IX

—¡Que si conozco al señor Negretti!... ¡Si era yo el obrero que más

quería don Ildefonso, y a don Ildefonso le quería yo como a mi padre,

por más que seamos los dos de la misma edad, año más, año menos! Y no

se hallará otro, lo digo yo, que mejor entienda de todas las mecánicas

del mundo, así como no le hay de tanta conciencia para el trabajo,

pues a cuanto sale de sus manos o de las manos que obedecen su idea, no

hay que ponerle pero... Es lo que el señor dice: tal hombre no cuadra

en el servicio de aquella gente y de aquel gobierno tan eclesiástico.

Tanto a él, como a todos los demás que no éramos de Guipúzcoa, nos

traían entre ojos, y como por la influencia del _sacerdocio_, que

allí siempre está de centinela, había entre nosotros tantos soplones

y cuenteros, pronto empezaron a decir si don Ildefonso era masón

_volterano_, que si no confesaba, que si tal... Hasta que un día, allá

por julio, hallándonos en Durango, los mequetrefes de la Comisión

que son los registradores de cartas, todos ellos muy aclerigados,

legos de convento, mandaderos de monjas y _viceversa_, salieron con

la gaita de que don Ildefonso se carteaba con ese ministro de Madrid

que les ha limpiado a los frailes el santo pesebre... Justo, el señor

Mendizábal. Resultado: que al maestro le llevaron preso a Tolosa,

por delito que llaman de _ilesa majestad_. Salió a su defensa el

infante don Sebastián, diciendo al rey que cerraba la maestranza si le

quitaban al hombre que más valía en ella y que mejor hacía las cosas.

Resultado: que le soltaron; pero no le dejaban vivir, y a donde quiera

que iba le seguían dos o tres _iscariotes_, y el hombre andaba tan

aburrido que hasta perdió las ganas de comer. Por aquellos días nos

pusieron un comandante nuevo de director de talleres. Era una acémila

muy aclerigada, que no entendía jota de nuestro oficio. Había sido

seminarista, ordenado de menores; después sirvió en las guerrillas de

Guergué, y en la corte tuvo padrinos de la camarilla frailuna que le

hicieron capitán de golpe y porrazo; y como el rey es así, que no ve

más que por los ojos de cuatro cebones que están siempre gruñendo a su

lado, aún pensaba que andaba corto en su carrera el tal Gorostia, en

lengua de ellos _acebo_, y hágote comandante de ingenieros. Pues una

mañana estábamos trabajando como locos para terminar unas granadas,

cuando el tal comandante le dijo al maestro que aquello estaba mal:

trabáronse de palabras, y don Ildefonso, que es hombre de malas pulgas,

de mucho pundonor, y tiene las manos de hierro, de tanto andar con él,

le arreó una bofetada tan tremenda que le puso patas arriba, echando

espumarajos por la boca. No le quiero decir a vuecencia la que se armó.

Resultado: que a don Ildefonso le metieron preso otra vez, y venga

consejo de guerra, y vengan papeles... El hombre, cargado, dijo que se

marchaba, y que la culpa tenía él por haberse metido al servicio de

cosa tan desatinada como es la facción...

