Puerta de Triana al Postigo del Carbón, y construído de nuevo los
Malecones, se formó entre éstos y la orilla del río una alameda en la
que se plantaron cuatro filas de álamos, y que tomó el nombre de _paseo_
del Arenal.
Lo agradable de aquel lugar, la hermosa vista que desde él se
disfrutaba, y la animación que allí solía reinar por el movimiento del
puerto, hicieron que el paseo fuese de los predilectos del pueblo
sevillano y que disfrutara por largos años de gran boga.
En el plano de la ciudad que mandó hacer Olavide siendo Asistente de
Sevilla, figura ya indicada la Alameda del Arenal, y lo mismo en el que
en 1788 se publicó durante el mando de Lerena, pudiendo decirse que por
entonces era aquel terreno de los más concurridos de la ciudad.
Don Leandro Fernández de Moratín, que visitó á Sevilla por entonces, así
lo consigna, y otros escritores de la localidad hacen memoria en
diversos trabajos de lo ameno del paseo y de la multitud que á diario lo
frecuentaba.
Por los arrecifes cruzaban por las tardes lujosas carrozas y los
modestos asientos de ladrillo se veían siempre ocupados por un público
aristocrático que lucía sus más preciadas y ricas galas.
A la entrada del paseo se comenzó á fines del siglo XVIII á construir el
monumento llamado Triunfo de la Trinidad, que se elevó á instancias de
fray Diego José de Cádiz, y el cual monumento era obra de escasísimo
mérito, y fué derribada hacia la mitad del pasado siglo, sin haberse
llegado á terminar por completo.
No lejos del monumento, se encontraba la _Cruz de la Charanga_, nombre
éste que también se daba á uno de los álamos, el más corpulento y que
más sobresalía entre los allí plantados, y alrededor del cual se
formaban aquellas tertulias de desocupados de que habla don José Somoza
en sus _Recuerdos_ y en el artículo _El árbol de la Charanga_, donde
dice pintando lo agradable de aquel lugar: «...A la izquierda está el
_Paseo del Arenal_, paseo siempre concurrido; á la derecha el puente de
barcas y un dilatado horizonte azul, por el que se oculta el sol en su
occidente por entre una multitud de palos y velachos de embarcaciones
ancladas.»
Hacia 1808 se hicieron algunas reformas en el Arenal, con las que
ganaron en comodidad los paseantes, habiéndose por entonces llevado á
cabo varias obras en el puente allí inmediato, que cubría uno de los
brazos del arroyo Tagarete.
Punto como lo era el paseo del Arenal de amplitud y gran concurrencia,
cuando los días de la invasión francesa, lo escogieron las autoridades
imperiales para llevar á cabo no pocos espectáculos públicos, con los
que procuraban distraer al pueblo.
Allí el mariscal Soult pasó revista á las tropas, allí se quemaron
vistosos castillos de fuegos artificiales; hubo cucañas, carreras á
caballo por diestrísimos ginetes, conciertos de bandas militares,
iluminaciones y otros regocijos.
El paseo del Arenal, cuando en 29 de Agosto de 1812 penetraron en
nuestra ciudad los soldados españoles, fué teatro de sangrientas escenas
y de verdaderos rasgos de heroísmo, y algunos días después se enterró á
la entrada del paseo el coronel inglés Alejandro Ducan, que murió
violentamente, y cuyo sepulcro fué destruido por el populacho en 1816.
Volvieron para el paseo del Arenal días de esplendidez, transcurridos
aquellos años de la guerra, y en 1823, cuando Fernando VII visitó á
Sevilla, este monarca paseaba con gran frecuencia en carruaje por la
orilla del río, donde era objeto de no pocas manifestaciones de los
_absolutistas_. Y se dió el caso que, saliendo una tarde el rey de los
toros, á causa de haber intervenido en los desahogos de los _blancos_
algunos constitucionales, se promovió un feroz escándalo, en el que hubo
garrotazos, carreras y no pocos heridos.
Con motivo de otras visitas de reyes se ha adornado después de 1823 el
paseo del Arenal, alzándose en él graciosos arcos de follajes y vistosos
transparentes.
