Cada una de estas veladas tenía su fisonomía característica y en casi

ninguna de ellas faltaba su procesión y rosario, arcos de follaje,

fuegos de artificio y mucho de baile, cantos, buñuelos y dulces, sin que

escaseasen tampoco las broncas y los alborotos para dar más colorido al

cuadro.

La gente pacífica y grave, las personas sosegadas y de buenas

costumbres, huían de estos regocijos, y así, después de la comida y

después de la indispensable siesta, cuando ya el sol comenzaba á

ocultarse, salían de sus casas, limitando su distracción á pasearse por

el Arenal, la Alameda ó la Barqueta, donde no podía faltarles su ratito

de descanso en algún puesto de agua de los más acreditados, y en el

cual, por lo general, se formaba á la misma hora su poquito de tertulia.

Allí los señores consumían su vaso de horchata ó de agua con anises y

sus gotas de nitro y al toque de Oraciones se retiraban con igual

parsimonia y tranquilidad á sus casas hasta el día siguiente en que

había de repetirse idéntico ejercicio.

Los sevillanos de antaño, que eran gente de posibles, y á quienes no

bastaba el fresco de sus patios entoldados y sus habitaciones del piso

bajo, solían trasladarse á muchas de las fincas ó _casas de placer_ que

había en los alrededores de la ciudad, particularmente próximas á la

orilla del río, y en donde, libres de cuidados y con todo sosiego,

comían, rezaban, dormían y tomaban el fresco, respirando aire libre y

desembarazado, que les fortificaba el cuerpo y el espíritu.

Otros, por lo general, gente joven y alegre, tampoco dejaban de salir

fuera de la población en busca de agradables brisas. Por las tardes y á

las primeras horas de la noche, siempre se veían grupos de ellos y de

ellas que dejando atrás las puertas de la ciudad se dirigían á los

melonares.

Allí se pasaban ratos muy deliciosos, pues nunca faltaba entre raja y

raja de melón su poquito de baile y cante, desatándose las lenguas y

reinando la algazara y el regocijo.

En las hermosas noches de luna de Agosto, bajo un cielo estrellado,

respirando el aire puro del campo, ¡qué gratas resultaban aquellas

fiestas de los melonares, y qué grato el regreso con las primeras luces

del día, navegando en ligeras barquillas que surcaban las aguas del río

tranquilas y serenas y rizadas apenas por las brisas del amanecer...!

Casa sevillana en verano sin gazpacho, sin talla para el agua fresca, no

la había, y lo mismo el rico que el pobre consumían gran cantidad del

clásico plato andaluz y tenían en lugar preferente el tallero, donde las

alcarrazas limpias y rezumantes conservaban el agua como la propia

nieve.

Costumbres y usos del verano antiguo sevillano han desaparecido en

mucho; únicamente queda el calor sofocante y abrumador, el sol de fuego

que abrasa y del que protestan los que no salen á veranear, como

seguramente protestarían nuestros padres y abuelos.

LUÍS DE VARGAS

Con harta razón se ha escrito que el famoso pintor Luís de Vargas

regeneró la escuela sevillana, pues su obra fué de las que más

influyeron en el siglo XVI en sus contemporáneos, gloria que con él

compartieron Flores y el célebre maese Pedro de Campaña.

En Sevilla nació Luís de Vargas hacia el año de 1506, siendo hijo de un

pintor de escaso mérito llamado Juan de Vargas, cuyas obras son

desconocidas. Se dice que Diego de la Barrera fué el primer maestro que

tuvo el artista, quien, en un principio, se dedicó á pintar en sarga, y

deseando luego encontrar más ancho campo para realizar sus aspiraciones,

y para instruirse bajo la dirección de los grandes maestros del

renacimiento italiano, á la edad de veintiún años partió de Sevilla.

En Roma se encontraba cuando el saqueo de la ciudad en 1527 por las

tropas de Borbón, y de allí se trasladó á Pisa, volviendo después á la

ciudad de los césares, en donde trabajó con verdadero entusiasmo y afán,

estudiando las maravillas artísticas.

En Italia--ha escrito un autor--Luís de Vargas «se encontró con un arte

exhumado, con un mundo desenterrado. Aquellos mármoles desnudos,

aquellas formas tan correctas, eran un ideal que resucitaba, que se

hacía necesario, porque la Edad Media había atronado la forma, había

roto la proporción y este mal tenía que desaparecer.»