»Pues hay más, señor. Luego empezaron a buscarnos camorra a mí y a

otros dos castellanos. Que si éramos de la cáscara amarga, masones o

perdularios ateos. Yo no hacía caso, y seguía en mi trabajo. Pero un

día me acusó un chico de Éibar de que yo había dicho no sé qué cosa de

la Virgen..., de esas expresiones que uno suelta sin pensar, cuando no

le sale bien un trabajo, o cuando a uno le salta una brasa a la cara

y le quema..., pues de esas cosas que se dicen: total, nada. ¿Pero,

Señor, yo, buen cristiano siempre, cómo había de hablar mal de la

Virgen? Y aunque algo dijera, es un suponer, no por eso deja uno de ser

apostólico romano, al igual de ellos. Siempre he sido devoto de Nuestra

Señora. Aquí, colgada de mi pecho, llevo, mírela usía, la medalla de la

Pilarica, que me puso mi madre... Pues nada, que allí salió el capataz,

uno de Lezo, que le llaman Choriya, de esos que se comen los santos,

y amenazándome con un martillo dijo que yo merecía que me atravesaran

la lengua con un clavo ardiendo, por haber hablado de _peinetas_

nombrando a la Virgen; y yo le respondí que las _peinetas_ eran para

él, y tres más. Resultado: que me castigaron, y vino un capellán a

echarme predicaciones, y lo mandé también a donde me pareció. Por esto,

y porque a uno no le pagaban, resolví marcharme, y una noche me escapé

con otros dos mozos, que también son de acá. No más, no más facción.

Buen chasco nos habíamos llevado, pues creímos que allá ganaríamos un

jornal lucido, por ser aquello reino _pretendiente_; pero nos salió la

cuenta fallida, porque allí no hay más que miseria, malos tratos, y

desconfianza de todo el que ha mamado leche castellana, como yo, que

en tierra de Burgos, donde mismamente estampó sus patas el caballo

de Santiago, vine al mundo. Resultado: que hemos vuelto acá sin un

maravedí, ladrando de hambre, y ahora nos vemos en nuestra tierra mal

mirados por haber servido a ese pavo acuático, que antes cegará que

verse rey de las Españas.

»A eso voy, sí, señor... Ya, ya entiendo que lo que le interesa conocer

es todo lo que yo sepa al tenor de la familia del señor Negretti. Voy

a eso: bebamos otro poco, que esto da la vida. Una de las razones por

que deseaba volverme a mi terreno, era el no ver tasado el vino, que

allí se lo daban a uno por medida, y harto de agua, mientras que aquí

lo bebemos de lo mejor sin pensar en que tiene fin... Pues voy a lo de

la familia. Una sola vez vi a doña Prudencia y a la sobrina. ¡Carachis,

qué guapa es; vaya un golpe de ojos! Oí decir que en Madrid un señor

príncipe estuvo loco de amores por ella, y que los padres de él, por

quitarle de que se casara, le encerraron en una torre, donde se arrancó

la vida; que a ella, para que se le pasara la ilusión de su príncipe,

la trajeron acá, y qué sé yo qué más historias... ¡Ah!, ya me acuerdo:

que la niña, a quien llaman doña Laura o cosa así, es rica, pues su

padre le dejó mucha pedrería fina de diamantes y topacios amarillos;

pero que tenía más _opulencia_ el príncipe su novio, el cual solo

en tierras había de heredar media España y una porción de islas de

mar adentro. No sé, señor: cosas que dicen los criados, y que serán

mentira, pienso yo... Vi a la tía y sobrina en Elorrio; luego se fueron

a Bermeo, y ya no sé más sino que don Ildefonso iba allá los sábados

para volverse los lunes. De su paradero hoy, no puedo decirle sino que

cuando se retiró del servicio de la facción se fue a Bilbao, donde

vive la familia de Prudencia. No he vuelto a ver al señor Negretti, ni

he tenido de él más noticias que lo que decía este o el otro de mis

compañeros, hablar por hablar...

—Haga usted memoria, señor Gay —dijo Fernando gozoso por lo que sabía,

ansiando saber más—, y cuénteme todo lo que oyó, sin omitir nada, ni

aun lo que charlaban sus compañeros sin conocimiento de causa, por

presunciones o conjeturas.

—Ahora voy... Antes diré a usía una cosa que se me había olvidado. Por

dos veces me preguntó el señor Negretti si yo conocía algún chico de

confianza para mandarlo de propio, con carta de interés, a Laguardia,

y yo le contesté que a ninguno conocía, como era la verdad. Digo esto,

porque como el señor viene de Laguardia, y según parece ha estado allí

tres meses largos, calculo yo si aquello que me preguntó el maestro

tendría que ver con la persona de vuecencia.

