«¡Lo que te has perdido! —continuaba el buen clérigo—. No un día,
sino dos, se ha retrasado en su marcha el señor don Teobaldo, lo que
me permite notificarte que hoy tempranito hizo la reina su entrada
en Madrid. ¡Vaya una ovación! ¡Qué calurosos vítores, qué delirio,
qué derroche de flores, todo al compás del himno! Lo presencié
en Caballerizas, y te aseguro que me conmovió la sincera alegría
popular. Todas aquellas mujeres, que como locas gritaban, ¿qué
idea tendrán de la Constitución del año 12? Y si no tienen ninguna
idea, un sentimiento ya tendrán; algo es algo. Ese sentimiento
indefinido viene siendo la energía que mueve toda la máquina social
y política; pero, ¡ay!, andaremos mal si no se traduce pronto en
ideas, en hechos pacíficos, pues no vive un país con el solo alimento
de entusiasmos y cantatas. Hoy está todo Madrid _colgado_, que así
expresamos el ornato de balcones con abigarrados lienzos, banderas, o
colchas donde no hay otra cosa; y esta noche tendremos lo que llaman
iluminación, que es un gran derroche de cabos de vela y lamparillas
en los edificios públicos y particulares. Su Majestad parecía muy
satisfecha: las niñas, monísimas, saludaban con sus enguantadas
manecitas, y el pueblo tan satisfecho. He visto a muchos abrazarse
en medio de la calle. Luego me dijeron que esperaban que bajara
el pan, y que todos los empleos se darían a los que _profesan el
patriotismo_. Pues aún falta lo mejor, chiquillo. Dos horas después
de la entrada de la reina, hicieron la suya los sublevados de La
Granja, encarnación del principio de Libertad, ahora triunfante, y
aquí fue el repetir las ovaciones con más ardor y franqueza, porque
el respeto de los reyes siempre cohíbe un poco en la manifestación
del júbilo. Uno de los corifeos, el Higinio García, venía a caballo
detrás del general Rodil, con su uniforme tan majo que daba gusto
verle. Oí decir que el caballo es prestado, y que él se ha erigido
en plaza ecuestre, o en caballero del orden civil, sin que nadie se
lo mande. Lo cierto es que su buena presencia, su vistoso uniforme,
y la circunstancia de venir _a la verita_ del general, como figura
importante de la Milicia, le señalaron más a la admiración del
pueblo, y para él fueron los grandes aplausos y los vivas más
calurosos, tocándole menor parte al Alejandro Gómez, que marchaba en
su puesto en la compañía de Provinciales. Oí decir en los corrillos
que el autor de todo el fregado era Gómez, y que a él debía la patria
regenerada mayor servicio que al Higinio; pero que este sabía ponerse
en lugar más visible, y apropiarse los plácemes y obsequios de que
el otro era merecedor. Se aseguraba, como cosa hecha, que a los dos
les van a nombrar comandantes del resguardo, sin darles ascenso en
el cuerpo a que pertenecen, porque esto no ha parecido a todos muy
regular. Ya ves que no carecen de modestia los pobres, y se contentan
con bien poca cosa, pues si en proporción de lo que han hecho se les
premiara, los dos a estas horas debieran ser ya generales. O hay
lógica o no hay lógica, amigo mío. No me negarás que llevando las
cosas con rigor, si por el criterio de la aplicación de la Ordenanza
les corresponde la pena de muerte, por el de los hechos consumados
les corresponde la gracia del generalato. Esto es claro como el agua.
»En el trayecto por el interior de Madrid, pues fueron a parar al
cuartel del Pósito, los vítores y palmas llegaban al delirio, y luego
que quedaron francos de servicio Gómez, García y Lucas, cayeron sobre
ellos bandadas de los patriotas más pudientes, y les convidaron a
comer de fonda y a fumar buenos puros del estanco. Entre tanto, no
quiero decirte la quina que habrán tragado a estas horas Istúriz,
Galiano, Saavedra y los agarrados a ese ministerio, que vino al mundo
con la intriga que puso en el arroyo a nuestro bonísimo don Juan
Álvarez. ¡Y que no echaban pocas roncas esos caballeros, ni se daban
poco tono con su _suprema inteligencia_! Quisiera saber lo que piensa
de todo esto tu amigo el señor Rapella, muñidor que fue del gobierno
de Istúriz, pues él llevaba y traía los recaditos al Pardo. Olózaga
lo cuenta muy bien. Como que él descubrió el embuchado en la Puerta
de Hierro, y por no escandalizar ni dar un mal rato a la reina,
taparon... Pero pronto se descubrió el pastel, y si una intriga de
_opereta_ derribó a Mendizábal para entronizar a su amigo Istúriz,
este cae a su vez ignominiosamente por un enredijo de _entremés
con tonadilla_. La historia de España, que hasta hace poco gastaba
el coturno trágico, paréceme que se aficiona a la comodidad de los
zapatos de orillo, o al desgaire de la alpargata.