Trabajó de continuo y lleno del mayor entusiasmo, vivió Luís de Vargas

en Italia unos 28 años, según apuntan sus biógrafos, regresando al cabo

á Sevilla, donde contrajo matrimonio.

En su ciudad natal comenzó á trabajar Luís de Vargas, llamando bien

pronto la atención sus obras ejecutadas al óleo y al fresco, que desde

entonces tuvieron grandes apasionados é imitadores.

A Luís de Vargas acudieron no pocos jóvenes deseosos de recibir sus

lecciones, teniendo discípulos tan aventajados como Diego de Concha,

Lucas Valdivieso, Francisco Venegas y Luís Fernández.

Dice Pacheco en su libro de _Verdaderos retratos_, que al ver Luís de

Vargas las obras que por entonces ejecutaba en Sevilla Pedro de Campaña,

deseando perfeccionarse más en el arte, tornó á Italia, donde permaneció

dos años, al cabo de los cuales volvió á su patria, dando entonces

comienzo la época más fecunda de su vida en producciones artísticas.

Entonces ejecutó en el templo de San Pablo el fresco de la Virgen del

Rosario (hace mucho tiempo desaparecido), el _San Miguel dominando al

demonio_ y la Virgen, que se encuentra hoy en el Museo de Louvre, y

algunos retratos notables, como el de la duquesa de Alcalá y el del

padre Contrera, que existe en la sacristía de los Cálices.

En 1552 fundó el mercader Francisco Baena la capilla del Nacimiento en

la Catedral, pintando para el retablo Luís de Vargas ocho tablas,

representando en la principal la _Adoración de los pastores_, y en las

otras los Evangelistas, la Encarnación, la Circuncisión y la Epifanía.

Al número de veintiocho llegaron las obras que Luís de Vargas dejó á la

Basílica sevillana, sobresaliendo de entre todas el cuadro llamado de la

_Gamba_ en la capilla de la Concepción.

Esta tabla, verdadera joya de arte, que representa una alegoría de la

Concepción, ha sido unánimemente elogiada, y con razón dice de ella un

crítico: «Lo grandioso del dibujo, la valentía de las actitudes y la

riqueza del colorido superan á todo encarecimiento.» En el mismo retablo

se ven, pintados también por Luís de Vargas, los apóstoles San Pedro y

San Pablo, los doctores de la Iglesia y el retrato del Chantre Juan de

Medina, fundador de la capilla.

Tuvo el artista de que vamos tratando singular acierto para el dibujo á

lápiz, y de éstos alcanzó á ver algunos Ceán Bermúdez, y fué muy

inteligente en música, tocando con habilidad y destreza el laúd.

En la sacristía de San Lorenzo existía en 1844 una Concepción de Luís de

Vargas, y de su mano eran dos santos que estaban en un altar del

Convento de Madre de Dios, el fresco del _Juicio universal_ en el patio

de la Misericordia y los dos cuadros del retablo de Santa María la

Blanca, pintados en 1564 y representando el primero á Cristo muerto en

los brazos de la Virgen, con otras figuras, y el segundo la _Impresión

de las llagas de San Francisco_.

El cabildo catedral pagó á Luís de Vargas en 1563, 4.000 reales por la

pintura hecha á «espaldas del Sagrario del Santísimo Sacramento» y otras

cantidades por los adornos del monumento, trabajando en los años de 1564

y siguientes en los frescos de la Giralda, que representaban apóstoles,

evangelistas y santos patronos, cuyas pinturas se encuentran hoy casi

perdidas.

Treinta y seis obras, todas de verdadera importancia, llegaron á

reunirse en Sevilla de Luís de Vargas, algunas de las cuales han

desaparecido ó pasado á enriquecer otros museos y colecciones.

El famoso pintor murió en la ciudad que le vió nacer en 1568, dejando un

hijo, de quien habla con elogio Francisco Pacheco en su ya citado libro

de _Retratos_.

No hemos de estudiar en estos apuntes la personalidad artística de Luís

de Vargas, harto juzgada por la crítica; sus obras, sin llegar al número

de las de otros de sus contemporáneos, le han señalado un puesto entre

los grandes pintores sevillanos, puesto que nadie le disputa ni le ha

escatimado.

Verdadero reformador de la pintura, en su patria dió á conocer los

encantos y bellezas del arte italiano, seduciendo con su colorido, su

dibujo y el vigor de sus creaciones.

