que andan perdidos pidiendo limosna y muriéndose de hambre, y quedándose
á dormir por los poyos y portales _desnudos, casi encueros_ y expuestos
á muchos peligros como se ha visto algunas veces por la experiencia, que
han sucedido entre otros pícaros á quien se llegan, y otros amaneciendo
_muertos del hielo_ y así mismo se han multiplicado los ladrones porque
hay infinitos muchachos que lo son, y los clérigos de San Salvador se
quejan que después de que se quitó la casa de los niños hallan en la
iglesia detrás de los retablos muchas bolsas de las que quitan los tales
ladrones muchachos».
Esta pincelada retrata lo que era la ciudad en los tiempos prósperos en
que tanto se ha decantado el bienestar y el desahogo de las clases
menesterosas.
En resumen: como quiera que la comisión informó favorablemente su
dictamen, suscrito por don Bartolomé Lope de Mesa, veinticuatro, y don
Juan Farfán de los Godos, jurado, porque no sólo debía volverse á formar
la hermandad, sino ser protegida por el Ayuntamiento, designándose
caballeros del cabildo que la inspeccionasen, en sesión de 20 de Marzo
de 1593 se acordó, conforme á lo propuesto, que volviera á establecerse
la cofradía, la cual terminó en el siglo XVII, en que ya, sin que ningún
don Juan Pérez de Guzmán la hiciera desaparecer, le cogió la reducción
de hospitales que llevó á cabo el arzobispo de Sevilla.
D. LUÍS SUMEÑO DE PORRAS
Para lance pesado, el que le ocurrió á fines del siglo XVI en Sevilla al
teniente de asistente D. Luís Sumeño de Porras. Bien merece recordarse
en estos apuntes y he de hacerlo así, pues ofrece una gráfica nota de
aquellos tiempos.
Al tal D. Luís tocóle para su daño hacia 1591, ser juez en una causa por
la cual fué condenado un reo, el cual tenía algunos parientes y amigos
que con gran ahinco trabajaron por librarle de la pena, sin que pudiera
conseguirlo, pues Sumeño de Porras se mostró inflexible.
Viéndose burlados y llenos de la mayor indignación y odio hacia el juez,
acordaron vengarse, y concibieron un plan que no tardaron en llevar á
cabo.
A principios de 1593, el tribunal de la Inquisición recibió un largo
escrito, en el cual se delataba á D. Luís como culpable del delito de
_herejía_ y _judeismo_, delito que había permanecido oculto é impune
hasta entonces, haciéndose la delación tan en forma, tan detallada y
minuciosa y con tan marcadas y expresas circunstancias, que los del
Santo Oficio tomáronla por buena, y holgándose del servicio que á la
religión iban á prestar, presentáronse en casa del teniente de
Asistente, y con gran sorpresa suya, lo arrancaron del lado de su
esposa, doña Jerónima Monardes, hija del famoso médico, y dieron con él
en las cárceles del castillo de Triana.
Formóse rápidamente el proceso, con todos los requisitos de la ley
inquisitorial; mas como Sumeño de Porras negábase en absoluto á
confesarse autor de los crímenes que se le acusaban, fué sometido á
cruel tortura en diversas ocasiones, pero, aunque nada dijo, túvosele
por convicto y fué condenado á salir en auto público de fe y llevado
luego al Prado de San Sebastián, en donde había de ser quemado vivo.
«Mas sucedió--escribe don José María Montero de Espinosa en su _Relación
histórica de la judería de Sevilla_--que la víspera del día en que se
había de ejecutar este espantoso y horroroso castigo venían á esta
ciudad los malvados delatores con objeto de ver la dicha escena y á
holgarse de su indigna venganza, y en una de las posadas de Alcalá de
Guadaira estaban todos en un cuarto hablando del caso, y del auto que
venían á presenciar, y unos con otros decían:--_Mañana veremos arder
aquel pícaro y le oiremos crujir los huesos_--y además proferían otras
expresiones semejantes con las cuales se jactaban y regocijaban de sus
pérfidos sentimientos, y daban á entender claramente habían sido ellos
los autores de aquel horrendo castigo, cuya conversación fué oida de
otros pasajeros que la casualidad hizo estar en el cuarto inmediato, los
que sospecharon la mucha malicia que el asunto contenía y tomando
cautelosamente las señas, nombre, casa y posada donde se dirigían,
vinieron aceleradamente y dieron cuenta al tribunal.»
