XXI

No le fue muy fácil a la hermosa doncella adaptarse al nuevo molde

de vida, y hacerse a tal ambiente; pero al fin hubo de rendirse al

fuero de la necesidad y de la costumbre. La estrechez de la casa,

un entresuelo sin luces en la parte interior, causábale opresión,

angustia. Mejor respiraba en la tienda, aunque en ella dejaban poco

desahogo los rollos de cabos, las piezas de lona, y los innumerables

hierros de barco que por todas partes había. Pronto se familiarizó con

el olor de alquitrán, y gustaba de bajar a la tienda, y de presenciar

las animadas escenas de la venta y compra. El lenguaje marinero la

encantaba, y la rudeza de aquellos rostros curtidos por el viento

despertaba en ella simpatía y admiración. Llamada más de una vez por

Martín para que le ayudase en el escritorio, descendía gozosa, y

copiaba facturas y cartas; después divagaba por el local, enterándose

de la extraña nomenclatura marítima. Las tardes de poco despacho, los

dos dependientes, viejos navegantes desembarcados ya por inútiles, se

esmeraban en darle lecciones. Aura les preguntaba: «¿Para qué sirve

esto? ¿Aquello para qué es?». Y ellos, bondadosos, respondían a todo,

dándole una idea de las maniobras en que habían gastado sus mejores

años.

El escritorio era un rincón de la tienda, separado de esta por tabique

de cristales, que en tal sitio debía llamarse propiamente _mamparo_. No

había más espacio que el preciso para revolverse con estrechez entre

la mesa, con carpeta para dos personas, y el estantillo de los libros.

Dos taburetes, la menor cantidad de asiento posible, completaban el

mueblaje. Lo demás del reducido garitón lo ocupaban estantes atestados

de género, casi todo lo de pesca, paquetes de anzuelos, redes, plomos;

en otra parte, piezas de lanilla para banderas, brochas, cepillos,

defensas, y más arriba, pendientes del techo, bombillas de diferente

forma, faroles de costado, etcétera...

Martín iba y venía del escritorio a la tienda por una puerta estrecha,

no más holgada que las que suelen dar paso al camarote de un buque de

mediana comodidad. Salvo a la hora en que le era forzoso escribir,

recorría todo el local, desde la pieza grande, que daba a la calle,

a la más interior, fin de una serie tortuosa de aposentos en que el

olor del alquitrán y la oscuridad y falta de aire remedaban el ahogado

recinto de la bodega de un barco. En lo más hondo estaban los barriles

de brea en piedra, de alquitrán, los bloques de sebo; y a lo largo de

las estancias, los rollos de jarcia formaban una estiba bien ordenada,

como sillares de una serie de columnas, dejando para el paso un angosto

callejón. Viendo cómo cortaban de los rollos pedazos de cuerda y cómo

los pesaban y vendían, aprendió Aura los nombres de las diferentes

piezas de cáñamo usadas en la navegación, y supo distinguir el

calabrote y la guindaleza de la flechadura y cabo de acolladores. Todo

lo preguntaba, y todo lo retenía en su prodigiosa memoria.

—¿Te gusta este comercio? —le preguntaba Martín, que buscaba la manera

de echarle una flor, sin poder conseguirlo: tales eran su timidez y

respeto.

Y ella respondía:

—Las cosas feas se vuelven bonitas cuando vamos aprendiendo a ver

en ellas la utilidad. Esto que parece tan feo, va dejando de serlo a

medida que entendemos para qué sirve. Mira tú: yo me he criado entre

piedras preciosas. ¡Como que he jugado con ellas! ¿Pues creerás tú que

ese comercio nunca me hizo gracia?

—Como que es un comercio que solo vive de la vanidad —dijo Martín,

henchido de satisfacción—. Las piedras son objetos de puro lujo, y

esto, Aura, esto es la vida, esto es el pan... Porque si no hubiera

barcos, fíjate bien, prima, no habría comercio, y sin comercio no

tendríamos ni camisa que ponernos, y viviríamos como los salvajes.

Cuando entraba Zoilo y la veía sentadita en el escritorio, junto

a Martín, y él corrigiéndole las copias, para lo cual se acercaba

demasiado, juntando casi cabeza con cabeza, el pobre chico no sabía lo

que le pasaba. ¡Vaya que también esa!... ¡Y _dar la casualidad_ de que

aquel hombre fuera su hermano! Si no lo fuese, ya le habría enseñado

a ponerse a la distancia que debe guardarse entre caballero y señora

cuando no son novios. Por suerte de Zoilo, existía la guerra, que

evidentemente le favorecía. La _casualidad_ de que hubiese guerra tenía

sobre las armas a la Milicia Urbana, y a cada momento, mañana o tarde,

venía el ordenanza con avisos que hacían salir a Martín de estampía.

