Si tan enamorado estais de ella, á pesar de su alevosía, dejadla pecar

á rienda suelta. Para vos es el mal: si os dais por contento, ¿á los

demas qué nos importa?

OTELO.

Pedazos quiero hacerla. ¡Engañarme á mí!

YAGO.

¡Oh, perversa mujer!

OTELO.

¡Enamorarse de mi teniente!

YAGO.

Eso es todavía peor.

OTELO.

Búscame un veneno, Yago, para esta misma noche. No quiero hablarla,

no quiero que se disculpe, porque me vencerán sus hechizos. Para esta

misma noche, Yago.

YAGO.

No estoy por el veneno. Mejor es que la ahogueis sobre el mismo lecho

que ha profanado.

OTELO.

¡Admirable justicia! Lo encuentro muy bien.

YAGO.

De Casio yo me encargo. Allá á las doce de la noche sabreis lo demas.

OTELO.

¡Admirable plan! ¿Pero qué trompeta es la que suena?

YAGO.

Alguna embajada de Venecia, enviada por el Dux. Allí veo á Ludovico

acompañado de vuestra mujer.

(_Salen Ludovico, Desdémona, etc._)

LUDOVICO.

General, os saludo respetuosamente.

OTELO.

Bien venido seais.

LUDOVICO.

Os saludan el Dux y Senadores de Venecia. (_Le da una carta._)

OTELO.

Beso la letra, expresion de su voluntad. (_Besa la carta._)

DESDÉMONA.

¿Qué pasa por Venecia, primo mio Ludovico?

YAGO.

Caballero, mucho me alegro de veros en Chipre.

LUDOVICO.

Gracias, hidalgo, ¿y dónde está el teniente Casio?

YAGO.

Vivo y sano.

DESDÉMONA.

Entre él y mi marido ha habido ciertas disensiones, pero vos los

pondreis en paz, de seguro.

OTELO.

¿Así lo crees?

DESDÉMONA.

¿Qué dices, esposo mio?

OTELO.

(_Leyendo._) «Es preciso cumplirlo sin demora.»

LUDOVICO.

No os oye: está ocupado en la lectura: ¿Con que, han reñido él y Casio?

DESDÉMONA.

Sí, y no sé cuánto hubiera yo dado por hacer las paces entre ellos,

porque tengo buena voluntad á Casio.

OTELO.

¡Rayos y centellas!

DESDÉMONA.

¡Esposo mio!

OTELO.

¿Piensas lo que estás diciendo?

DESDÉMONA.

¿Cómo? ¿Está furioso?

LUDOVICO.

Puede ser que le haya hecho mal efecto la carta, porque (si no me

equivoco) se le manda en ella volver á Venecia, dejando en el gobierno

á Casio.

DESDÉMONA.

Mucho me alegro.

OTELO.

¿Te alegras?

DESDÉMONA.

¡Esposo mio!

OTELO.

Pláceme verte loca.

DESDÉMONA.

¿Qué dices, esposo?

OTELO.

¡Aparta, demonio!

DESDÉMONA.

¿Tal he merecido?

LUDOVICO.

Ni con juramento lo creeria nadie en Venecia. ¡Qué ultraje tan brutal!

¿No veis cómo está llorando?

OTELO.

¡Víbora! Si el llanto de las mujeres pudiera fecundar la tierra, de

cada gota naceria un cocodrilo. ¡Lejos, lejos de aquí!

DESDÉMONA.

Me iré por no verte enojado.

LUDOVICO.

¡Qué humildad y modestia! Compadeceos de ella, señor gobernador.

Volvedla á llamar.

OTELO.

Venid aquí, señora.

DESDÉMONA.

¿Qué me quereis, esposo mio?

OTELO.

¿Qué la quereis vos?

LUDOVICO.

Nada, señor.

OTELO.

Sí. ¿Qué la quereis? ¿No me deciais que la llamase? Sí, sí, ella

volverá y llorará, porque sabe llorar, caballero, sabe llorar, y es muy

humilde, muy sumisa, como antes deciais. Llora, llora más.—Esta carta

me manda volver... ¡Oh perfidia astuta!—Me mandan volver.—Retírate.

