pero sin duda, su demasiada gravedad y rigor debieron aburrir al marido,
caso que no es raro, y puso los ojos en una hermosa y alegre sevillana
llamada doña Dorotea Sandoval, unida en el dulce lazo del matrimonio con
un sujeto cuyo nombre calla la historia, y por cierto que es gran
lástima.
Correspondido en sus amorosas pretensiones, Melgarejo, que debía ser de
aquellos á quien inquieta poco el _qué dirán_, contando con el
beneplácito del marido de doña Dorotea, fuese á vivir con la dama
saliendo con rumbo á los gastos de la casa y no poniendo tasa en
muebles, joyas y caprichos.
Así duró la cosa mucho tiempo, y al cabo de años, deseando cortar aquel
escándalo, que en la ciudad era público por la calidad del héroe, los
alcaldes del Crimen de la Audiencia intervinieron en el asunto,
desterrando de la ciudad á doña Dorotea, que á poco volvió
tranquilamente á seguir la antigua vida, pues la influencia de Melgarejo
era grande y su carácter pesaba mucho en autoridades y personas.
Tenía el señor veinticuatro un natural violento, con facilidad montaba
en cólera inusitada, razón por la que era llamado por el vulgo
_Barrabás_: y así se explica que en cierta ocasión, como sorprendiera á
un mozalbete haciendo desde la ventana de una casa frontera señas á doña
Dorotea en punto en que ésta también estaba al balcón, cogió á su amante
violentamente y allí mismo dióle una monumental paliza, á la vista del
honrado marido, que mientras zurraban á su esposa le decía con mucha
flema:
--«Amiga, ¿cuántas veces te dije que no te asomases á esa ventana; mira
que el señor don Fernando ha de venir á saberlo y ha de costarte muy
caro?»--Y dirigiéndose al iracundo veinticuatro, le repetía:--«Señor don
Fernando, prometo á usted que tiene menos culpa Dorotea de lo que le han
á usted encarecido.»
A consecuencia de este escándalo y de otros que siguieron, la hermosa
apaleada huyó á un convento; pero el marido, haciendo presente que
estaba enferma, la sacó de él, volviendo todo al mismo estado, hasta el
16 de Junio de 1627, en que falleció doña Dorotea de Sandoval, con gran
sentimiento de Melgarejo, que dió las mayores muestras de dolor.
Éste mandó decir misas á la difunta en todos los templos de Sevilla,
costeó gran funeral, y el 17 de Junio, que fué el entierro, lo presidió
el propio amante, asistiendo al acto los caballeros principales de
Sevilla, apesar de que todos eran tan morales y tan piadosos y devotos.
Poco tiempo después murió también la esposa de Melgarejo, doña Luísa
Maldonado, pero de su entierro, cuando nada dicen las relaciones
antiguas, prueba que debió de no revestir la pompa y solemnidad que el
de la famosa Dorotea.
DESAFÍOS Y RIÑAS ENTRE NOBLES
El marqués de la Algaba, noble sevillano que en la primera mitad del
siglo XVII era muy conocido en la ciudad, tuvo un desafío con el
Asistente de la ciudad, el cual desafío fué célebre por circunstancias
diversas, y cuyo motivo fué el siguiente:
En la casa de los jesuitas hubo una gran función religiosa á fines de
Agosto de 1628, y para asistir á ella como era propio de su rango, el
marqués de la Algaba mandó á los _ignacios_ que le colocaran en lugar
preferente del templo una gran silla con su reclinatorio y almohadas.
Mas hete aquí, que á la dicha función ocurriósele asistir también al
conde de la Puebla Asistente de la ciudad, y al ver el sillón preparado
para otro, mandólo quitar sin más miramiento, porque entendía que si él,
que era tan alta autoridad, no tenía preferencia, no debía permitir que
ningún marqués de la Algaba ni de ninguna parte la tuviera en su
presencia.
Y aquí fué el origen del desafío, porque el marqués montó en cólera y
retó al conde, acudiendo los dos rivales á los pocos días á las
inmediaciones de la ermita de San Sebastián, donde se batieron
briosamente, mas cuando era más empeñada la lucha se rompió la espada
del Asistente, parando sus golpes el de la Algaba.
