XXII

Bien se comprende que en esta organización previa del éxito por la

fanática confianza del pueblo en sí mismo, tenían la mayor parte las

mujeres, y entre estas, las jóvenes trabajaban más que las maduras en

la composición de la atmósfera marcial. Las señoras y señoritas de la

clase mayorazguil, las del patriciado comercial, las de menestrales

y tenderos, eran la nube en que se formaban aquellos elementos de

extraordinaria eficacia, de donde luego tomarían el rayo los hombres.

El fuego lo hacían ellas. Ejemplo de esta elaboración de coraje ofrecía

la hermosa Aura, que ligada ya por lazos de amistad con las niñas de

Gaminde, con las de Orbegozo y otras de la villa, se pasaba todo el

día picoteando en círculos femeniles acerca de lo que se hacía en las

fortificaciones, de la distribución y destino de las piezas, de lo que

hacía y pensaba el gobernador don Santos San Miguel, de lo que disponía

el Ayuntamiento con los corregidores de Albia y Begoña, y comentando

los planes del brigadier de ingenieros don Miguel de Arechavala, lo que

preparaban la Junta de armamento y defensa, la Diputación, y el verbo

coronado. Todas ellas tenían el hermano, el primo, el novio, en la

Milicia Urbana; los padres de unas pertenecían a la Junta de armamento;

los de otras a la Diputación. Sabían, pues, todo lo que ocurría, y lo

que no sabían lo inventaban, sin darse cuenta de su fecundísimo numen

militar. Tan pronto se pasaba Aura la tarde en casa de las de Gaminde,

calle del Víctor, como en casa de las de Busturia (Artecalle), o bien

asaltaban todas el domicilio de Arratia, y aquí y acullá, sus manecitas

diligentes trabajaban sin descanso, con más gozo que en los aprestos

de un baile, en la tarea lindísima de coser sacos de lienzo para los

parapetos, en vaciar colchones para llenar sacas de lana, en disponer

las camas para los hospitales de sangre, y en hacer hilas, aunque esto

no les parecía lo más urgente, porque antes que hubiera heridos tenía

que haber baluartes y defensas; y las banderas debían ser muy vistosas;

y todo lo que significase triunfos de la Libertad y palos al carlismo

había de obtener la preferencia; las hilas y vendajes, que los hiciera

el enemigo, como más necesitado de tales remedios.

Zoilo, una vez metido de hoz y de coz en la vida militar, hizo nuevos

conocimientos con señoritos de las primeras familias, y apretó más el

lazo de sus antiguas amistades. Destinado a la cuarta compañía del

primer batallón, eran sus compañeros inseparables Pepe Iturbide, hijo

del polero que tenía taller de motones, patescas y cuadernales junto

al almacén de los Arratias en Ripa, y Víctor Gaminde, hermano de las

señoritas con quienes había hecho Aura tanta intimidad. Comúnmente iba

con su amigo a casa de este, cuando quedaban francos de servicio, y

allí se encontraba a su ídolo, que ansiosa le preguntaba:

—¿Dónde has estado hoy, primo? ¿Qué hay? ¿Qué has visto?... Cuéntanos.

—Pues por la mañana se ha trabajado en el fuerte del Morro, en Achuri,

donde hemos puesto dos cañones más, y tres que había, cinco, que harán

polvo todo el tinglado que están armando ellos más arriba. En Artagán

tenemos cuatro piezas, di que cuatro infiernos, que arrasarán cuanto

ellos se traigan por Santo Domingo y por Matalobos. Por la tarde hemos

trabajado en San Agustín, donde hay una pieza de 36, más grande que

este cuarto, y dos de 24, que da gusto verlas, y otras dos, y un obús

que, cuando escupa, ya verán ellos lo que es canela. Dicen que mañana

vamos a Sabalbide y a la batería de la _Reinaga_, donde pondremos sin

fin de cañones que echarán el fuego más allá de Begoña. No deseo más

que empezar para que vean cómo barremos para afuera. ¿Crees tú que no?

—Yo sí; yo creo que les barreréis, que no quedará uno para contarlo.

Y acompañándola después a casa, con su hermano José María y una señora

tía de las de Gaminde, que iba a pasar un rato con Prudencia, de quien

era amiga de la infancia, hablaron los dos cuanto quisieron, porque

José y la señora mayor, que era muy pesada, iban detrás, y ellos con

juvenil ligereza se adelantaron.

