„No estés, Ayax, dando á entender con acciones y medias palabras

que Diomedes me acompañó á esta empresa: su parte le toca tambien

en ella; pero tambien tú debes acordarte de que cuando fuiste á la

defensa de la escuadra no fuiste solo; á tí te acompañaron muchos, á

mí solo Diomedes. Si este gran capitan no estuviera bien cerciorado

de que el sabio es mas útil que el guerrero, y de que la prudencia es

mayor mérito que el temerario valor, tambien se hubiera manifestado

pretendiente á estas armas, y lo mismo hubiera hecho Ayax, hijo de

Oileo, que ha tenido mas moderacion que tú. Tambien las hubiera

pretendido el feroz Euripilo, Toas, hijo de Andremon, Idomeneo, Merion,

su paisano, y Menelao.[58] Todos los cuales, aunque esforzados, y que

no son inferiores ni de menor mérito y valor que el tuyo, cedieron

reconociendo la ventaja de mi prudencia. Tú tienes esfuerzo para los

combates; pero te falta el ingenio, y necesita ser dirigido por el

mio. Tú tienes fuerzas sin prudencia; mas yo con mi sagacidad preveo

lo futuro. Tú puedes pelear; pero Agamenon acuerda y elige con mi

consejo el tiempo y la coyuntura en que pueden y deben empeñarse los

combates. Tú solo eres útil en el cuerpo; pero yo tambien lo soy en

el ánimo y el ingenio: en suma, tanto te llevo de ventaja, cuanto

excede el piloto al marinero y el capitan al soldado; porque en mí es

el ingenio mas esforzado y valiente que el brazo, y en aquel está y

consiste el principal vigor. Ahora bien, próceres de Grecia, declarad

este gran premio á quien tanto se ha desvelado por vosotros, y por

tantos cuidados y fatigas como en el largo tiempo de esta guerra he

tenido y desempeñado en vuestro favor; añadid á mis méritos este

título mas, que sea recompensa de ellos. Ya nos falta muy poco para

concluir esta guerra, pues yo he removido todos los inconvenientes que

lo impedian por disposicion de los hados, y me glorío que he tomado á

Troya, haciendo de modo que pueda ser tomada. Por la esperanza pues de

nuestros aliados; por los muros de Troya, que ya estan para arruinarse;

por las deidades tutelares de ella, que yo con intrepidez les quité y

saqué de su seno, y por lo demas que aun pienso hacer y obrar, si es

que queda alguna cosa que deba hacerse con sabiduría y consejo; y si

falta algo que arguya audacia, dificultad, y sea el último término del

hado y ruina de Troya, no os olvideis de mí, ni me negueis este premio;

y cuando no estimeis que se me deben dar estas armas, concededlas (y

muestra el simulacro fatal de Minerva) á esta efigie, que es la mas

acreedora de los que las pretenden.”

En todos los próceres se advirtieron conmociones é indicios de que

quedaban convencidos y persuadidos en favor de Ulises, á quien

declararon las armas, y entonces se vió por experiencia el valor y

poder de la elocuencia, y que el sabio y discreto prefirió al guerrero,

y se alzó con las armas del fuerte Aquiles. Ayax, que solo y sin

compañía salió al desafio de Hector, y que tantas veces resistió al

hierro, al fuego y al mismo Júpiter, no pudo resistir á su propia ira.

Vencióle el dolor; y tomando su espada, dijo: „Á lo menos esta es mia;

esta no la pide Ulises; de esta debo usar contra mí mismo, y el acero,

que tantas veces se manchó con la sangre de los troyanos, ahora debe

emplearse en derramar la de su señor; porque Ayax no debe ser vencido

por otro alguno que por sí mismo.” Al decir esto se lo clavó y escondió

en su pecho, sin poder volver á sacarle de él hasta que le expelió la

impetuosidad de la sangre que salia de la herida, con la que rociada

la tierra, brotó de la raiz de un verde césped una flor de color de

púrpura, idéntica en todo á la que antes habia nacido de la sangre de

Jacinto,[59] en cuyas hojas estan escritas unas letras que pueden

apropiarse tanto á la edad pueril como á la viril, con la diferencia de

que en la de Ayax designan el nombre, y en la de Jacinto su queja.

