Indignóse al oir esto Circe; y como no podia ofender á Glauco por ser

ya Dios, ni aunque pudiera querria hacerlo por el amor que le tenia,

convirtió todo su furor contra la que veia preferida á sí misma; y

ofendida de ver despreciado su amor por causa del de Escila, al

momento cogió unas yerbas de jugo venenoso, las machacó, y despues dijo

sobre ellas algunas palabras[84] de las que usaba para sus encantos,

y vistiéndose de un ropage azul, se salió de su casa por medio de

una multitud de monstruos y fieras que la acariciaban al pasar; y

dirigiéndose al lado opuesto á las rocas de Zanclea, llegó á Regio, y

se entró en el mar agitado por las olas, sobre las que caminaba como

por la dura playa, corriendo á pie enjuto sobre ellas. Habia un pequeño

remanso que tenia figura de un arco, sitio frecuentado por Escila, y

al cual solia retirarse y refugiarse cuando estaba el mar embravecido,

y cuando el sol era mas ardiente y hacia muy pequeñas las sombras por

estar en medio de su carrera. Inficionó Circe este sitio, derramando

en él el venenoso zumo de las yerbas que antes habia machacado,

pronunciando veinte y siete veces la fórmula solemne del encanto, que

eran unos oscuros é intrincados versos, compuestos de unas nuevas y

desconocidas voces, las que pronunció en ademan y tono mágico y como

entre dientes. Vino despues Escila á bañarse y refrigerarse á este su

acostumbrado sitio, y apenas habia entrado en el agua inficionada,

hasta la cintura, cuando se la mira ceñida y rodeada de perros que

ladraban. Al principio, creyendo que los perros estaban separados de

su cuerpo, y no eran parte y porcion de él, huia de ellos espantada,

y procuraba apartarlos de sí; pero vió y se desengañó de que iban

con ella donde quiera que huia, y entonces tentándose y buscándose

los muslos, las rodillas y los pies, halló que de medio cuerpo abajo

estaba toda convertida en perros y monstruos que la horrorizaban con

su furor, y que transformada del medio cuerpo abajo, apoyaba y estaba

unida su cintura á los espinazos de aquellos.[85] Este suceso costó á

Glauco mucho sentimiento y lágrimas; y ofendido de que Circe hubiese

hecho un tan cruel uso de la eficacia de sus yerbas y de sus encantos,

se huyó de ella y despreció su casamiento. Escila asi transformada y

hecha un monstruo se quedó siendo espanto de aquel sitio, en el que se

le presentó la ocasion de vengarse de Circe en su amante Ulises que

navegaba por él, acometiéndole y quitándole muchos de los que llevaba

en su compañía.[86] Tambien este monstruo hubiera echado á pique las

naves de Eneas, si antes que navegase por tan arriesgado sitio no

hubiese sido convertido en una roca que aun permanece, y que aunque ya

de piedra insensible y sin el antiguo furor, es un escollo peligroso,

y procuran huir de él los navegantes. Despues que las naves de Eneas á

fuerza de remo pudieron escapar y libertarse de él y del otro escollo

que está á la parte opuesta llamado Caribdis, estando ya muy cerca de

la costa de Italia, fueron agitados por una tempestad, que los arrojó á

la opuesta del África.

[Ilustración: (128) Dido, reina de Cartago, recibe á Eneas en su

palacio y queda enamorada.]

FÁBULA II.

_DIDO RECIBE Á ENEAS EN SU PALACIO._

La Sidonia Dido, Reina de Cartago, acogió benignamente á los troyanos y

á Eneas en su ciudad, y tambien en su cariño, sin advertir lo que habia

de costarle el retiro que de pronto y ocultamente hizo de ella el que

habia elegido para su marido, pues por él, y viéndose abandonada de su

amante, puesta sobre una alta pira que habia hecho armar y encender con

pretexto de un sacrificio, se dió muerte á sí misma con un puñal, y la

que se vió engañada engañó á todos con tal aparato, que todos juzgaban

era para el pretextado sacrificio. Prosiguiendo pues Eneas su fuga

de la nueva ciudad de Cartago, regresó otra vez al monte Erix y á la

region donde reinaba el fiel troyano Acestes, donde celebró juegos y

sacrificios fúnebres en veneracion del sepulcro de su padre Anquises.