»¿No sabes? Ya tenemos ministerio nuevo. Don José María Calatrava lo
preside, según acaba de decirme Nicomedes, que ha entrado como una
exhalación y volvió a salir como una centella. Díjome los nombres
de los demás ministros, pero se me han ido de la memoria. Paréceme
recordar que en Gobernación entra Gil de la Cuadra, y en Guerra
el general Rodil. De lo que estoy bien seguro es de que tenemos
de capitán general de Madrid a don Antonio Seoane, en sustitución
de Quesada, a quien los patriotas han tomado aborrecimiento y le
llaman _liberticida_ y qué sé yo qué. Luego empezarán los cambios de
personal. Nicomedes cuenta con que le harán jefe político. Espronceda
ocupará un alto puesto, y tu antiguo jefe Oliván se ganará el
ascenso que le corresponde en estos cambios revolucionarios, cuando
vienen con mansedumbre. Te diré, además, que el bruto de Ibraim ha
dado pruebas estos días de la elasticidad de su estómago de buitre,
pues ha estado de servilleta prendida en todas las comilonas con
que obsequia a los sargentos _libertadores_ la dislocada juventud
de _Tepa_ o de las _Tres Cruces_. Y para señalarse más, después de
hartarse bien, larga unos brindis hinchados y chabacanos, que son la
risa de sus oyentes. Serrano el tísico los repite, y tan bien remeda
la voz y el tonillo andaluz, que es morirse de risa. No creo, como
consta en las _rapsodias ibraizantes_ de Serrano, que el capellán
comparase a Gómez con Julio César; sí creo la imagen de que la
Constitución ha venido en un carro triunfal, de que tiraban Gómez y
García, y lo de que la Constitución será en España el cuerno de la
abundancia. De mi sé decirte que solo siento ser sacerdote, porque mi
estado religioso me impide atizar un par de morradas a ese ganso, por
haberme dicho en abril último la mayor mentira que de humanos labios
ha salido desde que hay mundo... Pues ayer tarde me aseguró que don
José Landero y Corchado le ofrece una canonjía, y se me ha metido en
la cabeza que se la van a dar. España está loca. Su manía consiste en
hacer verosímil lo absurdo.
»Y la mía, querido Fernando, pues también yo estoy algo loco, es que
regularices tu vida, y no nos des más sofoquinas. Si he de decirte
la verdad, soy menos indulgente que la señora incógnita, y creo en
conciencia que las transacciones y tolerancias deben limitarse a la
autorización de tus amores, siempre que les des el giro matrimoñesco
que exige el decoro. Si fuera yo el tirano, te fijaría un plazo para
recobrar tu novia y unirte con ella en santa coyunda, dando con esto
por cerrado el ciclo de tus aventuras caballerescas, y obligándote
a volver acá, donde hallarías casa y medios de vivir pacífica y
holgadamente.
»No puedo ocultarte que mi mayor deseo es que la señora incógnita
me mande a tu lado. Se lo he propuesto, y con mucha delicadeza me
ha contestado negativamente. Te reproduciré sus propias palabras,
que están bien fijas en mi memoria: “Quiero probar si ejerzo o no
verdadera atracción sobre él; si mi autoridad, expresada con dulzura,
es un lenguaje inteligible para su corazón. Como esta prueba no sería
eficaz sin libertad, se la concedo y aguardo. Quiero que venga al
bien, a la paz, a mi cariño, con espontaneidad y efusión; no atraído
por maestros o empujado por rodrigones. El sistema de la vigilancia,
del espionaje, de la previsión, me dio un resultado desastroso: ha
sido la derrota del régimen absoluto. He de probar ahora el régimen
contrario: la libertad. Triunfaré si consigo de su albedrío lo que
no logré desplegando, al uso despótico, todo el lujo de medidas
autoritarias y policiacas. No, no... Marchemos, como dijo el otro,
por la senda constitucional. Yo legislo y no gobierno... Le marco a
Fernando los caminos que creo conducentes a su felicidad, y cruzadita
de brazos espero”. ¿Qué te parece? Cuando esto me dijo, no pude menos
de lanzar un “¡Viva la libertad!” con toda mi alma, y aun creo que
canté un poco el himno.
