En esto entró doña María Tirgo, que había pasado toda la tarde con
otras amigas suyas en el camarín de la Virgen, desnudando a esta de las
ropas de gran gala que le pusieron para la fiesta, y vistiéndola con el
manto y túnica que usaría la Señora hasta el Adviento. No bien entró la
dama, la informó su hermano de lo que acababa de revelar al amigo de la
casa; y como añadiese nuevas observaciones laudatorias de la parentela
ilustre de los Idiáquez y Urdanetas, tuvo que corregirle doña María,
mostrando tanta suficiencia como fácil memoria:
—Por Dios, José María, todo lo trabucas. El entronque de don Rodrigo
con los Iraetas no es por los Idiáquez, sino por los Asos de
Sobremonte, que proceden de una sobrina carnal del propio San Ignacio
de Loyola. Los Garros, que también tienen parentesco con los Tirgos,
son los que enlazan la rama de los Idiáquez con los Javierres y los
Aragón, por el casamiento de doña Justa de Garro Idiáquez con don
Alonso de Gurrea, de donde vinieron Mariquita y Luisita, una de las
cuales casó con don Calixto de Borja, biznieto de un hermano del
siervo de Dios, San Francisco. Siempre confundes esta familia con los
Palafox, que son de otra cepa. Doña Juana Teresa es Palafox por su
madre, no Gurrea, prima hermana de los Marqueses de Lazán. Ya sabes que
Pepito, el de Robustiana Palafox, casó con una señora de los Gonzagas
de Italia, prima segunda del glorioso San Luis; y la Rosita..., ¿te
acuerdas de Rosita, la de Alcanadre, que tuvo aquel pleito famoso con
los Tirgos? Pues la Rosita era viuda de un Pignatelli; casó después
con Jacinto Palafox, sobrino del padrastro de su primer marido, y
en terceras nupcias con Gurrea y Azlor, emparentado con la casa de
Aragón...
—Yo no sé cómo mi hermana —dijo festivamente don José María— tiene
cabeza para desenmarañar esa madeja de entronques y parentescos... Pero
dejemos esto para otra ocasión, y vámonos a casa, que las niñas nos
estarán esperando.
Salieron de la iglesia, agregándose en la puerta las dos señoras que
con doña María habían vestido a la Virgen, y tomaron por calles y
plazuelas la dirección del palacio de Castro-Amézaga, marchando delante
Navarridas con las de Álava (que así se llamaban las señoras, primas
o sobrinas en tercer grado del célebre general de Marina de aquel
nombre), y detrás Calpena con doña María.
—No debe usted darse por entendido con las niñas de este negocio del
casamiento. A Demetria le hemos dicho que nadie sabe una palabra de
nuestro plan. A usted le parece bien, seguramente. Como mi hermano está
un poco ido de memoria, habrá olvidado decir a usted que don Rodrigo
es caballero del hábito de Santiago. Pero no le elegimos por eso, ni
por los dos condados, sino por sus virtudes. ¡Ah!... Según me ha dicho
Demetria, usted nos deja pronto. Quiera Dios que cuando vuelva por aquí
les encuentre casados.
Creyó entender Calpena, por el tonillo de doña María, que no deseaba la
permanencia del huésped en la casa mucho tiempo más, y se apresuró a
darle gusto diciendo que, por lo apremiante de sus quehaceres, pensaba
partir dentro de dos o tres días.
—Sí, sí, no sería prudente ni delicado retenerle a usted. Lo que yo
digo: por más que no lo manifieste, se comprende que está aburrido en
este poblacho, donde no hay sociedad para una persona como usted, tan
alta, acostumbrada a las pompas de la Corte y al trato de otra clase de
gente.
Replicó Fernando que el trato de las familias de Castro y de Navarridas
era para él gratísimo, y aseguró que no había conocido nunca sociedad
mejor.
—Vamos —dijo doña María presumiendo de agudeza—, no se nos haga usted
el chiquito. ¡Si de nada le vale a usted ocultarnos su condición
elevadísima! Yo estoy en el secreto, porque lo que saben las sobrinas
lo sé yo... No nos engaña el señor don Fernando con su modestia.
—Me confunde usted, señora, suponiendo que soy lo que no soy.
