Rendido de fatiga y con más hambre que cómico en Cuaresma, arribó
Valentín al _cuartel_ de la Plaza, donde tuvo la suerte de hallar al
mayorazgo don Nemesio Mac-Mahón, exaltado patriota, que le brindó a
participar de las sopas que comía. En la misma mesa de despintado
pino, hacían por la vida los individuos de la Diputación don Vicente
Ansótegui y don Antonio Irigoyen, con un capitán de Trujillo y otro
de Toro. Versó la conversación sobre los movimientos de Espartero,
que después de inútiles tentativas por la parte de Aspe y Azúa, se
había vuelto a la orilla izquierda, y a la sazón celebraba consejo de
generales para resolver que se haría en situación tan apretada, pues
Bilbao, desangrada ya y sin víveres, parecía llegar al límite de la
constancia. El telégrafo había dicho por tercera vez: «Siga Bilbao
defendiéndose, que pronto será socorrida». Pero el socorro, ¡vive
Dios!, tardaba en llegar. Como en la mente y en la voluntad de todos
la rendición era el mayor absurdo, no les quedaba más recurso que un
morir glorioso, numantino.
En esto entraron Zoilo Arratia y su amigo Víctor Gaminde; Valentín dejó
a los señores para correr junto a los muchachos, en quienes encontraba
siempre viva la llama patriótica y el nativo coraje de la tierra.
Habló Zoilo con el encargado del _cuartel_, un vejete con antiparras
y cachucha, que jamás se quitaba la pipa de la boca. Entregole un
envoltorio de papel que traía, recomendándole la mayor actividad en la
confección del menjurje, pues uno y otro se hallaban desfallecidos.
—¿Qué es eso, _Zoiluchu_? ¿Café por casualidad?...
—Por casualidad es cáscara de cacao. Tengo más, y si usted quiere...
—Y azúcar —dijo Víctor Gaminde dando al guardián otro cucurucho—.
Lo hemos encontrado entre las ruinas de una casa que se quemó en la
Esperanza. No tiene más sino que está hecha caramelo, por el fuego. —Y
la ofreció a los señores, con obsequiosa finura—. Si quieren ustedes
caramelo, aquí hay. Tenemos mucho más, y ahora vamos a tomarnos un
cocimiento de cáscara de cacao bien dulce. Desde ayer no ha entrado en
nuestros cuerpos nada caliente.
En esto llegó Sabino con la capa chorreando agua, porque llovía
copiosamente; la colgó de una percha, diciendo con avinagrado mohín:
—A fe que se pone buen tiempo para que don Baldomero nos socorra. Me
parece a mí que ese...
—¡Pero este Sabino!... Ya viene murmurando del general en jefe —dijo
Mac-Mahón—. ¿También tiene Espartero la culpa de que llueva?
—La tiene de no haber emprendido las operaciones antes de que el
temporal se nos echara encima. Para eso es generalísimo. Dios manda el
tiempo bueno y malo. El hombre debe mirar al cielo, y aprovechar las
claras.
—¿Pero tú no sabes que no hay clara... que sea de fiar?
—Lo que sé, señor don Nemesio, es que no hay general cristino que no
sea un pelmazo.
—Vamos, hombre, cálmate, que vas a enflaquecer. Siéntate aquí: te
daremos unas cucharadas de sopa.
—Un poco tarde llegas, Sabino —le dijo Ansótegui—. Ni rebañaduras hay
ya. Como no te entretengas en lamer todos los platos...
—Gracias: vengo del café de _Posi_, donde Blas Arana y yo hemos partido
media docena de sardinas y un plato de alubias... Allí me han dicho
que don Baldomero, por variar, vuelve al otro lado del Nervión, y que
están desarbolando quechemarines para armar un puente de barcas... ¡A
este paso...! En preparativos se ha llevado el buen señor un mes, y
todavía no ha concluido de resolver por qué orilla se arrancará... ¡Y
Bilbao aguantando sitio y más sitio!... No me digan a mí de Numancia y
Sagunto... ¡Deliciosa Navidad nos espera!
—Hombre, sí: Navidad sin pesebre.
—¡Y que tenga uno que celebrar el nacimiento del Hijo de Dios en esta
situación!... Ya lo creo: el don Baldomero, con merluza y besugo a todo
pasto, no tiene prisa... ¿Qué le importa que aquí nos comamos unos a
otros?
—Pero, hijo, si la voluntad de Dios así lo dispone, ¿qué quieres que
hagamos?
—No me quejo por mí. Pero he dado a Bilbao mis tres hijos, lo único que
poseo, y no quiero verles morir de hambre... Ni a Dios puede gustarle
eso. Dios dice: cumplid vuestro deber... pero comed, alimentaos.
—¿Estás bien seguro de que Dios dice eso?
—Ahí están las Sagradas Escrituras... ¿Pues para qué multiplicó los
panes y los peces?
—Ahí tienes tú un milagro que ahora nos vendría muy bien.
—Con que multiplicara los gatos, nos dábamos por bien servidos.
Arrimado a la mesa donde los jóvenes esperaban el remedio de su
necesidad, pidió Valentín a Zoilo su opinión sobre lo que podría
suceder si la tardanza de Espartero se prolongaba. Largo rato
disertaron sobre ello. Había el miliciano adquirido tanta autoridad en
la familia por razón de su denuedo y militar aptitud, que ya su tío
gustaba de escucharle, y estimaba en mucho su discernimiento y parecer
en cosas de guerra. La arrogancia del chico no excluía su deferencia
con las personas mayores. Zoilo se había crecido moralmente en el
espacio de un mes, adquiriendo aplomo, serena energía, y una descomunal
fuerza de convicción en cuanto sostenía y pensaba. Sin darse cuenta,
su padre y tío aceptaban gradualmente la superioridad del inferior, la
grandeza del pequeño, y no se sentían humillados por ello.
