IV

«¿En qué habíamos quedado? —decía la dama invisible en su carta del

15 de agosto—. ¡Ah!, ya recuerdo. Quedaron cual atontados palominos

los tres individuos que representaban a la revolución. El Gómez, no

obstante, se rehizo y sacó de su cacumen un argumento que revelaba

mayor agudeza de la que esperaban reina y cortesanos. Asimilándose

con rápido instinto las marrullerías del ministro allí presente,

propuso que se mandase publicar la Constitución con la cláusula de

que quedase en vigor toda ella, menos el artículo referente a la

regencia. A esto replicaron que no era posible extender el decreto

sin que se reuniera el ministerio para refrendarlo. Ante obstáculo

tan insuperable, la única solución era que los sublevados se fueran

calladitos al cuartel, con el mayor orden, satisfechos con la promesa

que les hacía la señora de presentar en la próxima reunión de Cortes

un proyecto de Constitución, que había de ser muy buena, mejor

todavía que la de Cádiz.

»Conformes en ello los tres militares, dudaban que sus compañeros

se aplacaran con tal expediente, y no querían volver a la plazuela

temerosos de ser mal recibidos. Entablose una discusión larguísima

y fastidiosa entre el ministro, el alcalde, Alagón y San Román de

una parte, y de otra, el sargento Gómez, pues Lucas no hacía más

que asentir con cabezadas a cuanto el otro decía, y el soldadillo

había renunciado cuerdamente al uso de la palabra... Por último,

los señores primates, maestros en pastelería sublime, que era su

única ciencia, discurrieron amansar la fiera con una real orden en

que la Gobernadora manifestaba al general San Román su voluntad

de adoptar nueva Constitución con el concurso de las Cortes. Allí

mismo la redactaron, y a los sargentos, crédulos y respetuosos, no

les pareció mal. Así lo manifestó Gómez, añadiendo la duda de que

con tal emoliente se diesen por satisfechos los sublevados. Pronto

lo sabrían, pues con la venia de Su Majestad bajaban a manifestar

a sus compañeros el resultado de la _junta_, en la que se habían

empleado tres horas: ya era más de la una cuando salieron a la

_Cacharrería_, donde impacientes aguardaban pueblo y tropa, roncos

ya de cantar el himno. Al punto, según oí contar, fueron rodeados de

sargentos y oficiales que ansiosos les preguntaban si traían ya el

decretito firmado por _el Ama_. La noticia de que no traían más que

una real orden dilatoria, les sacó de quicio. San Román mandó dar un

toque de atención, y obtenido el silencio preparose a leer el _papel

mojado_, empleando antes como vendaje el recurso de los vivas. ¡Viva

la reina! ¡Viva la guarnición de La Granja! ¡Vivan los vencedores de

Mendigorría! Las contestaciones fueron calurosas, y el general creyó

dominar la situación. Arrancose a leer, y no bien hubo llegado a la

mitad del documento, oyó un murmullo, y luego el grito de “¡Fuera!

¡Fuera!”. En fin, que el hombre no tuvo más remedio que guardar su

papelito; y como sonaran disparos al aire, dio media vuelta y se

metió en Palacio.

»Todo lo que fuera ocurría repercutió bien pronto en las apartadas

estancias donde aguardaba María Cristina, desesperanzada ya de

que el conflicto se arreglase fácilmente con arbitrios engañosos

y evasivas oficinescas. Sin ejército ni gobierno que apoyaran su

dignidad y sus prerrogativas, no tuvo más remedio que darse por

vencida, y contestando con desdeñoso gesto a los palaciegos que aún

veían términos de acomodo, ordenó que volviese a subir la comisión

de sublevados. Sin duda pensaba que los primates que en tal trance

la habían puesto con su abandono y desgobierno merecían la bofetada

que el pueblo les daba con la blanca y blanda mano de su hermosa

reina. Adelante, pues, con el pueblo, que era en suma el burro de las

cargas, el sostén de cuanto allí existía, el defensor de los derechos

dinásticos, el único guerrero que guerreaba, el único político que

dirigía, con rudeza y desatino, eso sí, pero con fuerza. “¡Viva la

fuerza, sea la que fuere!”, debió decir para sus adentros la graciosa

dama, que plebe y trono no habían de reñir por una Constitución de

más o de menos.