Habiendo el Asistente Arjona derribado el murallón de la Torre del Oro y
edificádose el Salón de Cristina, comenzó el público elegante y
aristocrático á abandonar el viejo Arenal; llevado de las novedades y
atractivos que el nuevo sitio de esparcimiento y recreo le ofrecía.
Este abandono fué en aumento después de 1834, y como quiera que por las
autoridades locales se olvidó por completo el adorno y cuido de aquella
alameda, desaparecieron de ella los antiguos árboles que le prestaban
agradable sombra, los primitivos asientos y los aguaduchos donde tan
animadas tertulias se formaban.
Por los alrededores del Arenal se veía en los buenos tiempos del paseo
muy variados tipos y personajes callejeros, no faltando nunca por las
tardes, los _chiquillos de la candela_ que, provistos de mecha, ofrecían
lumbre á los transeúntes fumadores; los viejos que exhibían á golpe de
tambor las sorprendentes vistas de la _máquina óptica_, los vendedores
de confites, los maestros de esgrima que acudían á la palestra pública,
y para que nada faltase á aquel cuadro, era frecuente ver en los
Malecones ó frente á la Resolana de la Caridad ó al pie del Triunfo,
algunos frailes misioneros que escogían aquellos puntos para predicar,
como ocurría al célebre padre _Verita_.
Una nota característica ha conservado hasta nuestros días y conserva
actualmente el Arenal: refiérome al mercado que allí se establece en el
mes de Diciembre y que se ve tan concurrido el día de Nochebuena y los
sucesivos de Pascua.
Álzanse entonces, en lo que fué frondosa alameda, puestos de juguetes y
de frutas, sin que en manera alguna falten los instrumentos populares,
característicos de los citados días, siendo grande el concurso que acude
al Arenal á llevar á cabo las indispensables compras de pavos, nueces,
castañas, turrones y todos los comestibles _del ritual_.
Para concluir, el Arenal en su aspecto más triste, ya que hemos
recorrido á la ligera su historia, es cuando el Guadalquivir se desborda
y la ciudad se ve amenazada con los peligros de las inundaciones que
tantos estragos han causado en todos los tiempos. Entonces cubren las
aguas el viejo paseo, y aquel lugar tan ameno y agradable presenta un
cuadro imponente, cuadro que no es necesario describir, pues hartas
veces lo han presenciado por desgracia los sevillanos.
El viejo Arenal lleva hoy el nombre de Paseo de Colón, nombre que se le
dió en 1892, cuando las fiestas del centenario del descubrimiento de
América. De su pasado, de sus días de esplendor, no queda ya más que el
recuerdo.
JUANILLO HERNÁNDEZ
La reforma luterana que apareció en Sevilla á mediados del siglo XVI
propagóse en la ciudad de un modo rapidísimo, y tuvo infinitos adictos,
personajes, en su mayoría, de posición y de talento, como lo fueron
Rodrigo de Valer, el doctor Egidio, el doctor Constantino Ponce de la
Fuente, el prior de San Isidro del Campo, García Arias, el padre
Arellano, Ponce de León, el médico Losada, fray Casidoro de Reina,
Fernando de San Juan y otros cientos, cuya enumeración sería enojosa.
De entre todos aquellos primeros protestantes, he de recordar á uno que
tiene no poco relieve y á quien por su actividad y el género de
propaganda á que se dedicaba, debióse singularmente la propagación de
la doctrina de Lutero.
Llamábase Julián Hernández y se le conocía por _Julianillo_, era mozo
astuto y ardientísimo partidario de la reforma, con lo cual puede
suponerse el contacto frecuentísimo y estrecho en que estaba con todos
los iniciados.
Bien por comisión ó bien de propia iniciación llevó Hernández á cabo una
empresa que, por ser entonces en extremo arriesgada, tal vez se confió á
él como más listo y astuto.
Ansiaban los protestantes sevillanos poseer escritos propagadores de la
nueva doctrina, que á cientos se publicaban en Alemania y los Países
Bajos; y como la posesión de los tales libros y su introducción en
España era dificilísima, pensaban en mil modos para burlar á la
Inquisición, que tenía puesta toda su atención en la reforma para
aniquilarla.
Julianillo Hernández partió en 1556 de Sevilla y recorrió los
principales focos del luteranismo, poniéndose en relaciones con los
principales apóstoles del protestantismo y dirigiéndose después á
Ginebra, donde residió algunos meses.
