XVI

Seguramente no se equivocaba la niña al pensar que gente mejor que

aquella no existía en el mundo. ¡Qué diferencia de Jacoba! No podía

desconocer que el cambio de tutela había sido felicísimo, aunque se

hubiera efectuado en las circunstancias más tristes de su vida. Había

pasado del infierno al cielo: verdad que era un cielo sin Dios, porque

este se le había quedado por allá, en regiones desconocidas, perdido

en lontananzas tenebrosas. La temporada de Bermeo fue relativamente

grata para la joven, porque allí recobró la salud y adquirió un gran

amigo que le rehizo el alma, no combatiendo de frente su dolor,

sino suavizándolo con tristezas calmantes, después con melancólicas

dulzuras; arrullándola con acentos de vaga poesía; entreteniéndola con

juegos y ejercicios muy saludables; templando sus nervios y regalando

su imaginación con espectáculos plácidos o sublimes; asustándola a

veces un poquito, como para fortificar su innata valentía: este amigo

era el mar.

Instaladas en la casa de Sabino, fue a vivir con ellas Valentín. Los

primos alternaban; no había igualdad en el turno, pues José abandonaba

muy de tarde en tarde la ferrería, y Martín apenas se apartaba de la

tienda, en la cual ninguno podía sustituirle sin quebranto. Los que

más gozaron de los pasatiempos de la villa marítima fueron _Churi_ y

el hijo menor de Sabino, a quien pusieron Zoilo por su madre, Zoila

Maruri. El hijo único de Valentín se llamaba lo mismo que su padre;

mas todo el mundo le conocía por aquel apodo. Le vino del nombre

de un balandro que tuvo su abuelo, en el cual pasó el chico toda

su adolescencia, por desmedida afición a la mar. Fue bautizada la

embarcación con el nombre de _Choria_ (el pájaro) convertido por el

uso popular y las bocas marineras en _Churi_. Era el chico de una

rudeza tal, que no pudieron aplicarle a ninguna profesión ni oficio, y

se pasaba la vida entre los _chochos_ de la ría, remando en chalanas

de cuatro tablas podridas, o lanzándose a prodigiosos ejercicios de

natación. Resistía largas horas en el mar, braceando o tendido de

espaldas; y cuando se ofrecía bucear, ninguno de aquellos vagabundos

anfibios aguantaba más tiempo en las profundidades. Jamás se logró

meter en la cabeza dura de _Churi_ ni una fórmula aritmética ni un

concepto gramatical. Toda su geografía estaba comprendida entre

Machichaco y Quejo; toda su ciencia en el gobierno de una pequeña

embarcación de vela, que manejaba con arte singular, gallardísimo, en

días de nordeste frescachón. Taciturno y medio salvaje, su vocabulario

era muy escaso; sus ideas no debían de ser luminosas ni abundantes,

como no las guardara para mejor ocasión; su voluntad no tomaba otras

formas que la de la contumacia en su vivir independiente, y la de una

completa inacción en tierra firme. Viendo que no podían hacer carrera

de él, la familia se resignó a dejarle en aquel salvajismo y rudeza,

tratando de utilizarle en menesteres bajos de los buques de la casa

cuando estos se hallaban en puerto. A los dieciocho años contrajo unas

calenturas tíficas que le tuvieron entre la vida y la muerte. Decían

que esta le tenía ya cogido, y creyéndole pez, le había soltado con

media vida en alta mar. Al sanar había perdido el pelo y la memoria,

quedándosele la cabeza como un cudón totalmente limpio, sin ninguna

aspereza por fuera ni ideas por dentro. Recobrado el cabello al

contacto del agua salada, contrajo nueva enfermedad del cerebro, y

al término de ella encontrose con que le había vuelto la memoria y

se le había quedado por allá un sentido. Su sordera era como la de

una campana que pierde el badajo y cae en los hondos abismos del mar.

