La Santa Hermandad, instituída por los Reyes Católicos con el objeto de

perseguir y castigar á los ladrones y malhechores, puede decirse que

estaba en todo su esplendor durante el siglo XVI, siendo sus individuos

muy numerosos, y como quiera que los cargos de cuadrilleros, secutores,

etc., traían consigo ciertos privilegios y fueros, eran éstos muy

solicitados.

Para ejercer dichos cargos hacíase requisito indispensable, á más de

tener harto probada la buena conducta moral, ser persona de alguna

significancia y prestigio, pertenecer á hidalga familia y no ejercer

ciertos oficios ó cargos incompatibles con la justicia de que habían de

investirse.

Ninguna de estas cualidades parece que tuvo en cuenta, en 1587, un

zapatero que había en Sevilla, llamado Luís Sánchez, el cual era popular

entre la gente de baja ralea, y valiéndose de resortes que supo

hábilmente tocar y de la influencia del canónigo y arcediano don Alonso

Fajardo de Villalobos, obispo titular de Esquilache, consiguió que el

Provincial de la Santa Hermandad le diese el cargo de secutor, el cual

era provechoso por las ganancias y gajes varios que traía consigo.

Revestido el zapatero de su autoridad, comenzó á ejercerla tan ufano y

orondo; pero el hombre no contaba con la huéspeda, y ésta fué un su

enemigo llamado Juan Pérez, que se propuso amargar la satisfacción del

flamante secutor, presentando al cabildo de la ciudad un escrito contra

Sánchez, el cual no deja de ser curioso, y que por esto y por ser

inédito hasta ahora, lo copio de su original, que dice así:

«_Muy ilustres señores._--Juan Pérez de esta ciudad, como uno del

pueblo, y para el bien público, digo que el Provincial de la Hermandad,

ha nombrado por secutor de hermandad á un hombre llamado Luis Sánchez el

cual es _hombre infame_ y es zapatero que usa dicho oficio _con delantal

delante de los pechos y golpeando con un box, llamando la gente_ y

calzando zapatos á negros y blancos y limpiándoles los pies, y además de

esto, sirve al obispo Esquilache en lo que le manda. Asimismo el dicho

Luís Sánchez, suele cometer _delitos crímenes_, especialmente el

susodicho estuvo preso en la cárcel real de esta ciudad por mandado del

alcalde Bonifacio, por haber vendido mucha cantidad de trigo, y fué

sentenciado á graves penas é destierro, que pasó la causa ante Juan de

Castro, escribano. Por todo lo cual el dicho Luís Sánchez no puede ni

debe ser recibido al dicho oficio de secutor, porque lo pretende _para

hacer cosas no debidas é cometer delitos_. Por tanto, pido y suplico á

vuestra señoría no sea admitido ni recibido al dicho oficio de secutor,

y que vuestra señoría mande dar y dé por ninguno el dicho nombramiento,

é no haber lugar de se hacer el nombramiento é en todo haga se provea lo

que más convenga á su servicio, por lo cual etc. etc.--_Juan Pérez._»

(_Archivo municipal_: Varios, _Antiguo_.)

Esta solicitud pasó á cabildo, y habiendo tenido conocimiento de ella el

zapatero, furioso de ver cuán mal quedaba su persona, buscó á su

enemigo y le dió una monumental paliza, con lo que parece quedó

vengado... y sin que nadie le despojase del cargo de secutor, apesar de

lo de los _delitos crímenes_.

LA PUERTA DE TRIANA

La más notable y acabada de cuantas puertas tuvo en lo antiguo Sevilla,

fué la de Triana, cuya traza se debió, según las opiniones más

autorizadas, al notable arquitecto Juan de Herrera. Fué concluída

aquella puerta, verdaderamente monumental, á fines de 1588, derribándose

para hacerla otra primitiva que estaba á la entrada del barrio de la

Cestería.

Constaba la puerta de Triana de un solo cuerpo de arquitectura, de

estilo dórico, y presentaba dos fachadas de gran elevación y magnífico

aspecto. A ambos lados de sus arcos, existían cuatro colosales columnas

que descansaban en sólidos pedestales y sostenían una gran cornisa, en

la que se hallaba un espacioso balcón de largo barandal, rematando el

monumento con un ático triangular adornado de pirámides.

