fué tan grande, que unas se arrojaban de las ventanas, otras de los
corredores y otras caían desmayadas, medio muertas; fué mucho mayor el
daño que la turbación les causó, que el que el mismo fuego les pudiera
hacer, si advertidamente y con orden fueran saliendo; pero como el miedo
de la muerte no da lugar á estos discursos, cayendo unas y tropezando
otras en las caídas, empezaron juntamente con el humo á subir al cielo
las voces y quejas de los que se ahogaban sin remedio, como las de los
que faltándoles ya las mujeres, ya los maridos, ya los hijos, ya los
parientes y amigos, juzgaban el peligro en que quedaban aunque estaban
ya fuera. No perdieron la ocasión los ladrones antes más animados de
codicia que de lástima, hubo algunos tan atrevidos que se entraron
dentro del _Corral_, antes que el fuego estuviese apoderado de todo; y
viendo las mujeres en el estado que se ha dicho, en lugar de sacarlas
del peligro, les quitaban las joyas y lo que podían; llegando la
inhumanidad á tanto, que me afirman que (la verdad tenga su lugar)
algunos las acababan de ahogar para robarlas más á su sabor, sin que á
esto pudieran dar remedio los que lo veían, cuyo peligro propio no daba
lugar á cuidar del ajeno.»
Cuantos esfuerzos se hacían por todos para atajar el incendio resultaban
entonces inútiles: en vano trabajaban los que estaban á salvo por acudir
al remedio y en vano se echaba mano de cuantos medios se disponían
entonces en aquellos desgraciados casos.
Desde gran distancia se veían las llamas, denotando las grandes
proporciones del incendio, y la noticia corrió rápidamente por la
ciudad, acudiendo á la calle de los Alcázares y á la Encarnación las
autoridades y multitud de personas, ya movidas por curiosidad ó por el
interés que les inspirara la suerte de los espectadores.
El Asistente, que lo era á la sazón el conde de Peñaranda, puede decirse
que en aquellos difíciles momentos no estuvo ni tardo, ni desacertado en
sus medidas, así como los tenientes y el alguacil mayor que le
secundaron.
«Dividieron--escribe D. José Sánchez Arjona--en dos cuadrillas, los
albañiles, peones y demás gente que acudió á prestar auxilio; la primera
dedicada á salvar las personas que había aún dentro del _corral_ y la
segunda á derribar las casas que confinaban con el coliseo, logrando
aislar y dominar el incendio que duró hasta las tres de la mañana del
día 26, no quedando en pié más que las cuatro paredes y el cuarto de la
puerta de la calle.»
Grandes fueron las pérdidas que aquella catástrofe produjo, y en la que,
según los datos, perecieron unas veinte personas, en su mayoría mujeres
y niños pequeños, que ni tuvieron medios de ponerse en salvo, ni hubo
ocasión de acudir á tiempo en su auxilio.
Un detalle para terminar: de los actores, según la relación, pudieron
todos librarse de las llamas, y de uno de ellos dice: «El que hacía la
figura de _San Onofre_ salió casi desnudo, con una mata de yedra por
paños menores, y los muchachos le siguieron dándole _¡Vaya!_ hasta su
casa, que estaba lejos.»
LA MADRE CATALINA Y MAESTRO VILLALPANDO
Escribir la historia detallada de lo que fué la secta de los
_alumbrados_ en Sevilla durante los siglos XVI y XVII, sería trazar el
más interesante cuadro que retratase con toda verdad uno de los aspectos
más gráficos de la sociedad de aquellos tiempos, que no era en verdad
modelo de virtudes, de religiosidad, y de pureza de costumbres.
Pero como de nada sirve querer desfigurar la historia, el estudio de los
documentos, papeles y antigüedades viene á destruir la dorada leyenda,
dando á conocer con toda la realidad lo que fueron nuestros antepasados,
que vivieron en todo el esplendor de la monarquía absoluta.
Casi á mediados del siglo XVI, la secta de los _alumbrados_, de la que
fueron fundadores dos sacerdotes, Chamizo y Alvarez, en unión de otros
varios presbíteros más, apareció en Sevilla, siendo su propagación
rapidísima; y como quiera que la Inquisición anduvo algo tardía en
intervenir en el asunto, cundió de tal modo, que beatas, frailes,
clérigos y personas relacionadas con el elemento eclesiástico, se
infestaron á cientos de la doctrina.
