No le fue muy fácil a la hermosa doncella adaptarse al nuevo molde
de vida, y hacerse a tal ambiente; pero al fin hubo de rendirse al
fuero de la necesidad y de la costumbre. La estrechez de la casa,
un entresuelo sin luces en la parte interior, causábale opresión,
angustia. Mejor respiraba en la tienda, aunque en ella dejaban poco
desahogo los rollos de cabos, las piezas de lona, y los innumerables
hierros de barco que por todas partes había. Pronto se familiarizó con
el olor de alquitrán, y gustaba de bajar a la tienda, y de presenciar
las animadas escenas de la venta y compra. El lenguaje marinero la
encantaba, y la rudeza de aquellos rostros curtidos por el viento
despertaba en ella simpatía y admiración. Llamada más de una vez por
Martín para que le ayudase en el escritorio, descendía gozosa, y
copiaba facturas y cartas; después divagaba por el local, enterándose
de la extraña nomenclatura marítima. Las tardes de poco despacho, los
dos dependientes, viejos navegantes desembarcados ya por inútiles, se
esmeraban en darle lecciones. Aura les preguntaba: «¿Para qué sirve
esto? ¿Aquello para qué es?». Y ellos, bondadosos, respondían a todo,
dándole una idea de las maniobras en que habían gastado sus mejores
años.
El escritorio era un rincón de la tienda, separado de esta por tabique
de cristales, que en tal sitio debía llamarse propiamente _mamparo_. No
había más espacio que el preciso para revolverse con estrechez entre
la mesa, con carpeta para dos personas, y el estantillo de los libros.
Dos taburetes, la menor cantidad de asiento posible, completaban el
mueblaje. Lo demás del reducido garitón lo ocupaban estantes atestados
de género, casi todo lo de pesca, paquetes de anzuelos, redes, plomos;
en otra parte, piezas de lanilla para banderas, brochas, cepillos,
defensas, y más arriba, pendientes del techo, bombillas de diferente
forma, faroles de costado, etcétera...
Martín iba y venía del escritorio a la tienda por una puerta estrecha,
no más holgada que las que suelen dar paso al camarote de un buque de
mediana comodidad. Salvo a la hora en que le era forzoso escribir,
recorría todo el local, desde la pieza grande, que daba a la calle,
a la más interior, fin de una serie tortuosa de aposentos en que el
olor del alquitrán y la oscuridad y falta de aire remedaban el ahogado
recinto de la bodega de un barco. En lo más hondo estaban los barriles
de brea en piedra, de alquitrán, los bloques de sebo; y a lo largo de
las estancias, los rollos de jarcia formaban una estiba bien ordenada,
como sillares de una serie de columnas, dejando para el paso un angosto
callejón. Viendo cómo cortaban de los rollos pedazos de cuerda y cómo
los pesaban y vendían, aprendió Aura los nombres de las diferentes
piezas de cáñamo usadas en la navegación, y supo distinguir el
calabrote y la guindaleza de la flechadura y cabo de acolladores. Todo
lo preguntaba, y todo lo retenía en su prodigiosa memoria.
—¿Te gusta este comercio? —le preguntaba Martín, que buscaba la manera
de echarle una flor, sin poder conseguirlo: tales eran su timidez y
respeto.
Y ella respondía:
—Las cosas feas se vuelven bonitas cuando vamos aprendiendo a ver
en ellas la utilidad. Esto que parece tan feo, va dejando de serlo a
medida que entendemos para qué sirve. Mira tú: yo me he criado entre
piedras preciosas. ¡Como que he jugado con ellas! ¿Pues creerás tú que
ese comercio nunca me hizo gracia?
—Como que es un comercio que solo vive de la vanidad —dijo Martín,
henchido de satisfacción—. Las piedras son objetos de puro lujo, y
esto, Aura, esto es la vida, esto es el pan... Porque si no hubiera
barcos, fíjate bien, prima, no habría comercio, y sin comercio no
tendríamos ni camisa que ponernos, y viviríamos como los salvajes.
Cuando entraba Zoilo y la veía sentadita en el escritorio, junto
a Martín, y él corrigiéndole las copias, para lo cual se acercaba
demasiado, juntando casi cabeza con cabeza, el pobre chico no sabía lo
que le pasaba. ¡Vaya que también esa!... ¡Y _dar la casualidad_ de que
aquel hombre fuera su hermano! Si no lo fuese, ya le habría enseñado
a ponerse a la distancia que debe guardarse entre caballero y señora
cuando no son novios. Por suerte de Zoilo, existía la guerra, que
evidentemente le favorecía. La _casualidad_ de que hubiese guerra tenía
sobre las armas a la Milicia Urbana, y a cada momento, mañana o tarde,
venía el ordenanza con avisos que hacían salir a Martín de estampía.