_Churi_ no volvió a oír ningún ruido.

Con el don de oír se le fue también la palabra; pero esto

temporalmente, porque a los tres meses de quedarse como una tapia,

empezó a sacar de su cabeza términos y frases vascuences. Diríase que

pescaba con gancho las voces una por una, extrayéndolas como restos de

un naufragio. A duras penas reconstruyó una lenta y torpe expresión,

mitad éuskara mitad castellana, que usaba para comunicarse con el

mundo, reforzándola con señales muy parecidas a las marítimas, y

movimientos de maniobra velera, que él solo y sus compañeros de mar

entendían.

Lo más extraño en _Churi_ fue que la transformación traída por la

sordera le hizo menos insociable; la familia pudo retenerle en la casa

más tiempo, y aun emplearle en comisiones que nunca había querido

desempeñar, como la estiba de maderas en el almacén, y el transporte de

mena y carbón en Lupardo. Al año de la sordera, ya se pasaba _Churi_

meses enteros sin salir a la mar y aun sin verla, y a los dos años

había tomado tanto gusto a la ferrería, que no sabía salir de ella.

De la índole de los trabajos que allí se hacían provino la mudanza de

sus aficiones, el cambio de lo que hoy llamamos _sport_ y entonces no

tenía nombre: se aficionó locamente al balandro vivo de cuatro patas; y

si el primer día que montó en él estuvo a punto de desnucarse, pronto

su terquedad vizcaína venció los rudimentos de la equitación, y al

poco tiempo era un centauro asnal. Varios jumentos tuvo, que vendía

para comprar otro mejor, y en ellos hacía excursiones a los montes

próximos y lejanos para tratar cortas de leña y partidas de carbón

vegetal, alimento de la industria ferrera. De este modo el vagabundo

había llegado a ser un brazo más, aunque el menos útil ciertamente, en

aquella familia de obreros incansables.

También Zoilo había sido de niño aficionado a la mar, como _Churi_, y

buceaba en la ría, y se iba lejos, mar afuera, con sus amigos, en una

_zapatilla_, sin miedo a los peligros que en costa tan brava ofrece la

naturaleza. Pero su inteligencia, su amor a la familia y el deseo de

ser hombre y de ganarse la vida, le moderaban en aquellas infantiles

vagancias. Estudió algo de pilotaje; era aplicadillo y muy formal;

practicó la carpintería de ribera con su padre; servía también para

el comercio, y tenía mucho tesón, amor propio, vagas ambiciones de

riqueza y poder. Sano y vigoroso, dotado de un temple acerado y de

una naturaleza a prueba de inclemencias, no conocía el cansancio. A

los veintidós años gustaba de mostrar su fuerza hercúlea en cuantas

ocasiones se le presentaban. En el trinquete era un prodigio; en el

trabajo del hierro no tenía igual. Su terquedad vizcaína tomaba en él

a veces formas de una paciencia dulce, con la cual soportaba las más

rudas tareas sin quejarse, siempre alegre y decidor. A su pujante vigor

muscular correspondía su intachable conformación corpórea, de líneas

estatuarias, y un rostro atezado, de serena expresión, toda lealtad y

nobleza sin pulir. Cuando se reía, hacíalo con alma y vida, sacando

enterito el corazón al semblante; no conocía ningún arte social de

aquellos que tienen por instrumento la palabra; no usaba el disimulo,

ni las perífrasis, ni la ironía. Expresaba con bárbaro candor todo lo

que le apuntaba la mente, siendo a veces tan cruda su sinceridad, que

la familia tenía que reprenderle y hasta castigarle. En el ardor del

trabajo del hierro sus negros ojos echaban chispas, y los resoplidos de

su nariz, que se hinchaba respondiendo al énfasis interno, armonizaban

con la música del fuego atacado por los chorros de aire. Tenía

conciencia de su fuerza física, y esta era su mayor gala; teníala

también de su valor indomable, que también le enorgullecía; pero no

sospechaba que era hermoso siempre, y más cuando tiznado y cubierto de

sudor domaba la dureza de un metal menos consistente que su voluntad.