En esta ciudad adquirió ejemplares de los libros más famosos que se
habían dado por los reformadores, y ya dueño de ellos, puso en práctica
el ingenioso medio que discurrió para introducirlos en España y traerlos
á Sevilla.
A este efecto, disfrazóse perfectamente de arriero, y previniendo dos
grandes toneles, fabricados de intento, los llenó con los numerosos
volúmenes adquiridos, emprendiendo su viaje de regreso.
En 1557, Julianillo Hernández llegaba á Sevilla: con su carga, había
atravesado la península entera sin que ni justicia ni persona alguna
sospechase que en aquellos dos toneles iban las armas más poderosas
contra la religión del Estado, y que tanto efecto iban á producir.
Cuando los protestantes sevillanos tuvieron conocimiento de la llegada
de Julianillo, inmediatamente acudieron con gran cautela á ocultar el
cargamento, siendo repartidos los libros en el monasterio de San Isidro
del Campo, en casa de don Juan Ponce de León y en la de la dama doña
Isabel de Baena, ardiente protestante, en cuyo domicilio se reunían con
frecuencia los luteranos.
Merced al ingenio de _Julianillo_, pudieron los reformadores entregarse
á las lecturas que tanto deseaban, comenzando entonces el mozo á
repartir volúmenes cautelosamente, siendo menos afortunado en esta
empresa, pues por ello vino su perdición y la de infinidad de
protestantes.
Un ejemplar del libro titulado _Imagen del Antichristo_, lo vío una
mujer que tenía algún vago conocimiento de lo que pasaba y denunció á la
Inquisición el foco protestante, cayendo el tribunal entonces
rápidamente sobre el asunto, y en poco tiempo fueron encerrados en el
castillo de Triana más de 800 luteranos, que no tardaron en perecer en
la hoguera y en el garrote.
Sin tiempo para ponerse á salvo, cayó _Julianillo_ también en las garras
del Santo Oficio, y después de doce meses de prisión, el 22 de Diciembre
de 1560 salió con el auto de fe, siendo quemado vivo en unión de 34
protestantes más, entre los que se hallaban doña Ana de Rivera, doña
Francisca Ruíz, doña Francisca de Chaves, monja de Santa Isabel; María
Gómez, Leonor Núñez, sus tres hijas Elvira, Teresa y Lucía; doña
Catalina Sarmiento, doña María y doña Luisa Manuel, y fray Diego López,
fray Barnardino Valdés, fray Domingo Churruca, fray Gaspar de Porres y
fray Bernardo de San Jerónimo, de alguno de los cuales haré más
adelante especial mención.
SANTA TERESA EN SEVILLA
La célebre abulense doña Teresa Sánchez Cepeda, cuyos escritos místicos
son tan famosos y á quien la iglesia colocó en los altares en 1622, bajo
el nombre de Santa Teresa de Jesús, visitó durante su vida á Sevilla,
para fundar un convento en nuestra población, permaneciendo en ésta
desde el 26 de Mayo de 1575 hasta el 4 de Junio de 1576.
Llegó, pues, el citado día la madre Teresa de Jesús, acompañada de seis
monjas, sus compañeras, instalándose provisionalmente en una modesta
casa de la calle de las Armas, en la cual estuvieron viviendo con gran
estrechez y miseria, siendo al principio socorridas por una señora
llamada doña Leonor de Valera, y más tarde por el prior de la Cartuja,
que influyó á favor de las religiosas con otras personas de algún
valimiento.
Allí pasó la madre Teresa de Jesús algunos meses sin que pudiera, según
eran sus propósitos, adelantar «gran cosa en la fundación del convento,
y aunque contó con el apoyo de algunos que le fueron afectos y le
auxilió mucho en sus trabajos» D. Lorenzo Sánchez Cepeda, su hermano,
que á la sazón vino de Indias, costóle gran trabajo encontrar casa más
espaciosa para instalarse.
Dió al fin la fundadora con un edificio en la calle de Pajería, hoy
Zaragoza, y á propósito de éste escribe en una de sus cartas:
«No se pasó poco para pasarnos á ella (á la nueva casa) porque quien la
tenía no la quería dejar. Los frailes franciscos, como estaban juntos,
vinieron luego á requerirnos que en ninguna manera nos pasásemos é
ella.»