«Don Martín, revista a las tres... Don Martín, a las dos, ejercicio».
Y primero faltaba una estrella del cielo que dejar el joven de acudir
al llamamiento de la patria y de la libertad. Gracias a esto, Zoilo
quedábase solito con Aura, y si había venta de cosas menudas, la
enseñaba a despachar, o le daba previamente instrucciones para cuando
viniese alguien en busca de agujas de coser lonas, de hierros para
calafatear.
—¿Para qué sirve —le preguntaba ella— este zoquete redondo de madera
con tres agujeros, que parece una cara con sus ojitos y abajo la
boca?...
—Esto llamamos _bigota_, y sirve para las flechaduras de la jarcia.
Seguía una larga lección de aparejo, que comúnmente Aura no entendía.
Ello es que, sin entenderlo bien, pedía la niña noticia de todo; y él,
con seriedad científica, le explicaba la aplicación de las distintas
clases de grilletes, guarda cabos y demás hierros. Le mostraba un
_rempujo_ y la manera de usarlo para coser velas, y se lo ponía y
sujetaba con la hebilla, para que se hiciera cargo de aquel _dedal de
la palma de la mano_; la instruía en el modo de calafatear, metiendo en
la unión de las tablas y apretándola bien con hierros, la filástica,
que era la estopa de los cabos inútiles...
—Te enseñaré cómo se hace la filástica. Pero tus dedos son muy finos
para esta operación. No, no: déjame a mí. No hay más que ir abriendo la
estopa... Es muy fácil.
—¡Vaya, con todas las cosas que hay dentro de un barco! Me gustaría
tener una fragata muy grande, muy grande.
—Y a mí. Para ir a ver tierras tú y yo... Y luego la traíamos llena de
perlas y brillantes; cargada de piedras preciosas hasta las escotillas.
—¡Jesús qué disparate!
—Sí: de piedras preciosas, que, aun con ser tantas, serían pocas para
adornar tu hermosura. Di que sí.
—¡Qué tonto!
—Es verdad. ¿Qué son las piedras? Morralla... Para adornarte a ti no
hay más que el sol y las estrellas, con la luna en medio, y dos docenas
de rayos por cada banda.
—¡María Santísima..., divino Dios!
—No hay más Dios divino, ni más divinidad que tú... Yo lo digo, y aquí
estoy para sostenerlo...
Al fin se arrancó el hombre. Entre seria y festiva, Aura le contestaba
riendo y volviendo la cabeza, burlándose un poco, o asombrándose de su
audacia.
—Pero, Zoilo, ¿estás loco?
—Si, sí..., me da la gana de estar loco. Es mi gusto... Como lo será el
morirme o matarme si tú no me quieres...
—Cállate, Zoilo..., no bromees con eso... Cállate, que la tía baja...
Me parece que la siento.
Lo que hacía Prudencia era llamarla desde lo alto de la estrechísima
escalera, más bien escala de barco, que comunicaba la tienda con el
entresuelo. «Voy, tía», gritaba Aura, mientras Zoilo, contento de haber
roto el fuego, de haber puesto fin a un mutismo que le requemaba el
alma, se decía: «Esta lagartona de mi tía Prudencia la manda abajo
cuando está Martín, para que el otro le diga cosas, y la llama cuando
yo estoy, para que yo no pueda decírselas... Ya le enseñaré yo a mi
señora tía quién es Zoilo Arratia». Y se puso a medir brazas de cabos,
que los dos dependientes iban pesando.