Era esta una absurda mezcla de misticismo y sexualidad de superstición
fanática y despreocupación; valiéndose de lo sobrenatural para cometer
los actos de la más desenfrenada lujuria y del más refinado placer
material.
Un autor, tan poco sospechoso como Menéndez Pelayo, ha escrito estas
líneas, explicando la herejía de los _alumbrados_.
«La doctrina que afectaban profesar se reducía á recomendar á sus
secuaces larga oración y meditación sobre las llagas de Cristo
Crucificado, de la cual oración, hecha del modo que ellos aconsejaban,
venían á resultar _movimiento del sentido, gruesos y sensibles_, ardor
en la cara, sudor y desmayos, dolor de corazón y movimientos
libidinosos, que aquellos infames llamaban _derretirse en amor de Dios_.
Una vez alcanzado el éxtasis, el _alumbrado_ se tornaba impecable y le
era lícita toda acción cometida en tal estado... Las afiliadas de la
secta vestían de beatas con toca y sayal pardo. Andaban siempre absortas
en la supuesta contemplación, mortecinas y descoloridas, y _sentían un
ardor terrible que las quemaba_, unos saltos y ahíncos en el corazón que
las atormentaba, y una rabia y molimiento en todos sus huesos y miembros
que las tenía desatinadas y descoyuntadas..... El padre Alvarez les
certificaba que aquello era efecto y gracia del Espíritu Santo; y
llevando al último extremo la profanación y el sacrilegio, comulgaba
diariamente á sus beatas con varias hostias y partículas, diciéndoles
que _mientras más Formas, más gracia_, y que no duraba la gracia en el
alma _más de cuanto duraban las especies sacramentales_.»
La lista de los _alumbrados_ sevillanos sería interminable, y en gran
número salían en los autos de fe, y aunque de todos en completo se
ignoran los nombres y las circunstancias de sus procesos, de muchísimos
existen noticias anteriores bien detalladas.
Estas noticias, por las cuales se viene en conocimiento de lo que era
una parte de la población de Sevilla entonces, son en extremo curiosas y
dignas de ser recordadas, máxime cuando el mayor número de los
_alumbrados_ pertenecían al sexo bello y eran, además, jóvenes y bien
parecidas.
No he de relatar en detalles casos de _alumbrados_ y _alumbradas_
jóvenes, pero solo recordaré uno que produjo gran escándalo é hizo la
comidilla en la población, siendo los protagonistas del suceso la beata
carmelita Catalina de Jesús y el clérigo Juan de Villalpando.
La tal beata era natural de Linares, y de joven tenía su residencia en
Sevilla, donde se tocó de la herejía, y el maestro Villalpando, que
había nacido en Garachino (Tenerife) llegó también de mozo á la capital
de Andalucía, trabando ambos estrecha amistad, que llegó á ser, por sus
locuras, de las más peligrosas.
La beata y el clérigo fueron los fundadores de una congregación de
_alumbrados_, compuesta de hombres y mujeres que, hacia 1620, comenzaron
á reunirse en lugares apropósito, y en los cuales se entregaban á las
prácticas á que acostumbraban los de la secta.
Aquellas reuniones llegaron á ser en extremo numerosas y animadas, y á
ellas asistían infinidad de personas, la mayoría embaucadas por la madre
Catalina y por el maestro, que para ello tenían, sin duda, especiales
dotes.
Las heréticas prácticas de ellos y sus proposiciones, eran las de todos
los _alumbrados_, tales como las predicaciones contra el matrimonio; sus
diversas opiniones sobre los mandamientos, la oración y otros actos
religiosos, según consta en la relación del proceso, de la beata y el
clérigo:
Catalina de Jesús se averiguó que «se trataba regaladamente y se
entretenía en comidas y cenas de conversación y de huelgas en el campo
con clérigos, sus devotos; y que con uno, en particular, tenía tanta
comunicación y amistad, que se estaba con ella todas las noches hasta
las diez y las once, y muchas veces solos y á oscuras, y que él tenía
llave maestra de una puerta falsa de casa de las susodichas, por donde
entraba de noche y de madrugada, y que viniendo él de fuera de Sevilla y
saliendo de predicar iba á ver á la susodicha antes de entrar en su
casa, haciéndose sospechar que no era bueno su trato: y que ella apoyaba
y encarecía mucho la santidad del dicho clérigo y de otros sus devotos
para acreditarlos; y de uno dijo que tenía oración en el sér de Dios, y
otras cosas semejantes, de que fué testificada por 149 testigos, que se
le dieron en publicación».