«Don Martín, revista a las tres... Don Martín, a las dos, ejercicio».

Y primero faltaba una estrella del cielo que dejar el joven de acudir

al llamamiento de la patria y de la libertad. Gracias a esto, Zoilo

quedábase solito con Aura, y si había venta de cosas menudas, la

enseñaba a despachar, o le daba previamente instrucciones para cuando

viniese alguien en busca de agujas de coser lonas, de hierros para

calafatear.

—¿Para qué sirve —le preguntaba ella— este zoquete redondo de madera

con tres agujeros, que parece una cara con sus ojitos y abajo la

boca?...

—Esto llamamos _bigota_, y sirve para las flechaduras de la jarcia.

Seguía una larga lección de aparejo, que comúnmente Aura no entendía.

Ello es que, sin entenderlo bien, pedía la niña noticia de todo; y él,

con seriedad científica, le explicaba la aplicación de las distintas

clases de grilletes, guarda cabos y demás hierros. Le mostraba un

_rempujo_ y la manera de usarlo para coser velas, y se lo ponía y

sujetaba con la hebilla, para que se hiciera cargo de aquel _dedal de

la palma de la mano_; la instruía en el modo de calafatear, metiendo en

la unión de las tablas y apretándola bien con hierros, la filástica,

que era la estopa de los cabos inútiles...

—Te enseñaré cómo se hace la filástica. Pero tus dedos son muy finos

para esta operación. No, no: déjame a mí. No hay más que ir abriendo la

estopa... Es muy fácil.

—¡Vaya, con todas las cosas que hay dentro de un barco! Me gustaría

tener una fragata muy grande, muy grande.

—Y a mí. Para ir a ver tierras tú y yo... Y luego la traíamos llena de

perlas y brillantes; cargada de piedras preciosas hasta las escotillas.

—¡Jesús qué disparate!

—Sí: de piedras preciosas, que, aun con ser tantas, serían pocas para

adornar tu hermosura. Di que sí.

—¡Qué tonto!

—Es verdad. ¿Qué son las piedras? Morralla... Para adornarte a ti no

hay más que el sol y las estrellas, con la luna en medio, y dos docenas

de rayos por cada banda.

—¡María Santísima..., divino Dios!

—No hay más Dios divino, ni más divinidad que tú... Yo lo digo, y aquí

estoy para sostenerlo...

Al fin se arrancó el hombre. Entre seria y festiva, Aura le contestaba

riendo y volviendo la cabeza, burlándose un poco, o asombrándose de su

audacia.

—Pero, Zoilo, ¿estás loco?

—Si, sí..., me da la gana de estar loco. Es mi gusto... Como lo será el

morirme o matarme si tú no me quieres...

—Cállate, Zoilo..., no bromees con eso... Cállate, que la tía baja...

Me parece que la siento.

Lo que hacía Prudencia era llamarla desde lo alto de la estrechísima

escalera, más bien escala de barco, que comunicaba la tienda con el

entresuelo. «Voy, tía», gritaba Aura, mientras Zoilo, contento de haber

roto el fuego, de haber puesto fin a un mutismo que le requemaba el

alma, se decía: «Esta lagartona de mi tía Prudencia la manda abajo

cuando está Martín, para que el otro le diga cosas, y la llama cuando

yo estoy, para que yo no pueda decírselas... Ya le enseñaré yo a mi

señora tía quién es Zoilo Arratia». Y se puso a medir brazas de cabos,

que los dos dependientes iban pesando.

