que Diomedes me acompañó á esta empresa: su parte le toca tambien
en ella; pero tambien tú debes acordarte de que cuando fuiste á la
defensa de la escuadra no fuiste solo; á tí te acompañaron muchos, á
mí solo Diomedes. Si este gran capitan no estuviera bien cerciorado
de que el sabio es mas útil que el guerrero, y de que la prudencia es
mayor mérito que el temerario valor, tambien se hubiera manifestado
pretendiente á estas armas, y lo mismo hubiera hecho Ayax, hijo de
Oileo, que ha tenido mas moderacion que tú. Tambien las hubiera
pretendido el feroz Euripilo, Toas, hijo de Andremon, Idomeneo, Merion,
su paisano, y Menelao.[58] Todos los cuales, aunque esforzados, y que
no son inferiores ni de menor mérito y valor que el tuyo, cedieron
reconociendo la ventaja de mi prudencia. Tú tienes esfuerzo para los
combates; pero te falta el ingenio, y necesita ser dirigido por el
mio. Tú tienes fuerzas sin prudencia; mas yo con mi sagacidad preveo
lo futuro. Tú puedes pelear; pero Agamenon acuerda y elige con mi
consejo el tiempo y la coyuntura en que pueden y deben empeñarse los
combates. Tú solo eres útil en el cuerpo; pero yo tambien lo soy en
el ánimo y el ingenio: en suma, tanto te llevo de ventaja, cuanto
excede el piloto al marinero y el capitan al soldado; porque en mí es
el ingenio mas esforzado y valiente que el brazo, y en aquel está y
consiste el principal vigor. Ahora bien, próceres de Grecia, declarad
este gran premio á quien tanto se ha desvelado por vosotros, y por
tantos cuidados y fatigas como en el largo tiempo de esta guerra he
tenido y desempeñado en vuestro favor; añadid á mis méritos este
título mas, que sea recompensa de ellos. Ya nos falta muy poco para
concluir esta guerra, pues yo he removido todos los inconvenientes que
lo impedian por disposicion de los hados, y me glorío que he tomado á
Troya, haciendo de modo que pueda ser tomada. Por la esperanza pues de
nuestros aliados; por los muros de Troya, que ya estan para arruinarse;
por las deidades tutelares de ella, que yo con intrepidez les quité y
saqué de su seno, y por lo demas que aun pienso hacer y obrar, si es
que queda alguna cosa que deba hacerse con sabiduría y consejo; y si
falta algo que arguya audacia, dificultad, y sea el último término del
hado y ruina de Troya, no os olvideis de mí, ni me negueis este premio;
y cuando no estimeis que se me deben dar estas armas, concededlas (y
muestra el simulacro fatal de Minerva) á esta efigie, que es la mas
acreedora de los que las pretenden.”
En todos los próceres se advirtieron conmociones é indicios de que
quedaban convencidos y persuadidos en favor de Ulises, á quien
declararon las armas, y entonces se vió por experiencia el valor y
poder de la elocuencia, y que el sabio y discreto prefirió al guerrero,
y se alzó con las armas del fuerte Aquiles. Ayax, que solo y sin
compañía salió al desafio de Hector, y que tantas veces resistió al
hierro, al fuego y al mismo Júpiter, no pudo resistir á su propia ira.
Vencióle el dolor; y tomando su espada, dijo: „Á lo menos esta es mia;
esta no la pide Ulises; de esta debo usar contra mí mismo, y el acero,
que tantas veces se manchó con la sangre de los troyanos, ahora debe
emplearse en derramar la de su señor; porque Ayax no debe ser vencido
por otro alguno que por sí mismo.” Al decir esto se lo clavó y escondió
en su pecho, sin poder volver á sacarle de él hasta que le expelió la
impetuosidad de la sangre que salia de la herida, con la que rociada
la tierra, brotó de la raiz de un verde césped una flor de color de
púrpura, idéntica en todo á la que antes habia nacido de la sangre de
Jacinto,[59] en cuyas hojas estan escritas unas letras que pueden
apropiarse tanto á la edad pueril como á la viril, con la diferencia de
que en la de Ayax designan el nombre, y en la de Jacinto su queja.
