Tenía Valentín por ineficaz aquella dispersión de la familia en
diferentes moradas, pues ningún lugar era seguro en el casco de la
villa. El inmenso peligro que los vecinos de la Ribera vieron en
esta parte del pueblo cuando los carlistas preparaban su ataque a la
Concepción, fue conjurado por la bravura bilbaína en la sangrienta
jornada del 29 de noviembre. Si el enemigo hubiera conquistado aquella
línea, poniéndose a tiro de fusil de todo el frente de la Ribera, esta
habría resultado inhabitable desde el teatro hasta Barrencalle. Pero
como continuaban en sus antiguas posiciones de Santa Clara y barrio de
Mena, y lógicamente no habían de meterse en arriesgadas aventuras por
aquella parte, pues toda su fuerza y vigilancia la necesitaban de la
Salve para abajo, atentos a las pisadas de Espartero, los vecinos de la
Ribera recobraban su tranquilidad, y los menos tímidos se iban metiendo
en sus hogares. Determináronse, pues, Sabino y Valentín a congregar
la dispersa familia: ya José María y _Churi_, que se instalaron en la
casa para estar al cuidado de todo, habían comenzado las reparaciones
convenientes en el tejado.
Prudencia opinaba como sus hermanos respecto a la concentración, pues
no se hallaba muy a gusto en casa de Vildósola. Este y Rufina, su
mujer, eran excelentes personas; no así la suegra, que de continuo
cerdeaba y se ponía fastidiosa, dando a entender que la molestaban los
huéspedes. Además, todo aquel barrio de Zamudio había venido a ser el
más inseguro; las baterías facciosas del barranco de Santo Domingo y
de Iturribide atizaban candela y bombas; en la calle de la Cruz y en
la vuelta de la de la Ronda habían caído proyectiles destrozando dos
edificios. Para colmo de desdichas, en la noche del 13 una carcasa pegó
fuego a la finca medianera con la de Vildósola; los vecinos de esta
hubieron de desalojar de prisa y corriendo, y Negretti fue llevado a
casa de don José Antonio de Ibarra, amigo de la familia, procurador y
comerciante con tienda y almacén en la calle de la Sombrerería. Aunque
los Ibarras eran gente bonísima, hospitalaria y servicial, Prudencia no
estaba conforme con vivir en prestados hogares, y decía, refunfuñando:
—Cada lobo a su cueva, y sea lo que Dios disponga.
Todo el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones en la Sanidad,
empleábalo José María en el arreglo de la casa, ayudado por _Churi_,
el cual cada día hacía menos uso el don de la palabra. Con un gesto
expresaba todo lo que tenía que decir; con un mohín daba respuesta
categórica y breve a cuanto se le preguntaba. Obedecía ciegamente a su
primo, y juntos iban a comer a casa de Miguel Ostolaza, el individuo
de la Junta y comerciante de las Siete Calles que se distinguía por
su bullicioso patriotismo y su desmedida afición al _aurrescu_. Otro
de los Ostolazas tenía botica en Artecalle: con este o con Miguel
vivían indistintamente, según las peripecias del sitio, la madre y
una hermana, Juanita Ostolaza, de quien era novio José María, con
relaciones de exquisita honradez y compostura, y planes de matrimonio.
Desde que ambos eran niños, andaban en aquellos honestos tratos, y de
acuerdo ambas familias habían concertado la boda para cuando Bilbao
estuviese triunfante y libre. Comían los dos primos de Arratia en la
botica de Francisco o en la tienda de Miguel Ostolaza, y tornaban sin
pérdida de tiempo a sus ocupaciones.
Frecuentaba también Zoilo la casa paterna por mudarse de ropa, lo
que hacía con desusada frecuencia. Habíase vuelto muy presumido; se
acicalaba; tenía su uniforme en perfecto estado de limpieza; iba a
los combates como a la parada, gallardo, guapísimo, la cabellera
corta bien peinada, el bigotito juvenil atusado con marcial donaire,
bien afeitada la barbilla, los botones del uniforme relumbrantes. Si
por acaso se encontraban en la tienda los dos primos rivales, no se
dirigían la palabra: _Churi_ ni siquiera miraba a Zoilo, y este tampoco
era muy expresivo con su hermano mayor. Atribuía el buenazo de José
estas reservas a genialidades de uno y otro: _Churi_, con su sordera
aisladora, se envolvía cada vez más en sus tristezas, labrándose un
capullo para sepultarse dentro; _Luchu_, por el contrario, con sus
ruidosos triunfos militares, propendía fatalmente a la expansión
locuaz, al dominio. No desconocía José los méritos de su hermano, ni
los servicios que con su bravura y serenidad heroica había prestado a
la causa bilbaína; casi encontraba justificado su creciente orgullo.