Sabino y su hijo mayor se pasaban casi todo el día en el almacén de

Ripa, donde tenían gran cantidad de duela, magníficas tosas de caoba

y cedro, y una regular partida de teca y riga que no lograban vender

en aquellos calamitosos tiempos por estar encalmada la construcción de

buques. Por la noche reuníanse todos en el entresuelo de la Ribera y

cenaban juntos, comentando la guerra, llevando al seno de la laboriosa

familia ecos de la opinión del pueblo respecto a la inminencia de un

segundo sitio, más apretado que el primero. Valentín, Martín y Aura

eran partidarios de la resistencia a todo trance, y confiaban en el

éxito, movidos de la ardorosa fe bilbaína. Sabino y José María se

hacían intérpretes de la minoría desconfiada y algo pesimista del

vecindario. Temían que la villa tuviera que rendirse; no daban excesivo

valor a las bravatas de los milicianos, ni estimaban posible que la

guarnición escasa hiciese maravillas. Al primer partido, patriótico

y entusiasta, se arrimó Zoilo, afirmando que quería derramar su

sangre por Bilbao, y contribuir a la defensa con todos sus bríos.

Apoyábanle unos, otros se reían, y Prudencia declaró, siempre dentro

del sagaz criterio que le imponía su nombre, que la familia no debía

significarse toda del lado isabelino, sino dividirse en las dos

opiniones para estar a las resultas de los acontecimientos.

—Si todos —decía— nos vamos con la Libertad, ¡ay de nosotros en el

caso de que venga la mala, y se vaya la Libertad a paseo y triunfe el

oscurantismo!

Pero estas razones las rebatió con firme lógica y hasta con elocuencia

Valentín, sosteniendo que no era decoroso el doble juego, sino poner

las dos velas a Dios y ninguna al diablo. Dios era la Libertad. De

esta definición hubo de protestar Sabino, asentando que no había

que mezclar a Dios en cosas de política. Que se juzgase conveniente

defender la Libertad y el trono de Isabel, muy santo y muy bueno; pero

nada de meter a Dios en estos líos, porque Él no era constitucional

ni realista, sino Dios a secas, y su divina voluntad era que no se

derramase tan locamente sangre de cristianos.

En ello convinieron todos, como también en que si a Zoilo le pedía

el cuerpo andar a tiros, se le procurase el ingreso en la Milicia

Nacional. Con gran alegría acogió esta idea el interesado, y Aura,

también gozosa, propuso que se comprara sin pérdida de tiempo la tela

para el uniforme, y que una vez cortado por el sastre, ella lo cosería

con sus propias manos, aunque tuviese que velar.

—Ya tenemos a Periquito hecho fraile —dijo Prudencia—. Coseremos pronto

la ropita, para que pueda lucirla en la formación del domingo.

Aquella misma noche, andaba por el comedor y los pasillos con aire

marcial. Sentía no tener listo su uniforme antes de que viniera

_Churi_, el cual se había ido en su asno a sus acostumbradas

exploraciones del país encartado o del valle de Mena, por puro vicio

de independencia, más bien de vagancia, pues ya no había para qué

traer leña y carbón. ¡Qué sorpresa le iba a dar, si cuando volviese le

encontraba en todo el esplendor y magnificencia de su facha militar! ¡Y

que no rabiaría poco al verle! Que rabiara, sí, y que se le llevasen

los demonios, en castigo de las burradas que al partir le había

dicho. De lo último que hablaron se copia lo menos violento, dejando

intraducidas y al natural las locuciones del maligno sordo.

ZOILO.— Estoy seguro de que me quiere... ya no pienso en matarme, sino

en vivir, en hacer cosas de mucha dignidad, en aprender todo lo que no

sé, en ser valiente, en portarme como un caballero.

CHURI.— _Patuo_, no _cuerras_ tanto..., por detrás el pingajo te cae...

¡Qué _pamparria_ tener tú!... Eso _dite_, pues.

ZOILO.— Hazte a un lado, zopenco.

CHURI (_sin entenderle_).— _Prinsipe arrecho_ vendrá él, y casarse

hará con ella, y más... Al _dimonio_ tú aquí mismo, y más. Eso _dite_,

pues... ¿Qué harás si la tía _Pudrencia_ saberlo ella?... ¿Para qué es

desir? Murirte harás... Reírme yo... _dite_ qué _patuo_ eres, _patuo_ y

_parol_.

ZOILO.— Cállate... o verás.

CHURI.— Aura _sielo_ es, y más... Tú _sarama_... _Sarama_ al _sielo_

subirse no hará... Con escoba que te arrecojan...

