Comían ordinariamente caldos de habas secas con cecina, borona y buenos
tragos de chacolí. Al comienzo de la campaña mataban una res, cuya
carne salaban y ponían después al humo. En los días en que Prudencia
y Aura aportaron por allí, mejoró un poco la mesa de los cíclopes de
Lupardo, porque la señora de Negretti había llevado un par de cestos de
provisiones, entre las cuales sobresalía por su magnificencia un pan de
trigo de cuatro libras; lo demás era una gallina asada, patatas, fruta
seca, huevos y pasta de tomate en botellas, de industria doméstica.
Esto fue lo único que pudo traer de Bermeo, donde ya escaseaban las
provisiones de un modo alarmante, pues los arrieros que llevaban pan
de Vitoria una vez por semana, iban ya rara vez; solo abundaba la
merluza, que en aquella época del año, por preocupación incomprensible,
era desestimada, y se vendía a ochavo la libra. Prudencia había
hecho un riquísimo escabeche, que llevaba en orzas grandes bien
acondicionadas.
Con estas viandas, hubo proporción de celebrar en Lupardo verdaderos
festines, de que participaban los guipuzcoanos, estimando estos como
bocado exquisito el pan de trigo que no habían catado en meses, y que
Prudencia repartía en discretas raciones. Y por contra, Aura gustaba
con preferencia de los caldos de habas con cecina y de la borona; no
hay que decir que Zoilo, por agradarla, consumía porciones monstruosas
de aquel grosero alimento.
Hubiérale gustado a la niña bonita poner también sus manos en aquel
rudo trabajo del hierro; pero como Prudencia la vigilaba, manteniéndola
dentro de su jurisdicción de señorita fina, y no hallaba ocasión de
echarse a la cabeza una pesada cesta de mena para descargarla en el
horno. Ya que no podía trabajar, se arrimaba lo más posible a la forja,
sin miedo al calor intenso, sin reparar que se le sentaba en la piel
del rostro el rojo polvillo del mineral. Si tuviera espejo, habríase
visto trocada en figura egipcia, por el encendido color de cerámica
que lucía como proyección de un incendio. Su belleza era entonces más
para que la gozaran los dioses que los pobres humanos, estragados por
el convencionalismo estético y las falsas artes de la presunción. Con
el criterio vulgar de estas juzgaba Prudencia el nuevo cariz de su
sobrina, diciéndole:
—¡Ay, hija, estás hecha una visión! Gracias que no hay aquí gente que
te vea. ¡Lo que pareces con esa cara tan _abochornada_! ¡Cuándo querrá
Dios que nos vayamos a Bilbao para que te adecentes!
No debía esperar mucho la señora para ver cumplidos sus deseos de
adecentar a la niña, porque una tarde, cuando no llevaban cinco días de
estancia en Lupardo, llegó Martín en un caballejo, y tuvo con su padre
un vivo diálogo, del cual había de resultar la suspensión del trabajo
de la ferrería.
—Padre —decía el joven, que a las primeras palabras planteó la
cuestión—, esto no puede ser. En Bilbao nos critican porque mientras
todas las ferrerías de Vizcaya suspenden, la nuestra sola trabaja. ¿Y
por qué? Porque trabaja para ellos, para los carlistas, y de aquí sacan
el material de guerra con que quieren asesinarnos. Esto no puede ser.
Yo he corrido a avisarle para que se entere de lo que por allá dicen
y piensan. Antes que le hagan parar a la fuerza, suspenda el trabajo
por su determinación. Considere que somos bilbaínos, y que tenemos que
vivir con la opinión y con los sentimientos de nuestro querido pueblo.
Algo tuvo que remuzgar Sabino; pero cedió al cabo ante los expresivos
argumentos de Martín.
—Soy miliciano nacional; a gala tengo el pertenecer al cuerpo que
defiende la sagrada villa, y no puedo en ningún caso discrepar del
parecer de mis compañeros.