Su tío Valentín le llevó a Bermeo para que estuviese al cuidado de la

casa y de sus moradoras mientras él pasaba un par de días en Lupardo, y

tanto Zoilo como _Churi_, que iba cuando le parecía y se marchaba sin

despedirse, se lanzaron a divertimientos de mar. Ambos consideraban

a la niña de Negretti como un ser superior, y sentían junto a ella

cortedad y hasta miedo. En los primeros días, tuvo Aura más de un

acceso nervioso con gran disloque muscular, llanto interminable,

gemidos y otras manifestaciones de desorden cerebral o de histerismo.

Los dos chicos, que no habían visto nada semejante en las muchachas

que trataban, creían que era aquella dolencia signo de principalidad,

achaque propio de los seres de exquisita y refinada complexión, y

viéndola sufrir, casi la admiraban tanto como la compadecían. A las dos

semanas de esto, y cuando Aurora se iba calmando, Zoilo la incitaba

a salir con ellos a la mar, donde podría arrojar todas sus penas para

que el agua y el viento se las comiesen. _Churi_ no le decía nada: no

hacía más que mirarla, sin hartarse nunca; la sordera le aumentaba

el uso y los goces de la vista. Cuanto Aura decía, producíale a

Zoilo unos accesos de risa no menos bulliciosos que los traqueteos

espasmódicos de la hermosa doncella. El otro no se reía nunca. Era por

naturaleza refractario a la demostración facial del gozo del alma, y

cuando lo sentía, expresábalo cantando, pero muy serio, y desentonando

horrorosamente por la falta de oído.

Por nada del mundo dejaría Prudencia que Aura saliese a la mar con

aquellos tarambanas. No, no: la niña se embarcaría (pasatiempo muy

indicado para su salud) con el tío Valentín. Debe indicarse que Aura,

al poco tiempo de residir en Bermeo, llamaba tíos a los hermanos

de Prudencia, y a los cuatro muchachones, primos. Pues sí: el tío

Valentín, que no quería más que complacerla, en cuanto vino de Lupardo

preparó una lancha de las mejores, arreglándola de velamen y de todo lo

preciso. Lo que gozó Aurorita en sus excursiones cantábricas no es para

dicho. Más intrépida que los marinos que dirigían la gallarda nave,

cuando las mares gruesas con su hinchazón y el viento con su mugido les

ordenaban volver, ella pedía que fuesen más allá, siempre más allá.

Miraba el rostro impasible de Valentín, viejo amigote del océano y de

las tempestades, y como no advirtiera en él alteración, quería que el

paseo se prolongase. Rara vez dejaba Valentín a su hijo la caña del

timón, no por falta de confianza, sino porque retirado de aquellas

luchas y otras mayores, todavía gustaba de hacer gala de su pericia.

Zoilo llevaba la escota. Entre los dos primos arriaban e izaban la vela

en las bordadas, y si a la entrada del puerto era forzoso empuñar los

remos, desplegaban en ruda competencia cada cual su vigor de puños, y

callados bogaban, atentos a las órdenes del patrón, en quien veían un

dominador infalible de todas las fierezas de la mar. Allí no se conocía

el miedo: Aura, viéndoles tan animosos, tampoco temía nada. Un día de

temporal duro habló Valentín, antes de decidirse al paseo, lenguaje de

prudencia. No convenía salir. Asombrose Aura, y más aún al oír que los

dos chicos apoyaban el dicho del veterano. Creyó que tenían miedo.

—Como es por recreo —indicó Zoilo— y no por necesidad, hoy no salimos.

Si padre te deja ir sola conmigo, te llevo... Yo te respondo de que nos

mojaremos, pero no nos ahogaremos.