El maestro Villalpando, por su parte, «había tenido de muchos años muy
particular comunicación con una beata, á quien tenía por maestra y
rendida la obediencia, á cuya casa acudía muy de ordinario de día y de
noche, hasta muy tarde, á las diez y las once, donde lo hallaban cuando
lo buscaban para salir á dar los Sacramentos á los enfermos de la
parroquia donde era cura, y muchos ratos de la noche estaba con ella sin
el menor escrúpulo á oscuras, y entraba en la dicha casa de noche y de
madrugada por una puerta falsa con llave que él tenía de ella, y que
tenía retratos de la dicha beata, unos pintados, otros de talla, en
barro, y los abonaba y encarecía, diciendo que los había hecho por
tenerla por mujer muy santa».
Las reuniones de _alumbrados_ que la madre Catalina y el clérigo
presidían, fueron ya tan frecuentes, y las deshonestidades tantas, que
al fin y á la postre, cuando las cosas habían llegado al escándalo y
eran muchas las mujeres seducidas por ambos, la inquisición tomó cartas
en el asunto y los dos fueron presos, terminando allí y viniendo á
tierra todas sus reuniones y conventículos.
En el proceso formado á la beata y su amigo, se pusieron en claro todos
los particulares que eran menester, y ambos, en unión de diez reos más,
salieron en el auto de fe que se celebró en San Pablo en el último día
de Febrero de 1627, y del cual se lee en la _Relación_ que existe en la
Biblioteca Colombina, reproducida por don Joaquín Guichot.
«El deseo que el pueblo tenía de saber la resolución que se tomaba en
las causas del _Maestro Juan de Villalpando_ y de _Catalina de Jesús_,
que habían sido presos por este Santo Oficio muchos días había, lo movió
de manera que con ser este Auto particular, vino á ser el más solemne y
de mayor concurso de gente, así de la ciudad como forastera, que jamás
se ha visto en otro; pues con ser muy grande la distancia que hay desde
las casas del Santo Oficio hasta el dicho convento y la Iglesia de él,
que es de las mayores de esta ciudad, hubo gran dificultad en pasar los
presos y el acompañamiento del Santo Oficio por las calles y en entrar
en dicha Iglesia, según todo estaba ocupado de gente que se había
prevenido y tomado lugar desde la media noche.»
La madre Catalina fué condenada á estar reclusa seis años en un convento
ú hospital, á rezar todos los días de su vida el rosario, á confesar con
quien la Inquisición le señalase y á ayunar todos los viernes,
ordenándose también «que se cogiera por edictos públicos cualesquiera
cosa de su persona ó vestidos que se hallan dado por reliquias ó
cualquier retrato suyo y todos sus escritos de molde ó de mano.»
En cuanto al maestro Villalpando, se retractó en público de las veinte y
dos proposiciones que le fueron señaladas y se le condenó á estar preso
cuatro años en un monasterio sin poder decir misa, y á ser privado de
administrar durante su vida los sancionamientos y á pagar 200 ducados y
á hacer ciertos ejercicios religiosos....
Con aquellas sentencias desaparecieron de la escena los dos famosos
_alumbrados_ que tanto ruido dieron, terminando su vida obscuramente y
arrepentidos, según es de creer, de sus pasadas locuras y escándalos.
CRUELDAD DE UN ASISTENTE
El Asistente de Sevilla en 1621 era el conde de Peñaranda, el cual dió
pruebas de ser hombre de carácter tal, que lo retrata el siguiente
hecho, rigurosamente histórico:
Varios muchachos de esta ciudad se encontraban reunidos entregándose á
diversos juegos, con frecuencia inocentes pero cayeron cierto día en uno
que ya no lo era tanto y fué decir que estaban formando cierta conjura
para á uno de ellos proclamarlo rey, como si esto fuera cosa que en sus
manos estuviese.
Tuvieron conocimiento de la broma algunos alguaciles, y un día, en que
los muchachos estaban reunidos, fueron sorprendidos por la autoridad, y
aunque escaparon algunos, lograron ser siete de ellos presos, seis de
Sevilla y el último, hijo de un noble cordobés y el cual muchacho no
pasaba de 13 años.