Vencedor Ulises en la contienda de las armas, se embarcó para Lemnos,
patria de Ipsifile, hija del Rey Toas, y para aquellas tierras
que quedaron infames desde la muerte que las mugeres dieron á sus
maridos,[60] é hizo este viage con el fin y designio de reducir á
Filoctetes, y traerle, como lo consiguió, á la liga contra Troya con
las flechas de Hércules, con el auxilio de las cuales se concluyó y
puso fin á la guerra, quedando destruida Troya, muerto su Rey Príamo, y
su infeliz muger Hécuba perdió por último la forma humana, y convertida
en perra, espantó las regiones extrañas con sus nuevos ladridos. Ardia
el Ilion, alcázar de Troya, situada en el estrecho en el que termina
el dilatado Helesponto; y antes de apaciguarse el fuego, el anciano
Príamo habia sido sacrificado á Júpiter, en cuya ara derramó su ya fria
sangre. Casandra su hija, sacerdotisa de Febo, asida con violencia de
los cabellos para apartarla de su padre, se resistia levantando en
vano sus manos al cielo. Los griegos vencedores se apoderan, como de
una poco honrosa presa, de las mugeres troyanas, que para impedirlo se
acogian á los encendidos templos, y se abrazaban á las estatuas de los
Dioses patrios. Astianacte, hijo de Hector, fue despeñado de aquella
misma torre, desde la cual habia visto y le habia mostrado su madre
muchas veces á su padre Hector, que peleaba por los suyos, y defendia
el reino de sus abuelos.[61]
FÁBULA II.
_LA SOMBRA DE AQUILES DETIENE Á LOS GRIEGOS._
Ya en fin convidaba el viento á los griegos á hacerse á la vela, y
soplando favorable hacia resonar las desplegadas velas, y los pilotos
mandaban é instaban al embarque. Las prisioneras troyanas, besando la
tierra, se quejaban y clamaban por ser separadas de ella con violencia:
con gritos y gemidos dieron el último á Dios á Troya; y embarcándose
por fuerza, abandonaron para siempre la desgraciada ciudad, que aun
humeaba. La última que se embarcó entre todas fue Hécuba (¡espectáculo
tan lamentable!), la cual fue hallada y sacada por Ulises de en medio
de los sepulcros de sus hijos, asida á los túmulos, y besando los
huesos; pero antes de ser arrebatada desahogó su cariño en las cenizas
de su hijo Hector, las cuales tomó y guardó en su seno, y al mismo
tiempo dejó en lugar de ellas en el sepulcro su cano cabello, como
pobre despojo de la que solo tenia el cabello y las lágrimas que poder
ofrecerle. Sobre la orilla opuesta á la Frigia, donde estuvo Troya, hay
una tierra habitada de los tracios.
[Ilustración: (122) La sombra de Aquiles detiene á los Griegos que se
volvian á su patria.]
Alli estaba el opulento palacio del Rey Polimnestor, á quien Príamo
habia enviado secretamente á su hijo Polidoro para que le educase, y
para alejarlo de los peligros á que hubiera estado expuesto durante la
guerra. Este consejo hubiera sido muy sabio, á no haber enviado con
su hijo riquezas capaces de provocar á un hombre avaro, é inducirlo
á los mayores delitos. En efecto, despues que el impío Rey de Tracia
supo que los griegos se habian apoderado de Troya, violó los derechos
mas sagrados, degolló al jóven Polidoro; y como si el delito pudiera
desvanecerse con el cuerpo, lo arrojó al mar.
El hijo de Atreo[62] fondeó con su escuadra en la playa de Tracia
mientras se tranquilizaba el mar y amainaban los vientos. Aqui de
repente se apareció Aquiles, saliendo de una abertura que hizo la
tierra, con la misma corpulencia y ferocidad, y con el mismo semblante
amenazador que cuando vivia. Acometió con su espada á Agamenon,
diciéndole: „¿Qué es esto, griegos, asi os retirais sin acordaros de
mí, y la memoria de mi valor queda de este modo enterrada conmigo?
