acabaron la cena, dejaron la mesa, y se fueron á dormir. Levantáronse
al amanecer del dia siguiente, y fueron á consultar el oráculo de
Apolo, el cual respondió que buscasen á la antigua madre[71] y los
reinos que con Troya tenian enlace. El Rey Anio los despidió, dándoles
algunos dones y regalos; á Anquises un cetro; á Ascanio su nieto una
clámide y una aljaba, y á Eneas un gran vaso, que el tebano Terses le
habia enviado de regalo desde las regiones de Beocia en agradecimiento
de haber sido hospedado por él en su palacio. Este vaso habia sido
fabricado por Alcon, natural de Milas, el que habia cincelado en él
una larga serie de cosas, que eran las siguientes: una ciudad con
siete puertas, las cuales servian de nombre, que demostraba ser la
de Tebas. En las avenidas de la ciudad estaban delineadas exequias,
túmulos, hogueras encendidas, mugeres con la cabellera suelta y el
pecho descubierto, señal de su duelo y afliccion; Ninfas deshechas
en lágrimas; fuentes secas; árboles lánguidos y desnudos de hojas,
y ganados que pacian sobre estériles rocas. En medio de Tebas se
veian esculpidas las generosas hijas de Orion; una entregando su
pecho varonil y su cuello al cuchillo; otras atravesados sus cuerpos
con espadas, y todas en accion de ser sacrificadas por la salud de
su patria, conducidas por la ciudad con pompa y aparato fúnebre, y
quemadas en la hoguera, que para ello se veia en el sitio y parage
mas público: tambien se veia esculpido en el mismo vaso cómo de las
cenizas de estas valerosas mugeres, para que no pereciese el linage
de ellas, se formaron y salieron dos gallardos jóvenes, á quienes la
fama da el nombre de Coronas, y estos mismos hacian los honores de la
pompa fúnebre. En suma, sobre las muchas cosas que estaban grabadas
en el referido vaso, cerraban su labor unos ramos dorados de verde
acanto, que le hacian muy vistoso, y de una extremidad desigual y
resplandeciente. Los troyanos por su parte no dieron menores dones á
Anio, á quien regalaron una naveta para el incienso, una copa y una
brillante corona de oro esmaltada de piedras preciosas. Habiéndose
partido de alli los troyanos, acordándose de que traian su orígen de
Teucro,[72] dirigieron su rumbo y aportaron á Creta; pero no pudiendo
sufrir mucho tiempo el aire pestilente del pais, dejándose á un lado
muchas ciudades, dirigieron su derrota hácia los puertos de Italia.
Levantóseles una terrible tempestad,[73] que los agitó é hizo arribar
á un puerto de las islas Estrófades, donde les incomodó y amedrentó la
Harpía Hello, que habitaba alli con las otras sus hermanas, y tuvieron
que hacerse á la vela prontamente. Despues de haber pasado á Duliquio,
Itaca y Samos, islas del mar Jonio, que componian el reino del pérfido
Ulises, llegaron á la altura de Ambracia, célebre por la disputa que
en ella tuvieron los Dioses, conocida hoy por estar dedicada á Apolo
Actiaco. Vieron tambien una piedra llamada Indice, en la que habia sido
convertido el árbitro de la tal contienda. Asimismo dejaron atras á la
ciudad y selva Dodona, cuyas encinas estaban dotadas de habla, y daban
oráculos y respuestas, y pasaron tambien el seno Caonio, donde los
hijos del Rey Moloso, huyendo de un incendio, fueron transformados en
aves.
FÁBULA IV.
_POLIFEMO._
Siguiendo su navegacion, pasaron por la isla de los Feacienses,[74]
cuyos campos eran abundantes en toda especie de delicadas frutas.
Despues aportaron á Epiro y á Butroto, donde reinaba el adivino Heleno,
hijo de Príamo, y habia edificado esta ciudad á semejanza de Troya.
Desde aqui, advertidos por Heleno de las cosas que les habian de
suceder, todas las cuales les pronosticó fiel y exactamente, navegaron
á Sicilia, cuya isla se avanza en el mar por tres promontorios: el uno
llamado Pachino á la parte del mediodia; el otro Lilibeo al occidente,
y el último Peloro al norte. Por este entraron los troyanos, y con el
auxilio de los remos y favorable marea dieron fondo ya de noche en las
aguas de Zanclea.[75]
[Ilustración: (125) Despues de haber cantado Polifemo las alabanzas de
Galatea la ve que se entretenia con Acis.]
