Lo que menos pensaba don Fernando, al entrar en el cuarto que le
dispusieron, era que aquella misma noche y por inesperado conducto
había de conocer algunos hechos que le descifraban el enigma de la
familia de Idiáquez.
—Señor —le dijo Sabas cuando entró a prestarle servicio de ayuda de
cámara—, si no tiene mucho sueño le contaré los chismorreos de la casa
de don Beltrán que me ha estado refiriendo su espolique Tomé, el cual
habla por siete, y se pirra por sacar a relucir las... cosas de sus
amos.
—Cuéntamelo, por Dios, aunque ello sea tan largo que no acabes hasta
mañana, y procura que nada se te olvide de esas hablillas de tu amigo,
sin reparar que sean mentira o verdad.
—Pues sabrá su merced que este vejete salado y su nieto don Rodrigo
están a matar. Don Beltrán ha sido toda su vida un disipador de lo suyo
y de lo ajeno; como que no ha hecho más que divertirse y darse buena
vida en los Parises y otras tierras de vicio. En cambio, su nieto ha
salido tan allegador y de puño tan cerrado, que no hay más que pedir.
Vea su merced trocados los papeles: el viejo pródigo y manirroto, como
un muchacho que está en la edad del gastar; el chico agarrado a la
cuenta y razón, como un viejo que mira por el orden y la hacienda.
Me nacieron los dientes oyendo decir que don Beltrán ha sido y es el
primer calavera del reino, y que se ha pasado la vida en comilonas,
cacerías, recreos y larguezas de príncipe, con mucho aquel de buenas
mozas, y viajes para acá y para allá. El lujo de su casa y los trenes
que tenía daban que hablar, señor. Verdad que otro más generoso y más
galán no le hubo: él se divertía; pero lo pagaba bien. Y a su puerta no
llegó ningún pobre que se fuera desconsolado. Semejante a don Beltrán
en lo dadivoso, aunque menos caballero, fue su hijo don Federico, a
quien llamaban _don Fatrique_ o _don Futraque_; y entre uno y otro
dejaron en los huesos la casa de Urdaneta, tan poderosa antes...,
la cual quedó hecha polvo; y con los restos de ella, y el caudal no
grande, pero limpio, de los Idiáquez, ha podido doña Juana Teresa,
marquesa de Sariñán, esposa del _don Futraque_ y madre del don Rodrigo,
amasar una fortunita, que es la que hogaño quieren hijo y madre
librar de las manos pecadoras de este vejete... Desde la muerte del
don Federico, la señora viuda y el marquesito ataron corto al abuelo.
Este rezongaba; ¿pero qué remedio tenía más que bajar la cabeza? Cada
poco tiempo, gran pelotera en la familia, porque don Beltrán pedía
ocho para sus necesidades y no le daban más que tres. Si corto le ató
la señora, más corto hubo de atarle el nieto al llegar a la edad de
gobierno, y al hacerse cargo de manejar el caudal. Cada día le daban
a don Beltrán menos _de aquí_, y el pobre señor, con el aguijón de sus
vicios rancios, trinaba y se le comían los demonios. Había venido a ser
un niño, el niño de la casa, el señorito juguetón y travieso a quien se
dan los domingos unas pesetillas mal contadas para que se divierta. A
la postre, viendo que no podían hacer carrera de él, y que cuanto más
le daban, más pedía, le privaron de emprender viajes, quitáronle coches
y caballerías, y hasta le tasaron el tabaco... Tan desesperado se vio
el niño anciano, que fue y quiso despeñarse por una gran sima que hay
más allá de Cintruénigo; pero... lo dejó para otro día. Y también se
fue una noche hacia el Ebro para darse un remojón; solo que por estar
el agua muy fría, no se determinó.
Lo demás que refirió Sabas, repitiendo los anales transmitidos por el
cronista de la casa de Idiáquez, Tomé Torres, quedó bien presente en la
memoria de Calpena, que con aquellas noticias se durmió, aplacada la
sed de su curiosidad. Cuando se veía don Beltrán en extremas apreturas,
porque sus proveedores le fiaban y no hallaba medio de pagar, tomaba
dinero a préstamo, pues por artes del demonio su crédito era grande
en aquellos pueblos, y la casa no tenía más remedio que pagar las
deudas contraídas por el gran niño, para evitar desdoro y escándalos,
resultando de aquí mayores disturbios entre los tres, abuelo, nuera y
nieto. Últimamente, al tratarse en familia el magno asunto de la boda
con la mayorazga de Castro, iniciado por doña María Tirgo, don Beltrán
no intervino para nada. Mostrose después algo inclinado a la oposición;
pero su nieto lo estimó como un artificio para obtener dinero, y se
mantuvo en sus trece, dejando al anciano que saliese por donde le
dictasen sus marrullerías. El venir a Laguardia con la familia, no fue
por acompañarla en las vistas precursoras de matrimonio, ni por gusto
de visitar a las niñas y a sus tíos, con quienes tuvo siempre amistad.