Despues de lo cual, haciéndose á la vela con las naves, á quienes las

matronas troyanas, instigadas por Iris, mensagera de Juno, habian

intentado incendiar, pasó el reino de Eolo y las islas y herrerías de

Vulcano, que humeaban con el ardiente azufre; y dejándose atras el

golfo de las Sirenas, antes del cual se habia quedado sin el piloto

Palinuro, que cayó y se ahogó en el mar, tocó en las dos islas Inarime

y Procida, y últimamente aportó al fondeadero de la de Pitecusa,

llamada asi de los nombres de sus habitadores, los que por sus fraudes,

perjurios y trazas con que intentaron engañarle incurrieron en el odio

de Júpiter, y los castigó convirtiéndolos en monas, animales feos

y disformes, que pudiesen parecer en parte semejantes, y en parte

desemejantes á los hombres. La conversion se hizo volviéndoles mas

pequeños los miembros, aplastándoles las narices, avejándoles la cara

con arrugas, y cubriéndoles el cuerpo de un pelo sutil y velloso, y en

esta forma los envió á habitar á dicha isla, habiéndoles antes quitado

el uso de la voz y de la lengua tan acostumbrada á fraudes y perjurios,

y en su lugar les dejó solo el poder quejarse con un ronco chillido.

[Ilustración: (129) Apolo concede á la Sibila tantos años de vida como

arenas tiene en sus manos.]

FÁBULA III.

_ENEAS Y LA SIBILA._

Dejó Eneas á Fiteusas siguiendo su viage; y dejando á su derecha á

Nápoles,[87] y á su izquierda el sepulcro de Miseno,[88] célebre

trompetero, é hijo de Eolo, llegó á las playas de Cumas, que eran unos

sitios pantanosos, y llenos de ovas y otras plantas palustres, en

donde encontró y entró en la cueva de la Sibila Cumea, que es sola la

que vive entre todas las demas,[89] y la suplicó que le acompañase y

le condujese á los infiernos á visitar en ellos á su padre Anquises.

La Sibila, despues de haber tenido algun tiempo sus ojos fijos en la

tierra, alzó la vista, y embriagada y enfurecida con la deidad que

se le habia entrado en su pecho, le dijo: „Mucho es lo que pides,

héroe esclarecido en hechos, cuyo valor tiene dadas pruebas por la

espada, y cuya piedad se ha singularizado por el fuego de que sacaste

á tu anciano padre; pero no tengas recelo, esclarecido troyano, que

conseguirás lo que pides, y guiándote yo, visitarás los campos Elíseos,

los últimos reinos del mundo y la amada sombra de tu padre: al valor

ninguna senda está cerrada.”

Esto dijo; y mostrándole en la selva de Proserpina un resplandeciente

ramo de oro, le mandó que lo cortase del árbol y lo tomase. Obedeció

Eneas, y con esta señal pudo entrar y ver las riquezas del formidable

reino de Pluton, y en él á sus ascendientes y la anciana sombra del

magnánimo Anquises su padre, quien le instruyó de las prerogativas y

autoridad á que llegarian la ciudad y reino que habia de fundar, y

le predijo las nuevas guerras que le esperaban, y los peligros que

le habian de acontecer en ellas. Despues de esto salieron de aquella

triste region, caminando por una senda cuesta arriba, en la que guiaba

la Sibila; y entreteniendo con conversaciones el trabajo del camino

medroso, y por entre sombras y crepúsculos, dijo Eneas á la Cumea:

„Bien seas tú Diosa, ó mortal sumamente grata á los Dioses, te tendré

siempre por deidad, y me confesaré existir por el beneficio que me

hiciste de facilitarme poder visitar las regiones de la muerte, y salir

de ellas despues de haberlas penetrado, por cuyo favor, ya que me hallo

restituido á la luz del mundo de los vivientes, te edificaré templos, y

te veneraré en ellos con el culto del incienso.”

