas á ese
uso lo fueron las damas de Andalucía, y particularmente las sevillanas,
que en esto de ir tapados los rostros como en otros varios hábitos que
tenían, veíanse claros los restos de costumbres mahometanas de lejanos
días que no habían podido desechar, dado que aunque ellas no quisieran,
algo de sangre moruna por sus venas corría.
Era el manto en las mujeres de Sevilla, prenda de gran estima é
imprescindible en multitud de ocasiones, aun para las de más elevada
posición, como dice el bachiller Luís de Peraza, que en el siglo XVI
escribía: «Las más ricas usan trajes de _mantos_ de paño fino y largos,
y de raso, y de tafetán y de sarga....» y en los comienzos de la
centuria siguiente apuntaba Alonso de Morgado en la _Historia_ de
nuestra población: «Usan (las sevillanas) vestidos muy redondos, se
precian de andar muy derechas y menudo el paso, y así las hace el buen
donaire y gallardía por todo el reino, en especial por la gracia con que
lozanean y _se tapan los rostros con los mantos y miran de un ojo_ y en
especial se precian de muy olorosas, etcétera, etcétera.»
Prenda muy apropósito era el tupido manto para las aventuras y
galanteros, que como dijo el poeta
«siempre el manto fué en España
tapa enredijos de amor....»
y con harta frecuencia los autores de aquellos tiempos se lamentaban de
los lances á que el uso de tal prenda daba lugar y en los cuales había
con frecuencia tajos y cuchilladas de galanes rivales ó de burlados
esposos y amantes.
Fundándose, pues, en graves razones que se tuvieron muy en cuenta, las
Cortes celebradas en 1586 prohibieron que las mujeres fuesen tapadas
«_por los inconvenientes que de esto resultaba_» mas como quiera que tal
prohibición poco ó nada llegó á cumplirse, Felipe II dió una
_pragmática_ en igual sentido en 1594 y Felipe III otra en 1614, que
dicho sea de paso y aunque contrariara á los monarcas y á sus justicias,
no consiguieron desterrar el uso del manto, ni mucho menos, de los
dominios españoles.
En Sevilla, por ejemplo, fueron en vano las amonestaciones de los
Asistentes de la ciudad y las predicaciones de no pocos frailes, que
tomando muy á pecho esto de que las damas no lucieran sus lindos rostros
por calles y plazas, llamaron al manto _arma de Satanás_, _cubierta del
pecado_, etc., amenazando con el enojo de la divinidad y hasta con las
eternas penas de los profundos infiernos.
Así las cosas subió al trono el rey Felipe IV y aunque ya se sabe que
este monarca fué muy dado á aventuras y que su reinado es el de las
comedias de _tapadas_ y _embozados_, tantas fueron las quejas que
recibió y tantas las representaciones que los cabildos de algunas
ciudades le hicieron, que el 12 de Abril de 1639 dió una pragmática con
toda la fuerza de ley votada en Cortes, la cual era de no poco rigor y
llevaba el propósito de conseguir de una vez por medio del temor á las
penas, la completa desaparición de prenda tan cara para el sexo bello
como lo era el manto.
Así, en la dicha pragmática se leen párrafos como el siguiente, que á
título de curiosidad reproduzco y que dice así:
«....Mandamos que en estos reinos y señoríos todas las mujeres, de
_cualquier_ estado y calidad que sean, anden descubiertos los rostros,
de manera que puedan ser vistas y conocidas, sin que en ninguna manera
puedan _tapar el rostro en todo ni en parte con mantos_, ni otra cosa, y
acerca de lo susodicho, se guarden, cumplan y ejecuten las dichas
pragmáticas y leyes con las penas en ellas contenidas y demás de los
_tres mil_ maravedís que por ellas se imponen en la _primera_ vez caigan
é incurran en _perdimiento del manto_, y de _diez mil_ maravedís
aplicados por tercias partes, y por la _segunda_ los dichos _diez mil_
maravedís sean _veinte_ y se pueda poner pena de destierro, según la
calidad y estado de la mujer. Y por lo que contiene la infalible
ejecución y observancia de todo lo suso, mandamos que donde no hubiese
denunciador se proceda de oficio, y que ningún consejo, ni otros
tribunales, juez, ni justicia de estos reinos, puedan moderar la dicha
pena ni dejarla de ejecutar, y si lo contrario hiciesen se les hará
cargo de ello á las visitas y residencias y se les impondrán las mismas
penas que por esta ley se imponen....»
El 26 del mencionado mes de Abril la pragmática se publicó en Sevilla
por los puntos de costumbre y con las formalidades de ordenanza. Y para
mayor circulación, y que llegase á conocimiento de todos, se imprimió
con real privilegio en el mismo año de 1639 en casa de Francisco de
Lyra, con este título:
--_Premática en que su magestad manda que ninguna mujer ande tapada,
sino descubierto el rostro, de manera que pueda ser vista y conocida, so
las penas en ella contenidas y de las demás que tratan de lo
susodicho.... Impreso en Sevilla, etc., etc._»
Grande disgusto tuvieron las damas hispalenses al conocer el documento,
habiendo muchas á quienes no les asustó ni lo de la multa de los veinte
mil maravedís, ni lo de la pérdida del manto, y se presentaron envueltas
en él por las calles, en las iglesias y en los corrales de _La Montería_
y en el _Coliseo_.
