Aunque era Martín la misma sobriedad en los días laborables, cuando
llegaba el domingo se le reconcentraban los comprimidos apetitos de
toda la semana, y su estómago no tenía fondo. La jira campestre era
su delicia, o la comilona en casa, con enorme consumo de merluza en
salsa, escabeches y fritangas, de añadidura mariscos, angulas, y
encima y en medio de todo tomas muy fuertes del chacolí de la tierra.
El domingo que le cogió en Bermeo rindió el debido culto a Baco y a
Ceres, con espanto y risa de Aura, que se asombraba de ver comer a sus
primos, y de ver cuánto chacolí se atizaban sin emborracharse. Ya iba
comprendiendo que no era buen bilbaíno el que no supiera banquetear
en días festivos, después de haber sido la misma templanza en los de
entre semana. Cada cosa en su tiempo: trabajaban con ahínco, hasta
con hambre si era menester; pero en tocando a holgar, no había quien
les aventajara: así reponían cuerpo y espíritu para volver con más
ardor a la faena. Y estos ejemplos no fueron perdidos para la niña de
Negretti, en quien se excitaba el apetito cuando sus primos tocaban a
refectorio dominguero. También ella iba aprendiendo a comer fuerte y a
empinar el codo, con lo que tomaba su faz un color luminoso que ya lo
quisieran para los días de fiesta las ninfas de los sagrados bosques
helénicos. Total: que con los comistrajos, los paseos marítimos, y la
vida plácida entre personas que se desvivían por distraerla, se le
iban amansando a la enamorada joven las penas intensísimas de su alma.
Se divertía viendo el gozo y voracidad de sus primos, que en tales
jaranas se ponían como locos, hablando sin término y con donaire, pues
el comer les inspiraba, les hacía ingeniosos, a ratos poetas. Y el
cascado Valentín, con su medio siglo y su reúma que le hacía ir siempre
de bolina, dejábase arrastrar también del vértigo juvenil: él había
hecho lo mismo en su mocedad, y estaba dispuesto a repetirlo hasta
llegar a la suma vejez, pues no sería buen bilbaíno si no hiciera en
cualquier ocasión los honores debidos a un buen plato de bacalao con
aquella salsa de bermellón, y a una azumbre de chacolí de Somorrostro.
Valentín reía con los demás, disparataba, hasta se permitía bailar en
mangas de camisa, y hacer un gasto horroroso de vocablos vascuences,
de exclamaciones y juramentos de mar. El alborozo de la familia se
introducía en el alma de Aura, ensanchando sus pulmones y avivando su
sangre. Iba tomando su rostro, por la exposición continua al sol y al
aire, un tono tostado caliente, de _terracota_, enteramente gitanesco.
El negro rabioso del pelo armonizaba con la tez, de un bronceado
finísimo con veladuras de rosa. Sus ojos eran una inmensa dulzura con
llamaradas. El ejercicio había extremado la flexibilidad de su cuerpo,
acentuando sus líneas incomparables, dando mayor delgadez a lo delgado,
mayor turgencia a lo carnoso. Hasta la voz parecía más vibrante en
las alegrías, más blanda y cariñosa en las tristezas... Un domingo
en que Martín no estaba, hicieron tantas locuras _Churi_ y Zoilo a
competencia, que Valentín, a pesar de no encontrarse en disposición
de severidad, hubo de llamarles al orden. _Churi_ se subía a los
árboles como un gato, y luego se tiraba de alturas increíbles; Zoilo le
desafiaba a correr, y partían como exhalaciones; luego se enredaban en
un partido de pelota, o en gimnasias rudas, dando vueltas de carnero,
o saltando el uno a los hombros del otro y de los hombros a la cabeza.
La de _Churi_ parecía de piedra. Incitándoles a divertirse con menos
tosquedad, Valentín dijo a Aura:
—¡Qué par de brutos! El mío es un modelo de barbarie, como ves; pero
Zoilo no le va en zaga. Con todo, son dos criaturas; son buenos,
inocentes, siempre listos para el trabajo. Mi hermano ha tenido suerte
con sus tres hijos: cada uno en su género es una alhaja. Ya conoces a
Martín, tan finito, tan caballero... chico de gran porvenir. José María
vale lo que pesa, y este Zoilo, aunque abrutado como ves, no tiene
pelo de tonto y sabe ganar el pan que come. Ninguno de ellos se queja,
aunque les tengas trabajando seis semanas seguidas, sin ningún recreo.
