oposiciones de Magisterio y Ración de la Catedral de Málaga, donde se
presentaron seis opositores, entre los que el músico sevillano obtuvo la
primera plaza.
«Preparado ya para partir á Málaga--dice un biógrafo--el cabildo, que
deseaba tenerlo á toda costa y mejorar su posición, decidió que el
muestro Pedro Fernández, á quien Guerrero llamaba el _maestro de los
maestros españoles_, fuese jubilado con la mitad de la renta: que sus
funciones fuesen desempeñadas por Guerrero, que recibiría la otra mitad,
conservando al mismo tiempo su sueldo de cantor, y teniendo opción al
Magisterio con todo su sueldo á la muerte de Fernández, que no aconteció
hasta veinte y cinco años más tarde.»
En su plaza continuó Guerrero hasta 1575, siendo por esta época ya muy
apreciado de todos los amantes de la música que entonces vivían en
Sevilla y entre los cuales los había bien inteligentes. A más las
composiciones del maestro eran ya muy numerosas, y entre ellas se
contaban dos fragmentos del _Miserere_ que había remitido á la capilla
pontificia.
Deseaba desde hacía muchos años Guerrero hacer un viaje á Jerusalén, y
el año 1588 se le ofreció ocasión para llevarlo á cabo. El arzobispo de
Sevilla, don Rodrigo de Castro, se dispuso á pasar á Roma y llevó
consigo al maestro, que de allí pensaba dirigirse á Tierra Santa.
Partió, pues, de Sevilla; mas como quiera que el arzobispo determinó
detenerse en Madrid algunos meses, Guerrero, con la anuencia del
prelado, salió para Italia, llegando á Génova, y luego en Venecia se
dispuso dar á las prensas muchas de sus composiciones; y encargando del
cuidado de esta impresión á Zarlino, se embarcó en un navío, que
recorrió las costas italianas, y pasando por Dalmacia, Esclavonia,
Albania y Zanthe, al fin desembarcó en Jaffa. Acompañó á Guerrero en su
viaje un discípulo muy querido suyo, y al regreso después de no pocas
vicisitudes, escribió un relato de la expedición que fué impreso en 1592
con el título de _Viaje á Jerusalén que hizo Francisco Guerrero
Racionero y maestro de capilla de la Santa Iglesia de Sevilla_, obra de
la que se han hecho varias ediciones.
En 1597 se cita que se publicó en Venecia una obra musical del maestro
sevillano en seis tomos, y cuyo nombre es _Molecta, Francisco Guerrero
in Hispalensi ecclesia musicorum, etc., etc._
A las noticias hasta ahora conocidas de la vida del maestro Guerrero,
puedo añadir otra que ofrece cierta curiosidad y que consta en los
libros de acuerdos del Cabildo Catedral de Sevilla, noticias que
galantemente me ha proporcionado el señor Gestoso.
Según se lee en los citados acuerdos, en 1566 se concedió cierta
licencia á Guerrero, en 29 de Enero de 1578 se mandó que se le dieran
cincuenta ducados al mes, en 1582 se hace referencia á que se encontraba
en Roma, y en 1586 en cabildo de 24 de Septiembre se trató de la
jubilación del famoso músico.
En 1588 se mandó que los libros que presentó el maestro Guerrero en
cabildo, se encuadernasen en becerro y pasaran al Archivo, acordándose
años después, en 23 de Julio de 1593, se abonasen al maestro 2.400
reales del _libro de canto de órgano_ que había presentado.
Dos años antes de esta fecha, en 1591, á causa de las deudas que
Guerrero había contraído en Roma, fué detenido en Sevilla, como así se
lee en el acuerdo de 21 de Agosto, en el que para tratar del asunto, se
habla del dinero «que debe de Roma, por lo que está preso y mandado
llamar para ver lo que en ello se haga y se traiga relación de lo que le
daban en tiempo de Farfán al maestro Guerrero, de más de media ración.»
Otro documento también me ha facilitado el señor Gestoso, que figura en
su colección de autógrafos, y el cual lleva la fecha de 1569, siendo un
poder otorgado por Guerrero á dos canónigos para cobrar 261 gallinas que
le cupieron en dicho año de la ración de que gozaba en la iglesia
Catedral.
Consagrado el artista sevillano al desempeño de su cargo y á la
composición de sus obras, querido y estimado de todos y recibiendo con
frecuencia no pocas pruebas de distinción de personas encumbradas,
falleció en la ciudad que le vío nacer el 8 de Noviembre de 1599, si
bien otros autores señalan la fecha de 1600.
