Arreció en el curso del día el temporal, sin que su violencia estorbara
a las valientes tropas isabelinas para lanzarse a la pelea. Desde el
camastro donde yacía en la casa de Jado, daba Espartero las órdenes de
ataque, previa la distribución de fuerzas en una y otra orilla, para
operar concertadamente contra Luchana. La brigada Mayol, que se hallaba
en Sestao, pasó el Galindo por el puente que habían construido los
ingleses, y ocupó las alturas de Rentegui y la Torre de la Cuarentena
frente a la desembocadura del Azúa. Y en tanto, inutilizado por el
temporal el puente de barcas sobre el Nervión, pasaron este, en
lanchones custodiados por las trincaduras de guerra, ocho compañías
de cazadores, dos del primer regimiento de la Guardia, dos de Soria,
dos de Borbón, una de Zaragoza y otra del 4.º de Ligeros, y fuerza de
ingenieros y artillería. En la travesía penosa, los pobres soldados
coreaban la furibunda cantata del temporal con sus exclamaciones de
ciego entusiasmo. Los zurriagazos de granizo con que les castigaba
la naturaleza, les embravecía más. ¡Bonita ocasión para proclamar la
Libertad y declararse dispuestos a horrendo sacrificio por tan voluble
diosa, que los infelices no habían visto nunca, ni sabían cómo era!...
Desembarcados en la orilla derecha, se apresuraron a entrar en calor
marchando contra el maldecido puente. La división del barón de Meer,
que había pasado el día batiéndose en las riberas del Azúa, reanudó sus
ataques con más brío al verse reforzada; los cazadores se abalanzaron
sobre el puente sin encomendarse a Dios ni al diablo, y no era floja
temeridad la de aquellos locos, porque los carlistas habían cortado
un tramo, y armado poderosas baterías por la otra parte, con cuyos
fuegos y la fusilería incansable podrían abrasar a los mismos ángeles
que se acercaran. Pocos ejemplos de arrojo personal que al de aquella
noche puedan compararse ofrecerá seguramente la historia militar del
mundo; y por mucho que el narrador apure los resortes del lenguaje para
describirlo, siempre ha de resultar como un combate fabuloso entre
fingidos héroes de la mitología o la leyenda.
Luchaban unos y otros en la oscuridad de una noche glacial, pisando
nieve, azotados por el granizo, calados hasta los huesos. Si a esto
se añade que habían comido poco y mal, acrece la inverosimilitud de
aquel esfuerzo, que empezó con una fanfarronería quijotesca y acabó
con una realidad sublime. Rodaban los muertos sobre la nieve; se
arrastraban los heridos entre peñas y charcos sin que nadie les
socorriese; los vivos asaltaban el puente casi a ciegas y a gatas,
y sin duda por no ver el peligro, lo acometieron y lo dominaron. En
pleno día, y con buen tiempo, tal empeño no habría sido quizás más que
una honrosa tentativa. El éxito se convirtió en brillante hazaña, la
más gloriosa quizás de aquella enconada guerra. Pudo suceder que los
carlistas, fiados en la inverosimilitud del movimiento isabelino, y
estimándolo demencia y bravata, se descuidaran en acudir con todo su
poder a la defensa. También ellos luchaban en las tinieblas, envueltos
en la glacial vestimenta del granizo y la lluvia; también a ellos les
entumecía y paralizaba el frío, y la nieve les negaba un suelo seguro
para combatir... A todos les trataba por igual la naturaleza. En una
y otra parte caían en tropel, los más para no volver a levantarse. La
virginal blancura de la nieve se teñía de sangre. A las imprecaciones
y gritos de salvaje marcialidad, respondía el viento con bramidos más
espantosos. Por fin, los liberales se calzaron el puente, lo hicieron
suyo, y pisaron el fango nevado de la orilla izquierda del Azúa.
Emprendieron al punto los ingenieros la compostura del tramo destruido,
para que pudieran pasar cañones, caballos, y todo el ejército cristino.
