Zoilo y _Churi_ se fueron a Lupardo, recorriendo el largo camino con
la escasa comodidad que les ofrecía un solo burro para los dos. Aunque
Zoilo llevaba siempre el salvoconducto que le permitía franquear sin
tropiezo las regiones ocupadas por carlistas, la seguridad de aquel
documento (amplio favor que Sabino Arratia debía a su grande amigo
el cabecilla Sarasa) no era absoluta, y más de una vez hubieron de
esquivar con grandes rodeos o veloces marchas el encuentro con la
gente armada de Carlos V. Todo esto solía ser diversión para los dos
muchachos, y motivo para desplegar en competencia su pasmosa agilidad y
bravura. Alegres empezaban la caminata, y alegres la concluían. Llegó
un tiempo, ¡ay!, en que de sus caminatas debía decirse lo contrario:
enojados y displicentes la comenzaban, furiosos la concluían.
Antes de la dichosa o infeliz (pues no era fácil discernirlo)
aparición de Aura en la familia, Zoilo y _Churi_ vivían unidos por
una hermosísima fraternidad. Sus viajes eran un continuo juego con
emulaciones que terminaban en bromas afectuosas; sus bienes terrenos,
comida, moneda de plata o cobre eran comunes, como las armas y
herramientas; comían en el mismo plato, en el mismo vaso bebían, y
se tumbaban en el mismo rincón de la choza donde les cogía la noche.
Zoilo suplía en _Churi_ la falta del oído, comunicándole con signos de
su invención, solo de ambos comprendidos, los hechos materiales más
difíciles de exponer sin palabra, las cosas del espíritu que aun con
la palabra son de dificilísima expresión. Se entendían con mugidos,
con muecas y patadas, con grotescas contracciones faciales, con rápida
telegrafía de manos y dedos.
Pero llegó el día fatal, y aquel amor recíproco trocose en recelo, y
el libre lenguaje que los dos idearon para comunicarse su cariño, solo
sirvió para arrojarse el uno al otro centellas de rivalidad, dicterios
y amenazas. La causa de este que bien puede conceptuarse como uno de
los mayores desórdenes de la naturaleza, fue la presencia inopinada
de una mujer en la familia. A las dos semanas de tal suceso, Zoilo y
_Churi_ dejaron de quererse. Como los dos disimulaban instintivamente
ante la familia, la rivalidad que les desunía no se reveló hasta que
se hallaron solos, camino de Lupardo. Iban por la cuesta de Unzaga:
_Churi_, sombrío, taciturno; Zoilo, con alegría febril, cantando,
divirtiéndose en pegar brincos para arrancar a tirones las ramas de
los árboles. De pronto le cogió _Churi_ por un brazo, y le dijo con
desabrimiento, en vascuence:
—No me lo negarás: tú quieres a Aura... Aura te gusta, pillo.
Más sorprendido que asustado, respondió Zoilo que sí, y todo
espontaneidad y efusión, agregó que Dios había pegado fuego a su alma,
y que mientras podía conseguir que la prima le quisiese, se consolaba
con amarla a su modo, pensando en ella siempre... diciéndole cosas
de las que se piensan más que se dicen. ¿Cómo se había enterado el
sordo de este secreto que la misma Aura no conocía? Era _Churi_ un
observador prodigioso; veía en la mirada, en el gesto, en los actos y
en la abstención de los mismos, la verdad de los fenómenos del alma. Su
penetración era el contrapeso de su sordera.
Allá se las compuso Zoilo como pudo para expresarle que no admitía su
injerencia en aquel asunto; que él (_Churi_) no tenía nada que ver con
que él (Zoilo) adorase a la niña por el aquel de adorarla, y que en las
soledades de su conciencia se casase con ella, y fabricara su felicidad
con suposiciones o cálculos de cabeza, con un tremendo fuego de amor en
toda su alma...
—Lo que tú tienes que hacer —le dijo, expresando las ideas con lenguaje
verdaderamente epiléptico— es no meterte en lo que no te importa. ¿Qué
entiendes tú de esto? ¡Amarla tú! No puedes. Eres sordo, y ¿cómo va a
querer Aura a un hombre que no oye?
