—Adelante. Loco de amor fue usted a París...
—En pleno Directorio, hijo mío. ¡Qué distinto de aquel París del 88,
tan aristocrático, tan tónico y elegante, en medio de los sustos que ya
ocasionaba la revolución incipiente!... Pero, ¡ay!, querido, se me ha
olvidado un detalle, y tengo que volver un poquito atrás.
—Volvamos... Salió usted de Zaragoza...
—Despreciando un partido de segundas nupcias que me arregló mi buen
padre...
—¿Y era hermosa, don Beltrán?
—Agradable, esbelta, mayorazga riquísima, de familia noble, bien
educadita, hacendosa. En fin, una alhaja, querido, incomparable para
una vida de descanso, de opulencia prosaica, con probabilidades de
larga sucesión, y mucha labranza, recreos de campo y caza... Pero yo no
estaba por la prosa. Mi padre quiso sujetarme. Yo me escapé a París,
como digo, y aquí viene la moraleja...
—¿Tan pronto? Según eso, la hermosura ideal que usted perseguía...
—Era un fantasma, y los fantasmas hacen la gracia de no dejarse coger.
A los tres meses de revolver todo París buscándola, pues la vida y
las circunstancias especialísimas de aquella mujer la rodeaban de
misterios, la encontré, sí... En una palabra: la que para mí más que
mujer era una diosa, la que en España me juró amor eterno, se había
casado con un jefe de policía, protegido de Barras.
—¡Demonio! Pues con la policía parisiense no jugaría usted, don
Beltrán, si es que persistió en perseguir a la beldad fantástica.
—Persistí: soy navarro. Cultivando mis antiguas relaciones, y
mariposeando de salón en salón, llegué a ser uno de los predilectos en
el de madame de Beauharnais. Por cierto que... No, no olvidaré la noche
en que vi entrar por primera vez a un joven militar, melenudo y pálido,
de menos que mediana estatura.
—Ya le veo, ya...
—Era un _chico que prometía_. Al poco tiempo, la dueña de la casa, que
era una gran coqueta, para que usted lo sepa, una coqueta saladísima y
temible, atroz, enloqueció al chico de Córcega. Barras no influyó poco
para que se casaran... Pues sigo mi cuento. Conté mi triste historia a
Josefina, y Josefina se la contó a Napoleón. A poco de salir este para
mandar el ejército de Italia, la generala Bonaparte dio en protegerme,
interesándose vivamente en mi causa amorosa. La hermosura fantástica
no tardó en aparecer en los salones de Josefina.
—Y allí...
—Sí; pero ya el espectáculo del libertinaje parisién me había arrancado
toda ilusión. La prodigiosa hermosura se me deshizo en humo..., no sé
cómo expresarlo. La sociedad del Directorio transformó completamente
mis gustos. ¿Quiere usted que lo cuente todo? Pues Josefina me agradaba
extraordinariamente, y acabó por enloquecerme.
—¿Y sé atrevió usted, don Beltrán?
—¿Que si me atreví? A fe que era la niña asustadiza. Créalo usted:
Napoleón era celosísimo, y algunos, no diré muchos, algunos motivos
tenía para ser tan escamón... Y ya no le cuento nada más, porque es
usted un niño, y los malos ejemplos no convienen a las imaginaciones
juveniles, exaltadas. Basta, pues, basta...
—Corriente. Respeto sus escrúpulos. Pero debo decirle que la lección
que ha querido darme no encaja en el caso mío: no hay paridad.
—Eso usted lo verá... Mire, hijo, cuando el destino nos pone al pie
de un árbol de buena sombra, cargado de fruto, y nos dice «siéntate
y come», es locura desobedecerle y lanzarse en busca de esos otros
árboles fantásticos, estériles, que en vez de raíces tienen patas..., y
corren... Yo desobedecí a mi destino, y por aquella desobediencia, no
he tenido paz en mi larga vida. Créalo: donde no hay raíces, no hay
paz. Ea, doblemos la hoja.
—Doblémosla. Un momento, don Beltrán.... ¿Y no volvió usted a ver a
Napoleón?
—Le vi entrar en París victorioso después de Austerlitz. Años después,
cuando la guerra de España, volví allá con mi primo Pepe Villahermosa,
con Lorenzo Pignatelli y otros. Era entonces embajador mi primo Diego
Frías, que hizo entonces la tontería de afrancesarse. _Don José I_ le
mandó allí representando a la España napoleónica... ¡triste papel! Gran
empeño tuvo mi primo en presentarme al _chico de Córcega_ en el apogeo
de su grandeza. ¡Y yo le había conocido ciruelo, es decir, novio de la
viudita Beauharnais!... Me resistí heroicamente a saludar al verdugo de
mi patria.
—¿Y a Josefina?
—Emperatriz, no la vi nunca. Después del divorcio, que, entre
paréntesis, le estuvo muy bien empleado, fui un día a la Malmaison a
ofrecerle mis respetos. Pero no se dignó recibirme. Era muy lagarta.
Murió a los tres meses de mi visita. Fui a su entierro.