Á la derecha de esta costa está el escollo de Escila, y á la izquierda
el de Caribdis, que son dos remolinos que hacen peligrosa la
navegacion, porque el de Caribdis arrebata y se traga las naves, y
á largo trecho las vuelve á vomitar. El de Escila es de figura de una
doncella, cuyo vientre está ceñido de perros fieros, y (si es que no
han mentido los poetas) en algun tiempo fue verdadera doncella la tal
Escila,[76] y tuvo muchos pretendientes; pero despreciándolos á todos
se iba á las Ninfas del mar, de las cuales era en extremo querida,
y les contaba las burlas y desprecios que hacia á sus enamorados
pretendientes. Galatea, una de dichas Ninfas, en ocasion de estar
entregada á ella para que la peinase y adornase sus cabellos, la dijo
interpolando suspiros: „Tú á lo menos, hermosa doncella, eres apetecida
de gallardos y civilizados amantes, y puedes sin riesgo alguno, segun
que asi lo haces, corresponderles con desprecios y desvíos; pero yo
soy mas desgraciada, pues siendo Ninfa, hija de Nereo y de la cerúlea
Doris, y hermana de tantas Nereidas que me acompañan y defienden, no
pude evadirme del importuno amor del monstruoso Ciclope Polifemo[77]
sino por medio de las olas.” Al decir esto las lágrimas la impidieron
el continuar su narracion. Limpióselas Escila con sus blancos dedos,
y procuró consolarla diciendo: „Cuéntame, querida, tus cuidados; yo te
soy y te seré fiel; no me ocultes la causa de tu dolor.”
Galatea alentada con esto dijo á Escila lo siguiente: „El jóven Acis,
hijo de Fauno y de la Ninfa Simetis,[78] era las delicias de su padre
y de su madre; pero mucho mas bien era el embeleso mio, porque aunque
hermoso y apetecido de otras muchas, habia puesto solo en mí su cariño:
era de diez y seis años, y empezaba á apuntar la barba en sus tiernas
mejillas. Yo sin moderacion alguna correspondia al amor de este jóven,
y el Ciclope me importunaba á mí sin término con sus amores; y si me
preguntas cuál fue en mí mayor si el odio del Ciclope ó el amor de
Acis, te responderé que eran iguales, porque aborrecia tanto al uno
como amaba al otro. ¡Ó Venus, cuán grande es el poder de tu imperio!
Este fiero Ciclope, horror de las mismas cuevas y selvas, y de ningun
peregrino visto sin castigo, y menospreciador del alto Olimpo con sus
Dioses, siente en sí el amor y sus efectos; y cautivo de mi cariño, se
abrasa por mí, y olvida sus ganados, y las cuevas donde acostumbraba
habitar antes. Entonces empezó á tener algun cuidado de su compostura
y de agradarme. Ya se peina con un rastrillo los ásperos cabellos: ya
se corta la barba larga con una hoz, y se mira con complacencia en
la cristalina fuente, haciendo de ella espejo para componer su fiero
semblante. El amor le hizo ablandar su crueldad, su fiereza y la
inmensa sed de derramar sangre, y en esta suspension iban y volvian
las naves con seguridad por lo largo de la costa. En este intermedio
Telemo,[79] hijo de Eurimo, célebre adivino y diestro en los agüeros,
y que nunca se engañaba en ellos, vino á las cuevas del monte Etna de
Sicilia, y encontrando en ellas al terrible Polifemo, le dijo: „Ulises
será el que te saque el único ojo que tienes en medio de la frente.”
