Esta y las anteriores cartas de tal modo perturbaron el espíritu del
señor de Calpena, que no dormía con sosiego, asaltado de pensamientos
contradictorios. No poco le inquietaba la noticia del disfavor de
Negretti en la corte de Carlos, y como no había contestado el tal
a tres cartas que Fernando le llevaba escritas durante su largo
encantamento en Laguardia, era lógico suponer que ya no estaba al
servicio del Pretendiente. ¿A dónde se dirigiría para dar cumplimiento
a la empresa en que no solo su amor, sino su honor y su dignidad
estaban empeñados? Este problema se le presentaba, pues, oscuro y
dificultoso. Por otra parte, dábanle ánimo ciertas expresiones vagas
de la incógnita, y las reticencias, algo menos nebulosas, del buen
Hillo: indudablemente se había influido con Mendizábal para que este
recabara de Negretti el consentimiento, desenlace trivial de la comedia
de costumbres moralizadoras. Las visitas de Hillo a don Juan Álvarez
no podían tener otro objeto. Todos los caminos se le franqueaban
al enamorado joven, y se le abrían las puertas de su ventura con
áureas llaves; querían trocarle su drama emocional y caballeresco en
cuento infantil, de esos en que sale un hada benéfica que en un dos
por tres lo arregla todo graciosamente. ¡Fácil y cómodo final! Pero
tanta dicha era por punzantes dudas acibarada. ¿Dónde estaba Negretti?
Si Mendizábal sabía su residencia, ¿cómo Hillo no tuvo la previsión
de averiguar dato tan importante para comunicarlo a su Telémaco? Y si
don Juan Álvarez no lo sabía, ninguna eficacia podía tener su noble
mediación.
Analizando estas dificultades, pensaba en Rapella, que a fuer de
intrigante y entrometido farsantón, habría sido el más útil guía en tal
laberinto. Pero ignoraba el paradero del siciliano, a quien dos veces
había escrito sin obtener respuesta. Probablemente había desempeñado
su comisión política, y vuéltose a Madrid, a Nápoles, o al quinto
infierno. En medio de estas confusiones, sentíase agitado el buen
Calpena por un sentimiento de calidad desconocida, que despacito y por
lentos avances se le iba metiendo en el corazón, en aquellas regiones
de él que hasta entonces permanecieron vacías. ¿Qué podía ser más que
el afecto puro y hondo de la señora incógnita que le llamaba, que le
atraía, cual si le estuvieran tirando, tirando, de un hilo misterioso,
el cual era más fuerte mientras en mayor tensión lo ponían? ¡Y qué
instinto tan seguro el de la invisible al aplicar a su protegido el
tratamiento de la libertad! Si por el sistema de la tiranía policiaca
no logró hacerse querer, el nuevo régimen establecía la feliz concordia
entre el pueblo y la autoridad, en cierto modo de derecho divino.
Fernando la quería ya; pensaba en ella en sus insomnios; trataba de
darle fisonomía y visible ser en su imaginación, y a ratos anhelaba
ardientemente aproximarse a ella, maldiciendo airado la prolongación
del misterio. ¿Por qué no se le revelaba de una vez para siempre? ¿Por
qué ignoraba él lo que Hillo sin duda sabía ya? ¿Había alguna poderosa
razón para perpetuar el juego de máscaras? ¿Se enojaría la divinidad
si él resueltamente se aproximaba y con cariñosa mano arrancaba el
velo? No: era lo más prudente dejar que la dama tapase y descubriese,
según su deseo y conveniencia, pues la oportunidad de un acto de tal
naturaleza solo ella podía apreciarla. Lo que indudablemente persistía
en el ánimo de Calpena, bien mirado el problema por todas sus facetas
y aspectos diferentes, era la resolución de obedecer a su gobernadora
en cuanto le ordenase; obediencia que debía de ser el signo más claro
de gratitud por haber ella transigido en el magno negocio de los
amores. Pues la corona aceptaba lealmente el principio democrático, el
pueblo sumiso celebraba firme y honrada alianza con el trono. ¡Feliz
concordia, que es el sueño de las naciones! En España no es sueño, es
pesadilla, y al despertar de ella duelen los huesos.