Luego nos veremos.—Obedezco. Volveré á Venecia. ¡Lejos, lejos de aquí,

Desdémona!

(_Se va Desdémona._)

Casio me ha de suceder. Esta noche venid á cenar conmigo. Bien venido

seais á Chipre. (_Aparte._) ¡Monos lascivos, esposos sufridos!

(_Se va._)

LUDOVICO.

¿Y este es aquel moro, de quien tantas ponderaciones oí en el Senado?

¿Este el de alma severa, firme é imperturbable contra los golpes de la

suerte ó los furores de la pasion?

YAGO.

Parece otro.

LUDOVICO.

¿Estará sano? ¿Habrá perdido la cabeza?

YAGO.

Es lo que es. No está bien que yo os diga más. ¡Ojalá que volviera á

ser lo que ha sido!

LUDOVICO.

¿Cómo podrá haberse arrebatado hasta el extremo de golpear á su mujer?

YAGO.

Mal ha hecho, pero ojalá sea el último ese golpe.

LUDOVICO.

¿Es costumbre suya, ó efecto de la lectura de la carta?

YAGO.

¡Cuánto lo deploro! Pero estaria mal en mí el descubriros lo que sé.

Vos mismo lo ireis viendo, y en sus actos lo descubrireis, de tal modo

que nada os quede que saber ni que preguntarme.

LUDOVICO.

Yo le creia de muy diverso carácter. ¡Qué lástima!

ESCENA II.

=Sala del castillo.=

OTELO y EMILIA.

OTELO.

¿Nada has visto?

EMILIA.

Ni oido ni sospechado.

OTELO.

Pero á Casio y á ella los has visto juntos.

EMILIA.

Pero nada sospechoso he advertido entre ellos, y eso que ni una sola de

sus palabras se me ha escapado.

OTELO.

¿Nunca han hablado en secreto?

EMILIA.

Jamas, señor.

OTELO.

¿Nunca te mandaron salir?

EMILIA.

Nunca.

OTELO.

¿Nunca te han enviado á buscar los guantes ó el velo ó cualquier otra

cosa?

EMILIA.

Jamas.

OTELO.

Rara cosa.

EMILIA.

Me atreveria á jurar que es fiel y casta. Desterrad de vuestro ánimo

toda sospecha contra ella. Maldito sea el infame que os la haya

infundido. Caiga sobre él el anatema de la serpiente. Si ella no es

mujer de bien, imposible es que haya mujer honrada ni esposo feliz.

OTELO.

Llámala. Dile que venga pronto.

(_Vase Emilia._)

Ella habla claro, pero si fuera confidente de sus amores, ¿no diria

lo mismo? Es moza ladina y quizá oculta mil horribles secretos. Y sin

embargo, yo la he visto arrodillada y rezando.

(_Salen Desdémona y Emilia._)

DESDÉMONA.

¿Qué mandais, señor?

OTELO.

Ven, amada mia.

DESDÉMONA.

¿Qué me quieres?

OTELO.

Verte los ojos. Mírame á la cara.

DESDÉMONA.

¿Qué horrible sospecha?...

OTELO.

(_A Emilia._) Aléjate, déjanos solos, y cierra la puerta. Si álguien se

acerca, haznos señal tosiendo. Mucha cautela. Véte.

(_Se va Emilia._)

[Ilustración]

DESDÉMONA.

Te lo suplico de rodillas. ¿Qué pensamientos son los tuyos? No te

entiendo, pero pareces loco furioso.

OTELO.

¿Y tú qué eres?

DESDÉMONA.

Tu fiel esposa.

OTELO.

Si lo juras, te condenas eternamente, aunque puede que el demonio,

al ver tu rostro de ángel, dude en apoderarse de tí. Vuelve, vuelve á

condenarte: júrame que eres mujer de bien.

DESDÉMONA.

Dios lo sabe.

OTELO.

Dios sabe que eres tan falsa como el infierno.

DESDÉMONA.