—Indudablemente, el mensaje, carta, o recado era para mí; pero si al

fin lo despachó Negretti, no llegó a Laguardia.

—No puedo asegurar a usía que don Ildefonso llegara a mandar el

propio; pero se me antoja que sí, porque había en Durango un tuerto

recadista que iba por los pueblos con un niño Jesús pidiendo para el

santuario de Iciar, y en aquellos días le vimos vestido con la ropa

vieja de Negretti, y nos dijo que iba a dar la vuelta de Álava con su

santirulico; después no le vimos más.

—Tampoco pareció por allá ese mensajero. Siga, siga, que aún le queda

mucho en la memoria.

—Sigo. Pues en Durango dijeron que doña Prudencia se veía y se deseaba

para resguardar a la niña de tantísimo pretendiente como la acosaba,

por el aquel de su hermosura... ¡Carape, qué boca de cielo, qué gancho!

Un capitán de barco la vio, y quedó enamorado. Dos más de Bermeo, y un

coronel carlista, la pidieron para esposa; pero ella diz que a ninguno

hacía caso, motivado a que no podía echar de su pensamiento al príncipe

difunto. De esto hablábamos los amigos de don Ildefonso, y uno de

nuestra pandilla llamado _Bachi guzur_ (_Bautista el embustero_), chico

de mucha idea, a quien da el naipe por inventar cosas, nos decía: «Yo

me pienso que el príncipe no se ha muerto, y que a ella le han dicho

la mentira de la defunción para desenamorarla, porque así conviene a

la familia; y apostaría yo a que el serenísimo galán anda de la ceca a

la meca disfrazado, buscándola al modo de lo que pasa en las historias

inventadas, que a mí me parecen verdad; y creo que nada de lo que rezan

los libros es mentira, o que las mentiras son verdades que se miran por

el revés». Nada, señor: con estas habladurías nos entreteníamos a la

salida del trabajo, y uno decía peras, otro decía higos, y pasábamos

el rato... En fin, señor, creo haber declarado a vuecencia todo lo que

sé. Si algo más me viene a la memoria, se lo diré esta tarde, en el

presupuesto de que no se vaya hasta la noche o hasta mañana.

—Quisiera partir ahora mismo..., yo soy así... ¿Cree usted que

encontraré en Bilbao al señor Negretti?

—Seguro... Y si él no está, estará la familia, de contado. No tiene

usía más que preguntar en Bilbao por la casa de los Arratias. Cualquier

chico de las calles le dará razón. Es allí por la Ribera. No tiene

pérdida.

—¿Y esos Arratias son...?

—Hermanos de doña Prudencia. Tienen barcos que andan en la mar.

—Vamos, son armadores.

—Y comerciantes, que traen del Norte duelas, bacalao y toneles de una

bebida que llaman _cerveza_, más amarga que los demonios; y arman

también barcos chicos para _la pesquería del escabeche_... Si no

estuvieran allí don Ildefonso y su esposa y sobrina, los Arratias le

darán razón cierta de dónde moran.

Consultado Gay acerca del camino más corto y más seguro para ir de

Leciñana a la capital de Vizcaya, manifestó que aunque lo más derecho

era tomar la vuelta de Orduña, no le aconsejaba tal camino, por estar

toda aquella parte plagada de facciosos.

—Tú ya sabes —dijo a su compadre—. Te vas derechito por esta orilla

del Ebro, hasta Trespaderne, y allí tiras para arriba, a esta mano.

¿Sabes la Sierra del Gato? Pues la vas faldeando. Pasas por Cebolleros,

Villacomparada y Villamezán, y ya estás en tierra de Mena. De allí

a Valmaseda es como andar por una calle. Total, que puedes llevar a

vuecencia en cuatro días, con descanso.

