Seguramente no se equivocaba la niña al pensar que gente mejor que
aquella no existía en el mundo. ¡Qué diferencia de Jacoba! No podía
desconocer que el cambio de tutela había sido felicísimo, aunque se
hubiera efectuado en las circunstancias más tristes de su vida. Había
pasado del infierno al cielo: verdad que era un cielo sin Dios, porque
este se le había quedado por allá, en regiones desconocidas, perdido
en lontananzas tenebrosas. La temporada de Bermeo fue relativamente
grata para la joven, porque allí recobró la salud y adquirió un gran
amigo que le rehizo el alma, no combatiendo de frente su dolor,
sino suavizándolo con tristezas calmantes, después con melancólicas
dulzuras; arrullándola con acentos de vaga poesía; entreteniéndola con
juegos y ejercicios muy saludables; templando sus nervios y regalando
su imaginación con espectáculos plácidos o sublimes; asustándola a
veces un poquito, como para fortificar su innata valentía: este amigo
era el mar.
Instaladas en la casa de Sabino, fue a vivir con ellas Valentín. Los
primos alternaban; no había igualdad en el turno, pues José abandonaba
muy de tarde en tarde la ferrería, y Martín apenas se apartaba de la
tienda, en la cual ninguno podía sustituirle sin quebranto. Los que
más gozaron de los pasatiempos de la villa marítima fueron _Churi_ y
el hijo menor de Sabino, a quien pusieron Zoilo por su madre, Zoila
Maruri. El hijo único de Valentín se llamaba lo mismo que su padre;
mas todo el mundo le conocía por aquel apodo. Le vino del nombre
de un balandro que tuvo su abuelo, en el cual pasó el chico toda
su adolescencia, por desmedida afición a la mar. Fue bautizada la
embarcación con el nombre de _Choria_ (el pájaro) convertido por el
uso popular y las bocas marineras en _Churi_. Era el chico de una
rudeza tal, que no pudieron aplicarle a ninguna profesión ni oficio, y
se pasaba la vida entre los _chochos_ de la ría, remando en chalanas
de cuatro tablas podridas, o lanzándose a prodigiosos ejercicios de
natación. Resistía largas horas en el mar, braceando o tendido de
espaldas; y cuando se ofrecía bucear, ninguno de aquellos vagabundos
anfibios aguantaba más tiempo en las profundidades. Jamás se logró
meter en la cabeza dura de _Churi_ ni una fórmula aritmética ni un
concepto gramatical. Toda su geografía estaba comprendida entre
Machichaco y Quejo; toda su ciencia en el gobierno de una pequeña
embarcación de vela, que manejaba con arte singular, gallardísimo, en
días de nordeste frescachón. Taciturno y medio salvaje, su vocabulario
era muy escaso; sus ideas no debían de ser luminosas ni abundantes,
como no las guardara para mejor ocasión; su voluntad no tomaba otras
formas que la de la contumacia en su vivir independiente, y la de una
completa inacción en tierra firme. Viendo que no podían hacer carrera
de él, la familia se resignó a dejarle en aquel salvajismo y rudeza,
tratando de utilizarle en menesteres bajos de los buques de la casa
cuando estos se hallaban en puerto. A los dieciocho años contrajo unas
calenturas tíficas que le tuvieron entre la vida y la muerte. Decían
que esta le tenía ya cogido, y creyéndole pez, le había soltado con
media vida en alta mar. Al sanar había perdido el pelo y la memoria,
quedándosele la cabeza como un cudón totalmente limpio, sin ninguna
aspereza por fuera ni ideas por dentro. Recobrado el cabello al
contacto del agua salada, contrajo nueva enfermedad del cerebro, y
al término de ella encontrose con que le había vuelto la memoria y
se le había quedado por allá un sentido. Su sordera era como la de
una campana que pierde el badajo y cae en los hondos abismos del mar.
