III

«Cuando llegaron a lo que en aquel caso era sala de embajadores, los

tres emisarios de la revolución iban tan azorados y temerosos, que se

habrían alegrado, creo yo, de que les mandaran volver a la plazuela.

El lujo de Palacio, para ellos sorprendente, desconocido; las

personas graves, de alta representación social, que a su paso veían;

la idea de encontrarse pronto frente a la majestad representada en

la hermosa reina, toda gentileza, elegancia, superioridad por donde

quiera que se la mirase les abrumaba, les hacía temblar como reos

míseros. Te aseguro que el soldado tenía cara de tonto; pero que no

lo era, bien lo probaba su audacia. Y no hubo entre los palaciegos

que les recibían o entre los jefes que les acompañaban uno a quien

se le ocurriera decir: “Pero tú, soldadillo, ¿qué tienes que hacer

aquí? ¿Quién te ha llamado, quién te ha dado poderes para llegar en

comisión nada menos que al pie del trono?”. Esto te probará cuán

azorados andaban aquella noche los grandes y los medianos. La ola que

subió tan súbitamente les privaba de todo sentido.

»De los sargentos, el Gómez era sin duda el más despabilado:

arrogante muchacho, de color moreno encendido, vivos los ojos.

Lucas parecía menos listo. Miraba al suelo: su papel político le

agobiaba como un remordimiento. Por fin, entraron en el archivo

silenciosos. Y al ver a la reina, rodeada de tantas personas de

categoría y de la alta servidumbre, quedáronse como encandilados, tan

cohibidos los pobres, que sus jefes tuvieron que cogerles del brazo

para hacerles avanzar a lo largo de la sala. Detrás y a los lados

del sillón regio estaban el señor Barrio Ayuso, ministro de Gracia

y Justicia, el marqués de Cerralbo, el alcalde de La Granja, señor

Ayzaga, y varias damas. San Román y Alagón se situaron a derecha e

izquierda de Su Majestad. Hincaron la rodilla los tres representantes

de la revolución y besaron la mano de la Gobernadora, que desde

aquel instante pareció recobrar su serenidad. Abriendo camino a

las explicaciones, la reina les electrizó con la sonrisa primero,

y después con estas cariñosas palabras: “Hijos míos, ¿qué tenéis?,

¿qué queréis?, ¿qué os sucede?...”. La contestación de ellos tardó

un mediano rato, que a todos pareció larguísimo. Los sargentos se

miraban uno a otro, como diciéndose: “Habla tú”; pero ninguno de

los dos rompía. Tuvo la reina que repetir su pregunta, y al fin,

el comandante de Provinciales mandó al Gómez con gesto imperioso

que contestase. En voz muy baja, balbuciente, rectificándose a cada

sílaba, dijo el sargento algo muy extraño, que no parecía tener

congruencia con la pregunta. Interpretando las cortadas expresiones

del joven militar, como se interpreta una borrosa inscripción, o como

se lee una carta rota, cuyos pedazos no están completos, resultaba

poco más o menos el siguiente concepto: “Señora, lo que nosotros

pedimos a Vuestra Majestad es que conceda a la nación _aquello_...,

_aquello_ por que nos hemos batido en el Norte durante tres años,

_aquello_ por que han perecido la mayor parte de nuestros compañeros”.

»La reina interpretó al instante en el sentido más conforme con sus

ideas las inciertas demostraciones del militar, que, en su rudeza,

quería ser delicado evitando la palabra poco grata a los reyes, y el

pobrecillo no tenía bastante dominio del lenguaje para poder emplear

eufemismos hipócritas. Pues bien: la señora reina se aprovechó de la

turbación del soldado para sostener que _aquello_ era ni más ni menos

que los legítimos derechos de su hija la reina de las Españas doña

Isabel II.

»Vimos entonces en el rostro del sargento la rápida iluminación que

da el hallazgo del concepto apropiado a las ideas que se quieren

expresar. “Sí, señora —dijo—: nos hemos batido por los legítimos

derechos de nuestra reina; pero también creíamos que peleábamos por

la Libertad”. Viendo la Gobernadora que no le valía la evasiva,

extremó su bondad para decir: “Sí, hijos míos: por la Libertad, por

la Libertad”. Animándose Gómez con su primer éxito, se atrevió a

responder: “De la Libertad se habla mucho; pero no veo yo que la

tengamos”. Expresó entonces la reina una idea de las que más han

usado y manoseado los _estatuistas_: Libertad es que tengan fuerza

las leyes; que se respete y obedezca a las autoridades constituidas.