No paraba mientes en ningún peligro don Fernando, que sin oír otra voz

que la de su esforzado corazón, ansiaba lanzarse hacia el cumplimiento

y remate de la empresa, por tan desgraciados accidentes entorpecida.

Su espíritu de nuevo se inflamaba en la querencia de los actos

maravillosos, en todo aquello que rompiese los moldes de lo común. ¡A

Bilbao por Aura! Tal era su divisa, y ya se le hacían lentas las horas,

pausados los minutos que tardara en realizar algún descomunal esfuerzo

por la idea y fines que tal emblema expresaba.

Ocurría esto un miércoles. El jueves por la noche entraban en

Trespaderne, a punto que salía un destacamento de fuerzas cristinas,

y no tardaron en informarse de que una partida que había bajado del

puerto de los Tornos, y otra que anduvo por Peña Complacera, se

juntaban en San Pelayo, punto muy principal del valle de Mena, para

recorrer aquellos pueblos y llevarse cuanto encontraran. A todos

los trajinantes que iban en tal derrotero encarecía el alcalde de

Trespaderne la conveniencia de que se detuvieran dos o tres días hasta

que la situación se despejase. Insistía Calpena en continuar al

siguiente día su camino; pero tales razones le dio Sabas, apoyado muy

cuerdamente por el alcalde, hombre tosco y de buen sentido, que hubo de

resignarse, pataleando, a una corta espera, que aseguró no pasaría de

veinticuatro horas. La realidad, no obstante, impuso mayor detención,

y hacer acopio de paciencia. El mesón o parador en que se habían

instalado era de lo peor del género, similar de las famosas ventas

manchegas: la única estancia que ofrecía relativa comodidad ocupábala

Calpena; y no sabiendo este qué hacer en el largo aburrimiento y

plantón fastidioso, pidió tintero y pluma, pues desde que salió de

Laguardia le había entrado una viva comezón de escribir. ¿A quién? A

los tres puntos cardinales de su afecto: al norte, Negretti y Aura,

los amigos de Laguardia al este, al sur los de Madrid. La náutica rosa

de aquel corazón no tenía occidente... Como la querencia del sur había

tomado en él extraordinaria viveza, por el camino redactó mentalmente

multitud de cartas dirigidas a la misteriosa deidad que le protegía,

haciéndole suyo en el presente y en el porvenir. En posesión ya de

los avíos de escribir, se dijo, preparándose de papel: «Lo primero a

_ella_...». Pero con toda su aplicación, no pudo pasar de la primera

línea: «Mi señora desconocida...», fórmula que varió hasta lo infinito,

sin encontrar la más apropiada. «Señora incógnita, mi muy amada

protectora...». Y luego de encontrada la fórmula, ¿qué le diría? En

estas perplejidades, mirando al papel, mordiendo las barbas de la

pluma, encontrole Sabas, que subió a decirle presuroso:

—Ahí está ese señor... Oiga las voces que da, y el ruido que arman sus

criados y caballerías. Es el viejo Urdaneta, don Beltrán de Urdaneta,

¿sabe, señor?, el abuelo del don Rodrigo que esperaban en Laguardia con

toda su familia... Verá qué viejo más salado. Va también hacia Mena,

donde está su hija, casada con el mayorazgo de Maltrana.

X

—¡Al demonio tú y don Beltrán! Me has asustado. Creí que se trataba de

otra persona. ¡Si yo no conozco a ese viejo, ni le he visto en mi vida!

—Pues ahora tendrá por fuerza que verle y que tratarle, porque es

parroquiano antiquísimo de este mesón, y en él para desde el siglo

pasado, siempre que va y viene. Como el único cuarto decente es este,

él tiene costumbre de ocuparlo: el mesonero le ha dicho que se acomode

aquí con el señor, que también es persona de la grandeza de España.

—No quiero —dijo Calpena, a quien molestaba en aquella ocasión hacer

conocimientos—. Me iré a un pajar, y que venga ese don Beltrán o don

Cuerno a ocupar su aposento.

