del Salvador, como lo sigue siendo hoy, y desde antiguo se entolda gran
parte de ella para el tránsito de la procesión y se coloca en la puerta
del Salvador la imagen de la Virgen de las Aguas, que compartió su fama
popular con la de los Reyes, y sobre la que corren, como sabido es de
todos, las más peregrinas tradiciones.
Días del año en que ofrece gran animación el paseo que es objeto de
estas líneas, son los de Semana Santa, pues por el recinto cruzan casi
todas las cofradías que hacen estación á la Catedral, y es de ver en
aquellas tardes y noches y en la madrugada del Viernes Santo, el aspecto
del _Salvador_ (como los sevillanos le dicen) donde se apiña la multitud
bulliciosa y poco devotamente, desarrollándose escenas que no es cosa de
detenerse en describir ni enumerar siquiera.
Las noches de estío, esas noches de Julio y Agosto en Sevilla, en que el
calor es sofocante, acude un público bastante numeroso al paseo del
Salvador en busca de alguna agradable brisa; allí se pasa las horas
tranquilamente el desocupado, viendo á los corros de niños que juegan, á
la gente joven que pasea, á los viejos que dormitan ó á los que toman
sorbetes y refrescos en los puestos de agua, siendo aquel, campo muy
aproposito para conquistas de niñeras y criadas de servicio que
incautamente creen en las promesas de _chicucos_ domingueros y
_militares sin graduación_.
Diversas modificaciones ha sufrido el paseo del Salvador desde que
estaba elevado y tenía sus escalinatas por los años de 1840,
desapareciendo el alto hacia 1860, y, motivado por recientes sucesos,
desaparecieron aquellos asientos de piedra que desde tiempo primitivo
tuvo, sustituyéndose por los de hierro que tiene en la actualidad y que
invitan al descanso al transeunte.
Para concluir, diremos que el paseo del Salvador sería susceptible hoy
de algunas mejoras importantes, que contribuirían á su embellecimiento y
comodidad, para llevar á cabo las cuales, sería necesario efectuar el
derribo de algunos edificios, con lo que ganaría, ensanchándose, lugar
tan céntrico y concurrido como lo es aquél y tan predilecto de muchos
sevillanos.
JUAN DE LAS ROELAS
Pertenece el licenciado Roelas al número de aquellos grandes pintores
que florecieron en Sevilla en los siglos XVI y XVII, y que tanta honra
dieron á su patria y tan apreciables obras legaron á la posteridad.
Como ocurre con otros artistas y escritores de aquellas centurias, no
son muchas las noticias biográficas que de Roelas se conservan, y
después de las que apuntaron Arana de Varflora y Ceán Bermúdez, aparte
de algunos documentos sueltos, no se han podido ampliar gran cosa, ni
han sido por cierto muchos los datos encontrados que dieran luz sobre la
vida de aquel famoso maestro, pudiéndose sólo, como lo hago, reunir
algunos detalles desperdigados en otros textos.
Nació en la capital de Andalucía hacia 1560, y se dedicó de muy joven á
los estudios, obteniendo el grado de licenciado, y más tarde se ordenó
de sacerdote, por lo que vulgarmente es conocido por el _clérigo
Roelas_.
Sin embargo, la verdadera profesión de aquel sevillano había de quedar
olvidada, por ser lo que, empezando en él como mera afición, vino con el
tiempo á darle legítimo renombre.
Inclinado desde mozo al dibujo, estudió éste en su patria, siendo
discípulo de Antonio Arfián, ignorándose en qué fecha, y con el deseo de
perfeccionarse en el arte, abandonó España.
Roelas trasladóse á Italia y allí estudió, especialmente, las obras de
Ticiano, haciendo verdaderos y notables progresos, que se pusieron bien
de manifiesto en cuantas obras llevó entonces á cabo.
Regresó después de algunos años á Sevilla, donde ya pintaban no pocos
famosos artistas, y en 1603 obtuvo una prebenda en la capilla de
Olivares, pueblo de la provincia, y capilla que más tarde fué elevada á
colegiata, pintando allí, entre otros lienzos, dos cuadros muy notables
con asuntos de la vida de la Virgen, y en 1606 otros dos para el
convento de Santa Isabel, de Sevilla.