Sobre el balcón existía una lápida cuya inscripción latina decía lo

siguiente, según la traducción castellana de un autor, muy versado en

nuestras antigüedades:

_Siendo poderosísimo rey de las Españas y de muchas provincias por la

parte del orbe Felipe II, el amplísimo regimiento de Sevilla juzgó deber

ser adornada esta nueva puerta de Triana, puesta en nuevo sitio,

favoreciendo la obra y asistiendo á su perfección don Juan Hurtado de

Mendoza, conde de Orgáz, superior vigilantísimo de la misma floreciente

ciudad en el año de la salud cristiana de 1588._

A un lado de esta puerta estaba uno de los husillos del río, cuya obra

la conmemoraba otra lápida de pomposa y larga inscripción, colocada en

1633, siendo asistente el conde de la Corzana, y sobre el arco estaba el

llamado _Castillo_, en el que se hallaban varias celdas, que servían de

prisión á los nobles y caballeros de importancia.

Era esta puerta la más adornada en las festividades públicas; sus dos

portillos laterales eran los que más tarde se cerraban, y por su arco

principal entraron los monarcas Felipe V, en 1729; Carlos IV, en 1796;

José I, en 1810; Fernando VII, en 1823, y la reina Isabel II, en 1862.

Cerca de la puerta se encontraba á principios del siglo XIX, en un hueco

de la pared, el célebre cafetín llamado de _Julio César_, donde se

reunía por la noche gente maleante, que tenía siempre cuentas pendientes

con la justicia.

Las más importantes obras efectuadas en la puerta de Triana fueron las

que se llevaron á cabo en 1787, siendo Asistente don José Ábalos.

Entonces se renovaron las dos fachadas, «restituyéndose--como dice un

historiador--á sus columnas la altura que correspondía, pues antes su

basamento subía hasta el tercio de las columnas, quizá para afianzar en

él los tablones con que se calafateaba la puerta en las ocasiones de

riadas.»

Delante del monumento se extendía el espacioso llano, donde después se

ha construído la calle de Reyes Católicos, y este lugar era en extremo

concurrido por los desocupados y paseantes, que allí acudían á tomar el

sol en invierno y á refrescarse en las noches del estío.

La puerta de Triana, que era la más inmediata para dar acceso al puente

de barcas y al populoso barrio de la margen derecha del Guadalquivir,

era punto de gran tránsito, y por ella se veían casi siempre grupos de

viajeros, recuas de los trajinantes, coches de camino, etc., etc.

Cerca del monumento existían dos fuentes, una de las cuales se conserva

todavía, aunque muy variada, y se construyó en 1816 por el Asistente don

Francisco Laborda y Pleyler.

Entre muchos recuerdos históricos, que iban unidos á la puerta,

mencionaré el de la muerte del conde del Aguila en 1808, el de la

entrada de las tropas españolas en 1812 y el del general López Baño, que

en 1823 derribó á cañonazos sus hojas para salvar á la ciudad del furor

de los absolutistas.

El monumento al fin fué derribado en 1869, sin que bastara á impedir su

destrucción, ni lo magnífico de la obra, ni los recuerdos que tenía.

LA ALAMEDA DE HÉRCULES

Sabido es que la construcción de este paseo se debe al Asistente don

Francisco Zapata, conde de Barajas, el cual, de un lugar tan infecto y

malsano como era aquel, que se llamaba la Laguna por ser punto donde se

estancaban las aguas, hizo un hermoso lugar de recreo y esparcimiento

para el pueblo sevillano.

Levantado el terreno y nivelado, formadas ocho hileras de árboles hasta

el prado de Belén, y construídos cómodos asientos y bellas fuentes de

mármol, el conde de Barajas puso á la entrada del paseo dos magníficas

columnas de granito gris, que medían 8'90 metros y uno de diámetro, las

cuales es opinión general que debían pertenecer á algún templo que tuvo

Sevilla en tiempo de los romanos.

Levantadas las columnas sobre pedestales, se pusieron, como remate de

ellas, dos estatuas, una de Hércules y otra de Julio César, las cuales

dieron nombre al paseo, que el vulgo llamó desde poco después, Alameda

de Hércules.

En la actualidad se encuentran casi borradas las inscripciones que

entonces se grabaron en los pedestales, y aunque ya son por algunos

conocidas, creo de oportunidad copiarlas aquí.

