Con el transcurso de los tiempos, habiéndose alzado edificios desde la

Puerta de Triana al Postigo del Carbón, y construído de nuevo los

Malecones, se formó entre éstos y la orilla del río una alameda en la

que se plantaron cuatro filas de álamos, y que tomó el nombre de _paseo_

del Arenal.

Lo agradable de aquel lugar, la hermosa vista que desde él se

disfrutaba, y la animación que allí solía reinar por el movimiento del

puerto, hicieron que el paseo fuese de los predilectos del pueblo

sevillano y que disfrutara por largos años de gran boga.

En el plano de la ciudad que mandó hacer Olavide siendo Asistente de

Sevilla, figura ya indicada la Alameda del Arenal, y lo mismo en el que

en 1788 se publicó durante el mando de Lerena, pudiendo decirse que por

entonces era aquel terreno de los más concurridos de la ciudad.

Don Leandro Fernández de Moratín, que visitó á Sevilla por entonces, así

lo consigna, y otros escritores de la localidad hacen memoria en

diversos trabajos de lo ameno del paseo y de la multitud que á diario lo

frecuentaba.

Por los arrecifes cruzaban por las tardes lujosas carrozas y los

modestos asientos de ladrillo se veían siempre ocupados por un público

aristocrático que lucía sus más preciadas y ricas galas.

A la entrada del paseo se comenzó á fines del siglo XVIII á construir el

monumento llamado Triunfo de la Trinidad, que se elevó á instancias de

fray Diego José de Cádiz, y el cual monumento era obra de escasísimo

mérito, y fué derribada hacia la mitad del pasado siglo, sin haberse

llegado á terminar por completo.

No lejos del monumento, se encontraba la _Cruz de la Charanga_, nombre

éste que también se daba á uno de los álamos, el más corpulento y que

más sobresalía entre los allí plantados, y alrededor del cual se

formaban aquellas tertulias de desocupados de que habla don José Somoza

en sus _Recuerdos_ y en el artículo _El árbol de la Charanga_, donde

dice pintando lo agradable de aquel lugar: «...A la izquierda está el

_Paseo del Arenal_, paseo siempre concurrido; á la derecha el puente de

barcas y un dilatado horizonte azul, por el que se oculta el sol en su

occidente por entre una multitud de palos y velachos de embarcaciones

ancladas.»

Hacia 1808 se hicieron algunas reformas en el Arenal, con las que

ganaron en comodidad los paseantes, habiéndose por entonces llevado á

cabo varias obras en el puente allí inmediato, que cubría uno de los

brazos del arroyo Tagarete.

Punto como lo era el paseo del Arenal de amplitud y gran concurrencia,

cuando los días de la invasión francesa, lo escogieron las autoridades

imperiales para llevar á cabo no pocos espectáculos públicos, con los

que procuraban distraer al pueblo.

Allí el mariscal Soult pasó revista á las tropas, allí se quemaron

vistosos castillos de fuegos artificiales; hubo cucañas, carreras á

caballo por diestrísimos ginetes, conciertos de bandas militares,

iluminaciones y otros regocijos.

El paseo del Arenal, cuando en 29 de Agosto de 1812 penetraron en

nuestra ciudad los soldados españoles, fué teatro de sangrientas escenas

y de verdaderos rasgos de heroísmo, y algunos días después se enterró á

la entrada del paseo el coronel inglés Alejandro Ducan, que murió

violentamente, y cuyo sepulcro fué destruido por el populacho en 1816.

Volvieron para el paseo del Arenal días de esplendidez, transcurridos

aquellos años de la guerra, y en 1823, cuando Fernando VII visitó á

Sevilla, este monarca paseaba con gran frecuencia en carruaje por la

orilla del río, donde era objeto de no pocas manifestaciones de los

_absolutistas_. Y se dió el caso que, saliendo una tarde el rey de los

toros, á causa de haber intervenido en los desahogos de los _blancos_

algunos constitucionales, se promovió un feroz escándalo, en el que hubo

garrotazos, carreras y no pocos heridos.

Con motivo de otras visitas de reyes se ha adornado después de 1823 el

paseo del Arenal, alzándose en él graciosos arcos de follajes y vistosos

transparentes.