Volvióse la Sibila á mirar á Eneas, y lanzando grandes suspiros, le

dijo: „No soy deidad, ni debes venerar con el sagrado incienso á una

persona humana, y para que en esto no peques de ignorancia has de saber

que Apolo me ofrecia por mi virginidad una vida perpetua y eterna,

haciéndome deidad é inmortal. Con la esperanza de inclinarme y vencer

con dones mi resistencia me dijo: „Hermosa doncella y sacerdotisa de

Cumas, elige y pide lo que se te antoje, pues todo te será concedido.”

Yo, enseñándole un monton de arena, le pedí me concediese tantos años

de vida como átomos en él habia; pero no tuve la advertencia de pedir

que todos hubiesen de ser en juventud y sin envejecerme; pero él me

prometia lo uno y lo otro con tal que yo me rindiese á su deseo; mas yo

no quise, y desprecié sus ofertas, permaneciendo sin casarme, en cuyo

estado se me ha pasado ya lo florido y lo mejor de mi vida, y viene á

paso largo la trémula vejez, la cual habré de tolerar el mucho tiempo

que aun me queda para llenar el número de las arenas, pues ya he vivido

siete siglos, y aun me restan y tengo que ver trescientas primaveras y

otros tantos otoños, y llegará el tiempo en que los muchos años apoquen

y hagan menor mi cuerpo, y reduzcan á muy poco peso mis miembros

debilitados y consumidos con la vejez, y entonces nadie creerá que en

mi juventud agradé á Apolo y fuí amada por él; y acaso él mismo ó no

me querrá conocer, ó negará que estuvo enamorado de mí. Me mudaré y

trocaré hasta el punto de que nadie me quiera ver, y solo seré conocida

por mi fama, que será la que quede despues de mi muerte.”

Estas cosas iba refiriendo á Eneas la Sibila; y caminando entrambos

por una senda cuesta arriba, terminaron su viage desde las oscuras

regiones, y hallaron salida á la superficie de la tierra junto á la

ciudad de Cumas, de donde, despues de haber hecho á los Dioses un

sacrificio segun rito, se partió Eneas á la playa que aun no tenia,

y despues por una ciudad que en ella edificó tomó el nombre de

Cayeta,[90] que era el de la nodriza que le habia criado.

[Ilustración: (130) Eneas manifiesta su piedad por los sacrificios que

ofrece á los Dioses.]

FÁBULA IV.

_ENEAS LLEGA Á CAYETA._

En esta region se habia quedado, y despues de los trabajos de la larga

navegacion habia fijado su asiento el itacense Macareo, que fue uno

de los compañeros del sagaz y experimentado Ulises. El tal Macareo

halló improvisamente y conoció á Acheménides,[91] á quien Ulises habia

tiempo antes dejado abandonado en lo mas escabroso del monte Etna; y

admirándose aquel de verle vivo, le dijo: „¿Qué Fortuna ó qué deidad

es, ó Macareo, la que te conserva vivo? ¿Cómo es que una nave troyana

lleve á su bordo un griego? ¿Á qué tierra se dirige vuestra navegacion?”

Á estas preguntas Acheménides, que ya estaba libre de su antiguo

peligro, y con un vestido muy diferente del que tenia en el monte Etna,

destrozado por los abrojos, espinas y asperezas, le respondió de este

modo: „Véame yo otra vez en el poder de Polifemo, entre sus dientes

y labios manchados con sangre humana, si no me hallo mejor en esta

nave que en la isla de Itaca en mi propia casa, y si venero menos á

Eneas que á mi propio padre; pues aunque le tribute todo cuanto pueda,

nunca podré serle bastantemente agradecido. Á él debo el estar vivo,

el tener habla, y el gozar de la vista del cielo, de las estrellas

y del sol: ¿podré pues olvidarme y ser ingrato á tales beneficios?;

