—Vamos, don Beltrán, no se aflija —le decía el joven con sincera y
honda lástima—. Sería usted muy desgraciado si fuera esa su única
familia. Pero por dicha suya, tiene a su hija Valvanera...
—Sí, sí... es cierto... —murmuró don Beltrán sonándose fuerte—. Pero
tampoco allá, ¡ay!, faltan espinas... No es tanto como en Cintruénigo.
Cree que Cintruénigo es para mí un purgatorio anticipado, donde estoy
pagando todas mis tropelías contra la moral, querido Fernando... Pero
déjales, que también ellos purgarán sus crueldades conmigo... Sí,
me las pagan, me las pagan, y pronto. Dios es justiciero, Dios es
vengador, Dios da a cada uno su merecido. Me recreo en mi venganza, en
el castigo divino... Tú lo has de ver; no quisiera morirme sin verlo...
—¿Y qué hemos de ver?
—¿No caes en ello? Pues las calabazas garrafales que le está preparando
la mayorazga de Castro... La chica tiene entendimiento, sabe juzgar
fríamente las cosas. Imposible que, después de tratarle un poco, deje
de ver la sequedad de aquella alma, aquel villano egoísmo, aquella
sordidez repugnante; y viendo esto, es imposible que le ame, mayormente
cuando su voluntad se encariña con otro hombre, en verdad digno de
ella. Demetria no es de estas que se alucinan: no se dejará coger,
no, en las redes candorosas de doña María Tirgo, ni en las astutas
trampas de mi _doña Urraca_... De modo que..., figúrate mi alegrón
si triunfamos..., y triunfaremos... ¡Ah, ese roñica ha entrado en
Laguardia pensando que pronto meterá en sus baterías de números las
rentas del mayorazgo de Castro-Amézaga!... No es flojo chasco el que se
llevará... ¡Ay!, si Dios me concede que vuelvan a Cintruénigo corridos,
no me quedaré sin ir a presenciar espectáculo tan delicioso... Créelo:
pensándolo, me rejuvenezco.
A esta última parte de las quejas y resquemores de don Beltrán, no
prestó Calpena toda su atención, porque le distraía un sujeto harto
enigmático que momentos antes se había sentado junto al hogar, y no
cesaba de mirarle con fijeza impertinente. No era la primera vez que
le veía, pues al entrar en Villacomparada se les apareció por delante
caballero en un gallardo burro; luego se puso a retaguardia, y fue
siguiendo la caravana, acomodando al paso de esta el andar de su
pollino. No era el tal de aspecto desapacible, ni sus trazas las que
suelen caracterizar a la gente sospechosa. Representaba veinticinco
años lo más, y era su estatura garbosa y aventajada; su rostro más bien
hermoso que feo, aunque ceñudo y lleno de oscuridades; su vestimenta
y calzado de hombre rudo, huésped de las alturas pedregosas más que
de los valles amenos: zamarra y botas altas, boina, todo de un gris
terroso. Si llevaba armas, no se le veían. No hablaba con nadie;
consumía fuertes raciones de carne y vino, y comiendo y bebiendo, o
sin más ocupación que hurgar el fuego con su vara, empleaba casi todo
el tiempo en mirar a don Fernando, haciéndole objeto de un enfadoso
y cansado estudio. Naturalmente, viéndose tan mirado, Calpena le
observaba también; y cómo nada advirtiese por donde pudiera descubrir
el motivo de aquel examen descortés, aprovechó las cortas ausencias del
sujeto para indagar quién era. Los mesoneros no supieron darle razón.
Por el habla parecíales vizcaíno: si llevara armas, creerían que era
cazador. No le habían oído hablar con nadie más que con el burro, al
cual debía querer como a hermano, pues a menudo daba una vueltecita por
la cuadra para verle comer y acariciarle el lomo.