Ingresó Zoilo en la Milicia; hizo solemne estreno de su uniforme, y el

endiablado sordo no parecía. Quien llegó fue Negretti, en un estado

moral lastimoso, herido de cruel desengaño, renegando de la hora en

que puso su inteligencia al servicio de la _Pretensión_. Hombre de

sinceridad, reconocía su error y se lamentaba honradamente de no haber

seguido la opinión y consejos de su esposa. ¡Ay!, las mujeres suelen

tener, en asuntos de negocios relacionados con la vida social, olfato

más seguro y vista más penetrante que los hombres... Toda la familia

se aplicó a consolarle desde el primer día, rodeándole de atenciones

y cuidados, pues su salud, con tan graves quebrantos y sinsabores,

se había resentido notablemente. Hablando a solas con Valentín del

tristísimo pasado, del negro presente, y de las cerrazones del

porvenir, le decía:

—Me siento tan abatido, tan descorazonado, que como no vengan estímulos

de fuera de mí, dudo que pueda yo sacarlos de aquí dentro. Espero que

pasen días, muchos días, a ver qué giro toma esta maldita guerra.

Y también te aseguro que solo he venido a Bilbao por tomar algún

descanso, y por el gusto de pasar unos días con vosotros antes de irme

a Francia. Aquí no me encuentro, querido Valentín; no me atrevo a salir

a la calle, temeroso de que me echen en cara el haber traído acá

pegadas a las manos las limaduras de la maestranza de don Carlos. Me

tendrán por enemigo, quizás por espía... No me conocen lo bastante para

ver en mí al obrero neutral, que sirve donde le pagan. La realidad,

las flaquezas humanas, me han hecho comprender que la neutralidad es

imposible, y por ello no se acaba esta guerra... Tesón allá, tesón

aquí... ¡Desdichado de aquel que, como yo, se ve cogido y aplastado

entre los dos tesones!... ¡Ah!, vosotros, más felices que yo, podéis

levantar una bandera, y defenderla, y hasta morir por ella... Yo no

puedo..., me he inutilizado para este partido y para el otro... Lo que

sí te digo es que ya podéis prepararos bien, porque os van a sitiar, y

con poderosos elementos. Nadie los conoce como yo... Os apretarán de

firme, y como no venga un buen ejército a romper la línea de ellos,

habréis de veros muy mal, pero muy mal, créelo. Si Bilbao no hace

una hombrada, me parece que pronto seréis vasallos de Carlos V... Es

triste; y si en mi mano tuviera yo el fuego del cielo os lo daría para

resistir. Porque... no soy vengativo, eso no, ni quiero el daño de

nadie; pero a esos, ¡ah!, a esos les deseo que se les indigeste Bilbao,

a ver si revientan de una vez.

Los anuncios de Negretti respecto a la inminencia del sitio, se

confirmaron en los días siguientes. El 21 y 22 de octubre los carlistas

abrían trincheras en Artagán. Al otro lado del monte Archanda, sobre

el camino de Bermeo, tenían los cañones que habían de emplazar en

diferentes puntos, para dominar Begoña y Achuri. Hacia Ollargan

preparaban fuertes baterías contra San Mamés y la Concepción, y por

Sodupe disponían los ataques a Burceña y el Desierto. La situación era,

pues, gravísima. Desde las alturas de Santo Domingo y Archanda, por la

orilla derecha del Nervión, y por la derecha desde las de Ollargan, los

carlistas miraban a Bilbao en el fondo de la cazuela, y no tenían más

que alargar la mano para coger el pobrecito _chimbo_ y devorarlo.

Y mientras a la defensa se aprestaba, más parecía la capital de Vizcaya

un pueblo en plena fiesta que un pueblo condenado a los horrores de

la guerra de sitio: diríase que se habían propuesto los bilbaínos

animarse unos a otros con enfáticos alardes de júbilo y desprecio del

peligro. Su actividad en los preparativos cobraba nuevos alientos de

aquel gozo común, de aquella confianza que o sentían o simulaban. Gran

virtud es en estos casos la ficción de entereza. Los pueblos viven del

sentimiento colectivo, y los bilbaínos supieron en tan suprema ocasión

cultivarlo, creándose previamente la atmósfera en que debían consumar

sus inauditas hazañas; atmósfera falsa, si se quiere, pero que los

hechos, la constancia y tesón de aquel divino mentir convertirían luego

en real y positiva. Y organizaban el éxito con prematuros alardes,

sostenidos sin desmayo, como papeles de una comedia heroica. Los

histriones dejarían de serlo a fuerza de fingir bien y de mostrarse

alegres cuando la realidad les imponía la tristeza. Era un pueblo de

imaginativos, y los imaginativos que proceden con intensidad en su

labor psicológica, acaban por crear.

Luchana · 第 23 / 43 题