¡Oh felicidad! Este es el pañuelo, primera ofrenda amorosa del moro.

Mi marido me ha pedido mil veces que se lo robe á Desdémona, pero como

ella lo tiene en tanto aprecio, y Otelo se lo encomendó tanto, jamas

lo deja de la mano, y muchas veces le besa y acaricia. Haré copiar la

misma labor, y se le daré á Yago, aunque no puedo atinar para qué le

desea: Dios lo sabe. A mí sólo me toca obedecer.

(_Sale Yago._)

YAGO.

¿Cómo estás sola?

EMILIA.

No te enojes, que algo tengo que regalarte.

YAGO.

¿A mí qué? Buena cosa será.

EMILIA.

¡Ya lo creo!

YAGO.

Eres necia, esposa mia.

EMILIA.

¡Ya lo creo! ¿Cuánto me darás por aquel pañuelo?

YAGO.

¿Qué pañuelo?

EMILIA.

Aquel que el moro regaló á Desdémona, y que tantas veces me has mandado

robar.

YAGO.

¿Y ya lo has hecho?

EMILIA.

No le he robado, sino que le he recogido del suelo, donde ella le dejó

caer. Tómale, aquí está.

YAGO.

Damele, pues, amor mio.

EMILIA.

¿Y para qué? ¿Cómo tuviste tanto empeño en que yo le robara?

YAGO.

(_Cogiendo el pañuelo._) ¿Qué te importa? Damele.

[Ilustración]

EMILIA.

Si no le necesitas para cosa de importancia, devuélvemele pronto, Yago,

porque mi señora se morirá de pena, así que eche de ver la falta.

YAGO.

No le confieses nada. Necesito el pañuelo. ¿Oyes? Véte.

(_Vase Emilia._)

Voy á tirar este pañuelo en el aposento de Casio, para que allí le

encuentre Otelo. La sombra más vana, la más ligera sospecha son

para un celoso irrecusables pruebas. Ya comienza á hacer su efecto

el veneno: al principio apenas ofende los labios, pero luego, como

raudal de lava, abrasa las entrañas. Aquí viene el moro. (_Aparte._) No

podrás conciliar hoy el sueño tan apaciblemente como ayer, aunque la

adormidera, el beleño y la mandrágora mezclen para tí sus adormecedores

jugos.

OTELO.

¡Infiel! ¡Infiel!

YAGO.

¿Qué decis, gobernador?

OTELO.

¡Lejos, lejos de mí! Tus sospechas me han puesto en el tormento. Vale

más ser engañado del todo que padecer, víctima de una duda.

YAGO.

¿Por qué decis eso, general?

OTELO.

¿Qué me importaban sus ocultos retozos, si yo no los veia ni me

percataba de ellos, ni perdia por eso el sueño, la alegría, ni el

reposo? Jamas advertí en sus labios la huella del beso de Casio. Y si

el robado no conoce el robo, ¿qué le importa que le hurten?

YAGO.

Duéleme oirte hablar así.

OTELO.

Yo hubiera podido ser feliz aunque los más ínfimos soldados del

ejército hubiesen disfrutado de la hermosura de ella. ¡Pero haberlo

sabido! ¡Adios, paz de mi alma! ¡Adios, bizarros escuadrones, glorioso

campo de pelea, que truecas la ambicion en virtud! ¡Adios, corceles

de batalla, clarin bastardo, bélicos atambores, pífanos atronantes,

banderas desplegadas, pompa de los ojos, lujo y estruendo de las armas!

¡Adios todo, que la gloria de Otelo se ha acabado!

YAGO.

¿Será verdad, señor?

OTELO.

¡Infame! Dame pruebas infalibles de que mi esposa es adúltera. ¿Me

oyes? Quiero pruebas que entren por los ojos, y si no me las das, perro

malvado, más te valiera no haber nacido que encontrarte al alcance de

mis manos. ¡Haz que yo lo vea, ó á lo menos pruébalo de tal suerte, que

la duda no encuentre resquicio ni pared donde aferrarse! Y si no, ¡ay

de tí!

YAGO.

¡Señor, jefe mio!