_Churi_ no volvió a oír ningún ruido.
Con el don de oír se le fue también la palabra; pero esto
temporalmente, porque a los tres meses de quedarse como una tapia,
empezó a sacar de su cabeza términos y frases vascuences. Diríase que
pescaba con gancho las voces una por una, extrayéndolas como restos de
un naufragio. A duras penas reconstruyó una lenta y torpe expresión,
mitad éuskara mitad castellana, que usaba para comunicarse con el
mundo, reforzándola con señales muy parecidas a las marítimas, y
movimientos de maniobra velera, que él solo y sus compañeros de mar
entendían.
Lo más extraño en _Churi_ fue que la transformación traída por la
sordera le hizo menos insociable; la familia pudo retenerle en la casa
más tiempo, y aun emplearle en comisiones que nunca había querido
desempeñar, como la estiba de maderas en el almacén, y el transporte de
mena y carbón en Lupardo. Al año de la sordera, ya se pasaba _Churi_
meses enteros sin salir a la mar y aun sin verla, y a los dos años
había tomado tanto gusto a la ferrería, que no sabía salir de ella.
De la índole de los trabajos que allí se hacían provino la mudanza de
sus aficiones, el cambio de lo que hoy llamamos _sport_ y entonces no
tenía nombre: se aficionó locamente al balandro vivo de cuatro patas; y
si el primer día que montó en él estuvo a punto de desnucarse, pronto
su terquedad vizcaína venció los rudimentos de la equitación, y al
poco tiempo era un centauro asnal. Varios jumentos tuvo, que vendía
para comprar otro mejor, y en ellos hacía excursiones a los montes
próximos y lejanos para tratar cortas de leña y partidas de carbón
vegetal, alimento de la industria ferrera. De este modo el vagabundo
había llegado a ser un brazo más, aunque el menos útil ciertamente, en
aquella familia de obreros incansables.
También Zoilo había sido de niño aficionado a la mar, como _Churi_, y
buceaba en la ría, y se iba lejos, mar afuera, con sus amigos, en una
_zapatilla_, sin miedo a los peligros que en costa tan brava ofrece la
naturaleza. Pero su inteligencia, su amor a la familia y el deseo de
ser hombre y de ganarse la vida, le moderaban en aquellas infantiles
vagancias. Estudió algo de pilotaje; era aplicadillo y muy formal;
practicó la carpintería de ribera con su padre; servía también para
el comercio, y tenía mucho tesón, amor propio, vagas ambiciones de
riqueza y poder. Sano y vigoroso, dotado de un temple acerado y de
una naturaleza a prueba de inclemencias, no conocía el cansancio. A
los veintidós años gustaba de mostrar su fuerza hercúlea en cuantas
ocasiones se le presentaban. En el trinquete era un prodigio; en el
trabajo del hierro no tenía igual. Su terquedad vizcaína tomaba en él
a veces formas de una paciencia dulce, con la cual soportaba las más
rudas tareas sin quejarse, siempre alegre y decidor. A su pujante vigor
muscular correspondía su intachable conformación corpórea, de líneas
estatuarias, y un rostro atezado, de serena expresión, toda lealtad y
nobleza sin pulir. Cuando se reía, hacíalo con alma y vida, sacando
enterito el corazón al semblante; no conocía ningún arte social de
aquellos que tienen por instrumento la palabra; no usaba el disimulo,
ni las perífrasis, ni la ironía. Expresaba con bárbaro candor todo lo
que le apuntaba la mente, siendo a veces tan cruda su sinceridad, que
la familia tenía que reprenderle y hasta castigarle. En el ardor del
trabajo del hierro sus negros ojos echaban chispas, y los resoplidos de
su nariz, que se hinchaba respondiendo al énfasis interno, armonizaban
con la música del fuego atacado por los chorros de aire. Tenía
conciencia de su fuerza física, y esta era su mayor gala; teníala
también de su valor indomable, que también le enorgullecía; pero no
sospechaba que era hermoso siempre, y más cuando tiznado y cubierto de
sudor domaba la dureza de un metal menos consistente que su voluntad.