Dudaron al principio los inquisidores, temiendo que se les escapase la
presa que ya tenían tan segura, pero tantas fueron las protestas de los
que afirmaban la inocencia, que los del tribunal acordaron suspender la
ejecución de D. Luís Sumeño de Porras, y buscaron á los delatores, cuyas
señas tenían.
Siguieron entonces largas diligencias y puesta en claro la felonía de
que había sido víctima el teniente de asistente le dieron libertad al
fin y al cabo, después de tenerle largos meses en las mazmorras
inquisitoriales, con todas las consiguientes molestias y perjuicios.
Los falsos delatores, dicen antiguas memorias que fueron castigados, sin
que se especifique el castigo, que tal vez no fuera gran cosa, pues
entonces los delitos de delación eran cuestión de poca monta para los
inquisidores.
Sumeño de Porras pudo al fin escapar de las garras del tribunal, ¡pero
cuántos y cuántos inocentes como él perecieron en las garras del
tribunal odioso, sin que nadie pudiera salvarlos!
UN ARCEDIANO Y UN CANÓNIGO
D. Diego de Ulloa, canónigo de la catedral sevillana á fines del siglo
XVI, era sobrino del cardenal arzobispo D. Rodrigo de Castro, motivo por
el cual, el hombre gozaba de gran influencia y vara alta, lo que, unido
á su carácter, un tantico orgulloso y con sus puntos de altanería,
hacíanle hombre de trato difícil y poco agradable.
Andaba con frecuencia el señor Ulloa traspunteado con los canónigos, sus
compañeros, y aun con otras personas eclesiásticas, y una de las que con
quien no estaba muy á derechas por ciertos resentimientos, era con el
licenciado D. Alonso Alvarez Córdoba, arcediano de Niebla, varón
prudente y virtuoso, respetado y querido.
El tal arcediano, que frecuentaba mucho la basílica, acudió á ella el 21
de Diciembre de 1595 á practicar sus cuotidianas oraciones, y muy
contrito y devoto se hallaba arrodillado cerca del coro, mientras se
cantaban las _vísperas_, á las que asistían también gran número de
fieles, cuando héte aquí que cruzó la nave D. Diego de Ulloa, muy orondo
y llevando puesta su capa de coro.
Lo mismo fué ver el sobrino del arzobispo al arcediano Alvarez Córdoba,
se fué para él y con mal talante le dirigió la palabra. Alzóse del suelo
D. Alonso, y allí mismo comenzó un vivo diálogo, en el que se recordaron
antiguos resentimientos, se sacaron á relucir actos por una y otra
parte y empleándose palabras impropias del lugar y de las personas que
las decían.
De pronto montó en cólera el canónigo Ulloa, y alzando el brazo dió una
tremenda bofetada al arcediano, que súbito contestó con otra no menos
contundente y sonora, y al ruído de ellas, cuantos estaban alrededor
volvieron los rostros viendo con asombro y sorpresa á los dos
eclesiásticos que se acometían furiosamente y luchaban como jayanes á
brazo partido.
Andaba no lejos de allí un hermano de D. Diego de Ulloa, el cual también
era canónigo, y al enterarse de la escena acudió en defensa de su
hermano, y «viendo trabada la pendencia--dice la historia--arrebató la
espada á uno de los criados que le acompañaban, y armado con ella y
seguido de los otros sus criados y de los de su hermano, que desnudaron
las suyas, se arrojó sobre el arcediano de Niebla, en cuyo auxilio
tuvieron tiempo de llegar algunas de las personas que estaban en la
iglesia, y que también espada en mano se opusieron á tan sacrílega y
brutal agresión.»
A esto se había alborotado todo el templo, gritaban las mujeres, se
revolvían los hombres, suspendiéronse las _vísperas_, y en confuso
tropel salieron los canónigos del coro, llegando á oportuno tiempo, pues
por la fuerza se apoderaron de D. Alonso Alvarez Córdoba, que hubiera
allí mismo perecido si no lo encierran en la _tribuna del órgano_.
Los hermanos Ulloa y sus criados fueron obligados á salir del templo, y
más tarde el señor Provisor mandó encarcelar á los primeros, siendo
conducido el arcediano de Niebla á su casa, acompañado del Deán y de un
canónigo para mayor seguridad.