Por la noche, mientras cenaba, observó Calpena que el del asno, sentado
a la mesa pequeña con otros dos, persistía en mirarle, como si le
estuviera retratando. Ya le cargaba tanto aquel tipo, que estuvo a
punto de acercarse a él y pedirle explicaciones. Pero consultado el
caso con don Beltrán, advirtiole este que lo más propio de personas
principales era no parar mientes en tal hombre, ni cuidarse de él para
nada.
—Porque ahora resultará que él puede quejarse de la misma impertinencia
por parte tuya, pues mirando a ver si miran, ello es que los dos se
provocan, y confunden en una sola necedad sus necedades respectivas.
Cambiemos de asiento, y así le tendrás a la espalda... Pues a mí
también me mira... Voy a echarle un saludo con la mano... ¿Sabes que
más que de cazador tiene trazas de chalán o tratante en caballerías?
Verás cómo después de tanto mirar, se sale con la gaita de que le
compremos su burro.
Al siguiente día, caminando los viajeros hacia la sierra, pues por
alejarse de Medina de Pomar, donde andaban a tiros cristinos y
facciosos, tuvieron que dar un largo rodeo, se les apareció de nuevo
el caballero del borrico, que casi juntamente con ellos entraba en la
venta de Villatomil.
—Oye —dijo don Fernando a su criado—, hazme el favor de llegarte a ese
hombre, y con cualquier pretexto averigua quién es, qué demonios busca
por aquí, y cómo se llama; y si consigues entrar en confianza con él,
le preguntas que por qué me mira.
Cuando cenaban los señores, entró Sabas a manifestar a su amo el
resultado de sus investigaciones, el cual, contra su voluntad y
diligencia, era enteramente nulo. Preguntado había, sí, todo cuanto
preguntar puede un hombre que sabe su oficio de preguntón; pero el otro
no respondía más que un marmolillo.
—Es mudo, señor.
Observó a esto Calpena que él le había oído hablar con su burro y con
el mesonero de Villacomparada.
—Pues entonces, señor, sordo es —afirmó Sabas—: más gritos que yo le he
dado, no le daría el pregonero de mi lugar, y no se enteraba ni chispa.
Riéronse, y no se habló más del asunto hasta dos días después,
hallándose en los altos de Medina, con un tiempo horroroso de agua,
viento y nieve, que les obligó a guarecerse en unas cabañas de
Recuenco. Despejado un poco el cielo, aprovecharon una clara para
seguir su camino en busca de mejor pueblo donde alojarse, y no habían
andado media legua cuando divisaron burro y caballero, por vanguardia,
saliendo de un bosque. Como a distancia de un tiro de fusil anduvo
toda la tarde el desconocido, y al llegar al llano que hay cerca de
Valmayor, empezó a dar carreras muy lucidas de una parte a otra, cual
si quisiera ofrecer a los caminantes una verdadera función de jineta
borriquil. Admiraban aquellos las airosas carreras del asno, sus
desplantes y corvetas, y celebraron la destreza con que lo manejaba
su extravagante caballero. Más adelante viéronle parado junto a unos
pastores. Como era indudable que hablaban, ya fuese con palabras, ya
por señas, mandó don Fernando a su escudero que se adelantase para
pedir informes de sujeto tan extraño.
—Y que le proponga que nos venda el burro —dijo don Beltrán—, que
bien merece se le dé diploma de nobleza, elevándole a la categoría de
caballo de orejas grandes.
Volvió Sabas al poco rato con las referencias que le dieron los
pastores. No sabían más sino que el tal era bilbaíno y que solía
venir por aquellas tierras a tratar de cortas de maderas para las
ferrerías. A consecuencia de una enfermedad de la cabeza, se había
quedado sordo; y aunque no era mudo, como lo decía todo en vascuence o
en un castellano de perros, costaba Dios y ayuda entenderse con él. Le
llamaban _Churi_.