Guerrero fué sepultado en la capilla de la Antigua de la Catedral,
poniéndose por orden del Cabildo una muy laudatoria inscripción en su
sepulcro.
Muchas son las obras musicales que dejó Guerrero, y de ella citaré las
que da noticias La Foge, que son entre otras, á más de seis misas
(1565), las impresas con los títulos _Magníficat quatuor vocum_, _Il
secondo libro di Messe_ (1584), _Il primo libro di salmi á quattro_,
_Hymnorum in Hispalensi eclesiæ tantum cani, solita, &. &._
Al pintor y literato Francisco Pacheco, amigo de Guerrero, se deben las
primeras noticias biográficas que del compositor sevillano se conocen.
Pacheco en su libro de los _Verdaderos retratos_, que lleva en la
portada la fecha de 1599, escribió un caluroso elogio del maestro con
noticias muy curiosas sobre su vida y de una autenticidad indudable, y á
más dibujó el retrato que allí aparece y que es de los mejores
ejecutados de la colección.
«Francisco Guerrero--escribe su coetáneo y amigo--fué el más diestro de
su tiempo en el arte de la música; escribió de ella tanto, que
considerados los años que vivió y las obras que compuso, se hallan
muchos pliegos para cada día, y esto las de mano; su música es de
excelente sonido y agradable trabazón; compuso muchas misas, salmos,
etc.»
A más de Pacheco, elogió también al compositor hispalense, entre otros
poetas, Vicente Espinel, quien dijo de él
«...que si en la ciencia es más que todos diestro,
es tan grande cantor como maestro.»
Dando todas estas opiniones á conocer que los méritos de aquel hombre no
fueron ciertamente ignorados para sus coetáneos, como con otros muchos
ha ocurrido, á quien la posteridad ha tenido luego que vindicar.
La música de Guerrero tiene, como dice un crítico, «devoción, gravedad y
corrección», y la Catedral de Sevilla puede honrarse con haber tenido un
varón de tan relevantes méritos entre los muchos que puede citar.
Eslava admiraba grandemente las composiciones del músico del siglo XVI,
y de él hizo repetidos elogios siempre, habiendo investigado con fortuna
sobre los pormenores de la vida del maestro á quien he dedicado un
recuerdo con estos ligeros apuntes.
LOS ESCLAVOS DE SEVILLA
El número de infelices esclavos berberiscos, mulatos y negros que
existían en Sevilla en los siglos XVI y XVII, era bastante considerable
y apenas había familia regularmente acomodada que no tuviese á su
servicio dos ó más de ellos, hombres, mujeres ó muchachos, entregados al
servicio doméstico, ó bien á duros trabajos manuales, con escasa
humanidad de sus amos.
La vida de aquella gente era en extremo aflictiva y como si no fuera
poco lo que los dueños en ellos ejecutaban, las autoridades cuidaban muy
altamente de refrenar en todo cualquiera de sus expansiones.
Curiosísimo es el bando que en 1569 hizo publicar la ciudad sobre los
esclavos, confirmando una ordenanza, cuyo documento se conserva en el
Archivo Municipal en la Colección de _Papeles Importantes_, tomo I.
Este escrito, que es un verdadero cuadro de costumbres, revela la
situación de aquella clase infeliz, así como no deja de tener su
pincelada que retrata una sociedad acerca de la cual tanto se ha
falseado.