Enterado el conde de Peñaranda del caso, lo tomó tan á pechos, que
encausó á los jóvenes imberbes, haciendo que contra ellos se formase un
proceso formal, nada menos que como perturbadores de la tranquilidad del
reino. Y así, aceleró los trámites de una injusta causa de Estado,
despachó correos á la Corte, abultando infamemente los hechos, y la
sentencia fué condenar á muerte á los mozos, que tal era la justicia en
aquellos tiempos.
En el mes de Enero fueron ejecutados los siete mancebos en la Plaza de
San Francisco, escribiendo D. Diego Ignacio de Góngora en el manuscrito
que está en la Colombina, estas palabras sobre el suceso, que no creo se
pondrán en duda:
«Este hecho lo referían así mis padres y mayores que lo vieron: y decían
que había causado mucha lástima y compasión en Sevilla, porque la poca
edad de los supliciados daba prueba manifiesta del ningún fundamento y
sustancia del delito y de la acusación. Atribuyeron á rigor y suma
celeridad del Asistente, en la ejecución del castigo; mas como era
materia tan grave de suyo, y que á las voces que corrían se debía dar
cumplida satisfacción para escarmiento y ejemplo, su señoría no perdonó
diligencia ni admitió término dilatándola. Se dijo que el padre de uno
de ellos, que era muy rico, ofreció sumas considerables de dinero por el
perdón del hijo. En fin, la ejecución fué espectáculo que acongojó el
ánimo de los que la vieron.»
EL SASTRE CATALÁN
La historia de Cosme Sevaro, es de las más famosas que registran las
memorias sevillanas.
Catalán era Cosme, ejercía el oficio de sastre en la calle de los
Fundidores, hoy de Hernando Colón, y estaba casado con Manuela Tablante,
hermosa hembra, la cual gustó más que de su marido de un robusto mozo
llamado José Márquez, oficial que en la tienda estaba, y como ambos eran
jóvenes y de sangre inquieta, no tardaron en entenderse muy á su sabor y
sin que nada llegase á sospechar el buen alfayate de lo que pasaba en su
misma casa.
Hubo de descubrir éste, después de mucho tiempo, su deshonra; pero no
fué hombre de los que se dan á la justa cólera, ni menos pensó en vengar
el agravio con propia mano, sino que entabló querella ante escribano, y,
presos la Tablante y Márquez, se les condenó á la última pena en 22 de
Octubre de 1624.
Pero muchas simpatías debían de tener los reos entre cierta gente de
Sevilla, cuando, apenas se colocó el tablado para la ejecución, un grupo
numeroso de hombres lo destruyó, y otro que se hizo enseguida fué
deshecho y quemado también la noche del 24 del citado Octubre.
Por fin, con auxilio de la tropa, se puso un tercer tablado, y el 25
por la mañana, después de haber tomado las autoridades grandes
precauciones, llevaron allí á los dos reos y al sastre Cosme, que debía
presenciar el castigo.
Mas hé aquí que, cuando llegaron los amantes y estaban en el patíbulo,
comenzó á levantarse un rumor sordo en el público que llenaba la plaza y
el cual fué tomando mayores proporciones, hasta oirse por algunos sitios
la palabra perdón.
Entonces apareció por el arco del convento de San Francisco un gran
número de frailes en procesión con velas encendidas, llevando en alto un
crucifijo, y los cuales, venciendo la resistencia de los soldados, se
abrieron paso con dificultad y subieron al tablado con priesa,
arrodillándose ante el sastre pidiéndole con sentidas expresiones que
perdonara á los culpables.
La esposa cayó también á los pies del marido y entonces se desarrolló
una escena por demás original.
«Clamaban--dice el manuscrito del conde del Aguila--los alaridos de la
gente porque la mujer era hermosa: cuatro de los religiosos se abrazaron
con el marido sin dejarle menear y ayudados de otros y diciendo á
grandes voces:--_Ya ha perdonado_--echaron abajo á la mujer, que dió un
salto por la escalera como una gata, y sin cesar las voces de--_Ya ha
perdonado_--fué notable el alarido y contento de todos, y se la llevaron
en volandas á San Francisco. Cosme, alzando el brazo, lo meneaba muy
depriesa, haciendo señales de que no era verdad, pero seguían las voces
de perdón y echaron en el bullicio del tablado abajo al adúltero medio
muerto y lo llevaron también á San Francisco, quedando allí Cosme
llorando.»