La inscripción de Hércules dice:

«Al Hércules Augusto Emperador, César Carlos quinto, hijo del rey don

Filipo, nieto del rey don Fernando, viznieto del rey don Juan, piadoso,

feliz, gálico, germánico, túrcico, africano, que mucho más allá de las

columnas de Hércules, dilatada su gloria por el Nuevo Mundo, terminó su

imperio con el Océano, su fama con el Cielo. Al héroe sagrado,

meritísimo de la República cristiana, por su eterna piedad y virtud, el

Senado y pueblo de Sevilla dedicadísimo á su sagrada memoria y

majestad.»

«Reinando en Castilla el católico y muy alto y poderoso rey don Felipe

II, y siendo asistente de esta ciudad el ilustrísimo señor conde de

Barajas, mayordomo de la reina nuestra señora: Los ilustrísimos señores,

Sevilla, mandaron hacer estas fuentes y alamedas, traer el agua de la

fuente del Arzobispo con industria, acuerdo y parecer del dicho señor

Asistente, siendo obrero mayor, el magnífico señor Juan Díaz, Jurado,

alcalde el año de MDLXXIIII.»

En la de Julio César se contiene todo esto:

«A don Francisco Zapata conde de Barajas, Asistente vigilantísimo de

esta Ciudad, mayordomo del rey, y amante muy equitativo de la justicia,

por haber limpiado esta antigua y abandonada laguna de las aguas

inmundas de toda la ciudad, convirtiéndola en un paseo muy extenso,

sembrado de frondosos árboles y regados con fuentes perennes, dando así

á los ciudadanos un cielo más saludable y un viento más fresco en los

ardores del estío; y por haber restituído á su antiguo origen el arroyo

de las aguas del Arzobispo, interrumpido por la antigüedad y abandonado,

trayendo sus aguas á varias calles de la Ciudad para grande consuelo del

pueblo sediento: por haber trasladado aquí las columnas de Hércules,

con un trabajo comparable á los del mismo Hércules: por haber hermoseado

la Ciudad con puertas magníficamente fabricadas y por haberla gobernado

con suma humanidad, el Senado y Pueblo de Sevilla le consagran este

monumento en testimonio de su amor y gratitud, en el año 1598.»

«A la liberalidad del augusto Felipe segundo hijo del divino Carlos,

nieto del gran Felipe, biznieto del divino Maximiliano rebiznieto del

divino Federico, piadoso, fiel, máximo, católico, germánico, francisco,

británico, bélgico, índico, africano, túrcico en tierra y mar, emperador

invictísimo, porque con nuevos ornamentos y prerrogativas confirmados

también y dadas de nuevo ilustres leyes municipales, ha aumentado y

ennoblecido esta ciudad como á óptimo príncipe de esta romulense colonia

restaurador amabilísimo el cabildo de los sevillanos.»

En los _Libros de Caja_ del siglo XVI, que se guardan en el Archivo

Municipal, existen multitud de asientos relativos á las obras de

construcción de la Alameda, pudiendo verse allí en detalle cuán grandes

sumas se invirtieron y cuánto interés puso el conde de Barajas en

embellecer el paseo.

La Alameda fué durante el siglo XVII, el lugar más concurrido de Sevilla

por los paseantes y sitio predilecto de damas y galanes que allí acudían

á entregarse á sus amorosas expansiones, y con razón ha dicho un

escritor ilustre que era aquel «el terreno de la belleza y el lujo, y el

teatro del trato ameno y conciertos amorosos».

En el siglo XVIII, haciéndose necesarias algunas reformas en el antiguo

paseo, las llevó á cabo en 1764 el asistente don Ramón Larumbe; el cual

coronó su obra levantando al final de la Alameda dos ridículas

columnas, parodia de las puestas por el conde de Barajas, las cuales

remataron en dos leoncillos de piedra, al pie de los que su señoría,

deseando perpetuar la memoria del trabajo, hizo grabar estas líneas, ya

casi borradas hoy:

«--NO=8=DO--Reinando en España la católica magestad de don Carlos III,

siendo asistente de esta ciudad el señor don Ramón de Larumbe del orden

de Santiago, del consejo de S.M., intendente general del ejército de los

cuatro reinos de Andalucía y superintendente general de rentas, se acabó

la obra de la cañería de la fuente del Arzobispo en 28 de Enero de 1764

y la distribución de su agua consiste en el pilar del arzobispo, la de

la fuente de Córdoba, seis pilas de esta Alameda y la de san Vicente y

de gracia al convento de esta de capuchinos, hermandad de san

Hermenegildo, san Basilio, Belen y san Francisco de Paula y se pone esta

lápida en virtud de acuerdo del ilustre cabildo de la ciudad, habiendo

sido diputado de esta obra el señor veinticuatro don Juan Alonso de Lugo

y Aranda.»