Y cuando se levantaba, decidido a escabullirse antes que el nuevo

huésped llegara, ábrese la desvencijada puerta y penetra un simpático y

noble anciano, de buena estatura, algo rendido al peso de la edad, de

afable rostro y modales finísimos, revelando en todo el alto nacimiento

y el refinado trato social.

—Perdone usted, señor mío, esta invasión de su aposento. La edad nos

da privilegios bien tristes. No quiero, no, desalojarle..., no faltaba

más. Me atrevo a proponerle que, pues en nuestro _hotel_ no hay más que

una estancia, la compartamos los dos como buenos amigos. Ni usted me

estorba, ni yo he de estorbarle; y sabiendo ya con quién he de vivir

veinticuatro horas, solo añado que es para mí gran satisfacción la

compañía de persona tan principal.

Correspondiendo Fernando a la cortesanía del insinuante viejo, propuso

retirarse dejándole toda la pieza, para mayor comodidad y desahogo; a

lo que contestó don Beltrán que por ningún caso lo aceptaría.

—Respondo de que, a poco que nos tratemos, mi compañía no ha de serle

a usted desagradable, pues a mí, que hoy le veo por primera vez, me

encanta ya la suya.

A un movimiento de sorpresa interrogativa del joven, dio respuesta con

estas palabras:

—No nos conocemos y nos conocemos, señor de Calpena, porque ha de

saber usted que vengo de Laguardia, donde he dejado a mi nuera y a mi

nieto, y en las veinticuatro horas que allí me detuve, no han cesado

aquellas buenas personas de hablarme de usted. El cura Navarridas y las

niñas de Castro estiman a su huésped en todo lo que vale. Ya sé, ya

sabemos todo..., por qué serie de accidentes fue usted a parar allí,

el servicio que prestó a las niñas, su conducta valerosa, gallarda...

Y como al propio tiempo sé que don José María le habló a usted de mí,

démonos por recíprocamente presentados, y tengámonos por amigos de

larga fecha..., digo, larga no, porque es usted casi un niño.

Decía esto, tomando asiento, después de despojarse de su abrigo de

viaje. Sin dar tiempo a que Fernando le expresara su agrado por tantas

amabilidades, le dijo, reparando en el papel y tintero:

—Si estaba usted escribiendo, puede seguir. Tome la silla, y pues no

hay otra, yo me pasearé en el domicilio común mientras usted escribe.

—No, señor: solo por matar mi aburrimiento pensé escribir..., pero

ahora que tengo compañía tan grata, quédese para mañana la escritura...

—Pues si usted no escribe, le propongo que nos vayamos a la cocina,

donde tenemos un buen fuego, y estaremos muy bien. Siempre que paro

aquí, me paso las horas junto al hogar, en compañía de estas gentes

sencillas y honradas, y de los gatos y perros. Ya me conocen hasta los

animales.

—También a mí me gusta engañar las horas en las cocinas de los pueblos,

mirando las llamas del fogón, sintiendo el hervir de los pucheros, y

echando un párrafo con los aldeanos. Vamos, vamos, señor don Beltrán.