Otras anécdotas de su borrascosa vida galante contó don Beltrán a
su amigo, cuidando siempre en sus relatos de poner de relieve lo
que sugiriese alguna enseñanza útil al joven Calpena, y esquivando
los ejemplos de depravación o cinismo. Terminaban casi siempre las
historias con sabios consejos, mandándole que aplicara a su gobierno
ciertas enseñanzas, y que en otras pusiese todo su estudio en no
tomarle por maestro, en hacer todo lo contrario de lo que el biógrafo
de sí mismo había hecho. Así demostraba el señor de Urdaneta el afecto
que con el trato continuo iba tomando a su compañero de viaje, y este,
quedándose a media miel en algunos pasajes interesantísimos de la vida
del prócer libertino, agradecía el móvil honrado de las frecuentes
omisiones históricas.
—No, hijo, no —le decía don Beltrán al segundo día, permitiéndose ya
tutearle—. Yo he hecho locuras, y no quiero que tú las hagas, no. Eres
un chico excelente y muy agudo y entendido. Mereces una vida pacífica
y ordenada, por más que sea oscura, y no una vida de ansiedades y
tropezones como la mía. Placeres sin fin he gustado; pero grandes
amarguras he tenido que tragarme, y heme aquí al fin de la vida,
malquistado con mi descendencia... Esto es muy triste, Fernandito, y no
lo deseo para ti.
Y cuando iban de camino (pues al fin se arrancaron del mesón de
Trespaderne, después de dos y medio días de parada) platicando al paso
de la pacífica mula de don Beltrán, repitió este la parábola del árbol:
—No me cansaré de decírtelo, hijo. El que en su camino encuentra un
árbol de grata sombra, cargado de fruto, es tonto de capirote si no
se planta allí... Si lo desprecias y sigues andando, te expones a
no encontrar más que paisajes fantásticos, efecto de eso que llaman
miraje. Corres, corres..., ¿y qué ves?... Pues un magnífico plantío de
cardos borriqueros.
En Villacomparada hicieron otra paradita, que hubo de ser más larga,
porque el paso por Medina de Pomar era peligrosísimo. Renegaba Calpena
de estos plantones, y a pesar del afecto que iba tomando al viejo, se
proponía dejarle y partir solo, arrostrando con su criado los peligros
de la facción. Mas Urdaneta, con el poder de su razonamiento, ya grave,
ya jocoso, pero siempre sugestivo y cautivador, le aplacaba los fuegos,
reteniéndole junto a sí. La confianza, que rápidamente crecía, le fue
quitando los escrúpulos de descubrir sus interioridades domésticas,
y por fin, una noche, hallándose en la cocina de Villacomparada, se
arrancó a decir:
—Este nieto mío no sale a los Urdanetas, donde no hubo nunca roñicas.
Su madre, que es noble por los Idiáquez, procede, por la línea materna,
de los Rodríguez Almonte de Tarazona, que hicieron un gran capital
con la usura, y dejaron fama por la miseria con que vivían. A estos
sale mi nieto, en quien verás algo de lo que en la opinión corriente
se llama virtud; cualidades buenas en principio, pero que dejan de
serlo practicadas con abuso y aisladamente. Sabrás que mi nieto mostró
desde chiquitín una extraordinaria capacidad para el arreglo: a los
veinte años era un prodigio; a los veinticuatro una calamidad. Si le
dejaran, arreglaría el cielo y la tierra, y pondría cuenta y razón
hasta en los dones de la naturaleza. Figúrate que tiene veintiséis
años, y ya es calvo... Sí, hijo mío: se le cae el pelo de tanto cavilar
haciendo números, y enfilando largas baterías de reales y maravedises.
Su calvicie procede también de la sordidez, de la sequedad del
entendimiento, donde no han entrado más que los números. Su cabeza es
hermosa; su rostro correctísimo, con una expresión glacial. La fantasía
no existe en él. Es una máquina de hacer cuentas: no se tuerce, no
imagina, no sueña, no teme, no desea... Dime: ¿en conciencia crees tú
que el no tener ningún vicio equivale a tener todas las virtudes?
—¡Oh! No, seguramente. Pero no me pida usted opinión sobre un personaje
que no conozco, pues la pintura que usted me hace, con ser muy buena,
es pintura, y entre un retrato y su original hay siempre un abismo.
—Es verdad. No quisiera yo decir nada malo de mi nieto... ¡Oh, no!...
Quisiera decir mucho bueno... Y lo diré, sí; te lo diré, aunque me
violente un poco. Rodrigo administra su hacienda como un matemático.
Rodrigo es religioso, devoto de la Virgen; cumple con la Iglesia; jamás
ha salido de sus labios una blasfemia, ni una palabra malsonante.
Enredos de mujeres nunca los ha tenido... Es la misma castidad. Rodrigo
no ha tomado nunca nada que no sea suyo: sobre su conciencia no pesa
un solo maravedí de propiedad ajena. Rodrigo no dice una mentira ni
que le maten; no trasnocha, ni pierde el tiempo en vanas tertulias de
holgazanes. Rodrigo no fuma; Rodrigo no bebe; Rodrigo no escandaliza...
Con esta pintura, querido, creerás que mi nieto es un santo.