No se daban cuenta los hasta entonces vencedores de la importancia
de su victoria, ni acertaban a medir los obstáculos que, tomado el
puente, habrían de encontrar todavía, pues los facciosos habían surcado
de formidables trincheras los montes de Cabras y San Pablo. Como no las
tomaran pronto los de acá, todo lo que habían hecho era una sangría
inútil. Tan grande fue en los cristinos el impulso adquirido, y en tal
grado de coraje y excitación se hallaban, que no dieron paz al cuerpo,
ni al ánimo respiro, para seguir en demanda de las trincheras, con la
ambición loca de pisar también en ellas y de hacer trizas a los que las
defendían. De las nueve a las diez de la noche se empeñaron furiosos
duelos a la bayoneta en la aspereza de aquellos montes: los isabelinos
trepando; los otros a pie firme en los inexpugnables zanjones.
Rodaban por acá cuerpos destrozados. Allá expiraban otros. Tan pronto
avanzaban subiendo los liberales, como retrocedían precipitados, con la
nieve hasta las rodillas; se hundían en ella, salían furiosos, y las
bayonetas llegaron a parecer instrumentos de la naturaleza: el hielo y
el granizo convertidos en afiladas puntas y movidos por el huracán.
Una batería enemiga, colocada sobre el flanco derecho de las tropas de
Isabel, les sacudía sin cesar. Pero no hacían caso, y para concluir
pronto y decidirlo de una vez, no había más recurso que el arma blanca.
Repetidos los ataques en una gran extensión, pues las tropas del barón
de Meer pasaron a la orilla izquierda por un improvisado puente, las
trincheras de los carlistas, hondas, labradas en terreno pedregoso
y fuerte, continuaban inexpugnables. Eran hueso muy duro para que
pudieran roerlo los de acá, enorme su extensión para que pudieran
ganarlas por sorpresa. Y la noche no se aclaraba, ni disminuía la
crudeza iracunda del temporal. Diríase que el suelo quería tragarse
a los hombres y convertirse en inmenso pudridero y osario de todo lo
viviente. Serían las diez cuando el animoso y experto general Oráa,
a quien Espartero, por su enfermedad, había conferido el mando, vio
la imposibilidad de avanzar, ya que no la de sostenerse, y pidió
refuerzos. Espartero le envió al instante la primera brigada de la
división de Ceballos Escalera; después la segunda, al mando de este.
Siguieron la espantosa lucha, intentando escalar las trincheras, y
cayendo de espaldas para volver a la embestida, sin desmayo, _por
entrar en calor_. Fueron heridos el barón de Meer, el brigadier Méndez
Vigo, y multitud de oficiales. El jefe de cazadores, Ulibarrena, lo
había sido ya mortalmente en el ataque al puente de Luchana. Los
soldados caían a centenares.
A las diez y media vio el general Oráa que habían llegado al límite del
humano esfuerzo; pronto traspasarían la línea que separa los últimos
alardes de la desesperación eficaz de los primeros espasmos de la
impotencia, y ordenando conservar las posiciones y seguir combatiendo,
bajó a la ría, pasó con dos ayudantes y el coronel Toledo a la orilla
izquierda, y encaminose, ganando minutos, a la residencia del general
en jefe. Oía don Baldomero desde su cama el estruendo de aquella
tenaz contienda, y entre sus dolores que le retenían y sus cuidados
de caudillo que de fuera le solicitaban, se revolvía inquieto, sin
descanso, más castigado de la ansiedad que de la penosa cistitis. En
el momento de su mayor quebranto llegó el valiente Oráa, y con militar
rudeza le pintó en pocas palabras expresivas la situación apretada del
ejército a la otra parte del río. Soltó al instante Espartero media
docena de ternos gordos, y rechazando las ropas del camastro empezó a
vestirse a toda prisa...
—Voy ahora mismo, aunque me cueste la vida... ¡Pues no faltaba más!