Habiendo el Asistente Arjona derribado el murallón de la Torre del Oro y

edificádose el Salón de Cristina, comenzó el público elegante y

aristocrático á abandonar el viejo Arenal; llevado de las novedades y

atractivos que el nuevo sitio de esparcimiento y recreo le ofrecía.

Este abandono fué en aumento después de 1834, y como quiera que por las

autoridades locales se olvidó por completo el adorno y cuido de aquella

alameda, desaparecieron de ella los antiguos árboles que le prestaban

agradable sombra, los primitivos asientos y los aguaduchos donde tan

animadas tertulias se formaban.

Por los alrededores del Arenal se veía en los buenos tiempos del paseo

muy variados tipos y personajes callejeros, no faltando nunca por las

tardes, los _chiquillos de la candela_ que, provistos de mecha, ofrecían

lumbre á los transeúntes fumadores; los viejos que exhibían á golpe de

tambor las sorprendentes vistas de la _máquina óptica_, los vendedores

de confites, los maestros de esgrima que acudían á la palestra pública,

y para que nada faltase á aquel cuadro, era frecuente ver en los

Malecones ó frente á la Resolana de la Caridad ó al pie del Triunfo,

algunos frailes misioneros que escogían aquellos puntos para predicar,

como ocurría al célebre padre _Verita_.

Una nota característica ha conservado hasta nuestros días y conserva

actualmente el Arenal: refiérome al mercado que allí se establece en el

mes de Diciembre y que se ve tan concurrido el día de Nochebuena y los

sucesivos de Pascua.

Álzanse entonces, en lo que fué frondosa alameda, puestos de juguetes y

de frutas, sin que en manera alguna falten los instrumentos populares,

característicos de los citados días, siendo grande el concurso que acude

al Arenal á llevar á cabo las indispensables compras de pavos, nueces,

castañas, turrones y todos los comestibles _del ritual_.

Para concluir, el Arenal en su aspecto más triste, ya que hemos

recorrido á la ligera su historia, es cuando el Guadalquivir se desborda

y la ciudad se ve amenazada con los peligros de las inundaciones que

tantos estragos han causado en todos los tiempos. Entonces cubren las

aguas el viejo paseo, y aquel lugar tan ameno y agradable presenta un

cuadro imponente, cuadro que no es necesario describir, pues hartas

veces lo han presenciado por desgracia los sevillanos.

El viejo Arenal lleva hoy el nombre de Paseo de Colón, nombre que se le

dió en 1892, cuando las fiestas del centenario del descubrimiento de

América. De su pasado, de sus días de esplendor, no queda ya más que el

recuerdo.

JUANILLO HERNÁNDEZ

La reforma luterana que apareció en Sevilla á mediados del siglo XVI

propagóse en la ciudad de un modo rapidísimo, y tuvo infinitos adictos,

personajes, en su mayoría, de posición y de talento, como lo fueron

Rodrigo de Valer, el doctor Egidio, el doctor Constantino Ponce de la

Fuente, el prior de San Isidro del Campo, García Arias, el padre

Arellano, Ponce de León, el médico Losada, fray Casidoro de Reina,

Fernando de San Juan y otros cientos, cuya enumeración sería enojosa.

De entre todos aquellos primeros protestantes, he de recordar á uno que

tiene no poco relieve y á quien por su actividad y el género de

propaganda á que se dedicaba, debióse singularmente la propagación de

la doctrina de Lutero.

Llamábase Julián Hernández y se le conocía por _Julianillo_, era mozo

astuto y ardientísimo partidario de la reforma, con lo cual puede

suponerse el contacto frecuentísimo y estrecho en que estaba con todos

los iniciados.

Bien por comisión ó bien de propia iniciación llevó Hernández á cabo una

empresa que, por ser entonces en extremo arriesgada, tal vez se confió á

él como más listo y astuto.

Ansiaban los protestantes sevillanos poseer escritos propagadores de la

nueva doctrina, que á cientos se publicaban en Alemania y los Países

Bajos; y como la posesión de los tales libros y su introducción en

España era dificilísima, pensaban en mil modos para burlar á la

Inquisición, que tenía puesta toda su atención en la reforma para

aniquilarla.

Julianillo Hernández partió en 1556 de Sevilla y recorrió los

principales focos del luteranismo, poniéndose en relaciones con los

principales apóstoles del protestantismo y dirigiéndose después á

Ginebra, donde residió algunos meses.