Fué Vargas de dulce trato y agudo ingenio, según sus coetáneos, los

cuales encarecían sus moderadas costumbres y religiosidad, diciendo que

á solas se entregaba á muy duras penitencias y largas meditaciones.

El pintor sevillano que con tanto entusiasmo, con tanta constancia y

amor estudió aquel espíritu riente y aquella vida exuberante del

renacimiento, no acudió sin embargo á los mitológicos asuntos, ni á los

dioses del paganismo, como tantos otros, inspirando todas sus creaciones

el sentimiento religioso de su tiempo, del que fué uno de los más

acertados intérpretes en el pincel.

Luís de Vargas dejó un nombre ilustre y Sevilla se honra con poderlo

contar entre sus más inspirados y geniales artistas.

PROCESIÓN DE VÍA-CRUCIS

El marqués de Tarifa de vuelta de su viaje á Jerusalén, al comenzar las

obras de su palacio, llamado vulgarmente casa de Pilato, estableció un

_Vía-Crucis_ que, partiendo del edificio, terminaba en el monumento de

la Cruz del Campo, que en el siglo XV alzó el Asistente don Diego de

Merlo.

Esta vía sacra fué famosa en Sevilla por las multitudes que la recorrían

durante los siglos XVI y XVII, y durante los viernes de Cuaresma, la

Semana Santa y los días 3 de Mayo, 16 de Julio y 14 de Septiembre, en

que se hacían fiestas á la Cruz, en todo el largo trayecto que media

desde la puerta de la casa de Pilato al templete de la Cruz del Campo, y

que es á algo más de 997 metros, se veían transitar procesiones,

hermandades, penitentes y numeroso pueblo.

La primera cruz de la vía sacra era de mármol y aún se conserva en la

fachada del palacio; las otras seguían por la calle de San Esteban,

continuando á distancia conveniente, alzadas entre las filas de álamos

que se veían paralelos al antiguo acueducto conocido por Caños de

Carmona.

Los días de recorrer la estación, acudían allí gran número de frailes

franciscanos, que eran como los encargados de regular la procesión, y

el cordón de gente serpenteaba á lo largo del camino, produciéndose más

de una vez bullicio y alborotos, que turbaban la grave seriedad del

piadoso ejercicio.

Cubiertos los rostros y vestidos con túnicas blancas ó negras, iban

muchos penitentes, llevando á hombros pesadas cruces; otros, desnudas

las espaldas, se iban azotando con la mayor furia que era de ver: estos,

traían grillos ó esposas á las manos; aquellos se iban dando martirio

con un cilicio; y como quiera que hombres y mujeres iban rezando en voz

alta y entonando fúnebres salmodias, el cuadro presentaba en conjunto un

aspecto lúgubre y sombrío, de lo más característico de aquellos tiempos.

Como los devotos sueltos iban también á veces hermandades, que conducían

imágenes sobre andas, y éstas hacían la estación con gran parsimonia,

regresando á la ciudad, casi siempre, después de cerrada la noche.

A esto debiéronse no pocos escándalos y abusos, que sabido es que el

Diablo no duerme, y así sucedía con frecuencia que el regreso de los

penitentes por aquellos campos, alumbrados sólo por las hachas de cera,

era á veces tumultuoso y poco edificante, por manera que Luzbel se

complacía en tentar á la multitud que con tan piadoso fin recorría

aquellos lugares.

En más de una ocasión las autoridades eclesiásticas y civiles tuvieron

que intervenir en tales procesiones de penitencia, á las que hubo

pícaros que acudían con fines no muy santos, aprovechándose de lo

encubierto de los rostros, la mezcla de sexos, y las obscuridades de las

noches.

A mediados del siglo XVIII esta procesión de _Vía-Crucis_ comenzó á

decaer de visible manera por muchas y diversas causas, desapareciendo

luego muchas de las cruces que se alzaban en el camino en 1816, y otras

posteriormente, cuando ya estaba por completo en desuso la práctica de

recorrer esta famosa Vía-sacra.

Las procesiones de penitencia á la Cruz del Campo, nota gráfica de la

España de los siglos XVI y XVII, merecían ser descritas muy al pormenor,

ya que el pincel de un artista lo trasladó al lienzo en un curioso é

interesante cuadro que conservaba en su palacio de San Telmo el duque de

Montpensier.