—Oye, hijo mío —díjole Valentín, mientras los tres saboreaban en sendos
tazones la infusión caliente y dulce—: cuando Bilbao sea libre, te
decidirás por la carrera militar, para la cual muestras disposiciones
de padre y muy señor mío... Si así lo haces, me alegrare por ti; lo
sentiré por la casa.
—No, tío —replico lacónicamente Zoilo—; no seré militar.
—Antes de diez años, si la guerra siguiera, te veríamos de general: tal
creo —aseguró Valentín, sacando de su bolsillo mendrugos de borona que
partía con los muchachos, apresurándose a reblandecer el suyo en su
taza.
—Seguiré como estaba... Y si usted quiere, para que mi padre descanse,
me pondré al frente de la ferrería.
—Francamente, a un hombre como tú, tan cortado para la milicia,
valiente como ninguno, paréceme que no le cuadra el oficio modesto de
_ferrón_.
—Pues si no soy _ferrón_, seré otra cosa: trabajaré por mi cuenta, y
haré pronto un capital. Proponiéndomelo, he de conseguirlo... Todo lo
que el hombre quiere con firme voluntad, lo tiene, y más.
—¡Qué alientos gastas, chico! Dios te los conserve... Celebraré verte
al lado de la familia, para que a todos nos ayudes... Luego que se
acabe esta guerra maldita, nos pondremos a trabajar como fieras, y
sacaremos a flote la casa. Vosotros, los sobrinos, debéis estableceros
en nuevas familias debajo de nuestro amparo. Casaremos inmediatamente
a José María, que tanto él como su novia están corrientes de papeles,
con el cura a bordo; luego empalmaremos a Martín con Aura, que también
están concertados; y tú bien puedes ir buscando novia, pues un pájaro
de tu condición debe tener nido, y engendrar hijos robustotes y
valientes.
—¿Novia dice usted?... Ya la tengo...
—¿Ya?... Bien, hijo bien; así me gustan a mí los hombres: decididos,
querenciosos. ¿Que se proponen un objeto, un fin? Pues a él, ¡contro!
Cuando los otros van, ya tú vienes de vuelta encontrada... ¿Y quién es
la parienta? ¿se puede saber?
Callaron los dos mozos; Víctor Gaminde sonreía.
—Víctor sabe quién es... ¿No puedo saberlo yo? Bueno: estas cosas son
un poco vergonzosas... Tú no has de hacer una mala elección. Me gustará
mucho verte _abarloado_ con una de las chicas más bonitas y honestas de
la población. Y si la encuentras de esas... que pesan, ¿sabes?..., que
pesan..., porque hay lastre de onzas en el arca, mejor, _Zoiluchu_,
mejor. Has demostrado que vales mucho; tienes un gran porvenir. Para
decirlo todo, hijo, eres guapísimo: nada te falta. Ya puedes traernos
a casa lo mejorcito de Bilbao, que bien te lo mereces, bien te lo has
ganado.
—Lo mejor del pueblo llevaré..., pierda usted cuidado... No sería quien
soy si así no lo hiciera.
—Eres un hombre...
—Soy... Zoilo Arratia, hijo de sus obras..., que cuando quiere...,
quiere.
—Tú pitarás..., el mundo es tuyo.
Una vez tomada su frugal cena, levantáronse los muchachos. Iban al
_Gari guchi_ a entretener, jugando al billar, la horita y media que les
quedaba antes de volver de facción a la Cendeja.
—Llueve a cántaros, hijos míos.
—¿Qué nos importa el agua?
—Como no nos importa el fuego.
—Iremos arrimaditos a las casas.
—Aguardad, aguardad un momento. Si Sabino me presta su capa, voy con
vosotros... No me gusta la compañía de los viejos: prefiero arrimarme a
la gente joven, para calentarme en el fuego de vuestros corazones, que
no temen, que desean con fuerza...
Obtenida la capa, se fue con ellos, y andaban por las calles enfilados
unos tras otros, buscando el amparo de los aleros y cornisones. Cuando
llegaban a la calle Nueva, donde estaba el _Gari guchi_, dijo Valentín
a sus amiguitos:
—No solo vengo por acompañaros, sino por ver si alguien, en este café,
me da noticias de _Churi_, a quien he perdido de vista hace tres días.
—Anoche andaba por la ría en una chalana —refirió Víctor Gaminde—. Nos
lo dijo Iturbide, que le vio.
—Para mí —agregó Zoilo—, lo que quiere _Churi_ es escapar de Bilbao, no
sé por qué... ni qué interés puede tener en ello.
—Cosas de ese chico —afirmó el padre—, que está más loco que una cabra.
Me dijeron que hace días quiso pasar las líneas _de ellos_ por encima
de la Salve...
—Y no pudiendo escapar por tierra, puede que intente escabullirse de
noche por la ría.
—¿Y a dónde va?... ¿Qué se le ha perdido?
—Querrá comer, tío.
—Es la única explicación que me satisface. Pues si Dios me le libra de
un balazo, y logra escapar, y come hasta hartarse; si después de tal
hazaña emprende la contraria, el retorno, aprovechando estas noches de
lluvia y cerrazón, y se descuelga por aquí con un par de merluzas, vaya
y venga bendito de Dios... ¿Qué os parece? Mientras llega el momento
de gritar: «¡Viva Espartero, que nos trae la Libertad!», gritaremos:
«¡Viva _Churi_, el que nos trae las merluzas!».