Tomado el puente, ¿qué hemos de hacer más que _uparnos_ arriba como
fieras? ¿Qué hora es? Las once. ¡Bonita Nochebuena! Señores, hemos
jurado perecer o salvar a Bilbao. Esta noche se cumplirá nuestro
juramento.
Acudió un asistente a vestirle, y él, calzándose las botas, mandó que
entraran los que permanecían en la estancia próxima aguardando su
determinación.
—Gurrea, adelante... Toledo, pase usted... Pase usted también,
Fernando... Pues ya lo ven: voy a echar el resto. O ellos o yo... Ahora
nos veremos las caras... Ya me van cargando a mí esos ojalateros...
Mi caballo..., pronto, mi caballo... Me ha dicho Oráa que ha muerto
Ulibarrena... Les tengo que cobrar con réditos la vida de ese
valiente... Venga el capote, el bastón... Ya estamos... ¡Pobres
soldados, muertos de frío!... Allá voy, allá voy, y a Bilbao de
cabeza... No quiero tomar nada..., un poco de vino, y basta... Señores,
el que quiera divertirse y oír cantar el gallo de Navidad, que venga
conmigo...
Sobreponiéndose a su dolencia y ahogando la horrorosa molestia y
dolores que sufría, se le vio pronto en militar apostura, gallardo,
bien plantado, risueño. Su rostro amarillo, en que se manifestaba un
reciente derrame bilioso, se animó con el fuego que la pasión guerrera
en su alma encendía. Brillaban sus ojos negros; bajo la piel de la
mandíbula inferior, decorada con patillas cortas, se observaba la
vibración del músculo; fruncía los labios con muequecillas reveladoras
de impaciencia. Mal recortado el bigote, por el descuido propio de la
enfermedad, ofrecía cerdosas puntas negras, y bajo el labio inferior
la mosca se había extendido más de lo que consintiera la presunción.
Aún no gastaba perilla. El bigote de moco daba a su fisonomía carácter
militar, dentro del tono especial de la época: casi todos los sargentos
de su ejército le imitaban en aquel estilo de decoración personal.
Resultaban caras enjutas, secas, con algo de simbolismo masónico en
la disposición triangular de los adornos capilares, y expresión de
tenacidad y constancia.
Pisaba fuertemente el suelo para entrar en calor, y mientras afuera
disponían el paso a la otra orilla. Su mal de la vejiga le obligó a
tomar precauciones, previendo que en noche de largo batallar habían
de faltarle hasta los minutos para las funciones más precisas. Y al
propio tiempo no cesaba de dar prisa. Dijéronle que en cuanto volviesen
las lanchas que habían llevado la segunda brigada de la división de
Ceballos Escalera, pasaría el cuartel general. Tal era el desasosiego
de Espartero, que habría pasado solo en una tabla, y no pudiendo
aguantarse más en aquella inacción, salió masticando la saliva,
y escupiendo alguno que otro venablo y mitades de interjecciones
crudas... Le dolían partes de su cuerpo de las más sensibles; le dolía
la situación comprometidísima de su ejército; le dolía el amor propio.
Cuando llegó al sitio de embarque, advirtiéronle que su caballo ya
iba navegando hacia Luchana. Empezaron a embarcar las compañías de
Extremadura y casi toda la división de Minuisir. En la gabarra que más
a mano encontró, embarcose el general con su plana mayor y agregados
militares y paisanos. El corto bagaje que llevaba, con muy poca ropa,
escasos alimentos, y algunos chismes y drogas, impedimenta impuesta por
la enfermedad, embarcado fue en la misma lancha donde iba el caballo.
Religioso y triste silencio imperó en la travesía. Nadie hablaba. Por
un momento, en un desgarrón de las nubes, dejose ver la luna menguante
con medio rostro apagado. El temporal remuzgaba lejano. Eran las doce,
la hora del nacimiento de Jesús, que allí no anunciaron cantos de
gallo, ni festejó el rabel de inocentes pastores. Más bien las cornetas
y cajas, y el pavoroso silbar del viento, proclamaban la destrucción
del mundo.