Vencedor Ulises en la contienda de las armas, se embarcó para Lemnos,

patria de Ipsifile, hija del Rey Toas, y para aquellas tierras

que quedaron infames desde la muerte que las mugeres dieron á sus

maridos,[60] é hizo este viage con el fin y designio de reducir á

Filoctetes, y traerle, como lo consiguió, á la liga contra Troya con

las flechas de Hércules, con el auxilio de las cuales se concluyó y

puso fin á la guerra, quedando destruida Troya, muerto su Rey Príamo, y

su infeliz muger Hécuba perdió por último la forma humana, y convertida

en perra, espantó las regiones extrañas con sus nuevos ladridos. Ardia

el Ilion, alcázar de Troya, situada en el estrecho en el que termina

el dilatado Helesponto; y antes de apaciguarse el fuego, el anciano

Príamo habia sido sacrificado á Júpiter, en cuya ara derramó su ya fria

sangre. Casandra su hija, sacerdotisa de Febo, asida con violencia de

los cabellos para apartarla de su padre, se resistia levantando en

vano sus manos al cielo. Los griegos vencedores se apoderan, como de

una poco honrosa presa, de las mugeres troyanas, que para impedirlo se

acogian á los encendidos templos, y se abrazaban á las estatuas de los

Dioses patrios. Astianacte, hijo de Hector, fue despeñado de aquella

misma torre, desde la cual habia visto y le habia mostrado su madre

muchas veces á su padre Hector, que peleaba por los suyos, y defendia

el reino de sus abuelos.[61]

FÁBULA II.

_LA SOMBRA DE AQUILES DETIENE Á LOS GRIEGOS._

Ya en fin convidaba el viento á los griegos á hacerse á la vela, y

soplando favorable hacia resonar las desplegadas velas, y los pilotos

mandaban é instaban al embarque. Las prisioneras troyanas, besando la

tierra, se quejaban y clamaban por ser separadas de ella con violencia:

con gritos y gemidos dieron el último á Dios á Troya; y embarcándose

por fuerza, abandonaron para siempre la desgraciada ciudad, que aun

humeaba. La última que se embarcó entre todas fue Hécuba (¡espectáculo

tan lamentable!), la cual fue hallada y sacada por Ulises de en medio

de los sepulcros de sus hijos, asida á los túmulos, y besando los

huesos; pero antes de ser arrebatada desahogó su cariño en las cenizas

de su hijo Hector, las cuales tomó y guardó en su seno, y al mismo

tiempo dejó en lugar de ellas en el sepulcro su cano cabello, como

pobre despojo de la que solo tenia el cabello y las lágrimas que poder

ofrecerle. Sobre la orilla opuesta á la Frigia, donde estuvo Troya, hay

una tierra habitada de los tracios.

[Ilustración: (122) La sombra de Aquiles detiene á los Griegos que se

volvian á su patria.]

Alli estaba el opulento palacio del Rey Polimnestor, á quien Príamo

habia enviado secretamente á su hijo Polidoro para que le educase, y

para alejarlo de los peligros á que hubiera estado expuesto durante la

guerra. Este consejo hubiera sido muy sabio, á no haber enviado con

su hijo riquezas capaces de provocar á un hombre avaro, é inducirlo

á los mayores delitos. En efecto, despues que el impío Rey de Tracia

supo que los griegos se habian apoderado de Troya, violó los derechos

mas sagrados, degolló al jóven Polidoro; y como si el delito pudiera

desvanecerse con el cuerpo, lo arrojó al mar.

El hijo de Atreo[62] fondeó con su escuadra en la playa de Tracia

mientras se tranquilizaba el mar y amainaban los vientos. Aqui de

repente se apareció Aquiles, saliendo de una abertura que hizo la

tierra, con la misma corpulencia y ferocidad, y con el mismo semblante

amenazador que cuando vivia. Acometió con su espada á Agamenon,

diciéndole: „¿Qué es esto, griegos, asi os retirais sin acordaros de

mí, y la memoria de mi valor queda de este modo enterrada conmigo?