Vicios no los conocen... Mira ese par de angelones con qué juego tan
primitivo se entretienen: así caen luego en la cama, como piedras.
No remuzgan en toda la noche. ¡Qué conciencias! Bendígales Dios. En
sus cabezas no ha entrado nunca un mal pensamiento; no les oirás una
palabra fea.
Esto no era rigurosamente exacto, porque en el ardor del pelotarismo y
la gimnasia, las pronunciaban a cada instante sin reparar que les oían
mujeres.
De pronto le dio a _Churi_ la ventolera de tirarse al mar. Hallábanse
en un patio emparrado, cerca de la dársena, y en tres minutos se fueron
todos a la punta del muelle a ver nadar al sordo. Pronto se procuró
este traje de baño, el mejor posible, y se arrojó de cabeza, levantando
un gran espumarajo. Salió a flor de agua muy lejos, y se le vio enfilar
afuera y perderse en la inmensidad, braceando. La mar estaba serena,
en pleamar viva, y daba gozo mirar en la escarpa del malecón el agua
verde y profunda. Multitud de pilletes, desnudándose en las piedras más
avanzadas de la escollera, se arrojaban al agua como Dios les echó al
mundo; se veían luego sus cabezas, sus mofletes hinchados de soplar,
y los cuatro remos en constante brega con el agua. Algunos salían
tiritando y pasaban mil fatigas para enfundarse la camisa; otros, ya
medio vestidos, se volvían a desnudar, por estímulos y competencias
entre ellos, y si reñían por la palma de la habilidad natatoria, se
pegaban, al vestirse, porque uno se había puesto los mojados calzones
del otro. Aunque Prudencia había dicho a Zoilo que no nadara, porque
estaba sudando y sofocadísimo, el chico se permitió en aquella ocasión
desobedecerla, ganoso de no ser menos que su primo; y ansiando mostrar
que este no le aventajaba en resistencia de pulmones ni en fuerza
de brazos, fue por un traje y vino ya en pergeño de bañista, con su
formidable tórax y sus piernas estatuarias al aire. Aura y sus tíos no
le vieron llegar. Arrancándose silencioso junto a ellos en el borde del
abismo, se lanzó de golpe, describiendo una airosa curva en el aire
hasta romper el agua con las manos enfiladas sobre la cabeza. Aura
dio un grito al ver de súbito el rápido salto y la violenta caída del
cuerpo, como si rompiera un cristal, levantando astillas mil, espumas y
latigazos de agua que todo lo enturbiaron. La cortada superficie hervía
y se llenaba de desgarrones blanquecinos.
—¡Qué susto me ha dado! —dijo Aura—. Este Zoilo es de la piel del
diablo.
Y miraban al fondo sin ver nada. La pleamar era tan viva, que daba una
profundidad de treinta pies.
—¡Pero no sale, no sale! —exclamó Aura, explorando la inmensidad
líquida—; ¿o es que va a salir allá lejos, como _Churi_?
—No temas, que ya saldrá —dijo Valentín sonriendo, y Prudencia lo mismo.
—Pero tarda mucho... ¿Cómo se puede estar tanto tiempo sin respirar? De
pensarlo solo siento yo una opresión...
Pasó tiempo. Imposible precisar los segundos...
Por fin distinguió Aura, en medio de la opacidad cristalina del agua,
una forma movible, que a medida que subía se determinaba mejor. Era
un cuerpo de verdosa blancura, con movimientos de rana. Avanzaba
subiendo... hasta que asomó la cabeza de Zoilo, que soplaba y escupía.
Brazos y piernas, seguían moviéndose para mantener el cuerpo en postura
casi vertical.
—No seas bestia; no te aguantes tanto —le dijo Valentín—. Podrías
pasarlo mal.
Volteando sobre la cintura, Zoilo se zambulló de nuevo. Se le vio
descender con las zancas de rana funcionando hacia arriba pausadamente.