En 1607 contaba ya Roelas con no pocos discípulos que se apresuraron á
recibir sus lecciones, viéndose siempre muy concurrida su academia, de
la cual salieron, andando el tiempo, pintores como Juan de Uceda
Castroverde, Varela y el gran Zurbarán.
Pintó Roelas en 1609 el cuadro de Santiago que existe en la capilla de
la Catedral, donde llegaron á reunirse hasta ocho lienzos suyos, entre
los que se citan con elogio el retablo de la capilla de los Jácomes,
hoy muy restaurado.
Para el convento de la Encarnación y el de san Agustín, pintó cinco
grandes cuadros y nueve para la Merced, pero casi todas estas obras son
hoy desconocidas y habían desaparecido ya de dichos templos muchas en
1844.
Encontrábase Roelas en Madrid en 1616, y allí no pudo conseguir como
deseaba la plaza de pintor de cámara de Felipe III, que se dió á
Bartolomé Gómez, pero ejecutó diversas obras para el palacio real, que
ya no existen, pintando por aquellos años el cuadro de Moisés que hoy se
ve en el Museo del Prado, los que estaban en la Merced Calzada y una
Concepción que en 1800 existía en la Academia de San Fernando.
En Madrid y Sevilla residió el clérigo Roelas indistintamente largas
temporadas, ejecutando para su patria obras como la _Muerte de san
Isidoro_ que existe en el altar mayor de dicho templo, el _San Pedro
libertado de la prisión_ que se encuentra en la capilla de la iglesia
del mismo nombre, el _Martirio de santa Lucía_ de la iglesia dedicada á
esta santa, y el _Martirio de san Andrés_ que estuvo en la capilla de
los Flamencos en santo Tomás y hoy se admira en el Museo provincial,
donde se guardan además una _Santa Ana con la Virgen_, un _San Ignacio_
y una _Concepción_.
Nueve cuadros existían en el Hospital del Cardenal hechos por Roelas,
(tales como el de la _Muerte de San Hermenegildo_ y varios martirios de
frailes) y uno en el Hospital de los _Viejos_ que desapareció el siglo
XVIII, sustituyéndose por otro lienzo de pésima ejecución y oscura mano.
En 1624 fué Roelas nombrado canónigo de la colegiata de Olivares, á cuyo
punto se trasladó en definitiva el artista, que ya en distintas épocas
había allí residido.
Tranquilo y sosegado y sin dejar el cultivo del arte, continuó Roelas
en Olivares, donde falleció en 23 de Abril de 1625, siendo enterrado en
aquel pueblo.
El licenciado Juan de las Roelas es uno de los grandes maestros
sevillanos que á tan alto lugar llevaron la pintura de nuestra patria.
Notabilísimo dibujante fué aquel hombre y así lo demostró en todas sus
obras, donde á más se admira un bellísimo colorido, que pone bien de
manifiesto la influencia que en el artista ejerció la escuela veneciana,
cuando la estudió detenidamente durante su permanencia en Italia.
Muchos son los cuadros que se han perdido del clérigo Roelas, pues en
Sevilla llegaron á reunirse en diversos templos hasta cuarenta y siete
grandes pinturas de este artista, siendo no pocas de ellas las que
pasaron á poder de particulares, y por desgracia salieron después de
nuestra ciudad y de la península.
Aún existen no pocas de verdadera importancia para admiración de los
inteligentes, y entre ellas merecen especial mención las que se
encuentran en el templo de la Universidad, de la _Sacra Familia_; _El
Nacimiento_ y la _Adoración de los Reyes_, en Santa Isabel; el
_Bautista_ y _Evangelista_, en San Lorenzo; _la Virgen del Rosario_, en
Santa Ana (que fué restaurado muy torpemente); _El martirio de san
Andrés_, en el Museo, el _San Pedro_ y el _Santiago_ ya citados; el de
varios santos en San Juan de la Palma, y otros que dan bien acabadas
pruebas del indiscutible mérito de su autor.
Con razón dice de él un crítico que «fué gran artista y produjo muchas y
muy grandiosas obras, todas ellas de superior mérito». No entraré á
detenerme en ellas, particularmente, pero sí diré que cuantos críticos,
propios y extraños, se han ocupado de las obras de este autor, están
conformes en tributarle los mayores elogios.
Pacheco, Ceán Bermúez, Arana de Varflora, Pons, Madrazo, Gestoso, etc.,
etc., que analizaron con detenimiento las creaciones del clérigo-pintor,
han hecho justicia á sus méritos, que fueron reconocidos por sus
coetáneos.