¿Falsa yo? ¿con quién? ¿Por qué, esposo mio? ¿Yo falsa?

OTELO.

¡Lejos, lejos de aquí, Desdémona!

DESDÉMONA.

¡Dia infausto! ¿Por qué lloras, amado mio? ¿Soy yo la causa de tus

lágrimas? No me eches la culpa de haber perdido tu empleo, quizá por

odio de mi padre. Lo que tú pierdes, lo pierdo yo tambien.

OTELO.

¡Ojalá que el cielo agotara sobre mi fortaleza todas las calamidades!

¡Ojalá que vertiese sobre mi frente dolores y vergüenzas sin número, y

me sepultara en el abismo de toda miseria, ó me encerrara en cautiverio

fierísimo y sin esperanza! Todavía encontraria yo en algun rincon de

mi alma una gota de paciencia. ¡Pero convertirme en espantajo vil,

para que el vulgo se mofe de mí y me señale con el dedo! ¡Y aún esto

podria yo sufrirlo! Pero encontrar cegada y seca para siempre la que

juzgué fuente inagotable de vida y de afectos, ó verla convertida en

sucio pantano, morada de viles renacuajos, en nido de infectos amores,

¿quién lo resistirá? ¡Angel de labios rojos! ¿por qué me muestras

ceñudo como el infierno tu rostro?

DESDÉMONA.

Creo que me tiene por fiel y honrada mi esposo.

OTELO.

Fiel como las moscas que en verano revolotean por una carnicería.

¡Ojalá nunca hubieras brotado, planta hermosísima, y envenenadora del

sentido!

DESDÉMONA.

¿Pero qué delito es el mio?

OTELO.

¿Por qué en tan bello libro, en tan blancas hojas, sólo se puede leer

esta palabra: «ramera»? ¿Qué delito es el tuyo, me preguntas? Infame

cortesana, si yo me atreviera á contar tus lascivas hazañas, el rubor

subiria á mis mejillas, y volaria en cenizas mi modestia. ¿Qué delito

es el tuyo? El mismo sol, la misma luna se escandalizan de él, y hasta

el viento que besa cuanto toca, se esconde en los más profundos senos

de la tierra, por no oirlo. ¿Cuál es tu delito? ¡Infame meretriz!

DESDÉMONA.

¿Por qué me ofende así?

OTELO.

Pues qué, ¿no eres mujer ramera?

DESDÉMONA.

No: te lo juro como soy cristiana. Yo me he conservado tan pura é

intacta como el vaso que sólo tocan los labios del dueño.

OTELO.

¿No eres infiel?

DESDÉMONA.

No: así Dios me salve.

OTELO.

¿De veras lo dices?

DESDÉMONA.

¡Piedad, Dios mio!

OTELO.

Perdonadme, señora: os confundí con aquella astuta veneciana que fué

esposa de Otelo. (_Levantando la voz._) Tú que enfrente de san Pedro

guardas la puerta del infierno...

(_Sale Emilia._)

Contigo hablaba. Ya está arreglado todo. Recoge tu dinero: cierra la

puerta, y nada digas.

(_Se va Otelo._)

EMILIA.

¿Qué sospecha atormenta á vuestro marido? ¿Qué os sucede, señora?

DESDÉMONA.

Me parece que estoy soñando.

EMILIA.

Señora, ¿qué le sucede á mi señor? decídmelo.

DESDÉMONA.

¿Y quién es tu señor?

EMILIA.

El vuestro, el moro.

DESDÉMONA.

Ya no lo es, Emilia, no hablemos más. No puedo llorar, ni hablar sin

llorar. Esta noche ataviarás mi lecho con las galas nupciales. Dí á

Yago que venga.

EMILIA.

¡Qué alteracion es esta!

(_Se va._)

DESDÉMONA.

¿Será justo lo que hace conmigo? ¿Habré andado alguna vez poco

recatada, dando ocasion á sus sospechas?

(_Salen Emilia y Yago._)

YAGO.

¿Me llamabais? ¿Estais sola, señora?

DESDÉMONA.