Sabino y su hijo mayor se pasaban casi todo el día en el almacén de
Ripa, donde tenían gran cantidad de duela, magníficas tosas de caoba
y cedro, y una regular partida de teca y riga que no lograban vender
en aquellos calamitosos tiempos por estar encalmada la construcción de
buques. Por la noche reuníanse todos en el entresuelo de la Ribera y
cenaban juntos, comentando la guerra, llevando al seno de la laboriosa
familia ecos de la opinión del pueblo respecto a la inminencia de un
segundo sitio, más apretado que el primero. Valentín, Martín y Aura
eran partidarios de la resistencia a todo trance, y confiaban en el
éxito, movidos de la ardorosa fe bilbaína. Sabino y José María se
hacían intérpretes de la minoría desconfiada y algo pesimista del
vecindario. Temían que la villa tuviera que rendirse; no daban excesivo
valor a las bravatas de los milicianos, ni estimaban posible que la
guarnición escasa hiciese maravillas. Al primer partido, patriótico
y entusiasta, se arrimó Zoilo, afirmando que quería derramar su
sangre por Bilbao, y contribuir a la defensa con todos sus bríos.
Apoyábanle unos, otros se reían, y Prudencia declaró, siempre dentro
del sagaz criterio que le imponía su nombre, que la familia no debía
significarse toda del lado isabelino, sino dividirse en las dos
opiniones para estar a las resultas de los acontecimientos.
—Si todos —decía— nos vamos con la Libertad, ¡ay de nosotros en el
caso de que venga la mala, y se vaya la Libertad a paseo y triunfe el
oscurantismo!
Pero estas razones las rebatió con firme lógica y hasta con elocuencia
Valentín, sosteniendo que no era decoroso el doble juego, sino poner
las dos velas a Dios y ninguna al diablo. Dios era la Libertad. De
esta definición hubo de protestar Sabino, asentando que no había
que mezclar a Dios en cosas de política. Que se juzgase conveniente
defender la Libertad y el trono de Isabel, muy santo y muy bueno; pero
nada de meter a Dios en estos líos, porque Él no era constitucional
ni realista, sino Dios a secas, y su divina voluntad era que no se
derramase tan locamente sangre de cristianos.
En ello convinieron todos, como también en que si a Zoilo le pedía
el cuerpo andar a tiros, se le procurase el ingreso en la Milicia
Nacional. Con gran alegría acogió esta idea el interesado, y Aura,
también gozosa, propuso que se comprara sin pérdida de tiempo la tela
para el uniforme, y que una vez cortado por el sastre, ella lo cosería
con sus propias manos, aunque tuviese que velar.
—Ya tenemos a Periquito hecho fraile —dijo Prudencia—. Coseremos pronto
la ropita, para que pueda lucirla en la formación del domingo.
Aquella misma noche, andaba por el comedor y los pasillos con aire
marcial. Sentía no tener listo su uniforme antes de que viniera
_Churi_, el cual se había ido en su asno a sus acostumbradas
exploraciones del país encartado o del valle de Mena, por puro vicio
de independencia, más bien de vagancia, pues ya no había para qué
traer leña y carbón. ¡Qué sorpresa le iba a dar, si cuando volviese le
encontraba en todo el esplendor y magnificencia de su facha militar! ¡Y
que no rabiaría poco al verle! Que rabiara, sí, y que se le llevasen
los demonios, en castigo de las burradas que al partir le había
dicho. De lo último que hablaron se copia lo menos violento, dejando
intraducidas y al natural las locuciones del maligno sordo.
ZOILO.— Estoy seguro de que me quiere... ya no pienso en matarme, sino
en vivir, en hacer cosas de mucha dignidad, en aprender todo lo que no
sé, en ser valiente, en portarme como un caballero.
CHURI.— _Patuo_, no _cuerras_ tanto..., por detrás el pingajo te cae...
¡Qué _pamparria_ tener tú!... Eso _dite_, pues.
ZOILO.— Hazte a un lado, zopenco.
CHURI (_sin entenderle_).— _Prinsipe arrecho_ vendrá él, y casarse
hará con ella, y más... Al _dimonio_ tú aquí mismo, y más. Eso _dite_,
pues... ¿Qué harás si la tía _Pudrencia_ saberlo ella?... ¿Para qué es
desir? Murirte harás... Reírme yo... _dite_ qué _patuo_ eres, _patuo_ y
_parol_.
ZOILO.— Cállate... o verás.
CHURI.— Aura _sielo_ es, y más... Tú _sarama_... _Sarama_ al _sielo_
subirse no hará... Con escoba que te arrecojan...