En esta ciudad adquirió ejemplares de los libros más famosos que se

habían dado por los reformadores, y ya dueño de ellos, puso en práctica

el ingenioso medio que discurrió para introducirlos en España y traerlos

á Sevilla.

A este efecto, disfrazóse perfectamente de arriero, y previniendo dos

grandes toneles, fabricados de intento, los llenó con los numerosos

volúmenes adquiridos, emprendiendo su viaje de regreso.

En 1557, Julianillo Hernández llegaba á Sevilla: con su carga, había

atravesado la península entera sin que ni justicia ni persona alguna

sospechase que en aquellos dos toneles iban las armas más poderosas

contra la religión del Estado, y que tanto efecto iban á producir.

Cuando los protestantes sevillanos tuvieron conocimiento de la llegada

de Julianillo, inmediatamente acudieron con gran cautela á ocultar el

cargamento, siendo repartidos los libros en el monasterio de San Isidro

del Campo, en casa de don Juan Ponce de León y en la de la dama doña

Isabel de Baena, ardiente protestante, en cuyo domicilio se reunían con

frecuencia los luteranos.

Merced al ingenio de _Julianillo_, pudieron los reformadores entregarse

á las lecturas que tanto deseaban, comenzando entonces el mozo á

repartir volúmenes cautelosamente, siendo menos afortunado en esta

empresa, pues por ello vino su perdición y la de infinidad de

protestantes.

Un ejemplar del libro titulado _Imagen del Antichristo_, lo vío una

mujer que tenía algún vago conocimiento de lo que pasaba y denunció á la

Inquisición el foco protestante, cayendo el tribunal entonces

rápidamente sobre el asunto, y en poco tiempo fueron encerrados en el

castillo de Triana más de 800 luteranos, que no tardaron en perecer en

la hoguera y en el garrote.

Sin tiempo para ponerse á salvo, cayó _Julianillo_ también en las garras

del Santo Oficio, y después de doce meses de prisión, el 22 de Diciembre

de 1560 salió con el auto de fe, siendo quemado vivo en unión de 34

protestantes más, entre los que se hallaban doña Ana de Rivera, doña

Francisca Ruíz, doña Francisca de Chaves, monja de Santa Isabel; María

Gómez, Leonor Núñez, sus tres hijas Elvira, Teresa y Lucía; doña

Catalina Sarmiento, doña María y doña Luisa Manuel, y fray Diego López,

fray Barnardino Valdés, fray Domingo Churruca, fray Gaspar de Porres y

fray Bernardo de San Jerónimo, de alguno de los cuales haré más

adelante especial mención.

SANTA TERESA EN SEVILLA

La célebre abulense doña Teresa Sánchez Cepeda, cuyos escritos místicos

son tan famosos y á quien la iglesia colocó en los altares en 1622, bajo

el nombre de Santa Teresa de Jesús, visitó durante su vida á Sevilla,

para fundar un convento en nuestra población, permaneciendo en ésta

desde el 26 de Mayo de 1575 hasta el 4 de Junio de 1576.

Llegó, pues, el citado día la madre Teresa de Jesús, acompañada de seis

monjas, sus compañeras, instalándose provisionalmente en una modesta

casa de la calle de las Armas, en la cual estuvieron viviendo con gran

estrechez y miseria, siendo al principio socorridas por una señora

llamada doña Leonor de Valera, y más tarde por el prior de la Cartuja,

que influyó á favor de las religiosas con otras personas de algún

valimiento.

Allí pasó la madre Teresa de Jesús algunos meses sin que pudiera, según

eran sus propósitos, adelantar «gran cosa en la fundación del convento,

y aunque contó con el apoyo de algunos que le fueron afectos y le

auxilió mucho en sus trabajos» D. Lorenzo Sánchez Cepeda, su hermano,

que á la sazón vino de Indias, costóle gran trabajo encontrar casa más

espaciosa para instalarse.

Dió al fin la fundadora con un edificio en la calle de Pajería, hoy

Zaragoza, y á propósito de éste escribe en una de sus cartas:

«No se pasó poco para pasarnos á ella (á la nueva casa) porque quien la

tenía no la quería dejar. Los frailes franciscos, como estaban juntos,

vinieron luego á requerirnos que en ninguna manera nos pasásemos é

ella.»