Entonces dice un documento:
«Acudieron amigos de ambos, mediaron y terminó la contienda. El Regente
de la Real Audiencia los procesó, prendió y dióles su respectiva casa
por cárcel, con centinelas de vista. El año siguiente (1629) el marqués
de la Algaba se libró, merced al indulto general concedido, en
celebridad del nacimiento del Príncipe Don Baltasar Cárlos.»
Sobre este desafío se hicieron infinitos comentarios, encontrándose muy
divididas las opiniones sobre la conducta que siguieron los dos
contendientes, no siendo menos las conversaciones á que dió margen otro
suceso ocurrido poco tiempo después y en el que también intervinieron
como partes principales personas de noble abolengo.
Del apellido Esquivel existían dos familias principales el siglo XVII, y
para distinguirlas, el vulgo añadía á sus apellidos los nombres de los
barrios donde tenían sus casas solariegas, llamando así á unos
_Esquiveles de San Vicente_ y á otros _Esquiveles de San Pedro_. Estos
últimos eran varios caballeros, los cuales encontráronse en la mañana
del 16 de Septiembre del citado año del de 1629 con un individuo,
también de calidad, y con el cual habían tenido en diversas ocasiones
disputas y rivalidades.
El encuentro fué, ciertamente, desgraciado, pues apenas se vieron los
rivales, enzarzáronse de palabras, tirando de las espadas, y, con gran
cólera, se arremetieron briosamente; mas como quiera que los Esquiveles
eran varios, y en auxilio de ellos vinieran algunos criados, vióse el
caballero, que estaba solo, obligado á huir, arrojando el acero.
Persiguiéronle los otros, y viendo en su huída el apurado sujeto abierta
la puerta de la iglesia de San Pedro, penetró en ella en el momento en
que un cura decía misa, arrojándose á sus pies todo afligido y lleno de
terror pánico.
Pero los perseguidores no se detuvieron y también entraron
atropelladamente en el templo con las espadas desnudas, y hasta el pie
del altar persiguieron al enemigo sin consideraciones ni respetos
algunos, diciendo el antiguo manuscrito de efemérides sevillanas, donde
se cuenta el suceso, que «el sacerdote se quitó la casulla y echósela
encima al caballero; y apesar de esta prevención, sus contrarios le
dieron de estocadas, pasando la casulla, y lo mataron. Antes de morir
tuvo tiempo de confesar, y perdonó á los agresores, que salieron
precipitadamente de la iglesia, uno de ellos mal herido.»
Este asesinato, que conmovió á toda la ciudad por las circunstancias que
le rodearon y las personas que en él intervinieron, no pudo ser
castigado por la justicia, pues los autores materiales del hecho
desaparecieron, tal vez protegidos por los instigadores, si bien se dijo
que todos, pobres y fugitivos, no tardaron en tener un desagradable
fin.
EL PRIOR DE LAS CUEVAS
El prior del monasterio de frailes cartujos de Santa María de las
Cuevas, en 1630, era un varón respetable, no sólo por su mucha ciencia
sino por sus virtudes, que al decir de todos, las poseía en alto grado,
tanto más dignas de encarecer si se tiene en cuenta que ya en el siglo
XVII no regía en aquella casa toda la rigurosa observancia de las
estrechas reglas de la orden, como lo fueron en los primeros tiempos que
siguieron á su fundación.
Este prior tenía muy estrecha conciencia y se andaba con gran tiento y
pulso en lo del examinar detenidamente á los monjes, siendo en extremo
celoso é inflexible cuando de sus condiciones morales y conducta se
trataba.
Por esto, algo debió observar que no fuera de su agrado ni le pareciera
conveniente, cuando se negó á dar licencia para órdenes, á un monje
llamado don Pedro Pavón, el cual de contínuo demostraba cuántos y
grandes eran los deseos que de verse con tales licencias tenía.
Y como quiera que Pavón fuese hombre de carácter violento, y en la
negativa de su prior viese, ofuscadamente tal vez, algo de personal
enemiga, exaltóse hasta tal punto, que la mañana del 19 de Diciembre
levantóse de tan mal talante y con tan negras intenciones, que sin más
ni más se fué derecho á la celda del prior, donde éste se hallaba
tranquilamente, acompañado de un lego que le servía.