LAS PRESAS DE LA INQUISICIÓN

La actividad desplegada por el tribunal de la Fe, en Sevilla, en el

siglo XVI, excede á cuanto pueda decirse, siendo continuas las

prisiones, los tormentos y los autos, en los que casi á diario salían

innumerables víctimas acusadas de herejía luterana, de _molinistas_, de

judaizantes, de hechiceros, _iluminados_, etc. etc.

Las cárceles del castillo de Triana estaban repletas de infelices presos

que aguardaban la muerte más ó menos próxima, siendo muchas también las

mujeres que allí gemían en los lóbregos calabozos, y las cuales, sin

consideración alguna y contra todo sentimiento de humanidad, eran

tratadas cruelmente por los negros carceleros.

De la situación de aquellas desgraciadas, muchas de las cuales tenían

consigo á sus hijos, de cierta edad y de pecho algunos, da idea un

curiosísimo documento inédito hasta ahora, prueba irrecusable de lo que

era el tribunal de la fe.

Este documento, que lleva la fecha de 1569, es un dato, prueba de las

_piadosas_ costumbres de entonces; es con toda su sencillez un grito de

dolor de aquellas desventuradas mujeres, á las que no sólo se privaba de

libertad, sino de alimento y de lo más necesario para la vida.

El escrito va dirigido al Cabildo de la ciudad y dice así:

«Ilustrísimo señor: Las que estamos en penitencia, presas en esta cárcel

perpetua del _Santo Oficio de la Inquisición_, besamos las manos de

vuestra señoría ilustrísima, y á ella humildemente suplicamos; diciendo

que nosotras somos pobres mujeres y padecemos muchas necesidades, y por

ser nuestra _miseria y pobreza tanta, no podemos mercar trigo, si no es

en el Pósito, para sustentarnos_. Suplicamos por amor de Dios Nuestro

Señor, nos mande vuestra señoría dar dicho trigo del Pósito, con nuestro

dinero, y de esta manera podremos sustentar _nuestras vidas y hijos_, y

para esto al real oficio y á la clemencia de vuestra señoría ilustrísima

imploramos para que se nos haga esta merced y limosna.--_Las mujeres

presas y reclusas en esta cárcel perpetua en penitencia._»--(Archivo

Municipal, Escribanías de Cabildo).

Tristes reflexiones se desprenden de la lectura de este documento, al

cual cuantos comentarios pudieran hacerse resultarían pálidos.

Algunas de aquellas infelices mujeres fueron ejecutadas poco días

después, en 1573, donde salieron en auto público 70 penitenciadas en el

mes de Enero y en 25 de Noviembre 60 reconciliadas, y siendo 20

quemadas.

EJECUCIONES

Durante los siglos XVI y XVII la pena de muerte en Sevilla se practicaba

con tanta frecuencia que como dice muy bien don Aureliano Fernández

Guerra, apenas había semana en que no se llevasen á cabo una ó más

ejecuciones.

El pueblo acudía á presenciar estos actos con gran alboroto y como cosa

corriente era el salir á ver los ahorcados, cuyos restos eran luego

llevados á la mesa del rey en Tablada, y á fin de año sus huesos se

enterraban con cierta solemnidad en el templo de San Miguel.

Las memorias sevillanas y las notas recogidas por diligentes curiosos,

consignan entre las muchas ejecuciones algunas que por la calidad de los

reos, los delitos que cometieron y otras diversas circunstancias

salieron de lo corriente y llamaron poderosamente la atención.

Tal ocurre con algunos que voy á recordar y que bien merece recogerse en

estos apuntes sevillanos.

Cuatro frailes ahorcados no es caso que suele darse con frecuencia; por

esto merece citarse la fecha del 26 de Julio de 1536, en que el pueblo

hispalense presenció tal suceso.

Fray Alonso de Badajoz, prior del convento de San Agustín; fray Andrés

de la Cruz, fray Rodrigo de Rocha, prior de Córdoba, y fray José Piloto,

doctor en teología, reuniéronse en el día 22 de Julio de 1536, y se

dirigieron en busca del Provincial de la orden agustina, fray Juan de

las Casas.

Habían los cuatro religiosos fraguado un terrible plan contra el citado

Provincial, y, sorprendiéndolo en una de las celdas del citado convento,

le dieron muerte, sin que se pusiera en claro, apesar de las diversas

opiniones, el motivo del crimen.

