Pisó tierra Espartero en la orilla derecha, y con él las tropas que
de refuerzo llevaba. Delante de todos marchó el general a caballo, y
pasado con precaución el puente famoso que había de inmortalizar su
nombre, subió el primero hacia el monte de San Pablo, encontrando a su
paso cadáveres dispersos, sobre los cuales blanqueaba ya el sudario
de la nieve últimamente caída. Empezó por disponer que las tropas de
refuerzo relevasen a los infelices que se habían batido toda la noche
a la desesperada, con los pies insensibles, clavados en el suelo.
Obligado por los accidentes del terreno a echar pie a tierra, departió
don Baldomero con la tropa, contestando con expresiones fraternales a
los vítores y gritos de entusiasmo con que fue saludado. Conferenció
con su jefe de Estado Mayor, el general Oráa, y acordaron suspender el
ataque para organizarlo con toda la fuerza útil disponible, y relevar
al instante los puestos avanzados. O la casualidad o un imprevisto
accidente produjeron hechos contrarios a lo que la rutinaria lógica de
los caudillos disponía.
Sucedió que Oráa dispuso que se diera el toque de alto, y el corneta de
órdenes, sin saber lo que hacía, distraído o alucinado, ebrio quizás
del frenesí batallador, tocó ataque, y lo mismo fue oír el estridor
guerrero, lanzáronse unos y otros monte arriba con ordenado y rápido
movimiento, rivalizando en ardor los que el general traía con los que
allí encontró. Quiso Oráa contenerles y que se cumpliera su mandato,
mal interpretado por el corneta; Espartero, con mejor instinto y rápido
golpe de vista, se aprovechó de aquel felicísimo arranque de la tropa,
y con llama de inspiración, vio que era llegado el momento de seguir
el impulso de los inferiores, de la gran masa bélica. Esta tomaba la
iniciativa; esta, en un fugaz espasmo colectivo, dirigía y mandaba.
Procedía, pues, favorecer este arranque, dirigirlo, extremarlo, y no
permitir que desmayara. Blandiendo su espada, se puso frente a una
columna, y con aquella voz sonora, con aquel tono arrogante y fiero
que electrizaba a las multitudes, adoptando formas de lenguaje muy
enérgicas y al propio tiempo fraternales, les dijo:
—Adelante todo el mundo, y arrollemos a esos descamisados... ¡Coraje,
hijos, coraje!... Ahora verán lo que somos. Delante del que de vosotros
avance más, va vuestro general, que quiere ser el primer soldado...
¡A la bayoneta..., carguen! ¡Coraje, hijos!... Por delante va esta
espada que quiere ser la primer bayoneta... Que mueran ahora mismo
esos canallas, ¡coraje!, o abandonen el campo, que es nuestro. ¡Viva la
Reina, viva el Ejército, viva la Libertad!
Y comunicado este furor a toda la división, avanzaron monte arriba con
estruendo que hizo enmudecer los bramidos de la tempestad. Oráa se puso
al frente de otra columna por la izquierda. Al llegar a la trinchera
enemiga, oyeron rumor de pánico. Muchos carlistas huían, otros se
defendieron con rabia heroica; pero la embestida era tan fuerte, que no
pudo ser larga ni eficaz la resistencia. Ensartados caían de una parte
y otra. La voz del general, no enronquecida, siempre clara y vibrante,
les gritaba.
—No hacer fuego... Bayoneta limpia... ¿No quieren libertad? Pues
metérsela en el cuerpo... Adelante: arriba todo el mundo. ¡Hijos,
coraje!... Bilbao es nuestra, y de ellos la ignominia. Nuestra toda la
gloria. Que vean lo que somos. Arriba, arriba... Ya huyen. ¡Firme en
ellos!
No esperó el enemigo un segundo ataque, y huyó a la desbandada monte
arriba, hacia a segunda línea de trincheras. De improviso, cuando
ordenaban proseguir, descargó una tan fuerte lluvia con granizo, que
los combatientes tuvieron que detenerse. No veían; el pedrisco les
cegaba; el viento furibundo obligábales a guarecerse tras un matojo, al
amparo de cualquier peña, tronco o paredón en ruinas.
—Mi general, aquí —gritó un alférez, viendo a Espartero azotado
vivamente por el temporal, la mano en el sombrero, el capote
desabrochado por las garras del viento.
Guareciéronse en el socaire de una peña. El caudillo le reconoció al
instante:
—Ordax... ¿No es usted Ordax? Avise usted al general Oráa dónde estoy.
Que venga al momento. Esta racha pasará pronto...