No debeis hacerlo ni retiraros, dejando sin honor mi sepulcro, en el
cual es preciso sacrifiqueis á Polixena[63] á mis manes.” Dicho esto
desapareció; y obedeciendo todos á la amenazadora sombra de Aquiles,
arrebataron del regazo de su madre á esta desgraciada doncella, que
era entonces su único consuelo, y la infeliz con una fortaleza mas
que mugeril fue conducida al túmulo para ser sacrificada al busto[64]
de Aquiles: la cual muy sobre sí fue acercada al altar, y al tiempo
de ir á descargarle el golpe, como viese á Neoptolemo[65] que estaba
de pie con el cuchillo en la mano, y tenia clavados los ojos en su
semblante, le dijo: „Descárgale, y derrama con él mi noble sangre; yo
no te lo impido; esconde ese cuchillo en mi pecho ó en mi garganta:
aqui los tienes ambos descubiertos; porque siendo yo Polixena, no
puedo acomodarme á la esclavitud, y prefiero morir, aunque sé muy bien
que mi sacrificio no servirá para aplacar á ninguna deidad, y por lo
mismo debes ahorrar inútiles ceremonias. Solo desearia que mi muerte
pudiera ocultarse á mi madre. Ella me estorba y disminuye la alegría de
mi sacrificio, aunque no debe llorar tanto mi muerte como los riesgos
á que queda expuesta su vida. Vosotros, griegos, ahora, pues lo pido
con razon, apartaos á lo lejos para que mi sombra pueda bajar libre
á la mansion de Pluton, y abstened vuestras manos de mancillar á una
doncella que se conservó siempre casta. Mi sangre libre será mas acepta
á aquel, quien quiera que sea, á quien procurais aplacar con mi muerte.
Si hay alguno entre vosotros á quien conmuevan estos mis últimos deseos
y súplicas, la hija del Rey Príamo, no una esclava, es la que os ruega
que sin exigir precio alguno, y sin que tenga que comprar con oro, sino
con sus lágrimas, el triste derecho de mi sepulcro,[66] entregueis
mi cuerpo á mi madre, la cual cuando era rica y podia compraba estas
gracias á mucho precio.” Al acabar de decir esto, el concurso echó á
llorar, no pudiendo contener sus lágrimas como ella las contenia. El
mismo ministro del sacrificio,[67] llorando y como forzado abrió su
pecho descubierto, escondiendo en él el cuchillo. Herida mortalmente,
sus fuerzas la abandonan, cae, y mostró á la misma muerte intrépido
semblante. Aun cuando caia tuvo cuidado de cubrir con su ropa las
partes que se debian ocultar y conservar el decoro de su casto pudor.
Las troyanas recogieron el cadaver; y repasando en su memoria los
muchos que de la casa Real habian fallecido, y la mucha sangre que se
habia derramado de la familia de Príamo, unas veces suspiraban por la
infeliz Polixena, y otras por tí, Hécuba, Reina madre, en quien ya no
veian mas que una sombra de la antigua felicidad del Asia, reducida ya
á un triste despojo, que como mala suerte nadie queria le tocase en el
repartimiento, y que el vencedor Ulises la hubiera despreciado, á no
ser porque era madre del guerrero Hector, sin cuya circunstancia con
dificultad se hubiera hallado quien la hubiese querido por esclava.
Esta Reina desgraciada, abrazada al yerto cadaver de su esforzada hija,
derramó sobre él y sobre su herida las lágrimas que tantas veces habia
derramado por su patria, por sus hijos y por su marido. Besábale, y se
heria el pecho, tiñendo en la fria sangre sus canas; y despues de
haberle maltratado, prorumpió en muchas y lastimosas expresiones; pero
particularmente en las siguientes:
[Ilustración: (123) Las damas Troyanas llevan en hombros á Polixena que
acaba de espirar.]
„Hija querida (pues ya no me queda otra), último dolor de tu triste
madre, ya has espirado, y veo que mi pecho se halla penetrado de tus
propias heridas; has muerto á la violencia de ellas para que no se
verifique que yo pierda á ninguno de los mios de muerte natural. Yo
estaba persuadida que por ser hembra estarias segura del cuchillo;
pero has muerto á la violencia de él. La calamidad de Troya y el furor
de Aquiles, destruidor de nuestra familia, te ha alcanzado á tí y á
todos tus hermanos. Cuando murió á manos de Páris y con las flechas
de Apolo dije entre mí con confianza: „Ahora ya no tenemos que temer
á Aquiles;” pero veo que me engañé, y que debia de haberle temido aun
despues de muerto: sus cenizas aun en el sepulcro se enfurecen contra
nosotros; y en el túmulo mismo sentimos y experimentamos la crueldad
de este enemigo. Veo que he sido fecunda, y he criado hijos para
que hayan sido víctimas del furor de Aquiles. La gran Troya ha sido
destruida hasta los cimientos,[68] y con este triste fin se ha acabado
la pública calamidad; pero no para mí, para quien aun está y permanece
Troya en pie, y mi dolor aun no ha terminado su carrera. Yo que poco
há estaba en la cumbre de mi felicidad con mi marido el Rey Príamo,
cercada de hijos, yernos y nueras, ahora me hallo desterrada, pobre,
arrancada y separada de los sepulcros de los mios, y destinada para
esclava de Penélope, muger de Ulises, la que me enseñará á las matronas
de Itaca, ocupada en el vil ministerio de hilar, y les dirá: „Esta es
aquella esclarecida madre de Hector; esta es la que fue Reina y muger
de Príamo.” Despues, hija mia, de haber perdido á tantos, tú, que eras
sola la que quedabas para consolar los amargos llantos de tu madre, has
expiado con tu sangre el sepulcro del enemigo. Para él te parí, y para
que fueses sacrificada en sus exequias. ¿Para qué quedo yo con vida?