Ya en la nueva casa, la actividad de la madre Teresa de Jesús, hizo que
se habilitase lo mejor que se pudo, contando con algunos fondos y
aumentándose la comunidad; pero entonces comenzaron á levantarse
calumnias contra la fundadora, intimándola el padre Salazar para que no
hiciese más fundaciones; y denunciándola por entonces á la Inquisición
como sospechosa de herejía, ilusiones, falsa devoción y revelaciones
imaginadas, una beata que había vivido en la recién fundada casa
religiosa, ayudada por un clérigo de quien dice fray Diego de Yepes que
era «hombre hipocondríaco, escrupuloso, ignorante y expuesto al error.»
Siguióse el proceso contra la madre Teresa de Jesús, pasando á
interrogarla á su casa los inquisidores, llevando con gran ruído los
jueces á caballo, notarios, alguaciles y familiares, y después de largo
tiempo, la Inquisición mandó que el expediente se suspendiese, quedando,
sin embargo, la fundadora obligada á presentarse ante el tribunal de
Sevilla siempre que éste lo reclamase.
Estando en nuestra población la célebre hija de Avila, fué retratada por
el napolitano Juan de Narduck, que había sido discípulo de Coello y que
á la sazón era religioso lego conocido con el sobrenombre de _fray Juan
de la Miseria_, conservándose hoy este retrato en el convento de
carmelitas de San José, y el cual, si no es una perfecta obra de arte,
es por lo menos, el más auténtico retrato que existe de la reformadora.
La casa que ésta habitó en Sevilla túvola en gran estima y de ella
escribía que «no la había mejor ni mejor puesta. Paréceme que no se ha
de sentir en ella el calor. El patio parece hecho de alcorza.»
En 27 de Mayo de 1576 celebróse en aquella casa una gran fiesta
religiosa, á la que asistió el arzobispo, fiesta que la misma fundadora
describió con muchos pormenores, y algunos días después salió de la
ciudad, dirigiéndose á Castilla, donde prosiguió sus fundaciones.
Aquel edificio que la mística escritora habitó en Sevilla en la calle
Pajería, fué convento hasta 1588, y el año 1882 el edificio, que se
había conservado casi como estuvo en el siglo XVI, fué derribado,
colocándose después en el que se levantó sobre su área, una lápida en la
fachada que recuerda la fundación de la madre Teresa de Jesús y su
estancia en nuestra ciudad.
UN PONCE DE LEÓN
El noble caballero sevillano don Juan Ponce de León, hijo de don
Rodrigo, conde de Bailén, fué, como ya he indicado anteriormente, uno de
los más decididos y ardientes partidarios que la reforma luterana tuvo
en Sevilla en el siglo XVI, y predilecto discípulo del doctor Egidio.
Su elevada posición social, su ilustración y el importante papel que
hacía en la sociedad sevillana, contribuyeron poderosamente á que su
propaganda en favor del protestantismo le diera muchos resultados,
logrando, durante bastante tiempo, que ni á las autoridades
eclesiásticas ni á las seculares trascendiera su conducta, apesar de la
actividad que éstas desplegaban para destruir y aniquilar cuanto en
Sevilla tuviera sospecha siquiera de luteranismo.
Fué al fin descubierto en 1558, con otras muchas importantes personas,
que pagaron con sus vidas en las hogueras, y permaneció antes largos
meses preso, siendo al fin condenado por el tribunal odioso.