—Cuando salía usted herido de Salvatierra, en la galera, y venían
detrás mis dos sobrinas en otro carro, bien se acordará..., se
agregaron dándoles escolta, dos oficialillos muy simpáticos, Serrano y
Alaminos (mi memoria prodigiosa me permite recordar los nombres). Pues
Alaminos y Serrano, charlando con las niñas, les dijeron que, según
la pública voz, es usted de un origen muy encumbrado. Las razones que
tendrá para no revelar ese origen, usted las sabrá. Solo digo que esas
cosas no pueden ocultarse, sobre todo a las personas de fino olfato,
como una servidora de usted. La sangre, la cuna, la educación saltan
siempre a la vista, señor mío, y en usted está el mejor ejemplo de lo
que digo, pues en su conducta, en su menor palabra, en su mirar, en el
gesto más insignificante, se conoce que viene usted de muy alto... No,
no, si no le pido revelaciones... Cada cual sabe lo que debe callar...
No quiso Fernando entrar en largas discusiones con la dama, y creyó
más discreto dejarla en aquel error, que tal vez no lo sería. Si él
no sabía nada, lo más prudente era callarse siempre que tal tema le
tocaran. En el gran patio de la casa encontraron a Demetria y Gracia
con varias señoras amigas, tomando la fresca: Gracia y otras de menor
edad jugaban a las cuatro esquinas. La mayorazga, sentada en el corro
de las personas graves, que acababan de tomar chocolate, no quitaba
los ojos de la puerta, esperando ver entrar a cada instante a sus tíos
con don Fernando. Algo se habló de labores de campo, por iniciativa de
las señoras de Álava, propietarias muy fuertes; Demetria dijo que ya
había concluido de trillar las cebadas, y que la cosecha era mediana
en cantidad, pero el grano superior. En estas y otras conversaciones
se hizo de noche; retiráronse las amigas; a poco de subir don Fernando
a su cuarto, entraron Demetria y doña María Tirgo, y la primera empezó
a reñirle porque se había vuelto muy correntón, y no nacía caso de las
advertencias de don Segundo.
—¡Pero si ya está bien! —dijo la de Tirgo—. No le riñas, hija, que
harta paciencia ha tenido el pobre. Mira que aguantarse tres meses y
días en este lugarón, entre gentes rústicas... Sí, hija, pongámonos en
lo justo; no le des vueltas: somos rústicas, y el señor don Fernando
está acostumbrado a una sociedad más refinada que la nuestra.
—No, si no digo nada. Comprendo que debe marcharse... Y a propósito:
aquí tiene ya su ropita, don Fernando. Va usted a salir de aquí hecho
un señorito de pueblo. ¡Y que no se reirán poco de usted cuando le vean
tan elegantón! Van a creer que este corte es de la moda de Londres, y
preguntarán: ¿pero qué tijeras son esas, hombre, que te han cortado
esas prendas admirables?
Fernando se reía mirando la ropa, y ella continuaba sus donosas chanzas:
—Ya, ya va usted bien apañadito. Le van a tomar por un alumno del
seminario de Tarazona que vuelve de vacaciones.
—Pues la ropa, búrlese usted todo lo que quiera, parece muy bien
cortada. Mañana me la pondré para que usted la vea, y quizás varíe de
parecer.
—Sí, sí, lo mismito que la que dejó usted en Madrid. Lástima que no le
hayan hecho también fraque las sastras de acá, para que lo luzca en las
recepciones palaciegas cuando vuelva a la corte... ¡Ah, qué cabeza! Se
me olvidaba lo principal. Ha venido esta tarde en busca de usted un
capitán de Infantería, que ha llegado de Madrid.
—¿Cómo se llama? ¿Trae cartas?
—No me dijo su nombre. Le trae a usted otras veinte onzas, y carta. Las
pataconas no ha querido dejarlas. Díjome que volvería; la carta aquí
está.
—¡Pero si en el tiempo que lleva en casa, ya es la tercera vez que le
mandan veinte onzas! —exclamó doña María Tirgo—. ¡Ay! En cuanto coja
aire por esos mundos, adiós mi dinero. Bien, hijo, bien: no se prive
usted de ningún gusto de los que dan tono a la verdadera grandeza;
derroche y triunfe, que por lo visto hay por allá una mina inagotable.
