Vio el sordo soldados y ordenanzas en la cocina, oficiales que sin
cesar subían y bajaban por la escalera principal, a la cual se asomó,
por matar el tiempo, esperando a su amiga. Esta reapareció diciendo:
—No vuelvo más arriba. Los ayudantes no la dejan a una vivir...
Vean qué cardenales tengo en este brazo. Un asistente me ha dicho
que el general está malo y no come nada..., que tengamos caldo para
las doce... Tú, Casiana, dame a mí un poco de guisado, que estoy
desfallecida... Echa, echa más, que comerá conmigo el pobre _Churi_...
¿Verdad, hijo, que tienes gana? ¡Pobre sordito!... Siéntate aquí,
cuéntame...
Tan viva de genio era la tal Saloma, que a veces parecía no estar
en sus cabales. Dejándose llevar de su vena comunicativa, sin parar
mientes en la sordera de _Churi_, le refirió, mientras comían, sucesos
militares de notoria actualidad.
—Mira, hijo, aquí estamos desde primeros del mes queriendo socorrer a
Bilbao, y quedándonos con las ganas de hacerlo. Tan pronto vamos por
la orillita de acá como por la de allá, y en ninguna tenemos suerte.
En Castrejana no hicimos más que perder mucha gente, y nos volvimos
para acá con las orejas gachas. Allí enfrente, en Azúa y Lejona, no
hemos hecho más que apuntar. Gracias que los ingleses, hombres de
mucho tino, han armado en el Desierto un altarito que le dará que
hacer al _servil_. Ahora parece que operamos por allí, y todo será
que tomemos el puente y casas fuertes que esos perros han hecho en
Luchana... Baldomero tiene ganas tremendas de darles una buena entrada
de palos..., pero yo le digo: «Baldomero, ándate con tiento y no te
comprometas... Tira primero tus líneas, mide terrenos y distancias...
Es malo echar carne a la pelea sin haber antes medido bien...». Pero
él no me hace caso... Es tan caliente de su natural, que si no tuviera
armas, a bocados les embestiría... Aquí tenemos a don Marcelino Oráa,
que tan pronto va como viene. Al otro lado están las tropas acampadas
de mala manera, mal comidas, muertas de frío. Dime tú si así se pueden
ganar batallas. Yo digo que no; Baldomero sostiene que la sangre
española no necesita más que de su mismo fuego para pelear y vencer.
Por amabilidad, a todo asentía _Churi_ con cabezadas, sin entender una
jota. Dígase pronto, para evitar malas interpretaciones, que aquel
Baldomero, a cada instante nombrado por la arrogante Saloma, era un
sargento de Guías, que tenía el honor de llamarse como el ilustre
caudillo del Ejército del Norte; y añádase que descollaba por su
arrojo, obteniendo cruces, y hallándose muy cerca de ganar el grado de
alférez. Don Marcelino Oráa, de quien había sido asistente, teníale
en gran estimación, y el mismo Espartero le conocía por su nombre
(Baldomero Galán) y le distinguía.
—Pues para que te enteres mejor —dijo—, los ingleses nos ayudan como
unos caballeros. Tienen talento para el ramo de cañones, y un ojo para
la puntería que da gloria verlo. Baldomero dice que con ellos serviría
más gustoso que con los de acá, porque pagan bien, comen mejor, y son
muy puntuales en todo... Yo le digo: «Aprende de esos a echar líneas
y tomar medidas antes de batirte... Fíjate en que no mueven una pata
sin pensarlo mucho, y examinan bien el pedazo de suelo donde van a
ponerla». Y él me replica: «Sí, mujer, tienes razón: son de mucho
estudio; pero acá uno es riojano, y antes de ponerse a estudiar, se le
enciende la sangre y allá va el coraje sin sentirlo».
Satisfecha su hambre, _Churi_ sentía también vivas ganas de comunicar
a una persona grata sus acerbas penas. Diose por enterado, sin
entenderlo, de lo que Saloma le había dicho, y continuando la
conversación sin lógico enlace de ideas, le dijo en un vascuence mal
castellanizado que es forzoso traducir:
—Efectivamente, Saloma Ulibarri, yo no te olvido; y en cuanto determiné
dejar a mi pueblo y a mi familia para siempre, he pensado en ti; y
vengo a decirte que si estás en volver pronto a tu tierra de Navarra,
como me dijiste la última vez que nos vimos, yo me voy contigo...