—¡Oh! Nunca. Veo cualidades negativas.. Todo ser humano tiene su
reverso.
—Y el reverso es muy feo... Si te empeñas en que yo desdore mi casa
dándotelo a conocer, lo haré... Rodrigo desconoce la compasión; para
él la caridad es muy semejante a las funciones administrativas, y
se reduce a ir juntando ochavos toda la semana, para repartirlos
metódicamente el sábado a los pobres que llaman a la puerta de la casa.
¿Quieres que me alabe un poco? No me gusta alabarme; pero lo haré para
que me salga el argumento. Si tuviera yo en este instante las rentas
que he perdonado a mis caseros cuando se veían apurados por las malas
cosechas o por otra desgracia, ¡los pobres!, sería hoy el primer
ricachón de España.
—Y su nieto de usted, ¿no ha perdonado nunca?
—¡Perdonar!... ¡Él! Primero se hunde el firmamento. En fin, querido,
permíteme que no diga más. No es decoroso para mí sacar a pública
vergüenza los defectos de personas de la familia. Yo he sido un
disipador, un pródigo, lo reconozco; pero soy el jefe de una casa
ilustre; soy un pobre viejo, un glorioso árbol caído, y merezco, si
no que se me ame, al menos que se me respete. Juana Teresa me odia
porque siempre he sabido ser noble, y ella no, porque los inferiores,
los humildes me llaman a mí don Beltrán _el Grande_, y a ella _doña
Urraca_. Es tan corta de alcances, que no ha enseñado a mi nieto más
que tres cosas: rezar de carretilla, contar dinero y aborrecer a
su abuelo... Dos años llevamos de guerra sorda: el pasado rumboso y
el presente cominero son incompatibles. Entre la madre y el hijo,
rivalizando los dos en crueldad y sordidez, me han reducido a una
estrechez humillante... y lo peor es que ponen a prueba mi dignidad,
obligándome a pedirles lo que necesito. De aquí las cuestiones, el
choque inevitable entre mis apremios y sus negativas..., entre mi
carácter de noble en decadencia y el de ellos, plebe enriquecida... Yo
no puedo menos de ser gran señor... Noble nací, noble moriré... ¿Ver yo
una necesidad y no socorrerla? Imposible. ¿Escatimar yo las recompensas
a quien me sirve? Imposible. Soy así; me glorío de serlo, y creo que mi
piedad es el contrapeso de mis faltas. Me presentaré ante Dios, y le
diré: «Señor, he sido un tal y un cual... pero vea Su Divina Majestad
estas cositas buenas que aquí traigo en mi haber...». Yo, poniéndome en
lo razonable, Fernandito, comprendo que se me tase, que se me sujete a
cierta medida, ahora que soy viejo; pero no tanto, no. Ni paso porque
mi nieto me trate con esa sequedad administrativa que me envenena
la sangre, ni por que trastorne de un modo monstruoso la ley de
naturaleza, tratándome como a un niño mal criado, y erigiéndose él en
viejo autoritario. Esto es absurdo, esto es repugnante, esto clama al
cielo. ¡Yo un niño calavera..., él un viejo regañón!... ¿Has visto...?
Tanto él como _doña Urraca_ se me suben a las barbas, y me riñen con
cierta suavidad más cargante aún que el desabrimiento, con cierta
mónita y caída de ojos propias de mojigatos... Un día se escandaliza
mi nieto porque, no pudiendo desmentir mi natural obsequioso, digo
cuatro chicoleos de buen tono a las muchachas bonitas que van a casa.
Otro día se me remonta _doña Urraca_ porque he ido tarde a misa,
porque me escabullo a la salida de la procesión, o porque digo que
nuestro capellán es un bendito alcornoque... Y luego me atacan los dos
juntos, porque me quejo de la poca variedad de las comidas, o porque
no se me dispone toda la ropa blanca que exige mi costumbre de mudarme
diariamente; porque hablo de París, o porque sostengo que lo más bello
que Dios ha creado es la mujer; porque me río de los que se mortifican
y se dan disciplinazos, y sostengo que Dios no nos ha puesto en el
mundo para que nos destrocemos las carnes, sino para que nos demos la
mejor vida posible y seamos dichosos; porque doy mi ropa en mediano uso
al veterinario, al maestro de escuela, o porque me miro un ratito al
espejo; porque no quiero arrinconar los retratos de algunas hermosas
damas que fueron mis amigas, o por otras mil y mil cosas inocentes,
propias de mi edad, de mi hábito noble, de mi condición generosa...
¿Verdad, querido Fernandito, que soy muy desgraciado en mi vejez, y que
merezco otra familia? ¡Ay..., la entereza me falta!... Me siento decaer
horriblemente; creo que el perder la vista es una forma física de la
pérdida de la dignidad... Que me muera pronto es lo que me conviene.
¿Verdad que debo morirme, para no ser humillado, para no padecer...?
Terminó el pobre anciano sus quejas poseído de viva emoción, que se
manifestaba en cortados suspiros, en la humedad de la nariz y de los
ojos tiernos, la cual llegó a ser tanta, que hubo de acudir a ella con
el pañuelo.