porque él me libertó de haber sido pasto y vianda del Ciclope, y aunque

ahora me acometa la muerte, será honrado mi cadaver en el túmulo, y

no seré sepultado en el vientre de Polifemo. ¿Qué aliento piensas me

quedaria (si es que el temor y el miedo me dejó alguno y el uso de

algun sentido) cuando os ví que, quedándome yo abandonado, huiais

navegando á los altos mares? Entonces quise dar voces; pero me detuvo

el miedo de que me descubriese el Ciclope: y es indudable que por las

voces de Ulises estuvo á mucho riesgo de ser sumergida vuestra nave

por alguno de los peñascos que aquel tiró contra ella, lo cual ví

desde el sitio en que estaba escondido, y que segunda vez arrojó y

disparó un pedazo que arrancó de la montaña con la misma violencia que

si fuera disparada de una máquina; y como si yo estuviera en la nave,

sin acordarme de que me hallaba fuera de ella, estaba temblando no

la destrozase el golpe del peñasco, ó la sumergiesen las olas. Luego

que con la fuga os escapasteis y libertasteis de la mas cruel muerte,

el Ciclope, dando gemidos por la herida y falta del ojo,[92] empezó á

dar vueltas por el monte Etna á tientas, registrando con las manos los

árboles y los peñascos, en los que tropezaba á cada paso por haberse

quedado sin el único ojo que tenia, y alargando hácia el mar sus brazos

ensangrentados, maldecia y execraba á los griegos.

„¡Ah! si alguna casualidad volviese á traer á mis manos á Ulises ó á

alguno de sus compañeros, ¡cómo se cebaria y saciaria en él mi ira!

¡Cómo le arrancaria las entrañas! ¡Cómo le destrozaria vivo todos sus

miembros con mis manos! ¡Cómo saciaria mi garganta con su sangre, y

cómo haria crugir sus huesos con mis dientes! y si esto consiguiera,

tendria por nada ó por muy poco el daño que me ha hecho en sacarme

el ojo.” Estas y otras muchas cosas dijo con la mayor ferocidad. Yo

estaba pálido y lleno de miedo al verle su rostro lleno de sangre, sus

crueles manos y el vacío cóncavo del ojo, sus disformes miembros y

su barba pegada con sangre humana. Me consideraba con la muerte á la

vista, aunque la tenia por el menor de los males; y unas veces recelaba

que me llegaria á encontrar y coger, y otras que me engulliria, y

meteria mis entrañas en las suyas: lo que mas me afligia era acordarme

de cuando ví que despues de haber estrellado contra el suelo muchas

veces los cuerpos de dos de mis compañeros, se echó sobre ellos como

erizado leon, y se engullia las entrañas, las carnes, los huesos

con sus tuétanos y los miembros medio vivos. Me acometió un gran

temblor y tristeza, y se me quedó helada la sangre al verle cómo

comia y engullia, y que algunas veces escupia y vomitaba los crudos

y sangrientos bocados y pedazos de carne envueltos en vino. Esperaba

y recelaba que conmigo haria lo mismo, y seria pasto de su hambre,

por lo que tomé el medio de estarme mucho escondido, estremeciéndome

cualquier ruido que sentia, temiendo siempre la muerte, y siempre

deseándola como término de mis sobresaltos y trabajos, pues me veia

abandonado á estar alli en un continuo riesgo, solo, necesitado, lleno

de continuo temor, sin esperanza alguna, y con el dolor y pena de

remediar mi hambre con bellotas, yerbas y hojas de árboles. Al cabo de

mucho tiempo ví que navegaba cerca de la playa una nave, y corriendo

á ella con mucho silencio, manifesté por señas á los que iban á su

bordo el apuro y peligro en que me hallaba, y les rogué me libertasen

acogiéndome en ella: compadeciéronse de mí; y sin embargo de ser griego

y enemigo suyo, me recogieron, y pude salvarme en una nave troyana.

Estos son mis sucesos y el maravilloso modo con que pude aportar, y

me hallaste y conociste en estas playas: ahora cuéntame tú los tuyos,

insigne Macareo, el mas grato de todos los que acompañábamos á Ulises,

y refiéreme el rumbo y derrotero de este y de todos los demas que

conseguisteis embarcaros, y huir por el mar del fiero Ciclope Polifemo.”

Entonces Macareo instruyó á Acheménides de lo que deseaba, refiriéndole

que Eolo, hijo de Hipota, era señor de aquellas islas y del mar Tusco

que las rodeaba, el cual tenia comprimidos en una profunda caverna los

vientos,[93] y los regaló á Ulises encerrados en la piel de un buey

para que pudiese á su arbitrio contenerlos, y que no le ofendiesen en

su navegacion, con lo que se partió é hizo á la vela, llevándolos en

su nave, y con viento favorable navegó nueve dias, y llegó á estar á

la vista de la isla de Itaca, su patria, que era á la que se dirigia.

