Al sentirse físicamente lejos de la esfera de atracción de aquella
voluntad potente, volvió la niña a girar en su órbita y sintió
recobrada en parte su personal fuerza.
«Es un bruto —se decía—; pero no hallo la manera de sustraerme a su
poder. ¡Qué hombre, qué energía!... ¡Ay!, tendré que hacer un esfuerzo
para no dejarme dominar, pues de lo contrario, no sé lo que pasará...
Como mérito, lo tiene... ¿De qué será capaz Zoilo, si no le mata una
bala? Pues de las cosas más grandes. Me asusta, verdaderamente me
causa tanto miedo como admiración... ¡Qué mal he hecho en dejarme
besar! Se creerá que le pertenezco, y eso sí que no. Pero me cogió tan
desprevenida, ¡qué pillo!, que no pude... Cualquiera le dice que no
a nada. Este es de los que no se dejan gobernar, y gobiernan a todo
el mundo... Yo no sé lo que me pasa... Cuando estoy lejos de él, soy
muy valiente..., pero se me acerca, y ya estoy temblando... ¡Vaya un
hombre!... Pero no: es preciso que yo me mantenga en mi deber y en
mi consecuencia, porque no puedo faltar a lo jurado... El _mío_ es
otro..., y aunque estoy muy enojada con Fernando porque no viene, ni
se anuncia, ni nada, debo mantenerme firme... La verdad es que ya
pesa, Señor, ya pesa este abandono en que estoy, y si yo me declarara
independiente, no tendría razón ninguna en quejarse. Sabe Dios que
le he querido y le quiero como cuando nos conocimos... No dirá que
he faltado. Él es quien falta... ¿Y quién me asegura que no se ha
entretenido lejos de mí con otra mujer? Esto sería ya inicuo, esto
sería ultrajante para mí... Pero yo soy quien soy, y espero, espero,
espero... ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?... Digan lo que quieran,
tengo yo mucho mérito, y la palma de la constancia nadie me la puede
quitar...».
Pensando en esto, que era su continuo pensar, hizo propósito de esperar
a Fernando hasta unos días después de la terminación del sitio..., ¿Y
si llegaba después del plazo que ella fijara, y daba explicaciones
satisfactorias de su tardanza?... No, no: había que aguardarle hasta
que se tuviese la certidumbre de que no había de venir.
Acontecía que en sus cavilaciones nocturnas sobre este tema, a veces
la persona de Fernando presentábase en la mente de Aura un tanto
desvirtuada en sus atributos. Como todo se gasta y perece, aquel ser
tan traído y llevado en los sueños de la sensible joven, desmerecía,
se deslustraba, como las bellezas materiales que el tiempo y el uso
van carcomiendo, como las flores que se marchitan, como las nobles
vestiduras que se ajan, como las finas armas que se enmohecen... Sobre
cuanto existe actúa el tiempo, artista minucioso que deshace unas
obras, pieza por pieza, para hacer otras, o las reduce a polvo para
vaciarlas en mejor molde. El maldito no está nunca quieto, y no hay
cosa peor que dejar en su poder, para que lo guarde, algún objeto
moral o físico de gran mérito y estimación. Si no se queda con él, lo
devuelve transformado.
No estaba ociosa la niña de Negretti en aquellos días, pues sus
amiguitas no la dejaban de la mano, llevándola de casa en casa, a
patrióticas reuniones femeniles para coser sacos, preparar hilas
y vendajes, cuando no iban a Santa Mónica, según los turnos que
designaban las señoras mayores. Una tarde, reunida una cuadrilla en que
no había menos de dos docenas de muchachas, algunas de las más bonitas
del pueblo, discurrieron ir a visitar al oficial herido Fernando
Cotoner, que por su gentileza y donosura tenía gran partido entre
el bello sexo. Custodiadas por una comisión de mamás, invadieron su
casa, y halláronle en vías de convalecencia, alegre y decidor como de
ordinario; y tanto se excitó con la irrupción de niñas guapas, y tales
apetitos de hablar mucho y vivo le entraron, que el médico tuvo que
ordenar la inmediata salida del enjambre.