—Sí, señora, inagotable —afirmó Calpena, siguiendo el bromazo, que para
las damas no lo era—: soy muy rico, soy muy grande, soy el niño mimado
del destino...
—No, no lo tome a broma —dijo Demetria—. Muy grande, sí, y nosotras
unas pobres palurdas; pero es al propio tiempo tan delicado, que no nos
deja conocer la diferencia entre usted y nosotras: diferencia por la
clase, por la educación, por la ilustración...
—Si eso me lo dijera otra persona, crea usted no se lo perdonaría.
Pero usted está autorizada para todo, hasta para llamarme fatuo, que
fatuidad grande sería en mí creer en esa desigualdad.
—Pues me callo, señor... En fin, no le quitemos tiempo, que querrá leer
la carta de su amigo.
—La leeré después.
—No, ahora, que nosotras nos vamos. Y si no ha de venir a rezar el
rosario, dígalo para no esperarle.
—¡Pues no he de ir! ¡Y poco que me gusta a mí rezar el rosario con la
familia!
—Pero que no pase lo de la otra noche —indicó Demetria entre severa y
jovial, delicada fusión de tan distintos matices en las luces de sus
ojos.
—¿Qué pasó la otra noche?
—Pues nada en gracia de Dios. Que dijo que iba al rosario, y nosotras
allá esperándole un cuarto de hora, con el primer padrenuestro en la
boca.
—Pues vamos ahora mismo. Después leeré la carta.
—No, no —dijo doña María cogiendo por un brazo a su sobrina y
llevándosela—. Déjale, déjale... No le marees.
—Voy en seguida.
Pasó rápidamente la vista don Fernando por la carta de Hillo,
enterándose de lo más sustancial, con ánimo de leerla entera después
del rosario y la cena. Así lo hizo. Al acostarse, tuvo conocimiento
de todo lo que el buen presbítero le decía, y que en extracto a
continuación se refiere:
«Aquí me tienes desde el 14 que vine a ciertas comisiones y
encarguillos de la _Gobernadora_ (no me refiero a nuestra soberana,
hija de Parténope, sino a la reina sin corona que a ti y a mi nos
gobierna, y bien puedes dar gracias a Dios de que así sea), los
cuales aún no han tenido cumplimiento por lo trastornado que está
todo en esta villa, a quien los retóricos llamamos _Ursaria_, y que
debiera llamarse hoy _Babilonia la chica_. ¡Qué barullo, Dios mío,
qué espantosa confusión, no diré de lenguas, pues todos hablan lo
mismo, pero sí de ideas y de voluntades! Por la mañana andan a tiros
milicianos y soldados; por la tarde salen cantando el himno. Los
ministros, con su señor Istúriz al frente, no saben qué hacer. A
La Granja, donde yo dejé la revolución bien guisada, acudió Méndez
Vigo, ministro de la Guerra, con ánimo de sofocar el movimiento.
No llevaba tropas: llevaba dinero, que es, según dicen, la _summa
ratio_ de estas subidas y bajadas de constituciones; pero nada pudo
conseguir. Ahora me dicen que hoy ha vuelto Su Excelencia acompañado
de los sargentos triunfadores; entró en Madrid el representante del
ejército, llevando en su propio coche al sargento Gómez, uno de
los héroes del día; ha sido un espectáculo edificante el paso del
general por San Vicente y Caballerizas, hasta Ministerios, donde se
han apeado. Si esto no es una casa de locos, no sé yo lo que es, mi
querido Fernando.