Lo mismo opinaba Valentín. No convenía, pues, a la familia, por la
índole y el estado de sus negocios, divorciarse de la opinión del
pueblo, donde dominaba el espíritu de resistencia implacable. Bilbao
sería un montón de ruinas antes que consentir que pisara su suelo
Carlos V. O morir todos, o defenderse hasta la desesperación. Ya era
seguro que reunían sus batallones y se repostaban de artillería y
balas para poner cerco a la capital, decididos a conseguir lo que
no pudo Zumalacárregui. No dejaron de hacer su efecto en el ánimo
de Sabino estas razones, pues si bien no sentía maldito entusiasmo
por la causa liberal, érale imposible sustraerse a la solidaridad
bilbaína, no solo por amor al pueblo natal, sino por la influencia
que sobre él ejercían su hermano y su segundo hijo. En otra ocasión
habría tenido sus dudas, pues del campo carlista le tiraban amistades
de gran fuerza, y le seducía el carácter de religioso desagravio que
a su causa imprimía el pretendiente; pero ya no podía ser. Su hermano
mayor había soltado prenda por Isabel, prestándose a que le metieran en
juntas de armamento y defensa; Martín era miliciano, y ambos figuraban
como fervientes apóstoles del _Bilbao no se rinde_. Por nada del mundo
daría Sabino el triste espectáculo de aparecer en desacuerdo con los
suyos. ¡Qué horrible discordia la que hace enemigos a hijos y padres,
a hermanos queridos! No, no. Antes la muerte que ver el odio en su
familia, aunque este odio fuese político. Adelante, y allá se iban
todos bien apretaditos uno contra otro. Bilbao y la familia eran un
solo sentimiento, y al decir _Bilboko echea_ se decía lo más grato al
corazón.
Determinose, pues, que en rematando unas piezas que estaban en la
forja, apagarían los fuegos y se retirarían llevándose todo el material
de hierro que pudiesen, pues el que allí se dejara no tardaría en ser
cogido por la facción. Logrado su objeto, y después de un rato de
plática con Prudencia y Aura, Martín se dispuso a montar de nuevo en su
caballejo, pues no podía faltar de la tienda. Prudencia le dijo:
—Es un dolor ver a esta chica cómo se ha puesto. Mira qué cara, mira
qué manos.
Aura reía, declarando con ingenuidad que aquella vida le gustaba,
y que no creía desmerecer de figura por haberse puesto del color
de la mena. Opinó Martín que aunque se pintara de negro-humo o de
almazarrón, siempre sería una divinidad; pero que no le correspondía
perder su aire de señorita principal; y añadió que habiendo llegado
a Bilbao la fama de su hermosura, ya había por allí muchas personas
que deseaban conocerla. La sociedad bilbaína era muy entonada. Aura
había de causar arrebato... Él se alegraría mucho de que el domingo
próximo, vestidita con su mejor ropa, fuese a ver desfilar la Milicia
Nacional, cuando iba a misa a Santiago. Después tocaba la música en
el Arenal, y allí se paseaban las señoritas con los milicianos y la
oficialidad del ejército. Dicho esto y otras cosas pertinentes a la
guerra y a la amenaza del sitio, se retiró el simpático joven en su
jaco, despidiéndose de las señoras con un afectuoso _hasta mañana_.
Caía la tarde, y no gustando Sabino de que su hijo fuera solo, mandó
a _Churi_ que montase en su burro y le acompañara, volviendo al día
siguiente para ayudar al transporte del material. La familia iría en un
carro del país, bien aparejado, saliendo a hora conveniente para llegar
antes de anochecer.
Mal le supo a Zoilo la disposición paterna de trasladarse a la capital,
porque en aquel salvajismo de Lupardo se encontraba el mozo en sus
glorias; y teniendo allí a su ídolo, y pudiendo tributarle ardiente y
secreto culto a todas horas, no cambiara la ferrería por el paraíso
terrenal. Y casi casi asegurar podía que a la niña tampoco le supo
bien la traslación, porque allí gozaba viendo los trabajos, y, ¡qué
demonio!, viéndole a él; allí tenían los dos por intermediarios de sus
amores, al menos por parte de él, las llamas y el calor de la forja,
el aire del soplete, y aquel campo ameno y triste, el río que mugía,
los pájaros, la mena roja y el carbón negro. Todo aquello hablaba, todo
sonreía, y era bueno y... _amigo_.
Se desesperaba el pobre Zoilo pensando cuán árida y fastidiosa sería
la vida en Bilbao. Allá vestirían a la niña de damisela, llevándola
de visita en visita, o me la tendrían todo el santo día en la sala,
donde él apenas entraba; y si por fin de fiesta le confinaban, como
era muy de temer, en el almacén de maderas de Ripa, se divertiría como
hay Dios. En tanto, gozarían de la dulce presencia de Aura las visitas
cargantes, los señores y señoras de Ibarra, de Gaminde y Vildósola; y
para colmo de fastidio, Martín podría verla a todas horas, y él no.
Esto era en verdad peor que un castigo. Aura bajaría por las mañanas a
la tienda, y como tenía tan bonita letra, puede que Martín la pusiera
en el escritorio, a su lado, a copiar cartas y facturas, tocándose el
codo de él con el de ella... No, no mil veces: esto no lo sufría. Como
viera los codos juntos, de fijo haría cualquier barbaridad. Pensando
estas tonterías se llevó casi toda la noche, y en lo más avanzado de
ella, mientras su padre y hermano dormían, calentó con sus besos el
frío revoco del tabique. Efectuose al siguiente día tranquilamente
el apagar de hornos, la recogida de herramientas, la disposición y
arreglo de todo lo que había de quedar allí, el transporte del hierro
elaborado, y en un carro que mandaron traer de Miravalles se trasladó a
Bilbao toda la familia.