Ya en la nueva casa, la actividad de la madre Teresa de Jesús, hizo que

se habilitase lo mejor que se pudo, contando con algunos fondos y

aumentándose la comunidad; pero entonces comenzaron á levantarse

calumnias contra la fundadora, intimándola el padre Salazar para que no

hiciese más fundaciones; y denunciándola por entonces á la Inquisición

como sospechosa de herejía, ilusiones, falsa devoción y revelaciones

imaginadas, una beata que había vivido en la recién fundada casa

religiosa, ayudada por un clérigo de quien dice fray Diego de Yepes que

era «hombre hipocondríaco, escrupuloso, ignorante y expuesto al error.»

Siguióse el proceso contra la madre Teresa de Jesús, pasando á

interrogarla á su casa los inquisidores, llevando con gran ruído los

jueces á caballo, notarios, alguaciles y familiares, y después de largo

tiempo, la Inquisición mandó que el expediente se suspendiese, quedando,

sin embargo, la fundadora obligada á presentarse ante el tribunal de

Sevilla siempre que éste lo reclamase.

Estando en nuestra población la célebre hija de Avila, fué retratada por

el napolitano Juan de Narduck, que había sido discípulo de Coello y que

á la sazón era religioso lego conocido con el sobrenombre de _fray Juan

de la Miseria_, conservándose hoy este retrato en el convento de

carmelitas de San José, y el cual, si no es una perfecta obra de arte,

es por lo menos, el más auténtico retrato que existe de la reformadora.

La casa que ésta habitó en Sevilla túvola en gran estima y de ella

escribía que «no la había mejor ni mejor puesta. Paréceme que no se ha

de sentir en ella el calor. El patio parece hecho de alcorza.»

En 27 de Mayo de 1576 celebróse en aquella casa una gran fiesta

religiosa, á la que asistió el arzobispo, fiesta que la misma fundadora

describió con muchos pormenores, y algunos días después salió de la

ciudad, dirigiéndose á Castilla, donde prosiguió sus fundaciones.

Aquel edificio que la mística escritora habitó en Sevilla en la calle

Pajería, fué convento hasta 1588, y el año 1882 el edificio, que se

había conservado casi como estuvo en el siglo XVI, fué derribado,

colocándose después en el que se levantó sobre su área, una lápida en la

fachada que recuerda la fundación de la madre Teresa de Jesús y su

estancia en nuestra ciudad.

UN PONCE DE LEÓN

El noble caballero sevillano don Juan Ponce de León, hijo de don

Rodrigo, conde de Bailén, fué, como ya he indicado anteriormente, uno de

los más decididos y ardientes partidarios que la reforma luterana tuvo

en Sevilla en el siglo XVI, y predilecto discípulo del doctor Egidio.

Su elevada posición social, su ilustración y el importante papel que

hacía en la sociedad sevillana, contribuyeron poderosamente á que su

propaganda en favor del protestantismo le diera muchos resultados,

logrando, durante bastante tiempo, que ni á las autoridades

eclesiásticas ni á las seculares trascendiera su conducta, apesar de la

actividad que éstas desplegaban para destruir y aniquilar cuanto en

Sevilla tuviera sospecha siquiera de luteranismo.

Fué al fin descubierto en 1558, con otras muchas importantes personas,

que pagaron con sus vidas en las hogueras, y permaneció antes largos

meses preso, siendo al fin condenado por el tribunal odioso.

La sentencia dada contra Ponce de León es un documento bastante curioso,

del cual existe una copia manuscrita en la _Colección de Papeles del

conde del Aguila_ del Archivo municipal, y de ella reproduciré la parte

más interesante, que dice así:

«... Atentos los autos y méritos de este proceso, que dicho fiscal probó

bien y cumplidamente su acusación y querella: damos y pronunciamos su

intención por bien probada, y que el dicho don Juan Ponce de León no

probó cosa alguna que le pudiese relevar. Por ende: debemos declarar y

declaramos al dicho _Juan Ponce_, haber sido y ser _hereje, apóstata,

luterano, dogmatizador y enseñador de la dicha secta de Lutero_ y sus

secuaces: hallándose en algunos ayuntamientos y conventículos con otras

personas secretamente, á donde se trataba de la dicha maldita secta y

sus errores, en grandísima ofensa de Dios Nuestro Señor y de su Santa Fe

católica y Ley evangélica, y haber sido justo y disimulado confitente, y

que las confesiones que hizo fueron más por reservar la vida que por

salvar el alma, y por ello haber caído é incurrido en la Sentencia de

Excomunión mayor, y estar ligado de ella y en todas las otras penas en

que caen é incurren los tales herejes, luteranos, dogmatizadores y

enseñadores de nueva secta y errores que, á título de cristianos, hacen

y cometen semejantes delitos; y en confiscación y perdimiento de _todos

sus bienes_, en los cuales le condenamos y aplicamos á la Cámara y Fisco

de S. M. desde el tiempo que cometió dichos delitos á esta parte, cuya

declaración en nos reservamos. Otrosí: relajamos la persona de dicho

_Don Juan Ponce de León_ á la Justicia y Brazo seglar, y especialmente

al muy magnífico señor Licenciado Lope de León, Asistente por S. M. en

esta ciudad y á sus lugares tenientes en el dicho oficio, á los cuales

muy afectuosamente rogamos que se hagan benigna y piadosamente con el

dicho _don Juan_, y porque el delito de la heregía es tan gravísimo que

no se puede buenamente punir ni castigar en las personas que lo cometen,

y las penas se extienden á _sus descendientes_: por ende declaramos sus

_hijos y nietos_ de dicho don Juan Ponce por línea masculina sean

_inhábiles para poder tener cualquier oficio público, ó de honra, ó

beneficios eclesiásticos_, y que no pueden usar de las otras cosas

prohibidas á los hijos y nietos de los semejantes condenados así por

dicho común, Leyes y Pragmáticas de estos Reinos como por institución

del Santo Oficio, las cuales habemos aquí por expresadas: y por esta

nuestra sentencia juzgando así lo pronunciamos y mandamos en estos

escritos y por ellos.--_El Obispo de Tarazona.==El Licenciado Andrés

Gasco.==El Licenciado Carpio.==El Licenciado Juan Obando._»

El 24 de Septiembre de 1559 se celebró el auto de fe en que salió don

Juan Ponce de León: después de relajado y entregado al brazo secular, se

le dió garrote y se consumió su cuerpo en el _Quemadero_ del prado de

San Sebastián, con otros de los más señalados protestantes sevillanos.

JUAN DEL CASTILLO

El haber sido el pintor sevillano Juan del Castillo maestro de artistas

que tanto renombre y gloria alcanzaron, como Murillo, Zurbarán, Alonso

Cano y Pedro de Moya, ha hecho que su nombre sea por esto citado más que

por las obras que dejó á la posteridad, dignas de elogio, ciertamente,

no pocas de ellas.

Hermano de otro pintor también, Agustín del Castillo (1565-1626), nació

Juan en el año de 1584, siendo desde muy joven manifiesta su inclinación

por el dibujo, que aprendió bajo la dirección de Luis Fernández, en

cuyos lienzos censúrase la escasa frescura y la pobreza de colorido.

Juan del Castillo pintó multitud de cuadros en su juventud, la mayoría

de los cuales se han perdido hoy, y que le atrajeron general estimación,

pues apartándose de las reglas que su maestro le indicara, dió un gran

paso para destacar su personalidad.

Demostrando grandes condiciones para la enseñanza, á Castillo acudieron

no pocos discípulos, siendo su academia la que más frutos obtuvo para el

arte, de aquellas otras que tenían en sus talleres el clérigo Roelas,

Herrera _el Viejo_ y Francisco Pacheco.

A la academia de Castillo acudió cuando contaba doce años, en 1630,

Bartolomé Murillo, llevado al estudio por cercano pariente, no faltando

algunos autores que apunten que el luego celebérrimo artista sevillano

era sobrino de su maestro.

En abril de 1611, Castillo, vecino á la sazón del Salvador, se recibió

de hermano de la _Doctrina Cristiana_, como hombre devoto que era,

habiendo noticias de que en años después hizo un viaje á Granada, donde,

según _Arana de Varflora_, «hizo algunas pinturas y en ellas se conoce

su manera de pintar, que era fresca y pastosa.»

Para el convento de Monte Sión ejecutó Castillo, de vuelta en su ciudad

natal, catorce lienzos, siendo este templo el que llegó á reunir más

producciones del pintor objeto de estas líneas.

