VII

«¡Lo que te has perdido! —continuaba el buen clérigo—. No un día,

sino dos, se ha retrasado en su marcha el señor don Teobaldo, lo que

me permite notificarte que hoy tempranito hizo la reina su entrada

en Madrid. ¡Vaya una ovación! ¡Qué calurosos vítores, qué delirio,

qué derroche de flores, todo al compás del himno! Lo presencié

en Caballerizas, y te aseguro que me conmovió la sincera alegría

popular. Todas aquellas mujeres, que como locas gritaban, ¿qué

idea tendrán de la Constitución del año 12? Y si no tienen ninguna

idea, un sentimiento ya tendrán; algo es algo. Ese sentimiento

indefinido viene siendo la energía que mueve toda la máquina social

y política; pero, ¡ay!, andaremos mal si no se traduce pronto en

ideas, en hechos pacíficos, pues no vive un país con el solo alimento

de entusiasmos y cantatas. Hoy está todo Madrid _colgado_, que así

expresamos el ornato de balcones con abigarrados lienzos, banderas, o

colchas donde no hay otra cosa; y esta noche tendremos lo que llaman

iluminación, que es un gran derroche de cabos de vela y lamparillas

en los edificios públicos y particulares. Su Majestad parecía muy

satisfecha: las niñas, monísimas, saludaban con sus enguantadas

manecitas, y el pueblo tan satisfecho. He visto a muchos abrazarse

en medio de la calle. Luego me dijeron que esperaban que bajara

el pan, y que todos los empleos se darían a los que _profesan el

patriotismo_. Pues aún falta lo mejor, chiquillo. Dos horas después

de la entrada de la reina, hicieron la suya los sublevados de La

Granja, encarnación del principio de Libertad, ahora triunfante, y

aquí fue el repetir las ovaciones con más ardor y franqueza, porque

el respeto de los reyes siempre cohíbe un poco en la manifestación

del júbilo. Uno de los corifeos, el Higinio García, venía a caballo

detrás del general Rodil, con su uniforme tan majo que daba gusto

verle. Oí decir que el caballo es prestado, y que él se ha erigido

en plaza ecuestre, o en caballero del orden civil, sin que nadie se

lo mande. Lo cierto es que su buena presencia, su vistoso uniforme,

y la circunstancia de venir _a la verita_ del general, como figura

importante de la Milicia, le señalaron más a la admiración del

pueblo, y para él fueron los grandes aplausos y los vivas más

calurosos, tocándole menor parte al Alejandro Gómez, que marchaba en

su puesto en la compañía de Provinciales. Oí decir en los corrillos

que el autor de todo el fregado era Gómez, y que a él debía la patria

regenerada mayor servicio que al Higinio; pero que este sabía ponerse

en lugar más visible, y apropiarse los plácemes y obsequios de que

el otro era merecedor. Se aseguraba, como cosa hecha, que a los dos

les van a nombrar comandantes del resguardo, sin darles ascenso en

el cuerpo a que pertenecen, porque esto no ha parecido a todos muy

regular. Ya ves que no carecen de modestia los pobres, y se contentan

con bien poca cosa, pues si en proporción de lo que han hecho se les

premiara, los dos a estas horas debieran ser ya generales. O hay

lógica o no hay lógica, amigo mío. No me negarás que llevando las

cosas con rigor, si por el criterio de la aplicación de la Ordenanza

les corresponde la pena de muerte, por el de los hechos consumados

les corresponde la gracia del generalato. Esto es claro como el agua.

»En el trayecto por el interior de Madrid, pues fueron a parar al

cuartel del Pósito, los vítores y palmas llegaban al delirio, y luego

que quedaron francos de servicio Gómez, García y Lucas, cayeron sobre

ellos bandadas de los patriotas más pudientes, y les convidaron a

comer de fonda y a fumar buenos puros del estanco. Entre tanto, no

quiero decirte la quina que habrán tragado a estas horas Istúriz,

Galiano, Saavedra y los agarrados a ese ministerio, que vino al mundo

con la intriga que puso en el arroyo a nuestro bonísimo don Juan

Álvarez. ¡Y que no echaban pocas roncas esos caballeros, ni se daban

poco tono con su _suprema inteligencia_! Quisiera saber lo que piensa

de todo esto tu amigo el señor Rapella, muñidor que fue del gobierno

de Istúriz, pues él llevaba y traía los recaditos al Pardo. Olózaga

lo cuenta muy bien. Como que él descubrió el embuchado en la Puerta

de Hierro, y por no escandalizar ni dar un mal rato a la reina,

taparon... Pero pronto se descubrió el pastel, y si una intriga de

_opereta_ derribó a Mendizábal para entronizar a su amigo Istúriz,

este cae a su vez ignominiosamente por un enredijo de _entremés

con tonadilla_. La historia de España, que hasta hace poco gastaba

el coturno trágico, paréceme que se aficiona a la comodidad de los

zapatos de orillo, o al desgaire de la alpargata.