No lo sé. El que reprende á un niño debe hacerlo con halago y apacible

manera, y yo soy como un niño.

YAGO.

¿Pues qué ha sido, señora mia?

EMILIA.

¡Ay, Yago! El moro la ha insultado, llamándola ramera y otros vocablos

groseros y viles, intolerables para todo pecho bien nacido.

DESDÉMONA.

¿Y yo merecia eso?

YAGO.

¿Qué, señora mia?

DESDÉMONA.

Lo que él me ha dicho.

YAGO.

¡Llamarla ramera! No dijera tal un pícaro en la taberna, hablando de su

querida.

EMILIA.

¿Y todo por qué?

DESDÉMONA.

Lo ignoro. Pero yo no soy lo que él ha dicho.

YAGO.

Serenaos, por Dios. No lloreis. ¡Dia infeliz!

EMILIA.

¡Para eso ha dejado su patria y á su padre y á tantos ventajosos

casamientos! ¡Para que la llamen «ramera»! Ira me da el pensarlo.

DESDÉMONA.

Esa es mi desdicha.

YAGO.

¡Ira de Dios caiga sobre él! ¿Quién le habrá infundido tan necios

recelos?

DESDÉMONA.

Dios lo sabe, Yago.

EMILIA.

Maldita sea yo, si no es algun malsin calumniador, algun vil lisonjero

quien ha tramado esta maraña, para conseguir de él algun empleo.

Ahorcada me vea yo, si no acierto.

YAGO.

No hay hombre tan malvado. Dices un absurdo. Cállate.

DESDÉMONA.

Y si le hay, Dios le perdone.

EMILIA.

¡Perdónele la cuchilla del verdugo! ¡Roa Satanás sus huesos! ¡Llamarla

ramera! ¿Con qué gentes ha tratado? ¿Qué sospecha, áun la más leve, ha

dado? ¿Quién será el traidor bellaco que ha engañado al moro? ¡Dios

mio! ¿por qué no arrancas la máscara á tanto infame? ¿Por qué no pones

un látigo en la mano de cada hombre honrado, para que á pencazos

batanee las desnudas espaldas de esa gavilla sin ley, y los persiga

hasta los confines del orbe?

YAGO.

No grites tanto.

EMILIA.

¡Infames! De esa laya seria el que una vez te dió celos, fingiendo que

yo tenia amores con el moro.

YAGO.

¿Estás en tu juicio? Cállate.

DESDÉMONA.

Yago, amigo Yago, ¿qué haré para templar la indignacion de Otelo?

Dímelo tú. Te juro por el sol que nos alumbra que nunca ofendí á mi

marido, ni áun de pensamiento. De rodillas te lo digo: huya de mi todo

consuelo y alegría, si alguna vez le he faltado en idea, palabra ú

obra; si mis sentidos han encontrado placer en algo que no fuera Otelo:

si no le he querido siempre como ahora le quiero, como le seguiré

queriendo, aunque con ingratitud me arroje lejos de sí. Ni la pérdida

de su amor aunque baste á quitarme la vida, bastará á despojarme del

afecto que le tengo. Hasta la palabra «adúltera» me causa horror, y ni

por todos los tesoros y grandezas del mundo cometeria yo tal pecado.

YAGO.

Calma, señora; el moro es de carácter violento, y ademas está agriado

por los negocios políticos, y descarga en vos el peso de sus iras.

DESDÉMONA.

¡Ojalá que así fuera! Pero mi temor es...

YAGO.

Pues la causa no es otra que la que os he dicho. Podeis creerlo.

(_Tocan las trompetas._) ¿Ois? Ha llegado la hora del festin. Ya

estarán aguardando los enviados de Venecia. No os presenteis llorando,

que todo se remediará.

(_Vanse Emilia y Desdémona._)

(_Sale Rodrigo._)

¿Qué pasa, Rodrigo?

RODRIGO.

Pienso que no procedes de buena fe conmigo.

YAGO.

¿Y por qué?

RODRIGO.

No hay dia que no me engañes, y más parece que dificultas el éxito

de mis planes, que no que le allanas; y á fe mia, que ya no tengo

paciencia ni sufriré más, porque fuera ser necio.