»Aquí lo tienes ya bien explicado todo. Subieron los sargentos,

cerca ya de las dos de la madrugada, y manifestado por ellos que la

guarnición no se satisfacía con la real orden, se pensó en extender

el decreto. El alcalde, señor Ayzaga, que no cabía en sí de mal

humor y despecho, fue encargado por la reina de redactarlo. Nada

de esto presencié yo: me lo contó mi amiga en la antecámara, donde

nos habíamos refugiado, rendidas de fatiga y de hambre, todas las

personas que ya no tenían alientos para presenciar la fastidiosa

escena histórica. Considerábamos que la página era interesante; pero

ya nos aburría y deseábamos volver la hoja.

»Allí nos dio un poco de parola don Fernando Muñoz, que se mostró

indignado, primero contra la Guardia, después contra el gobierno,

por no haber previsto suceso tan escandaloso. Ya él se había quejado

de que la guarnición del Real Sitio era escasa, y hecho ver al

ministro que estaba maleada por las logias: a esto nos permitimos

oponer una observación que me parece irrebatible. Si hubieran mandado

más tropa al Real Sitio, la revolución se habría hecho quizás con

mayor escándalo y transgresión más violenta de la disciplina. Después

de todo, no habían pasado las cosas tan mal: “Ay, mi señor don

Fernando —le dijo mi amiga, demostrando su profundo conocimiento de

España y de los españoles—, dé usted gracias a Dios por haber tenido

aquí tan solo a la Guardia Real, que con otros cuerpos, más tocados

del maleficio revolucionario, no sabemos lo que habría ocurrido. Lo

que había de acontecer, acontece con el menor daño posible. Y si no,

vea usted cómo está Madrid, enteramente entregado a la anarquía.

Barricadas, tumultos, muertes, atropellos. Pues aquí, donde parece

que se desenlaza el drama, todo queda reducido a una revolución

_di camera_, ni más ni menos. Con una escenita de ópera cómica,

hemos transformado la política, nos hemos divertido un poco con las

gansadas del soldado intruso, y hemos visto que la monarquía no ha

perdido el respeto del ejército. ¡Ay de nosotros el día en que ese

respeto falte!”. No se dio a partido tu tocayo con estas razones, y

agregó que la revolución _di camera_ no podía formar estado, como

hecha por sorpresa, violentando el ánimo de la señora; que nada

adelantarían los sublevados del Real Sitio si en Madrid se mantenía

el gobierno _en sus trece_. Órdenes se habían dado ya para que

resistiera Quesada a todo trance el empuje de las turbas, ya fueran

de milicianos, ya de plebe turbulenta, y Quesada era hombre con

quien no se jugaba. Ya le conocían los patriotas: de él se esperaba

el triunfo de la legalidad, de los buenos principios de gobierno.

Si el pueblo quería nueva Constitución, manifestáralo por las vías

derechas, por sus representantes naturales. Tanto mi amiga como yo

creímos oportuno expresar nuestra conformidad con estas rutinas,

puesto que de rutinas vivimos todos, cada cual en su esfera, y los

reyes más que nadie.

»Las tres eran ya cuando firmó doña María Cristina el decreto

mandando promulgar el _divino Código_, y se retiró a sus

habitaciones, dándonos las buenas noches con amable sonrisa. Llegó la

hora de que celebráramos la feliz terminación del conflicto, comiendo

alguna cosa, y así lo hicimos. Mi amiga me ofreció aposentarme, pues

no era prudente que saliéramos tan a deshora los que vivíamos fuera

de Palacio. A las cuatro todo estaba en silencio, y la tropa se había

retirado a sus cuarteles. Contáronnos al siguiente día que al bajar

de nuevo San Román con el decreto, los sublevados prorrumpieron

en vivas y mueras, estos últimos dirigidos principalmente contra

la camarilla, sin mencionar a nadie. Algunos dudaban que fuese

auténtica la firma de la Gobernadora; pero les tranquilizó sobre este

punto un tal Higinio García, escribiente de San Román, el cual _dio

fe_ de que no había engañifa en la firma y rúbrica de Su Majestad.