Hay en las obras de Roelas, á más del conocimiento profundo del dibujo,
un acertadísimo buen gusto para la composición de las figuras, siendo de
los artistas de su tiempo uno de los que con más exactitud copiaron de
la realidad, tan falseada por algunos con verdadero propósito.
Roelas, trasladando al lienzo el modelo tal cual lo veían sus ojos, no
dejó por eso de imprimir un verdadero sentimiento de gran artista á sus
creaciones, en las que han podido estudiar muchos la belleza de lo real
sin acudir á lo mentido y artificioso.
En cuanto al hombre, dejó gratísima memoria por sus bellas prendas; «la
piedad--dice Arana--formó el carácter de Roelas, y esta virtud le hizo
dar muchas limosnas y no desdeñarse de hacer pinturas gratuitamente
cuando algunos pobres se las pedían.»
Dejó un nombre ilustre como artista y un nombre honrado como hombre:
¿qué mejor elogio puede hacerse del pintor sevillano?
LAS DOS AMIGAS
Los vecinos del barrio de la Feria presenciaron en Diciembre de 1574 un
espectáculo que les entretuvo bastante y fué objeto de los más sabrosos
y varios comentarios.
A la puerta de la iglesia de Omnium Sanctorum se colocaron, de orden de
la justicia, dos altas escaleras de mano; y en cada una de ellas
pusieron á dos jóvenes y no mal parecidas mujeres, siendo también
curioso el que una de las tales estaba vestida en traje masculino con
gregüescos y calzas.
Antes de exponer á las dos mozas á la pública vergüenza, fueron paseadas
por la ciudad montadas en dos pollinos, desnudas las espaldas y los
pechos y seguidas del verdugo, que propinó á cada una cien azotes, con
arreglo á la sentencia que se les había impuesto.
Permanecieron encaramadas en la escalera un día entero las dos hembras,
siendo la causa de aquel castigo el hecho siguiente:
Una de las mujeres tenía grandes ansias por cobrar un dote de 100
ducados que le correspondía si se casaba, mas ella no demostraba ninguna
afición al casamiento, y sí muy grande al dinero y á una su _íntima
amiga_, con la cual convino un ingenioso plan que, al ser malogrado, la
puso en aquella triste situación.
Trató con la amiga que se disfrazase con traje de varón, el cual no
debía sentarle mal, y que, como tal varón, la galanteara y pidiera en
casamiento, llevando las cosas tan adelante que, con la complicidad de
un sujeto de la curia eclesiástica, comenzaron á sacar los papeles para
ir al altar, recibir las bendiciones y cobrar los apetecidos ducados.
En estos pasos estaban, cuando la superchería fué descubierta y
condenadas más tarde... ¡Los 100 ducados del dote se convirtieron en 100
azotes y en pasar la vergüenza de la exhibición, si es que las dos mozas
la tenían!
LOS VALENTONES
Uno de los más temidos valentones que á fines del siglo XVI había en
Sevilla, donde tantos se encontraban, era Gonzalo Xeniz, cuya vida
aventurera y ladronesca pudiera ser objeto de un libro.
Hablan de este mozo de chapa algunos autores contemporáneos, y la fama
de sus fechorías ha llegado hasta nosotros, presentándolo como tipo
acabado de aquellos bravucones que tan admirablemente pintaba Cervantes
en _Rinconete y Cortadillo_, Quevedo en el _Buscón_ y Cristóbal de
Chaves en _La cárcel de Sevilla_.
Huyendo de las garras de la justicia andaba el ínclito Xeniz en 1595,
cuando el 26 de Julio acudió á un ventorrillo de la Puerta de la
Barqueta, en el cual se juntaron gran número de rufianes y mujeres de
vida airada á divertirse alegremente, como gente de ancha conciencia que
era.
Allí estaba toda la taifa picaresca, comiendo, bebiendo, cantando y
entregándose á desahogos no muy honestos, cuando fué cercado el
ventorrillo por gran número de alguaciles que llevaban á la cabeza nada
menos que al Asistente de Sevilla, don Pedro Carrillo de Mendoza, conde
de Priego.
Enterados los valentones de lo que pasaba, salieron armados á
defenderse, trabándose entonces una formal batalla en la cual Gonzalo
Xeniz, que hizo varios disparos con un pistolete, logró escaparse,
dejando burlados á los que ansiaban cogerlo.