¿Es posible que soy tan dura é insensible que no la pierdo? ¿Qué es lo
que para en adelante aguardo? ¿Y para qué me reserva mi cansada vejez?
¿Para qué otra cosa, crueles Dioses, dilatais mi triste vida sino para
que vea nuevas desgracias? ¿Quién creeria que Príamo se pudiese llamar
feliz despues de la destruccion de Troya? Ciertamente lo es en haber
muerto, y no ser testigo, hija mia, de tu violenta muerte, y haber
perdido á un tiempo la vida y el reino. Serviríame de consuelo, hija
mia, hija de Reyes, el ver que se te hacian las debidas exequias, y que
tu cadaver fuese colocado en el panteon de tus abuelos. Pero esta dicha
ya se acabó para nuestra casa; y tu madre no tiene otros dones con que
honrar tu sepulcro que sus lágrimas, y el dolor de dejarte sepultada en
la extrangera arena. Todo lo he perdido ya; solo me queda Polidoro, el
mas querido y el mas pequeño de mis hijos varones, que vive en estas
regiones encomendado á Polimnestor, Rey de ellas, al cual podrá ser de
utilidad y provecho el que se prolongue algo mi triste vida. Debo pues
apresurarme, y emplear estos instantes de ella en lavar[69] la cruel
herida de Polixena y su rostro salpicado con la sangre.”
Dijo esto; y dirigiéndose á la playa con pasos tardos, y arrancándose
sus pocas canas, iba diciendo la infeliz: „Troyanas, dadme un cántaro
para sacar y traer un poco de agua.” Estando en esto vió arrojado en
la playa el cadaver de su hijo Polidoro, cubierto de grandes heridas, y
muerto violentamente á flechazos por traicion de Polimnestor. Al verle
empezaron á gritar las troyanas; pero Hécuba enmudeció por la fuerza
de su dolor, el cual le comprimió la voz y las lágrimas, reprimiendo
hácia adentro las que sus ojos empezaban á brotar; y semejante á un
duro peñasco se queda yerta, y unas veces dirige la vista á la parte
contraria, otras levanta al cielo sus airados ojos, y otras los dirige
á mirar el rostro y heridas de su hijo; pero mas principalmente á
estas. Ensáñase y monta en cólera, en la cual enardecida, determinó
vengarse como si aun fuera Reina, y se quedó absorta, discurriendo la
especie de venganza que habia de tomar contra Polimnestor. Asi como se
enfurece la leona á quien han quitado sus cachorrillos, y encontrando
las huellas del robador, las sigue, y persigue al enemigo antes de
verle; del mismo modo Hécuba, despues que mezcló la ira con el llanto,
olvidada de su edad, pero no de su valor, se dirige al palacio del Rey
Polimnestor, autor de la cruel muerte de Polidoro; pide audiencia, y
conseguida le dice venia á mostrarle y entregarle una cantidad de oro
que habia quedado escondida para que se la diera á su hijo. Creyólo
Polimnestor, y poseido de su anhelo y acostumbrada avaricia, se retiró
con ella á un lugar secreto, en donde mostrándose halagüeño, la dijo:
„No te detengas, Hécuba; dame ese oro para tu hijo, pues te juro por
los Dioses de entregarle fielmente lo que ahora me des y lo que antes
he recibido.” Ella le miraba con aspecto terrible al tiempo que estaba
hablando y jurando tales falsedades; y no cabiendo ya en sí de ira,
arremete á Polimnestor, le ase fuertemente, llamando en su auxilio á
las matronas cautivas, le mete los dedos en los ojos, se los saca,
y extrae hasta las mejillas, haciéndola valerosa su propia ira; y
metiendo despues la mano en los huecos llenos de sangre, le arranca,
no los ojos porque ya no los tenia, sino el sitio donde aquellos
estuvieron. La gente de Tracia, irritada y ofendida por el estrago
hecho en la persona de su Rey, acometió á Hécuba, tirándola flechas y
piedras; pero esta con un ronco murmullo iba corriendo á morder las
piedras que la tiraban, y cuando se disponia y preparaba á hablar, en
lugar de voces prorumpió en ladridos, convertida ya en perra. Todavía
permanece el lugar donde acaeció esta aventura, y tiene el nombre
del suceso. La desgraciada Hécuba aun despues de su transformacion
conservaba la memoria de sus antiguas calamidades, y afligida aullaba
y ladraba por los campos de Tracia, y su desgracia conmovió y lastimó á
los troyanos, á los griegos, y hasta á los mismos Dioses; de tal modo
que la misma Juno, muger y hermana de Júpiter, confesaba y decia que
Hécuba no merecia ser castigada con tanto rigor.