Dice así el bando:
«En la muy noble e muy leal ciudad de Seuilla, Viernes quatro días del
mes de Nouiebre, de mil e quinientos y sesenta y nueve años, estado
ayutados en las casas dl cabildo desta ciudad, según que lo han de vso y
costumbre, el muy magnífico señor Doctor Juan de Lieuana, Theniente de
Assistente, y algunos de los señores Regidores, e Jurados della, en el
dicho Cabildo, fue vista y leyda vna ordenança fecha por los señores
Fieles Executores desta ciudad, su thenor de la qual, y de lo que la
ciudad en razon dello passo, y de ciertos autos de pregones que estan al
pie de lo proveydo por la dicha ciudad es esto que se sigue:
Por quanto en esta ciudad ay muchos negros, y negras, y moriscos, y
moriscas que son esclauos y esclauas captivas: y con las ocasiones que
ay en ellas de tauernas y bodegones se entran en ellas á comer, y beuer,
y se emborrachan, y hazen mal acondicionados, y soberuios, y borrachos,
y hazen y cometen delitos que todo redunda en daño y perjuyzio de sus
amos: por que gastan sus haziendas en librarlos de las trauesuras y
delictos que hazen, y no son en prouecho para seruir: y lo que es peor,
que como los dichos esclauos se hazen tan á vizios e viciosos con la
ocasión de las dichas tauernas e bodegones que toman y hurtan á sus
dueños dineros y ropas, hasta las mantas y aderezos de los cauallos y
mulas, y lo que hallan en sus casas y aun se estienden á hazer otros
hurtos, todo para comer y beuer en las tabernas y bodegones y los mismos
tauerneros y bodegoneros, y sus mugeres e hijas, e personas que tiene en
las tauernas y bodegones se lo compran y toman empeñado, y en prendas
del dinero que dan sobre ellas, á los dichos esclauos y esclauas por el
vino y comida que les da. Y como pasa esto entre los esclauos y el
tauernero y bodegonero, no se pueden aueriguar los dichos hurtos: e todo
ello redunda en daño y perjuycio de los señores de los dichos esclauos.
Y como cosa que toca tanto al bien, y pro comun de la republica desta
ciudad, e vecinos e moradores della, y de su tierra. Nos los fieles
Executores desta ciudad y su tierra: con acuerdo del muy magnífico señor
Licenciado Arriola, executor de la vara della. Ordenamos y mandamos que
ningún tauernero, bodegonero, ni mesonero, ni ventero, ni personas que
guisan y dan de comer en esta ciudad y su tierra, y jurisdicion,
arrabales, ni Triana, no acojan en sus casas, tauernas, ni bodegones á
los dichos esclauos ni esclauas, negros ni blancos: ni les den de comer,
ni beber en ellas publica ni secretamente, pan, ni vino, ni carne ni
otros mantenimientos algunos, sino lleuare _cédula_ del amo cuyo fuere,
diziendo que por andar á jornal el tal esclauo, o esclaua, no come en su
casa, ni sean osados de venderles pan, ni vino, ni carne, ni pescado, ni
otro mantenimiento alguno, ni compren, ni reciban dellos prendas algunas
vendidas, ni empeñadas, ni para guardarselas, aunque digan que son
suyas, ni les den pan, ni vino, ni bastimentos sobre ellas, sopena quel
tauernero, bodegonero, guisandero, y ventero, y mesonero, o persona que
tenga camas que fuere y passare contra lo contenido en esta ordenança, o
contra cosa alguna, o parte della, cayga en pena de mil marauedis y diez
dias de carzel por la primera vez, e por la segunda la pena doblada, y
sea traydo á la verguença publicamente: e por la tercera vez le sean
dados cien açotes, y sea desterrado desta ciudad y su tierra e
jurisdicio por tiepo de quatro años: y que los dichos bodegoneros,
tauerneros, mesoneros, ni venteros, y personas que dan camas, y guisan
de comer, no se puedan escusar, ni escusen que no sabian que los dichos
esclauos y esclauas eran captiuos: y que los dichos esclauos y esclauas
les dixeron que erran horros. E pedimos e supplicamos al muy Ilustre
Cabildo y regimieto desta ciudad que cofirmen y aprueuen estas ordenança
y la apregonen publicamente. Alonso Nuñez, García de León, Diego Nuñez,
don Juan de Torres Ponce de León, Joan de Almonacir escriuano...»
En la citada fecha de 1569 fué confirmado aquel acuerdo, no tardando
luego en venir en años sucesivos, otras y otras órdenes, bandos y
disposiciones que estrechaban más la situación de los esclavos.
Sin embargo, con ser tan penosa ésta se empeoró con el tiempo, y en el
siglo XVII, la católica majestad de Felipe IV dío orden en 1637 para
que, de todos los de Sevilla, se formase un registro y conforme á él
fueran recogidos de casa de sus amos y se llevasen á la cárcel real, de
donde pasarían luego nada menos que á remar á las galeras.
El 22 de Abril, se pregonó en nuestra ciudad esta orden del monarca,
causando gran pánico en los esclavos, pues tan dura era y tan estrecha,
que en el pregón entraban todos los varones, _incluso los niños de
pecho_, y así fué que los desgraciados, al saberla, procuraron ocultarse
con sus mujeres é hijos, protegidos, como era natural, por los amos.