Pero si aquella vez estuvo afortunado, no lo estuvo en otro encuentro
que al poco tiempo tuvo, y fué preso, mandándosele á la galera de Málaga
como cabo de escuadra, de donde volvió en Agosto de 1596, siendo
entonces puesto en libertad porque al mozo no le faltaban amigos.
Mas apenas se vió en la calle, reanudó sus fechorías, por lo cual el
conde de Priego mandó prenderle de nuevo. Y hé aquí que el 4 de Octubre
del citado año, Xeniz, viéndose en el apurado trance de que iba á ser
capturado por los alguaciles que le habían sorprendido en unión del
Asistente, disparó contra éste un pistoletazo, que por gran casualidad
no acabó con la vida del conde.
Y aquí tuvo término la existencia del valentón, pues el 17 de Octubre de
1596 fué ahorcado en la Plaza de San Francisco, y su cadáver, hecho
cuartos, se puso en el lugar del ventorrillo de la Puerta de la
Barqueta, como consigna Ariño en los _Sucesos de Sevilla_.
Digno émulo de Gonzalo Xeniz fué otro matón coetáneo suyo y el cual
compartió con él las hazañosas empresas, viniendo á la postre á tener
también desgraciado fin poco tiempo antes que el intrépido compañero.
Juan García, llamado también _El Bravo de las Galeras_, era un mozo
fiero y atrevido, soldado y terror de los vecinos de Triana en 1593.
Continuas pendencias, alborotos y escándalos promovía el bravucón y sus
amigos, y en uno de aquellos lances acudió en mal hora á poner paz un
corchete llamado Gordillo, que ya era bien conocido de García, el cual
fué lo mismo verle que arremeterle armado de una daga.
Con ella le infirió multitud de heridas, y dejándole ya muerto, huyó á
esconderse en alguno de los rincones de Triana, donde tenía gentes que
por miedo le favorecían.
Al poco tiempo un alcalde de corte y un alguacil acudieron á Triana con
objeto de capturar al bravo, empresa que era más difícil de lo que ellos
creían.
Era esto el día 2 de Julio del citado año de 1593, y con motivo de la
captura se produjo en Triana un verdadero motín, que las crónicas
sevillanas registran y que apunta Ariño en su libro de _Sucesos_.
Como quiera que la fuerza dispuesta para prender al bravucón era
insuficiente, hubo que reclamarla mayor, llegando el caso á tener que
dar el toque de rebato en la iglesia de Santa Ana, á fin de que acudiera
gente que auxiliara á la justicia.
Con ella fué tropa y hasta el marqués de Peñafiel tuvo que intervenir
con su autoridad personalmente, llegando á tomar tales proporciones el
escándalo, que puso en alarma á Triana y á Sevilla entera: tal fué la
heróica defensa que de su persona hizo el valentón.
Fué preso al cabo, y al siguiente día, 3 de Julio, le ahorcaron en la
orilla del río, quedando con aquella ejecución en tranquilidad muchos
vecinos de Triana, que durante largo tiempo anduvieron siempre
amenazados con los desmanes y excesos de furor del _Bravo de las
Galeras_, cuyo recuerdo duró largo tiempo entre la gente de su laya que
tanto abundaba en Sevilla en los siglos XVI y XVII.
EL ASISTENTE Y LAS FRUTERAS
El señor don Fernando Arias de Bobadilla, conde de Puñonrostro, fué
Asistente de la capital de Andalucía y se hizo célebre, como ya dije,
por los actos que cometió y por sus justicias, que tenía singular manera
de ejecutarlas.
Cuéntanse de él infinitas cosas que son dignas, por cierto, de ser
recordadas, y como su autoridad era poderosa y su carácter en extremo
duro, llegó á ser el terror de la gente de los barrios, en particular
de los comerciantes y vendedores de artículos de primera necesidad.
El año 1597, en que tomó posesión de su cargo el conde, mandó pregonar
un bando, por el cual se condenaba en la pena de doscientos azotes á los
que vendiesen los artículos á más precio que el señalado ya de antemano;
y como quiera que el cumplimiento de la orden no fué guardado ni mucho
menos como debiera, el conde empezó á llevar á cabo los castigos con
extraño rigor y sin que por un momento dejase pasar la más leve falta.