YAGO.

¿Me oyes, Rodrigo?

RODRIGO.

Demasiado te he oido, porque tienes tan buenas palabras como malas

obras.

YAGO.

Ese cargo es muy injusto.

RODRIGO.

Razon me sobra. He gastado cuanto tenia. Con las joyas que he regalado

á Desdémona, bastaba para haber conquistado á una sacerdotisa de Vesta.

Tú me has dicho que las ha recibido de buen talante: tú me has dado

todo género de esperanzas, prometiéndome su amor muy en breve. Todo

inútil.

YAGO.

Bien está, muy bien; prosigue.

RODRIGO.

¡Qué está muy bien, dices! Pues no quiero proseguir. Nada está bien,

sino todo malditamente, y empiezo á conocer que he sido un insensato y

un majadero.

YAGO.

Está bien.

RODRIGO.

Repito que está muy mal. Voy á ver por mí mismo á Desdémona, y con

tal que me vuelva mis joyas, renunciaré á todo amor y á toda loca

esperanza. Y si no me las vuelve, me vengaré en tí.

YAGO.

¿Y eso es todo lo que se te ocurre?

RODRIGO.

Sí, y todas mis palabras las haré buenas con mis obras.

YAGO.

Veo que eres valiente, y desde ahora te estimo más que antes. Dame la

mano, Rodrigo. Aunque no me agradan tus sospechas, algun fundamento

tienen, pero yo soy inocente del todo.

RODRIGO.

Pues no lo pareces.

YAGO.

Así es en efecto, y lo que has pensado no deja de tener agudeza y

discrecion. Pero si tienes, como has dicho ahora, y ya lo voy creyendo,

corazon y brios y mano fuerte, esta noche puedes probarlo, y si mañana

no logras la posesion de Desdémona, consentiré que me mates, aunque sea

á traicion.

RODRIGO.

¿Lo que me propones es fácil, ó á lo menos posible?

YAGO.

Esta noche se han recibido órdenes del Senado, para que Otelo deje el

gobierno, sustituyéndole Casio.

RODRIGO.

Entonces Otelo y Desdémona se irán juntos á Venecia.

YAGO.

No: él se irá á Levante, llevando consigo á su mujer, si algun

acontecimiento imprevisto no lo impide, es decir si Casio no desaparece

de la escena.

RODRIGO.

¿Qué quieres decir con eso?

YAGO.

Que convendria quitarle de en medio.

RODRIGO.

¿Y he de ser yo quien le mate?

YAGO.

Tú debes de ser, si quieres conseguir tu objeto, y satisfacer tu

venganza. Casio cena esta noche con su querida y conmigo. Todavía no

sabe nada de su nombramiento. Espérale á la puerta: yo haré que salga

á eso de las doce de la noche, y te ayudaré á matarle. Sígueme: no te

quedes embobado. Yo te probaré clarísimamente la necesidad de matarle.

Ya es hora de cenar. No te descuides.

RODRIGO.

Dame alguna razon más que me convenza.

YAGO.

Ya te la daré.

(_Vanse._)

ESCENA III.

=Sala del castillo.=

OTELO, LUDOVICO, DESDÉMONA, EMILIA.

LUDOVICO.

Señor: no os molesteis en acompañarme.

OTELO.

No: me place andar en vuestra compañía.

LUDOVICO.

Adios, señora. Os doy muy cumplidas gracias.

OTELO.

Y yo me felicito de vuestra venida.

LUDOVICO.

¿Vamos, caballero? ¡Oh! aquí está Desdémona.

DESDÉMONA.

¡Esposo mio!

OTELO.

Retírate pronto á acostar. No tardaré en volver. Despide á la criada, y

obedéceme.

DESDÉMONA.

Así lo haré, esposo mio.

(_Vanse todos menos Emilia y Desdémona._)

EMILIA.

¿Qué tal? ¿Se ha amansado en algo el mal humor de tu marido?

DESDÉMONA.