El segundo cole fue más breve que el primero, y el tío, al verle salir,
repitió sus gruñidos:
—Que no juegues, pedazo de atún. Ea, lárgate afuera con descanso a
encontrar a _Churi_, que debe de estar de vuelta.
—No se le ve —dijo Aura—. Este ejercicio me pasma, me maravilla. Gran
mérito es nadar así.
—Esto no es mérito —indicó Prudencia—. ¡Si desde que gatean se echan
al agua estos diablillos! Ya el mar les conoce y hasta parece que se
divierte con ellos sin hacerles daño.
—Y es la verdad —agregó Valentín—, que adquieren una fuerza y una
robustez que en ningún otro ejercicio se logra, amén del valor, de la
serenidad que nos vemos obligados a sacar de dentro. Todo lo que ves
hacer a esos, lo he hecho yo cuando tenía su edad. Mi _Churi_ es un
verdadero pez; y en cuanto a Zoilo, no hay quien le saque ventaja en
ningún elemento, porque en tierra es una fiera para el trabajo. Así
tiene esa naturaleza que le asegura una vida de salud y de poder para
las luchas por el pan. El día que este chico se case, ¡vaya unos hijos
que traerá al mundo! Será una generación de Hércules chiquitos, que
después serán Hércules grandullones...
—Ya no se ve a Zoilo —dijo Prudencia—; al menos, yo no le distingo.
—Ya parecerán los dos. Como se vayan muy lejos, no podrán volver tan
pronto, porque la marea antes de media hora tirará para afuera. _Churi_
es muy capaz de ir a tomar tierra en cualquier playazo y volverse a la
noche, cuando suba el agua. Mirando con ojo experto a la inmensidad,
creyó distinguir un punto: era un nadador.
—Zoilo vuelve. Por mucho que presuma, no resiste como su primo. Ea,
vámonos al pueblo.
A poco de regresar a casa la familia, entró Zoilo con la cara y manos
extraordinariamente lavadas, húmeda la ropa de haberse vestido sin
secarse el cuerpo. No podía ocultar su mal humor por no haber alcanzado
a _Churi_, y si no siguió tras él, no fue por falta de poder para ello,
sino por obedecer a la tía Prudencia y a la prima Aura, que le mandaron
volver pronto.
En aquellos días anunció Negretti en una misma carta la toma de Arlabán
por los cristinos, la salida de Oñate para Durango, y el encuentro con
el señor de Calpena, noticia esta última que fue para la señorita como
el estallar de un furibundo trueno. Quedose al oírla como atontada, y
luego prorrumpió en llanto y alabanzas al Señor por haber escuchado
su ruego. La fuerza del gozo la ponía triste, temerosa de que tanta
ventura se desvaneciera súbitamente con nuevas desdichas. ¡Don Fernando
en Oñate, a cuatro pasos de allí! ¿Vendría pronto? Seguramente era
cuestión de un par de días. No tardó el mismo Ildefonso en referir
de palabra todo lo que había escrito, añadiendo que el don Fernando
le había parecido un caballero de excelente educación y sentimientos
honrados.
Algo dijo después que enfrió el júbilo y los entusiasmos de la pobre
joven: don Fernando, según informe del señor italiano que con él vino
de Madrid, había ido hacia Vitoria la misma noche de la evacuación
de Oñate, acompañando a unas muchachas y a un señor enfermo escapado
del hospital. Lo natural y lógico era que volviese cuanto antes.
Consternada se quedó Aura al saber esto, y mil cavilaciones lúgubres y
conjeturas pesimistas la desvelaron aquella noche. ¿Por que retrocedía
Fernando cuando estaba tan cerca? ¿Qué mujeres eran las que acompañaba?
¿Y el enfermo quién sería? Se atormentaba imaginando sucesos absurdos,
personas monstruosas; y comunicadas sus inquietudes a Prudencia,
esta le recomendaba, entre severa y burlona, que tuviese calma, pues
la verdad de aquellas idas y venidas se sabría cuando llegase don
Fernando..., y si no venía pronto, sus fines no eran buenos, sus
intenciones no eran limpias.