—De esta no muero, amigas de mi alma —les decía clavado en un sillón,
gesticulando con exceso, pues condenado a quietud absoluta sin más
juego que el de los brazos, usaba de estos desmedidamente—. Solo ha
sido un agujero más, y ya he perdido la cuenta de los que debo a la
guerra. La que se case conmigo, ya sabe que se casa con una criba...
Fernando Cotoner no entra en acción sin que le toque alguna china...
Es el niño mimado de las balas... ¿Saben la carrera que sigo? La
carrera de inválido... Adiós, flores bellas, alegría de mi corazón...
Un momento, aguarden un ratito... ¡Vivan las niñas de Bilbao! ¡Viva la
Libertad, y muera Carlos V!
Respondió el alegre coro desde la puerta y en el pasillo, a donde las
empujaba el médico don Miguel Medina, sacudiéndolas con su pañuelo como
si ahuyentara moscas.
A menudo iba Aurora a pasar un ratito con su tío Ildefonso, que con
ella se animaba, saliendo por breves momentos de su taciturnidad
sombría. Gustaba de que ella, y no los demás, le refiriese las
sucesivas ocurrencias del sitio, las victorias que con su heroico
tesón iba ganando el pueblo, la situación probable o supuesta de las
tropas que venían en socorro de la plaza. Y él, siempre bondadoso, no
desmemoriado a pesar de la turbación de su mente, gustaba de decirle lo
que consideraba más grato para ella:
—Si Espartero viene pronto y salva a Bilbao, en cuanto se abran las
comunicaciones tendremos aquí, creo yo, al buen don Fernando.
Y otro día, con gran reconcomio de Prudencia, que se mordía los labios
para comprimir sus ganas de controversia, dijo:
—Me da el corazón que el señor de Calpena está con Espartero, y que
entrará con él.
Pasaron días sin que Aura y Zoilo se viesen, por causa de la
permanencia casi continua del valiente chico en las líneas de defensa.
En cambio, siempre que iba la niña a casa de Vildósola, era infalible
su encuentro con Martín, que tardaba en restablecerse de su herida más
de lo que parecía natural. Prudencia daba largas al proceso traumático,
aplicando vendajes con unturillas de su invención, completamente
inofensivas. En el largo espacio que daba el tratamiento dilatorio,
logró el benemérito joven, con no poco estudio, aguijoneado por su tía,
declarar a la hermosa doncella el amor puro, de honradísimos y santos
fines, que le inflamaba, gastando en ello fórmulas algo semejantes a
las farmacopeas de Prudencia. Contestábale Aura agradeciendo sus nobles
sentimientos, y declarándose imposibilitada de corresponderle por el
compromiso antiguo que a otra persona la ligaba. Por su parte, la sagaz
gobernante, siempre que a solas la cogía, incitábala a no ser tan
huraña con Martín, asegurando que partido mejor no encontraría aunque
lo buscara con pregón. La pobre joven rompía en llanto; deseaba que
el tío Ildefonso se pusiera bueno para contarle sus cuitas y pedirle
consejo; pero esto era muy difícil, porque Prudencia nunca la dejaba
sola con su marido, temerosa de que Ildefonso, con su puritanismo y
el rigor de sus principios, tan contrarios al sentido práctico, la
torciese más de lo que estaba.
Y por desgracia, el pobre Negretti iba de mal en peor. Una tarde,
hablando de ello Vildósola, Valentín y Prudencia, delante de Aura,
expresó aquella con lágrimas su dolor por el desvarío manifiesto de las
ideas de su esposo.
—Ayer —manifestó Valentín suspirando— seguía con el tema de que ya
no se harán los barcos de madera, sino de hierro, todo el casco de
hierro...
—Esto no es absurdo, no, amigo mío —dijo Vildósola, hombre
indulgentísimo, muy crédulo, y que no era pesimista en el caso de
Negretti.
—Absurdo no... Científicamente, puede ser. Lo gordo es que, según
Ildefonso, todo ese hierro que se necesita para construir los barcos de
mañana se llevará de Bilbao a Inglaterra. Vean por dónde nos vamos a
quedar sin montañas.
—Poco a poco, Valentín. Hablando con franqueza, no veo el delirio, no
veo el disparate...