Con esto, que no era poco, hubo de contentarse don Fernando, creyendo
que el señor aquel no estaba bueno de la cabeza. En Valmayor
encontraron los viajeros mejor acomodo, y no les vino mal, porque
arreció el temporal de duro toda la noche, y fue una suerte que no les
cogiera en despoblado. Tres o cuatro días tuvieron que permanecer allí,
pues los caminos quedaron intransitables, y la glacial temperatura
convidaba a no abandonar la proximidad del fogón. Reíase don Beltrán de
ver a su amiguito tan descontento, y gozoso le decía:
—No te apures, hijo, que ya llegaremos, ya llegarás a donde te llama
tu locura. Te advierto que no siempre estriba nuestra felicidad en
llegar pronto a donde queremos ir, como dice un refrán; que yo sé por
experiencia cuán venturoso es llegar tarde en multitud de casos, tarde,
sí, y cuando ya las cosas no tienen remedio.
No solo sentía Calpena contrariedad y disgusto por los entorpecimientos
de su viaje, sino tristezas hondísimas, motivadas por causas que
no sabía desentrañar. Encontrábase ya demasiado lejos de la señora
invisible; veía muy agrandado el espacio entre su persona y la
desconocida y amante deidad protectora. Tantos días sin saber de allá
le inquietaban, le entristecían, ennegreciendo horrorosamente la
impresión de su soledad en el mundo. Una noche de espantosa ventisca,
aburrido y desalentado, sin que lograsen sacarle de su melancolía los
cuentos galantes y las festivas anécdotas de don Beltrán, llegó hasta
sentir miedo de seguir avanzando hacia Vizcaya. Casi delirante, pensó
que debía volverse. ¿A dónde? ¿A Laguardia, a Madrid? Ni él mismo podía
determinar a dónde le llamaban sus recónditos anhelos. La mañana calmó
su confusión, y despejado su cerebro, volvieron a dominar los antiguos
planes y propósitos. Adelante, pues, pon la orgullosa divisa: _A Bilbao
por Aura_.
Estaba de Dios que en vez de disminuir acreciesen los estorbos que
así la naturaleza como los hombres oponían al generoso anhelo de
don Fernando, porque no bien abonanzó el tiempo y se secaron los
caminos, viéronse detenidos los viajeros por un tropel de gente que
en dirección opuesta corría: aldeanos, mujeres, familias enteras, con
sus animales, carros, provisiones y aperos de labranza. Eran meneses
fugitivos, que abandonaban sus hogares amenazados por la facción. El
pánico de que venían poseídos no les permitía precisar las noticias que
daban. A muchos interrogó don Beltrán, sin sacar en limpio más que el
hecho indudable de que los carlistas ocupaban parte del valle de Mena,
y seguían avanzando, como con intento de cruzar la provincia de Burgos.
Quién afirmaba que componían la expedición seis batallones mandados
por Zaratiegui, con muchos caballos y artillería; quién que eran la
mitad de la mitad, pero los bastantes para asolar y revolver toda la
comarca. Entre tanta gente, hubo algunos que conocían a don Beltrán, y
le dijeron:
—Señor, vuélvase, y no piense en ir a Villarcayo. Su familia se ha
refugiado en Espinosa de los Monteros.
No necesitó Urdaneta saber más para volver grupas, siguiéndole Calpena
de malísimo talante. Desandado el camino, como a unas dos leguas
encontraron tropas cristinas, las cuales les anunciaron que en Medina
de Pomar no había ya facciosos, y que allí podían refugiarse con
toda seguridad, añadiendo que no tardaría mucho la tropa liberal en
despejar todo el valle de Mena hasta Valmaseda, guarneciendo el puerto
de los Tornos y Sierra Salvada, a fin de cortar el paso del enemigo a
la provincia de Burgos. Si intentara correrse por las Encartaciones
hacia la de Santander, también se le pondrían buenas compuertas en
Ramales y Guardamino. Con tantas contrariedades y las repetidas tomas
de resignación, había llegado ya Calpena a un estoicismo torvo y
displicente.