»La Milicia Nacional, derrotada y desarmada en todas partes, conserva
la posición que ganó en los Basilios, arrojando de allí a los
_peseteros_ que defendían el convento. El gobierno, tan pronto se
cree vencido y se dispone a sucumbir ante el magistral _engaño_ de
los sargentos, como se _encampana, escarba, humilla_, pretendiendo
restablecer con un buen _hachazo_ el principio de autoridad. Pero
este, ¿dónde está? ¿Quién es el guapo que lo tiene? Si se confirma
que Méndez Vigo y el señor Gómez, sargento de Provinciales, han
traído del Real Sitio varios decretos firmados por la reina
destituyendo a no sé qué ministros y nombrando otros, ¿dónde se ha
metido el principio de autoridad? ¿Lo tienen Gómez, Lucas y García,
lo tienen las logias, o no lo tiene nadie? Me inclino a creer
esto último... Y vamos a otra cosa, pues entiendo que más que las
noticias de este inmenso Carnaval en que vivimos, te interesará
saber que por el capitán don Teobaldo García (no tiene nada que ver
con el esclarecido sargento del mismo nombre) te mando otras veinte
onzas, por encargo de quien tiene esto y mucho más para subvenir
a tus necesidades. Confiamos en que a la tolerancia de arriba
corresponderás tú, desde tu posición inferior, con una conducta
ajustada a la razón y a los buenos principios. No sabes tú bien lo
que te perderías si así no lo hicieras. El sentido de tu última
carta, aunque breve, sustanciosa, me da esperanzas de que te veremos
formal y comedido. Sientes el hastío de los actos irregulares; ansías
la paz de la conciencia, el reposo del ánimo. Muy bien: ya estás en
el buen camino...
»Se transige con Aura, a pesar del origen no muy ejemplar de tu
dama. Pero no hemos de ahondar demasiado en los fundamentos de cosas
y personas, porque haciéndolo, la vida sería imposible. Ello es
que vivimos en plena revolución. En proceso revolucionario está la
sociedad, y lo mismo puede decirse de las familias y de las personas.
El pueblo va ganando la partida: hoy avanza un paso, mañana otro,
y los viejos alcázares se desploman. La nación transige con los
sargentos, acepta de ellos _la traída de la Constitución_. Pidamos
a Dios que no salgan luego los cabos trayéndonos otra. En tu esfera
has hecho la revolución, y de arriba, viene la soberana voz que te
dice: “Paciencia; aceptemos los hechos consumados”. Recoge, pues, a
tu Aura; pero no pienses en que se te ha de consentir otra cosa que
el matrimonio religioso y legal. Revolucionarios somos; pero _no tan
calvos_, amigo mío.
»Y cuanto más pronto decidas ese punto capital, mejor, querido
Fernandito. Si, como dices, ya estás curado de tu herida, abandona
las delicias de esa Capua, y vete a tu negocio. Con las onzas
recibirás el salvo conducto, y en un paquete separado esta carta,
y las dos que presentarás a don Juan Bautista Erro, el Mendizábal
del absolutismo, y al general Maroto; ambos te facilitarán tus
diligencias en el país carlista. Ya verás que son bastante
expresivas. Me ha dicho hoy Iglesias que aquí se consigue todo con
buenas amistades. Pero yo veo que el pobre poco adelanta con llamar
amigos a las tres cuartas partes de los españoles; de donde colijo
que el abuso de los bienes es siempre un mal muy grande. Me asegura
Nicomedes, invariable en su inquietud y en el anhelo de nuevas
posturas, que esta revolución sargentil es un modelo del género,
pues ha realizado una eficaz y provechosa mudanza por los medios
más breves y pacíficos, sin derramar sangre inocente. Cree él que
las naciones extranjeras nos han de copiar esta receta sencilla
y familiar de los pronunciamientos, que hace inútiles las altas
jerarquías de la milicia y la política. Allá veremos.
»Concluyo con una noticia que he adquirido esta tarde por feliz
casualidad, pues tal ha sido mi encuentro con el señor Maturana
cuando yo volvía de recoger las onzas. Sabrás, amado Telémaco, que
don Ildefonso Negretti ha caído en desgracia en la Corte absolutista,
por habérsele descubierto chicoleos epistolares con Mendizábal, a
quien escribía cosas que no debieron ser del agrado de aquellos
fantasmones. Interceptada la correspondencia por la Comisaría
carlista de correos, fue reducido a prisión el culpable, y lo habría
pasado muy mal sin la protección que le dispensa el infante don
Sebastián. No pudo decirme Maturana dónde se encuentra hoy. Tú lo
sabrás pronto.
»Viene el señor don Teobaldo a decirme que no sale hasta mañana, y
aprovecho la dilación para endilgarte un par de pliegos más esta
noche, con referencias del giro que van tomando estas humoradas del
Carnaval político, y con algo de lo que a ti pueda interesarte. —
_Vale_».