Que Zoilo estaba en sus glorias con el largo eclipse del caballero
de Madrid, y que _Churi_, por el contrario, se daba a los demonios y
habría corrido gozoso en su busca, no hay para qué decirlo. El primero,
fiado en su buena estrella, alentado por la fe que le infundía su
ardorosa pasión, creía firmemente que el caballero no vendría ya, sin
meterse en cálculos y averiguaciones del por qué de tal ausencia; el
segundo, nutriendo su credulidad en su malicia y en el odio al primo,
siempre esperaba que _Madrilgo gizona_ se aparecería, cuando menos se
pensase, a reclamar lo suyo, y esta esperanza era el consuelo picante,
amargo, de su existencia silenciosa.
Por fin, a mediados de agosto, comunicó Ildefonso que estaba libre;
pero tan harto de la suspicacia, estrechez de miras e ingratitud de la
sociedad del nuevo reino, que no deseaba más que perderla de vista.
Como no creía prudente que su escapatoria terminase en Bermeo, ni esta
villa era muy segura ya para la familia, por alcanzar también al buen
Sabino las malquerencias y desconfianzas de los facciosos, ordenaba
que se fuesen todos a la ferrería y en ella permanecieran hasta que
otra cosa se determinara. En el acto se dispuso Prudencia a levantar
el campo, pues ya le incomodaba la residencia de Bermeo, donde todo
se volvía perseguir a la niña mozos y señoretes, y hasta vejestorios,
con ridículas manifestaciones de amor, y una mañanita salió para
Lupardo con Aura, Sabino y _Churi_. No se cansaba la buena señora de
lamentar la desgracia de su marido en el servicio del pretendiente,
_lavándose las manos_ al tratar de un asunto en que Negretti obró en
absoluto desacuerdo con ella. Bien le había dicho y redicho que no
accediera a las instancias con que los artilleros de Oñate asediaban
su voluntad. Honrado y crédulo en demasía, Ildefonso había tomado en
sentido recto las ofertas pomposas de aquellos señores, las cuales no
eran más que cantos de sirena. ¿Qué resultó? Que el hombre se había
matado a trabajar sin que parecieran por ninguna parte las villas y
castillos que se le ofrecieron. Salía de la corte de Carlos V como
había entrado, desnudo de todo capital y además perdido en el concepto
de los liberales. Bien caro pagaba su obstinación, y el desoír las
advertencias de la mujer práctica, que siempre vio un señuelo falaz,
una engañifa, en las galanas cuentas que se le ponían ante los ojos
para deslumbrarle. ¡Perdido el trabajo de sus manos, perdido el fruto
de su mente! Pero el sino de Ildefonso era sucumbir ante la maldad
y el egoísmo, por ser excesivamente recto, confiado, esclavo de la
conciencia hasta en las cosas nimias.
—Es un santo —decía Prudencia, terminando con un gran suspiro—, y yo,
por más que he revuelto todo el Año Cristiano, buscando la santidad
en la industria, no he podido encontrarla. De los conventos y de las
soledades han salido todos aquellos benditos; ninguno de los talleres.
Llegaron a Lupardo con felicidad, lo que no era poca suerte, según
estaba el país de soliviantado por la facción, y allí vio Aura
escenario bien distinto del de Bermeo. Hecha a los grandiosos
espectáculos marítimos, que favorecen las expansiones del alma, y
estimulan el atrevido volar del pensamiento, la primera impresión de
Aura fue de tristeza, como de caer en honda sima, y sentir sobre sí
pesos enormes de tierra y cielo desplomados. La estrechez del valle le
oprimía el corazón. ¡Qué diferencia de aquella inmensa lejanía de los
horizontes oceánicos, que hacía casi realizable el ensueño de medir lo
infinito! ¿Pues y la pureza de los aires, aquella frescura que con la
intensidad de la luz inundaba cuerpo y alma? En el valle del Nervión
pesaba la atmósfera, y las alturas verdes, las laderas cultivadas eran
composturas mal hechas en la naturaleza por el hombre, y arreglitos
que la echaban a perder. Entre las dos vertientes, a la orilla del
río entintado por la arcilla ferruginosa, se alzaba el edificio de
la ferrería, roja de medio abajo, de medio arriba negra, despidiendo
humo denso a todas horas; harto parecida a un monstruo iracundo, por
su respiración cadenciosa y los ruidos espantables que acompañaban
sus funciones: el bullicio medroso de la turbina en lo más hondo,
el martilleo con estridores metálicos arriba, y el soplido ansioso
del fuelle. Respiraba la ferrería, latía su sangre, daba puñetazos
continuamente sobre la materia indomable. Así lo vio Aura en su viva
imaginación.