Afortunadamente, al cabo de muchos días don Alvaro y don Diego hicieron
las paces, condenándoles á una leve pena y dándoseles licencia «para ir
el día de año nuevo á la procesión donde se ganan los _recles_ (el
tiempo que se permite á los prebendados estar ausentes del coro para su
descanso y recreación) de todo el año», según se lee en el extracto de
donde tomo las noticias de este curioso suceso.
Y por si alguno duda de su veracidad, le diré que todo él consta con más
extensión y pormenores con otros casos parecidos, en un _Informe
secreto_ que el regente de la Audiencia de Sevilla elevó al monarca
_sobre diferencias que hubo entre el Arcediano de Niebla y un sobrino
del cardenal Arzobispo de Sevilla_, del cual _informe_ existe copia, y
que lleva la fecha de 27 de Febrero de 1596.
EL ESCOCÉS HEREJE
Jaime Bolen era escocés y vivía en Sevilla á fines del siglo XVI
dedicado al comercio. Fué denunciado á la Inquisición como hereje de los
peores, y preso en el castillo de Triana, se le formó proceso, del cual
resultó que el tal Jaime no se contentaba con las herejías propias, que
ya era bastante, sino que hacía propaganda de ellas, como diríamos hoy,
habiendo hecho á muchos partidarios de sus opiniones.
Bolen era hombre de carácter firme, y así, como quiera que desde que
cayó en las garras de los del Santo Oficio no pudo hacerse muchas
ilusiones de su porvenir, se propuso dar muestras de su entereza, y ni
las amenazas, ni los sermones, ni el tormento hicieron en él efecto
alguno, afirmándose con jactancia reo en las herejías de que se le
acusaba, por lo cual fué condenado á ser quemado vivo en el prado de San
Sebastián.
Y en efecto, el día 13 de Octubre de 1596 salió en auto público de fe,
con sambenito y coroza, sin que por el camino, desde las cárceles á San
Pablo, y de allí al _Quemadero_, diese muestras de abatirse su espíritu
ni hacer caso alguno de las exhortaciones que frailes é inquisidores le
dirigieron repetidas veces.
Llegó á la hoguera Jaime con la misma presencia de ánimo, y llamó
poderosamente la atención de la inmensa concurrencia, que el reo no
hiciera movimiento alguno ni lanzara la menor queja cuando las llamas
comenzaron á quemar sus carnes, y que apesar de su horrible muerte, ni
su rostro se alteró ni se vieron en él muestra alguna de sufrimiento
físico.
La noche de la muerte de Jaime Bolen ocurrió un caso curioso, y fué que,
cuando las sombras envolvieron el Prado de San Sebastián, acudieron á él
tres hombres, y misteriosamente subieron al _Quemadero_ y recogieron las
cenizas de las víctimas, que depositaron con el mayor respeto en una
caja que á prevención traían, retirándose muy luego con igual cautela.
Pero alguien debió presenciar el caso ó tener conocimiento, pues seis
días después, los ministros del Santo Oficio sorprendieron á los tres
hombres, como así lo consigna el autor de los _Sucesos de Sevilla_,
contemporáneo del caso.
«En viernes 18 de Octubre, día de San Lucas
Evangelista--dice--prendieron á un maestro y dos marineros de un navío
inglés, porque cogieron las cenizas de Jaime Bolen, escocés hereje,
porque decían ellos que había muerto santo, porque no se movió ni dijo
mandamiento cuando lo quemaron vivo, que fué cosa de ver.»
Los tres marineros también fueron quemados por la Inquisición, pero es
fácil suponer que nadie se ocuparía en recoger sus cenizas, que ya se
sabía lo caras que costaban.
LA MOZA Y EL ASISTENTE
Aunque las memorias sevillanas no han conservado su nombre, un coetáneo
dice que era muchacha bonita y muy graciosa y despejada.
A fines del siglo XVI, esta moza estaba al servicio de unas señoras que,
aun pasando por recatadas y prudentes, recibían con sospechosa intimidad
á un señor canónigo, el cual debía ser persona de ancha conciencia y no
muy apropósito para resistir las tentaciones, pues el enemigo llevóle á
poner los ojos en la criada de las señoras, sin andarse con otros
miramientos.