«--NO=8=DO--Reinando etc., etc., se construyeron estas dos columnas que

coronan los leones que sostienen las reales armas y las de Sevilla. Se

hicieron los asientos, alcantarillas y terraplenes, levantándose los

pretiles de las zanjas, se pusieron los pilares para el riego, desagüe

completo de árboles de esta Alameda, todo por dirección de los señores

Asistentes, siendo diputado el señor don Gregorio de Fuentes y Veralt,

veinticuatro del Ilmo. Cabildo cuya obra costeó de los propios y

arbitrios y se acabó el año de 1765.»

La Alameda continuó todavía durante bastante tiempo disfrutando del

favor de los sevillanos, hasta que, como dice con mucho donaire el duque

de Rivas en su bello artículo _Los Hercules_, «á la margen del

Guadalquivir, ya escombrado de mercaderes y mercaderías, apareció entre

la puerta de Triana y la Torre del Oro otra Alamedita (el Arenal), que

aunque nació enfermiza, empezó á hacer gracias cuando niña y á llamar la

atención cuando joven, hasta que desbancó ¡cosa natural! á la Alameda,

ya vetusta y provecta, y le echó á cuestas nada menos (¡ánimas

benditas!) el dictado de _Vieja_, que la desplomó.»

Por estos tiempos hacía ya muchos años que se celebraban allí las

clásicas veladas de San Juan y San Pedro, que tan características notas

ofrecían de nuestras fiestas populares, y las cuales renuncio á

describir aquí, cómo se verificaban entonces.

En los comienzos del siglo XIX, era ya manifiesta y patente la

decadencia del paseo cuyo aspecto era en verdad poco ameno y agradable,

pues con gran detrimento del ornato, había abandonado su cuido el

municipio.

Entre los episodios dignos de ser recordados que tuvieron lugar en la

Alameda en los largos años de nuestras revueltas políticas, citaré un

gran banquete que allí se celebró en 1820 á las tropas de Riego, al cual

asistió el mismo general, que á la hora de los brindis leyó uno en muy

medianos versos que había escrito su hermano el canónigo don Miguel del

Riego.

En 1823 y el triste día 13 de Junio, en que tantos excesos cometieron

las turbas absolutistas, al estallar aquella tarde el depósito de

pólvora que estaba establecido en el edificio de la Inquisición, la

Alameda ofreció un triste cuadro, pues en ella cayeron no pocos restos

humanos de los que fueron víctimas de aquella catástrofe.

Pacífico y solitario estuvo el viejo paseo durante muchos años, hasta

que hacia 1840 y 1844 empezaron á utilizarlo ciertos elementos para

punto de sus reuniones y aún vive quien recuerda cómo allí se juntaban

por tarde y noche numerosos grupos de exaltados que leían en voz alta

_El Huracán_, _El Guirigay_ y otras publicaciones hostiles al gobierno y

aun á las instituciones, dando lugar aquellas lecturas, á que con

frecuencia se caldearan los ánimos y tuviera que intervenir la fuerza

armada, como ocurrió en diversas ocasiones.

No fué sólo entonces la Alameda teatro de escenas semejantes, pues éstas

se repitieron en aquellos años de pronunciamiento y motines, llegando,

como en 1861 y 1873, á tomar los sucesos verdadera importancia.

Á decir verdad, el paseo de que me voy ocupando es de los que menos

reformas han sufrido de todos los de Sevilla, pues las obras que en

diversas ocasiones se han llevado allí á cabo han sido, por lo general,

de escasa importancia, y sólo secundarias. Después de 1850

desaparecieron las fuentes que en el centro de la Alameda existían, y

hace años se trasladó al final la pila de la Plaza de San Francisco, se

rodearon de sencilla verja los Hércules, se reformaron algunos asientos

de la entrada, intentándose plantar un jardín en ambos lados, que no

llegó á prosperar por descuido.