El oficial, que era uno de los que más se distinguieron en el ataque
del puente, corrió a cumplimentar las órdenes de su jefe. No tardaron
en encontrar a este sus ayudantes, y se agruparon para darle con sus
cuerpos más abrigo. En la confusión de aquel momento, surcado el aire
y azotada la tierra por los furiosos latigazos del granizo, oíanse
gritos, voces, llamadas, nombres que sonaban desgarrados en medio de la
furiosa tempestad. Espartero dejó oír su voz imperiosa:
—Aquí estoy... ¡Eh! ¡Gurrea..., Toledo..., aquí! ¡Demonio de tiempo!
Ya les llevábamos en vilo..., que venga Oráa..., ¡Oráa!... ¿Dónde está
Ceballos Escalera?
—Aquí, mi general —replicó la voz potente del jefe de la segunda
división.
—¿A qué distancia estamos de Banderas? Yo no veo nada. ¿Dónde está
Banderas?
—Allí, mi general.
—Ya sé que está allí... ¿Pero a qué distancia poco más o menos? ¿Sabe
usted que me encuentro mejor de mis dolores? Me ha sentado bien el
sofoco, y encima del sofoco la mojadura. ¡Vaya una noche! Y dicen que
en esta noche nace Dios... No lo creo.
—Mi general, estamos a un tiro de fusil de Banderas... Pero aún queda
que tomar otra línea de trincheras más arriba.
—¡Qué trincheras ni qué cuerno! De esas les echaremos también..., pero
a culatazos..., a patadas... Otra racha de granizo. Bueno: venga todo
de una vez... Ya, ya para. Que den un toque de atención. No perdamos
tiempo. ¿Qué hora es?
—Las tres y media, mi general.
En esto llegó Oráa, y Espartero le dijo:
—Escoja usted quince hombres decididos, de los que no creen en la
muerte, y un oficial, para que vayan a hacer un reconocimiento en la
altura de Banderas. No podemos presumir la fuerza que tienen allí,
ni si están resueltos a defender el puente a todo trance. Tiempo han
tenido de fortificarse bien. Pero estén como estuvieren, y hayan hecho
más baluartes y baterías que tiene Gibraltar, allá nos vamos ahora
mismo, _con la fresca_, a darles la última pateadura.
Habiendo cesado el chaparrón, salió don Baldomero de su escondrijo,
y encareció a los soldados lo fácil que era subir hasta Banderas.
Probablemente, el enemigo no tendría ya malditas ganas de ver caras
isabelinas por allí, y saldría escapado en cuanto se enterara de la
visita. Restablecidas las líneas que desbarató el temporal, trajéronle
al general su caballo, y se le unió Carondelet, mientras Ceballos
Escalera se alejaba a escape para cumplimentar las últimas órdenes.
Los quince soldados y el oficial que se brindaron a ir de descubierta,
marcharon silenciosos monte arriba. ¡Infelices, cuán grande era
su abnegación! Iban tan solo para probar el grado de fuerza que en
Banderas tenía el enemigo. Si este les recibía con intenso fuego,
señal era de que la elevada posición quería y podía defenderse. En
tanto, las columnas avanzaban con orden de no hacer ruido, callados los
tambores y cornetas, calladas también las bocas. Como a la mitad del
camino, entre el punto de partida y Banderas, los quince tropezaron
con una cabaña en ruinas, infestada de facciosos, los cuales, por los
huecos de los tapiales destruidos, rompieron el fuego. El general
y sus adláteres observaban esto desde una distancia inapreciable
por la oscuridad; mas no veían gran cosa. Roto el silencio por la
estruendosa voz de Espartero mandando ataque, retumbó el trueno en
la masa de tropas, y allá se fueron las columnas como un ventarrón
furibundo, barriendo cuanto encontraban por delante. En las ruinas,
más de la mitad de los quince rodaban por los declives cubiertos de
nieve. En la primera embestida a las trincheras altas, no pudieron los
de acá desalojar al enemigo. El retroceso fue corto. No necesitaron
ser jaleados para volver con ímpetu nuevo. Espartero y sus ayudantes
picaron espuela en busca del sitio de mayor peligro. Esto fue de grande
eficacia para alentar a los soldados, que, despreciando la muerte,
volvieron a desafiarla cara a cara; y al tercer achuchón, los carlistas
que no quedaron tendidos salieron por pies. A la izquierda, en la
falda de San Pablo, la columna mandada por Oráa pudo avanzar con menos
obstáculos. Espartero no la veía. Solo por el ruido de tambores y las
imprecaciones humanas que aventaba el temporal, podían apreciar los
de la primera columna que sus compañeros les llevaban alguna ventaja.
Situándose más arriba de las ruinas de la cabaña, pudo Espartero
distinguir las masas carlistas en el alto de Banderas, moviéndose de
flanco. ¿Iban en retirada? ¿Iniciaban un movimiento envolvente? Sobre
esto hicieron cálculos más o menos aventurados Carondelet y el general
en jefe.