Aunque la Aurora habia favorecido siempre á los troyanos, no pudo
emplearse en sentir sus calamidades y las de Hécuba. Angustiábale
un cuidado mas cercano, y tenia que llorar la pérdida de su hijo
Memnon,[70] al cual vió perecer en los campos de Troya al ímpetu de
la lanza de Aquiles. Al verlo se le paró descolorido aquel rubicundo
color con que se deja ver por el horizonte al amanecer, y la hizo
esconderse entre las nubes. No pudo sufrir el triste espectáculo de
que el cadaver de su hijo fuese puesto en la pira, y suelto como tenia
el cabello se dirigió al gran Júpiter, y arrojándose á sus pies, le
dijo acompañando con las lágrimas estas palabras: „Aunque soy una
deidad de inferior órden á todas las que habitan el resplandeciente
cielo (pues mis templos son pocos y raros en todo el orbe), llego á tus
pies, no para que me concedas templos, dias festivos y de sacrificios,
y aras en que se quemen inciensos en mi honor, aunque no dejarias de
concederme estos dones, si tienes consideracion á que me hacen digna
de ellos los oficios que por tu órden desempeño, cuando sirvo de que
con mis crepúsculos no se confunda la noche con el dia ni la luz con
las tinieblas; pero no es este el cuidado que me trae, ni estoy en
estado de solicitar unas honras que creo tengo bien merecidas. Vengo
con la afliccion de haber perdido á mi hijo Memnon, que habiendo
venido con sus fuertes armas al socorro de Príamo su tio, fue muerto
en sus primeros años (pues asi lo quisieron los hados) por el valeroso
Aquiles. Yo te ruego pues, Soberano de los Dioses, le concedas algun
privilegio que le distinga de los demas mortales para que se consuele
una madre afligida.”
Júpiter convino en ello, y al momento la alta pira en que estaba el
cadaver de Memnon, consumida por el fuego, se desplomó, y los remolinos
del humo oscurecieron el aire, al modo que cuando los rios exhalan
las nieblas que nacen de ellos, y que los rayos del sol no pueden
penetrar. La negra pavesa se levanta en el aire, y unida se condensa,
formando un cuerpo que toma figura, color y movimiento del mismo fuego,
y que su ninguna pesadez le servia de alas, y le hacia remontarse. Esta
masa solo era al principio una especie informe de ave; poco despues,
siendo ave verdadera, hizo ruido con las alas. Al mismo tiempo sonaron
otras infinitas que salieron de las propias cenizas. Estas aves dan
tres vueltas volando al rededor de la hoguera, y tres veces el clamor
concorde sube á los aires, y se baten unas contra otras con tanto furor
y obstinacion, que caen cerca de la hoguera, como unas víctimas que se
sacrificaban á las cenizas de que habian sido formadas, demostrando en
esto que debian su ser á un varon esforzado. El autor le dió el nombre
á las aves: llamáronse de él Memnónides. Estas aves al cumplirse el año
vuelven al mismo sitio, y en él renuevan el combate, honrando de este
modo el sepulcro de este héroe. Cuando todos se afligian de oir ladrar
á la desgraciada Hécuba, la Aurora solo atendia á su propio dolor y
llanto, y desde entonces derrama lágrimas, que se convierten en rocío.
