Bien se comprende que en esta organización previa del éxito por la
fanática confianza del pueblo en sí mismo, tenían la mayor parte las
mujeres, y entre estas, las jóvenes trabajaban más que las maduras en
la composición de la atmósfera marcial. Las señoras y señoritas de la
clase mayorazguil, las del patriciado comercial, las de menestrales
y tenderos, eran la nube en que se formaban aquellos elementos de
extraordinaria eficacia, de donde luego tomarían el rayo los hombres.
El fuego lo hacían ellas. Ejemplo de esta elaboración de coraje ofrecía
la hermosa Aura, que ligada ya por lazos de amistad con las niñas de
Gaminde, con las de Orbegozo y otras de la villa, se pasaba todo el
día picoteando en círculos femeniles acerca de lo que se hacía en las
fortificaciones, de la distribución y destino de las piezas, de lo que
hacía y pensaba el gobernador don Santos San Miguel, de lo que disponía
el Ayuntamiento con los corregidores de Albia y Begoña, y comentando
los planes del brigadier de ingenieros don Miguel de Arechavala, lo que
preparaban la Junta de armamento y defensa, la Diputación, y el verbo
coronado. Todas ellas tenían el hermano, el primo, el novio, en la
Milicia Urbana; los padres de unas pertenecían a la Junta de armamento;
los de otras a la Diputación. Sabían, pues, todo lo que ocurría, y lo
que no sabían lo inventaban, sin darse cuenta de su fecundísimo numen
militar. Tan pronto se pasaba Aura la tarde en casa de las de Gaminde,
calle del Víctor, como en casa de las de Busturia (Artecalle), o bien
asaltaban todas el domicilio de Arratia, y aquí y acullá, sus manecitas
diligentes trabajaban sin descanso, con más gozo que en los aprestos
de un baile, en la tarea lindísima de coser sacos de lienzo para los
parapetos, en vaciar colchones para llenar sacas de lana, en disponer
las camas para los hospitales de sangre, y en hacer hilas, aunque esto
no les parecía lo más urgente, porque antes que hubiera heridos tenía
que haber baluartes y defensas; y las banderas debían ser muy vistosas;
y todo lo que significase triunfos de la Libertad y palos al carlismo
había de obtener la preferencia; las hilas y vendajes, que los hiciera
el enemigo, como más necesitado de tales remedios.
Zoilo, una vez metido de hoz y de coz en la vida militar, hizo nuevos
conocimientos con señoritos de las primeras familias, y apretó más el
lazo de sus antiguas amistades. Destinado a la cuarta compañía del
primer batallón, eran sus compañeros inseparables Pepe Iturbide, hijo
del polero que tenía taller de motones, patescas y cuadernales junto
al almacén de los Arratias en Ripa, y Víctor Gaminde, hermano de las
señoritas con quienes había hecho Aura tanta intimidad. Comúnmente iba
con su amigo a casa de este, cuando quedaban francos de servicio, y
allí se encontraba a su ídolo, que ansiosa le preguntaba:
—¿Dónde has estado hoy, primo? ¿Qué hay? ¿Qué has visto?... Cuéntanos.
—Pues por la mañana se ha trabajado en el fuerte del Morro, en Achuri,
donde hemos puesto dos cañones más, y tres que había, cinco, que harán
polvo todo el tinglado que están armando ellos más arriba. En Artagán
tenemos cuatro piezas, di que cuatro infiernos, que arrasarán cuanto
ellos se traigan por Santo Domingo y por Matalobos. Por la tarde hemos
trabajado en San Agustín, donde hay una pieza de 36, más grande que
este cuarto, y dos de 24, que da gusto verlas, y otras dos, y un obús
que, cuando escupa, ya verán ellos lo que es canela. Dicen que mañana
vamos a Sabalbide y a la batería de la _Reinaga_, donde pondremos sin
fin de cañones que echarán el fuego más allá de Begoña. No deseo más
que empezar para que vean cómo barremos para afuera. ¿Crees tú que no?
—Yo sí; yo creo que les barreréis, que no quedará uno para contarlo.
Y acompañándola después a casa, con su hermano José María y una señora
tía de las de Gaminde, que iba a pasar un rato con Prudencia, de quien
era amiga de la infancia, hablaron los dos cuanto quisieron, porque
José y la señora mayor, que era muy pesada, iban detrás, y ellos con
juvenil ligereza se adelantaron.