Ingresó Zoilo en la Milicia; hizo solemne estreno de su uniforme, y el
endiablado sordo no parecía. Quien llegó fue Negretti, en un estado
moral lastimoso, herido de cruel desengaño, renegando de la hora en
que puso su inteligencia al servicio de la _Pretensión_. Hombre de
sinceridad, reconocía su error y se lamentaba honradamente de no haber
seguido la opinión y consejos de su esposa. ¡Ay!, las mujeres suelen
tener, en asuntos de negocios relacionados con la vida social, olfato
más seguro y vista más penetrante que los hombres... Toda la familia
se aplicó a consolarle desde el primer día, rodeándole de atenciones
y cuidados, pues su salud, con tan graves quebrantos y sinsabores,
se había resentido notablemente. Hablando a solas con Valentín del
tristísimo pasado, del negro presente, y de las cerrazones del
porvenir, le decía:
—Me siento tan abatido, tan descorazonado, que como no vengan estímulos
de fuera de mí, dudo que pueda yo sacarlos de aquí dentro. Espero que
pasen días, muchos días, a ver qué giro toma esta maldita guerra.
Y también te aseguro que solo he venido a Bilbao por tomar algún
descanso, y por el gusto de pasar unos días con vosotros antes de irme
a Francia. Aquí no me encuentro, querido Valentín; no me atrevo a salir
a la calle, temeroso de que me echen en cara el haber traído acá
pegadas a las manos las limaduras de la maestranza de don Carlos. Me
tendrán por enemigo, quizás por espía... No me conocen lo bastante para
ver en mí al obrero neutral, que sirve donde le pagan. La realidad,
las flaquezas humanas, me han hecho comprender que la neutralidad es
imposible, y por ello no se acaba esta guerra... Tesón allá, tesón
aquí... ¡Desdichado de aquel que, como yo, se ve cogido y aplastado
entre los dos tesones!... ¡Ah!, vosotros, más felices que yo, podéis
levantar una bandera, y defenderla, y hasta morir por ella... Yo no
puedo..., me he inutilizado para este partido y para el otro... Lo que
sí te digo es que ya podéis prepararos bien, porque os van a sitiar, y
con poderosos elementos. Nadie los conoce como yo... Os apretarán de
firme, y como no venga un buen ejército a romper la línea de ellos,
habréis de veros muy mal, pero muy mal, créelo. Si Bilbao no hace
una hombrada, me parece que pronto seréis vasallos de Carlos V... Es
triste; y si en mi mano tuviera yo el fuego del cielo os lo daría para
resistir. Porque... no soy vengativo, eso no, ni quiero el daño de
nadie; pero a esos, ¡ah!, a esos les deseo que se les indigeste Bilbao,
a ver si revientan de una vez.
Los anuncios de Negretti respecto a la inminencia del sitio, se
confirmaron en los días siguientes. El 21 y 22 de octubre los carlistas
abrían trincheras en Artagán. Al otro lado del monte Archanda, sobre
el camino de Bermeo, tenían los cañones que habían de emplazar en
diferentes puntos, para dominar Begoña y Achuri. Hacia Ollargan
preparaban fuertes baterías contra San Mamés y la Concepción, y por
Sodupe disponían los ataques a Burceña y el Desierto. La situación era,
pues, gravísima. Desde las alturas de Santo Domingo y Archanda, por la
orilla derecha del Nervión, y por la derecha desde las de Ollargan, los
carlistas miraban a Bilbao en el fondo de la cazuela, y no tenían más
que alargar la mano para coger el pobrecito _chimbo_ y devorarlo.
Y mientras a la defensa se aprestaba, más parecía la capital de Vizcaya
un pueblo en plena fiesta que un pueblo condenado a los horrores de
la guerra de sitio: diríase que se habían propuesto los bilbaínos
animarse unos a otros con enfáticos alardes de júbilo y desprecio del
peligro. Su actividad en los preparativos cobraba nuevos alientos de
aquel gozo común, de aquella confianza que o sentían o simulaban. Gran
virtud es en estos casos la ficción de entereza. Los pueblos viven del
sentimiento colectivo, y los bilbaínos supieron en tan suprema ocasión
cultivarlo, creándose previamente la atmósfera en que debían consumar
sus inauditas hazañas; atmósfera falsa, si se quiere, pero que los
hechos, la constancia y tesón de aquel divino mentir convertirían luego
en real y positiva. Y organizaban el éxito con prematuros alardes,
sostenidos sin desmayo, como papeles de una comedia heroica. Los
histriones dejarían de serlo a fuerza de fingir bien y de mostrarse
alegres cuando la realidad les imponía la tristeza. Era un pueblo de
imaginativos, y los imaginativos que proceden con intensidad en su
labor psicológica, acaban por crear.