«“Por aquí, por aquí”, nos dijeron señalando las salas cuyos
balcones dan a la plazuela llamada la _Cacharrería_, y allá nos
fuimos mi amiga y yo, deseosas de ver y gozar las escenas que se
preparaban, presumiendo, no sé por qué, que estas no habían de ser
tumultuosas, ni menos sangrientas. Sonaron algunos tiros, ¡ay qué
miedo!; advirtieron por allí que eran disparados al aire, más en son
de fiesta que de hostilidad, y el murmullo de voces que subía de
la plazoleta no parecía en verdad resuello de revolución, sino más
bien algo del ¡_ah, ah_! con que en los teatros imitan torpemente
el bramido de las multitudes furiosas. La noche no era muy clara.
Desde los balcones, atisbando tras de los cristales, distinguíamos
el hormigueo de bultos oscuros moviéndose sin cesar, brillo fugaz de
objetos metálicos, bayonetas, cañones de fusil, chapas de morriones,
charreteras. Se intentaba, sin duda, la formación ordenada, y no era
fácil lograr tal intento. En los vivas, que a poco de llegar los
sublevados a la plazuela empezaron a oírse, alternaba la reina con
la libertad, uno y otro grito proferidos con igual ardor, de lo que
deducíamos que nuestras vidas, así como las de las reinas, no corrían
peligro alguno. Revolución que aclama a las personas que encarnan
la autoridad, no viene con mal vino. “Puede que ahora —observó mi
amiga— salgan esos infelices con que han armado toda esta tremolina
para pedir aumento de paga, lo que me parece muy justo, porque ya
sabrá usted que ya no les dan más que nueve cuartos, de los cuales
ocho son para el rancho. Reconozcamos que el soldado español es la
virtud misma, pues _por un cuarto_ diario consagra a la patria su
existencia, _por un cuarto_ se somete a los rigores de la disciplina,
_por un cuarto_ nos custodia y nos defiende hasta dejarse matar. No
creo que en ningún país exista abnegación más barata. Pero ya verá
usted cómo estos desdichados vienen pidiendo algo que no les importa,
algo que no ha de remediar su pobreza. Verá usted cómo se descuelgan
reclamando más libertad..., libertad que no ha de hacerles a ellos
más libres, ni tampoco menos pobres. Alguno habrá quizás entre ellos
que crea que la Constitución del 12 les va a dar cuarto y medio”.
»Otra dama que se nos agregó, esposa de un general que ha hecho
su brillante carrera hollando alfombras palatinas (no te digo su
nombre: es feíta la pobre; tan poco agraciada que todo el mundo
cree que tiene talento..., y el mundo se equivoca), nos aseguró que
el escándalo que presenciábamos era obra del masonismo; que los
soldados de la Guardia no entendían de constituciones, ni sabían si
la libertad se comía con cuchara o con tenedor, y que se sublevaban
porque las logias les habían repartido dinero. Cuatro días antes
habían llegado de Madrid doce mil duros... Mi amiga la interrumpió
para decirle que no creía en esos viajes de las talegas. Yo fui de la
misma opinión. Pero ella insistió, asegurando lo de los miles como
si los hubiera contado. Lo sabía por la doncella de una camarista,
que tenía un novio cabo de Provinciales. El domingo anterior habían
salido de paseo, y él la convidó a merendar en la Boca del Asno, y
le mostró piezas columnarias, de esas que tienen dos globos y el
letrero que dice _más allá_... Dijo a esto mi amiga, revistiendo
su socarronería de exquisitas formas, que con tales señas no podía
ponerse en duda la venalidad de los sargentos sediciosos, y yo me
vi precisada a expresar la misma opinión, añadiendo que en ningún
caso es conveniente que las logias tengan dinero. Las tres hubimos
de maravillarnos de que, poseyendo el rey y la grandeza los mayores
caudales de la nación, sean todas las revoluciones contrarias a
la monarquía y a la aristocracia. Por fuerza tiene que haber gran
cantidad de moneda oculta, repartida en muchos poquitos entre la
masa enorme de gentes ordinarias, oscuras y aun descamisadas que
hormiguean en ciudades y aldeas.