Señaló por fin don Fernando, entrado septiembre, un día que debía ser
término fatal de su encantamento, pues ya su vida en Laguardia no era
descanso, sino ocio. Aún insistía Demetria en que no estaba bien curado
de _su patita coja_, y le incitaba a esperar a la época de la vendimia;
pero él, estimando delicadamente estas insinuaciones como dictadas de
la cortesía, no se dio a partido y dispuso todo para su marcha. Como
nada debe ocultarse, sépase que recompensó a los servidores de la casa
con tan desusada largueza, que por mucho tiempo perduró en Laguardia la
fama de la generosidad del caballero don Fernando, a quien tenían por
uno de los mayores potentados del mundo. A don José María de Navarridas
dio también una buena pella para que la repartiese entre los pobres del
pueblo, y tuvo además la feliz idea de hacer sus visitas a cada una de
las casas que conocía, sin olvidar las más humildes, lo que acabó de
fijar en el ánimo del vecindario la opinión de la hidalguía y verdadera
grandeza del huésped de Castro.
Y se alegraba este de haber dispuesto tan en sazón su partida, porque
según le dijo una tarde el cura, llevándole aparte con misterio, pronto
debían de llegar a Laguardia los Idiáquez y Urdanetas, hijo y madre,
que venían a vistas con aparatoso séquito de criados. También vendría
el abuelo paterno del don Rodrigo, don Beltrán de Urdaneta; pero este
señor, muy anciano ya, aunque todavía templado y entero, no haría más
que tomar descanso de un par de días en Laguardia, para seguir después
hacia el valle de Mena, donde vivía su hija Valvanera, casada con uno
de los ricos Maltranas, y madre de numerosa prole. No sentía malditas
ganas Calpena de encontrarse con aquella familia, a pesar de la aureola
de virtudes de que la rodeaba el bonísimo Navarridas, y se alegraba
de llevar dirección contraria, para no topar con ellos en el camino.
Venían de oriente los Idiáquez, como los Reyes Magos, y él se iba hacia
Miranda de Ebro (occidente).
El día de la partida, avanzado ya septiembre, fue para todos muy
triste. Habiendo determinado el viajero salir a la caída de la tarde,
revelaron todos su pena a la hora de comer con una inapetencia desusada
en aquella casa. Habían regalado las niñas a don Fernando un caballo
hermoso, con los mejores arreos que daba de sí la industria del país;
fineza que agradeció, como es de suponer, en tales circunstancias,
prometiéndose corresponder a ella con otra superior en cuanto llegase
a Madrid. Y como manifestara deseos de tomar a su servicio, para
llevársele, al mozo de la casa de Castro llamado Sabas, uno de los que
acompañaron a las niñas en el viaje a Oñate, accedió Demetria gozosa,
y el hombre, ya maduro, de probada lealtad y diligencia, no vaciló en
admitir la propuesta, pues no había para él mayor gusto que emplearse
en el cuidado y servicio de tan noble caballero. Las cuatro serían
cuando abandonó don Fernando la ilustre morada de Castro. Multitud de
personas fueron a despedirle. Las niñas, con doña María Tirgo, don José
Navarridas y el señor de Crispijana, bajaron de la villa al camino,
y al llegar a este se apeó don Fernando para seguir todos a pie un
buen trecho, pues la tarde estaba fresca y convidaba a dar un paseíto.
Hablaron, como es de rúbrica en estos casos, de la próxima vuelta.
—Ya, ya: ¡si seremos tan tontas que creamos que vuelve por aquí!
Deseando está él perdernos de vista —decía Demetria.