—Aura —dijo Zoilo con grave acento—, no quiero más sino que _den el

primer toque_, para que veas tú de lo que soy capaz. ¿Qué tienes que

decirme a esto?

—No digo nada, Zoilo. Yo quiero que seas valiente... Me gustaría mucho

que te celebraran y te pusieran en las nubes.

—¿Y si me celebran y me ponen más arribita de las nubes?

—Me alegraré mucho, créelo.

—Yo quiero que se diga que el más valiente defensor de Bilbao es

uno..., uno que a ti te quiere, que te quiere más que a su propia

vida... Y dirán: «¡Dichosa ella, que la quiere el más valiente de

Bilbao!».

—Bien, _Zoiluchu_... Si me lo dicen, me alegraré... Falta que seas tan

animoso de obra como de palabra.

—Tú lo verás... Di que empecemos pronto... Que haya tiros, que lluevan

granadas y bombas deseo yo, y que tengamos que ir contra ellos a pecho

descubierto... Ya me cansa tanto preparativo. Hacer fuego y atacar a la

bayoneta, mándeme pronto... Lo mucho que te quiero me ha de salvar de

la muerte. Con decir «Aura, mi Aura me favorezca», no habrá bala que se

atreva conmigo... Pero si no me quieres, las balas no me respetarán;

di que no.

—No seas tonto. ¿Qué tienen que ver las balas con el cariño?

—Sí tienen que ver, di que sí. Yo estoy seguro de que diciendo: «Aura

me ama; atrás, fuego de pólvora», no he de tener ni un rasguño. Y si no

lo crees, lo verás, y lo creerás. Quiéreme, y dime dónde hay siete mil

serviles para ir solo contra ellos, solo yo.

—¡Jesús, qué locura!

—No, no te rías... Tú pídele a Dios y a la Virgen que empecemos de una

vez... Que rompan ellos contra nosotros, que escupan, y ya subiremos

nosotros a taparles las bocas, y a meterles el hierro en las barrigas.

Yo me consumo esperando, esperando. ¿Por qué no rompemos, con cien mil

gaitas?

—Pues ya tengo curiosidad de saber en qué paran todas esas valentías

tuyas. También quiero que rompan. Esto es hermoso. Un pueblo chiquito,

metido en un hondo, defenderse contra tantos miles de hombres furiosos

que le tiran desde las alturas. ¡Cosa magnífica, Zoilo; cosa sublime!

Yo quiero verlo... ¿Me contarás todo lo que veas?

—Todo, todo te contaré, y tú me querrás, di que sí.

—No seas fastidioso... Ya sabes que no puede ser. Yo te quiero, porque

eres mi primo; pero otra cosa no... Eres un buen chico, que puedes

llegar a ser un gran hombre. ¿En qué serás gran hombre? Yo no lo sé:

tal vez en el comercio, tal vez en la industria..., ¿y quién dice que

no lo serás en la milicia?

—Yo seré lo que tú me mandes. ¿Que me aplique a la milicia y que llegue

a general, quieres tú?

—¡Jesús y María..., tan pronto!

—Si la guerra sigue, hazte cuenta... Yo seré lo que tú mandes; pero no

me digas que no puedes quererme. Si me quieres, si me crees digno de tu

amor, ¿por qué me lo niegas? ¡Buena tonta serías si me despreciaras a

mí por uno que no ha de venir!

—Yo no te desprecio, _Zoiluchu_.

—Pues quiéreme..., verás qué valiente... ¿Qué cosa levanta más al

hombre que el valor?

—Realmente... el valor es más que nada.

—Pues yo soy tuyo, y todo mi valor es tuyo, y lo que yo hiciere gloria

tuya es, porque yo, si no te quisiera, sería muy cobarde, y me metería

debajo de una mesa. Pero del quererte sale que yo desee subirme hasta

las estrellas. Igualarme a ti, concédame Dios. Ya verás luego... Espera

un poquito.

—No, si yo espero... Ya ves que me paso la vida esperando.

—Esperando por otro lado lo que no ha de venir..., y aquí estoy yo para

que no esperes más tiempo... Una batalla dame, y verás.

—¿Pero yo cómo te he de dar una batalla?