Agregose Higinio a los sublevados. Resultó que también era sargento,

y desde aquella ocasión ha continuado funcionando como uno de tantos

cabezas de motín. Me dicen que fue con veinte soldados y un oficial

a Segovia _para hacer allí el pronunciamiento_. Todos estos trámites

son fastidiosos, ¿verdad? Las juntas, la proclamación, los actos de

entusiasmo con lápida de mal pintado lienzo; la continua y mareante

cancamurria del himno, quizás con alguna estrofa y estribillo nuevos,

debidos al numen de cualquier patriota versificador; los abrazos

en medio de la calle; las congratulaciones de los ilusos que creen

entramos en una era de felicidad: todo esto aburre, y si pudiéramos

escondernos en el último rincón de España, para no verlo ni oírlo,

¡qué bien estaríamos!

»Consecuencia de aquella mala noche en Palacio, viendo cómo se

escribe, mejor dicho, cómo se hace la historia, fue un dolor de

cabeza que ayer y hoy me ha retenido en casa sin poder dar mi paseo

de costumbre. Desde mi balcón vi anteayer la jura en la plaza, con

asistencia de toda la guarnición de gran gala, y mucho paisanaje,

prodigando unos y otros, pueblo y tropa, las demostraciones de

júbilo. Creo yo que la política no se hace con sentimientos, sino

con virtudes, y como no tenemos estas, poco adelantamos. El acto de

la jura fue muy vistoso, con profusión de damasco rojo y amarillo

en el adorno del tablado que se armó frente al Ayuntamiento. En

esto llevamos ventaja a Madrid, donde no se ven más que percales

indecentes para festejar los grandes sucesos. Tocó la música el

himno, _por variar_, y los vivas atronaron el espacio cuando se

descubrió la lápida, en cuya pintura puso sus cinco sentidos un tal

Monje, encargado en el teatro de aviar las luces y de embadurnar los

telones. Esmerose el hombre en la artística obra, poniéndole unos

veteados que imitan mármoles con gran propiedad; en la línea inferior

hay un león amarillo muy incomodado, con una garra en la bandera

española, otra en una rama de laurel, y la feroz vista clavada en el

libro de la Constitución, como si lo estuviera leyendo y enterándose

bien de lo que dice para contárselo a la leona. En medio campean las

letras “¡Viva Isabel II y la Constitución!”. ¡Con qué gana daban los

vivas y con qué ardor eran contestados por la multitud! Gritaban

hasta los chiquillos, y las nodrizas, y las criadas de servir. ¿Qué

pensarán de todo esto? Allí queda la lápida, que ya hoy empieza a

tener buches, y se ven hincharse y deprimirse con el viento los

mármoles que en ella figuró el artista. Pronto las lluvias otoñales

la pondrán hecha una sopa, y el león se convertirá en perro de aguas,

y el libro de la Constitución quedará totalmente inservible. Durante

el invierno colgarán jirones descoloridos, y quizás encuentren

abrigo los pobres pájaros bajo el lienzo roto, y allí fabricarán sus

industriosos nidos, para que no pueda decirse que todo aquel aparato

es enteramente inútil.

»Tu amigo Hillo fue ayer a Madrid, por acuerdo mío, con objeto de

agenciar algo que a ti se refiere. No te digo lo que es, ni hay

para qué decirlo por ahora. Desde allá te escribirá tu Mentor, que

no desea otra cosa que servirte y hacerte grata la vida. Por su

gusto iría contigo; pero yo no le dejo por ahora. Tu carta última

me informa de que estás bien de la herida, y de que esta no inspiró

nunca ningún cuidado; dices que te asisten los mismos ángeles...

Necesito más pormenores. Cuéntale a don Pedro lo que él y yo

ignoramos, pues no ha de faltarte tiempo para escribir, a no ser

que con tantos mimos y con ese sibaritismo en que vives se te haya

embotado la voluntad.

»Quedamos en que te traes a tu Aura. Falta solo que te la den. Como

eres tan poco comunicativo, no sé si te agradaría que alguien hablase

de este asunto al señor Mendizábal. Explícate, hombre; habla: pide

por esa boca. ¿También te enfadas porque cambio ahora los papeles,

trocándome de tirana en sierva? ¡Si ahora eres tú el tiranuelo!