Y Navarridas:
—No, mujer, no digas tal. ¿Pues no ha de volver? Me lo ha prometido, y
las promesas de caballeros de esta calidad son como una escritura ante
notario...
—Sí, sí, fíese usted de escrituras ni de promesas.
Y Gracia:
—También a mí me ha dado palabra de volver, y si no vuelve, no tiene él
la culpa, sino la novia, que le atará a la pata de una silla.
Y doña María Tirgo:
—Dejadle, tontuelas, que ya sabrá él lo que tiene que hacer. Venga o no
venga, cuando ande por esas cortes y en esas grandezas, se acordará de
estas pobres aldeanas, que se han esmerado en hacerle la vida agradable.
Calpena sentía un nudo en su garganta; deseaba poner fin a la
despedida, que se iba haciendo en extremo patética, y no sabía ya qué
decir, ni con qué tonos y actitudes expresar la emoción vivísima que le
embargaba. Dio el alto don José María, diciendo:
—Vaya, de aquí no pasamos.
Y el viajero apresuró la escena final. Dejose abrazar por el cura;
apretó con efusión las manos de las niñas y de doña María, y añadiendo
pocas y oportunas palabras, montó a caballo y se alejó al paso,
volviendo atrás la vista. Gracia y don José María lloraban. Demetria,
un tanto descolorida, conservaba su hermosa serenidad, mordiéndose
los labios. Le vio alejarse con tristeza grave. Doña María agitaba su
pañuelo.
Picaron espuelas amo y escudero, y al llegar a la vuelta del camino
donde perderían de vista a la noble familia, se pararon para darle
el último adiós. Las dos niñas y la señora azotaban el aire con sus
pañuelos; Navarridas repetía estas demostraciones con su paraguas en
una mano y el sombrero en la otra... Y ya no se vieron más.
A la hora y media de camino, don Fernando, que iba cabizbajo y
melancólico, sintió un súbito anhelo de volver atrás. Tan repentino
fue, y al propio tiempo tan vivo, que maquinalmente paró el caballo, y
preguntó a Sabas:
—¿Dónde estamos? ¿Cuánto hemos andado?
—¿Qué, señor, se ha olvidado algo? ¿Tenemos que volvernos?
—No, es que... En efecto, se me olvidó algo; pero no me hace falta.
Sigamos.
—Se está tan bien en la casa de Castro, señor, que siempre que uno
sale, cree que se deja algo en ella. ¿Y qué es lo que se deja? La
querencia, señor, la querencia de casa tan buena.
Permaneció don Fernando silencioso, y con igual economía de palabras
continuó larguísimo trecho, hasta que, ya de noche, aproximándose a
Labastida, entablaron amo y escudero el siguiente diálogo:
—Bueno, Sabas: ya que se nos va pasando el amargor de la despedida...,
las despedidas, ¡ay!, son siempre muy penosas, y más cuando uno se
separa de personas tan buenas, tan puras, tan..., en fin, ya que
avanzamos en nuestro camino, y vuelven a posesionarse de esta cabeza
mía los pensamientos que motivan mi viaje, te diré que me han movido a
tomarte a mi servicio, además de tus buenas prendas, otras razones...
No me entiendes. Recordarás que anoche, hablando tú y yo de la corte
carlista, donde padeciste cautiverio y mil penalidades, dijiste, entre
otras cosas, ya terribles, ya joviales, algo que ha sido para mí la
única luz que distingo en la oscuridad que me rodea.
—¿Qué dije, señor, que pueda ser luz de su merced? Ya no me acuerdo.
—Que el jueves llegaron de Vizcaya dos hombres, los cuales habían
servido hasta el mes pasado en la maestranza carlista; que el uno es
compadre tuyo, y que marchó a un pueblecillo cerca de Miranda, de
donde es natural. Aquí tienes la razón dé que yo corra hacia Miranda.