Rióse de ello Polifemo, y le respondió: „Necio adivino, tú te engañas
en tu pronóstico, porque ya otra me lo ha robado.” Asi desprecia el
enamorado Ciclope al que en vano le avisaba su verdadero peligro; y, ó
andando á paso precipitado huella aquellas playas, ó cansado se vuelve
á su oscura cueva. Hay un collado que con su larga punta se avanza
dentro del mar, y por ambos lados está cercado de olas. Subióse á él
Polifemo, y se sentó en medio, siguiéndole su rebaño, que habia dejado
atras y sin cuidar de guiarle, y poniendo junto á sus pies el pino que
tenia por báculo, y que pudiera servir de mástil de un navío, tomó su
flauta compuesta de cien cañas, y se puso á tocar. El sonido de su
pastoril instrumento atronó todo aquel monte y las vecinas playas, y
las hizo estremecer. Yo estaba escondida en el cóncavo de una piedra, y
sentada en el regazo de mi querido Acis, desde donde oí y conservo en
mi memoria que cantó al son de su flauta lo siguiente:
„Ó querida Galatea,[80] mas blanca que la nevada flor de la alheña,
mas florida que los prados, mas elevada que el alto álamo, mas
resplandeciente que el cristal, mas juguetona que el tierno cabritillo,
mas lisa que las conchas batidas con las continuas olas del mar,
mas agradable que el sol en el invierno y la sombra en el estío,
mas hermosa que la manzana pendiente del árbol, mas vistosa que el
lozano plátano, mas transparente que el hielo, mas sabrosa que la uva
madura, mas suave que las plumas del cisne y que la leche cuajada, y
si no huyes de mí y correspondes á mi amor, mas bella y lozana que el
regado jardin. Pero si le desprecias, eres mas feroz que un toro por
domar, mas dura que la vieja encina, mas falaz é inconstante que las
ondas, mas flexible que las varas del sauce y que los sarmientos de
las vides, mas insensible que las rocas, mas violenta que la corriente
de un rio, mas vana que el pavo real, mas activa que el fuego, mas
áspera que los abrojos, mas terrible que una osa recien parida, mas
sorda que las olas agitadas, mas cruel que la víbora pisada, y (lo que
especialmente quisiera quitarle si pudiera) mas ligera, no solo que el
ciervo amedrentado de los claros ladridos, sino tambien mas que los
veloces vientos. ¡Ah! Galatea, si bien me conocieses, te arrepentirias
sin duda de haber huido de mí, desaprobarias tus desvíos y retiro, y
te empeñarias en atraerme y retenerme contigo; pues yo soy dueño de
estas cuevas formadas de un vivo peñasco, que es una gran parte de
este monte, en las cuales no se siente el calor en medio del estío ni
el frio en los inviernos mas rigurosos. Los árboles que yo poseo estan
cargados de hermosísimas frutas. Tengo uvas que resplandecen como el
oro pendientes en parras enramadas; téngolas tambien de color de
púrpura: unas y otras las reservo para tí: tú misma por tu mano podrás
coger las delicadas moras, nacidas debajo de la sombra silvestre; las
cerezas del otoño, y las ciruelas no solo negras, sino tambien finas y
delicadas, y del color de la reciente cera. Si me admites por esposo,
tendrás abundancia de castañas y madroños, y todos los árboles tendrán
su fruta á tu disposicion. Todo este rebaño es mio, sin otras muchas
ovejas, que unas andan errantes por esos valles, otras estan ocultas
en las selvas, y otras encerradas en las cuevas. Si me preguntases
cuántas son, no podria decírtelo, porque el saber el número de sus
ganados es cosa de pobres. De la lozanía y hermosura de ellas no hay
necesidad de que me creas, cuando tú por tí misma puedes verlas, y
que traen unas ubres tan cargadas, que apenas las dejan andar. Tengo
los abrigados apriscos llenos de corderos; tengo tambien cabritos de
igual edad en otros corrales. Siempre tengo abundancia de leche; parte
de ella para beber, y parte para cuajarla y conservarla hecha quesos.