Diariamente salían por las calles de la ciudad comerciantes montados en
burros, recibiendo los golpes de la penca, y panaderos, hortelanos,
pescaderos, carniceros, etc., etc., veíanse á cada momento sorprendidos
por la visita del conde en persona, que era implacable en sus
resoluciones.
Llegó en éstas á la barbarie, pues como no tenía nadie que le pusiese
coto y en Madrid se le habían confirmado plenos poderes para ejercer
como _juez absoluto_, se despachaba á su gusto de una manera brutal y
cruel.
Tal sucedió con una pobre mujer, que fué víctima de su señoría, y por un
delito harto insignificante para la pena que sufrió.
La tal mujer tenía por las mañanas su puesto de frutas en el barrio de
la Feria, y para su desgracia el día 6 de Mayo de 1597, sorprendióla el
conde vendiendo ciruelas y cerezas á más alto precio que el señalado.
Al punto la mandó prender y aquella misma tarde fué azotada
públicamente, llevando colgadas al cuello, para mayor vergüenza, las
frutas, pero tan tremendos resultaron los golpes que sobre la infeliz
cayeron, que enfermó de gravedad y el día 9 del mismo mes de Mayo espiró
la infeliz, según consigna el _diario_ de Ariño.
El mismo autor añade: «Seis días después á otra mujer, porque vendía
pepinos á más de la postura, la pasearon por las calles con los pepinos
al pescuezo y le dieron doscientos azotes.»
Como estos dos, pudiera citar infinidad de casos que prueban la manera
con que Puñonrostro hacía justicia, y lo que era en el siglo XVI un
Asistente de Sevilla.
HERRERA "EL VIEJO"
Las obras del pintor Francisco de Herrera, á quien generalmente se
conoce por Herrera _El Viejo_, para diferenciarlo de su hijo, del mismo
nombre y también artista, son universalmente celebradas, y el título de
su autor es de los que gozan en justicia un puesto de preferencia entre
los antiguos pintores sevillanos.
Por otra parte, es Herrera una persona digna de estudio; en su vida hay
diversos incidentes que merecen ser recordados; y aunque estos apuntes
no permiten gran extensión, he de procurar condensar cuanto sea
necesario para dar á conocer al artista sevillano.
Nació éste, según se cree, en 1576, y fué su maestro en el arte Luís
Fernández, que lo fué también de Pacheco, quien á la par de Herrera
aprendió el dibujo y las primeras lecciones de pintura.
Herrera comenzó de joven á llamar la atención de las personas
inteligentes de Sevilla con sus lienzos, y se dice que los primeros que
presentó al público fueron los cuatro que figuran en el altar mayor de
la iglesia de San Martín, representando pasajes de la vida de este
santo.
Instruído también en el grabado en cobre, ejecutó no pocos trabajos por
este procedimiento, mereciendo citarse la portada del libro publicado en
Sevilla en 1610 por Estupiñán y en el que se relatan las fiestas
llevadas á cabo para la beatificación de san Ignacio.
Por entonces tenía taller abierto Herrera y contaba con frecuentes
encargos, habiendo hacia 1613 acudido á recibir sus lecciones don Diego
Velázquez de Silva, que á la sazón contaba catorce años, pero que pronto
tuvo que separarse de tal maestro, dicen, por la violencia de su
carácter, poco apropósito para dedicarse á la enseñanza.
De este natural poco sufrido, huraño y dado á la cólera, vinieron no
pocos disgustos y sinsabores á Herrera, quien con frecuencia se veía
solo y sin que ninguno de los muchos jóvenes aventajados que entonces
había en Sevilla, quisiese acudir á su casa. «He oído muchas veces--dice
Ceán--decirlo á pintores viejos de Sevilla: que cuando no tenía Herrera
discípulos y esto era muy frecuente, mandaba á su criada bosquejase los
lienzos, y antes que se secasen los colores formaba él con una brocha
las figuras y ropajes.»
Por los años á que me voy refiriendo pintó Herrera para san Agustín la
_Asunción_ y _Coronación de la Virgen_; para san Antonio dos
_Apóstoles_; para la ermita de la Encarnación en Triana, siete cuadros
con pasajes de la vida de la Virgen, obras todas que se han perdido, y
el _Triunfo de san Hermenegildo_, que estaba en el altar mayor de dicho
templo y que hoy se conserva en el Museo provincial.