Me prometió volver pronto, y me mandó que me acostase, despidiéndose en

seguida.

EMILIA.

¿Y por qué dejarte sola?

DESDÉMONA.

Él lo mandó y sólo me toca obedecer, y no resistirme en nada. Dame la

ropa de noche, y aléjate.

EMILIA.

¡Ojalá no le hubieras conocido nunca!

DESDÉMONA.

Nunca diré yo eso. Le amo con tal extremo que hasta sus celos y sus

furores me encantan. Desátame las cintas.

EMILIA.

Ya está; ¿adorno vuestro lecho con las ropas nupciales como me

dijisteis?

DESDÉMONA.

Lo mismo da. ¡Qué fáciles somos en cambiar de pensamientos! Si muero

antes que tú, amortájame con esas ropas.

EMILIA.

¡Pensar ahora en morirte! ¡Qué absurdo!

DESDÉMONA.

Bárbara se llamaba una doncella de mi madre. Su amante la abandonó,

y ella solia entonar una vieja cancion del sauce, que expresaba muy

bien su desconsuelo. Todavía la cantaba al tiempo de morir. Esta noche

me persigue tenazmente el recuerdo de aquella cancion, y al repetirla

siento la misma tristeza que Bárbara sentia. No te detengas... ¡Es

agradable Ludovico!

EMILIA.

Mozo gallardo.

DESDÉMONA.

Y muy discreto en sus palabras.

EMILIA.

Dama veneciana hay, que iria de buen grado en romería á Tierra Santa

sólo por conquistar un beso de Ludovico.

DESDÉMONA (_canta_).

«Llora la niña al pié del sicomoro. Cantad el sauce: cantad su verdor.

Con la cabeza en la rodilla y la mano en el pecho, llora la infeliz.

Cantad el fúnebre y lloroso sauce. La fuente corria repitiendo sus

quejas. Cantad el sauce y su verdor. Hasta las piedras se movian á

compasion de oirla.»

Recoge esto.

«Cantad el sauce, cantad su verdor.»

Véte, que él volverá muy pronto. (_Canta._)

«Tejed una guirnalda de verde sauce. No os quejeis de él, pues su

desden fué justo.»

No, no es así el cantar. Alguien llama.

EMILIA.

Es el viento.

DESDÉMONA.

(_Canta._) «Yo me quejé de su inconstancia, y él ¿qué me respondió?

Cantad el sauce, cantad su verdor. Si yo me miro en la luz de otros

ojos, busca tú otro amante.»

Buenas noches. Los ojos me pican. ¿Será anuncio de lágrimas?

EMILIA.

No es anuncio de nada.

DESDÉMONA.

Siempre lo he oido decir. ¡Qué hombres! ¿Crees, Emilia, que existen

mujeres que engañen á sus maridos de tan ruin manera?

EMILIA.

Ya lo creo que existen.

DESDÉMONA.

¿Lo harias tú, Emilia, aunque te diesen todos los tesoros del mundo?

EMILIA.

¿Y tú qué harias?

DESDÉMONA.

Nunca lo haria, te lo juro por esa luz.

EMILIA.

Yo no lo haria por esa luz, pero quizá lo haria á oscuras.

DESDÉMONA.

¿Lo harias, si te dieran el mundo entero?

EMILIA.

Grande es el mundo, y comparado con él, parece pequeño ese delito.

DESDÉMONA.

Yo creo que no lo harias.

EMILIA.

Sí que lo haria, para deshacerlo despues. No lo haria por un collar ni

por una sortija ni por un manto, pero si me daban el mundo, y podia yo

hacer rey á mi marido, ¿cómo habia de dudar?

DESDÉMONA.

Pues yo, ni por todo el mundo haria tal ofensa á mi marido.

EMILIA.

Es que el mundo no la juzgaria ofensa, y si os daban el mundo, como la

ofensa era en vuestro mundo, fácil era convertirla en bien.

DESDÉMONA.

Pues yo no creo que haya tales mujeres.

EMILIA.

Más de una y más de veinte: tantas que bastarian para llenar un mundo.