»Ya principian a decir que Córdova no vuelve al Norte. Cualquiera que

sea su sucesor, llámese Oráa, Rodil o Espartero, tendrás una eficaz

recomendación para que te den todo el auxilio que necesites en tus

románticas empresas. No te maravilles de esto: vivimos en el país

de las recomendaciones y del favor personal. La amistad es aquí la

suprema razón de la existencia, así en lo grande como en lo pequeño,

así en lo individual como en lo colectivo... Y este descubrimiento,

¿no vale nada? Es verdad, ¿sí o no? ¿Qué tienes que decir?».

V

Conforme leía, Calpena daba cuenta a los visitantes de la casa de

Castro de lo sustancial de estas cartas, o sea de aquella parte que

era o había de ser histórica. Reuníanse allí por la noche media docena

de personas de lo más granadito del pueblo, y charlaban de política,

inclinándose los más a los temperamentos medios o incoloros. El general

lamento era que España tenía todo lo bueno que Dios crió, menos

gobernantes que supieran su obligación, resultando que con unos y otros

siempre estábamos lo mismo. Alguno de los tertulianos respiraba por

el régimen absoluto, pero en la forma antigua, patriarcal, no con las

ferocidades que se traían los adeptos de don Carlos, y dos tan solo,

menos aún, uno y medio casi, eran resueltamente liberales, también

con mesura y templanza, renegando del faroleo continuo de la Milicia

nacional y de los desafueros de las logias. Excusado es decir que todos

los concurrentes a la plácida reunión poseían bienes raíces, y aun

adquirirían muchos más cuando pasara el escrúpulo de comprar las fincas

de los conventos. Aburríase Fernando en la tal tertulia de medias

tintas, de una opacidad tristísima en las ideas, y si no estuvieran

allí Demetria y Gracia, le sería intolerable la sociedad de aquellos

señores tan bien entonados. Más grato que la tertulia había venido a

ser para él rezar el rosario con las niñas, doña María Tirgo, don José

y la servidumbre. Rezando, su mente vagaba por ideales esferas, donde

veía resplandores místicos o profanos, a veces filosóficos, y hermosas

imágenes, todo más bello que las opiniones grises y deslucidas de los

notables de Laguardia.

Pasada la Virgen de Agosto (fecha de la fiesta y feria del pueblo, que

aquel año, por motivo de la guerra, fue de muy escaso lucimiento),

pudo Calpena salir a la calle, cojeando un poco. Don José María le

acompañaba casi siempre, y le mostraba lo notable de la villa, dándole

frecuentes descansos, ora en la botica de Montenegro, ora en la tienda

de Sacristán, para concluir en la iglesia, en la cual le fue enseñando

todo lo que en ella había: altares, cuadros, sepulcros, ropas y vasos

sagrados. Tan minuciosa prolijidad empleaba en la descripción y en la

historia de cada objeto, que fueron precisas cinco largas tardes para

que don Fernando se enterase de todo. Ni en la catedral de Toledo ni

en San Pedro de Roma tardara más un cicerone de conciencia en mostrar

antiguas riquezas. Y eso que las obras de arte de la parroquia de

Laguardia no eran cosa del otro jueves. La última tarde, cuando Calpena

no ignoraba ningún detalle cronológico ni artístico, y conocía los

santos de todos los altares como a personas de su intimidad, le metió

don José en la sacristía, y obsequiándole con vino blanco y bizcochos,

se dispuso a comunicarle cosas de la mayor importancia.

—Aquí solitos, señor don Fernando —le dijo, sentados ambos en

viejísimos sillones de cuero—, quiero poner en su conocimiento un

delicado asunto referente a la casa de Castro, y no solo me mueve

a ello el deseo, casi estoy por decir la obligación, de enterarle

de tal asunto, sino mi propósito..., yo soy así..., mi propósito de

consultarle acerca del mismo.

—¿De qué se trata, señor don José María? —dijo Calpena, comenzando a

asustarse por el tonillo misterioso que tomaba el clérigo—. ¿Qué ocurre?

—No ocurre nada de particular, señor mío —replicó Navarridas

aproximando más su sillón—: el caso es sencillísimo, aunque nuevo en

esta juvenil generación de la familia de Castro. Tratamos de casar a

Demetria.