Hacia 1619 fué acusado Herrera de monedero falso, y como quiera que el
artista considerábase perdido y próximo á caer en las garras de la
justicia, huyó á buscar asilo en el convento de san Hermenegildo.
Allí estaba cuando en 1623 visitó Sevilla Felipe IV, y se cuenta por
tradición que habiendo admirado mucho el rey el citado cuadro, que es de
gran tamaño, y en el que aparece el santo con san Leandro y san Isidoro,
preguntó quién lo había ejecutado. Presentáronle entonces á Herrera,
diciéndole cuál era su situación y los motivos por que se le perseguía.
El monarca le dejó libre, diciéndole que quien sabía ejecutar obras como
aquella, no había menester el oro ni la plata.
Vuelto Herrera á su casa, continuó trabajando, pero siempre apartado del
trato de las gentes, siempre solitario y siempre mal humorado.
Una nube negra pesaba sobre el alma del artista, de quien, no pudiendo
resistirlo ni aun los miembros de su familia, una su hermana, que con él
vivía, se apartó para entrar en un convento. Más tarde, su hijo
Francisco le robó mil pesos que tenía ahorrados y se huyó á Italia,
donde siguió aprendiendo la pintura, que ya había comenzado, y de donde
no regresó hasta que murió su padre.
Ejecutó éste dos cuadros para el convento de Santa Inés, representando
la Sacra Familia y el Espíritu Santo, otro para el altar mayor del
Hospital establecido en la calle Colcheros, que se conservaba en 1836, y
el magnífico retablo del Juicio final que existe en san Bernardo y del
que dice un crítico «que es tal vez la más grandiosa obra que brotó de
sus afamados pinceles.»
Herrera pintaba también con mucha destreza al fresco, ejecutando no
pocas obras por este procedimiento, y entre las cuales cita _Varflora_
las ejecutadas en los conventos de la Merced y de san Pablo y san
Buenaventura.
En 1633, pagóle el cabildo de la ciudad ciertas cantidades por la
iluminación de una estampa de san Fernando y terminó algunas pinturas
para san José, siendo en gran número los cuadros de _Bodegones_ que
hizo, los cuales estaban en poder de particulares y ya en tiempo de Ceán
habían casi todos desaparecido de Sevilla para ir á parar á los museos
extranjeros.
En el Louvre se conserva hoy un cuadro que representa á _san Bernardo
dictando las reglas de la Orden_, que es una de las más acabadas obras
de Herrera.
Este, muy anciano ya, marchó á Madrid en 1650, donde se estableció y
ejecutó algunas obras al fresco y no pocos grabados, impresos en
diversas obras.
El año 1656 falleció Francisco Herrera en la córte, siendo enterrado su
cadáver en el templo de san Ginés.
A más de los cuadros que pintó el maestro sevillano para los templos de
esta ciudad que he citado, se encuentran hoy en el Museo provincial las
siguientes obras: _Visión de san Basilio_, _dos santos de la orden
franciscana_, _Un santo obispo_, _san Gregorio_, _san Demetrio_, _san
Antonio_, _san Pedro_, _Sebaste_, _santa Dorotea_, _santa Gertrudis_,
_Un santo religioso bernardino_ y la _Apoteosis de san Hermenegildo_, ya
citada. A más existen algunos originales en poder de particulares, tales
como un _san Nicolás de Bari_, que posee el señor Gestoso y que está
ejecutado con mucha valentía.
De las cuarenta y siete grandes obras que de la mano de Herrera había en
Sevilla hacia 1830 se han perdido muchas, pero sin duda las que quedan
son las más importantes y las más apropósito para estudiar por completo
á este artista, que fué de los primeros en apartarse de las reglas de
los antiguos maestros, ejecutando libre, espontáneamente y con
atrevimiento y valentía.
Distinguíase poderosamente en el claro-obscuro y en el conocimiento de
la anatomía, y todas sus producciones, por la manera especial de hacer y
la rudeza de los rasgos, parece que retratan su carácter.
De éste se ha escrito mucho, tachándosele, como ya dije, de violento y
desabrido en extremo. Tal vez por esto en vida no fué muy elogiado
Herrera de sus coetáneos que le miraron con prevención, y únicamente
Lope de Vega le dedicó algunos versos en el libro segundo de su famoso
_Laurel de Apolo_.