Resultó, ¡ay dolor!, lo que Zoilo temía: que desde la noche de llegada
se vio la casa infestada de visitas, que acudían como las moscas;
señoras y señoritas pegajosas que iban a picotear, a guluzmear, y a
estarse las horas muertas en la sala. Las alabanzas a la bella sobrina
eran entusiasmas; los plácemes por tenerla allí, muy empalagosos. Zoilo
hubiera cogido un zurriago y arrojado a la calle a todo aquel señorío
importuno, que le quitaba a él su bien propio; pues con tanto mirar
a la niña, y tanto sobarla y besuquearla, colmándola de lisonjas,
se llevaban pegadas a las manos y a las bocas partículas de aquel
ser divino. ¿Qué le importaba a nadie que Aura fuese un prodigio de
hermosura? ¿Ni qué tenía que ver aquella gente curiosona, entrometida,
con que fuese huérfana, prometida de un principillo, y qué sé yo qué?
Ya se le iban atufando al hombre las narices, y le entraban ganas de
demostrar a chicos y grandes que solo a él le importaba la guapeza y
demás méritos superiores de su prima... No poco se alegró de que no
le confinaran en el almacén de Ripa, atestado de maderas, barriles de
alquitrán y brea, pues si su padre le señaló un trabajo que allí le
retenía algunas horas, las más del día estaba en la Ribera, ayudando a
Martín en el trajín del despacho. Gracias a esto podía extasiarse en su
divinidad, sin hartarse nunca. Si viéndola en el llano vestir de Bermeo
y en el desgaire de Lupardo se había enamorado de ella como un tonto,
en Bilbao, cuando se la vistieron de señorita para llevarla a misa o
al visiteo, y con los trapitos de cristianar para presentarla en el
Arenal, su tontería se trocó en locura, con hondos desvanecimientos y
accesos de rabia.
Efecto maravilloso y estupefaciente causó Aura en la juventud bilbaína,
cuando hizo su primera salida con Prudencia y la señora y señoritas de
Gaminde en el paseo del Arenal, pues si bien la fama había anticipado
ya ponderaciones de tan singular belleza, la realidad empequeñeció la
obra de la fama, al contrario de lo que en la mayoría de los casos
sucede. Y aunque entonces, como ahora, la gallardía y hermosura
mujeril eran cosa corriente en Bilbao, el tipo de Aura, su sencillez y
majestad, las incomparables líneas de su cuerpo, su helénico perfil, y
la expresión divinamente humana de sus ojos, fueron motivo de general
admiración y embeleso. Mirábanla los hombres encandilados, turulatos
los viejos, con asombro receloso las mujeres, y no se oían a su
paso más que alabanzas. Si por una parte satisfacían a Zoilo tales
demostraciones, por otra le mortificaban horriblemente, porque de
tanto mirarla y alabarla resultaba que no era suya, sino del público.
Rondando solo, separado de sus amigos, por los bordes del paseo, tomaba
las vueltas a su prima y observaba de lejos la cara que ponían los
jóvenes, así militares como paisanos, al pasar junto a ella; o bien iba
detrás de los grupos de paseantes, tratando de escuchar lo que decían.
Las exclamaciones «¡Vaya una mujer!...», «Es más de lo que dijeron...»,
«Esto ya no es mujer, es diosa» eran como otros tantos estiletes que
clavaban en su pecho. Si más que mujer era diosa, los malditos dioses
no consentirían que hembra tan superior fuese para él... Y cuando pudo
ver y oír que en un grupo de milicianos, donde iba su hermano Martín,
felicitaban a este por tener a tal beldad en su casa, y le daban
bromitas, faltó poco para que la emprendiese a bofetada limpia con
aquellos majaderos, desvergonzados... Nervioso y descompuesto, marchaba
en una y otra dirección por el círculo más excéntrico del paseo, que
era como el voltear de una noria, pensando que si hubiera pistolas
de muchos tiros, y él poseyera arma tan prodigiosa, la emplearía
bonitamente en aquella ocasión... ¿Cómo? Arreando un tiro, ¡pim!, a
todos los que al paso de Aura decían ¡ah!, ¡oh!..., y otro tiro, ¡pam!,
a los que se permitieran comentarios de la hermosura, y qué sé yo
qué..., y otro y otro tiro, ¡pim, pam!, a los graciosos y bromistas...
¡Hala!..., ¡y que volvieran por otra!