Entró Pavón resueltamente, y casi sin hablar palabra, se precipitó sobre
el prior, y armado de un puñal lo hundió varias veces en el pecho de su
víctima, que cayó en tierra sin poder defenderse. Rápido, y presa de
insana y criminal furia, Pedro Pavón acometió enseguida al lego, que
huyó despavorido, sin que lograra, apesar de su diligencia, librarse de
una terrible puñalada que le atravesó la garganta.
A los gritos de los heridos acudieron los frailes, quienes después de
muchos esfuerzos, consiguieron sujetar al criminal mientras otros
recogían los ensangrentados cuerpos.
Diez y siete días después de aquel suceso (28 de Diciembre), expiró el
prior, y como el crimen había sido conocido en toda Sevilla, produciendo
la mayor sensación, fué inmenso el concurso que acudió al monasterio de
la Cartuja y á ver el funeral y entierro, al que también asistió el
Asistente, vizconde de la Corzana, y los caballeros veinticuatros, con
otras muchas personas graves y de alta significación en la ciudad.
Y escribe don Diego Ignacio de Góngora, que al cadáver del prior le
pusieron «corona de mártir» y que el lego murió el día 30 sin que para
él hubiese lo de la corona, aunque en verdad también la merecía.
En cuanto al criminal, aunque lo sentenciaron á ser entregado al brazo
secular para quitarle la vida, se probó que estaba loco, y lo encerraron
en el convento de San Juan, en donde se dice que murió por los años de
1678.
Para que este succeso fuese todavía más digno de llamar la atención,
vino á unirse á él lo extraordinario del siguiente cuento que consigna
cándidamente Góngora.
«En el convento de Miraflores, un cartujo virtuoso, que conocía al Prior
de Sevilla (sin saber lo que acá había pasado) vío que Santa Justa y
Rufina (!) presentaron en el cielo al Prior de Sevilla con una guirnalda
de flores y una rica capa carmesí, en los brazos de Nuestra Señora. Así
se ve pintado en una lámina en la hospedería alta del convento, y el
entierro en la baja.»
Todo esto aumentó, como es consiguiente, la fama del asesinato del Prior
de las Cuevas, suceso que entretuvo por largo tiempo á las gentes, y que
bien merece consignarse, para saber como la gastaban algunos hombres del
siglo XVII, cuando los contrariaban sus superiores.
LA MONJA ALFÉREZ
Bien conocida es la historia de la originalísima mujer doña Catalina de
Erauso, monja en San Sebastián, que mal avenida con su sexo, se fugó del
convento en 1607, á la edad de quince años, y disfrazada de hombre,
marchó á Indias, donde siguió por mucho tiempo una vida llena de lances
y aventuras, que no es del caso recordar, sentando después plaza en el
ejército, donde por su valiente comportamiento y los muchos hechos de
armas en que tomó parte, logró el grado de alférez. Y sabido es también,
cómo fué allí descubierto su sexo y vuelta á España en 1624, donde la
fama de sus hechos y extraña historia, se divulgó bien pronto, llamando
la atención de todos, alcanzando tanto renombre, que en 1625, el rey
Felipe IV le mandó dar 800 escudos en premio de su valor y el título de
alférez, y el papa Urbano VIII le concedió especial permiso para que
durante su vida usase, como hasta allí lo había hecho, el traje
masculino.
Esta singular mujer estuvo en Sevilla en 1630, cuando su nombre era
conocidísimo en toda la península, y aquí permaneció breve tiempo,
disponiéndose para embarcar de nuevo á América, siendo aquél su último
viaje, pues la _monja alférez_ desapareció en 1635, sin que se volviese
más á saber de ella.
En Junio del citado año de 1635 doña Catalina de Erauso vestida con su
traje militar, paseó las calles de la capital de Andalucía, excitando la
curiosidad de todo el pueblo, y siendo recibida en las casas más
principales, donde suspendía á cuantos la escuchaban con el relato de
sus novelescas aventuras.
El día 4 de Julio fué á la Catedral sevillana la _monja alférez_, donde
oyó misa, y cuenta un testigo que, á su entrada y salida del templo, la
rodeó la gente curiosa, que la siguió por las calles hasta su posada.
Vivía entonces en Sevilla el celebre pintor Francisco Pacheco, y este
artista, excitada su curiosidad por aquella mujer singular, la llamó á
su estudio y le hizo un notable retrato al óleo, retrato del cual da las
siguientes noticias don José María Asensio.