El final de la historia fué que José Márquez pasó á galeras, que el
sastre catalán perdonó algunos días después á su amable costilla
haciéndola que entrara en un convento; pero Manuela Tablante, que era
mujer de empuje, escapó del convento y vivió suelta muchos años en toda
libertad para entregarse á mil amoríos en la ciudad, por los que se hizo
famosa.
En verso y prosa se publicaron y circularon profusamente por Sevilla á
raíz del suceso multitud de _relaciones_ á cual más curiosas y de las
cuales se conservan algunas de que no he de hacer mención por lo
dilatado que resultaría este apunte y en todas ellas se encuentran
curiosos detalles sobre el nunca visto suceso de Cosme Sevaro.
EL HERMANO DE JUAN DE JESÚS
Andaba por Sevilla en los comienzos del siglo XVII, un sujeto á quien
todos conocían con el nombre del hermano Juan de Jesús María, el cual
iba por las calles con hábito de _tercero_ ó _ermitaño_ y con mucha
humildad y constancia pedía limosna para las huérfanas.
Como parecía hombre pacífico y su edad era mayor de los cincuenta años,
entraba y salía fácilmente en muchas casas, siendo no despreciable la
cantidad de maravedises que diariamente reunía, de los cuales daba
pruebas que los empleaba en santos fines su aspecto de pobreza y
humildad de su pelaje.
Así anduvo el limosnero de huérfanas durante mucho tiempo y llegó á
hacerse popular en Sevilla, sin que nadie sospechase de él que pudiera
ser otra cosa que un sano varón, temeroso de Dios....
Pero ¡ay! que los que no obran recto, por muy redomados é hipócritas que
sean, al fin y á la postre son descubiertas sus arterías, y esto vino á
pasarle al hermano Juan de Jesús María, á quien en 1623 la Inquisición
echó el guante y metió en prisiones, quitándole para siempre de andar
correteando por calles y plazas de limosnero de huérfanas pobres.
Y con razón obraron entonces los de la _vela verde_, porque de
diligencia en diligencia averiguaron del hermanito las siguientes
gracias, las cuales fueron probadas todas con testigos y con los
detalles necesarios.
Juan de Jesús María había «dicho proposiciones heréticas y blasfemias,
en particular que estaba tres veces confirmado en gracia, una por los
pecados mortales, otra por los veniales y otra por las imperfecciones;
dijo que lo bautizó la Santísima Trinidad, y que el Angel de su Guarda
era Nuestra Señora: que no tenía necesidad de la intercesión de los
Santos ni de las imágenes que eran añagazas: que Nuestro Señor le había
concedido un Jubileo como á San Francisco: que todas las personas que le
dieran limosnas para entrar dos hijas monjas no se habían de condenar:
dijo, que mientras más veces comía y bebía se sentía más bien para la
oración; que con los abrazos comunicaba á las mujeres el Espíritu y amor
de Dios, y así las abrazaba y besaba diciendo que de él no se pegaba
nada de la comunicación de las mujeres, porque estaba en el estado de la
inocencia, y que no tenía nada de la carne de Adán, etc., etc.,»
probándosele también que hacía creer á muchos que sacaba almas del
Purgatorio, que había subido al cielo nada menos y que allí lo habían
bautizado; que tenía éxtasis y que durante mucho tiempo no habían sido
otros sus propósitos que hacerse pasar por ser santo digno de ser
venerado en los altares.
Mal año fué, con todo esto probado, para el hermano ermitaño, el año de
1624, pues el 30 de Noviembre salio en el auto público de fé celebrado
en la Plaza de San Francisco con 43 penitenciados más, siendo condenado
á sufrir cien azotes de los más enérgicos, á «reclusión perpétua en un
hospital ú convento donde no comulgase sino las Pascuas, ó para ganar
algún jubileo en artículo de la muerte.»
Los públicos azotes los sufrió el hermano Juan de Jesús María el 12 de
Diciembre, en que paseó las calles de Sevilla, de muy distinta manera
que en otro tiempo lo había hecho, y todas estas noticias constan en el
antiguo manuscrito que existe en la Biblioteca Colombina de sucesos
sevillanos.
LA MULATA Y LA HECHICERA
Jerónima Jacinta era mulata, estaba casada con un sujeto de no muy
buenos antecedentes, y vivía en Sanlúcar de Barrameda en el primer
tercio del siglo XVII.