La casa en que moraban los trabajadores era humilde, también roja y
negra, sin más que lo preciso para que tuvieran breve descanso los
duros huesos de aquellos atletas. Una alcoba pequeña que ocuparon
las dos señoras; una grande, donde dormían todos los hombres; otra
pieza donde comían, pagaban los jornales y hacían sus cuentas, eran
las piezas altas. En las bajas, tenían la cocina, depósitos de leña
y carbón vegetal; del lingote producido, enormes piezas dobladas por
la mitad, y algunas formando lazo. Allí encontró Aura al mayor de los
primos enteramente transformado, pues las dos veces que le vio en
Bermeo iba vestido de señor con bastante desavío, y en Lupardo cubría
todo su cuerpo con un largo camisón de lienzo veteado de negro y rojo,
mena y humo, los brazos arremangados, los pies en almadreñas, la
cabeza descubierta. Era el más alto de la familia, y el menos guapo de
rostro, de pocas carnes, seco, acerado. Su rostro revelaba cansancio,
resignación honda de todas las facultades ante la pesadumbre del deber,
quizás desconfianza del éxito. Se parecía bastante a Zoilo, siendo este
hermoso y José María no. Su actividad no era vertiginosa, como la de
_Churi_ y Zoilo, sino reflexiva, paciente, llegando hasta una tensión
increíble.
Prefería Sabino el trabajo directivo al material; era menos forzudo que
sus hijos, los cuales, a excepción de Martín, habían heredado de su
madre Zoila Maruri la constitución hercúlea. De esta señora se decía
que si no la hubiera matado el cólera, habría vivido un siglo. Su
madre y su abuela vivían aún, en Mundaca; contaba la primera ochenta
años, y la segunda ciento dos. Pues su Sabino tenía especial acierto
para organizar el trabajo de los demás, y daba sus órdenes de un modo
paternal, persuasivo, sin gritos ni alboroto alguno. En cambio, Zoilo
era todo viveza, todo ruido y alegría; desde el punto y hora en que
Aura llegó a la ferrería, se multiplicaba en el trabajo, y redoblaba
hasta lo increíble la cháchara y gorjeos de su alborozo juvenil. Coplas
castellanas y vascuences salían sin cesar de sus labios; los rizos que
ornaban su frente parecían, en manos del viento, aureola de salvajes
crines. Su rostro era una paleta en que dominaban el rojo y el negro,
mezclados y revueltos por el sudor copioso; la blancura de sus dientes
y el carmín de sus labios brillaban con colorido picante en medio de
tanta suciedad; sus manos tiznadas eran manos de un diablo que se
ocupara en los menesteres más bajos del infierno; su gala era ser
negro, y en los febriles accesos de júbilo cogía tizne con los dedos
y se pintaba rayas en la frente y brazos. Renunciando a todo calzado,
lo mismo chapoteaba en el fango que las lluvias acumulaban junto a los
montones de mena, que en las verdosas aguas de la presa. Para secarse
restregaba los pies en el polvo de carbón: hacía esto, según decía,
para sacarse lustre a las botas. Iba de una parte a otra saltando,
aunque transportara grandes pesos. Acudía más pronto que la vista a
donde se le llamaba, sin repugnar ninguna faena por difícil y enojosa
que fuese; su ardor era el asombro de todos, y no se le reñía más
que por lo mucho que alborotaba y por sus expresiones incongruentes,
pues no había que chillar tanto para hacer bien las cosas. Al llegar
la hora de la comida, y tomar su asiento en la humilde mesa sin
manteles, hacía, sin melindres, desmedidos honores a la pitanza, con
gran contentamiento de Aura, que gozaba y reía viéndole comer, por lo
cual extremaba él su apetito sin incurrir en la fea glotonería. Después
de la cena, Sabino les convocaba en torno suyo para rezar el rosario
y dar gracias a Dios, con jaculatorias de su invención, por la salud
que disfrutaba toda la familia, para pedirle que esta recogiese el
fruto de tanto trabajo, y que se acabara pronto la guerra. Terminadas
las devociones, se acostaban todos. Zoilo tardaba en dormirse,
porque su cerebro era una devanadera en que sin cesar envolvía hilos
interminables: amor, esperanzas, proyectos, palabras que pensaba decir
a Aura, palabras que, a su parecer, esta le diría. Cuando sentía que su
padre y su hermano dormían, se echaba del camastro donde reposaba medio
vestido, y se iba al otro lado de la habitación, acurrucándose junto a
un tabique desnudo y frío. Allí se pasaba otro rato devanando sus hilos
con la más pura espiritualidad, y antes de dormirse daba repetidos
besos al tabique. Al otro lado, en la próxima estancia, dormía la niña
bonita.