—Diciendo que me quieres. Se me ha metido en la cabeza que si me

dices eso, en el momento de decírmelo estallarán en esos montes, y

en aquellos, y en los de más allá, todos de una vez, ¡_brmm_!, los

cañones carlistas.

—¡Ave María Purísima!

—Sin pecado concebida. Lo que es natural, Aura, tiene que venir. Lo

natural es que tú me quieras y que los carlistas ataquen.

—Claro: tú llamas natural a lo que deseas. Pues a mí todo lo que deseo

se me vuelve sobrenatural.

—Porque no haces caso de mí, que soy lo natural, Aura; fíjate... ¿Pues

qué soy yo más que lo natural?

No pudieron decir más. En la puerta de la tienda encontraron a Martín,

que les dio la noticia de la llegada de _Churi_, magullado, hecho

una lástima, y además sin burro. Le habían hecho acostar; pero al

anochecer, cansado de estar en la cama, se lanzó a la calle, corriendo

a curiosear en los puntos fortificados. Se anticipó la cena de Martín

y Zoilo para que volvieran a sus puestos, el uno en el Morrillo, el

otro en Solocoeche. Habría querido su padre que estuviesen en la

misma compañía, a fin de que se prestaran auxilio en algún aprieto

y cuidasen el uno del otro; pero no había podido ser. En la casa

todo era tristeza. Sabino, que dirigía el rezo doméstico, agregó al

rosario de costumbre infinidad de preces, recitadas unas, leídas otras

devotamente, de rodillas, en un libro piadoso. Todo era por impetrar

del Señor que pusiese fin a la guerra entre hermanos. Y tan largo fue

el rezo, que cuando se pusieron a cenar ya estaban desfallecidos.

¡Terminar la guerra por intercesión divina! Ya, ya; bonita terminación

se preparaba. A fe que soplaban vientos de paz. Desde el amanecer de

Dios empezaron los carlistas a largar bombas y granadas sobre la pobre

villa. La plaza les contestaba en toda la línea de fortificaciones,

desde Achuri a San Agustín, y desde Ripa a San Francisco. El día fue

de alarma, aunque no tanto como el siguiente. En casa de Arratia

hallábanse solas las mujeres y Negretti, que forzosamente retenido

en Bilbao por el sitio, no salía de casa, permaneciendo en un cuarto

interior entregado a estudios y cálculos de mecánica. Algunas señoras

de los pisos superiores bajaban al entresuelo, y cuando apretó el

miedo, porque se dijo que habían caído bombas en la calle Somera y en

Artecalle, bajáronse todas a la tienda, donde se creían más seguras.

Ignorantes de lo que ocurría estuvieron hasta que, muy avanzada

la noche, llegó Valentín a referirles que la defensa había sido

brillante. Sabino había ido hacia Sabalbide, donde, según le dijeron,

estaba Martín, y José María funcionaba en el hospital de sangre de la

Concepción como individuo de la Junta de Socorro y Sanidad.

—¿Quién va ganando? —preguntó Negretti, que solo por satisfacer esta

curiosidad asomó a la puerta de su cuarto.

—¡Hombre, qué pregunta!... Nosotros —dijo Valentín.

Ildefonso pareció complacido, y volvió a engolfarse en su tarea,

mientras su cuñado explicaba a las mujeres de la casa y a las vecinas

allí congregadas los combates de aquel día en los diferentes puntos de

defensa. En todos demostraron los bilbaínos tanta serenidad como valor.

Las bajas no eran muchas, y los serviles no habían avanzado un palmo de

terreno.