Pero la culpa es de los maridos. Si ellos van á prodigar con otras el

amor que es nuestro, ó nos encierran en casa por ridículos celos, ó nos

golpean, ó gastan malamente nuestra hacienda, ¿no hemos de enfurecernos

tambien? Cierto que somos benignas de condicion, pero capaces de ira. Y

sepan los maridos que las mujeres tienen sentidos lo mismo que ellos,

y ven y tocan y saborean, y saben distinguir lo dulce de lo amargo.

Cuando ellos abandonan á su mujer por otra, ¿qué es lo que buscan sino

el placer? ¿qué les domina sino la pasion? ¿qué les vence sino la

flaqueza? ¿nosotras no tenemos tambien apetitos, pasiones y flaquezas?

Conforme nos traten, así seremos.

DESDÉMONA.

Adios. El Señor me ampare, y haga que el maltrato de mi marido produzca

en mí virtudes, y no vicios.

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO V.

ESCENA PRIMERA.

=Calle.=

YAGO y RODRIGO.

YAGO.

Escóndete, que ahora viene; en cuanto aparezca, desenvaina la espada,

y ¡á él sin miedo! Yo te guardaré las espaldas. Es cuestion de vida ó

muerte. Decídete, pues, y ten resolucion.

RODRIGO.

No te alejes, por si me sale mal mi intento.

YAGO.

Estaré detras de tí. En guardia.

(_Se va._)

RODRIGO.

Del resultado no tengo confianza, y sin embargo, las razones que me da

me convencen. Que muera uno ¿qué importa?

(_Se retira._)

YAGO.

Tanto me he burlado de este necio que ya empieza á conocerlo. Mate él

á Casio, mátele Casio á él ó mueran los dos, siempre saldré ganando.

Si Rodrigo escapa, comenzará á pedirme el dinero y las joyas que le he

sacado, so pretexto de seducir á Desdémona. Y si se salva Casio, su

presencia será un perpétuo acusador contra mí, y ademas el moro podrá

referir á Casio lo que ha pasado entre nosotros, y ponerme en grave

peligro. Muera, pues. Le siento llegar.

(_Sale Casio._)

RODRIGO.

Él es. Le conozco. ¡Muere, traidor! (_Le da una estocada._)

CASIO.

La vida me hubiera costado esta estocada, á no traer el jubon tan bien

aforrado. Veamos cómo está el tuyo. (_Hiere á Rodrigo._)

RODRIGO.

¡Confesion! ¡Muerto soy! (_Yago hiere en las piernas á Casio y huye

luego._)

CASIO.

¡Me han dejado cojo para siempre! ¡Asesino! ¡Favor!

(_Sale Otelo._)

OTELO.

Voz es de Casio. Yago ha cumplido bien su palabra.

RODRIGO.

¡Qué infame he sido!

OTELO.

Sí, él es: no hay duda.

CASIO.

¡Favor! ¡Luces! ¡Un cirujano!

OTELO.

Es Casio, es Casio. ¡Oh valeroso Yago, que has sentido como propia la

afrenta de un amigo, tú me muestras el camino de la venganza! ¡Adúltera

mujer! Ya ha sucumbido tu amante, y se acerca tu última hora. Voy

á buscarte, borrando de mi corazon hasta el último recuerdo de tus

hechizos y de la luz de tus ojos. Sangre de tu torpe corazon ha de

purificar nuestro lecho mancillado por tí.

(_Se va._)

(_Salen Ludovico y Graciano._)

CASIO.

¿Dónde está la ronda? ¿Nadie acude? ¡Favor! ¿Por qué no prendeis al

asesino?

GRACIANO.

¡Oh qué desgracia! ¡Qué espanto causan en mí esas voces!

CASIO.

¡Ayuda!

LUDOVICO.

¡Silencio!

RODRIGO.

¡Infame!

LUDOVICO.

Oigo los gemidos de dos ó tres personas. ¡Infausta noche! ¿Será alguna

zalagarda? Procedamos con cautela. ¿Quién se arroja á darles auxilio

sin la ronda?

RODRIGO.