»¿No sabes? Ya tenemos ministerio nuevo. Don José María Calatrava lo

preside, según acaba de decirme Nicomedes, que ha entrado como una

exhalación y volvió a salir como una centella. Díjome los nombres

de los demás ministros, pero se me han ido de la memoria. Paréceme

recordar que en Gobernación entra Gil de la Cuadra, y en Guerra

el general Rodil. De lo que estoy bien seguro es de que tenemos

de capitán general de Madrid a don Antonio Seoane, en sustitución

de Quesada, a quien los patriotas han tomado aborrecimiento y le

llaman _liberticida_ y qué sé yo qué. Luego empezarán los cambios de

personal. Nicomedes cuenta con que le harán jefe político. Espronceda

ocupará un alto puesto, y tu antiguo jefe Oliván se ganará el

ascenso que le corresponde en estos cambios revolucionarios, cuando

vienen con mansedumbre. Te diré, además, que el bruto de Ibraim ha

dado pruebas estos días de la elasticidad de su estómago de buitre,

pues ha estado de servilleta prendida en todas las comilonas con

que obsequia a los sargentos _libertadores_ la dislocada juventud

de _Tepa_ o de las _Tres Cruces_. Y para señalarse más, después de

hartarse bien, larga unos brindis hinchados y chabacanos, que son la

risa de sus oyentes. Serrano el tísico los repite, y tan bien remeda

la voz y el tonillo andaluz, que es morirse de risa. No creo, como

consta en las _rapsodias ibraizantes_ de Serrano, que el capellán

comparase a Gómez con Julio César; sí creo la imagen de que la

Constitución ha venido en un carro triunfal, de que tiraban Gómez y

García, y lo de que la Constitución será en España el cuerno de la

abundancia. De mi sé decirte que solo siento ser sacerdote, porque mi

estado religioso me impide atizar un par de morradas a ese ganso, por

haberme dicho en abril último la mayor mentira que de humanos labios

ha salido desde que hay mundo... Pues ayer tarde me aseguró que don

José Landero y Corchado le ofrece una canonjía, y se me ha metido en

la cabeza que se la van a dar. España está loca. Su manía consiste en

hacer verosímil lo absurdo.

»Y la mía, querido Fernando, pues también yo estoy algo loco, es que

regularices tu vida, y no nos des más sofoquinas. Si he de decirte

la verdad, soy menos indulgente que la señora incógnita, y creo en

conciencia que las transacciones y tolerancias deben limitarse a la

autorización de tus amores, siempre que les des el giro matrimoñesco

que exige el decoro. Si fuera yo el tirano, te fijaría un plazo para

recobrar tu novia y unirte con ella en santa coyunda, dando con esto

por cerrado el ciclo de tus aventuras caballerescas, y obligándote

a volver acá, donde hallarías casa y medios de vivir pacífica y

holgadamente.

»No puedo ocultarte que mi mayor deseo es que la señora incógnita

me mande a tu lado. Se lo he propuesto, y con mucha delicadeza me

ha contestado negativamente. Te reproduciré sus propias palabras,

que están bien fijas en mi memoria: “Quiero probar si ejerzo o no

verdadera atracción sobre él; si mi autoridad, expresada con dulzura,

es un lenguaje inteligible para su corazón. Como esta prueba no sería

eficaz sin libertad, se la concedo y aguardo. Quiero que venga al

bien, a la paz, a mi cariño, con espontaneidad y efusión; no atraído

por maestros o empujado por rodrigones. El sistema de la vigilancia,

del espionaje, de la previsión, me dio un resultado desastroso: ha

sido la derrota del régimen absoluto. He de probar ahora el régimen

contrario: la libertad. Triunfaré si consigo de su albedrío lo que

no logré desplegando, al uso despótico, todo el lujo de medidas

autoritarias y policiacas. No, no... Marchemos, como dijo el otro,

por la senda constitucional. Yo legislo y no gobierno... Le marco a

Fernando los caminos que creo conducentes a su felicidad, y cruzadita

de brazos espero”. ¿Qué te parece? Cuando esto me dijo, no pude menos

de lanzar un “¡Viva la libertad!” con toda mi alma, y aun creo que

canté un poco el himno.