—Aquí me tienes pendiente de las operaciones —replicó Saloma—. Por mi
gusto ahora mismo me ponía en camino para mi Aragón de mi alma, pues
casi soy más aragonesa que navarra. Pero todo depende del punto a donde
destinen a Baldomero, que ya va para alférez. Si en estas acciones lo
gana, pedirá que le manden al Centro... Yo también hipo por el Centro.
Estoy harta de estas tierras frías y babosas..., con tanto llover y
tanto comer pescado y alubias... Quiero ver mi Ebro, mi tierra que
abrasa, mi cielo de allá que es la alegría del mundo... ¿De veras te
vendrás con nosotros?... ¡Ah! _Churi_, tú has hecho en tu casa alguna
travesura muy gorda...
Por esta vez coincidió casualmente el primer concepto de _Churi_ con el
último de Saloma.
—No soy culpable —le dijo—, sino desgraciado; tan desgraciado, que de
lástima que me tengo no me determino a quitarme la vida. Me voy, sí.
Súbitamente saltó el sordo con una pregunta que no parecía congruente.
—Dime, Saloma, ¿sabes si está por aquí un caballero joven que le llaman
don Fernando Calpena..., paisano, a no ser que se haya hecho militar de
poco acá..., guapo, noble, fino?...
Al pronto no dio lumbres la moza. ¡Había tanta gente en el Cuartel
general, militares de distintas armas y procedencias, asesores,
físicos, paisanos armados..! Rebuscaba en sus recuerdos, y al fin dio
con la persona que entre la turbamulta buscaba.
—¿Don Fernando dices? Sí, sí: un joven de buena presencia, ojos
bonitos..., muy amigo del general en jefe... Sí... Don Fernando no sé
qué... Arriba está. En uno de los desvanes de esta casa se aloja con
el señor Uhagón, un paisano de ayer, hoy capitán... ¿Es amigo tuyo ese
señor?
—Como amigo no es... Pero tengo que escribirle una carta que tú le
entregarás... Papel y pluma que me traigan.
Algo tardaron en darle lo que pedía, y él, en tanto, deleitábase
contemplando la hermosura lozana y picante de _Saloma la navarra_, como
allí le decían. Bueno es advertir que en anteriores meses, y antes
de que se iniciara en Bermeo la pasión ardiente que a tan lastimoso
estado le había traído, padeció el pobre _Churi_ el mal de amores,
prendándose de Saloma con ansias y desvelos de calidad poco espiritual.
Fue un desvarío juvenil, que se extinguió entre cenizas, después de
mucho requebrar y pretender con resultado nulo. ¡Era desgraciado el
hombre! Todo por la maldita sordera, por aquel tabique _de silencio_
que, levantado entre él y la humanidad, le impedía gustar las dulzuras
del querer... Mal curado de afición tan secundaria y superficial, cayó
en la enfermedad honda que le cogía el cuerpo y el espíritu, lo divino
y humano. Desapareció de su mente Saloma con su gallardía incitante y
su graciosa labia; la pasión integral y soberana eclipsó la parcial y
plebeya. Quedaba, siempre la cariñosa y leal amiga, que departía con
él afablemente, le daba de comer y le agasajaba y atendía, condolida de
la inferioridad a que su sordera le condenaba.
Casi toda la tarde hubo de emplear el sordo en su trabajo de escritura,
porque excesivamente severo consigo mismo, nada de lo que escribía le
contentaba, y unas veces por no acertar con el pensamiento que expresar
quería, otras porque su torpeza caligráfica le hacía incurrir en
garrafales errores, ello es que, rompiendo papel y trazando caracteres
muy gordos, se le iban las horas. Por último, cuando ya oscurecía,
quedó terminado aquel monumento, que leía y releía, buscándole faltas,
añadiendo o raspando comas, sin llegar nunca a la deseada perfección.