Al oír esto, despabilose súbitamente el sargento, y en tono decidido,

dueño ya de su palabra y de su asunto, salió con esta retahíla que

habría sido fácil ajustar a la música del himno famoso: “Entonces,

señora, no será Libertad el oponerse a la voluntad de todas las

provincias para que se _ponga_ la Constitución; no será Libertad

el desarme de la Milicia Nacional en todos los puntos donde está

pronunciada; ni la persecución de liberales, como está sucediendo

hoy mismo en Madrid; ni será tampoco Libertad el que vayan al Norte

comisionados a proponer arreglos y tratos con los facciosos para

concluir la guerra”.

»Iba tomando un carácter poco grato la conferencia, que casi picaba

en disputa, y la reina, un tanto nerviosa, la exacerbó asegurando que

lo dicho por Gómez no tenía nada que ver con la dichosa Libertad,

y que por su parte desconocía las persecuciones de liberales y los

pronunciamientos de la Milicia Nacional. Ya notaban todos que el

sargentito no se mordía la lengua. San Román estaba de veinticinco

colores, y Alagón de uno solo: su palidez era intensa, su silencio

absoluto. Gómez no perdía ripio: allí fue contando por los dedos

las capitales pronunciadas, particularizando a Zaragoza, y, por

último, se dejó decir que si Su Majestad no sabía lo que pasaba en

el reino, era porque le ocultaban la verdad. ¡Amigo, esta fue la

gorda! Sonó un murmullo en toda la sala. La reina dejó de sonreír;

el ilustre concurso estimaba irreverente y absurda la conferencia,

que únicamente el miedo podía consentir. ¿Y quién era el guapo que la

suspendía? ¿Quién mandaba a los sargentos retirarse con las compañías

al cuartel? No había más remedio que hacer de tripas corazón. Los

sublevados tenían la fuerza: cuanto miraban delante de ellos no era

más que una debilidad ostentosa. Creciéndose más a cada instante,

el sargento de veintidós años declaró respetuosamente, en nombre de

sus compañeros, y juzgándose intérprete de miles y aun de millones

de españoles, que para devolver la tranquilidad a España y evitar el

derramamiento de sangre, _se hacía indispensable_ que Su Majestad

_mandase publicar_ el Código constitucional del 12, pues no era otro

el motivo de la insurrección.

»Tragando un poquito de saliva, quiso probar la Gobernadora los

efectos de su graciosa sonrisa para reducir y aniquilar a su

contrario, el cual, si nada representaba por sí, por la masa humana

que tenía detrás adquiría proporciones gigantescas. “¿Pero tú conoces

la Constitución del 12? ¿La has leído?”, le dijo; y él contestó

impávido que en ella había aprendido a leer. Prodújose en todos

los presentes un movimiento de sorpresa, de hilaridad, y la reina

mandó traer el libro de la Constitución. No fue preciso salir de la

estancia, pues ya lo tenían allí preparado. El señor Barrio Ayuso,

ministro de Gracia y Justicia, era de los que creían que aquella

grave situación se dominaba con triquiñuelas, y entre él y la reina

habían armado una: la oportunidad de ponerla en práctica no tardó en

llegar. Abrió María Cristina el venerable librote, y leyó el artículo

192, que previene han de ser tres o cinco los regentes. “¡Según eso

—exclamó Su Majestad— sois vosotros los que queréis traer a don

Carlos al trono! (_Asombro e indignación de los sublevados_). Sí,

vosotros, pues por esta Constitución no puedo ser yo la regente del

reino ni tutora de mis hijas, y eso por vosotros, que tantas pruebas

me habéis dado de adhesión”.