Ningún mal pensamiento oscurecía el cielo purísimo de aquella pasión,
toda nobleza y frescura infantil. Era Zoilo un hombre hecho y derecho,
pues ya había cumplido veintidós años; pero su pasión le reverdecía la
niñez con todas las candideces deliciosas de esta, con sus ensueños
y la facilidad increíble para ver trocadas en realidad las cosas más
absurdas. No carecía de estudio su candorosa travesura, pues bien
seguro estaba de que su ardor infatigable en el trabajo, su ligereza
gimnástica, el comer mucho, el hablar cantando, el cantar riendo y
otras extravagancias agradaban a la señora de sus pensamientos. En
esto no se equivocaba. Con penetración de enamorado descubría en los
ojos y en la sonrisa de Aura una complacencia y gusto muy singulares
al verle hacer cosas tan contrarias a la compostura. Empleaba, pues,
el chico un original resorte de agrado que podría muy bien llamarse
la contracoquetería, consistente en aplicar a su persona todas las
reglas opuestas a las de la vulgar presunción. Adivinaba, veía, mejor
dicho, que era más hermoso cuanto más libre en el vestir, dentro de
la decencia, y que no le querían conforme al patrón de los señoritos
atildados.
Más elegante sería cuanto más se pareciese al aire, a las olas, a los
pájaros. Esto no lo razonaba, lo sentía, acariciando un vago propósito
de dejar de ser pájaro y ola cuando las circunstancias le indujeran a
ser hombre verdadero, y hasta hombre _fino_, si fuese menester.
El trabajo de la ferrería era muy duro: lo hacían exclusivamente José
María, Zoilo, _Churi_ y dos guipuzcoanos contratados: vestían todos,
menos Zoilo, largos camisones de lienzo. El capataz o jefe de la tarea
era designado con el nombre vasco de _arotza_. Llamábanse _fundidores_
los que aplicaban el fuego a la primera materia para obtener el hierro,
operación que se hacía en un hoyo revestido de ladrillo, donde metían
el mineral y gran cantidad de carbón. Sabino, José María y uno de
los guipuzcoanos eran muy expertos en apreciar el grado de ignición
y el temple necesario. Cuando estaba el mineral al rojo, formando la
pasta o _zamarra_, comenzaba el trabajo de forja, y allí era de ver
el arte combinado de los _fundidores_ y los llamados _tiradores_, que
descargaban los martillazos sobre la pieza candente, puesta sobre un
firme o yunque, que tenía por base estacas hincadas a gran profundidad.
Un agujero daba entrada al aire que arrojaban pulmones mecánicos,
movidos por la turbina. El martillo tenía por cabeza una masa
formidable de hierro, y por mango un árbol enorme, horizontal cuando
no funcionaba, articulado por su extremo. Un mecanismo rudimentario lo
movía, manipulado por los _tiradores_, mientras los otros manejaban
con grandes tenazas la _zamarra_, dándole las necesarias vueltas para
recibir por una cara y otra el golpe... Las tremendas cabezadas del
martillo batiendo la masa roja y blanda iban limpiándola de escoria,
y ajustando las moléculas de aquel hierro incomparable para todos los
usos de la agricultura y de la industria. Zoilo y un guipuzcoano solían
hacer de tiradores, mientras José María y el otro volteaban la pieza
con las tenazas. El _prestador_ era el obrero de menor categoría en
la forja; sus funciones se concretaban a preparar la comida, amasar
la borona y ponerla entre las planchas calientes, y al propio tiempo
ayudaba a los demás a cargar el horno, llevando espuertas de mena.
De _prestador_ hacía comúnmente _Churi_, que guisaba muy bien, sin
perjuicio de ayudar como el primero en el transporte del material y,
en dar fuego a la hornilla... Quemar mucha leña, atizar candela era su
mayor goce.