Cierta era la anterior referencia. El desgraciado _Churi_, estimando
más la posesión del asno que su propia existencia, embistió a los
fieros enemigos que le arrebataron lo que más amaba en el mundo.
Alguno de los facciosos le conocía, sin duda, o intercedió para que no
le mataran. Le apalearon de lo lindo, dejándole, como observó Sabas,
patas arriba. Pero en cuanto los carlistas se desocuparon de él, púsose
patas abajo, todo magullado y con los huesos doloridos, y se dejó
caer, o se deslizó gateando por un cantil hacia las rocas donde batía
la mar brava, y allí estuvo escondido hasta que, asomando una y otra
vez la cabeza entre peñas, adquirió la certidumbre de que los bárbaros
iban lejos. Andando con los cuatro remos de costado por los cantos
resbaladizos, más parecido a un enorme cangrejo que a un hombre, avanzó
todo lo que pudo por la costa hacia el este, pues los carlistas habían
seguido hacia occidente. Le anocheció cerca de la rada de Berrón.
Recogido al amanecer por una lancha de Plencia, desembarcó en Algorta,
y de allí salvó en otra lancha la barra, desembarcando al fin sus
pobres huesos a la siguiente noche oscura en el propio Desierto. Entró
en Bilbao por su pie; en su casa le agasajaron sus primos, padre y
tíos, que alarmados estaban ya por su demora, y el primer cuidado fue
darle friegas con aguardiente en todo el cuerpo y meterle en la cama,
donde solo permaneció horas, porque su viveza era incompatible con el
reposo, y no quería más que correr a enterarse de cuanto en la gloriosa
villa ocurría. Era la casa una de las de la Ribera frente a la Merced,
con tienda famosa de artículos de mar, bien provista de toda clase de
aprestos para la navegación de vela. La muestra ostentaba una fragata
bastante bien pintada al óleo, navegando a toda vela, sin añadidura de
nombre alguno ni especificación de lo que allí se vendía. Los dueños
vivían en el entresuelo: el piso bajo estaba ocupado totalmente por
el género comercial, hierros, lonas, cabos, y mil objetos tan extraños
de forma como de nombre, que la gente de tierra adentro habría creído
caprichosos, fantásticos. El olor de alquitrán era como el alma del
recinto; y tan connaturalizados con él se hallaban los habitantes de la
casa, que les olía mal el aire libre cuando pasaban de la tienda a la
calle.
Eran a la sazón dueños del establecimiento los hermanos Valentín,
Sabino y Prudencia Arratia, hijos del difunto José María de Arratia,
comerciante bilbaíno, que murió el 30, dejando un nombre intachable, y
restos de una fortuna quebrantada por malos negocios. Cada uno de los
tres hermanos necesita filiación propia, por ser los tres caracteres
muy significados y castizos en aquella raza tan inteligente como
trabajadora.
Valentín Arratia, el primogénito, con cincuenta y tres años el 36, era
piloto de altura, y había pasado lo mejor de su vida _rompiendo mares_
en América y en el Norte. Mandó primero barco ajeno, después barco
propio, del cual fue capitán y armador. El 28 se divorció de la mar
salada para dedicarse al comercio de tablazón, que hubo de abandonar
al principio de la guerra, refugiándose en el establecimiento paterno.
Era hombre al propio tiempo duro y dulce, como el turrón de Alicante,
aferrado a un corto número de ideas en el orden social y moral, y con
gran caudal de ellas en todo lo referente a la náutica y gobierno de
naves. Enviudó de su mujer el mismo año en que le hizo la cruz a
la mar. Esta le dejó un reúma que le cogía todo el costado derecho,
haciéndole andar escorado, y su esposa le dejó un hijo, que es el
_Churi_ del burro, y además una ferrería situada en Lupardo, barrio de
Miravalles.
Prudencia, a quien se da el segundo lugar por respeto a la cronología,
con cincuenta y un años el 36, casó en Éibar con un rico armero. Viuda
a los tres años de matrimonio, contrajo segundas nupcias con Ildefonso
Negretti, residiendo muchos años en Burdeos y Bayona. Esposa dos veces,
nunca fue madre.