Necesito hablar con ese hombre esta noche misma, si es posible. Llévame
allá, que para eso, y nada más que para eso, vienes conmigo.
—Verdad, señor: el que vino de allá, escapado, corrido, muerto de
hambre, y sin ganas de volver, es Bonifacio Gay, primo y compadre mío,
y ahora está con su familia en Leciñana del Camino, a legua y media de
Miranda.
—Pues allá nos vamos.
—Si el señor tiene prisa, con seis horas de descanso en Labastida será
bastante para el ganado. Si salimos al alba, llegaremos a Miranda
entre ocho y nueve. Tomamos un bocado, y a la hora de comer caemos en
Leciñana.
—Perfectamente... ¿Estás bien seguro de que tu primo trabajaba en la
maestranza?
—Donde hacen las balas, sí, señor. Es herrero y fundidor, y entiende
de toda suerte de artificios, verbigracia: norias, relojes, molinos y
chocolateras. Diez meses se ha llevado trabajando para la facción, y
visto que no había _de aquí_, y que sobre no pagarle le acusaban de
masón, se escabulló y con mil trabajos pudo llegar a Salvatierra, de
donde tomó el camino de su pueblo, pasando por Laguardia el jueves,
como dije a su merced.
—Quisiera tener alas para llegar de un vuelo a ese lugar —dijo
Fernando, picando espuelas—, pues cuando se me mete en el alma la
curiosidad, no sé lo que es paciencia, y quisiera convertir las horas
en minutos.
La conversación de los jinetes saltaba de tema en tema: la guerra, la
paz, las cosechas, y fueron a parar al punto de partida de su jornada.
—¿Qué estarán haciendo ahora en la casa de Castro? Se habrán puesto a
cenar. De seguro se preguntan unos a otros: «¿En dónde estarán ya don
Fernando y Sabas? ¿Habrán llegado a Labastida?...». La vida no es más
que esto, señor —dijo el escudero—, y ella y la muerte son lo mismo:
unos que se van y otros que se quedan..., unos que vienen y otros que
están, porque vinieron antes, los cuales un día les tocará también
ser... _idos_. Todos, señor, fuimos _venidos_, y seremos _idos_.
Nada les ocurrió en Labastida digno de referencia; nada tampoco en
Miranda, a donde llegaron al siguiente día. Vieron mucha tropa ociosa;
no había operaciones; el ejército del Norte aguardaba que sus generales
tuvieran un plan. Todo el interés de la guerra lo absorbían entonces
las atrevidas expediciones de Gómez y de don Basilio. El primero se
paseaba por las Castillas y Extremadura como por su casa, y el segundo
regresaba a las Provincias después de haber asolado la Rioja, Soria, y
corrídose por el riñón de Castilla hasta muy cerca de La Granja.
Sin detenerse en Miranda más que lo preciso para dar pienso y descanso
a las caballerías, continuaron Calpena y Sabas su marcha, hasta parar
en Leciñana del Camino, lugar misero rodeado de arideces, no lejos del
Ebro y al pie de la sierra de Turiso. Con tan buena suerte y tan a
punto llegaron, que no hubo necesidad de indagaciones para encontrar
al señor Gay, pues en las primeras casas del pueblo dieron con él, a
la puerta de un herradero, en ocasión en que con otros hombrachos se
ocupaba en calzar unos mulos.
—Bonifacio —le dijo su compadre, sin más ceremonia—, venimos en tu
busca, porque este caballero noble quiere plática contigo.
Un tanto receloso y huraño en los primeros momentos, después franco
y comunicativo, Gay, que era un hombre membrudo, como de cincuenta
años, la cabeza blanqueada por canicie precoz, las manos ennegrecidas
por la forja, dio los últimos martillazos en la pezuña del animal, y
mandando traer un jarro de vino, entró con su compadre y el caballero
en la única pieza vividera de la herrería. Atizándose tragos de mosto,
respondió a las preguntas de Calpena con estas o parecidas expresiones.