No debió la sirvienta ser muy sorda á las proposiciones del de los
hábitos, por cuanto éste prometióle, en ciertas entrevistas, que si se
ablandaba le daría cien ducados y le proporcionaría un marido que ni de
perlas.
Cayó la inexperta moza en las garras del gavilán, pero apenas éste
satisfizo su capricho, huyó bonitamente el cuerpo, no volviendo á
cuidarse más ni de los ducados prometidos ni de la muchacha, que en vano
trató de hacerle cumplir su ofrecimiento.
Viendo la infeliz que todo era inútil y que su desliz estaba á punto de
hacerse público en un determinado tiempo, escapó de su casa, dejó á las
señoras y luego con su crío fué á dar de moza en un mesón de los muchos
que existían en la calle de la Albóndiga.
Allí estaba la burlada muchacha el año de 1597, cuando la noche del 15
de Mayo, en que se hallaba en el patio de palique con varios trajinantes
y huéspedes, llamaron á la puerta con recios golpes, y abierta ésta de
pronto, penetró en el mesón nada menos que el Asistente don Pedro Arias
de Bobadilla, conde de Puñonrostro, seguido de sus alguaciles, que iba
aquella noche, como otras, de ronda visitando las casas públicas y
posadas, para limpiarlas de mala gente.
No tardó el conde en fijarse en la linda muchacha, cuyo donaire y
gracejo no podía pasar inadvertido, y llamándola aparte le dijo estas
mismas palabras:
--¿Qué haces tú aquí?
--Señor, estoy sirviendo de moza.
Y como viera el Asistente que contestaba con turbación, añadióle:
--Mira que soy el conde de Puñonrostro y si no me cuentas la verdad
tengo que mandarte dar doscientos azotes...
Entonces ella, viéndose en peligro, contó de pé á pá al conde su
historia con el canónigo, su nombre y señas, y las de las señoras á
quienes servía y en dónde tenía su vivienda, sin olvidar en modo alguno
de repetir lo de los doscientos ducados prometidos y pintar con negros
colores la situación en que se encontraba.
El conde llamó al mesonero, y como éste confirmase la relación de la
joven, se despidió el Asistente diciendo que ya tomaría providencia
sobre aquel caso y se fué á seguir su ronda.
Al día siguiente y á la hora de la siesta mandó el Asistente con gran
prisa llamar al canónigo á su casa, el cual montó en su mula, como era
costumbre, y con sus criados fué muy orondo á ver lo que se le ofrecía á
su señoría, bien ageno, por cierto, de la sorpresa que le aguardaba.
Recibió Puñonrostro con mucha cortesía y respeto al señor canónigo,
hízolo pasar á sus habitaciones, y cuando ya estaban sentados frente á
frente, le dijo de pronto:
--«Vuesa merced ha de saber que cierta mujer se me ha encomendado y me
ha dicho cómo vuesa merced se aprovechó de ella y que le prometió no sé
qué dinero para su casamiento y nunca se acordó vuesa merced de cumplir
la palabra que dió.»
El canónigo quedóse al oir aquello todo confuso, pero reponiéndose
comenzó á negar muy obstinadamente y tan cerrado, que el conde hubo de
amostazarse y amenazarlo con dar cuenta del suceso al arzobispo y al
Nuncio en Madrid.
En vista de esto, y como no había salida, contó la verdad el
eclesiástico, diciendo muy serio que por olvido y no otra cosa, había
dejado de aflojar los cien ducados, pero que los daría al punto en
cuanto llegase á su casa.
Despidiólo el conde con la misma cortesía y le vió bajar hasta la calle;
pero allí, con gran asombro, se encontró el canónigo con que los criados
del Asistente, por orden de éste, le habían escondido la mula, con lo
cual tomó gran agravio y subió de nuevo, quejándose al de Puñonrostro de
la falta de confianza que en él se tenía. El conde le manifestó sin
rodeos que mientras no diera el dinero no había de devolverle su
cabalgadura, para que no fuese tan flaco de memoria; y al escuchar que
el señor canónigo exponía, como razón suprema, que le era imposible
atravesar á aquellas horas de la siesta las calles de Sevilla á pie y
sin criados, dijo con mucha flema el conde Asistente:
--«No se le dé nada á vuesa merced ir con la siesta por amor de mí, que
yo, por cierto que soy tan regalado como el que más, y ando á pie con
sol y con agua, de noche y de día, y no es mucho que pase este poco de
sol hasta su casa por amor á mí.»