Sencillote y benévolo, era el primero en extender a toda la familia las
glorias del _gallito de Arratia_, y en gozar de su prestigio y fama, de
lo que resultaba un reconocimiento tácito de su superioridad.
Continuaba Aura en casa de Gaminde, tan querida de las niñas Florencia
y Jesusita que no sabían separarse. Pero aconteció que la pequeñuela
contrajo una calentura eruptiva, y temerosa Prudencia del contagio,
llevó a su sobrina a casa de Orbegozo, donde también la querían y
agasajaban. La señorita de Orbegozo poseía algunos tomos de novelas,
que leyó Aura, entre ellas _Valeria y Beaumanoir_, de Madama Genlis.
Manjar tan empalagoso no era del gusto de la joven, que lo apetecía
más tónico y amargo. Dulzona era también Socorrito, y muy aficionada
a novedades de moda y perifollos. No congeniaban. Más a gusto se
encontraba Aura con las de Busturia, chicas criadas en una trastienda,
sencillas, trabajadoras, heroínas domésticas sin afectación; pero
aunque festejada por unas y por otras, y deseando conservar tan buenas
amistades, anhelaba volver a su casa, vivir entre los suyos, que suyos
eran ya, con vínculos del alma, los Arratias chicos y grandes. Al
propio tiempo que estas dispersiones enfadosas ocurrían, aumentaba
el malestar de todos la escasez de víveres, ya en proporciones
aterradoras. Una docena de huevos, de remota antigüedad, no podía
adquirirse por menos de sesenta reales. Por una gallina tísica había
quien daba media onza. Los gorriones, que los chicos cazaban y vendían
por _chimbos_, valían como si fueran pollos. Las alubias llegaban a
cotizaciones fabulosas; las patatas no existían, y el bacalao comenzaba
a escasear. Algunos días se iba _Churi_ sin decir nada por el Nervión
arriba hasta cerca de la _Isla_, y traía media taza de angulas, con las
cuales obsequiaba Prudencia a los de Ibarra, festejando el bocado como
un hallazgo preciosísimo en tales tiempos. Iban por allí el corredor
Vildósola y José Blas de Arana, ambos famosos entre la gente bilbaína
por sus anchas comederas, así como por su inteligencia en artes
gastronómicas. Se consolaban de las abstinencias del asedio hablando
de suculentas comidas, de platos castizos, y recordando sus merendonas
y _gaudeamus_ en días mejores. Arana ofreció a _Churi_ un morrión de
miliciano y un sable si le traía una taza de angulas, y Vildósola
refería con buena sombra sus sueños, que eran siempre de comer mucho y
bien.
—Anoche, para hacer boca, despaché cuatro ruedas de merluza, y encima
una docena de _chimbos de higuera_, que fueron seguidos por una tanda
de _barbarines_...
—Ya podías haber guardado algo para nosotros —indicó Prudencia—. A
Ildefonso le gustan locamente los _barbarines_ fritos en papel.
—Pues yo —dijo Arana—, si soñase esas cosas me pondría malo, y al
despertar tendría que purgarme. Me reservo para cuando salgamos de este
bromazo. Lo probable es que perezcamos todos, y moriremos acordándonos
de la Libertad y del bacalao en salsa roja. Pero si tengo la suerte de
salir con vida y de ver reventar a don Carlos, ojalá que esto sea en la
época de los _guibilurdines_ para celebrarlo con un buen atracón de tan
rico vegetal.
—Mira —dijo Vildósola—, yo espero que terminemos antes de que vengan
los _guibilurdines_. Te apuesto todo lo que quieras a que la entrada
de Espartero la celebramos en el propio San Agustín con chacolí de
Quintana, y angulas, y lo demás de la estación... y todo esto antes que
cante el gallo de Navidad.
—Yo te apuesto lo que quieras a que el gallo y pavo de esta Navidad
serán de aquellos que andan por los tejados. Esto va largo, y es
casi seguro que saldremos vestidos de máscara a tirotearnos con los
_serviles_. Espartero está comiendo merluza, y no se acuerda de
nosotros... Pero ¡qué remedio! Comeremos clavos en vinagre. ¿Oye, no
sabes? Bringas me mandó chocolate muy bueno, y dos docenas de bizcochos
que sobraron del primer sitio... En mi casa, con ocho de familia,
nos defendemos con el maíz que quedaba en el almacén de Busturia. Lo
machacamos; Hilaria sabe hacer unas combinaciones muy buenas, bollitos,
fruta de sartén, con un poco de salvado que nos resta, aceite de
linaza, nuez moscada... Te convido si quieres, y para obsequiarte añado
una rata magnífica que cogimos esta mañana en mi almacén..., cebada con
raba y sardina, ya ves.