»Bruscamente apartaron nuestra atención de estas filosofías a lo
mujeril el aumento de ruido en la plaza y en la entrada de Palacio,
la estrepitosa sonoridad del himno de Riego, cantado por mil voces,
y el movimiento que advertimos hacia la escalera principal. Pronto
vimos que subían los jefes de las compañías sublevadas. San Román
y el duque de Alagón salieron a recibirles. No olvidaré nunca el
breve, picante diálogo entre los generales palatinos y los jefes
que tan desairado papel representaban en aquella comedia. “¡Pero
ustedes...!”. “Mi general, nosotros...”, y no decían más. Escribían
un poquito de historia con estas palabras premiosas, acompañadas de
un expresivo encoger de hombros. Uno de ellos pudo al fin explicarse
con más claras razones: “Nosotros no nos sublevamos..., los sargentos
de todos los cuerpos son los que se sublevan... ¿Qué habíamos de
hacer? Hemos tenido que seguirles para evitar el derramamiento
de sangre”. Y Alagón repetía: “¡Pero ustedes!...”. “Mi general
—se aventuró a decir el comandante de Provinciales—, creemos que
dejándonos llevar de esta corriente irresistible, prestaremos un
servicio a la reina... Sin nosotros, sabe Dios a dónde llegaría el
movimiento...”.
»San Román, pálido, dando pataditas, estampa viva del azoramiento
y la perplejidad, creyendo que era su deber incomodarse para decir
las cosas más sencillas, desplegó toda su cólera en estas palabras:
“Pues ahora van ustedes a manifestar a la reina..., eso, eso..., a
explicarle las causas del escándalo..., y eso..., eso..., que ustedes
se han dejado llevar, se han dejado traer, para evitar mayores
males..., y eso..., el derramamiento de sangre”.
»Más sereno Alagón, como hombre de trastienda y con más conchas
que un galápago, les invitó a pasar a la presencia de Su Majestad,
con el fin de darle conocimiento de lo ocurrido y de reiterarle
su firme lealtad y adhesión. Adentro fueron todos, y los de fuera
seguían desgañifándose con el himno, cual si lo hubieran aprendido en
viernes. Poco duró la conferencia de los jefes con la Gobernadora. Al
verles salir, acompañados de un conde y un duque, no pudimos menos de
observar que si ridícula era la situación de la oficialidad dejándose
mover de la indisciplina de los inferiores, más ridículamente
desprestigiados resultaban los generales, cuyo papel quedaba reducido
al de introductores de las embajadas que los sediciosos enviaban a la
reina.
»“Que suba una comisión, una comisión de las clases... —decía San
Román—: veremos qué piden... Que suban seis”. Opinó Alagón que
era excesivo este número. Bastaba, según él, que subieran uno
de Provinciales y otro de la Guardia..., todo lo más tres: un
tercero por los granaderos de Caballería... En esto reclamaron a
mi amiga de parte de la reina. A mí se me llamó poco después, y
entró con otras dos señoras en el comedor pequeño, donde estaba Su
Majestad disponiéndose a cenar antes de recibir a la comisión de los
amotinados. No podía disimular la ilustre señora su turbación, su
miedo ante aquel problema que el pueblo le planteaba, y que tenía
que resolver pronto y con entereza, sin que la ayudaran ministros ni
próceres. Creo que desde las tremendas noches de septiembre del 32,
en aquel mismo palacio, cuando se vio sola junto al rey moribundo,
y enfrente la intriga de los apostólicos, no se ha visto doña María
Cristina en trance tan apretado como el de agosto del año que corre.
Quería comer, y lo dejaba por hablar y hacer preguntas atropelladas;
queriendo decir algo importante, interrumpía los conceptos para comer
precipitadamente sin saber lo que comía. Probó de una sopa, picó de
un asado, tomaba la cuchara cuando debía coger el tenedor... Y en su
exquisita amabilidad y hábito de corte, para todos tuvo una palabra
grata, equivocando personas y nombres: eso ni que decir tiene.
Advertí su rostro un poco arrebatado; a cada instante se pasaba la
mano por la frente... ¡y qué frente aquella más bonita!..., o miraba
en derredor, fijándose, más que en las personas, en los huecos que
estas dejaban al moverse. ¿Qué buscaba? Sin duda lo que no tenía ni
podía tener: un hombre, un rey.
»Vestía la reina de blanco con sencillez soberana. Ordinariamente Su
Majestad come muy bien. Aquella noche, un tanto tempestuosa para la
corona, la inapetencia, la nerviosa ansiedad del primer tripulante
del bajel del Estado, revelaban que no era insensible al malestar
del mareo. Verdad que los tumbos del barquito eran horrorosos: la
caña del timón había venido a ser irrisoria, como la que le pusieron
a Cristo en su santa mano. Tan turbada estaba la señora, que nos
preguntó muy sorprendida que por qué no cenábamos, sin reparar que
no cenábamos porque no nos servían. La servían a ella sola. Pronto
echó de ver su inadvertencia, lo que fue causa de endulzar con un
poco de risa forzada los amargores de la situación. Algo dijo la
reina, no lo entendí bien, de que luego cenaríamos chicos y grandes
con formalidad, si la revolución nos dejaba llegar a media noche
con vida; y de aquí tomaron pie los presentes para bromear un poco,
mientras seguía por dentro de cada uno la tumultuosa procesión. Ni
aun en aquel caso se eclipsaba la sonrisa ideal de María Cristina;
sonrisa que era como un astro siempre luminoso en medio de tales
tristezas. Los hoyuelos lindísimos de su cara, el repliegue de
aquella boca no tienen semejante, ni creo exista en humanos rostros
un anzuelo tan bien cebado para pescar corazones. Cuantos españoles
han visto a esta reina se sienten dominados por su atractiva belleza.