Sabino, el más joven de los tres hermanos, estuvo largo tiempo en
desacuerdo con sus padres, por haberse casado a disgusto de ellos
con una moza de Bermeo, hija de pescadores. Hechas las paces con la
familia, vivió algunos años en Bilbao dedicado a la construcción
de buques; era un habilísimo carpintero de ribera, y muy fuerte en
arquitectura naval, que no aprendió por principios, sino por reglas
y módulos de maestros empíricos. De su astillero salieron buques
muy afamados, algunos tan veleros, que iban a parar a manos de los
tratantes y cargadores de esclavos en el Golfo de Guinea. Era además
buen mecánico en todo lo que se relacionaba con el arte naval, y muy
entendido en la fundición y forja del hierro. Su mujer, que falleció
del cólera, le dejó tres hijos: José, Martín y Zoilo, que el 36 eran
unos tagarotes de veintitantos años, y no desmentían la cepa vigorosa
de la familia ni su consistente devoción al trabajo.
Lo más admirable en los Arratias era la unión y concordia que entre
ellos, desde la muerte del padre, reinaba, haciendo de los tres
hermanos y de su prole una verdadera piña. Apretados uno contra otro,
sin que ninguno mirase al interés individual, aplicándose todos con
alma y vida al bien común, ofrecían gallardo ejemplo de la fuerza que,
según el proverbio, es producto de la unión. Se agruparon, no solo por
virtud, sino por necesidad o espíritu de defensa, pues cuando perdieron
a su padre, los negocios de este iban de capa caída, y no se hallaban
en situación más próspera los de cada uno de los hijos. Valentín había
tenido desgracia en sus últimas expediciones comerciales, perdiendo
en las del Norte lo que había ganado en las de América. El bergantín
_Aurra_ (_el niño_) se le quedó en los hielos de Stettin, y solo pudo
salvar parte de la madera de que estaba cargado, el velamen y los
instrumentos. La fragata Victoriano, construida por su hermano, fue
vendida a desprecio para cumplir compromisos comerciales, resultado
de una operación demasiado ambiciosa en cacaos de Carúpano y La
Guaira. Quedábale después de estos desastres un capitalito que empleó
en el comercio de maderas de Riga, el cual habría sido de seguros
rendimientos si no viniera la guerra a entorpecer y paralizar las
transacciones.
Por su parte, Sabino había tenido también reveses: el tráfico de
pescado estaba muerto por la falta de comunicación con el interior, y
la ferrería de su hermano, que a su cargo tomó, exigía para funcionar
con fruto un gasto considerable, por hallarse en mal estado la turbina
y toda la maquinaria. A ello se aplicó con ahínco; mas cuando pudo
vencer las dificultades y empezó a trabajar, fue menester dar a los
carlistas a bajo precio, por vía de canon, la mayor parte de los
frutos de aquella industria. En tanto Negretti, que iba medianamente
en la fabricación de armas, fue solicitado para poner sus grandes
conocimientos mecánicos al servicio de la causa absolutista. Le
repugnaba comprometer su apacible neutralidad política; pero de tal
modo le deslumbraron con fantásticas promesas, que al fin cayó en
la red, y se ajustó con los agentes de Carlos V, contando con la
colaboración de su cuñado Sabino; mas este, influido por los patriotas
de Bilbao, se asustó y no quiso ir a Oñate. Trabajó Negretti solo,
primero con éxito y valiosas recompensas; después con dificultades
y contratiempos mil, hasta que le salieron envidiosos y enemigos en
número alarmante, y acusado de masón, fue perseguido y encarcelado
inicuamente.
El fracaso de aquel trabajador tan inteligente como honrado, produjo
verdadera consternación en la familia, y les movió más a todos a
estrechar la piña o fraternal agrupación, así para ir a la conquista
de la fortuna, como para defenderse de la adversidad. Y conviene
advertir, para mayor esclarecimiento de la eficacia de la trinca, que
el esposo de Prudencia era para Valentín y Sabino tan hermano como
la hermana misma; que a falta de hijos a quienes querer como tales,
Ildefonso y Prudencia amaban a los de sus hermanos como si fueran de
ellos, y que todos, tíos y sobrinos, hermanos y cuñado, padres o hijos,
se confundían en un sentimiento amoroso, que era el aglutinante de
aquella humana concentración de fuerzas.