Á la madrugada del dia décimo los compañeros de Ulises, sospechando

seria oro lo que se encerraba en el cuero, y ansiosos de apoderarse

de ello, soltaron las ataduras para abrirle y reconocerle, y saliendo

con ímpetu los vientos, impelieron las naves á otro contrario rumbo,

y haciéndolas volver atras por el mismo camino que habian venido, las

llevaron otra vez al mar Tusco, y á la isla y puerto de donde habian

salido. „Desde alli, continuó Macareo, navegando al arbitrio de los

contrarios vientos, aportamos á la antigua ciudad que tomó el nombre de

Lamo Lestrigon, su edificador, en la que reinaba Antifates,[94] al cual

fuí yo enviado con otros dos compañeros para saludarle pacíficamente;

pero el uno de ellos y yo pudimos con la fuga volver al seguro de

nuestras naves, y libertarnos de su crueldad, quedándose el otro en

poder de Antifates, que le alcanzó é hizo dar muerte á su presencia,

y su sangre le tiñó la boca. Aun no contento con esta crueldad, se

empeñó Antifates en ir en nuestro alcance; y como ya estuviésemos

al seguro de las naves, él y las tropas que habia juntado para ir en

nuestro seguimiento, formados en escuadron, arremetieron á nuestras

naves, disparando contra ellas gruesas piedras y maderos, con que

las destrozaron y sumergieron, y á los que iban á su bordo, y solo

pudo salir del puerto y escaparse la en que veníamos Ulises y yo, que

quejándonos de la crueldad y mal hospedage de Antifates, y llenos

de dolor por la pérdida de nuestros compañeros, llegamos á aquellas

tierras que se ven cercanas desde aqui; míralas, y verás que son una

isla que yo ya tengo vista. Y tú, hijo de la Diosa,[95] el mas recto

y justo de todos los troyanos (pues ya, esclarecido Eneas, estando

concluida la guerra, no debo llamarte enemigo ni tenerte por tal), huye

de aquella isla; mira que es en la que habita la famosa encantadora

Circe.

FÁBULA V.