«Pacheco aprovechó su permanencia en Sevilla (la de la monja alférez)
para hacer su retrato, cuyo original, vendido, según parece, por un
comisario de guerra sevillano al coronel B. Shepeler, encargado de
negocios de Prusia en Madrid, vino á parar á poder de don José María
Ferrer, quien lo publicó en la historia de aquella mujer extraordinaria
en la edición que se hizo en París en 1829.»
El capitán Miguel de Chazarreta, que iba de general de la flota de
Indias en 1630, se dispuso á llevar con sus tropas, á la _monja
alférez_, y según el testimonio del contador Manuel Fernández Pardo,
oficial mayor que era entonces de la Contaduría de la Casa Contratación
de Sevilla, en los libros de dicha Contaduría se sentó la cédula del rey
y el pasaje de la famosa guipuzcoana con el título de _el alférez doña
Catalina de Erauso_.
Un antiguo escritor de curiosidades sevillanas, el ya nombrado don Diego
Ignacio de Góngora, da noticias de la estancia en Sevilla de doña
Catalina, y escribe en este punto las siguientes líneas:
«Yo hablé con el P. Fray Nicolás de Rentería, religioso capuchino, que
murió portero en el convento de religiosos capuchinos de Sevilla, hombre
ya muy anciano, que, siendo mozo y seglar, había estado en las Indias,
en la provincia de Nueva España, el cual me dijo que había conocido á la
_monja alférez_ en Veracruz, donde tenía una recua de mulos para llevar
las ropas y mercaderías que traían la flota á Méjico y tierra adentro y
bajar la planta que embarcaban los galeones, y que había realizado mucho
caudal en este género de tráfico y ocupación.»
Partió la _monja alférez_ de nuestra ciudad en el verano del mismo año
de 1630 con la gente del capitán Chazarreta, dejando por largo tiempo
recuerdo de su estancia en Sevilla y recuerdos en la memoria de todos de
su porte y traza, y que describe así uno de sus biógrafos:
«Era Catalina demasiado alta como mujer, aunque no tenía la estatura ni
la presencia de un arrogante mozo. De cara no era fea ni bonita. Eran
negros, brillantes y muy abiertos sus ojos y las fatigas más que los
años alteraron pronto sus facciones. Llevaba los cabellos cortos como
los hombres, y perfumados, según la moda. Vestía á la española. Poseía
aire marcial, llevaba bien la espada y su paso era ligero y elegante.
Sólo sus manos tenían algo de femeninas, en las palmas más que en los
contornos, y su labio superior estaba cubierto de negro y ligero bozo,
que, sin ser verdadero bigote, daba un aspecto viril á su fisonomía.»
Tal era, físicamente, aquella monja sin par, y tales las curiosas
noticias que existen de su estancia en Sevilla, donde tanto llamó la
atención de las gentes.
LA ÚLTIMA HAZAÑA DE UN VALENTÓN
Juan Morán era mozo de chapa, valentón de oficio, aficionado á lo ajeno
y hombre que había en su larga _carrera_ cometido tantas tropelías, que
al cabo y al fin vino á dar en que la justicia le condenase á la pena de
horca, como remate á sus numerosos delitos.
Al efecto, el día 6 de Septiembre de 1633, reuniéronse en la Audiencia
los alcaldes de Sala, y con todas las ceremonias comenzaron la relación
de la causa del ínclito Morán, que muy contrito y arrepentido, al
parecer, escuchaba la relación de la cuenta interminable de sus
crímenes.
Mas de pronto, acordándose el valentón de lo que había sido, y
encendiéndose su sangre toda ante la idea de que iba á morir sin honra
ni provecho, tuvo un arrebato vehementísimo, y sacando un cuchillo que
oculto llevaba, fué su primera acción acometer al alcaide de la cárcel,
Antonio Brito, que estaba más próximo, hiriéndole de una terrible
puñalada que lo derribó, y al punto, sin perder instante, cogió una
espada á otro sujeto, y armado de ella subió las gradas del estrado con
intención de asesinar á sus severos jueces.
En la sala se produjo una confusión espantosa: todos gritaban, todos
estaban en movimiento, y los señores alcaldes, que se vieron venir sobre
ellos á Juan Morán, saltaron de sus sillones y detrás de los asientos
muy agazapados procuraron esconderse llenos de terror, pues todos se
veían ya atravesados por el acero del bravo.