—Aura —dijo Zoilo con grave acento—, no quiero más sino que _den el
primer toque_, para que veas tú de lo que soy capaz. ¿Qué tienes que
decirme a esto?
—No digo nada, Zoilo. Yo quiero que seas valiente... Me gustaría mucho
que te celebraran y te pusieran en las nubes.
—¿Y si me celebran y me ponen más arribita de las nubes?
—Me alegraré mucho, créelo.
—Yo quiero que se diga que el más valiente defensor de Bilbao es
uno..., uno que a ti te quiere, que te quiere más que a su propia
vida... Y dirán: «¡Dichosa ella, que la quiere el más valiente de
Bilbao!».
—Bien, _Zoiluchu_... Si me lo dicen, me alegraré... Falta que seas tan
animoso de obra como de palabra.
—Tú lo verás... Di que empecemos pronto... Que haya tiros, que lluevan
granadas y bombas deseo yo, y que tengamos que ir contra ellos a pecho
descubierto... Ya me cansa tanto preparativo. Hacer fuego y atacar a la
bayoneta, mándeme pronto... Lo mucho que te quiero me ha de salvar de
la muerte. Con decir «Aura, mi Aura me favorezca», no habrá bala que se
atreva conmigo... Pero si no me quieres, las balas no me respetarán;
di que no.
—No seas tonto. ¿Qué tienen que ver las balas con el cariño?
—Sí tienen que ver, di que sí. Yo estoy seguro de que diciendo: «Aura
me ama; atrás, fuego de pólvora», no he de tener ni un rasguño. Y si no
lo crees, lo verás, y lo creerás. Quiéreme, y dime dónde hay siete mil
serviles para ir solo contra ellos, solo yo.
—¡Jesús, qué locura!
—No, no te rías... Tú pídele a Dios y a la Virgen que empecemos de una
vez... Que rompan ellos contra nosotros, que escupan, y ya subiremos
nosotros a taparles las bocas, y a meterles el hierro en las barrigas.
Yo me consumo esperando, esperando. ¿Por qué no rompemos, con cien mil
gaitas?
—Pues ya tengo curiosidad de saber en qué paran todas esas valentías
tuyas. También quiero que rompan. Esto es hermoso. Un pueblo chiquito,
metido en un hondo, defenderse contra tantos miles de hombres furiosos
que le tiran desde las alturas. ¡Cosa magnífica, Zoilo; cosa sublime!
Yo quiero verlo... ¿Me contarás todo lo que veas?
—Todo, todo te contaré, y tú me querrás, di que sí.
—No seas fastidioso... Ya sabes que no puede ser. Yo te quiero, porque
eres mi primo; pero otra cosa no... Eres un buen chico, que puedes
llegar a ser un gran hombre. ¿En qué serás gran hombre? Yo no lo sé:
tal vez en el comercio, tal vez en la industria..., ¿y quién dice que
no lo serás en la milicia?
—Yo seré lo que tú me mandes. ¿Que me aplique a la milicia y que llegue
a general, quieres tú?
—¡Jesús y María..., tan pronto!
—Si la guerra sigue, hazte cuenta... Yo seré lo que tú mandes; pero no
me digas que no puedes quererme. Si me quieres, si me crees digno de tu
amor, ¿por qué me lo niegas? ¡Buena tonta serías si me despreciaras a
mí por uno que no ha de venir!
—Yo no te desprecio, _Zoiluchu_.
—Pues quiéreme..., verás qué valiente... ¿Qué cosa levanta más al
hombre que el valor?
—Realmente... el valor es más que nada.
—Pues yo soy tuyo, y todo mi valor es tuyo, y lo que yo hiciere gloria
tuya es, porque yo, si no te quisiera, sería muy cobarde, y me metería
debajo de una mesa. Pero del quererte sale que yo desee subirme hasta
las estrellas. Igualarme a ti, concédame Dios. Ya verás luego... Espera
un poquito.
—No, si yo espero... Ya ves que me paso la vida esperando.
—Esperando por otro lado lo que no ha de venir..., y aquí estoy yo para
que no esperes más tiempo... Una batalla dame, y verás.
—¿Pero yo cómo te he de dar una batalla?