Su tío Valentín le llevó a Bermeo para que estuviese al cuidado de la
casa y de sus moradoras mientras él pasaba un par de días en Lupardo, y
tanto Zoilo como _Churi_, que iba cuando le parecía y se marchaba sin
despedirse, se lanzaron a divertimientos de mar. Ambos consideraban
a la niña de Negretti como un ser superior, y sentían junto a ella
cortedad y hasta miedo. En los primeros días, tuvo Aura más de un
acceso nervioso con gran disloque muscular, llanto interminable,
gemidos y otras manifestaciones de desorden cerebral o de histerismo.
Los dos chicos, que no habían visto nada semejante en las muchachas
que trataban, creían que era aquella dolencia signo de principalidad,
achaque propio de los seres de exquisita y refinada complexión, y
viéndola sufrir, casi la admiraban tanto como la compadecían. A las dos
semanas de esto, y cuando Aurora se iba calmando, Zoilo la incitaba
a salir con ellos a la mar, donde podría arrojar todas sus penas para
que el agua y el viento se las comiesen. _Churi_ no le decía nada: no
hacía más que mirarla, sin hartarse nunca; la sordera le aumentaba
el uso y los goces de la vista. Cuanto Aura decía, producíale a
Zoilo unos accesos de risa no menos bulliciosos que los traqueteos
espasmódicos de la hermosa doncella. El otro no se reía nunca. Era por
naturaleza refractario a la demostración facial del gozo del alma, y
cuando lo sentía, expresábalo cantando, pero muy serio, y desentonando
horrorosamente por la falta de oído.
Por nada del mundo dejaría Prudencia que Aura saliese a la mar con
aquellos tarambanas. No, no: la niña se embarcaría (pasatiempo muy
indicado para su salud) con el tío Valentín. Debe indicarse que Aura,
al poco tiempo de residir en Bermeo, llamaba tíos a los hermanos
de Prudencia, y a los cuatro muchachones, primos. Pues sí: el tío
Valentín, que no quería más que complacerla, en cuanto vino de Lupardo
preparó una lancha de las mejores, arreglándola de velamen y de todo lo
preciso. Lo que gozó Aurorita en sus excursiones cantábricas no es para
dicho. Más intrépida que los marinos que dirigían la gallarda nave,
cuando las mares gruesas con su hinchazón y el viento con su mugido les
ordenaban volver, ella pedía que fuesen más allá, siempre más allá.
Miraba el rostro impasible de Valentín, viejo amigote del océano y de
las tempestades, y como no advirtiera en él alteración, quería que el
paseo se prolongase. Rara vez dejaba Valentín a su hijo la caña del
timón, no por falta de confianza, sino porque retirado de aquellas
luchas y otras mayores, todavía gustaba de hacer gala de su pericia.
Zoilo llevaba la escota. Entre los dos primos arriaban e izaban la vela
en las bordadas, y si a la entrada del puerto era forzoso empuñar los
remos, desplegaban en ruda competencia cada cual su vigor de puños, y
callados bogaban, atentos a las órdenes del patrón, en quien veían un
dominador infalible de todas las fierezas de la mar. Allí no se conocía
el miedo: Aura, viéndoles tan animosos, tampoco temía nada. Un día de
temporal duro habló Valentín, antes de decidirse al paseo, lenguaje de
prudencia. No convenía salir. Asombrose Aura, y más aún al oír que los
dos chicos apoyaban el dicho del veterano. Creyó que tenían miedo.
—Como es por recreo —indicó Zoilo— y no por necesidad, hoy no salimos.
Si padre te deja ir sola conmigo, te llevo... Yo te respondo de que nos
mojaremos, pero no nos ahogaremos.