La sentencia dada contra Ponce de León es un documento bastante curioso,
del cual existe una copia manuscrita en la _Colección de Papeles del
conde del Aguila_ del Archivo municipal, y de ella reproduciré la parte
más interesante, que dice así:
«... Atentos los autos y méritos de este proceso, que dicho fiscal probó
bien y cumplidamente su acusación y querella: damos y pronunciamos su
intención por bien probada, y que el dicho don Juan Ponce de León no
probó cosa alguna que le pudiese relevar. Por ende: debemos declarar y
declaramos al dicho _Juan Ponce_, haber sido y ser _hereje, apóstata,
luterano, dogmatizador y enseñador de la dicha secta de Lutero_ y sus
secuaces: hallándose en algunos ayuntamientos y conventículos con otras
personas secretamente, á donde se trataba de la dicha maldita secta y
sus errores, en grandísima ofensa de Dios Nuestro Señor y de su Santa Fe
católica y Ley evangélica, y haber sido justo y disimulado confitente, y
que las confesiones que hizo fueron más por reservar la vida que por
salvar el alma, y por ello haber caído é incurrido en la Sentencia de
Excomunión mayor, y estar ligado de ella y en todas las otras penas en
que caen é incurren los tales herejes, luteranos, dogmatizadores y
enseñadores de nueva secta y errores que, á título de cristianos, hacen
y cometen semejantes delitos; y en confiscación y perdimiento de _todos
sus bienes_, en los cuales le condenamos y aplicamos á la Cámara y Fisco
de S. M. desde el tiempo que cometió dichos delitos á esta parte, cuya
declaración en nos reservamos. Otrosí: relajamos la persona de dicho
_Don Juan Ponce de León_ á la Justicia y Brazo seglar, y especialmente
al muy magnífico señor Licenciado Lope de León, Asistente por S. M. en
esta ciudad y á sus lugares tenientes en el dicho oficio, á los cuales
muy afectuosamente rogamos que se hagan benigna y piadosamente con el
dicho _don Juan_, y porque el delito de la heregía es tan gravísimo que
no se puede buenamente punir ni castigar en las personas que lo cometen,
y las penas se extienden á _sus descendientes_: por ende declaramos sus
_hijos y nietos_ de dicho don Juan Ponce por línea masculina sean
_inhábiles para poder tener cualquier oficio público, ó de honra, ó
beneficios eclesiásticos_, y que no pueden usar de las otras cosas
prohibidas á los hijos y nietos de los semejantes condenados así por
dicho común, Leyes y Pragmáticas de estos Reinos como por institución
del Santo Oficio, las cuales habemos aquí por expresadas: y por esta
nuestra sentencia juzgando así lo pronunciamos y mandamos en estos
escritos y por ellos.--_El Obispo de Tarazona.==El Licenciado Andrés
Gasco.==El Licenciado Carpio.==El Licenciado Juan Obando._»
El 24 de Septiembre de 1559 se celebró el auto de fe en que salió don
Juan Ponce de León: después de relajado y entregado al brazo secular, se
le dió garrote y se consumió su cuerpo en el _Quemadero_ del prado de
San Sebastián, con otros de los más señalados protestantes sevillanos.
JUAN DEL CASTILLO
El haber sido el pintor sevillano Juan del Castillo maestro de artistas
que tanto renombre y gloria alcanzaron, como Murillo, Zurbarán, Alonso
Cano y Pedro de Moya, ha hecho que su nombre sea por esto citado más que
por las obras que dejó á la posteridad, dignas de elogio, ciertamente,
no pocas de ellas.
Hermano de otro pintor también, Agustín del Castillo (1565-1626), nació
Juan en el año de 1584, siendo desde muy joven manifiesta su inclinación
por el dibujo, que aprendió bajo la dirección de Luis Fernández, en
cuyos lienzos censúrase la escasa frescura y la pobreza de colorido.
Juan del Castillo pintó multitud de cuadros en su juventud, la mayoría
de los cuales se han perdido hoy, y que le atrajeron general estimación,
pues apartándose de las reglas que su maestro le indicara, dió un gran
paso para destacar su personalidad.
Demostrando grandes condiciones para la enseñanza, á Castillo acudieron
no pocos discípulos, siendo su academia la que más frutos obtuvo para el
arte, de aquellas otras que tenían en sus talleres el clérigo Roelas,
Herrera _el Viejo_ y Francisco Pacheco.
A la academia de Castillo acudió cuando contaba doce años, en 1630,
Bartolomé Murillo, llevado al estudio por cercano pariente, no faltando
algunos autores que apunten que el luego celebérrimo artista sevillano
era sobrino de su maestro.
En abril de 1611, Castillo, vecino á la sazón del Salvador, se recibió
de hermano de la _Doctrina Cristiana_, como hombre devoto que era,
habiendo noticias de que en años después hizo un viaje á Granada, donde,
según _Arana de Varflora_, «hizo algunas pinturas y en ellas se conoce
su manera de pintar, que era fresca y pastosa.»
Para el convento de Monte Sión ejecutó Castillo, de vuelta en su ciudad
natal, catorce lienzos, siendo este templo el que llegó á reunir más
producciones del pintor objeto de estas líneas.