—Diciendo que me quieres. Se me ha metido en la cabeza que si me
dices eso, en el momento de decírmelo estallarán en esos montes, y
en aquellos, y en los de más allá, todos de una vez, ¡_brmm_!, los
cañones carlistas.
—¡Ave María Purísima!
—Sin pecado concebida. Lo que es natural, Aura, tiene que venir. Lo
natural es que tú me quieras y que los carlistas ataquen.
—Claro: tú llamas natural a lo que deseas. Pues a mí todo lo que deseo
se me vuelve sobrenatural.
—Porque no haces caso de mí, que soy lo natural, Aura; fíjate... ¿Pues
qué soy yo más que lo natural?
No pudieron decir más. En la puerta de la tienda encontraron a Martín,
que les dio la noticia de la llegada de _Churi_, magullado, hecho
una lástima, y además sin burro. Le habían hecho acostar; pero al
anochecer, cansado de estar en la cama, se lanzó a la calle, corriendo
a curiosear en los puntos fortificados. Se anticipó la cena de Martín
y Zoilo para que volvieran a sus puestos, el uno en el Morrillo, el
otro en Solocoeche. Habría querido su padre que estuviesen en la
misma compañía, a fin de que se prestaran auxilio en algún aprieto
y cuidasen el uno del otro; pero no había podido ser. En la casa
todo era tristeza. Sabino, que dirigía el rezo doméstico, agregó al
rosario de costumbre infinidad de preces, recitadas unas, leídas otras
devotamente, de rodillas, en un libro piadoso. Todo era por impetrar
del Señor que pusiese fin a la guerra entre hermanos. Y tan largo fue
el rezo, que cuando se pusieron a cenar ya estaban desfallecidos.
¡Terminar la guerra por intercesión divina! Ya, ya; bonita terminación
se preparaba. A fe que soplaban vientos de paz. Desde el amanecer de
Dios empezaron los carlistas a largar bombas y granadas sobre la pobre
villa. La plaza les contestaba en toda la línea de fortificaciones,
desde Achuri a San Agustín, y desde Ripa a San Francisco. El día fue
de alarma, aunque no tanto como el siguiente. En casa de Arratia
hallábanse solas las mujeres y Negretti, que forzosamente retenido
en Bilbao por el sitio, no salía de casa, permaneciendo en un cuarto
interior entregado a estudios y cálculos de mecánica. Algunas señoras
de los pisos superiores bajaban al entresuelo, y cuando apretó el
miedo, porque se dijo que habían caído bombas en la calle Somera y en
Artecalle, bajáronse todas a la tienda, donde se creían más seguras.
Ignorantes de lo que ocurría estuvieron hasta que, muy avanzada
la noche, llegó Valentín a referirles que la defensa había sido
brillante. Sabino había ido hacia Sabalbide, donde, según le dijeron,
estaba Martín, y José María funcionaba en el hospital de sangre de la
Concepción como individuo de la Junta de Socorro y Sanidad.
—¿Quién va ganando? —preguntó Negretti, que solo por satisfacer esta
curiosidad asomó a la puerta de su cuarto.
—¡Hombre, qué pregunta!... Nosotros —dijo Valentín.
Ildefonso pareció complacido, y volvió a engolfarse en su tarea,
mientras su cuñado explicaba a las mujeres de la casa y a las vecinas
allí congregadas los combates de aquel día en los diferentes puntos de
defensa. En todos demostraron los bilbaínos tanta serenidad como valor.
Las bajas no eran muchas, y los serviles no habían avanzado un palmo de
terreno.