—Pero, hombre, ¿estás tú loco?... ¡Embarcar toda Vizcaya en naves de
hierro para llevarla a Inglaterra! ¡Ah, tunante!, como buen corredor de
cambios, ya se te hace la boca agua pensando en el papel Londres que
vas a colocar el día que...
—No es eso... yo digo...
—Cállate, Cirilo... Se trata de barcos, y yo...
—Se trata de comercio, y yo...
—Esperen... —dijo Prudencia, cortándola cuestión—. A mí me aseguró que
toda nuestra ría no será bastante para contener las embarcaciones
grandes, grandes...
—A mí me dijo que dentro de cuarenta años se verían en estas aguas
cuatrocientos barcos de dos mil a tres mil toneladas, descargando
carbón y llevándose la mena... Para ese tiempo se empedrarían las
calles de Bilbao con libras esterlinas, y tendríamos aquí fábricas y
talleres tan grandes como de aquí al paseo de los Caños...
—Pues ese delirio —afirmó el corredor— merece mi aplauso, y no he
necesitado más que oírlo mencionar para sentirme contagiado. Yo deliro
también, Valentín. Yo creo en el hierro..., yo lo veo...
—Lo que tú ves es el cambio, los chelines y peniques. Tú no estás
bueno, Cirilo... El sitio a todos nos volverá locos.
—Yo veo el hierro...
—Sí: tendremos que echarnos cabezas de hierro para poder pensar.
Adelante.
—Con ser un delirio eso de exportar las montañas —añadió Prudencia—,
no me resulta tan desatinado como la que me soltó esta mañana.
Hablábamos del sitio, de si viene o no viene Espartero, y él muy serio,
convencidísimo y enteramente aferrado a su opinión, se dejó decir
que para que Bilbao llevase su defensa hasta la última extremidad,
volviendo locos a los carlistas y obligándoles a largarse corridos,
era menester que pusieran de gobernador de la plaza, ¿a quién creéis?,
a nuestro sobrino Zoilo. Dice que _Luchu_ es la más fuerte energía
militar que tenemos aquí. Y que si él estuviera al frente del ejército
del Norte, ya no quedaría un carlista para un remedio.
—Es que anoche —indicó Vildósola— estuvo Zoilo contándole cosas de
cañoneo y batallas, con las exageraciones y el ardor que el chico pone
en todo lo que dice.
—Ya me cuidaré yo —afirmó Prudencia— de que no vuelva a pasar...
Cuente Zoilo sus hazañas a los que están buenos, no a los enfermos del
magín, que fácilmente se ponen perdidos oyendo hablar de encuentros,
degollinas, zambombazos y demás gracias de la guerra, que a mí no me
hacen ninguna gracia.
Oía estas cosas Aura sin aventurar de su parte observación alguna, y
lo único que se le ocurrió fue el propósito de advertir a su primo, en
cuanto le viese, que se abstuviera de contar al tío lances guerreros,
ni nada en que figurasen bombas, granadas y metralla. El día 5 de
diciembre, poco antes de la salida que hicieron los sitiadores por la
parte de Artagán, creyendo obrar en combinación con Espartero, vio la
niña al miliciano; pero no pudo hablarle. Iba ella con las de Gaminde
y las de Ibarra por la calle del Correo, a oír misa en Santiago,
cuando pasaron las compañías de milicianos y de Trujillo en dirección
de Achuri: Zoilo la vio, y ella a él. Aura no hizo más que sonreír
y ponerse muy encarnada; él la saludó graciosamente con una sonrisa
y fugaz movimiento de los labios. Por la noche, oyendo contar que
la salida, aunque brillante, no resultó eficaz por el mal acuerdo de
haberla hecho solo con cuatrocientos hombres, pensaba la hermosa joven
que si Zoilo hubiera dispuesto la operación, habrían salido lo menos
mil... Vamos, ¿a quién se le ocurría mandar cuatrocientos hombres, ni
aun contando con el apoyo de Espartero _por el lado de allá_? También
ella se iba volviendo estratégica. La verdad, no comprendía cómo sus
tíos encontraban tan disparatadas las ideas de Negretti con respecto
a _Luchu_... ¿Pues qué? ¿Dónde había voluntad como la suya? ¿Quién
le igualaba en grandeza de corazón, en bravura y serenidad? Pues así
como tenía estas dotes, bien podía tener las otras, las del cálculo
para saber por dónde se atacaba, y con qué fuerzas, y en qué ocasión y
momento.