No debeis hacerlo ni retiraros, dejando sin honor mi sepulcro, en el

cual es preciso sacrifiqueis á Polixena[63] á mis manes.” Dicho esto

desapareció; y obedeciendo todos á la amenazadora sombra de Aquiles,

arrebataron del regazo de su madre á esta desgraciada doncella, que

era entonces su único consuelo, y la infeliz con una fortaleza mas

que mugeril fue conducida al túmulo para ser sacrificada al busto[64]

de Aquiles: la cual muy sobre sí fue acercada al altar, y al tiempo

de ir á descargarle el golpe, como viese á Neoptolemo[65] que estaba

de pie con el cuchillo en la mano, y tenia clavados los ojos en su

semblante, le dijo: „Descárgale, y derrama con él mi noble sangre; yo

no te lo impido; esconde ese cuchillo en mi pecho ó en mi garganta:

aqui los tienes ambos descubiertos; porque siendo yo Polixena, no

puedo acomodarme á la esclavitud, y prefiero morir, aunque sé muy bien

que mi sacrificio no servirá para aplacar á ninguna deidad, y por lo

mismo debes ahorrar inútiles ceremonias. Solo desearia que mi muerte

pudiera ocultarse á mi madre. Ella me estorba y disminuye la alegría de

mi sacrificio, aunque no debe llorar tanto mi muerte como los riesgos

á que queda expuesta su vida. Vosotros, griegos, ahora, pues lo pido

con razon, apartaos á lo lejos para que mi sombra pueda bajar libre

á la mansion de Pluton, y abstened vuestras manos de mancillar á una

doncella que se conservó siempre casta. Mi sangre libre será mas acepta

á aquel, quien quiera que sea, á quien procurais aplacar con mi muerte.

Si hay alguno entre vosotros á quien conmuevan estos mis últimos deseos

y súplicas, la hija del Rey Príamo, no una esclava, es la que os ruega

que sin exigir precio alguno, y sin que tenga que comprar con oro, sino

con sus lágrimas, el triste derecho de mi sepulcro,[66] entregueis

mi cuerpo á mi madre, la cual cuando era rica y podia compraba estas

gracias á mucho precio.” Al acabar de decir esto, el concurso echó á

llorar, no pudiendo contener sus lágrimas como ella las contenia. El

mismo ministro del sacrificio,[67] llorando y como forzado abrió su

pecho descubierto, escondiendo en él el cuchillo. Herida mortalmente,

sus fuerzas la abandonan, cae, y mostró á la misma muerte intrépido

semblante. Aun cuando caia tuvo cuidado de cubrir con su ropa las

partes que se debian ocultar y conservar el decoro de su casto pudor.

Las troyanas recogieron el cadaver; y repasando en su memoria los

muchos que de la casa Real habian fallecido, y la mucha sangre que se

habia derramado de la familia de Príamo, unas veces suspiraban por la

infeliz Polixena, y otras por tí, Hécuba, Reina madre, en quien ya no

veian mas que una sombra de la antigua felicidad del Asia, reducida ya

á un triste despojo, que como mala suerte nadie queria le tocase en el

repartimiento, y que el vencedor Ulises la hubiera despreciado, á no

ser porque era madre del guerrero Hector, sin cuya circunstancia con

dificultad se hubiera hallado quien la hubiese querido por esclava.

Esta Reina desgraciada, abrazada al yerto cadaver de su esforzada hija,

derramó sobre él y sobre su herida las lágrimas que tantas veces habia

derramado por su patria, por sus hijos y por su marido. Besábale, y se

heria el pecho, tiñendo en la fria sangre sus canas; y despues de

haberle maltratado, prorumpió en muchas y lastimosas expresiones; pero

particularmente en las siguientes:

[Ilustración: (123) Las damas Troyanas llevan en hombros á Polixena que

acaba de espirar.]

„Hija querida (pues ya no me queda otra), último dolor de tu triste

madre, ya has espirado, y veo que mi pecho se halla penetrado de tus

propias heridas; has muerto á la violencia de ellas para que no se

verifique que yo pierda á ninguno de los mios de muerte natural. Yo

estaba persuadida que por ser hembra estarias segura del cuchillo;