—Deme usted el brazo, joven, que no me hace gracia, a mis años, tomar

medida a estas desvencijadas escaleras. ¡Qué recuerdos tiene para mí

esta casa! No le exagero a usted si le digo que he parado en ella

unas sesenta veces. La primera, no hace nada de tiempo... el año

780, yendo con mi padre a una cacería, invitados por mi pariente el

condestable, el padre de Bernardino Frías, a quien usted conocerá; la

segunda, cuando llevamos a mi hermana a profesar en las franciscanas

de Medina de Pomar; la tercera..., ni me acuerdo ya. Por aquí pasé

para llevar a mi hija Valvanera a sus bodas con Maltrana, y a casa de

mi hija voy también ahora. La fecha de aquel casamiento es de las que

no se olvidan. En este parador, cuando íbamos a Villarcayo, nos dieron

la noticia de la batalla de Bailén... En fin, pasé también el 28,

huyendo de las bandas apostólicas, y había pasado el 23, por evitar un

encuentro con las tropas de Angulema. Íbamos hacia la frontera Osuna y

yo, el duque viejo (padre de estos chicos), Pedro Alcántara y Mariano,

y tuvimos que dar un largo rodeo para tomar un barco que salía de

Santoña, y nos llevó a La Rochelle... En fin, mi vida es muy larga, y

en ella no faltan peripecias.

Tomaron posesión del mejor banco de la cocina, junto a la mesa de

castaño, y don Beltrán anunció alegremente que había mandado asar un

cordero y preparar ajilimójilis.

—Esta llaneza —dijo gozoso— me encanta; estas comidas elementales y

primitivas son mi delicia. O esto, o los refinamientos de la cocina

parisiense. Y en cuanto a la sociedad, o la más alta, o la de estos

infelices, reforzada por los gatos y perros, que ya tiene usted aquí,

buscando mis halagos.

En efecto: uno de los dos michos de la casa, se le había subido en el

brazo, y el otro se rascaba contra sus piernas. Dos magníficos lebreles

le hacían la guardia a un lado y otro de la silla.

—A mí, señor don Fernando —continuó—, no me dé usted términos medios.

O los palacios resplandecientes de lujo, o esta humilde cocina. Y en

cuestión de bello sexo, que siempre fue una de mis más caras aficiones,

o las damas encopetadas, o estas gallardas bestias campesinas... Que

nos traigan vino blanco, que aquí lo hay superior. Chica, llévate

esto, y dile a Ginés que si no tiene vino blanco, que mande por él

inmediatamente a casa de Sopelana.

—Lo hay, señor marqués —dijo la moza—, y ahora mesmito se lo traigo.

—Pues date prisa, que aunque no me atiendas a mí por viejo... (¿Tú

sabes lo que dijo Carlos V..., no este Carlos V, sino el otro?...

Luego te lo diré...). Pues si a mí no me atiendes, porque soy un pobre

vejestorio inservible, no harás lo mismo con este caballero tan guapo.

—A fe mía que lleva usted bien sus años, señor don Beltrán —dijo

Calpena—. Conserva usted su agilidad, su buen humor, con las prendas

todas del caballero de raza.

—¡Oh! no, amigo mío: ya estoy muy acabado; ya no soy ni sombra de lo

que fui. Verdad que no me falta la cabeza, y discurro como en mis

mejores tiempos; pero la vista se me va. Hay días en que no veo tres

sobre un burro, y si sigo así, pronto quedaré ciego. Esto me aflige,

porque me he propuesto llegar a los noventa. Respecto de mi edad, habrá

usted oído mil leyendas. Hay quien cree que he cumplido el siglo, y

que me rebajo... Patraña: hace lo menos diez años que renuncié a ese

inocente coquetismo.

—No representa usted —dijo Calpena queriendo halagarle— arriba de

setenta..., setenta y dos todo lo más.

—¡Ay, qué lisonjero y qué _bon enfant_! No, hijo..., aumente usted un

poquito, y llegue hasta los setenta y ocho. Sí señor: yo vine al mundo

en la noble ciudad de Olite, en 1758. Eche usted una mirada a todo lo

que comprende el espacio entre esa fecha y este pícaro 36. Sí señor, en

1758: le llevo once años a Napoleón y a Wellington, que nacieron el 69;

Mozart era más viejo que yo en dos años, y Schiller un año más joven.

Goya, mi amigo, el pintor celebérrimo, me llevaba doce años, y yo le

llevo nueve a don Manuel Godoy. Como Napoleón, otras celebridades que

ya se han muerto, Beethoven, Moratín, Talma, eran mucho más jóvenes que

yo...