En el altar mayor dejó una _Asunción_, _La Visitación de Santa Isabel á

la Virgen_, _La Encarnación_, _El Nacimiento de Jesús_, _La Adoración de

los Reyes_, los cuatro doctores de la Iglesia, San Buenaventura y un

crucificado, y en otros retablos las imágenes de Santo Domingo, Santo

Tomás y San Vicente Ferrer.

De estos cuadros, que permanecieron en dicho convento hasta 1810, fueron

algunos, tras bastante tiempo, llevados al Museo Provincial, donde en la

actualidad se encuentran, á más de dos medios puntos en tabla que

representan á San José y el Niño trabajando, y la muerte del mismo

santo.

Estos citados son los más notables cuadros de Juan del Castillo, y en

los que pueden apreciarse por completo sus méritos y su estilo de

pintura, debiendo citar aquí también otras obras como las siguientes,

que conservaron varios particulares y elogió Amador de los Ríos en 1844

cuando dió á luz su libro _Sevilla pintoresca_.

D. Manuel López Cepero poseía una _Asunción_ y una _Sagrada Familia_;

don Pedro García, un lienzo de los _Desposorios de la Virgen_, en

figuras de tamaño natural, un _San Miguel_ y un _Ángel de la Guarda_, y

el señor Suárez de Urbina un _San Pedro_ y un _San José con Jesús_,

cuadro este último de pequeñas dimensiones.

De otras pinturas de Juan del Castillo se han perdido no pocas, que

fueron celebradas en su tiempo y de las cuales sólo la memoria queda.

Con su academia muy concurrida de discípulos, continuó el maestro

residiendo en Sevilla hasta 1639, año en que, por motivos que ignoro, se

trasladó á Cádiz, donde fijó su residencia.

Allí ejecutó también algunos lienzos, pero la vida del artista tuvo

pronto término, falleciendo á mediados del año 1640, según apuntan los

más autorizados biógrafos.

Las obras de Juan del Castillo han sido estudiadas por los críticos con

atención é imparcialidad, diciendo uno de ellos, juzgando los méritos

del artista, que apesar del estilo que en la enseñanza recibiera,

«guiado por favorable inclinación, dióse á copiar el modelo vivo y á

estudiar la realidad, con lo cual mejoró su arte y dictó provechosas

reglas, siempre más á lo tocante al dibujo que al color, á sus

discípulos.»

En la historia de la pintura sevillana indica Castillo un gran paso de

adelanto, y puede decirse que dejó muy atrás á su hermano Agustín y aun

á su sobrino Antonio, también artista.

Contemplando los lienzos de Juan del Castillo y viendo aquel modo de

ejecutar un tanto frío y académico, viene enseguida á la memoria la

enseñanza que dió á Murillo, resaltando al punto cómo éste nada conservó

de su maestro, y haciéndose de un estilo propio, con el cual fundó una

escuela y del que tuvo tantos fervorosos admiradores.

El lienzo de la _Visitación_, el del _Nacimiento_ y los restantes que se

encuentran hoy en el Museo provincial, son, como ya indiqué, las

principales obras de Castillo, y aunque á ellas no dejan de poner

reparos los críticos, todos reconocen los méritos que indudablemente

tuvo su autor.

«No podemos llamar reaccionario en arte á Castillo--escribe

Sentenach--antes bien, dejándonos arrastrar con las corrientes que se

iniciaban, abandona el neo-clasicismo: pierde, inspirado por Herrera,

algo de la tirante corrección greco-romana; observa la naturaleza y

aunque con pocas fuerzas para elevarse á grandes alturas, desvía á sus

discípulos de los senderos trillados y los encamina por el que ha de

conducirlos á nuevas y encantadas regiones.»

Para terminar: el pintor sevillano no llegó á escalar la región

reservada á los genios; faltóle en primer lugar hondo sentimiento y

espíritu para sus obras; pero fué un artista en conjunto bien digno de

elogio por su obra general, y la dulce memoria que dejó como maestro de

Zurbarán, de Alonso Cano, de Murillo y de tantos otros hará siempre que

su nombre viva unido al de aquellos grandes hombres y la posteridad lo

respete.

UN ZAPATERO DE ANTAÑO

Cosas nuevas y viejas (apuntes sevillanos) · 第 3 / 18 段