Así lo hubiese ejecutado el valentón si no da la casualidad que, ya en
el estrado, tropezase y cayese, en cuyo punto se arrojaron sobre él
alguaciles, mozos y público y le hirieron ferozmente.
Media hora después estaba la horca levantada en la Plaza de San
Francisco y á ella fué arrastrado Juan, á quien habían cargado de
cadenas.
Después de ejecutado el valentón se le cortó una mano, que se clavó en
la puerta de la Cárcel real, siendo este el desgraciado fin de la vida
de Juan Morán, de cuyos hechos he visto más de una antigua relación
impresa.
LA HERMOSA POSADERA
En la calle de Harinas existía una posada de las más acreditadas de la
ciudad y de la que era dueño un matrimonio que tenía cierto capital,
pacíficamente adquirido en el ejercicio de su comercio.
La esposa era, según las memorias, mujer muy hermosa, y á lo que parece,
debía de estar prendada de su marido, y ser, á más, honesta y muy
cumplidora de sus deberes.
En el año de 1633, un caballero navarro y de posición, que vino á
Sevilla á particulares asuntos, hospedóse en la posada de la calle de
Harinas, y como quiera que el tal fuese joven y de sangre inquieta,
comenzó á requebrar á la mujer del posadero, con tanta insistencia y tan
arriscado, que la mujer llegó á alarmarse, viéndose precisada á tomar
algunas medidas para defenderse del peligro que la amenazaba.
Don Bernardo de Beamonte, que así se llamaba el caballero, era, como
buen navarro, testarudo, y la negativa de sus pretensiones amorosas le
empeñó más y más en ellas, dándose el caso de que la posadera, para
evitar encuentros y asechanzas, adoptase, como prudente medida, la de
irse por algunos días á vivir con ciertos lejanos parientes.
Entonces don Bernardo, que no debía ya estar muy en su juicio, dedicóse
á buscarla por toda la ciudad, y así anduvo el hombre varios días
bebiendo los vientos, sin resultado alguno. Mas héte aquí que el Sábado
Santo, al pasar el enamorado por las gradas de la Catedral, vió salir de
la Basílica á la hermosa posadera, que acababa de oir la misa mayor, y
lo mismo fué verla se dirigió como un rayo á la mujer, que, asustada de
la actitud de don Bernardo, volvió á entrar en la iglesia, temiendo
algún desastre.
Y no fueron, á la verdad, infundados sus temores, pues el caballero
acercóse á ella, volviendo á reiterar sus pretensiones con violenta y
turbada actitud, causándole tal explosión de enojo y cólera el verse,
como en otras tantas ocasiones, rechazado, que allí mismo tiró de la
daga y con ella se avanzó á la mujer, hiriéndola gravemente en el
hermoso rostro, causa de sus desazones y de sus inquietudes.
El escándalo que á la puerta del templo se produjo fué enorme, y
aprovechando entonces la confusión de los primeros momentos, don
Bernardo huyó entre la gente, llegando á buscar asilo al convento del
Carmen, que era el recurso entonces de los que cometían un delito.
Allí quedó oculto el navarro por unos días, sin que la justicia supiera
su paradero, ni tampoco lo conociese el marido de la posadera, que tenía
gran empeño en dar con el que tanto propósito había demostrado en
deshonrarle.
Pero de allí á poco el esposo, fué más afortunado que los golillas, y
habiendo sabido el lugar donde don Bernardo de Beamonte se ocultaba, el
día 28 de Marzo de 1633, fuése muy disimuladamente al convento, y
habiendo conseguido llegar hasta la celda que servía de prisión al
caballero, lo encontró descansando muy descuidado, y sin andarse con más
palabras, le asesinó con un cuchillo.
Preso el matador, fué juzgado inmediatamente, pero tales fueron las
circunstancias que en el hecho concurrían, que la justicia, el día 18 de
Abril, lo puso en libertad bajo fianza, según consta en las _Memorias_
sevillanas de donde tomo la noticia de este suceso.
Lo que no dicen las _Memorias_ es si el rostro de la mujer quedó muy
desfigurado con las cicatrices de las heridas que le causó su acalorado
pretendiente, á quien tan caro costó el prendarse de posadera honesta.