Socorredme, que me desangro.

LUDOVICO.

¿No lo oyes?

(_Sale Yago en cuerpo y con una luz._)

GRACIANO.

Ahí viene un hombre medio desnudo, con armas y luz.

YAGO.

¿Quién es? ¿Quién grita «asesino»?

LUDOVICO.

No lo sabemos.

YAGO.

¿No habeis oido voces?

CASIO.

¡Favor de Dios! ¡Por aquí, por aquí!

YAGO.

¿Qué sucede?

GRACIANO.

Si no me equivoco, es la voz del alférez de Otelo.

LUDOVICO.

No tiene duda. Y es Valentin tu mancebo.

YAGO.

¿Quién eres tú que tan amargamente te quejas?

CASIO.

Yago, me han acometido unos asesinos, dame favor.

YAGO.

¡Dios mio! ¡Mi teniente! ¿Quién os ha puesto de esa manera?

CASIO.

Uno de ellos está herido cerca de mí, y no puede huir.

YAGO.

¡Villanos, alevosos! ¿Quién sois? ¡Favor, ayuda!

RODRIGO.

¡Favor, Dios mio!

CASIO.

Uno de ellos es aquel.

YAGO.

¡Traidor, asesino! (_Saca el puñal y hiere á Rodrigo._)

RODRIGO.

¡Maldito Yago! ¡Perro infernal!

YAGO.

¡Asaltarle de noche y á traicion! ¡Bandidos! ¡Qué silencio, qué

soledad! ¡Muerte! ¡Socorro! ¿Y vosotros veniais de paz ó en son de

combate?

LUDOVICO.

Por nuestros hechos podeis conocerlo.

YAGO.

¡Ilustre Ludovico!

LUDOVICO.

El mismo soy.

YAGO.

Perdon os pido. Ahí yace Casio á manos de traidores.

GRACIANO.

¡Casio!

YAGO.

¿Qué tal, hermano?

CASIO.

Tengo herida la pierna.

YAGO.

¡No lo quiera Dios! ¡Luz, luz! Yo vendaré las heridas con mi ropa.

(_Sale Blanca._)

BLANCA.

¿Qué pasa? ¿Qué voces son esas?

YAGO.

¿De quién son las voces?

BLANCA.

¡Casio, mi amado Casio, mi dulce Casio!

YAGO.

¡Ramera vil! Amigo Casio, ¿y ni áun sospechais quién pudo ser el

agresor?

CASIO.

Lo ignoro.

GRACIANO.

¡Cuánto me duele veros así! Venia á buscaros.

YAGO.

¡Dadme una venda! Gracias. ¡Oh si yo tuviera una silla de manos, para

llevarle á casa!

BLANCA.

¡Ay que pierde el sentido! ¡Casio, mi dulce Casio!

YAGO.

Amigos mios, yo tengo mis recelos de que esta jóven tiene parte no

escasa en el delito. Esperad un momento. Que traigan luces, á ver si

podremos conocer al muerto. ¡Amigo y paisano mio, Rodrigo! ¡No, no es!

Sí, sí, ¡Rodrigo! ¡Qué suceso más extraño!

GRACIANO.

¿Rodrigo el de Venecia?

YAGO.

El mismo, caballero. ¿Le conociais vos?

GRACIANO.

Ya lo creo que le conocia.

YAGO.

¡Amigo Graciano! perdonadme. Con este lance estoy tan turbado que no sé

lo que me sucede.

GRACIANO.

Mucho me place el veros.

YAGO.

¿Cómo os sentís, Casio? ¡Que traigan una silla de manos!

GRACIANO.

¡Rodrigo!

YAGO.

No cabe duda que es él. Lo deploro. Venga la litera. Llevadle despacio

á casa de alguna persona caritativa. Me iré á llamar al médico de

Otelo. No tengais cuidado, señora. El desdichado que ahí yace muerto,

fué muy amigo mio. ¿Cuál seria la causa de la pendencia?

CASIO.

Ciertamente que no lo sé. Ni siquiera le conozco.

YAGO.

Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1] · 第 17 / 18 段