—Tómate todo el tiempo que quieras, hijo —le decía Saloma—, y pluméalo
bien, despacito, que el señor para quien es la carta se fue esta mañana
al otro lado y no sabemos cuándo volverá.
Cansado de la penosa escritura, tanto como del viaje, el pobre _Churi_
no se podía tener de sueño y quebranto de huesos. Saloma le dio un
camastro en la casa de Portugalete (donde tenía su establecimiento de
comidas, asociada con Casiana, y los hermanos Anabitarte, vinateros),
y en él cayó como una piedra el sordo, que si no lo fuera, no habría
dejado de sentir aquella noche el horroroso temporal. El oleaje y
remolinos de la barra daban espanto a la vista; el bramido de la
mar unido al del viento ahogaban todos los ruidos de tierra, sin
excluir los cañonazos de las baterías del Desierto contra Luchana.
En toda la noche pudo la navarra pegar los ojos pensando en su pobre
Baldomero acampado al raso o al abrigo de cualquier paredón, allá en
las posiciones del ejército en la orilla derecha. ¡Y que esto pasara
un cristiano por los derechos de Isabelita, de Carlitos, o del demonio
coronado!...
Amaneció nevando. Las nueve serían ya cuando Saloma despertó a _Churi_,
que no se hartaba de dormir, insensible al fragor de la naturaleza.
—Arriba, hijo, que es tarde. ¡Pues no lo has tomado con poca gana! Ya
tienes ahí a tu caballero de Madrid. Con el alférez Ordax ha pasado de
Las Arenas acá en un chinchorro, porque el puente de barcas se ha roto
con la furia de la mar. ¡Esa es otra!... Levántate pronto, gandul, y si
quieres verle, vente conmigo allá, y te arrimas a la escalera, que el
don Fernando ha entrado en la casa de Azcoiti, donde se alojan los de
artillería, y pronto ha de ir a mudarse de ropa. Está caladito... Dame
el _documento_ y se lo llevaré cuando se mude, que no está bien que
entre yo en su cuarto mientras el hombre se aligera de vestido.
Al poco rato de esta conversación, veía _Churi_ entrar al señor de
Calpena y subir presuroso. Era él, el mismo: ya se le podía soltar el
cohete sin ningún cuidado. Y a la media hora volvía Saloma a la cocina
y daba al sordo cuenta de su comisión en estos o parecidos términos:
—¡Ay, hijo, qué jicarazo se ha llevado el pobrecito señor con tu carta!
Se quedó al leerla más blanco que el papel en que la escribiste. Me
preguntó que quién eras tú, y de dónde venías, y yo, naturalmente, le
dije que eres _de los ricos_ de Bilbao, buen chico, muy marinero, solo
que un poco impedido de la _audiencia_... Ahora toma tu desayuno y
arrímate al fogón, que el día no está para rondar por el pueblo.
Solo en su desván, y ya vestido de ropa seca, no apartaba don Fernando
su pensamiento ni sus ojos de la carta que había recibido; y entre dar
crédito a la tremenda afirmación que contenía, o conceptuarla maligna
impostura, transcurría veloz el tiempo sobre la cabeza del joven sin
que este lo sintiera. «_Anoche casó Aura con Zoilo Arratia_», decían
en sustancia los garabatos del papel, trazados en letras gordas, como
para suplir con el tamaño la torpeza de la escritura. En vano su amigo
Uhagón (amistad reciente y cordialísima formada en aquellos meses)
entró a decirle que si el temporal arreciaba, no habría más remedio que
suspender las operaciones. A todo callaba Calpena; él, tan decidor, tan
entusiasta de aquella campaña, tan unido al ejército, que la acción de
este y la suya propia habían venido a ser una sola acción, no decía
nada, no comentaba, ni opinaba siquiera.
—¿Qué piensas? —le preguntó su amigo.
Y él, encerrando dentro de su alma una tempestad más horrorosa que la
que andaba por los aires, se levantó y dijo:
—Pienso... que hacen bien los carlistas en no dejar en Bilbao piedra
sobre piedra...; pienso que la humanidad es una vieja celestina, y la
naturaleza una mujer frágil...