No pienses que tendrás solo para tus delicias los referidos y otros
regalos fáciles y vulgares, como son gamos, liebres, cabras, pichones,
el nido alcanzado del árbol, sino tambien dos cachorrillos de una osa,
hallados por mí en la cima de estos montes, y tan semejantes entre
sí, que apenas podrás distinguirlos, y servirán para que juegues y
te entretengas con ellos: cuando los hallé dije para mí: „Estos los
guardo para mi querida y para su diversion.” Ea pues, Galatea, hermosa
Nereida, saca y descubre tu cabeza de entre las aguas del mar, ven, y
no desprecies mis regalos. No pienses que soy tan desagraciado que no
pueda ser objeto de tu amor; poco hace que me estuve mirando en una
clara fuente, y no me pareció mal mi semblante y figura. Mira cuan alto
soy; no es Júpiter mayor en el cielo que yo con mi agigantado cuerpo,
pues vosotras soleis decir que reina alli no sé qué cierto Júpiter. Una
bien poblada cabellera sirve de adorno á mi rostro, y como si fuera un
bosque me tapa y cubre los hombros. No dejo de ser agraciado, ni debes
tenerme por horrible porque mi cuerpo esté cubierto de áspero pelo:
el árbol no está vistoso sin el adorno de las hojas: el caballo está
feo sin crines: las plumas son el adorno de las aves: la lana lo es de
las ovejas: la barba y el pelo parecen bien en el hombre. Es verdad
que solo tengo un ojo en medio de la frente; pero es del tamaño de un
escudo. ¿Y qué tenemos con eso? El sol siendo uno solo ¿no está viendo
todas las cosas del mundo desde el dilatado cielo? Reflexiona ademas
de esto que tengo por padre á Neptuno, señor de los mares, en que tú y
las demas Nereidas teneis vuestra morada: este será tu suegro. Apiádate
y oye mi súplica, pues por tí sola estoy rendido. Yo que desprecio
al cielo, á Júpiter y á sus rayos, te venero á tí, hermosa Nereida,
y tu ira es mas cruel y temible para mí que el mismo rayo. Me seria
tolerable el verme despreciado, si á todos despreciases igualmente;
pero ¿cómo he de sufrir el que con repulsa mia ames á Acis, y prefieras
sus brazos á los mios? Está bien que él se tenga por gallardo; pero en
el caso que tal te parezca á tí, cruel Galatea, lo que no me seria de
gusto, si llego á encontrarme con él, experimentará que mis fuerzas
corresponden á la mole de mi cuerpo. Le arrancaré vivas las entrañas,
y esparciré sus destrozados miembros por los campos y por los mares
en que tú habitas, para que alli puedas unirte con él despedazado.
Ciertamente que yo me abraso de amor por tí, y el fuego que me consume
se aumenta con tus desprecios. Me parece que el monte Etna con sus
fuerzas se ha trasladado á mi pecho, y tú, Galatea, te muestras
insensible.”
„Despues que Polifemo expresó asi sus quejas, se levantó (porque desde
el sitio en que yo estaba veia todo lo que hacia), y mas furioso que
un toro á quien quitan la vaca, sin poder detenerse, echó á correr
por las selvas y bosques. Como nos viese á Acis y á mí cuando menos
lo pensábamos, exclamó: „¿Que aqui estais? Bien os veo, y esta será
la última vez que volvais á estar juntos.” El grito que dió para
decir esto el airado Ciclope fue tan grande como su ira, y con él
se estremeció todo el monte Etna. Yo llena de miedo me escondí en
el mar inmediato, arrojándome á sus aguas. Acis recurrió á la fuga,
diciendo: „Suplícote, Galatea, me des favor: y vosotros, padres mios,
dadme auxilio; y ya que voy á perecer, admitidme en las aguas en que
reinais.” Seguíale el Ciclope, el que le tiró una gran piedra, que
arrancó de la montaña, y que era una parte de ella; y aunque solo le
alcanzó con una punta, le cogió todo el cuerpo. Mas no obstante yo hice
en esta ocasion lo que permitió el destino se hiciese, que fue el que
Acis recobrase la naturaleza de su abuelo, y se convirtiese en rio.
De su cuerpo, que estaba debajo del peñasco, empezó á manar un humor
encarnado, que á poco perdió el color, y tomó el del agua turbia de un
rio, la que se fue aclarando poco á poco. Ademas de esto el peñasco
que habia sido arrojado por el Ciclope empezó á henderse, y por las
aberturas que hizo nacieron y brotaron muchas cañas, que crecieron en
poco tiempo, y las aguas que brotaban de la concavidad del peñasco
hacian un delicioso sonido. No paró en esto la maravilla, pues de
repente se manifestó sobre el agua un gallardo jóven del medio cuerpo
arriba, cuya cabeza adornaba una corona de cañas entretejidas, el cual
solo se diferenciaba de Acis en que era mayor, y tenia el rostro mas
trigueño; pero aun asi era el mismo Acis convertido en un rio, que se
llamó y llama de su nombre.”
[Ilustración: (126) Enamorado Glauco de Escila, la refiere su
transformacion en Dios marino.]
FÁBULA V.