Es, creo yo, entre todas las testas coronadas, la única que posee
el secreto del estilo gracioso, con preferencia al grave, para la
expresión de la majestad.
»Como anunciara el duque que los sublevados habían elegido ya
su comisión, y que esta esperaba la venia de la soberana para
presentarse a ella, se discutió en qué departamento del Palacio se
recibiría tan singular embajada. No por humillar a los sargentos,
sino por alejarse lo más posible de las estancias donde se sentía
el temeroso bullicio militar y el insufrible sonsonete del himno,
dispuso la reina recibir a la comisión en una de las salas del
archivo, que están en la parte del norte, lo más desamparado, triste
y recogido de la casa. Te daré una idea de la estancia en que se
efectuó el imponente careo entre pueblo y rey, que, según dicen, ha
de cambiar la faz del país... (Puede que varíe la cara nacional;
el alma poco variará...). Es el archivo una pieza larguísima, como
de doce varas, con la mitad de anchura, rodeada toda de armarios
de madera rotulados, que supongo estarán llenos de papeles del
Patrimonio, los cuales tengo para mí que no servirán para nada. El
cielo raso del techo se ha caído en algunas partes, mostrando la
armadura y tillado; el suelo está cubierto por esteras de las más
ordinarias. Los muebles son una mesa de nogal y otra de mármol,
arrimada a un lado como un trasto que estorbaba en otra parte y lo
han metido allí, donde también estorba. Elegida esta pieza para
parlamentar la corona y la revolución, llevaron un sitial para
la reina, dos grandes candelabros con bujías, y creo que nada
más. Pusieron guardias de Alabarderos en todo el trayecto desde la
escalera hasta el archivo; en la puerta de este dos guardias de
Corps, y un número grande de ellos en la pieza inmediata. Preparado
todo, se dijo a la plebe armada que podía pasar.
»Formaban la diputación de los sublevados dos sargentos. El soldado
que entró con ellos creímos que venía representando la clase de
tropa; después supimos que, movido de la curiosidad, la cual debía de
ser en él tan grande como su frescura, se había colado, agregándose
a los sargentos sin que nadie le dijera nada. Así andaban las cosas
aquella noche. En la escalera les recibieron el duque de Alagón y
el general San Román, que después de mandarles dejar las armas,
les echaron la correspondiente exhortación a la prudencia, no como
autoridades inflexibles, sino como compañeros, pues se había borrado
toda jerarquía, aunque los signos de estas permanecieran adornando
las personas, sin más valor que el que podrían tener los botones y
ojales de la ropa. Dijéronles que miraran bien lo que decían ante
la augusta persona de la reina; que doblaran ante ella la rodilla y
le besaran la mano respetuosamente, y que si Su Majestad, siempre
bondadosa, les recomendaba que se retiraran a sus cuarteles, lo
hicieran calladitos y sin ningún alboroto. A esto dijo uno de los
sargentos con bastante firmeza: “Mi general, si no hemos de poder
manifestar a la señora las causas de esta revolución y lo que pide
España, excusado es que entremos”. A este golpetazo de lógica, nada
pudo contestar el jefe de la guarnición. El duque añadió: “Sí, sí,
entrad... Su Majestad quiere veros y que le digáis las razones
de haber dado vosotros este paso, sin que nadie os lo mandara...
Entraréis; ¡pero cuidado, cuidado...! No nos deis una noche de
vergüenza, ni nos pongáis en el caso de...”. Lo demás no se oía...
Precedidos de los generales, acompañados, escoltados más bien por los
jefes de Provinciales y de la Guardia, avanzaron de sala en sala los
dos sargentos y el soldado intruso. El nombre de este no lo supimos;
los de los sargentos nos los dijeron ellos mismos a la salida: el uno
se llama Alejandro Gómez y tiene veintidós años; el otro Juan Lucas
y dos años más de edad. Ya ves qué pronto y con qué poco trabajo
han entrado en la Historia estos dos caballeros: ¡Alejandro Gómez,
Juan Lucas! ¿Qué significa esto?, te pregunto yo. ¿Cómo se entra
en la Historia? Y tú me responderás que en la Historia, como en
todas partes donde hay puertas, gateras o ventanillos, se entra...
entrando».