Este argumento no tenía réplica, y _Churi_ se lo tragó entre amarguras,
quedándose buen rato sin saber qué decir. De pronto saltó con una
retahíla, acompañada también de gesticulación epiléptica, mezcla de
torpes cláusulas castellanas y éuskaras, que reducidas a un solo idioma
eran así:
—Pues eso es un pecado muy grande, Zoilo, y ya verás cómo se ponen los
tíos y los primos cuando lo sepan... Y aunque te volvieras otro de lo
que eres, aunque Dios te diera un mundo de méritos, sin fin de cosas,
Aura no te querría, porque ya tiene su corazón entregado a otro amor, a
un novio más guapo y más fino que tú...
—¿Quién? —gritó Zoilo con furia, enarbolando una estaca que arrancado
había de un árbol próximo.
—_Madrilgo gizona_ (el hombre de Madrid).
Lanzó Zoilo carcajada burlona, y doblando por la mitad la fuerte rama,
como si fuese junco, sin cuidarse de que _Churi_ entendiera o no lo que
decía, hablando solo más bien, exclamó:
—¡_Madrilgo gizona_! Ese no viene, se ha muerto; y si vive y viene, ya
verá Aura que debe quererme a mí, y no a él; y si así no lo hiciera, si
se aferrara a querer al otro..., entonces, ¡ah!, le mato, me mato...,
mato a todos, a ella, a mí, a ti...
Viendo tal decisión, aunque los términos en que Zoilo la expresara no
le resultaban inteligibles, se recogió en la tristeza de su mente, en
aquella bóveda sin ecos, pues el verbo humano solo producía en ella
sonidos ideales, y largo rato estuvo sin articular palabra, mientras
el primo, que continuaba poseído de su furor de elocuencia, hablaba
con los árboles: lo mismo podían ser para estos que para _Churi_ sus
ardientes expresiones.
—Mía, mía tiene que ser..., para mí, para mí..., o se sabrá quién es
Zoilo. Aunque no le he dicho nada, conozco yo..., esto se conoce...,
que sabe que la quiero; y yo sé que si ahora no me quiere ella, me
querrá después, cuando vaya viendo... Pues cuando hay muchos en casa,
al que más mira es a mí, y cuando dice algo que es de reír, me mira
a ver si me ha hecho gracia... y a los demás no les mira... Y cuando
llego, conozco yo que se alegra un tantico, y aunque a cada instante me
llama bruto, lo dice como diciendo... «Bruto, te quiero..., pues...».
—Ven acá —le dijo _Churi_ tras largo rato de silencio—. Cuando los tíos
y tus hermanos sepan eso, verás cómo no te perdonan la desvergüenza.
Porque Aura espera que venga el de allá, y si no viniere, bien puedes
estar seguro de que no será para ti... Yo no oigo, pero veo, y veo más
que tú, y nada de lo que piensan nuestros tíos se me escapa..., siento
en mí los pasos que dan los sentires, los pensares de ellos cuando
andan paseando por sus almas; lo siento todo, Zoilo; dentro de mí
retumba... Pues te diré una cosa para que se te quite la esperanza. La
tía Prudencia, que es la que manda en el tío Ildefonso, hace ascos al
novio de Madrid y quiere que no venga, porque está en la idea de casar
a la niña con tu hermano Martín, que es el señorito de la familia y el
que vale más, porque nosotros, tú y yo, somos unos grandes gaznápiros,
y él es fino, como quien dice, ilustrado. Pues sí; esta es la idea
de la tía Prudencia; yo se la he sacado por la manera como mira a
Martín cuando viene, y por el modo de mirar a Aura cuando habla de tu
hermano... ¿Y ahora qué dices, ganso? Porque a tu hermano no le has de
matar... ¡Estaría bueno eso: matar a un hermano!... ¿Qué dices, qué
piensas?
Zoilo no pensaba sino que el firmamento se le venía encima, y alzó las
manos como para detenerlo antes que le aplastara.