Entonces, viendo el canónigo que no había arreglo y que el conde estaba
en lo firme, se fué más que de prisa á su casa y entregó corrido y
despechado los cien ducados á los criados del Asistente, el cual con
toda formalidad dió la cantidad á la seducida moza.
De la certeza de este hecho atestigua un contemporáneo de él tan puntual
y autorizado como D. Francisco Ariño, que lo relata en su obra _Sucesos
de Sevilla_, cuyo manuscrito original existe en la Biblioteca Colombina
y fué publicado hace años por los _Bibliófilos Andaluces_. Y de que el
conde de Puñonrostro era capaz de hacer cosas como aquella atestiguan
otras muchas que llevó á cabo durante los pocos años que gobernó la
ciudad, de 1597 á 1599, y de algunas de las cuales algo diré más
adelante.
EL VERANEO DE ANTAÑO EN SEVILLA
De cómo veraneaban nuestros antepasados de la capital de Andalucía,
curioso es decir algo, pues detalles son estos que pintan las costumbres
de épocas cuyo conocimiento nunca deja de ofrecer interés. Hablaré,
pues, de aquellos benditos tiempos en que nadie salía de viaje y en que
la vida carecía de todas las necesidades y comodidades de hoy.
Escriben algunos autores que don Fernando el Católico solía decir: _los
veranos se han de tener en Sevilla y los inviernos en Burgos_; y es de
suponer que esto sólo lo diría, en lo que respecta á nuestra ciudad,
refiriéndose á las comodidades de las antiguas casas con sus patios, sus
fuentes y sus pisos bajos, porque en otro respecto no creemos que dijera
ninguna gran cosa su alteza.
La vida moderna ha modificado la fisonomía de Sevilla, que ya ha perdido
hace tiempo, en parte, aquel aspecto de población moruna, en donde las
casas estaban construídas con toda seguridad y atención para el
interior, y donde las calles estrechas y tortuosas, las lóbregas
travesías y los pesados arcos prestaban frescura y sombra á los cansados
transeuntes en los días caniculares.
Del verano sevillano en el siglo XVI consignó Morgado algunas noticias
que no dejan de ser interesantes, y que me parece de propósito citar
aquí:
«Los patios de las casas--dice--(que en casi todos los hay) tienen los
suelos de ladrillo raspado. Y entre la gente más curiosa, de azulejos
con sus pilares de mármol. Ponen gran cuidado en lavarlos y tenerlos
siempre muy limpios, que con esto y con las velas que les ponen por alto
no hay entrada de sol ni el calor del verano, mayormente por el regalo y
frescura de las muchas fuentes de pie de agua de los caños de Carmona,
que hay por muchas de las casas enmedio de los patios.»
Y más adelante, hablando de las costumbres veraniegas de Sevilla y de la
saludable que de bañarse tenían sus habitantes, apunta el mismo Morgado
las siguientes líneas:
«Usan (las mujeres) mucho los baños, como quiera que hay en Sevilla dos
casas de ellos. Los unos en la collación de San Ildefonso, junto á su
iglesia, y los otros en la collación de San Juan de la Palma, que han
permanecido en esta ciudad desde el tiempo de los moros... No pueden
entrar los hombres en estos baños entre día por ser tiempo diputado
solamente para las mujeres, ni por consiguiente mujer ninguna siendo de
noche, que los hombres la tienen toda por suya con la misma franqueza
que las mujeres tienen el día por suyo...»
No se olvidó el autor de darnos algunos detalles de cómo estaban las
casas de baños en aquellos días de 1587, en que escribía, y así añadió
lo siguiente:
«A las grandes salas donde se bañan salen sus caños que corren de agua
caliente y también fría. Con lo cual, y cierto ungüento que se da,
refrescan y limpian sus cuerpos sin que se extrañe en Sevilla el irse á
bañar unas y otras damas cuando no quieren ir disimuladas, por ser este
uso en ellas de tiempo inmemorial.»