Si de día era la Alameda punto por lo general sosegado y tranquilo, de

noche era peligroso por más de un concepto.

La falta de alumbrado y vigilancia, favorecía mucho á los pájaros de

cuenta que por allí vagaban entre las sombras, siendo muy frecuente que

el incauto transeunte que por necesidad atravesaba dados ya el toque de

ánimas el paseo, se viera sorprendido por malhechores que lo maltrataban

y despojaban de cuanto llevase encima.

A más eran aquellas tinieblas muy buscadas por _Aspasias_ y

_Proserpinas_ de barrio, que no tenían quien las molestase, siendo los

viejos árboles y los asientos, á diario, mudos testigos de escenas que

puede imaginarse el lector.

Como punto de los más bajos de la ciudad la Alameda ha sido siempre de

los que primero se inundan, ofreciendo aquella ancha superficie de agua

un cuadro que siempre acuden á contemplar los sevillanos con cierta

curiosidad.

No citaré la fecha de las muchas inundaciones del paseo, pero haré

mención de la riada de 1796, en que las aguas llegaron hasta cerca de

los balcones de algunas casas como indica el azulejo colocado en el

edificio que hace esquina á la calle Santa Ana, y de la de 1876, en que

se desbordó el Guadalquivir, causando grandes destrozos en todo el

barrio de San Lorenzo y en el de la Feria.

Estas inundaciones dejan siempre al viejo paseo en estado harto

deplorable, y como quiera que pocas veces se trata de acudir como

corresponde á la reparación de los desperfectos ocasionados en la

Alameda, ofrece á los paseantes bien pocos atractivos.

Ningún paseo como la Alameda pudiera, por su extensión y sus

condiciones, transformarse en uno de los más agradables de la ciudad,

levantando el terreno, variando por completo la antigua traza y formando

allí amenos jardines, que serían gala y ornato de la población.

Desde hace pocos años, la Alameda se ve extraordinariamente concurrida

en las tardes y noches de estío, habiéndose establecido allí gran número

de puestos de agua, refrescos, helados, etc., alrededor de los cuales se

instalan multitud de mesas y sillas, que se ven ocupadas por la

concurrencia de trasnochadores hasta la salida de la aurora. Allí se ven

durante todas las horas de las calurosas noches, alegres grupos y

tertulias de _ellos_ y _ellas_, y se escuchan cantos flamencos, notas

de guitarras, repiqueteo de palillos, risas y vivos diálogos...

Y aquí hago punto en este ligero bosquejo que he intentado trazar de la

Alameda Vieja que fundó el conde de Barajas, paseo el más antiguo de

Sevilla, que es el que más larga historia tiene y por el que tantas

generaciones pasadas han discurrido.

LA HERMANDAD DE LOS NIÑOS PERDIDOS

Si actualmente son tantos los niños y adolescentes abandonados, que en

las capitales viven entre las mayores privaciones y miserias, puede

calcularse á qué gran número llegarían éstos en los tiempos pasados, y

cuán amarga y triste sería su condición en la sociedad.

De aquí nació aquella multitud de vagabundos, de muchachos maleantes que

acostumbrados á viciosos hábitos, y en frecuente contacto con gente

corrompida, crecían, se hacían hombres, terminando las más de las veces

su existencia en la horca ó en las galeras del rey.

Sevilla, población importantísima, el siglo XVI, era centro en el que se

acogía un mundo de pícaros, como los que tan admirablemente retrató

Cervantes en _Rinconete y Cortadillo_, y alrededor de toda aquella

hampa, pululaban niños y mozalbetes, de quienes nadie cuidaba y á

quienes nadie procuraba apartar de tan extraviados caminos.

Con el laudable intento de protejer á la infancia desvalida y remediar

los males de los adolescentes, reuniéronse unos cuantos hombres de buena

voluntad, y hacia el año de 1589 formaron una hermandad con el nombre

del _Santo Niño Perdido_, la cual, sin el apoyo de las autoridades, y

sosteniéndose únicamente con el dinero de los hermanos y las limosnas

que recogía, logró bien pronto prestar muy señalados servicios.