_LOS COMPAÑEROS DE ULISES TRANSFORMADOS EN PUERCOS._

„Nosotros, habiendo aportado á ella, anclamos en su playa con las

precauciones que nos hizo tomar la memoria de las pérdidas que nos

hicieron Antifates y el fiero Ciclope Polifemo. Todos nos resistíamos

á saltar en tierra, y á penetrar en una isla desconocida, y para ello

hubo que echar suertes, que nos tocaron á mí, Polites, á Euriloco, á

Elpenor, que era gran bebedor de vino, y á otros hasta en número de

diez y ocho, todos los cuales marchamos á la ciudad y palacio en que

habitaba Circe. Apenas llegamos nos paramos un poco á la entrada, y

salieron á recibirnos una multitud de lobos, osos y leones,[96] todos

mezclados entre sí, que nos causaron miedo y espanto; pero ninguna de

estas fieras era de temerse, y ninguna hizo ademan de acometernos ni

herirnos, antes bien nos halagaban y acariciaban con el movimiento

de sus colas, y nos acompañaban y seguian nuestros pasos, hasta que

en lo interior de la casa nos recibieron las criadas, y por salas de

mármol y pórfido nos condujeron á un vistoso gabinete, donde estaba

Circe sentada en su solio, vestida de una blanca palla,[97] y los cabos

y tocado entretejidos de oro. Las doncellas que la acompañaban, y que

tuvimos por Ninfas y Nereidas, no se ocupaban en preparar ni hilar

estambre, ni en otra alguna labor, sino en apartar en canastillos las

yerbas y flores[98] de varios colores, que sin órden estaban esparcidas

en el suelo, y disponerlas en manojos, y ella reconocia y dirigia

lo que todas hacian, porque sabia y conocia la virtud y eficacia de

cada yerba, y la union y mixtura que la una planta tenia con la otra,

separándolas con este conocimiento. Luego que nos vió y la saludamos

nos correspondió con semblante afable y apacible, y nos habló con el

agrado que podíamos apetecer y desear, y sin detencion mandó hacer una

confeccion, compuesta del zumo exprimido de granos de cebada tostada,

majados y disueltos en miel y vino, añadiendo á todo ello la porcion

suficiente de ralladuras de queso. Dispuesta asi la confeccion de los

dulces jugos de todo lo referido, nos la dió á beber, y la tomamos de

su propia mano en unos grandes vasos; pero al punto que la bebimos y

apuramos con la ardiente sed que llevábamos, y al momento que ella,

apurada la confeccion, nos tocó las puntas del cabello con su vara

encantadora (me avergüenzo de ello, pero habré de referirlo), se me

llenó el cuerpo de duras y agudas cerdas: ya no podia hablar, y en

lugar de voz hacia un ronco gruñido, y arrojándome hasta poner la cara

en el suelo, advertí que mi boca se endurecia y convertia en un duro

hocico, que se me entumecian los nervios del cuello, y que me servian

para pisar y andar las manos con que poco antes habia tomado el vaso, y

fuí encerrado en una zahurda con los demas mis compañeros, que habian

sido convertidos en cerdos del mismo modo que yo (tanto es el poder

de los encantos). Solo vimos que Euriloco se libertó de igual suerte,

porque solo él rehusó y resistió beber la confeccion, pues si hubiera

tomado el vaso y bebido de él, seria ahora uno de los de la manada

de cerda, y Ulises no hubiera podido ser informado por él de nuestra

calamidad, ni venir en busca de Circe para vengarnos y recobrarnos;

para cuya empresa Mercurio, nuncio y autor de la paz, le habia dado una

blanca flor, que crece sobre una negra raiz, y que entre las deidades

se llama moly.[99] Prevenido y asegurado con ella, y con los consejos

y prevenciones que le habia hecho Mercurio, se dirigió al palacio

de Circe, donde le brindó con un vaso de la insidiosa confeccion;

pero él resistió tomarle, y la hizo retirar cuando intentaba tocarle

el cabello con la vara encantadora, y desenvainando su espada, la

amenazó y atemorizó. Á esto se siguió el darse recíprocamente palabra

y mano los dos, y admitido Ulises al tálamo nupcial, pidió por dote

la restitucion de nuestros compañeros á su antigua figura. Circe nos

roció con unos saludables jugos de inocentes plantas y de virtud contra

los encantos: nos tocó la cabeza con su vara vuelta[100] al reves, y

pronunció otros versos y de contrarias voces á los que antes habia

dicho para encantarnos. Á medida que iba pronunciándolos nos íbamos

levantando de la tierra y poniéndonos derechos: se nos iban cayendo las

cerdas; y cerrándose la hendedura de nuestros pies y manos, volvieron

á su antigua figura, como asimismo los hombros y los brazos. Llorando

abrazamos á Ulises, que tambien lloraba por la misma causa, y las

primeras palabras que hablamos fueron darle gracias, y manifestar

nuestro agradecimiento por su amparo y proteccion. Un año entero se

detuvo Ulises, y nos detuvimos todos en el palacio de Circe, y en este

dilatado tiempo presencié, ví y oí muchas y maravillosas cosas. Entre

ellas oí y oyeron tambien otros de mis compañeros lo que con reserva

nos contó una de las cuatro criadas que la servian para los encantos.

Esta, en ocasion que Ulises estaba retirado con Circe, me enseñó una

estatua de un jóven hecha de mármol blanco, en cuya cabeza, adornada

con corona, tenia el ave que se llama Pico,[101] y estaba colocada en

la pieza que servia para los actos de religion. Preguntándola yo, y

queriendo saber á quien representaba aquella estatua, por qué se le

daba culto en aquel sitio, y por qué tenia aquella ave, me respondió:

„Escucha, Macareo: estame atento á lo que voy á referirte, y de ello

comprenderás cuál y cuánto sea el poder de mi señora.”

[Ilustración: (131) Ulises obliga á Circe dé á sus compañeros su

primitiva figura.]

FÁBULA VI.

_PICO ES AMADO DE CIRCE._

Metamorfóseos o Transformaciones (4 de 4) · 第 5 / 11 段