De aquí surgieron no pocos lances, y aunque algunas mujeres alegaban,
para excusarse de cumplir la pragmática, los privilegios ó fueros que
gozaban su padre y marido, viendo que tampoco este recurso les daba
resultado, y que las gentes de la justicia no andaban tardías en las
denuncias, en más de una ocasión excitaban á sus deudos y allegados para
que buscaren medios é influencias con que dejar de cumplir lo ordenado
por el rey.
Pero durante algún tiempo nada pudieron conseguir las sevillanas en
favor de su prenda tan estimada, dándose el caso de que no pocas se
excusaban de salir con la frecuencia que antes lo hacían, por no hacerlo
en cuerpo y con el rostro descubierto, ocurriendo también que á algunos
comerciantes les quitasen las prendas que vendían, como ocurrió en 20 de
Agosto de 1639, en que, al decir de Góngora, «el teniente mayor Pedro de
Soria mandó quemar en una tienda unos guarda-infantes, con gran gusto de
los muchachos.»
Pero campaña que la mujer emprende tarde ó temprano la gana, y así
sucedió entonces, que á cabo de algún tiempo la pragmática quedó sin
cumplimiento y volvieron á verse por las tortuosas calles de Sevilla y á
todas horas, lo mismo que antes, las misteriosas tapadas, cebo de
galanes, y que eran nota tan característica en la España de aquellos
tiempos.
EL MAESTRO VILCHES
El caso ocurrido con el padre, maestro Vilches, del convento de Nuestra
Señora de la Merced calzada, es digno de ser recordado, porque, en
verdad, tiene interés y curiosidad.
Hombre muy docto en sagrada teología, versado en letras, de austero
carácter y puras costumbres, era el reverendo Vilches, por todo lo cual
estaba en el mejor concepto, no sólo entre la respetable comunidad, sino
también entre cuantos lo conocían y frecuentaban su trato.
Por esto á todos indignó el saber en 1637, que á persona tan respetable
le hubieran robado la cantidad de 2.000 ducados en su celda, y más,
porque el autor del robo había sido un fraile lego que le servía, y el
cual desapareció súbitamente, sin que fueran de resultado alguno las
pesquisas activas que se llevaron á cabo por encontrarle.
Así quedó la cosa, lamentando todos que varón tan respetable hubiera
sido víctima de aquella mala acción, pasando el tiempo y no volviendo á
saberse más del aprovechado lego.
El año de 1640 llegó al convento de la Merced el padre Provincial de la
Orden y comenzó la inspección de la casa, conforme á la comisión que
traía.
Pero mejor que yo, relata lo sucedido entonces, autor tan grave y
piadoso como el del manuscrito de _Efemérides sevillanas_, el cual dice:
«El Provincial reconoció faltaba cantidad considerable de dinero de las
arcas de la Redención, en las cuales, por supuesto, debía tener alguna
intervención el maestro Vilches. El Provincial quiso buscar el dinero en
la celda de los religiosos, haciendo escrutinio en ellas; y bien fuese
por alguna sospecha, ó por poco afecto que le tuviese, ó por dar ejemplo
para que los otros no se excusasen, ni lo sintiesen, empezó por la celda
del maestro Vilches. En ella encontró una alhacena tabicada (decían que
estaba en la misma pieza donde él dormía), hízola abrir y en ella
hallaron los huesos del fraile lego que él había muerto.»
La sorpresa que esto produjo fué grande y el escándalo en Sevilla al
saberse el suceso subió de punto, sin que valieran cuantos medios
pusieron en práctica los frailes para impedir que se divulgara.
El padre maestro Vilches fué preso, costando mucho trabajo la formación
de la causa, pues los religiosos se negaron á declarar ante la justicia
«_ó por política que observaban ó por precepto que les había impuesto el
prelado_» con lo cual la gente tuvo ocasión de hacer muchos y muy
variados comentarios sobre el suceso, quedando como más aclarado «que
el dinero de las Arcas de la Redención le había sacado el dicho padre
Vilches, y gastádolo, y que de ello había sido sabedor el religioso
lego; y que cautelándose no lo descubriese, lo mató, porque él riñendo
con el M. Vilches lo amenazó.»
Y fué el fin de esta historia, que en Septiembre del año 1640 fué
condenado el padre maestro á reclusión perpetua en el convento, donde se
dice que murió muchos años después, contrito y muy arrepentido de su
fechoría.
UNA FUGA DE PRESOS
Don Juan de la Cruz era Alcaide de la cárcel real en 1641, cargo que
desempeñó durante no poco tiempo y el cual era bastante codiciado por
muchos, dado que en sí llevaba entonces ciertas ventajas y ganancias no
despreciables, si bien nada legales.