»El efecto de este argumento fue desastroso en los inocentes

revolucionarios, y las caras de triunfo que ponían los palaciegos al

oír a su señora acabaron de desconcertarles. Miráronse por segunda

vez uno y otro sargento, como diciéndose: “Ahora sí que estamos

lucidos”, y el señor Barrio Ayuso, reventando de vanagloria por el

éxito de su pasmosa zancadilla, reforzó las palabras de la soberana

con otras hinchadas y oscuras, de jurisprudencia constituyente, con

las cuales creía llevar a su último extremo la confusión y apabullo

de los sublevados. El alcalde señor Ayzaga, que en el curso de la

conferencia había demostrado su parcialidad, apoyando con mímica

expresiva cuanto decía una de las partes, y poniendo morros de burla

y menosprecio siempre que hablaba Gómez, se creció con el triunfo

de la reina, y quiso acabar de hundir a la desdichada comisión,

interrogando al pobrecito soldado que en ella desempeñaba un papel

mudo, pues aún no se le había oído el metal de voz... “Y tú, vamos

a ver —le preguntó, entre las risas de los circunstantes—, ¿qué

razones tienes para querer la Constitución del 12?”. Como el soldado,

estupefacto y hecho un poste, no contestara, repitió el otro la

carga. “Te pregunto, fíjate bien, que por qué te gusta a ti la

Constitución”. El soldado miró al techo, como los chicos que no se

saben la lección, y respondió al fin con no poco trabajo: “La quiero,

la queremos..., porque es mejor”.

»Ya iba picando en sainete la histórica escena: la inocencia del

soldadillo había puesto fin a toda seriedad, y de ello se aprovechó

el alcalde para estrecharle y confundir más a sus compañeros de

armas. “Pero, hombre, explícate mejor: di a Su Majestad en qué te

fundas para creer que esa Constitución que ahora defiendes es mejor

que otra cualquiera”. Tanto le apremiaron, que el pobre chico se

arrancó con sus razones. “Pues yo no sé..., lo que sé es que el año

20, en mi pueblo, que es La Coruña, para servirles, estaba libre la

sal (_Risas_), y libre el tabaco”.

»Y con estas candideces se regocijaban más los primates allí

congregados sin acordarse de que a pocos pasos de la estancia real,

donde tales simplezas oían, se apiñaba inquieta y displicente una

muchedumbre armada que pedía la Constitución del 12, sin que ninguno

de los sediciosos supiera justificar su deseo con razones de más

sustancia que aquella expresada por el soldado: _que era mejor_.

»Explícame esto, tú que sabes tanto. ¿Cómo se forma el sentimiento

popular, casi siempre irresistible? ¿Quién enseña a las multitudes a

querer ardientemente una cosa, sin saber decir por qué la quieren?

¿Cómo es que la sinrazón popular, cuando es persistente y honda,

tiene siempre razón? Explícamelo tú, que sabes de estas cosas...

Pero no: ahora no me expliques nada, porque no tendría yo cabeza

para enterarme de tu sabiduría, como no la tengo, ni ojos, ni

tampoco mano, para seguir escribiendo. El sueño me rinde. No puedo

más. Me permitirás que termine aquí esta carta, y no me reñirás por

suspenderla en lo más interesante. Mañana seguiré, tontín; mejor

dicho, empezaré otra, pues esta quiero que salga en el correo que

parte del Real Sitio al amanecer. Mas no la terminaré sin decirte

que en la presente confirmo y ratifico cuanto en otras te manifesté

respecto a mi tolerancia y deseos de transacción. No solo no pongo

ya el veto a tu frenesí amoroso, sino que para evitar mayores males

te incito a que vayas en seguimiento de tu Aura. Sí, niño, sí:

¿tú lo quieres? Pues sea. Como reventarías si no la encontraras

y la hicieras tuya, tómala, te lo permito. Quiero que despejes

esa incógnita de tu destino. Si he de decirte la verdad, ya me va

interesando también a mi esa pobre joven, tan traída y llevada por

parientes y tutores, oprimida y explotada por gentes mercenarias. Es

muy triste no tener padres, ¿verdad? Mira tú, por esto solo, por ser

huérfana tu novia, he principiado yo a encariñarme con ella. Y es de

poco tiempo acá la transformación de mis sentimientos con respecto a

tu Aura. Debo esta mudanza a la señora de que te hablé... ¿ya no te

acuerdas? la que te ha visto y no te ha visto; la que te conoce y no

te conoce; la que... Vamos, niño, tengo mucho sueño. Hasta mañana».

Luchana · 第 7 / 43 题