—Gracias: yo tengo hoy huevos de paloma, y una cecina de macho cabrío
que está diciendo «Comedme».
—No: lo que dice es «Tiradme». Es de la que tenía Cosme el de
Belosticalle, que la untaba de pimiento choricero para que tomase color
y pareciera jamón.
Con estas bromas se entretenían, y conllevaban alegremente las
tristezas de situación tan angustiosa. Desprovista del precioso
humorismo, y sintiendo en sí muy debilitada ya la vibración patriótica,
Prudencia no veía las santas horas de que la pesadilla del sitio
terminase. ¡Ay, sería como un despertar risueño! Ya no se podía sufrir
el constante llover de bombas y granadas, los espectáculos de muertes y
horrores, el hambre, que podían soportar hasta cierto punto los sanos,
pero no los enfermos.
El deber patriótico a todos les traía revueltos, sufriendo mil
molestias, viviendo a las veces en medio de la calle. Sabino, hombre de
gran resistencia, solía llegar a la noche sin haber tomado más que un
ligero desayuno; Valentín llevaba en sus bolsillos mendrugos de borona,
y se iba alimentando en el transcurso de las caminatas y ocupaciones
que a todas horas le imponía su cargo en la Junta. Más de una coche
durmió en un banco del _cuartel_ de la Plaza Nueva, o en el duro suelo
del café llamado _Gari guchi_ (Poco trigo). Eran los _cuarteles_ sitios
de reunión, semejantes a los modernos casinos. Unos cuantos amigos
alquilaban un local en buen sitio, y aligeraban allí con sabrosa
tertulia las largas noches de invierno, o se divertían con pasatiempos
inocentes. El lujo era desconocido en tales instalaciones; el mueblaje
lo indispensable para evitar la incomodidad de sentarse en el suelo, o
de comer con el plato en las rodillas. Había un _cuartel_ en la Plaza
Nueva, perteneciente a un grupo de mayorazgos y segundones; otro en la
calle de la Pelota, donde dominaba el elemento mercantil; y tanto en
estos como en otros de inferior pelaje, marcábase el embrión de los
casinos que hoy son centros de recreo, de holganza y de peores cosas,
en grandes y chicas poblaciones. Durante el sitio, los _cuarteles_
hallábanse abiertos para todo el que en ellos quisiese entrar, y
servían de cómodo apeadero para militares y paisanos que, teniendo que
acudir de un lado a otro, necesitaban tomar un refresco sin necesidad
de acudir a sus casas. Los patriotas se daban cita en ellos; los
individuos de la Junta y los jefes de la guarnición tomaban en este
o el otro _cuartel_ las medidas más apremiantes. A los más ocupados,
que no podían descansar en toda la noche, les mandaban la cena al
_cuartel_. La fraternidad era cordialísima, los alimentos comunes. El
que por cualquier causa, descuido de la familia o falta de aviso, no
tenía que cenar, metía confiadamente la mano en el plato del amigo.
El _Gari guchi_ era una combinación de cafetín y _cuartel_, pues en el
entresuelo, alquilado por varios mercaderes de las Siete Calles, habían
estos establecido su recreo de billar y mesas de tresillo. Ni allí,
ni en el café del Correo, ni en ninguno de los _cuarteles_ se hacía
de comer. Pero ya se iniciaba de un modo rudimentario este progreso,
pues si no se guisaba, calentaban la comida que de tal o cual casa
traían; y el conserje o encargado también hacia café para los señores,
los cuales no pagaban la taza, sino que _ponían_ los ingredientes,
resultando gratis la obra culinaria: no se le pasaba por las mientes al
guardián del local el tomar dinero por aquel servicio. De tal modo las
costumbres patriarcales apuntaban su evolución primera, anunciando esta
moderna organización del egoísmo. Las guerras deshicieron el antiguo
régimen patriarcal de las sociedades, y fueron creando el vivir que
ahora conocemos, donde todo se tiene y se paga, donde se desarrollan
la comodidad y libertad individuales en el calor del hogar público,
mientras se quedan solas las mujeres en el doméstico, cuidando de que
no se apaguen las últimas brasas.