Era que el noble Urdaneta, cuando los de Cintruénigo le sitiaban por
hambre, arrancábase como los lobos en tiempo de nieve. Del primer tirón
se iba a Villarcayo a que le sacase de apuros su hija Valvanera, esposa
de un ricachón: allí pasar solía grandes temporadas explotando a su
yerno, hasta que este y la hija se cansaban, y con buenos modales le
reexpedían para Ciutruénigo.
Con su servidumbre salieron los tres de la casa señorial y tomaron el
camino de Laguardia. Don Beltrán se había procurado algún dinero, no
se sabe cómo, y llevaba su tren de costumbre: mula bien aparejada, los
criados con las maletas, y cuanto pudiera necesitar un gran señor que
viaja por recreo. En Laguardia hicieron alto los marqueses de Sariñán
y el señor de Urdaneta, con el objeto que ya se sabe. Alojados en la
rectoral, no faltaron querellas entre el abuelo y el nieto por la
eterna cuestión de ochavos; mas todo quedó en la familia, sin que
Navarridas se enterara. Instaba este a don Beltrán a que se quedase por
lo menos una semana; pero el prócer, pretextando negocios apremiantes
y el deseo ardiente de abrazar a su hija y nietos de otra banda, dejó
los ocios de Laguardia al día y medio de reposo. Cabalgando a los
alcances de Calpena por los mismos caminos, reuniéronse en la venta
de Trespaderne, donde ocurrió lo que referido queda hasta la noche
en que mudaron de cuarto a Fernando para evitarle la desazón de los
ronquidos. Durmió tranquilamente el joven, sin que turbase su sueño el
sonambulismo de la moza bonita, como anunciado le había don Beltrán, y
por la mañana, cuando Sabas le ayudaba a vestirse, entró Tomé Torres
a decirle de parte de su señor que le esperaba para tomar juntos el
desayuno.
—¿Y para cuándo —dijo Calpena a su noble amigo, sentados frente a
frente en la cocina, tomando chocolate—, para cuándo calcula usted que
se verificará la boda?
—¿Qué boda?
—La de su nieto con Demetria. Supongo que de las vistas saldrá la
conformidad de ambos...
—O no... ¿Usted qué sabe? Podría suceder que el trato determinara una
repulsión, un antagonismo de caracteres... Perdóneme, querido Calpena;
pero no puedo ser más explícito. El respeto que debo a la familia
me veda extenderme más en asunto tan delicado... Y si usted no se
ofendiera, le diría que nuestra amistad es muy reciente para que pueda
yo ponerle en autos de mis desavenencias con Rodrigo. Mi nieto y yo no
congeniamos. Su carácter es radicalmente opuesto al mío... En cuanto a
la boda, no pienso intervenir para nada en ella. Allá se entiendan.
—¿Acaso teme usted que don Rodrigo no sea feliz?
—Quizás... y puesto a temer, no estoy muy seguro de que Demetria
alcance la felicidad al lado de mi virtuoso nieto.
—¡Oh! Eso es imposible.
—O es usted un inocente, querido Fernando, o se pasa de listo y
pretende de mí que le diga lo que sabe mejor que yo.
—Don Beltrán, ignoro por qué me habla usted de ese modo.
—¿Quiere las cosas claras? Pues allá van las cosas claras. Me
equivocaré mucho si no resultara el completo fracaso de los planes de
doña María Tirgo. Soy perro viejo; conozco el mundo, y el corazón de
las niñas casaderas no tiene para mí ningún secreto. El fracaso puede
venir, o porque Demetria no guste de mi nieto, o porque esté enamorada
de otra persona.
—¡Oh, no creo...!
—Pues si es usted simple, yo no, a Dios gracias, y ahora sí que lo
afirmo resueltamente. Demetria no puede elegir ya. Su corazón pertenece
a otro.
—¡Don Beltrán...!
—¡Don Fernando! Advierta usted que habla con setenta y ocho años de
experiencia, de observación y conocimiento de las humanas pasiones. Me
basta una palabra, un gesto; me basta el tono, el acento de una frase,
para comprender lo que pasa en el ánimo de quien la pronuncia... He
pasado un día en la casa de Castro. Allí me contaron sucesos, escenas,
lances, aventuras... Las he oído de boca de Navarridas, que las reviste
de su candor. Las he oído de boca de las niñas, que en ellas ponían
su alma. No he necesitado más. Salí de Laguardia con la impresión de
que Demetria espiritualmente no se pertenece. La pobre niña, sin darse
cuenta de ello quizás, ha entregado sus pensamientos y su alma toda
a un hombre que no es mi nieto... Ea, no digo más: es usted un gran
tuno, si persiste en que yo le regale el oído con mis cuentos de viejo
corrido. También usted corre que se las pela. A su edad, sabía yo lo
mismo que sé ahora o poco menos... Y punto final. Hablemos de otra cosa.
—Hablemos de lo que usted quiera.