El siguiente día fue de grande ansiedad para los vecinos de aquella
parte de la Ribera, porque a las primeras horas de la mañana se
procedió a levantar un parapeto y barricada en la esquina del teatro,
y trajeron un cañón grandísimo para hacer fuego desde allí contra
las posiciones carlistas de Uribarri. En medio de alegre bullanga y
animación, lleváronse adelante los trabajos toda la mañana: chiquillos,
viejos y algunas mujeres ayudaban a llenar sacos de tierra, mientras
los soldados y milicianos desempedraban la calle. Todo se hizo
rápidamente. Cuando empezaron a disparar, retumbaban los tiros en la
casa de Arratia como si se viniera el mundo abajo. Guarecidas las
mujeres en lo más hondo de la tienda, de allí no se movieron hasta que
cesaron de oír disparos cercanos. Negretti continuaba en su aposento
del entresuelo, paseándose inquieto y nervioso. Al oír un zambombazo
decía: «¡Esa es buena..., a ellos!...», y vuelta a revolverse y a
suspirar fuerte, pasándose a cada instante la mano por la cabeza, a
contrapelo, cual si quisiera hacer de esta un perfecto escobillón. Su
mujer quería llevarle a la tienda; pero se resistía, asegurando que
la casa era sólida: lo más que podía ocurrir era que se hundiese el
tejado. Dos días pasaron en esta situación, sin que ninguno de los
Arratias pareciese por allí. Temían que Valentín, dejándose llevar de
su temple fogoso, se lanzara al combate. Una vecina dijo que le había
visto pasar al frente de una partida de paisanos que iban con picos
y palas corriendo hacia el Arenal, donde también estaban emplazando
piezas. Esta noticia las tranquilizó; y por la noche llegó Sabino,
¡gracias a Dios!, con nuevas felices de todos menos de _Zoiluchu_.
Valentín, después de haber trabajado como un negro, estaba en el
Consulado, donde se reunía la Junta de armamento. José María había
pasado del hospital de Bilbao la Vieja al de Achuri; Martín quedaba en
Solocoeche sano y salvo, y de Zoilo no se sabía nada. Probablemente
continuaba en el fuerte de Mallona. A _Churi_ le había encontrado
trabajando en la barricada de la Cendeja.
—¿Quién va ganando? —preguntó Negretti, entreabriendo la puerta de su
escondrijo.
—_Estos_, replicó Sabino.
Y como en aquel punto entrara Valentín y oyese, subiendo la escalera,
el _estos_ pronunciado por su hermano, gritó con fuerza y entusiasmo:
—¡_Estos_ no; _nosotros_, nosotros!
Aunque a media noche llegó Martín con la referencia de que Zoilo estaba
vivo y sano en el fuerte de Mallona, no acabaron de tranquilizarse,
pues su hermano no le había visto... Venía el pobre muchacho
fatigadísimo, desencajado; el pundonor, más que el marcial denuedo,
le sostenía, aunque se hallaba dispuesto a volver a empezar en cuanto
se lo ordenasen. Su lividez, el desmayo de su cuerpo aterido, el
sobresalto de su mirar, pedían tregua para reponer la enorme dosis de
coraje y entusiasmo gastada en las últimas lides.
—El deber, hijo, el deber ante todo —le dijo su padre, acariciando el
libro de rezos—. Cumplamos con lo que nos pide el honor de nuestro
pueblo, y Dios dispondrá lo que nos convenga a todos. ¿Que dispone
triunfar? Pues triunfemos... ¿Que dispone morir? Pues muerte.
Valentín se había lanzado ya a un formidable ataque contra la cena,
ya medio fría, que Aura ponía en la mesa. Martín le secundó con brío,
y ambos anunciaron su intención de posponer el rezar al comer. Tomó
Negretti en silencio algunas cucharadas de sopa, sin poner atención a
nada de lo que se decía, y Prudencia se extremaba en las órdenes que
daba a su sobrina para cuidar y atender a Martín.
—Sí, tía —dijo Aura—, no me olvidé de guardarle el medio pollo. Lo he
puesto a calentar. Ahora lo traeré.
Y sirviéndoselo, le decía cariñosa:
—Come, pobrecito. Tranquilízate... ¿Has hecho mucho, mucho fuego? ¡Qué
sería de Bilbao sin los hombres valientes!... De fijo que _Zoiluchu_
habrá hecho alguna calaverada..., alguna barbaridad...
—Es tan arrojado —dijo Valentín—, que me temo que sus bravuras le
cuesten caras.
—Pero no hay que temer —añadió Prudencia—. A ese no le parte un rayo.
Martín no dijo nada: comía en silencio, con la avidez de reparación de
la materia egoísta. La entrada de _Churi_ renovó en todos la inquietud
por Zoilo. Observando la cara sombría del sordo, temían que fuese
portador de alguna mala noticia; pero a las interrogaciones que le
hicieron, harto expresivas sin necesidad de usar la palabra, contestó
con desabrimiento:
—¿Yo qué saber? Diecisiete muertos de Mallona sacar... Yo verlos. No
estar Zoilo; ningún muerto de los diecisiete es él mismo... Más no sé...