—Para saberlo con certeza —dijo este—, vámonos arriba..., yo el
primero. No hay que darles tiempo a nada... ¡Hijos, coraje! Más valemos
muertos arriba que vivos abajo.
A medida que avanzando iban, veían más claro. Del cielo descendía
escasa luz, aumentada por el reflector blanquísimo y lúgubre que cubría
todo el monte, la nieve, cuya limpia y cándida superficie cortaban los
montones de cuerpos humanos. La cabeza del carlista muerto asomaba
por entre los brazos del liberal inerte. La oscuridad les agrandaba:
creyéraseles cuerpos de gigantes alados, caídos de un espantoso combate
en las nubes pardas, siniestras; estas corrían también, embistiéndose,
y esparcían por el cielo turbio sus desgarrados vellones. En la porfía
de tierra, un horroroso estruendo de tambores, cornetas, gritos,
vivas y mueras marcaba el paso de la nube humana, que se deslizaba
sobre nieve, bramando como el trueno, hiriendo como el rayo. En la
eminencia, el choque rudo produjo instantáneo retroceso. No se veía más
que un trágico tumulto, confusión de cabezas y brazos, y entre ellos
el centelleo de las bayonetas. No lejos de la columna de vanguardia,
Espartero les decía:
—¡Duro, hijos, duro, que ya estamos en casa!... No hay quien pueda con
nosotros... Allá vamos todos, yo el primero...
No tardaron los absolutistas en desbandarse por la vertiente norte.
Iniciado el abandono del fuerte, los de acá pusieron en la cúspide sus
manos, luego sus rodillas. El ejército de Isabel dio por fin en ella la
furibunda patada que estremeció y quebrantó para siempre el inseguro
reino de Carlos V. Serían las cinco cuando el caballo de Espartero
tocaba el himno con su vigorosa pezuña sobre el suelo de la plaza de
armas del fuerte. El noble animal no podía sofocar con sus relinchos la
gritería de los soldados, ebrios de gozo.
El ejército que tal hazaña consumó era un gran ejército; mas para que
luciera en toda su grandeza el santo ardor patriótico y el militar
orgullo que le inflamaban, era necesario que tuviese caudillos que
supieran cogerle de un brazo y llevarle a las cumbres estratégicas,
que simbolizan las altas cimas de la gloria. Sin tales pastores, no
puede haber rebaños tales. Pastoreaba las tropas cristinas, en aquella
noche terrible, un soldado de corazón grande, que supo infundirles
el sentimiento del deber, la convicción de que sacrificando sus vidas
mortales salvarían lo inmortal de la patria, el honor histórico de las
banderas. El tiempo, en vez de amenguar la talla de aquellas figuras,
las agiganta cada día, y hoy las vemos subir, no tanto quizás por
lo que ellas crecen, como por lo que nos achicamos nosotros, y aun
lloramos un poquito, ya con todo el siglo dentro del cuerpo, viendo que
gérmenes tan hermosos no hayan fructificado más que en el campo de la
guerra civil. Creíamos que aquello era el aprendizaje para empresas de
superior magnitud... Pero no era sino precocidad infantil, de las que
luego salen fallidas, dándonos tras el muchachón de extremado vigor
cerebral, hombres raquíticos y sin seso.
No debe mostrarse aislado el ejemplo de Espartero en la gloriosa
Navidad del 36; que unido a otros ejemplos y memorias de aquel
caudillo, resplandece con mayor claridad y nos permite conocer toda la
grandeza de los hombres que fueron. Antes de la liberación le Bilbao,
los suministros del ejército andaban como Dios quería. El gobierno
pedía victorias para darse tono, ¡victorias a soldados descalzos y
hambrientos! Todo el mando de Córdova fue una continua lamentación por
esta incuria. No fue más dichoso Espartero, y en su afán de emprender
vivamente las operaciones, ardiendo en coraje, atento a su decoro y a
la moral de sus tropas, resolvió el conflicto de un modo elemental,
casi inocente. Sin duda por ser del orden familiar, no se ha perpetuado
en letras de oro, sobre mármoles, la carta que con tal motivo escribió
a su mujer, la bonísima, hermosa y sin par Jacinta Sicilia. Decía entre
otras cosas:
«Empeña tu palabra, la mía, la de los amigos; empeña tus alhajas y
hasta el piano; reúne todo el dinero que puedas, y mándamelo en oro».
Tan diligente anduvo la dama, que con el mismo mensajero portador de
la carta, remitió a su esposo mil onzas. El general dio de comer a sus
soldados, y a los pocos días, postrado en cama con mal de la vejiga,
y viendo a sus queridas tropas en el grande aprieto de Monte Cabras
y Monte San Pablo, salta del lecho, con una temperatura glacial, y
hace lo que se ha visto... Desgraciada era entonces España; pero tenía
hombres.