—¡Qué prodigiosa memoria!

—No diga usted memoria; diga usted años. Cuando uno va de capa caída,

se entretiene en ajustar estas tristes cuentas, en comparar vejeces...

Consolemos, yo mis cansados años, usted los suyos verdes, con este

vinito blanco... ¡Ah, señor de Calpena!, habrá usted pasado en la casa

de Castro una temporada agradabilísima...

Ponderó Fernando con frase entusiasta las excelencias de la vida en

aquella señoril y opulenta mansión, y al panegírico que hizo de sus

habitantes, asentía don Beltrán entornando los ojos y paladeando el

vino.

—Sí, sí..., las niñas son dos ángeles, Demetria un prodigio, Navarridas

un santo, tan cariñoso, tan servicial..., aunque a veces el exceso de

su amabilidad resulta un poquitín enfadoso, ¿verdad? Y en cuanto a doña

María Tirgo, que es otra santa, otro prodigio, otro ángel, no dudo que

le habrá mareado a usted más de la cuenta, hablándole de linajes, su

ciencia y su manía.

—Algo me hizo ver la señora de sus conocimientos genealógicos: por

ella estoy bien enterado de la nobleza de los Urdanetas e Idiáquez.

De los entronques con las primeras casas de Aragón y Navarra resulta

que llevan ustedes sangre de mil y mil varones insignes, y de santos

gloriosos.

—Sí, sí: no falta parentela ilustre por los cuatro costados —dijo

gravemente don Beltrán, con cierto desdén de buen tono hacia las

humanas grandezas—. También nos vanagloriamos de que muchos de nuestra

sangre estén en los altares... Y esta vena de la santidad no creo yo

que se haya extinguido en mi familia.

—También supe por doña María y su hermano —prosiguió Calpena— el

proyecto de enlazar familia tan ilustre con la también noble y poderosa

de Castro-Amézaga, casando a su nieto de usted, el señor don Rodrigo,

con ese espejo de las doncellas, Demetria, de quien solo con nombrarla

creo hacer el más cumplido elogio.

—Oh, sí: la niña es una monada, y da gusto verla jugando a la

administración.

—Pues, por lo que me han dicho, para encontrar quien en virtudes y

mérito pueda igualar a tal niña, han tenido que pedir un esposo a la

casa de Idiáquez.

—Sí, sí... —murmuró con Beltrán indiferente, pensativo, dejando correr

su mente por espacios distantes.

—Y solo en ella se ha encontrado un varón digno de tal hembra.

—Sí, sí...

—No puede usted figurarse los encarecimientos que de su señor nieto de

usted, don Rodrigo, me han hecho los hermanos Navarridas.

—Sí, sí... La fama no hay quien se la quite... Posee cualidades,

indudablemente, grandes cualidades... ¿Qué duda tiene?... Juicioso,

grave, reposado... cumplidor de todos los preceptos...

Grande fue la sorpresa de Calpena ante la frialdad de don Beltrán en

aquel asunto, pues esperaba todo lo contrario: que al noble anciano

se le caería la baba en demostración de su orgullo por ser dos veces

padre del prodigioso marqués de Sariñán. Notó además en el buen

señor contrariedad o disgusto, deseo de hablar de otra cosa. Su cara

inteligente habíase alargado; parecía más viejo, por la desaparición de

la sonrisa que le rejuvenecía. Dos suspiros hondos salieron de su pecho.

Sentíase Calpena devorado de abrasadora curiosidad, y anhelando

satisfacerla, se dijo: «Aquí hay algún secreto, quizás discordias de

familia. ¿Qué será? He de tirarle de la lengua a este vejete para

poner a prueba su discreción». Pensando así, no cesaba de observar a

Urdaneta, que en aquel instante hablaba paternalmente con un pobre

aldeano. No había visto nunca Fernando rostro tan expresivo, de tanta

movilidad y viveza, máscara de consumado histrión que _interpreta_ las

agudezas y marrullerías así como las benevolencias seniles. De todo

había en la cara de don Beltrán, finamente aristocrática, de líneas

un tanto angulosas ya, por causa de la vejez. Calpena recordaba las

imágenes que había visto de Voltaire, de Talleyrand, del abate L’Épée.