—Eso no es verdad —dijo—; tú me engañas, _Churi_; tú eres un
envidioso... Pero conmigo no juegas.
Momentos después, en gran abatimiento, lloraba como un niño. Puestos
de nuevo en marcha, no hablaron más en todo el camino. Alojados en un
caserío humilde, no se acostaron en el mismo montón de paja de maíz.
Metiose _Churi_ en el lugar más escondido, con la cabeza apoyada en un
yugo, y allí se pasó la noche en triste monólogo, oyendo la respiración
de su primo que profundamente dormía.
«Yo también la quiero —decía entre otros mil peregrinos conceptos...—.
¿Cómo no, si es tan preciosa como los ángeles, o más?... ¡Que no me
digan a mí de ángeles ni ángelas!... Donde está ella que se quiten
todos... ¿Pero qué caso ha de hacer de mí?... ¿Cómo ha de querer a un
sordo..., a quien no le oye su voz?... Pues si yo oyera, Dios, ¿quién
me la quitaba? ¡Ay, no hay mujer bonita ni fea que quiera al hombre
falto de oído!..., pues aunque se puede ser buen marido sin oír nada,
no quieren ellas, no quieren..., y yo me pongo en lo justo... Pero si
para mí no es, para este bestia de Zoilo tampoco... ¡Estaría bueno!
¿Qué ventaja me lleva mi primo? Que oye... ¿Y quién me asegura que a
él no le falta también algo? ¡A saber!... Y si no le falta nada, le
sobra fatuidad... No, no será suya, sino del caballero de Madrid...
¡Ojalá viniera mañana, para que se la llevara, y nos quitáramos todos
de este suplicio!... ¡Como me reiría yo de este tontaina, fantasioso,
fullero!... Echa roncas porque oye; que a lo demás no me gana, porque
yo puedo más que él, y soy más valiente, y hasta más guapo... ¿Qué
tiene Zoilo de más guapo que yo? Nada. Los ojos que le brillan... ¡Vaya
una gracia! También me brillaban a mí antes de venirme el silencio...,
pero ahora..., con el silencio, todo se le apaga a uno. Y Zoilo es un
descarado que se está siempre riendo, enseñando los dientes... Pues eso
no debe de gustarle a ninguna mujer... Que venga, que venga pronto ese
caballero de Madrid... ¿Y el tal cómo será? Seguramente que silencioso
no es... Pero será elegante, y tan fino, ¡arre allá!, que se meterá por
los ojos de las mujeres... ¡Mundo maldito! Debiera uno morirse para no
verte».
A los pocos días de esto, hallándose Zoilo en Lupardo y _Churi_ en
Bermeo, se enteró este del encuentro del tío Ildefonso con Calpena, y
le faltó tiempo para ir a contárselo a su rival. En aquel viaje llegó
el pobre burro llenó de mataduras; tanto le arreó el jinete para llegar
pronto. Y llevando aparte a su primo, le soltó la tremenda noticia.
—Ya está; ya pareció..., ya viene... ¿No caes en ello? Zopenco...
¡_Madrilgo gizona_!... Habló con Ildefonso en Oñate... Ya viene...,
mañana... verás.
—Es mentira —replicó Zoilo blandiendo las tenazas—. No viene... Y si
viene, sin ella se volverá. Juro que no se la lleva...
Al día siguiente fue _Churi_ a las Encartaciones a contratar leña, y
los dos primos estuvieron dos semanas sin verse. Pasó en este tiempo
Zoilo algunos días en Bermeo, donde tuvo la satisfacción de ver que
fallaban los anuncios de la próxima llegada del señor de Madrid,
príncipe o archipámpano. Observó en Aura tristeza, duelo, reproducción
de los arrechuchos nerviosos, y viéndola llorar se decía:
«Llora, llora, que lo que es a ese no le verás más... Aquí está el
hombre que ha de consolarte, tu Zoilo, a quien has de querer, porque
él se lo merece..., y si no, pruébalo y verás... Este, que te mira sin
atreverse a decirte nada, por cortedad, te tiene guardado un amor como
el de todos los corazones que hay en el universo..., de todos juntos en
uno. El corazón mío es de un tamaño como de aquí al sol, o un poco más
allá, según voy viendo... Llora, llora, que tras mucho llorar, vendrá
el olvidar... Con tanta lágrima se te lava el alma del amor viejo, y
vendrás a tu Zoilo, a quien has de querer y adorar como él te adora y
te quiere, que así lo manda la divinidad».