Mandó el rey de Madrid para ejecutar la orden de aprehender á los
esclavos, á un alcalde de casa y corte, llamado don Pedro Amesqueta, el
cual era hombre que, abusando de los poderes de que estaba revestido,
ejecutó su comisión de la manera más violenta y usando de los
procedimientos más duros y arbitrarios.
A mediados de 1637 habían ya llegado á Sevilla presos multitud de
esclavos de los pueblos de la provincia, los cuales fueron en 24 de
Agosto embarcados y conducidos á Cádiz, donde los llevó á Levante para
remar en las galeras, y otros muchos salieron de nuestra ciudad á pie,
siendo conducidos á Cartagena.
Mas no quedó aquí ni con mucho el asunto, pues sabiendo Amesqueta que
aún era grande en Sevilla el número de esclavos ocultos por sus amos,
comenzó á echar á éstos fuertes multas para que los denunciasen, como
ocurrió á una mujer de Pilas, á quien por habérsele huido una esclava le
hicieron pagar 300 ducados, y al Veinticuatro Torres que tuvo que
aflojar 400 y verse envuelto en un proceso.
Largo tiempo siguió la cuestión de la caza de esclavos en Sevilla,
tomando cada día más grave aspecto en todo el año de 1638, y las
_Memorias sevillanas_ dan cuenta en el 1639 de esta noticia que no deja
de ser interesante el reproducirla:
«El Asistente hizo notificar á los dueños de los esclavos que los
entregasen para las galeras. Al principio tomaban uno de quien tenía
dos: después vino otra orden y no dejaban ninguno y prendían cuantos se
encontraban porque se escondieron todos. Esto fué á principios de Mayo
de este año de 1639, y á 18 de él _llevaron con colleras_ á embarcar
para Sanlúcar ó el Puerto, 102 esclavos, negros, mulatos y berberiscos,
con gran lástima y más de los casados, cuyas mujeres hacían mil
extremos. Después se fué apretando á los dueños de los escondidos con
penas de mil y dos mil ducados, que por no pagarlos fueron entregando
muchos y todos los llevaron.»
Tal fué el inhumano procedimiento que aquellos piadosos varones del
siglo XVII seguían con sus esclavos, á quienes tanto maltrataban y en
contra de quienes encima levantaron mil calumnias, y condenaron á remar
en galeras, como premio á los servicios que habían prestado.
No he de citar éstos, pero sí mencionaré el caso que registra la crónica
de un esclavo que, habiendo huído, don Pedro Amesqueta prendió á su amo
y le echó una fuerte multa, lo cual, sabido por el berberisco, que
berberisco era, se presentó voluntariamente para que su dueño fuese
puesto en libertad, acto que tanta impresión produjo, que la dura
justicia de entonces se vió obligada á usar alguna vez de la clemencia y
dejó libre al dueño, y al infeliz también le puso en libertad.
JUAN DE SALINAS
Hijo de Logroño han creído algunos biógrafos á este poeta sevillano, á
causa de haber residido en aquel punto durante su infancia y ser su
padre natural de la Rioja.
Llamóse éste Pedro Fernández Salinas, fué hombre de desahogada posición
y contrajo matrimonio en Sevilla con doña María de Castro, habiendo de
este enlace cuatro hijos, entre ellos á Juan de Salinas, que vino al
mundo en la capital de Andalucía, el 24 de Diciembre de 1559.
Viudo el padre del futuro poeta, trasladóse á Logroño llevándose consigo
á sus hijos, y Juan, en edad conveniente, comenzó sus estudios, cursando
el latín y siendo enviado más tarde á Salamanca, donde estudió cánones y
leyes, y donde se graduó al fin de doctor.
No veía Salinas gran porvenir para él en el estado seglar y así se
decidió por el eclesiástico, haciendo un viaje á Florencia, punto en que
residía un su hermano, y á Roma, donde permaneció algún tiempo, y
consiguió del Papa una canongía en Segovia, que sirvió ya de sacerdote,
según apuntan sus biógrafos.
Después de haber sufrido una grave enfermedad que puso en peligro su
vida, y muerto su padre, Juan de Salinas se dispuso á regresar á España,
permaneciendo cuatro años en Segovia y fijando al cabo su residencia en
Sevilla, de donde por tan largo tiempo había faltado.
Era á la sazón arzobispo don Pedro de Castro y Quiñones, quien haciendo
aprecio de los méritos del doctor Salinas y teniéndole personalmente en
gran estima, le ofreció una canongía á la que éste renunció por causas
que se ignoran.