En el altar mayor dejó una _Asunción_, _La Visitación de Santa Isabel á
la Virgen_, _La Encarnación_, _El Nacimiento de Jesús_, _La Adoración de
los Reyes_, los cuatro doctores de la Iglesia, San Buenaventura y un
crucificado, y en otros retablos las imágenes de Santo Domingo, Santo
Tomás y San Vicente Ferrer.
De estos cuadros, que permanecieron en dicho convento hasta 1810, fueron
algunos, tras bastante tiempo, llevados al Museo Provincial, donde en la
actualidad se encuentran, á más de dos medios puntos en tabla que
representan á San José y el Niño trabajando, y la muerte del mismo
santo.
Estos citados son los más notables cuadros de Juan del Castillo, y en
los que pueden apreciarse por completo sus méritos y su estilo de
pintura, debiendo citar aquí también otras obras como las siguientes,
que conservaron varios particulares y elogió Amador de los Ríos en 1844
cuando dió á luz su libro _Sevilla pintoresca_.
D. Manuel López Cepero poseía una _Asunción_ y una _Sagrada Familia_;
don Pedro García, un lienzo de los _Desposorios de la Virgen_, en
figuras de tamaño natural, un _San Miguel_ y un _Ángel de la Guarda_, y
el señor Suárez de Urbina un _San Pedro_ y un _San José con Jesús_,
cuadro este último de pequeñas dimensiones.
De otras pinturas de Juan del Castillo se han perdido no pocas, que
fueron celebradas en su tiempo y de las cuales sólo la memoria queda.
Con su academia muy concurrida de discípulos, continuó el maestro
residiendo en Sevilla hasta 1639, año en que, por motivos que ignoro, se
trasladó á Cádiz, donde fijó su residencia.
Allí ejecutó también algunos lienzos, pero la vida del artista tuvo
pronto término, falleciendo á mediados del año 1640, según apuntan los
más autorizados biógrafos.
Las obras de Juan del Castillo han sido estudiadas por los críticos con
atención é imparcialidad, diciendo uno de ellos, juzgando los méritos
del artista, que apesar del estilo que en la enseñanza recibiera,
«guiado por favorable inclinación, dióse á copiar el modelo vivo y á
estudiar la realidad, con lo cual mejoró su arte y dictó provechosas
reglas, siempre más á lo tocante al dibujo que al color, á sus
discípulos.»
En la historia de la pintura sevillana indica Castillo un gran paso de
adelanto, y puede decirse que dejó muy atrás á su hermano Agustín y aun
á su sobrino Antonio, también artista.
Contemplando los lienzos de Juan del Castillo y viendo aquel modo de
ejecutar un tanto frío y académico, viene enseguida á la memoria la
enseñanza que dió á Murillo, resaltando al punto cómo éste nada conservó
de su maestro, y haciéndose de un estilo propio, con el cual fundó una
escuela y del que tuvo tantos fervorosos admiradores.
El lienzo de la _Visitación_, el del _Nacimiento_ y los restantes que se
encuentran hoy en el Museo provincial, son, como ya indiqué, las
principales obras de Castillo, y aunque á ellas no dejan de poner
reparos los críticos, todos reconocen los méritos que indudablemente
tuvo su autor.
«No podemos llamar reaccionario en arte á Castillo--escribe
Sentenach--antes bien, dejándonos arrastrar con las corrientes que se
iniciaban, abandona el neo-clasicismo: pierde, inspirado por Herrera,
algo de la tirante corrección greco-romana; observa la naturaleza y
aunque con pocas fuerzas para elevarse á grandes alturas, desvía á sus
discípulos de los senderos trillados y los encamina por el que ha de
conducirlos á nuevas y encantadas regiones.»
Para terminar: el pintor sevillano no llegó á escalar la región
reservada á los genios; faltóle en primer lugar hondo sentimiento y
espíritu para sus obras; pero fué un artista en conjunto bien digno de
elogio por su obra general, y la dulce memoria que dejó como maestro de
Zurbarán, de Alonso Cano, de Murillo y de tantos otros hará siempre que
su nombre viva unido al de aquellos grandes hombres y la posteridad lo
respete.
UN ZAPATERO DE ANTAÑO