Claro que Valentín no había de permitir tan loca aventura. _Churi_, que
falto de oído se enteraba de cuanto se hablaba, reprendió a su primo
por fachendoso. No se atrevía, no, ni era hombre para tanto. Él sí se
atrevía, y en embarcación pequeña, mejor: una mano en la caña y otra en
la escota...
—Lo mismo lo hago yo —dijo Zoilo riendo—, y si quieren verlo...
Aura les aplacó cuando la cuestión iba rayando en disputa,
proponiéndoles que el primer día que estuviera buena la barra saldrían
los cuatro a pescar; a lo que asintió Valentín, mandando a Zoilo
que preparase los mejores aparejos que en el pueblo, famoso por sus
pesquerías, se pudieran encontrar. Pero aconteció que el primer día
bueno hubo de salir Zoilo para Lupardo con un recado urgente, y no pudo
el pobre chico disfrutar de los goces de la pesca, que fue un recreo
divertidísimo para la niña. Al tercer día de este entretenimiento,
llegó Martín, el hijo segundo, que ordinariamente regentaba la tienda.
Era el más afinadito de los tres; el que parecía más espiritual, sin
duda porque no ostentaba formas atléticas, como José María y Zoilo,
ni desarrollaba la muscular energía con la espléndida brutalidad de
sus hermanos. Era, sin género de duda, el más civil, el que más se
adaptaba a la vida urbana de la capital vizcaína por los vínculos
de sociabilidad propios del comercio. Hablaba Martín castellano
correctísimo, usando frases atildadas y finas, al uso corriente. De
los tres, de los cuatro, contando con su primo, fue el que menos
zapatos pudrió en playazos y arenales, el que menos tiempo conservó las
manos callosas del ajetreo de los remos. Poseía bastante instrucción,
distinguiéndose en todo lo comercial; hablaba unas miajas de inglés,
y sabía las reglas usuales de la decencia y aun de la elegancia. En
aquellos tiempos, la confraternidad de toda la juventud bilbaína era
un hecho lisonjero, del cual tomó la villa su tesón incontrastable para
resistir los asedios carlistas. El entusiasmo político la estrechó
más, haciéndola invencible; el buen humor, propio de la raza, la
refrescaba dándole más vida; el trabajo en la paz la vigorizaba, y el
común esfuerzo en guerra la elevaba a superior virtud. Partícipe de
los sentimientos que daban un vigor homogéneo a la juventud bilbaína,
Martín Arratia se afilió en la Milicia Nacional desde el primer sitio,
y aún continuaba satisfecho y confiado en aquel cuerpo, esperando que
la patria, es decir, Bilbao, pidiera a sus hijos nuevos sacrificios
para su defensa. Tal era Martín, pieza bien concertada en aquel
formidable organismo comercial y guerrero que supo hacer de Bilbao un
baluarte inexpugnable contra el absolutismo y un emporio de riqueza.
Pasaba en la familia por el de más talento; en la villa le alababan
tanto como merecía por sus excelentes prendas, y no hay para qué
añadir que en el comercio se distinguía por su severa honradez, pues
siendo general esta cualidad en tales tiempos y en tal raza, es ocioso
señalarla y hacer de ella un rasgo característico.
Dos días muy agradables pasó allí Martín, entretenido también en la
pesca y en paseos por el mar, que le agradaban con buen tiempo. Aura se
reía en sus barbas viéndole palidecer cuando eran fuertes las cabezadas
de la lancha, y él, sin temor de parecer cobarde, aseguraba que cada
día era más terrestre, añadiendo que en tierra no faltan ocasiones de
mostrar un valor heroico. Si terribles son las olas embravecidas, no
es menos pavoroso en ciertos casos el cumplimiento del deber, así en
la guerra como en el comercio. Todo es navegar; todo es una continuada
lucha, un gran derroche de esfuerzos, arte y valor para no ahogarse.