Pasado algún tiempo fué nombrado visitador del arzobispado y
administrador del hospital de San Cosme y San Damián, llamado de _Las
Bubas_, cargo que el cabildo de la ciudad le concedió con general
aprobación de sus individuos.
Amante de las bellas letras desde su primera juventud, había Salinas
cultivado la poesía con no escaso aprovechamiento, demostrando singular
facilidad para las composiciones de circunstancias en las que á veces
hizo gala de no común gracejo.
Nunca se imprimieron reunidas, en vida del autor, sus composiciones;
pero casi todas ellas corrían manuscritas por Sevilla, dándole no escaso
renombre y haciendo que algunos de sus coetáneos les prodigasen elogios,
que ciertamente pecaban de una marcada exageración.
Tuvo Salinas muy estrecha amistad con casi todos los eruditos y poetas
que en Sevilla vivieron en su tiempo, mereciendo citarse á Jiménez
Enciso, á Jáuregui, á don Diego Maldonado Dávila (colector después de
sus composiciones) y al famoso obispo de Bona don Juan de Sal, de quien
el autor que nos ocupamos habló en algunas de sus poesías.
Frecuentaba también mucho Salinas el trato de la familia del analista
Ortiz de Zúñiga, de quien fué padrino de bautismo y de quien habló en
una poesía, así como de su hijo don Juan Ortiz de Zúñiga.
Algunos trabajos en prosa se imprimieron de Salinas, entre los que cita
Gallardo el _Prólogo_ á las _Meditaciones para cada día del año_ (1602)
y la _Dedicatoria al Sermón fúnebre de la madre Dorotea_, escrito por
Alonso Sanz.
En la vida de esta beata Dorotea, que se hizo célebre en Sevilla,
publicada por Gabriel de Aranda, se habla en varios pasajes de Juan de
Salinas, con marcado elogio, y en igual sentido se expresan otros
autores que encarecen mucho su ciencia y virtudes.
Larga fué la vida del doctor Juan de Salinas, que llegó hasta edad de
ochenta y tres años, falleciendo el 5 de Enero de 1642, en el citado
hospital de San Cosme y San Damián, donde continuaba ejerciendo el cargo
de administrador. Salinas fué enterrado por el clero de Santa Catalina
en el convento de monjas de los Reyes.
Como ya consigné, don Diego Maldonado y Dávila recogió y coleccionó en
un tomo las composiciones del doctor Salinas, manuscrito que poseyó
Gallardo, y del que da noticias detalladas en su bibliografía.
También el marqués de Jerez tenía un volumen autógrafo de versos del
autor, pudiendo ser estudiados con detenimiento sus méritos en la
_Biblioteca Rivadeneyra_ y en los dos libros que con el título de
_Poesías del doctor Juan de Salinas_ publicaron los bibliófilos
andaluces en 1869.
«En sus primeros tiempos, dice don Adolfo de Castro, fué Salinas poeta
de muy buen gusto literario, y en los últimos se convirtió en
conceptista y en todos demostró un gran ingenio, sazonado de burlas y de
gran delicadeza en la declaración de afectos amorosos.»
En efecto, la musa de Salinas no fué dada á asuntos graves y de
elevación, luciendo principalmente en epigramas y composiciones ligeras,
algunas de las cuales tienen títulos como estos: _A un clérigo que no
quiso prestar al doctor las mulas y era muy puerco_. _A un fraile viejo,
mentiroso y falto de dientes._ _A una dama que fingiendo descuido enseñó
las ligas al doctor_, _etc._
En este género de versos, que prueban el espíritu, un tanto chancero, de
Salinas, es donde más lucía su ingenio, que llegó hasta componer un
poema burlesco sobre los _Ejercicios de San Ignacio_, que fué impreso
después de haber corrido por largo tiempo manuscrito con no poca
aceptación.
Salinas, á semejanza de Pedro de Quirós y de otros poetas de la escuela
sevillana, sus contemporáneos, no dejó ninguna obra de pretensiones ni
de verdadera importancia, dedicándose á cultivar la poesía en
composiciones sueltas, la mayoría breves.
Sus romances son muy estimables (véanse los que insertó D. Agustín
Durán) habiendo pasado por anónimos algunos de ellos y siendo otros
falsamente atribuidos á Góngora.