»Pues bien, amadísimo Fernando: Pedro Hillo, tu mejor amigo, se

permite decirte, por vía de consejo, que no abuses de la libertad.

Aborda tu asunto por las vías derechas; preséntate al señor

Negretti, y pídele a la niña; tómala, y vente corriendito para acá

por el camino más corto y por los medios de locomoción más veloces.

Créeme a mí... Tu viejo amigo no te engaña. Ya sabes, derecho al

bulto, y _fijándote en la rectitud_. No hagas _pases de telón_, ni

_cambiados_, sino exclusivamente _naturales_.

»Vaya, ¿qué me das si te digo una cosa? Pues aunque no me des nada

te la diré, para alumbrar con viva luz el camino que piensas seguir.

Si te presentas al señor Negretti y le pides la niña como caballero

leal, la niña es tuya... Ea, ya lo sabes. Cuando Hillo te lo dice,

por algo será, tontín... Conque vete pronto en busca de tu desenlace,

y no te pese encontrarlo desabrido y sin peripecias; que los dramas

son muy bonitos en el teatro o en la plaza de toros; pero en la

vida..., líbrete Dios».

Reanudada la tarea epistolar por la noche, decía don Pedro:

«Hoy he tenido el honor de hablar con una persona dignísima, en un

tiempo respetada y admirada por ti; después... ¡Ah!, pillo, ya me

has comprendido; ya sabes que el sujeto a que me refiero es don

Juan Álvarez Mendizábal. Le he visto hoy por tercera vez desde que

estoy en Madrid. ¿Creerás que me ha llevado a su casa un asunto

político? Nada de eso, chiquillo: hemos hablado de cosas privadas,

sin perjuicio de tirar un par de chinas al gobierno. Hombre más

amable y servicial que este don Juan de Dios no creo que lo haya.

Estoy contento de él. No creas, se acuerda de ti, y te tiene por muy

despierto y simpático. ¿Qué tal? ¡Y luego dirás...!

»_Ultimátum_: cuidarás de tenerme al corriente de los puntos donde

resides, caminos por donde vas, _et reliqua_. Esto es indispensable.

Si el despotismo vive en las tinieblas, o sea en la ceguera de la

opinión, la libertad requiere luz, mucha luz. Fuera misterios; el

régimen pide que estén las ollas destapadas para saber lo que se

guisa. Dos veces por semana me escribirás, dando cuenta de tus pasos,

y especificando los lugares a donde debo dirigirte mis cartas. Niño

de mi corazón, que vuelvas pronto. Con el alma en un hilo, te espera

tu viejo Mentor. — _Pedro Hillo._

»_Epílogo_.— Corre la voz de que han asesinado al general Quesada.

Ello ha sido en Hortaleza, donde buscó más bien descanso que

escondite el animoso general vencido: averiguado su paradero por

las turbas rencorosas, le acosaron hasta dar con él, matándole

villanamente.¡Y creíamos que la revolución _de opereta_ venía

embolada! Me cuenta Nicomedes que este crimen estúpido, inútil,

indisculpable, perpetrado a sangre fría después de la fácil victoria

del pueblo, es obra de una pandilla de _jamancios_, algunos de

los cuales estaban en el Saladero cuando nos encerró allí la

señora incógnita por nuestros pecados. Frecuentaban en noches de

tumulto las reuniones de _Tepa_. Tú les conocerás. Lamentan hoy los

revolucionarios que cuatro sinvergüenzas canallas hayan desvirtuado

la bonita leyenda de este movimiento popular, que empezó con la

tenacidad, hasta cierto punto simpática, de los urbanos, y concluyó

con el audaz golpe, hasta cierto punto caballeresco, de los sargentos

de la Guardia Real. Pero yo veo que si no hay función sin tarasca,

no puede haber motín sin coces. Desconfía de la revolución que se

pone guantes, porque entorpecida de las manos, te _acaricia_ con las

patas. Ea, no más. Adiós».

Luchana · 第 10 / 43 题