—¡Ah!..., no creía, no sabía..., no sospechaba —dijo balbuciente el

joven, mirando a un lienzo antiquísimo, colgado en la pared frontera,

y en el cual, entre las negruras del óleo secular, se distinguía la

cara de un santo de sexo indefinido—. Es muy natural..., sí, señor...,

casar a Demetria.

—Ya ve usted. Mi hermana y yo venimos poniendo en ello de un mes acá

nuestros cinco sentidos, que son diez sentidos... La chica anda ya en

los veintiún años. Es, como usted sabe, una rica mayorazga, la más rica

de este término. Conviene, pues, buscarle marido; pues aunque ella no

necesita de ayuda de varón para el gobierno de su hacienda, no es bien

que la poseedora de estos estados permanezca soltera. Para la felicidad

de ella, para su equilibrio, vamos al decir, así como para lustre de

su nombre y de su casa, conviene que la niña tenga esposo. ¿No piensa

usted lo mismo?

—Exactamente lo mismo —respondió el joven, que volvió a mirar al santo;

y ya en aquel punto, o porque entrase más luz, o porque sus ojos se

habituasen a la penumbra, ello es que le pareció mujer, es decir, santa

y bonita.

—Celebro que sea usted de mi parecer. Pues un mes llevamos María y yo

en este negocio, y creo que nos aproximamos a un resultado felicísimo,

pues el punto delicado de la elección de esposo está casi resuelto.

—¿Y quién es..., se puede saber..., quién es el venturoso mortal a

quien se cree digno de poseer tal joya?

—Tiene usted razón: joya es de gran precio la niña, y mucho tiene que

valer el que se la lleve... Ahí estaba la dificultad: elegir un hombre

que si no igualase en prendas a Demetria, se le aproximara; vamos, que

fuera de lo más selecto entre los jóvenes del día. Pues sí, señor:

hemos encontrado ese _rara avis_.

—¿Puedo saber quién es? ¿Acaso le conozco?

—Espérese usted un poco. Como me consta el interés vivísimo con que

usted mira cuanto a mis sobrinas se refiere; como no puedo olvidar que

ha sido usted el espíritu valiente que las redimió de aquel endiablado

cautiverio de Oñate; como sé todo esto...

—Acabe usted, por Dios.

—Como sé todo esto, y me consta la gratitud que las niñas le tienen y

lo mucho que estiman su caballerosidad, su hidalguía, su..., en fin,

que usted debe saberlo antes que nadie. Pero el asunto es reservado;

queda entre los dos... Pues decía..., ya..., a ello voy; decía que

después de mucho discurrir mi hermana y yo, y de pasar revista a los

linajes y circunstancias de todas las casas ilustres de veinte leguas a

la redonda..., mi hermana..., para que usted lo sepa..., es muy fuerte

en linajes y en historias de familias..., decía que al fin nos fijamos

en la noble casa de Idiáquez. ¿La conoce usted?

—No, señor..., ese apellido me suena..., pero no..., no conozco.

—Los Idiáquez son una rama de la antiquísima casa de Lazcano, que viene

a enlazarse por sucesivos entroncamientos con los Palafox y con los

Gurreas de Aragón, de la estirpe del Rey Católico; con los Borjas y

Pignatellis, con los...

—Pero en puridad, señor don José María, ¿quién es el novio?

—El novio, señor mío, es y no puede ser otro que don Rodrigo de

Urdaneta Idiáquez, Conde de Saviñán y de Villarroya de la Sierra, el

cual tiene su casa señorial en la renombrada villa de Cintruénigo; hijo

de don Fadrique, o don Federico, lo mismo da, de Urdaneta, ya difunto,

y de doña Juana Teresa de Idiáquez y demás hierbas, pues si fuera a

designar todos los apellidos, no acabaría en media semana.

—Bien; me parece muy bien —dijo Calpena, volviendo a mirar la pintura,

que ya no le pareció santa, sino santo, y bastante feo. Fijándose más,

vio que a los pies tenía una corona, como si la despreciara, y en la

mano una calavera, que antes le había parecido un queso con ojos.