pero has muerto á la violencia de él. La calamidad de Troya y el furor

de Aquiles, destruidor de nuestra familia, te ha alcanzado á tí y á

todos tus hermanos. Cuando murió á manos de Páris y con las flechas

de Apolo dije entre mí con confianza: „Ahora ya no tenemos que temer

á Aquiles;” pero veo que me engañé, y que debia de haberle temido aun

despues de muerto: sus cenizas aun en el sepulcro se enfurecen contra

nosotros; y en el túmulo mismo sentimos y experimentamos la crueldad

de este enemigo. Veo que he sido fecunda, y he criado hijos para

que hayan sido víctimas del furor de Aquiles. La gran Troya ha sido

destruida hasta los cimientos,[68] y con este triste fin se ha acabado

la pública calamidad; pero no para mí, para quien aun está y permanece

Troya en pie, y mi dolor aun no ha terminado su carrera. Yo que poco

há estaba en la cumbre de mi felicidad con mi marido el Rey Príamo,

cercada de hijos, yernos y nueras, ahora me hallo desterrada, pobre,

arrancada y separada de los sepulcros de los mios, y destinada para

esclava de Penélope, muger de Ulises, la que me enseñará á las matronas

de Itaca, ocupada en el vil ministerio de hilar, y les dirá: „Esta es

aquella esclarecida madre de Hector; esta es la que fue Reina y muger

de Príamo.” Despues, hija mia, de haber perdido á tantos, tú, que eras

sola la que quedabas para consolar los amargos llantos de tu madre, has

expiado con tu sangre el sepulcro del enemigo. Para él te parí, y para

que fueses sacrificada en sus exequias. ¿Para qué quedo yo con vida?

¿Es posible que soy tan dura é insensible que no la pierdo? ¿Qué es lo

que para en adelante aguardo? ¿Y para qué me reserva mi cansada vejez?

¿Para qué otra cosa, crueles Dioses, dilatais mi triste vida sino para

que vea nuevas desgracias? ¿Quién creeria que Príamo se pudiese llamar

feliz despues de la destruccion de Troya? Ciertamente lo es en haber

muerto, y no ser testigo, hija mia, de tu violenta muerte, y haber

perdido á un tiempo la vida y el reino. Serviríame de consuelo, hija

mia, hija de Reyes, el ver que se te hacian las debidas exequias, y que

tu cadaver fuese colocado en el panteon de tus abuelos. Pero esta dicha

ya se acabó para nuestra casa; y tu madre no tiene otros dones con que

honrar tu sepulcro que sus lágrimas, y el dolor de dejarte sepultada en

la extrangera arena. Todo lo he perdido ya; solo me queda Polidoro, el

mas querido y el mas pequeño de mis hijos varones, que vive en estas

regiones encomendado á Polimnestor, Rey de ellas, al cual podrá ser de

utilidad y provecho el que se prolongue algo mi triste vida. Debo pues

apresurarme, y emplear estos instantes de ella en lavar[69] la cruel

herida de Polixena y su rostro salpicado con la sangre.”

Dijo esto; y dirigiéndose á la playa con pasos tardos, y arrancándose

sus pocas canas, iba diciendo la infeliz: „Troyanas, dadme un cántaro

para sacar y traer un poco de agua.” Estando en esto vió arrojado en

la playa el cadaver de su hijo Polidoro, cubierto de grandes heridas, y

muerto violentamente á flechazos por traicion de Polimnestor. Al verle

empezaron á gritar las troyanas; pero Hécuba enmudeció por la fuerza

de su dolor, el cual le comprimió la voz y las lágrimas, reprimiendo

hácia adentro las que sus ojos empezaban á brotar; y semejante á un

duro peñasco se queda yerta, y unas veces dirige la vista á la parte

contraria, otras levanta al cielo sus airados ojos, y otras los dirige

á mirar el rostro y heridas de su hijo; pero mas principalmente á

estas. Ensáñase y monta en cólera, en la cual enardecida, determinó

vengarse como si aun fuera Reina, y se quedó absorta, discurriendo la

especie de venganza que habia de tomar contra Polimnestor. Asi como se

enfurece la leona á quien han quitado sus cachorrillos, y encontrando

las huellas del robador, las sigue, y persigue al enemigo antes de

verle; del mismo modo Hécuba, despues que mezcló la ira con el llanto,

olvidada de su edad, pero no de su valor, se dirige al palacio del Rey

Polimnestor, autor de la cruel muerte de Polidoro; pide audiencia, y

conseguida le dice venia á mostrarle y entregarle una cantidad de oro

que habia quedado escondida para que se la diera á su hijo. Creyólo

Polimnestor, y poseido de su anhelo y acostumbrada avaricia, se retiró

con ella á un lugar secreto, en donde mostrándose halagüeño, la dijo:

„No te detengas, Hécuba; dame ese oro para tu hijo, pues te juro por

los Dioses de entregarle fielmente lo que ahora me des y lo que antes

he recibido.” Ella le miraba con aspecto terrible al tiempo que estaba

hablando y jurando tales falsedades; y no cabiendo ya en sí de ira,

arremete á Polimnestor, le ase fuertemente, llamando en su auxilio á

las matronas cautivas, le mete los dedos en los ojos, se los saca,

y extrae hasta las mejillas, haciéndola valerosa su propia ira; y

metiendo despues la mano en los huecos llenos de sangre, le arranca,

no los ojos porque ya no los tenia, sino el sitio donde aquellos

estuvieron. La gente de Tracia, irritada y ofendida por el estrago

hecho en la persona de su Rey, acometió á Hécuba, tirándola flechas y

piedras; pero esta con un ronco murmullo iba corriendo á morder las

piedras que la tiraban, y cuando se disponia y preparaba á hablar, en

lugar de voces prorumpió en ladridos, convertida ya en perra. Todavía

permanece el lugar donde acaeció esta aventura, y tiene el nombre

del suceso. La desgraciada Hécuba aun despues de su transformacion

conservaba la memoria de sus antiguas calamidades, y afligida aullaba

y ladraba por los campos de Tracia, y su desgracia conmovió y lastimó á

los troyanos, á los griegos, y hasta á los mismos Dioses; de tal modo

que la misma Juno, muger y hermana de Júpiter, confesaba y decia que

Hécuba no merecia ser castigada con tanto rigor.

Aunque la Aurora habia favorecido siempre á los troyanos, no pudo

emplearse en sentir sus calamidades y las de Hécuba. Angustiábale

un cuidado mas cercano, y tenia que llorar la pérdida de su hijo

Memnon,[70] al cual vió perecer en los campos de Troya al ímpetu de

la lanza de Aquiles. Al verlo se le paró descolorido aquel rubicundo

color con que se deja ver por el horizonte al amanecer, y la hizo

esconderse entre las nubes. No pudo sufrir el triste espectáculo de

que el cadaver de su hijo fuese puesto en la pira, y suelto como tenia

el cabello se dirigió al gran Júpiter, y arrojándose á sus pies, le

dijo acompañando con las lágrimas estas palabras: „Aunque soy una

deidad de inferior órden á todas las que habitan el resplandeciente

cielo (pues mis templos son pocos y raros en todo el orbe), llego á tus

pies, no para que me concedas templos, dias festivos y de sacrificios,

y aras en que se quemen inciensos en mi honor, aunque no dejarias de

concederme estos dones, si tienes consideracion á que me hacen digna

de ellos los oficios que por tu órden desempeño, cuando sirvo de que

con mis crepúsculos no se confunda la noche con el dia ni la luz con

las tinieblas; pero no es este el cuidado que me trae, ni estoy en

estado de solicitar unas honras que creo tengo bien merecidas. Vengo

con la afliccion de haber perdido á mi hijo Memnon, que habiendo

venido con sus fuertes armas al socorro de Príamo su tio, fue muerto

en sus primeros años (pues asi lo quisieron los hados) por el valeroso

Aquiles. Yo te ruego pues, Soberano de los Dioses, le concedas algun

privilegio que le distinga de los demas mortales para que se consuele

una madre afligida.”

Júpiter convino en ello, y al momento la alta pira en que estaba el

cadaver de Memnon, consumida por el fuego, se desplomó, y los remolinos

del humo oscurecieron el aire, al modo que cuando los rios exhalan

las nieblas que nacen de ellos, y que los rayos del sol no pueden

penetrar. La negra pavesa se levanta en el aire, y unida se condensa,

formando un cuerpo que toma figura, color y movimiento del mismo fuego,

y que su ninguna pesadez le servia de alas, y le hacia remontarse. Esta

masa solo era al principio una especie informe de ave; poco despues,

siendo ave verdadera, hizo ruido con las alas. Al mismo tiempo sonaron

otras infinitas que salieron de las propias cenizas. Estas aves dan

tres vueltas volando al rededor de la hoguera, y tres veces el clamor

concorde sube á los aires, y se baten unas contra otras con tanto furor

y obstinacion, que caen cerca de la hoguera, como unas víctimas que se

sacrificaban á las cenizas de que habian sido formadas, demostrando en

esto que debian su ser á un varon esforzado. El autor le dió el nombre

á las aves: llamáronse de él Memnónides. Estas aves al cumplirse el año

vuelven al mismo sitio, y en él renuevan el combate, honrando de este

modo el sepulcro de este héroe. Cuando todos se afligian de oir ladrar

á la desgraciada Hécuba, la Aurora solo atendia á su propio dolor y

llanto, y desde entonces derrama lágrimas, que se convierten en rocío.