La casa de baños de San Ildefonso existió hasta 1762, época en que ya
habían desaparecido las otras dos que también pertenecían á la época
árabe y que estaban situadas la primera en la hoy calle de Aposentadores
en San Juan de la Palma, y la segunda en el lugar que ocupa la capilla
de Jesús en la calle Marqués de Tablantes, antes de los Baños.
Si los establecimientos para remojarse los sevillanos tenían, pues,
verdadera importancia, no era menor la que tenían las vallas y cajones
que de antiguo se colocaban en el río y los cuales constituían una de
las mayores distracciones de nuestros paisanos en los meses caniculares.
De antiguo cuidaron las autoridades de la ciudad del buen orden y
gobierno de estos baños del Guadalquivir, dando multitud de
providencias, bandos y edictos para evitar abusos, y así en los escritos
publicados por el cabildo se hacía constar que: «Aunque no es de esperar
que la gente de juicio falte á unas reglas que aspiran á su propia
seguridad y á que se observe el mejor orden de honestidad y decencia...
como hay personas que por satisfacer sus caprichos, sus vicios ó
diversiones no perdonan medio alguno, aunque sea peligroso para
conseguirlo, se castigará á éstas por la más ligera contravención.»
Los cajones y vallas se situaban en los Humeros, en la Macarena y la
Barqueta, al pie del puente de barcas, delante del colegio de San Telmo
y en la orilla de Triana, frente al convento de los Remedios.
En el siglo XVIII y principios del XIX, estaban designadas con toda
claridad las horas para remojarse los dos sexos, haciéndolo las mujeres
«desde la madrugada hasta las once de la mañana, los hombres hasta el
toque de oraciones, dejando los baños enteramente desocupados para que
entraran las mujeres hasta las diez de la noche.»
No son pocos los autores que trataron en diferentes ocasiones de la
decidida afición de los sevillanos al baño, y entre ellos recordaré que
Agustín de Rojas escribía estas líneas el siglo XVII:
«--¿Y aquella limpieza de los baños?
--Esa es una de las cosas más peregrinas que tiene.
--Mujer conozco yo en Sevilla que todos los sábados por la mañana ha de
ir al baño, aunque se hunda de agua el cielo.
--Por eso se dijo: la que del baño viene hace lo que quiere.
--Dicen que para cuando salen del baño acostumbran á llevar... una
botella con vino que es el mejor manto para aguantar el frío.»
Si los sevillanos eran en lo antiguo dados al baño, no lo eran menos al
hielo, del cual se hacía un extraordinario consumo en la ciudad, que
poseía en Constantina gran número de pozos de nieve, suficientes para
atender al consumo público, y á más de esto no faltaban asentistas que
por su cuenta traían el hielo de otros puntos y que realizaban, por lo
general, un buen negocio, como se desprende de las noticias que he
recogido respecto á un tal Esteban Monparler, una Teresa Vilches y un
Francisco Candor, que surtieron á Sevilla por largos años del siglo XVII
y XVIII de hielo en las estaciones veraniegas.
Vendíase por los neveros á cinco cuartos la libra de nieve, y á juzgar
por todos los indicios, aquellos sevillanos de antaño sentían más
necesidad que los actuales del consumo del hielo, y así no solamente el
vino, los refrescos y otras bebidas las helaban, sino también las
frutas, las confituras y otros diversos comestibles.
Hasta el siglo XVII no se generalizó en Sevilla el uso del hielo, pues
en el XVI todavía no estaba muy extendida esta afición por la nieve y
las bebidas frías, como pasaba en otros puntos, y así se deduce de las
palabras que el médico sevillano Nicolás Monardes consignaba en su libro
sobre el uso de la nieve, publicado en 1571.
«Una cosa me maravilla mucho: que siendo esta ciudad de Sevilla una de
las más insignes del mundo, en la cual siempre ha habido muchos grandes
y señores y caballeros muy principales y mucha gente noble, que no haya
habido nieve, etc., etc.»
Las veladas que con motivo de las festividades de determinados santos se
celebraban en los diversos barrios y arrabales de la ciudad constituían
una de las mejores distracciones del veraneo, siendo famosas entre otras
las de San Antonio, las de San Juan y San Pedro, las de Santa Ana y
Santiago, la de los Angeles, la de la Virgen de los Reyes, San Roque,
San Bernardo, San Bartolomé, San Agustín y los Terceros.