»Pues bien, amadísimo Fernando: Pedro Hillo, tu mejor amigo, se
permite decirte, por vía de consejo, que no abuses de la libertad.
Aborda tu asunto por las vías derechas; preséntate al señor
Negretti, y pídele a la niña; tómala, y vente corriendito para acá
por el camino más corto y por los medios de locomoción más veloces.
Créeme a mí... Tu viejo amigo no te engaña. Ya sabes, derecho al
bulto, y _fijándote en la rectitud_. No hagas _pases de telón_, ni
_cambiados_, sino exclusivamente _naturales_.
»Vaya, ¿qué me das si te digo una cosa? Pues aunque no me des nada
te la diré, para alumbrar con viva luz el camino que piensas seguir.
Si te presentas al señor Negretti y le pides la niña como caballero
leal, la niña es tuya... Ea, ya lo sabes. Cuando Hillo te lo dice,
por algo será, tontín... Conque vete pronto en busca de tu desenlace,
y no te pese encontrarlo desabrido y sin peripecias; que los dramas
son muy bonitos en el teatro o en la plaza de toros; pero en la
vida..., líbrete Dios».
Reanudada la tarea epistolar por la noche, decía don Pedro:
«Hoy he tenido el honor de hablar con una persona dignísima, en un
tiempo respetada y admirada por ti; después... ¡Ah!, pillo, ya me
has comprendido; ya sabes que el sujeto a que me refiero es don
Juan Álvarez Mendizábal. Le he visto hoy por tercera vez desde que
estoy en Madrid. ¿Creerás que me ha llevado a su casa un asunto
político? Nada de eso, chiquillo: hemos hablado de cosas privadas,
sin perjuicio de tirar un par de chinas al gobierno. Hombre más
amable y servicial que este don Juan de Dios no creo que lo haya.
Estoy contento de él. No creas, se acuerda de ti, y te tiene por muy
despierto y simpático. ¿Qué tal? ¡Y luego dirás...!
»_Ultimátum_: cuidarás de tenerme al corriente de los puntos donde
resides, caminos por donde vas, _et reliqua_. Esto es indispensable.
Si el despotismo vive en las tinieblas, o sea en la ceguera de la
opinión, la libertad requiere luz, mucha luz. Fuera misterios; el
régimen pide que estén las ollas destapadas para saber lo que se
guisa. Dos veces por semana me escribirás, dando cuenta de tus pasos,
y especificando los lugares a donde debo dirigirte mis cartas. Niño
de mi corazón, que vuelvas pronto. Con el alma en un hilo, te espera
tu viejo Mentor. — _Pedro Hillo._
»_Epílogo_.— Corre la voz de que han asesinado al general Quesada.
Ello ha sido en Hortaleza, donde buscó más bien descanso que
escondite el animoso general vencido: averiguado su paradero por
las turbas rencorosas, le acosaron hasta dar con él, matándole
villanamente.¡Y creíamos que la revolución _de opereta_ venía
embolada! Me cuenta Nicomedes que este crimen estúpido, inútil,
indisculpable, perpetrado a sangre fría después de la fácil victoria
del pueblo, es obra de una pandilla de _jamancios_, algunos de
los cuales estaban en el Saladero cuando nos encerró allí la
señora incógnita por nuestros pecados. Frecuentaban en noches de
tumulto las reuniones de _Tepa_. Tú les conocerás. Lamentan hoy los
revolucionarios que cuatro sinvergüenzas canallas hayan desvirtuado
la bonita leyenda de este movimiento popular, que empezó con la
tenacidad, hasta cierto punto simpática, de los urbanos, y concluyó
con el audaz golpe, hasta cierto punto caballeresco, de los sargentos
de la Guardia Real. Pero yo veo que si no hay función sin tarasca,
no puede haber motín sin coces. Desconfía de la revolución que se
pone guantes, porque entorpecida de las manos, te _acaricia_ con las
patas. Ea, no más. Adiós».