Las horas se deslizaron plácidas en la cocina, gozando don Beltrán

las delicias de su popularidad en aquellas tierras. No cesaban de

entrar aldeanos a saludarle, y él, dando a besar su mano, a todos les

trataba con afabilidad exquisita de gran señor que sabe mantenerse en

su puesto, mostrándose bondadoso y familiar con los humildes. Admiró

Fernando la gracia y flexibilidad con que adaptaba su lenguaje al de

aquellos infelices, y pudo observar que no era todo buenas palabras,

pues cuando alguno de los visitantes se condolía de su precaria

situación, echaba mano don Beltrán a su culebrina de seda verde, y allí

era el salir de monedas. Para los chicos llevaba siempre provisión de

cuartos, que profusamente repartía. A pesar de pertenecer el noble

anciano a lo que podríamos llamar el _siglo de las tabaqueras_, no

había gastado nunca rapé. El contemporáneo de Napoleón, de Haydn y de

Luis XVIII, anticipándose al siglo siguiente, fumaba, y de su repuesto

de buenos cigarros puros y de papel, liados en una vejiga olorosa,

participaba todo el mundo, chicos y grandes. A este rumbo y gallardía,

arte supremo de ser aristócrata en medio de la plebe, que poseen tan

pocos, debía su popularidad en todo el país, desde Zaragoza a las

Fuentes del Ebro, y desde el Pirineo al Moncayo.

Despachado entre nobles y villanos un sabroso cordero con ajilimójilis,

trató Calpena de sonsacar a don Beltrán alguna revelación que

aclarase el punto oscuro que aquel había creído ver en la familia de

Idiáquez-Urdaneta; pero el sagaz viejo esquivaba el bulto, sin soltar

prenda. Cuando subían a su aposento para recogerse, don Beltrán,

apoyándose en el brazo de Calpena, dijo a este:

—¡Ay, querido!, me acuerdo en este momento de que existe una razón

poderosísima para que no durmamos los dos en el mismo cuarto. No se me

había ocurrido antes... ¿No adivina usted lo que es?... Pues que ronco

estrepitosamente..., toco la trompa y el violín, imito el trueno y el

gallo..., según me han dicho, que yo no me oigo..., y con mis ronquidos

no podrá usted pegar los ojos en toda la noche.

Fernando replicó que no le importaba, aunque, la verdad, no le hacía

maldita gracia la música, que con programa y todo le anunciaba su amigo.

—No, no —añadió este—, no consiento que duerma usted aquí. ¡Buena noche

le voy a dar!... ¡Sabina, Gervasia, chicas!...

Acudieron a sus voces el mesonero y las mujeres de la casa, y don

Beltrán, que allí no pedía, sino mandaba, les dijo:

—Chicas, dejad vuestra habitación a este caballero. Podéis, por una

noche, dormir las muchachas con Sabina, y tú, Ginés, bien lo puedes

pasar en la cuadra. Accedieron aquellas pobres gentes a lo que el

prócer disponía, y Urdaneta, mientras su paje le desnudaba, ya

preparado el lecho con buen abrigo, bromeó con don Fernando:

—La solución no ha podido ser más oportuna. Ventajas para mí: que no

estaré cohibido, y podré desplegar toda mi orquesta, seguro de no tener

público. Ventajas para usted: que no oirá mis acordes, lo primero; lo

segundo, que siendo a mi parecer sonámbula una de las mozas, la más

bonita por cierto, es fácil que se le meta a usted en el cuarto a media

noche... Vaya, divertirse... Querido, hasta mañana.

Luchana · 第 12 / 43 题