Al efecto lograron alquilar una casa modesta, en la cual reunieron

camas, mantas y algunos muebles, nombrando por alcaldes de la cofradía á

don Andrés de Losa y don Cristóbal Pareja; tomaron un administrador, que

lo fué el clérigo don José Martín, y alquilaron para el servicio dos

criados y una mujer anciana.

Dieron principio los hermanos á su buena obra, redactando los estatutos

de la congregación y comenzando á llevar al recién fundado instituto á

los niños que encontraban, pues según el mismo alcalde Cristóbal de Losa

decía en un documento que tengo á la vista: «...cada uno de los hermanos

andaban por las calles de noche, y si en algún portal ó en algún rincón

hallábamos algún niño desamparado del trato humano, lo llevábamos á

nuestra casa por aquella noche, dándole de cenar y regalándole, y al

otro día lo llevábamos á nuestra Casa para que allí se remediase con los

demás...»

Añadiendo también estos párrafos que explican la misión de los hermanos:

«Cuando veíamos alguna mujer ó hombre que andaba pidiendo limosna con

muchachos se los quitábamos, y llevábamos á la casa porque no se

quedasen toda la vida pordioseros y los poníamos con amos á su

servicio.» «Item, que cuando sabíamos que alguna niña había quedado

huérfana por haberle faltado padre ó madre y no tener de qué

sustentarse, la llevábamos á Casa y así de ordinario las había en ella

de seis y siete años y niños de dos á tres años y lo hacíamos lavar,

limpiar y envolver, teniendo para esto una mujer anciana, honrada que lo

hacía amaneciendo ellos todas las mañanas de tal suerte que era asco

llegar á ellos y asi lo lababan y limpiaban y vestian camisa limpia y si

la mujer no hiciere esto con caridad como lo hacia con ningun interés se

le podía pagar.»

También recogían los hermanos á los mozalbetes raterillos, á los cuales

tenían algunos días sujetos, procurando corregirlos, y á unos y á otros

buscaban luego colocación con algún amo, ó les ponían á aprender algún

oficio mecánico, llegando, como la hermandad comprobó por sus libros, á

haber colocado á unos 600 muchachos durante los primeros años del

instituto.

Así iba la hermandad siguiendo su obra meritoria y prestando señalados

servicios, cuando un día de los comienzos de 1591 se presentó en la casa

de la hermandad el veinticuatro don Juan Pérez de Guzmán y con dos ó

tres alguaciles se apoderó por fuerza de cuanto allí había, llevándose

cuarenta niños que á la sazón estaban recogidos y cargando con las

camas, las mantas y demás menaje, así como con algún trigo, cebada,

garbanzos y habas, que había sido adquirido por el administrador.

Los niños, muchos de los cuales estaban leprosos y en situación harto

triste, fueron llevados por orden del veinticuatro á la _Casa de la

Doctrina_, quedando disuelta la Asociación, y á los pocos días el

alcalde Losa, se dirigió al Ayuntamiento con una enérgica solicitud

clamando contra el atropello que en la benéfica Asociación se había

cometido, y pidiendo que se disolvieran los niños y los objetos

secuestrados.

Entonces empezaron los tratos y conferencias de los hermanos con los

señores del cabildo, siguiendo Losa con sus solicitudes, en una de las

cuales de 1593 decía pintando el estado en que habían quedado los

muchachos vagabundos: «Andan perdidos por las calles y plazas, y yo,

como persona que comenzó esta obra, le deseo remedio, porque veo andan

los niños de siete y ocho años desamparados, rotos y aun encueros por

los rincones y poyos de la ciudad, donde se quedan á dormir, que en este

tiempo aun los muy bien arropados y abrigados lo pasan con dificultad y

trabajo; y la semana de Pascua amaneció muerta de frío una mujer, y así

las criaturas tienen mayor peligro.»

Poco después el cabildo nombró una comisión para que informase de si

debía constituirse de nuevo la hermandad, y en este informe se leen

párrafos como el que voy á copiar, bien curioso por cierto, y que prueba

que en aquellos benditos tiempos de prosperidad, bienandanza y riqueza,

por los que tanto suspiran los neos, la miseria revestía en las ciudades

más importantes terribles caracteres.

Cosas nuevas y viejas (apuntes sevillanos) · 第 4 / 18 段