Huyeron los autores de él, procurando ocultarse; mas descubiertos y

presos en la misma Sevilla, se les degradó públicamente y fueron después

colgados de la horca de Buenavista, ante inmensa muchedumbre.

Los cuatro frailes criminales fueron recogidos luego por los agustinos,

que depositaron sus cadáveres en las bóvedas de una capilla de la

iglesia, conservándose el enterramiento hasta los últimos tiempos en que

el templo estuvo abierto al público.

Otra muy comentada ejecución, fué la de don Pedro Vallecillo, y que se

llevó á cabo en Marzo de 1554.

Era don Pedro un presbítero natural de Ecija, que vivía en Sevilla y

hombre de no muy buenos instintos y peores mañas, cuyo fin fué al cabo

lamentable.

Tenía el mal clérigo, entre otros grandes vicios, el del robo, y aunque

cometió algunos en pequeño, en el mes de Marzo de 1552 acechó á cuatro

hombres que dormían la siesta, y armado de una daga les dió muerte,

despojándolos de cuanto dinero y objetos llevaban consigo.

Al poco tiempo fué preso, y en el manuscrito de _Efemérides sevillanas_,

de donde tomo esta noticia, se lee:

«Al cabo de veintiún meses de prisión en el castillo de Triana, lo

degollaron y dieron garrote en el mármol de la Cuadra, y pasadas dos

horas lo enterraron en el Sagrario, acompañándole más de quinientos

clérigos y muchos religiosos de todas órdenes, y un grande

acompañamiento del cuerpo.»

Persona principal y de noble linaje fué la que subió al patíbulo en 24

de Enero de 1580.

Llamábase don Fernando de Saavedra, y estaba emparentado con muchas

familias de alta posición social.

Este don Fernando tenía una cuñada, mujer que había sido de don Sancho

Ponce, la cual gozaba de un mayorazgo que excitó en mal hora la codicia

de Saavedra. Y llegó á tanto su mal pensamiento, que mandó matar á doña

María, su cuñada, pagando á los asesinos y tomando él parte material en

el delito.

Como persona noble que era don Fernando Saavedra, fué degollado con una

espada y su cadáver estuvo expuesto en el tablado hasta la tarde en que

se le dió enterramiento.

Horrible fué otro crimen cometido por un berberisco y su manceba en la

persona del marido de ésta, pero el castigo no lo fué menos. Las

_Efemérides sevillanas_ que figuran en la colección de papeles del conde

del Aguila relatan con breve concisión el caso, expresándose de este

modo:

«En 9 de Marzo de 1788 atenacearon y dieron garrote é hicieron cuartos á

un berberisco, y pusieron la mano en la esquina del Baño de la Palma y

quemaron en la chamiza, á la morisca bañera, porque ella y él (que

estaban amancebados) mataron al marido y _lo echaron á cocer_, porque no

hediese, en el caldero en que se calienta el agua; y unas mujeres,

queriendo por una ventanilla sacar una poca de agua caliente, lo vieron

muerto.»

Por último, para terminar, citaré estas dos ejecuciones que ocurrieron

entrado ya el siglo XVII, en que tantas hubo, á alguna de las cuales,

más adelante dedicaré especial lugar.

D. Diego de Ulloa de la Chica, presbítero y fraile carmelita que vivía

ya en Sevilla en 1590, fué expulsado de la orden por su mala conducta,

en la que, lejos de enmendarse, se aferró más y más, llegando hasta el

punto de que, impulsado por el robo, asesinó en 1622 á un vecino del

Arquillo Las Roelas, llamado don Juan González, el cual era sacerdote y

capellán de la parroquia de San Lorenzo.

Tuvo por cómplice en su crimen á un corchete llamado Andrés, del que no

sólo se sirvió para asesinar al capellán, sino á otro hermano suyo que

con él vivía.

Ulloa de la Chica fué degradado públicamente por el obispo auxiliar don

Juan de la Sal, y el día 20 de Mayo de 1623, fué arrastrado, ahorcándole

frente al citado arquillo de Roelas, en unión del corchete Andrés, «á

quien se le cortó la cabeza y la mano derecha, que se pusieron por

algunos días en un árbol de la vecina Alameda.»

En 1633 y el día 15 de Julio ahorcaron y cortaron la mano derecha á un

joven hijo del carnicero de los Abades, mozo de vida licenciosa y

aficionado á lo ajeno y que, para su mal, cometió un sacrílego robo que

produjo gran escándalo.