_GLAUCO Y ESCILA._
Luego que Galatea concluyó su referencia, las Nereidas que la
acompañaban se volvieron al mar, y Escila que iba con ellas, y no se
atrevia á exponerse á la merced de las olas, retrocedió y las dejó, y
unas veces se paseaba desnuda por la arena, y otras cuando se hallaba
fatigada se retiraba á bañarse á un remanso del mar. Estando empleada
en esto, he aqui que Glauco, natural de Antedon, nuevo habitador de
las aguas, transformado poco há en Dios marino, la vió y se enamoró de
ella. Escila huye á pesar de cuanto la dijo para detenerla; y dándola
alas el miedo, subió á la altura de una roca escarpada que domina al
mar, donde creyéndose segura, se puso á mirar con atencion al objeto
cuya vista le habia espantado, ignorando si era un monstruo ó un Dios
del mar. Admírala el color, los cabellos que le cubrian los hombros, y
que de la cintura para abajo remataba en pez. Glauco, que comprendió
la causa de su sorpresa, apoyándose en un escollo que estaba cerca de
ella, la dijo: „Bella Ninfa, no soy yo monstruo, no soy bestia feroz;
soy un Dios de las aguas: ni Proteo, ni Triton[81] ni Palemon[82]
tienen mayor potestad que yo en los mares. No hace mucho tiempo que
era mortal; pero inclinado á los mares, me gustaba andar y nadar en
ellos. Unas veces me entretenia en pescar con redes, y otras con caña.
Aquellas playas que yo frecuentaba confinaban con una verde pradera,
cuyos bordes formaban reunidamente las yerbas y las aguas. Las cabras,
las ovejas ni los demas ganados jamas pacieron en ella, ni aun las
oficiosas abejas van á coger el rocío de las flores de que está
esmaltada, ni para hacer coronas ó guirnaldas han cortado ninguna, y
la hoz siempre las ha perdonado. Yo fuí el primero que me senté sobre
esta agradable pradera, y en tanto que secaba mis redes, contaba los
peces que acababa de coger, y los echaba en la yerba, fuí sorprendido
de un prodigio que te parecerá ficcion (pero ¿qué interes tengo yo en
fingir?). Apenas estos peces habian tocado la yerba cuando empezaron
á moverse, y á saltar con la misma viveza como si estuviesen en el
agua. Mientras me detengo y juntamente me admiro de un portento tan
extraño, se huyeron todos al mar, dejando á su dueño y á la pradera. Me
pasmé, y dudoso mucho rato, inquiero cual sea la causa, si algun Dios
haya hecho este milagro, ó si fue la virtud de la yerba. „¿Es posible,
dije, que esta yerba tenga una calidad tan extraña?” Inmediatamente
cogí algunas, las llevé á la boca, y masqué. No bien habia llegado el
jugo á la garganta cuando al punto sentí que por dentro me temblaban
las entrañas, y que el pecho se arrebataba con el deseo de mudar de
naturaleza, que no me fue posible resistir mucho tiempo. „Á Dios,
exclamé, á Dios tierra, adonde nunca mas he de volver,” y al decir
estas palabras me zambullí en el mar. Los Dioses que lo habitan,
movidos á compasion, me recibieron entre ellos, y ruegan al Océano y
á Tetis que me quiten todo lo que tenia de mortal. Estas dos deidades
me purifican, quienes me mandan que repita nueve veces unos versos
misteriosos que me dijeron, y que meta el pecho en cien rios. Apenas
habia recibido esta órden cuando los rios que corrian de diversas
partes al mar y las aguas de este se juntaron y corrieron sobre mi
cabeza. Lo que te acabo de contar hasta aqui es cierto, y me acuerdo
perfectamente de ello; lo que me sucedió despues no puedo decírtelo;
turbado, como fuera de mí mismo, no tuve ningun conocimiento de lo
demas. Lo que yo sé es que al reflujo de las aguas me hallé otro
diverso del que antes era, tanto en el cuerpo como en el entendimiento.
Entonces ví por primera vez esta barba verde, esta melena que arrastro
por los anchurosos mares, estos grandes hombros, estos brazos, que
son del mismo color que mis cabellos y barba, en fin esta larga cola,
que tomó el lugar de mis muslos y piernas. Pero ¿de qué me sirve esta
figura? ¿De qué el ser Dios, si tú no te mueves á mi amor por todo
esto?” Escila se retira, y deja á Glauco que decia estas cosas, y se
preparaba para decir otras muchas mas. Él se enfurece, é irritado con
sus desprecios, se encamina al prodigioso palacio de Circe, hija del
Sol.
[Ilustración]
LIBRO DECIMOCUARTO.