ESPEJO DE ESCRIBANOS
No hacen memoria alguna los historiadores, de un escribano del crimen de
la real Audiencia, que vivió en Sevilla hace tres siglos, y por cierto
que es gran lástima, y es imperdonable olvido, pues el tal quedó como
hombre famoso y dió mucho que hablar en la ciudad y metió en ella ruído,
teniendo que intervenir en sus asuntos el mismo rey Felipe IV y todo el
Concejo, como verá el que siga leyendo.
Don Roque Simón era el nombre del escribano, y aunque en un principio
tenía escasa fortuna, tomó un Oficio, y apenas se vió con él, supo darse
tales trazas, empleó tales manejos y se metió con gente de tal calaña,
que llegó pronto á revestirse por sí de una autoridad con la cual llevó
á cabo los más desatinados desmanes.
Claro que en principio tuvo por protectores á los alcaldes que le
ayudaron, pero andando el tiempo, y dicho sea de verdad, llegó el
escribano á imponerse de modo, que señores muy graves de la Audiencia le
tenían miedo y dejábanle por esto hacer cuanto le viniese en mientes,
que no era poco.
El buen don Roque era toda una hormiguita aprovechada, y así no fué
extraño que con gran asombro de muchos le vieran en poco tiempo dueño
de fincas, con criados, caballos y lleno de grandes comodidades.
Verdad es que para tenerlas, no reparaba en escrúpulos, y así se las
manejaba de manera harto donosa, siendo protector de rufianes y
valentones, á quienes sacaba el dinero por tenerlos al amparo de la
justicia, teniendo de su particular predilección á Juan de Barrio,
rufián célebre en Sevilla por sus tropelías, y á otros no menos
conocidos como Francisco de Espino, Francisco Bautista, Medrano y
Escamilla, siendo también muy señalada su protección á la _Garrida_ y á
María Pérez, dos mozas de chapa, regatonas de pescado en la Costanilla.
Con otros vendedores de pescado y con los de diversos artículos, cometía
el escribano no pocos atropellos y hacíales, con amenazas, que le dieran
lo mejor que había en el mercado, como cualquier municipal de nuestros
días, y cierto viernes de Cuaresma, como no había un pescado que quería,
la emprendió á golpes con un vendedor, á quien encima mandó á la cárcel.
Aceptada como medida de mayor aprovechamiento, andaba también el
escribano con los del contrabando y tenía con la mayor desvergüenza, una
falúa para introducir géneros en la ciudad, siendo no pocos los abusos y
desmanes que llevaba á cabo con otro compinche en el río, donde á más
impuso su autoridad á los pescadores de Triana.
Y para que se vea cómo las gastaba Roque Simón, copiaré del manuscrito
de la _Información_, estos dos casos:
«El verano pasado, porque el nevero que vendía en la Alameda no le
guardó nieve, fué á su casa y lo injurió con muy malas palabras y lo
hizo, por su autoridad, llevándolo á la cárcel de la audiencia, donde lo
tuvo tres días, haciéndole muchas molestias, de que hubo muy grande
nota....»
«En la Pascua Florida, que agora pasó, porque un hombre que te trujo
unos jamones pidió dos reales por la traída, embistió con él y le dió de
bofetadas á mano abierta y de empellones y coces en el Oficio de Mateo
de Sisa.»
Esto de abofetear á los que le parecía, era procedimiento que usaba con
frecuencia el famoso escribano del crimen, y así, en cierta ocasión la
emprendió á bofetones con un sastre en su mismo despacho; en otra con un
sillero de calle Colcheros, y con los vendedores ambulantes de la
Costanilla y el Salvador lo hacía con frecuencia, llegando en sus
valentías á hechos como éste, que da gráfica idea de lo que era el mozo,
y que para él no existía el respeto y consideración al sexo débil.
«Iten que por maltratar á algunas personas con quien tiene enemistad, se
acompaña con los alguaciles, que rondan, tomando la administración de la
justicia por color para sus intereses, como lo hizo con _doña Gerónima
de Ledesma_, que tiene casa de posada en la calle de Bayona, y rondando
con Lorenzo López, alguacil de la Justicia, fué á su casa y la deshonró
de muy feas y afrentosas palabras, dándole muchos golpes y empellones, y
lo mismo hizo en otra ocasión con _doña Francisca de Villalobos_,
llamándola de... haciéndola presa en la cárcel, en que hay mucha nota.»