[Ilustración: (124) Del incendio de Troya se salva Eneas con su padre

Anquises y su hijo Ascanio.]

FÁBULA III.

_ENEAS Y ANQUISES._

No obstante, el destino no permitió que con la ruina de los muros

pereciese enteramente la esperanza de la reparacion de Troya. El

piadoso Eneas sacó sobre sus hombros á los Dioses penates y tutelares,

y en su padre llevó otra nueva deidad, que era para él una carga

venerable. Con la precipitacion solo pudo escoger, entre tantas

riquezas como dejaba, á su anciano padre y á su hijo Ascanio. Habiendo

salido prófugo del puerto de Antandros, pequeña ciudad de Frigia, con

su flota, y aprovechándose de un viento favorable, deja á un lado las

playas abominables de Tracia, y la tierra que aun estaba manchada con

la sangre de Polidoro, y entra con próspero viento, rodeado de sus

compañeros, en Delos, ciudad consagrada á Apolo. Anio, sacerdote de

este Dios, y Rey de la isla, le recibió favorablemente en el templo y

en su palacio; le enseña la ciudad, los dedicados templos, y los dos

árboles que en otro tiempo sirvieron de apoyo á Latona, y se asió de

ellos cuando parió á Apolo y á Diana. Despues de haber hecho un solemne

sacrificio, en el que quemaron incienso, derramaron vino sobre él,

y consumieron al fuego, segun solemne rito, las entrañas y fibras de

los animales sacrificados, se entraron en el Real palacio, y sentados

á la mesa, ricamente preparada, les sirvieron en ella los abundantes

dones de Céres y de Baco. En la conversacion de mesa el anciano y

piadoso Anquises dijo á Anio: „Sacerdote ilustre de Febo, ó yo estoy

engañado, y no me acuerdo muy bien, ó tenias un hijo y cuatro hijas

cuando vine la primera vez á esta ciudad.” Á lo que Anio afligido,

sacudiéndose la cabeza que tenia vendada con el blanco velo sacerdotal,

respondió: „No te engañas, ó heroico y venerable anciano; verdad es

que viste padre de cinco hijos á quien ahora (tanta es la inconstancia

de las cosas humanas) ves casi sin ninguno; porque ¿de qué me sirve

uno solo que tengo ausente, llamado Andros, en la isla denominada

de su nombre, en la cual está reinando por mí? Apolo le concedió el

don de comprender lo futuro, y Baco distinguió á mis hijas con otros

dones nunca oidos, porque todas las cosas que tocaban se convertian en

trigo, vino y aceite, y esto les servia para enriquecerse. Luego que

Agamenon, destruidor de los muros de Troya, supo que mis hijas poseian

este don (para que entiendas, querido Anquises, que á mí tambien me

tocó alguna parte en vuestras desgracias), usando de la fuerza de las

armas, me las tomó y arrebató con violencia de mi propio seno, para que

con el uso de su don abasteciesen á todo el egército de los griegos.

Habiendo hallado medio para escaparse cada una por donde pudo, las dos

aportaron á la isla de Eubea, y las otras dos á la de Andros, donde

reinaba su hermano. Inmediatamente una tropa de hombres armados entró

en sus estados, y le amenazaron con su destruccion si no entregaba á

sus hermanas. El amor que Andros les tenia cedió por último al temor

que le causaba el egército enemigo, y las entregó á los griegos: un

temor tan bien fundado puede servirle de disculpa: no tenia á su lado

para defender sus nuevos estados ni á Eneas ni á Hector, á estos dos

fuertes guerreros que durante diez años han resistido á todo el poder

de la Grecia. Ya se preparaban cadenas para aherrojar á mis hijas como

á unas esclavas, cuando levantando los brazos aun libres al cielo,

exclamaron: „¡Ó padre Baco, socórrenos, y no nos abandones en el apuro

en que nos vemos por causa del don que de tí recibimos!” Su súplica

fue oida; y el Dios que les otorgó el don, que acababan de invocar,

las socorrió, si se puede llamar socorro el perderlas para siempre de

un modo maravilloso. Nunca he podido saber de qué modo perdieron la

figura, ni aun ahora lo puedo decir. Todo lo que yo sé es que tomaron

plumas, y que fueron transformadas en palomas, aves consagradas á Venus

tu esposa.”

Metamorfóseos o Transformaciones (4 de 4) · 第 3 / 11 段