—¿Qué remedio tienes, hijo —le decía don Beltrán—, más que bajar la
cabeza ante el destino, o hablando cristianamente, ante la voluntad de
Dios? Bien podría suceder que esto que juzgas adverso, fuera todo lo
contrario: el principio de tu felicidad.
Y he aquí que Medina de Pomar, histórica villa, les recogió y agasajó
rumbosa, pues allí tenía Urdaneta amigos y parientes; y no llevaban
cinco días de aquella cómoda residencia, que para don Beltrán era un
descanso y para Calpena una esclavitud, cuando vieron llegar buen golpe
de tropas cristinas. Sucedíanse los batallones, que se iban escalonando
en los pueblos del valle hasta Villasante; la división de Alaix llegó
la primera, con numerosa caballería y trenes de batir; siguió la de
Oráa, y por fin, una tarde vieron llegar con su lucido Estado Mayor al
general en jefe del ejército del Norte, don Baldomero Espartero, que se
alojó en el Palacio del Condestable.
—En todo ha de tener suerte este Baldomero —dijo don Beltrán a su
amigo, a poco de verle pasar—. Por traer consigo todo lo bueno, hasta
el buen tiempo trae. ¿Cuántos días llevábamos sin ver la cara del sol?
Lo menos diez. Pues lo mismo es llegar mi hombre que se abre un gran
boquete en la panzaburra de las nubes, y los rayos del sol salen a
juguetear en los entorchados del afortunado caudillo. ¿No advertiste
que cuando entraba en la plaza, se despejó el cielo y nos vimos
inundados de claridad y de un dulce calor? Pues es la suerte, hijo,
la suerte de este hombre, que vino al mundo en el signo de _Piscis_,
los Peces, por donde ha resultado que es un pescador formidable. Ya
le tienes hecho un tenientazo general, y no por chiripa, sino ganando
sus grados en acciones de guerra, batiéndose con arrojo y con éxito;
y no es esto solo, pues en aguas muy distintas de la milicia ha
demostrado que es gran pescador. Aquí, donde me ves, soy su víctima,
querido Fernando; víctima de la loca estrella de este hombre, que
no pone mano en cosa alguna que no le colme de ventajas. ¿Quieres
que te lo cuente? Antes de ir a visitarle..., ya me vio al pasar...,
notarías que me saludó muy afable, sonriendo..., pues antes de subir
a su alojamiento, quiero satisfacer tu curiosidad, y al propio tiempo
ofrecerte una saludable enseñanza que espero te sea provechosa... El
año 26 vino Baldomero de América con reputación de valiente soldado, y
le destinaron a Pamplona, donde yo residía entonces. Pronto nos hicimos
amigos. Él y otros jefes militares, con diversos señores y señoritos
de la aristocracia navarra, matábamos el ocio de la tediosa vida de
aquella ciudad en la agradable mansión de un amigo nuestro, segundón de
Ezpeleta, donde teníamos una trinca..., hombres solos...
—Y allí se entretenían en verlas venir... pasatiempo muy de militares
más o menos gloriosos, y de nobles más o menos arruinados.
—Tú lo has dicho. Ya me había prevenido Ezpeleta: «No juegues con ese
_ayacucho_, que ha traído de América, con la pérdida de las colonias,
una racha espantosa para perdernos a los de acá». Pero yo no hice
caso. Dominado por el maldito vicio, una noche nos pusimos a matar el
tiempo... En menos de dos horas y media me ganó cuatrocientas onzas...,
cuatrocientas onzas, querido Fernando, que todavía me están doliendo...
Ya ves qué a pelo viene la moraleja. Hijo mío, no juegues, no te dejes
dominar de ese vicio insano... Ten mucho cuidado con los héroes; que
los afortunados en la guerra no lo son menos en el naipe.