Tuvo el autor objeto de estos apuntes, felicísima disposición para
versificar y un ingenio vario y ameno, siendo más dado á ensayarse en el
género festivo que no en el grave y elevado. El conceptismo deslució un
tanto el mérito de algunos de sus trabajos, pero en todos ellos aventaja
con mucho á no pocos de los que en el mismo género alcanzaron cierto
nombre.
En resumen: Salinas es digno de ocupar un puesto entre los buenos poetas
sevillanos del siglo XVI, y con razón le tributaron elogios sus
contemporáneos y no se los ha escaseado la posteridad.
EL ARENAL
El largo espacio de terreno comprendido en la orilla izquierda del
Guadalquivir, desde la entrada del puente de barcas hasta la muralla que
unía la torre del Oro con la de la Plata, fué llamado desde muy antiguo
el Arenal.
Hasta nuestros días ha llegado una antiquísima memoria de aquel lugar,
en parte del cual hizo construir don Alfonso _El Sabio_ las Atarazanas.
Hoy mismo, en uno de los muros exteriores del edificio de la Caridad,
consérvase una lápida, dentro de dos fustes de mármol rojo, en la cual,
en caracteres monacales, está en relieve una inscripción latina del
siglo XIII, que perteneció á las Atarazanas y que traducida al
castellano dice así:
«_Séate conocida cosa, que esta casa y toda su fábrica hizo el sabio y
claro en sangre don Alonso, rey de los españoles. Fué este movido á
reservar las galeras y naves de los suyos contra las fuerzas del viento
austral, resplandeciendo en arte completo lo que antes fué Arenal
informe. En la era de 1290 (año 1152)._»
En el siglo XVI, cuando el comercio con el Nuevo Mundo estaba para
Sevilla en su mayor apogeo y las embarcaciones de todos países llegaban
á nuestro puerto, era el Arenal sitio el más animado y bullicioso de la
ciudad y Lope de Vega, que lo conocía, dió á una de sus comedias por
título _El Arenal de Sevilla_, haciendo del lugar la siguiente
descripción que pone en boca de doña Laura y de Urbana en la escena
primera de la obra:
--¡Famoso está el Arenal!
--¿Cómo lo deja de ser?
--No tiene á mi parecer
todo el mundo vista igual.
Tanta galera y navío
mucho al Betis engrandece.
--Otra Sevilla parece
que está fundada en el río.
--Como llegan á Triana
pudieran servir de puente.
--No lo he visto con más gente.
--¿Quieres que me siente, Urbana?
--Mejor será que lleguemos
hasta la torre del Oro
y todo ese gran tesoro
que va á las Indias, veremos.
--Como cubierto se embarca,
no mueve mis pasos tardos.
¿De qué sirve el ver en fardos
tanta cifra y tanta marca?
--Notable es la confusión.
--Lo que es más razón que alabes
es ver salir de estas naves
tanta diversa nación.
Las cosas que desembarcan,
el salir y entrar en ellas
y el volver después á vellas
con otras muchas que embarcan.
Por cuchillos el francés
mercerías y Ruán,
lleva aceite; el alemán
trae lienzo, fustán, llantés;
carga vino de Alanís;
hierro trae el vizcaino
el cuartón, el tiro, el pino,
el indiano el ámbar gris,
la perla, el oro, la plata,
palo de campeche, cueros,
toda esta arena es dineros.
¡Un mundo en cifras retrata!
En la citada comedia saca á escena Lope los tipos más característicos
que entonces frecuentaban el Arenal, y así se ven desfilar por el
teatro, tapadas, soldados, mozos de galeras, arraeces, bravos,
comerciantes, aguadores, ladrones, criados y forasteros, pudiendo
considerarse esta obra del _Fénix de los ingenios_, á más de su mérito
indiscutible, como un cuadro de costumbres sevillanas de su tiempo.
El autor acentúa más la nota en elogio de _Arenal_ haciendo decir al
_Forastero_ en la escena IX estos versos:
Préciese de su edificio
Zaragoza enternamente;
Segovia de su gran puente,
Toledo de su artificio;
Barcelona del tesoro,
Valencia de su hermosura,
la corte de su ventura
y de sus almenas Toro;
Burgos del antigua espada
del Cid por tantos escrita,
Córdoba de su Mezquita,
y de su Alhambra, Granada;
de sus sepulcros León,
Avila del fuerte suelo,
Madrid de su hermoso cielo,
salud y buena opinión;
y de su hermoso _Arenal_
sólo se precia Sevilla,
que es vistosa maravilla
y una plaza universal.