Acostose con la cabeza dolorida, congestionada de tanto pensar, y pasó
malísima noche, sin poder conciliar el sueño, atormentada por una
idea tenaz, monomaníaca, consistente en establecer paralelo entre don
Fernando y su primo, midiendo y aquilatando las excelsas cualidades
de uno y otro. Sin duda había pocos como Fernando, cuya inteligencia,
caballerosidad, exquisita educación y finura cautivaban... Esto no
quitaba que el otro fuera más hombre, más..., no sabía cómo expresarlo.
Era todo lo hombre que se puede ser. Con la voluntad que a él le
sobraba, se podían hacer cien personas enérgicas, o mil... No había más
que mirar aquellos ojos para comprender que era su alma toda acción,
de las que gobiernan y no se dejan gobernar, de las que subyugan
y avasallan... Pero por ser menos hombre, no perdía sus hermosos
méritos Fernando. ¡Qué talento, qué gracia, qué elegancia de formas!
¡Luego sabía tantas cosas, había leído tanto!... En cambio, Zoilo era
un bruto, un bruto, eso sí, capaz de aprender en poco tiempo todo
lo que no sabía, y llenar de conocimientos el profundo pozo de su
ignorancia... Insistía la gentil niña, dando extensión absurda a estos
paralelos febriles, en pertenecer a Calpena, en mantenerse fiel a su
compromiso; pero mucho tenía que fortificar su voluntad para oponerse
al torrente del querer de Zoilo, de aquel querer que no admitía
réplica ni oposición, que todo lo arrollaba hasta imponer y afianzar
su imperio. Para defenderse del audaz tirano, lo más conveniente sería
no verle más, no hablar con él... ¿Y cómo podía ser esto? Si Fernando
viniese pronto, todo se arreglaría; pero, ¡ay!, le daba el corazón
que Fernando, o tardaría mucho, o no vendría más. La insistencia de
Ildefonso al afirmar que vendría con Espartero, era un desatino de la
perturbada mente del buen mecánico... Imposible, pues, sustraerse a la
sugestión avasalladora, soberana, fatal, de su primo. Dios le había
dado el don de querer con tan grande intensidad, que cuanto quería se
le realizaba. No soñaba, hacía; pensamiento y ejecución significaban en
él lo mismo.
Como era la niña tan inteligente, y además poseía su poquito de
instrucción, extraordinaria para las muchachas de aquel tiempo, podía
discurrir sobre estas cosas de humanos caracteres, y hasta encontrar
forma relativamente apropiada para expresar sus juicios. Prosiguiendo
el ingenioso paralelo, se dijo:
«Y este _Luchu_, ¿es romántico?... Puede que sí; pero no como Fernando,
un romántico de soñación, sino de acción... Así lo veo yo. Todo el
romanticismo y toda la poesía de Fernando es la de los dramas, la de
los libros que andan ahora: en los libros y en los dramas, que son pura
mentira, ha bebido él su romanticismo, como las abejas en las flores...
Este _Luchu_ no es así: todo lo tiene en su alma desde que Dios la
hizo. Don Fernando sueña, se emborracha con lo que ha leído..., quiere
llevar todo aquello a la acción y no puede..., no le sale... Claro,
como que no es suyo... (_Pausa larga de aturdimiento y confusión_).
Pero ahora caigo en ello. Zoilo no es romántico, sino clásico, tan
clásico, que no puede serlo más... Se me ocurre el disparate de
compararle con los dioses antiguos, que tomaban figura de hombres, y a
veces de animales, para andar por el mundo y hacer lo que les daba la
gana... Y se metían entre los ejércitos, y daban la victoria a quien
querían, y destruían pueblos, y soltaban rayos, y seducían mujeres...,
sin que nadie pudiera oponerse a su voluntad... Naturalmente, como que
eran dioses».