Este buen Alcaide tenía por aquel año bajo su custodia un número
considerable de presos acusados del resello de moneda, los cuales eran
gente levantisca de suyo, que unída á los valentones, ladrones y demás
gentualla, traían de contínuo revuelta la prisión, célebre con grandes
escándalos y pendencias.
Así andaban las cosas, cuando la noche del 26 de Marzo de 1642, don Juan
de la Cruz se disponía á hacer la acostumbrada ronda por las
dependencias de la cárcel para cerciorarse de la seguridad en que
quedaban los detenidos.
Pero héte aquí que al llegar nuestro Alcaide á la _Reja grande_, con
lento paso y grave continente, muy penetrado de la seriedad de su cargo,
fué súbitamente acometido por dos de los presos, quienes á viva fuerza
le sujetaron apoderándose del manojo de llaves que tenía, sin que en
auxilio del don Juan vinieran ni corchetes ni guardias.
Y como quiera que el golpe de mano debía estar ya preparado de tiempo
atrás y ser sabedores de él los presos todos, prodújese al punto gran
zalagarda en las salas, y en un abrir y cerrar de ojos se comenzaron á
abrir rejas y calabozos con gran estrépito y algarabía, corriendo un
grupo de más de cuarenta y tres presos hasta la puerta de la calle, por
donde salieron con alborozo, y algunos, «con grillos se fueron hasta la
Iglesia Mayor.»
Los detenidos por el resello de monedas, hasta diecisiete, escaparon
todos, desperdigándose por la ciudad, y otras de varios delitos salieron
con ellos, sin que fuera posible nunca más echarles el guante, pues bien
procuraron huir de las garras de alguaciles y tropas.
Al conocerse esta fuga al día siguiente, 27 de Marzo, produjóse en la
ciudad el consiguiente escándalo, viniendo á levantarse un rumor, que
fué tomando cuerpo, y el cual era que el Alcaide, D. Juan de la Cruz, no
fué tan sorprendido como parecía con aquella fuga, y que para dejarse
atropellar había recibido de antemano más de una reluciente moneda de
oro.
Y para completar la noticia de esta fuga de presos, apuntaré que de
todos ellos «no volvieron á coger--dice un manuscrito--más de un vecino
de Castilleja, que se llamaba José Antonio, que volviendo al lugar á
matar al Alcalde que lo prendió, le volvieron á asir, y traído á la
cárcel, intentó otra vez hacer fuga, y lo ahorcaron. Era de 21 años y
tenía muertes varias y otros delitos.»
LAS RONDAS DE NOCHE
Frecuentes eran en verdad los lances que en las calles de Sevilla
ocurrían á las rondas por las calles, mientras el vecindario se
entregaba al reposo, y entre aquéllos merece ser recordado uno que fué
consignado por un autor contemporáneo, que existe en el manuscrito de la
colección del conde del Aguila.
Mediado el año 1642 y obtenida la licencia correspondiente, habían
empezado á salir de ronda por las noches los Alcaldes de Crimen, á los
cuales temían con razón la gente maleante, que favorecida por las
sombras, vagaba con propósitos nada santos por el intrincado laberinto
de las callejas de nuestra población.
Persona de tanta significación como lo era el alcalde don Leonardo
Henriquez, rondaba la noche del 14 de Agosto por el barrio de la Feria,
acompañado de sus alguaciles, y había más que mediado la noche, cuando
acertó á tropezar en su marcha con unos soldados, de lo cual vino á
surgir el lance que á unos y á otros costó bien caro.
Eran aquellos soldados pertenecientes á una de las compañías de milicia
que por entonces se formaban en nuestra ciudad, y en ella iba un
sargento, mozo bravucón y perdonavidas, de aquellos echados para
adelante y de los que, por cuestiones de poca monta, tiraban del acero y
no se paraban nunca en las consecuencias de sus acaloramientos.
Frente á frente el Alcalde y la tropa, mediaron algunas palabras sobre
el paso por la calle, y las que, por el tono y alcance con que se
dijeron, dieron motivo á que, sin más ni más, los alguaciles y los
soldados se acometieran, aquéllos con espadas y pistolas y éstos con las
alabardas, trabándose allí mismo singular combate.
El sargento, todo iracundo y furioso, cargó contra el alcalde don
Leonardo Henriquez, que recibió tres estocadas, las cuales dieron con él
en tierra, siendo de consignar que apenas los alguaciles vieron caído al
alcalde y que los soldados llevaban la mayor ventaja, huyeron
precipitadamente por las callejas que encontraron más á mano, buscando
en las sombras facilidades á su fuga y desamparando cobardemente al
pobre hombre que, con desgarradores é inútiles gritos, pedía favor,
viendo su muerte próxima.
Y así hubiera sucedido si entre los vecinos que al alboroto y pendencia
despertaron, no hubiese habido un mulato que con resolución llegó á
ponerse frente del sargento y de los soldados, rogándolos que no
rematasen al alcalde cuando ya se disponían á clavarlo con las
alabardas.