[Ilustración: (124) Del incendio de Troya se salva Eneas con su padre
Anquises y su hijo Ascanio.]
FÁBULA III.
_ENEAS Y ANQUISES._
No obstante, el destino no permitió que con la ruina de los muros
pereciese enteramente la esperanza de la reparacion de Troya. El
piadoso Eneas sacó sobre sus hombros á los Dioses penates y tutelares,
y en su padre llevó otra nueva deidad, que era para él una carga
venerable. Con la precipitacion solo pudo escoger, entre tantas
riquezas como dejaba, á su anciano padre y á su hijo Ascanio. Habiendo
salido prófugo del puerto de Antandros, pequeña ciudad de Frigia, con
su flota, y aprovechándose de un viento favorable, deja á un lado las
playas abominables de Tracia, y la tierra que aun estaba manchada con
la sangre de Polidoro, y entra con próspero viento, rodeado de sus
compañeros, en Delos, ciudad consagrada á Apolo. Anio, sacerdote de
este Dios, y Rey de la isla, le recibió favorablemente en el templo y
en su palacio; le enseña la ciudad, los dedicados templos, y los dos
árboles que en otro tiempo sirvieron de apoyo á Latona, y se asió de
ellos cuando parió á Apolo y á Diana. Despues de haber hecho un solemne
sacrificio, en el que quemaron incienso, derramaron vino sobre él,
y consumieron al fuego, segun solemne rito, las entrañas y fibras de
los animales sacrificados, se entraron en el Real palacio, y sentados
á la mesa, ricamente preparada, les sirvieron en ella los abundantes
dones de Céres y de Baco. En la conversacion de mesa el anciano y
piadoso Anquises dijo á Anio: „Sacerdote ilustre de Febo, ó yo estoy
engañado, y no me acuerdo muy bien, ó tenias un hijo y cuatro hijas
cuando vine la primera vez á esta ciudad.” Á lo que Anio afligido,
sacudiéndose la cabeza que tenia vendada con el blanco velo sacerdotal,
respondió: „No te engañas, ó heroico y venerable anciano; verdad es
que viste padre de cinco hijos á quien ahora (tanta es la inconstancia
de las cosas humanas) ves casi sin ninguno; porque ¿de qué me sirve
uno solo que tengo ausente, llamado Andros, en la isla denominada
de su nombre, en la cual está reinando por mí? Apolo le concedió el
don de comprender lo futuro, y Baco distinguió á mis hijas con otros
dones nunca oidos, porque todas las cosas que tocaban se convertian en
trigo, vino y aceite, y esto les servia para enriquecerse. Luego que
Agamenon, destruidor de los muros de Troya, supo que mis hijas poseian
este don (para que entiendas, querido Anquises, que á mí tambien me
tocó alguna parte en vuestras desgracias), usando de la fuerza de las
armas, me las tomó y arrebató con violencia de mi propio seno, para que
con el uso de su don abasteciesen á todo el egército de los griegos.
Habiendo hallado medio para escaparse cada una por donde pudo, las dos
aportaron á la isla de Eubea, y las otras dos á la de Andros, donde
reinaba su hermano. Inmediatamente una tropa de hombres armados entró
en sus estados, y le amenazaron con su destruccion si no entregaba á
sus hermanas. El amor que Andros les tenia cedió por último al temor
que le causaba el egército enemigo, y las entregó á los griegos: un
temor tan bien fundado puede servirle de disculpa: no tenia á su lado
para defender sus nuevos estados ni á Eneas ni á Hector, á estos dos
fuertes guerreros que durante diez años han resistido á todo el poder
de la Grecia. Ya se preparaban cadenas para aherrojar á mis hijas como
á unas esclavas, cuando levantando los brazos aun libres al cielo,
exclamaron: „¡Ó padre Baco, socórrenos, y no nos abandones en el apuro
en que nos vemos por causa del don que de tí recibimos!” Su súplica
fue oida; y el Dios que les otorgó el don, que acababan de invocar,
las socorrió, si se puede llamar socorro el perderlas para siempre de
un modo maravilloso. Nunca he podido saber de qué modo perdieron la
figura, ni aun ahora lo puedo decir. Todo lo que yo sé es que tomaron
plumas, y que fueron transformadas en palomas, aves consagradas á Venus
tu esposa.”