Trataron en seguida de la continuación del viaje. Calpena mostró gran
impaciencia. Don Beltrán no tenía prisa. Su opinión era que esperaran
tres días más, para ir más seguros. Como don Fernando manifestase el
propósito de seguir solo, le dijo quejumbroso:
—Lo siento en el alma, porque me inspira usted una gran simpatía. ¡Y yo
que iba a proponerle que se pasara unos días en Villarcayo! Verá usted
qué agradable familia la de Maltrana. Tengo dos nietas lindísimas.
—No puedo, señor don Beltrán, no puedo detenerme. Créame que lo siento.
—Sí, sí, ya recuerdo: me contó Navarridas que tiene usted su novia
en Bermeo, o no sé dónde..., que es un compromiso antiguo, un afecto
hondo, un lazo indisoluble. ¿Qué es ello? Alguna pasión de estas
que nos ha traído el romanticismo. Cuéntemelo usted todo. Siento
que mis años, y más que mis años, esta ceguera maldita, me impidan
acompañarle..., asistirle como amigo, ver y admirar a su amada, que me
figuro será muy bella.
—Todo cuanto usted imagine, señor don Beltrán, será pálido ante la
realidad de esa hermosura pasmosa.
—Mire usted que yo he visto mucho... Por delante de estos ojos,
que ahora se empeñan en borrarme los objetos, han pasado bellezas
verdaderamente soberanas, bellezas celestiales..., sublimes.
—Con todo, si usted viera esta, declararía que antes no había visto
nada.
—Hombre, es mucho decir... Me pica usted la curiosidad de un modo
terrible.
Y al expresar esto, el rostro de don Beltrán se rejuvenecía: se le
encandilaban los ojos, medio ciegos ya, y se le aguaban los labios.
—Lo que sí estimaré en grado sumo, recibiendo en ello la mejor prueba
de su amistad, es que no nos separemos hasta Villarcayo.
—Si no se detiene usted mucho en el camino, para mí será gran
satisfacción.
—Gracias... Y yo le compensaré a usted su esclavitud refiriéndole los
motivos de mis discordias con Rodrigo de Urdaneta; seré más explícito
en mis apreciaciones acerca del probable fracaso de las vistas de
Laguardia; aventuraré algún consejo para que se aproveche de ese
fracaso quien debe aprovecharse..., ya usted me entiende... En fin, ¿se
aviene usted a que vayamos juntos?
—Sí, señor; pero no accedo a permanecer en Villarcayo más que horas.
—Bueno..., ya se verá eso... Hoy pasaremos aquí el día tranquilamente,
charlando de nuestras cosas. Pero, voto a Sanes, no sea usted tan
callado, ni me reserve sus afectos, sus planes, sus pasiones con tan
extremada discreción. La juventud se ha vuelto ahora más taciturna y
sombría que la vejez. Volvamos a los tiempos clásicos, amigo Calpena,
y pongamos todos los misterios del alma encima de una mesa y entre dos
copas de buen vino.
Propuso Calpena dar un paseo; pero como el cariz del tiempo anunciaba
lluvia, quedáronse, después de una corta salida, al amor del fogón, en
la cocina hospitalaria, acompañados de gatos y perros, viendo a Sabina
y Gervasia mover cacharros y atizar la leña crujiente.
—Amigo mío —dijo don Beltrán, refrescando memorias de su mocedad
borrascosa—, mi experiencia cree prestar a su juventud un gran
servicio, enseñándole con mi ejemplo a poner frenos a la imaginación,
a no abandonar lo cierto por correr tras lo dudoso. ¿No me entiende?
Pues oiga un poquito de historia personal mía, que se relaciona con
la historia del mundo. El año 795 me fui a París en persecución de
una hermosura sorprendente, de esas que parecen hechas por Dios para
trastornar a la humanidad, para quitarnos el poquito seso que nos queda
después de las revoluciones y degollinas que armamos por las ideas, por
el pan o por el poder...
—Dispénseme, don Beltrán. Ha dicho usted el 95. Me había contado
Navarridas que estuvo usted en París de secretario de la embajada el
89, y que presenció parte de la revolución francesa.
—Es verdad. Lo tomaré desde más arriba. Yo me casé el 87 con una
ilustre dama, sobrina del duque de Granada de Ega; enviudé el 88,
al mes de haber nacido mi único hijo Federico; deseando aventar mis
penas, pedí a Aranda que me destinase a una embajada y, en efecto,
fui nombrado segundo secretario de la de París. Todos los sucesos de
la revolución, desde los Estados Generales hasta junio del 91, en que
el rey fugitivo con su familia fue detenido en Varennes y llevado
prisionero a París, los presencié. Retirose la embajada, y casi todo
el personal volvió a España, y en España y en mis estados permanecí yo
hasta el 95... Como no es mi objeto contarle a usted aquel incendio
terrible, la Revolución, voy a mi cuento, y lo sigo repitiendo que el
95 me fui a París en persecución de una hermosura sobrehumana, a quien
conocí en Zaragoza en casa de mis primos los condes de Bureta.