_ARGUMENTO._
Eneas envió á Vénulo para pedir auxilio á Diomedes, cuyos compañeros
se convirtieron en aves: Vénulo no alcanzó el socorro, y vino mal
despachado, y á su vuelta pasó por el sitio en que en otro tiempo un
pastor habia sido convertido en acebuche. Las naves de Eneas en un
combate fueron transformadas en Ninfas, como tambien lo fue Ardea en
ave despues de la muerte de Turno, y el mismo Eneas fue hecho Dios
Indígete. Sucediéronle otros Reyes; y en el tiempo de Proca, uno de
ellos, floreció Pomona, á la cual amaba el Dios Vertumno, que tomando
la figura de una vieja, y contándola el suceso de Anaxarete, que
habia sido transformada en peñasco, la persuadió y conquistó, tomando
despues su propia figura de jóven. Andando el tiempo, en el reinado de
Numitor las aguas frias se volvieron cálidas, y su sucesor Rómulo fue
reverenciado con el nombre de Quirino, y su muger Hersilia con el de
Diosa Ora.
[Ilustración: (127) Circe envenena la cueva en que Escila solia
dormir.]
FÁBULA PRIMERA.
_CIRCE._
Glauco, que, como va dicho, era una de las deidades del mar, habia
ya dejado atras en su viage al monte Etna, debajo del cual estaban
oprimidos los gigantes,[83] y asimismo los campos de los Ciclopes, en
los cuales nunca habia entrado el rastrillo ni el arado, ni habian
sido beneficiados por las yuntas de los bueyes. Tambien habia dejado
atras á Zanclea y á Rego, que está enfrente, y habia atravesado el
peligroso estrecho, que contenido en dos cercanas playas, separa á
Sicilia de la Italia. Desde él, discurriendo por el mar Tirreno, llegó
á los collados abundantes de yerbas en que tenia su palacio y morada
Circe, hija del Sol, y que estaban habitados de una gran multitud de
fieras. Luego que la alcanzó á ver Glauco, la saludó, y ella á él, y
desempeñados estos cumplimientos, la dijo: „Diosa, ruégote te apiades
de otro Dios como tú: tú sola (si es que yo soy digno de ello) puedes
aliviar los tormentos de mi amor. Ningun Dios, ó excelsa hija del Sol,
puede conocer mejor que yo cuánta sea la eficacia de las yerbas, pues
por ellas me veo convertido en Dios y habitador del mar. Y para que no
ignores mas tiempo la causa de mi viage, yo ví á la bella Escila en la
ribera que está enfrente de Mesina, y con exceso me enamoré de ella.
Vergüenza me causa el referirte las súplicas, las promesas y halagos
que la hice, y el modo con que fuí despreciado. Tú pues, que eres tan
poderosa en los encantos, pronuncia, te ruego, á mi favor algunas
palabras encantadoras; ó si te parece mejor y de mayor eficacia el usar
de la de las yerbas, de que tienes tanto conocimiento, aplica al efecto
este poderoso medio. No vengo á que me cures y sanes las heridas y
tormento de mi amor, ni quiero que este se acabe y tenga fin, sino que
hagas que Escila se abrase igualmente en amor, y participe del ardor
que padezco.”
Circe pues (que era la mas ingeniosa y versada en los ardores del
amor, bien fuese por su disposicion natural, ó bien porque Venus
la diese esta pena en despique de que su padre el Sol la habia
descubierto cuando estaba entretenida con Marte) le respondió estas
palabras: „Mejor será que me ames á mí que te quiero, y deseo lo
mismo que tú, y que estoy poseída de un amor igual al que tú tienes
á Escila. No me avergüenzo en decirte que tienes mérito, y que no
debo detenerme en rogarte: y si me dieres alguna esperanza, créeme
te rogaré y me explicaré mas; y para que no dudes ni desconfies de
tu mérito y gallarda disposicion, vesme aqui que siendo Diosa, hija
del resplandeciente Sol, y que tanto puedo con mis encantos y con el
conocimiento y uso de las yerbas, te prometo ser tu esposa. Olvida
pues á una ingrata que te desprecia, y corresponde á una Diosa que te
ama: con este solo hecho quedarás vengado á un mismo tiempo de mí y
de ella.” Al oir Glauco que Circe procuraba inducirle á su amor con
tales razones, la respondió: „Primero se desconcertará el órden de la
naturaleza, y se criarán árboles en el mar y ovas en los montes, que yo
pueda, viviendo Escila, mudar y poner en otra mi amor.”