Claro que Valentín no había de permitir tan loca aventura. _Churi_, que

falto de oído se enteraba de cuanto se hablaba, reprendió a su primo

por fachendoso. No se atrevía, no, ni era hombre para tanto. Él sí se

atrevía, y en embarcación pequeña, mejor: una mano en la caña y otra en

la escota...

—Lo mismo lo hago yo —dijo Zoilo riendo—, y si quieren verlo...

Aura les aplacó cuando la cuestión iba rayando en disputa,

proponiéndoles que el primer día que estuviera buena la barra saldrían

los cuatro a pescar; a lo que asintió Valentín, mandando a Zoilo

que preparase los mejores aparejos que en el pueblo, famoso por sus

pesquerías, se pudieran encontrar. Pero aconteció que el primer día

bueno hubo de salir Zoilo para Lupardo con un recado urgente, y no pudo

el pobre chico disfrutar de los goces de la pesca, que fue un recreo

divertidísimo para la niña. Al tercer día de este entretenimiento,

llegó Martín, el hijo segundo, que ordinariamente regentaba la tienda.

Era el más afinadito de los tres; el que parecía más espiritual, sin

duda porque no ostentaba formas atléticas, como José María y Zoilo,

ni desarrollaba la muscular energía con la espléndida brutalidad de

sus hermanos. Era, sin género de duda, el más civil, el que más se

adaptaba a la vida urbana de la capital vizcaína por los vínculos

de sociabilidad propios del comercio. Hablaba Martín castellano

correctísimo, usando frases atildadas y finas, al uso corriente. De

los tres, de los cuatro, contando con su primo, fue el que menos

zapatos pudrió en playazos y arenales, el que menos tiempo conservó las

manos callosas del ajetreo de los remos. Poseía bastante instrucción,

distinguiéndose en todo lo comercial; hablaba unas miajas de inglés,

y sabía las reglas usuales de la decencia y aun de la elegancia. En

aquellos tiempos, la confraternidad de toda la juventud bilbaína era

un hecho lisonjero, del cual tomó la villa su tesón incontrastable para

resistir los asedios carlistas. El entusiasmo político la estrechó

más, haciéndola invencible; el buen humor, propio de la raza, la

refrescaba dándole más vida; el trabajo en la paz la vigorizaba, y el

común esfuerzo en guerra la elevaba a superior virtud. Partícipe de

los sentimientos que daban un vigor homogéneo a la juventud bilbaína,

Martín Arratia se afilió en la Milicia Nacional desde el primer sitio,

y aún continuaba satisfecho y confiado en aquel cuerpo, esperando que

la patria, es decir, Bilbao, pidiera a sus hijos nuevos sacrificios

para su defensa. Tal era Martín, pieza bien concertada en aquel

formidable organismo comercial y guerrero que supo hacer de Bilbao un

baluarte inexpugnable contra el absolutismo y un emporio de riqueza.

Pasaba en la familia por el de más talento; en la villa le alababan

tanto como merecía por sus excelentes prendas, y no hay para qué

añadir que en el comercio se distinguía por su severa honradez, pues

siendo general esta cualidad en tales tiempos y en tal raza, es ocioso

señalarla y hacer de ella un rasgo característico.

Dos días muy agradables pasó allí Martín, entretenido también en la

pesca y en paseos por el mar, que le agradaban con buen tiempo. Aura se

reía en sus barbas viéndole palidecer cuando eran fuertes las cabezadas

de la lancha, y él, sin temor de parecer cobarde, aseguraba que cada

día era más terrestre, añadiendo que en tierra no faltan ocasiones de

mostrar un valor heroico. Si terribles son las olas embravecidas, no

es menos pavoroso en ciertos casos el cumplimiento del deber, así en

la guerra como en el comercio. Todo es navegar; todo es una continuada

lucha, un gran derroche de esfuerzos, arte y valor para no ahogarse.

Luchana · 第 18 / 43 题