El erudito don Diego Ignacio de Góngora consigna el caso brevemente en

un manuscrito, y de él se viene en conocimiento de que el hijo del

carnicero, favorecido por las sombras de la noche, penetró en la iglesia

de San Roque con los más perversos instintos.

Ya en el templo, dirigióse á uno de los altares, y cogió una custodia,

que era de plata y de gran mérito, dejando la Sagrada Forma sobre la

mesa del altar, y huyendo luego, sin ser visto de quienes pudieran

capturarlo.

Al día siguiente, cuando fué conocido el robo, promovióse gran alboroto

en el barrio, poniéndose en aquel punto en movimiento la justicia, la

cual tuvo la suerte de dar, de allí á pocos días, con el ladrón

sacrílego, que, encerrado en la Cárcel Real, fué condenado á muerte muy

luego.

La custodia se rescató con gran contento de los feligreses, los cuales

costearon después una solemne función religiosa de desagravios.

El ladrón no fué solo á cometer su delito, sino que tuvo dos cómplices,

como así lo consigna Góngora, el cual dice:

«Ayudóle en el sacrílego robo un clérigo, que había sido fraile, y una

mozuela. A ésta diéronla, el mismo día de la ejecución del reo,

doscientos azotes. El clérigo huyó, con que no lo prendieron.»

EL SALVADOR

Los paseos y jardines públicos de Sevilla no dejan de ofrecer materia

abundante para ocuparse de ellos, por su historia, su importancia local,

las transformaciones que han tenido y los sucesos más ó menos

interesantes que en ellos se han desarrollado. Tal ocurre, por ejemplo,

con el paseo llamado del Salvador.

Dice Cervantes en _Rinconete y Cortadillo_: «Avisólos su adalid (el

asturiano) de los puestos donde habrían de acudir: _por la mañana á la

carnicería y á la plaza de San Salvador_...» y más adelante, añade:

«Todas estas liciones tomaron bien de memoria, y otro día bien de mañana

se plantaron _en la plaza de San Salvador_.»

Esta era entonces centro de gran movimiento y tránsito y mercado de la

fruta, que por estar enclavado en barrio tan céntrico y rico é inmediata

á otros puntos de venta como los del pan y las pescaderías, acudía gran

concurrencia á ella y atronaban de continuo toda la collación los gritos

y el vocerío de vendedores esportilleros, mozos, criados, justicias,

etc. etc.

En aquellos tiempos se alzaban en la plaza dos cruces, una de piedra y

otra de hierro, y desde 1574, el hospital de San Juan de Dios, que aún

existe, y la colegial del Salvador, cuyo edificio se comenzó á

reedificar en 1671.

La plaza del Salvador era teatro con frecuencia, en el siglo XVII, de

muy variadas escenas; allí se celebraron más de una vez fiestas de toros

y cañas, para solaz de los canónigos de la Colegiata, y á las que acudía

siempre el pueblo con gran regocijo y alboroto.

Desapareció el mercado de fruta en los años de la invasión francesa, y

entonces se construyó el paseo, habiéndose, hacia 1816, edificado la

capilla que existe en las gradas del templo del Salvador, y á la cual

trasladóse la imagen de la Virgen del Carmen, que estuvo hasta entonces

en un retablo de la calle de las Sierpes, según escriben veraces

autores.

El paseo se construyó con regular elevación, subiendo á él por

convenientes escalinatas, plantándose en él árboles y colocándose

asientos de piedra, tal y conforme aparece en láminas de la época, como

la que figura en el libro de Alvarez Miranda, _Glorias de Sevilla_.

Desde poco después de 1817, comenzó á celebrarse en esta plaza una

velada á la Virgen del Carmen, la cual tuvo años de no poco esplendor,

viéndose entonces adornada la capilla con vasos de colores y con

banderas y arcos el paseo, alrededor del cual se instalaban puestos de

avellanas, de turrones, de garbanzos y de los célebres alfajores que

vendían las serranas de enaguas rayadas, chaquetas de paño y sombreros

de castor.

De estas veladas aún queda hoy algo, si bien de nota incolora, sin aquel

sabor característico, pues ya no se ven allí ni los majos decidores, ni

las majas desenvueltas, ni todos aquellos tipos sevillanos que con tanta

exactitud retrataba don José Bécquer en sus acuarelas y lienzos.

Cosas nuevas y viejas (apuntes sevillanos) · 第 6 / 18 段