El marido de la Jerónima, ó bien fuera porque se cansase de ella, cosa
que no tiene mucho de extraño, ó porque anduviera en pasos no muy
buenos, fué lo cierto que de la noche á la mañana se huyó de su lado y
procuró por cuantos medios pudo, que su cara mulata no volviese á tener
de él más noticias.
Esto, naturalmente, desesperó á la mujer, que debía estar muy prendada
de su hombre, del que no le era fácil pasarse sin su compaña, por cuanto
comenzó á hacer muchas y muy activas diligencias sobre el paradero del
desenamorado esposo, y viendo que sus pesquisas no le daban resultado,
consultó á varias amigas, las cuales la informaron que para que volviese
al hogar el marido, no tenía sino que consultar con una famosa hechicera
que era especialista en tal linaje de asuntos.
Ella se decidió bien pronto, y cuando ya estaba dispuesta á ir al antro
de la bruja, informóla otra amiga, que también era mulata, que con que
enviase á la maga una trenza de la camisa, ella se la volvería luego
con tal virtud adobada, que, practicando puntualmente lo que le fuese
ordenado, ya estaría entrando por las puertas el infiel marido.
Entregó la Jacinta su trenza, con algún dinero que le exigieron, pues no
era cosa de dar la felicidad de balde, y recuperó á los pocos días su
trozo de camisa, mandándole á decir la bruja que con que lo quemase á
fuego muy vivo era lo suficiente para que viese cumplidos los vehementes
deseos.
Quemóse la trenza, pero en vano esperó días y semanas el retorno del
marido, y ya desesperada, fué tanto su odio y la indignación que contra
la hechicera estalló en su pecho que, decidida, salió de Sanlúcar y
vínose á Sevilla, donde se presentó ante el tribunal de la Inquisición,
denunciando á la bruja con todos sus pelos y señales, y haciéndose los
siguientes cargos que constan en el _traslado sacado de la relación del
auto de fé celebrado el Domingo de Cuaresma última de Febrero del año de
1627_, y que no dejan de ser chistosos.
Dijo Jerónima Jacinta "que había visto que la dicha mujer había echado
suertes tres ó cuatro veces con unos granos de cebada, echándolos en un
puchero con agua, contándolos y diciendo: _Saque, machaque, Barcebú,
Barrabás, el demonio mayor del infierno_; y que luego tomaba un Christo
poco mayor que la palma de la mano, y teniéndole sobre la misma palma,
con un cuchillo hacía unas rayas en sus mismos dedos y otras en el suelo
y en la pared, y luego las borraba soplando, y que cuando las hacía
rezaba entre sí, y que tenía un paño todo en que había un pedazo de
cabello como mostacho de hombre y la dicha mujer le dijo que aquello era
para echar suertes; y que había comprado un asno prieto por doce ducados
para darlos á los hombres; y que vendía cada migaja por ocho reales; y
que cuando echaba las suertes con la cebada, sacaba un papel donde tenía
un pedazo de ara consagrada, y que á ella le había dado un pedazo
diciendo que era buena para traer amigos.»
La Inquisición tomó en cuenta la denuncia, y haciendo sus
averiguaciones, echó mano á la mujer de los hechizos con la intención de
poner coto á sus habilidades.
Pero fué lo gracioso que, de tal manera se las arregló la bruja, que
dejó por embustera y falsa á la denunciadora, que no pudo por su mal
probarle nada de lo que contra ella había denunciado.
Con esto pagó á la postre la mulata, pues la obligaron á declararse
calumniadora y salió en el ya citado auto de fe de 1627, en compañía de
otros condenados como la beata Catalina de Jesús, el clérigo Juan de
Villalpando, de quienes ya me ocupé, el esclavo Domingo Vicente, Luisa
Narváez y otros pájaros de cuenta.
En resumen, la mulata Jacinta fué condenada á «_salir con coroza blanca,
á sufrir doscientos azotes y diez años de destierro_», siendo de suponer
que no le quedarían ganas de consultar con más brujas, ni de hacer más
averiguaciones para atraer al fementido esposo.
BARRABÁS
El veinticuatro de Sevilla, D. Fernando Melgarejo, hombre de alta
posición y muy conocido de todos fué de aquellos que dejan fama entre
sus contemporáneos, bien que ésta no era de las envidiables, aunque sí
muy sonada.