A solas Prudencia y su marido, desahogó aquella el mal humor que
la noticia del encuentro con don Fernando le produjo. La repentina
aparición del señorito de Madrid, cuando se creía que le habían llevado
muy lejos los vientos del olvido, desbarataba sus planes de mujer
práctica y allegadora. La señora de Negretti, que físicamente era
corpulentísima, bigotuda, recia, de palabra viva y cortante, en lo
espiritual atesoraba una voluntad firme, constancia en los afectos, más
aún en los caprichos y manías; además un ardiente amor a la familia,
y un sentido calculista y aritmético, que ya lo quisieran para los
días de fiesta los Arratias masculinos. Desde que fue a sus manos la
sobrinita de Ildefonso, pensó que aquella joya, en uno y otro sentido
inapreciable, debía ser para la familia. ¿No era tristísimo que una
niña tan bella, dueña de un capital no menos bonito, fuese pescada por
un aristócrata madrileño, que quizás era un silbante, un hambrón, un
mala cabeza? Cierto que Aurora tenía clavado muy en lo hondo el dardo
de aquella pasión, y no era prudente arrancárselo tirando de él muy
fuerte: lo mejor sería que el tal don Fernando se quedase para siempre
en los limbos de la ausencia. El tiempo, gran milagrero, iría curando
a la niña de afición tan desatinada, puro mimo, cosas de chicos, y
despertaría en ella inclinación más conforme con su clase, nacida al
calorcillo de la familia con quien moraba, y que la había hecho suya,
rodeándola de cariños y atenciones.
No era la primera vez que Prudencia dejaba traslucir a Negretti la
prodigiosa concepción de su genio doméstico. Aquella noche la reveló
completa con cierto orgullo y vanagloria, como si se tratara de un
invento mecánico, para mover mejor el ánimo de su marido, entusiasta
de las invenciones. La maquinaria de Prudencia era que Aurora y su
capitalito quedaran definitivamente en casa. Bien para ella y bien para
la familia. Modo de conseguir esto: casarla con uno de los sobrinos.
El más indicado para tal objeto era Martín, por su educación, por su
finura, por la respetabilidad que iba adquiriendo en el comercio. Era
la gala y la honra de los Arratias, y uno de los jóvenes más guapos y
decentitos que a la sazón había en Bilbao. Claro que esto no se haría
forzando las voluntades, sino amañándolas con destreza hasta que ellas
mismas quisieran acoplarse... Dejáranla a ella sola en el manejo de
Aura; quitárase de en medio el fantasmón de Madrid, y ella respondía
de que la niña habría de comprender bien pronto el mérito del primo, y
todo iría como una seda.
Reconoció Negretti la bondad del invento de su mujer, y lo tuvo por
cosa excelente; mas no veía manera de llevarlo de la teoría a la
práctica, porque el amor de la niña era muy fuerte, y viniendo el
galán con buen fin y propósitos de matrimonio, sería locura pensar en
desunirles. Ni por todo el oro del mundo, ni por los intereses todos
que hay de tejas abajo, haría él cosa contraria a lo que su conciencia,
su idea firmísima del bien y del mal, le dictaban. Solo resultaría
práctico el invento en el caso de que el compromiso entre los amantes
quedase desbaratado y nulo por sí mismo, por cosas de ellos, cualquier
incidente o sesgo inopinado del drama de amor. Sin este desenlace
previo él no haría nada por desviar las cosas de su dirección natural.
Su conciencia antes que todo. Y lo que él no haría, no consentía
tampoco que lo hiciera su mujer. Dejar a Dios lo que es del alma...,
ver venir serenamente los hechos humanos, mirando siempre a la verdad,
a la rectitud.
Aunque Prudencia no practicaba el culto de la verdad con esta devoción
suprema que hacía de Negretti un carácter excepcional, no tuvo más
remedio que acatar lo que él decía y ordenaba. Y pues don Fernando
venía como primer ocupante, con indiscutible derecho, y Aura le
esperaba y le quería, dejarles su bien, dejarles su paz.
—Ya sabes —le dijo Ildefonso al partir— que mi tema es: a cada uno lo
suyo, y a Dios siempre lo divino.