Tales eran sus mudas declaraciones siempre que junto a ella se veía.
En esto llegaron las tristes noticias del disfavor de Negretti, de
las acusaciones con que la ignorancia o la perfidia le denigraron, de
su prisión y de la causa que por infidencia o masonismo le formaban.
Fácilmente se comprenderá la desazón que estos hechos causaron a toda
la familia, particularmente a Prudencia, que adoraba a su esposo.
Valentín rugía de cólera, Sabino ponía el grito en el cielo. Y esta
es la ocasión de referir que el buen Sabino era el único de los
Arratias que sentía inclinaciones hacia el absolutismo, siquiera
fuesen platónicas, determinadas por móviles religiosos más que
políticos. Hombre piadoso, formulista y un tanto santurrón, disentía
de su hermano Valentín, algo dañado de volterianismo, lo que no
impedía que, profesadas una y otra opinión con tibieza y en el terreno
ideológico, viviesen los dos en armonía perfecta, sin significarse
públicamente por uno ni otro partido. Nunca llevó a mal Sabino que sus
hijos perteneciesen a la Milicia Urbana, pues sus ideas retrógradas
en ciertos y determinados puntos, cedían ante la suprema devoción de
a ciudadanía bilbaína. Pero si nadie podía tacharle de carlista,
tampoco él podía negar sus grandes amistades en el campo enemigo, de
las cuales supo obtener alguna ventaja para los negocios de la casa de
Arratia. El comandante general de la división de Vizcaya, Sarasa, era
su íntimo y cariñoso amigo desde la infancia, y amigos eran también
Guergué, los coroneles Urréjola y Altolaguirre, el brigadier Tarragual,
de la división navarra, y el jefe de la división cántabra, don Cástor
Andéchaga. A estos conocimientos debía el paso franco por la zona
comprendida entre Bilbao y Bermeo, y el favor inapreciable de que le
permitieran trabajar en la ferrería de Lupardo, con la obligación de
ceder a la maestranza de Vizcaya cierta cantidad de hierro a precio
bajo, forma indirecta de canon o impuesto de guerra.
Fiado en sus excelentes relaciones, corrió Sabino al interior del
reino carlista, y ni en Durango, donde estaba el rey, ni en Tolosa,
donde sufría Negretti la prisión, pudo conseguir nada en pro de su
hermano político, el cual no habría concluido en bien sin la decidida
protección del ilustrado príncipe don Sebastián. Y en tanto que esto
ocurría, la familia continuaba agobiada de pesadumbres, pues para que
nada faltase, ni parecía el don Fernando, ni de los motivos de su
tardanza se tenían noticias, dando lugar este singularísimo caso a que
se le creyera muerto en alguna escaramuza o lance de guerra. Mientras
Aura languidecía, mostrándose al fin como fatigada de tan larga
espera, con habilidad trataba su tía de infundirle el convencimiento
de que el galán de Madrid había pasado a mejor vida, y era locura
aguardarle más tiempo y subordinar una lozana juventud a las idas y
venidas de un fantasma. Bien podía la niña excusarse de llorarle más,
pues todo lo que suspirado había por la ausencia se le tomaría en
cuenta por el fallecimiento. Que este debió de ser glorioso no podía
dudarse, siendo Calpena un noble caballero esclavo del honor. A pesar
de que esto pensaba y decía, Prudencia, consecuente con su nombre, no
se lanzaba a determinaciones radicales, y esperaba la eficaz ayuda del
tiempo para proponer a su sobrina, resuelta y gozosa, los desposorios
con Martín Arratia.