—Como usted comprende —añadió con gravedad don José María—, teniendo en

cuenta todas las partes del individuo, no hemos reparado principalmente

en su alcurnia, que es altísima, ni en su lucida riqueza, sino en

sus virtudes, las cuales son tantas, al decir de la fama, que no hay

lenguas que puedan elogiarle como se merece. Su edad es de veintiséis

años, su presencia gallardísima, su rostro hermoso, espejo de un alma

noble, sus acciones señoriles, su lenguaje comedido y muy galán..., en

fin, que parece haber venido al mundo adrede para emparejar con esta

sin par niña, cuyos méritos conoce usted. Hace días que María y yo, por

medio de una discretísima correspondencia, venimos tratando de este

matrimonio, que esperamos bendecirá Dios, concediéndole numerosa prole.

—Según eso —dijo Fernando sin ocultar su asombro—, ¿no conocen ustedes

al candidato?

—Le conocemos y no le conocemos. El año 21 o 22, con ocasión del

destierro de don Beltrán de Urdaneta... ¿No ha oído usted nombrar a don

Beltrán de Urdaneta?

—¡Yo qué he de oír nombrar a ese señor!

—Pues es en estas tierras más conocido que la ruda. Decía que con

motivo de su destierro por trapisondas políticas, residió aquí la

familia como unos ocho meses. Rodriguito era entonces un chiquillo

precioso: diez u once años todo lo más. Demetria tenía seis, si mal no

recuerdo. Las dos familias intimaron: el niño y la niña no se separaban

en todo el día, fraternizando en sus juegos infantiles. Recuerdo que

en aquella Navidad les hice un nacimiento en la misma habitación donde

usted mora. Lo que yo gozaba con ellos no es fácil imaginarlo. Desde

entonces, me dio el corazón que aquellos dos seres tan graciosos y

angelicales habían de juntarse, con el tiempo, en santa coyunda. Don

Beltrán, abuelo de Rodrigo, y don Fadrique, su padre, salían con Alonso

a cacerías interminables. Verdad que desde entonces no hemos vuelto

a verles; pero mi hermana, que entabló cordial amistad con doña Juana

Teresa de Idiáquez, ha seguido sosteniendo con ella correspondencia

tirada; mi cuñado Anselmo de Tirgo tuvo en arrendamiento, por no sé

cuántos años, la propiedad de los Urdanetas que llaman _Mojón de los

tres reyes_, y fue de los que ayudaron a desempeñar la casa, que vino

muy a menos por las imprevisiones y larguezas desmedidas del don

Beltrán.

—Y Demetria, ¿tampoco ha vuelto a ver al don Rodrigo desde que jugaban

juntos y usted les hacía los belenes?

—No han vuelto a verse, no señor.

—¿Y se ha enterado de que quieren ustedes casarla?

—Se lo hemos dicho, naturalmente; y como es tan discreta y sesuda, nos

ha contestado que agradecía mucho el interés que tomábamos por ella;

que, en efecto, tiene noticia de las virtudes y méritos del señor don

Rodrigo, y que accederá a ser su esposa, si, después de tratarle en

esta edad del discernimiento, le encuentra digno de concederle, con su

mano, su corazón.

—Muy bien contestado, señor don José. En todo revela su entendimiento

superior.

—Los informes que tenemos del ilustre joven, fidedignos, tomados en

fuentes diversas, convienen en que es un dechado de grandes y nobles

cualidades; perfecto caballero, que cuida de conservar intacta la

dignidad de sus mayores; de tan intachable conducta en lo moral, que

nadie podría echarle en cara ni aun aquellas transgresiones leves

que tan disculpables son en la juventud; grave en su trato, en su

lenguaje comedido, llano con los humildes, digno entre los poderosos

sus iguales, formal en sus tratos, esclavo de su palabra, señor en

sus actos todos; enemigo de juegos y pasatiempos que no conducen más

que al pecado; desconocedor de todos los vicios, amante de todas las

virtudes...

—Diga usted de una vez que es santo y acabará más pronto.

—Pues nos han contado de él rasgos que casi elevan su virtud a la

categoría de santidad, sí, señor. Para poder restaurar la hacienda

de Idiáquez, que, como antes he dicho, quedó maltrecha con los

despilfarros de don Beltrán y del don Fadrique, nuestro Rodrigo se

consagró en cuerpo y alma a la práctica del orden, de la regularidad

administrativa, imponiéndose a la edad de veintiún años una economía

implacable, que no solo significaba la privación de todos los goces de

la juventud, sino que le imponía una estrechez de vida más propia de

padres del yermo que de caballeros de este siglo. ¡Mire usted que es

virtud!