Aunque ya se sabe también, bueno es repetir que antes de establecerse
Negretti en el real de don Carlos como maestro armero y constructor
de proyectiles para la artillería, fue a Madrid llamado por un amigo
a quien respetaba, y de aquel viaje se trajo una sobrinita, llamada
Aurora, que confiaban a su tutela y protección. Sábese que mientras
Ildefonso trabajaba en Oñate o Durango, la niña residía en Bermeo con
su tía Prudencia, alternando en acompañarla Valentín, _Churi_ y los
hijos de Sabino. Alguien creerá que al agregar a la familia la persona
de Aura, mujer de excepcional hermosura, de educación harto distinta
de la de los Arratias, algo anárquica en sus pensamientos, antojadiza,
nerviosa por todo extremo y poco dispuesta a la subordinación, se
introducía en ella un principio disolvente, un disgregador poderoso.
Así lo creyó Prudencia en los primeros días de su tutela, que fueron
en verdad penosos por el desorden mental y el desenfreno imaginativo
en que Aurorita se encontraba. Poco a poco se fue adaptando esta al
modo de ser de los Arratias, y la realidad, el roce continuo con los
parientes de su tío, efectuaron en ella como una segunda educación.
Algunas molestias ocasionó a Prudencia, en los comienzos de la
temporada de Bermeo, el cuidado y disciplina de la joven, y no porque
esta hiciese o pensase cosas malas, sino porque todo lo que pensaba y
hacía era extrañísimo, perteneciente a otro mundo, a otro planeta...
También consideraba Prudencia como una calamidad no floja la belleza,
no ya humana, sino divina, de la hija de Jenaro Negretti. Hermosuras
tan extremadas, cuyo semejante se encontraba solo en las pinturas, en
las imágenes de santos, o en las estatuas mitológicas, eran, según
ella, una aberración dentro de la humanidad. ¿A qué conducía, Señor,
que las mujeres fuesen tan rematadamente guapas, más que a producir
mil quebrantos y desdichas? Cuantos hombres veían a la moza se volvían
locos por ella. Un general carlista que la vio a las dos de la tarde,
le escribió a las tres una carta amorosa, y a las cuatro fue a pedirla
en matrimonio. Los muchachos no cesaban de rondarle la calle. Los más
atrevidos acosábanla en el paseo con requiebros fastidiosos; otros
disparaban contra la casa un fuego nutrido de cartitas y amorosos
mensajes. Verdad que la hechicera niña, lejos de favorecer estas
demostraciones, a todos ponía cara de pocos amigos, y fiel a la
devoción sagrada de su amor primero y único, no hacía cosa alguna por
donde se la pudiese acusar de liviandad, de inconstancia ni aun de
coquetismo. Falta decir que Aura correspondió al cariño de sus tíos
con una adhesión intensa, y aunque este sentimiento no llenaba ni con
mucho el vacío de su alma, servíale de gran consuelo para soportar la
dolorosa ausencia, forma sensible de la muerte, como esta silenciosa,
con lentitudes de tiempo que daban la impresión de la eternidad.
Desde los primeros días de convivencia, lo mismo Ildefonso que su mujer
y los hermanos y sobrinos de esta, respetaron en Aura el conflicto
misterioso que la joven se traía consigo, aquella pasión, aquel drama
no bien conocido, y del cual el mismo Negretti no tenía más que vagas
impresiones o referencias. La niña se había dejado en Madrid a su
enamorado, que era un príncipe o cosa así; un joven a quien muchos
tenían por hijo de potentado, quizás de un rey, quizás del propio
Napoleón. La familia de este nobilísimo joven había gestionado la
separación o el destierro de la enamorada. ¡Qué drama, qué hermosa
poesía! Había, pues, traído la niña de Madrid su leyenda, y con ella
un inmenso duelo, que respetaron con singular delicadeza los Negrettis
y Arratias. Ninguno de ellos trató de desvirtuar la leyenda ni aplicar
al dolor los emolientes vulgares. Nadie le dijo: «Olvida eso, que es un
delirio, un sueño, una idea...».