El siguiente día fue de grande ansiedad para los vecinos de aquella

parte de la Ribera, porque a las primeras horas de la mañana se

procedió a levantar un parapeto y barricada en la esquina del teatro,

y trajeron un cañón grandísimo para hacer fuego desde allí contra

las posiciones carlistas de Uribarri. En medio de alegre bullanga y

animación, lleváronse adelante los trabajos toda la mañana: chiquillos,

viejos y algunas mujeres ayudaban a llenar sacos de tierra, mientras

los soldados y milicianos desempedraban la calle. Todo se hizo

rápidamente. Cuando empezaron a disparar, retumbaban los tiros en la

casa de Arratia como si se viniera el mundo abajo. Guarecidas las

mujeres en lo más hondo de la tienda, de allí no se movieron hasta que

cesaron de oír disparos cercanos. Negretti continuaba en su aposento

del entresuelo, paseándose inquieto y nervioso. Al oír un zambombazo

decía: «¡Esa es buena..., a ellos!...», y vuelta a revolverse y a

suspirar fuerte, pasándose a cada instante la mano por la cabeza, a

contrapelo, cual si quisiera hacer de esta un perfecto escobillón. Su

mujer quería llevarle a la tienda; pero se resistía, asegurando que

la casa era sólida: lo más que podía ocurrir era que se hundiese el

tejado. Dos días pasaron en esta situación, sin que ninguno de los

Arratias pareciese por allí. Temían que Valentín, dejándose llevar de

su temple fogoso, se lanzara al combate. Una vecina dijo que le había

visto pasar al frente de una partida de paisanos que iban con picos

y palas corriendo hacia el Arenal, donde también estaban emplazando

piezas. Esta noticia las tranquilizó; y por la noche llegó Sabino,

¡gracias a Dios!, con nuevas felices de todos menos de _Zoiluchu_.

Valentín, después de haber trabajado como un negro, estaba en el

Consulado, donde se reunía la Junta de armamento. José María había

pasado del hospital de Bilbao la Vieja al de Achuri; Martín quedaba en

Solocoeche sano y salvo, y de Zoilo no se sabía nada. Probablemente

continuaba en el fuerte de Mallona. A _Churi_ le había encontrado

trabajando en la barricada de la Cendeja.

—¿Quién va ganando? —preguntó Negretti, entreabriendo la puerta de su

escondrijo.

—_Estos_, replicó Sabino.

Y como en aquel punto entrara Valentín y oyese, subiendo la escalera,

el _estos_ pronunciado por su hermano, gritó con fuerza y entusiasmo:

—¡_Estos_ no; _nosotros_, nosotros!

Aunque a media noche llegó Martín con la referencia de que Zoilo estaba

vivo y sano en el fuerte de Mallona, no acabaron de tranquilizarse,

pues su hermano no le había visto... Venía el pobre muchacho

fatigadísimo, desencajado; el pundonor, más que el marcial denuedo,

le sostenía, aunque se hallaba dispuesto a volver a empezar en cuanto

se lo ordenasen. Su lividez, el desmayo de su cuerpo aterido, el

sobresalto de su mirar, pedían tregua para reponer la enorme dosis de

coraje y entusiasmo gastada en las últimas lides.

—El deber, hijo, el deber ante todo —le dijo su padre, acariciando el

libro de rezos—. Cumplamos con lo que nos pide el honor de nuestro

pueblo, y Dios dispondrá lo que nos convenga a todos. ¿Que dispone

triunfar? Pues triunfemos... ¿Que dispone morir? Pues muerte.

Valentín se había lanzado ya a un formidable ataque contra la cena,

ya medio fría, que Aura ponía en la mesa. Martín le secundó con brío,

y ambos anunciaron su intención de posponer el rezar al comer. Tomó

Negretti en silencio algunas cucharadas de sopa, sin poner atención a

nada de lo que se decía, y Prudencia se extremaba en las órdenes que

daba a su sobrina para cuidar y atender a Martín.

—Sí, tía —dijo Aura—, no me olvidé de guardarle el medio pollo. Lo he

puesto a calentar. Ahora lo traeré.

Y sirviéndoselo, le decía cariñosa:

—Come, pobrecito. Tranquilízate... ¿Has hecho mucho, mucho fuego? ¡Qué

sería de Bilbao sin los hombres valientes!... De fijo que _Zoiluchu_

habrá hecho alguna calaverada..., alguna barbaridad...

—Es tan arrojado —dijo Valentín—, que me temo que sus bravuras le

cuesten caras.

—Pero no hay que temer —añadió Prudencia—. A ese no le parte un rayo.

Martín no dijo nada: comía en silencio, con la avidez de reparación de

la materia egoísta. La entrada de _Churi_ renovó en todos la inquietud

por Zoilo. Observando la cara sombría del sordo, temían que fuese

portador de alguna mala noticia; pero a las interrogaciones que le

hicieron, harto expresivas sin necesidad de usar la palabra, contestó

con desabrimiento:

—¿Yo qué saber? Diecisiete muertos de Mallona sacar... Yo verlos. No

estar Zoilo; ningún muerto de los diecisiete es él mismo... Más no sé...

Luchana · 第 24 / 43 题