—O necesidad..., según como estuvieran las cosas.

—Virtud, digo, porque no era para tanto, señor mío. Verdad que en

esto le ayudaba su madre doña Juana Teresa. Esta sí que es una santa.

Ella fue quien le enseñó la economía prodigiosa, gracias a la cual

han sacado adelante los intereses, conservando casi todos los bienes

raíces. Otro rasgo de virtud es que jamás se le ha oído a don Rodrigo

una palabra malsonante, pues hasta para reñir a un criado que falta

a su obligación emplea formas corteses. Sus pensamientos son siempre

limpios; su vida de una pureza ejemplar. Actos de religiosidad y

cristianismo se cuentan de él a millares, señalándose principalmente

por el rigor piadoso con que ayuna toda la Cuaresma, sin hacer gala de

ello, y por su devoción a la Virgen... En el gobierno de su hacienda,

lleva las cuentas de frutos y gastos con una prolijidad minuciosa, de

modo que no se le escapa un maravedí, y en la casa, con tal sistema,

todo marcha a maravilla... Conque vea usted por qué caminos de Dios

vienen a unirse los que atesoran las mismas cualidades. ¿Qué ha de

resultar de esto, señor don Fernando, más que la misma perfección, y

por ende la felicidad suprema?

—Pues si me permite usted una observación, señor don José María, y me

promete tenerla por sincera y leal, allá va. Si el don Rodrigo es tal y

como usted me le pinta; si hay completa fidelidad en ese retrato, yo me

atrevo a declarar, porque así lo pienso, que Demetria no ha de gustar

de su novio cuando le trate.

—¡Por Dios, señor don Fernando!...

—Esta es mi opinión, señor de Navarridas. Apréciela usted como quiera.

Puede que me equivoque; puede resultar que el don Rodrigo no sea

enteramente igual al retrato que usted por referencias hace, pues

no le trata hoy ni le ha visto desde que él era niño. Y también digo

que si, retocando la pintura, le quita usted algunas de esas virtudes

eminentes, tal vez sea más grato a la niña.

—¿Qué dice usted...? ¿Más grato a la niña cuanto menos virtuoso...?

—No depende el atractivo personal de las virtudes exclusivamente,

señor mío. Claro que las virtudes algo significan; pero no son ellas

solas las que hacen al hombre agradable, propicio al amor. No sé si me

explico bien. Usted es un santo. Si este grave asunto se ha de decidir

entre santos, tendré que inhibirme, porque yo no lo soy. Sujeto a las

debilidades humanas, creo poder juzgar de cosas de amor, de simpatía,

mejor que usted. Y perdóneme esta franqueza, mi buen amigo.

—Sí que le perdono... Usted me confunde. Tengo al señor Calpena en

gran estimación y le coloco entre los primeros caballeros del mundo,

conocedor de la sociedad y del corazón humano... Por lo que usted me

ha contado, poniendo en mí su confianza, sé que tiene motivos para

dar lecciones al más pintado en lo tocante a los afectos entre hombre

y mujer. Puede que esté en lo cierto... Pero como nada ha de hacerse

sin que preceda el trato de los novios, y mi sobrina, según su gusto y

parecer, es la que ha de decidirlo en definitiva, esperemos. Dentro de

poco tiempo serán las vistas, pues aquí ha de venir el don Rodrigo con

su madre y su abuelo don Beltrán, y entonces se sabrá si...

—Todo eso me lo contará usted, porque yo he de marcharme pronto. Mis

asuntos apremian, y no estaré en Laguardia cuando se celebren las

vistas, precursoras de esto que parece matrimonio de reyes.

—¡Sí que lo parece!... ¡Ja, ja!... —dijo gozoso Navarridas—. Aquí

tenemos nuevo ejemplo del casorio de Isabel de Castilla con Fernando

de Aragón. Veremos unidas dos casas poderosas, Castro-Idiáquez o

Idiáquez-Castro... _Tanto Monta_.

Luchana · 第 8 / 43 题