OTELO.

Si lo que me has dicho, si el tormento en que me has puesto no es más

que una calumnia, no vuelvas á rezar en todos los dias de tu vida:

sigue acumulando horrores y maldades, porque tu eterna condenacion es

tan segura que poco puede importarte un crímen más.

YAGO.

¡Piedad, Dios mio! ¿Sois hombre, Otelo, ó es que habeis perdido el

juicio? Desde ahora renuncio á mi empleo. ¡Qué necio yo, cuyos favores

se toman por agravios! ¡Cuán triste cosa es en este mundo ser honrado

y generoso! Mucho me alegro de haberlo aprendido. Desde hoy prometo no

querer bien á nadie, si la amistad se paga de este modo.

OTELO.

No te vayas. Escúchame. Mejor es que seas honrado.

YAGO.

No: seré ladino y cauteloso. La bondad se convierte en insensatez

cuando trabaja contra sí misma.

[Ilustración]

OTELO.

¡Por Dios vivo! Yo creo y no creo que mi mujer es casta, y creo y

no creo que tú eres hombre de bien. Pruebas, pruebas. Su nombre,

que resplandecia antes más que el rostro de la luna, está ahora tan

oscuro y negro como el mio. No he de sufrirlo, mientras haya en el

mundo cuerdas, aceros, venenos, hogueras y rios desbordados. ¡Pruebas,

pruebas!

YAGO.

Señor, veo que sois juguete de la pasion, y ya me va pesando de mi

franqueza. ¿Quereis pruebas?

OTELO.

No las quiero: las tendré.

YAGO.

Y podeis tenerlas. ¡Pero qué género de pruebas! ¿Quereis verlos juntos?

¡Qué grosería!

OTELO.

¡Condenacion! ¡Muerte!

YAGO.

Y tengo para mí que habia de ser difícil sorprenderlos en tal ocasion.

Buen cuidado tendrán ellos de ocultar sus adúlteras caricias de la

vista de todos. ¿Qué prueba bastará convenceros? ¿Ni cómo habeis de

verlos? Aunque estuviesen más ardorosos que jimios ó cabras ó que lobos

en el celo, ó más torpes y necios que la misma estupidez. De todas

suertes, aunque yo no pueda daros pruebas evidentes, tengo indicios

tales, que pueden llevaros á la averiguacion de la verdad.

OTELO.

Dame alguna prueba clara y evidente de su infidelidad.

YAGO.

A fe mia que no me gusta el oficio de delator, pero á tal extremo han

llegado las cosas que ya no puedo evitarlo. Ya sabes que mi aposento

está cerca del de Casio, y que aquejado por el dolor de muelas, no

puedo dormir. Hay hombres tan ligeros que entre sueños descubren su

secreto. Así Casio, que entre sueños decia: «Procedamos con cautela,

amada Desdémona.» Y luego me cogió la mano, y me la estrechó con

fuerza, diciéndome: «Amor mio», y me besó como si quisiera desarraigar

los besos de mis labios, y dijo en altas voces: «¡Maldita fortuna la

que te hizo esposa del moro!»

OTELO.

¡Qué horror!

YAGO.

Pero todo eso fué un sueño.

OTELO.

Prueba palpable, aunque fuera sueño, puesto que descubre que su amor ha

llegado á la posesion definitiva.

YAGO.

Esta prueba sirve para confirmar otras, aunque ninguna de ellas

convence.

OTELO.

Quiero destrozarla.

YAGO.

Ten prudencia. Con certidumbre no sé nada. ¿Quién sabe si será fiel

todavía? ¿No has visto alguna vez un pañuelo bordado en manos de

Desdémona?

OTELO.

Sí, por cierto; fué el primer regalo que la hice.

YAGO.

No lo sabia yo, pero ví en poder de Casio un pañuelo, del todo

semejante. Sí: estoy seguro de que era el de vuestra mujer.

OTELO.

¡Si fuera el mismo!...

YAGO.

Aquel ú otro: basta que fuera de ella para ser un indicio desfavorable.

OTELO.

Ojalá tuviera él cien mil vidas, que una sola no me basta para saciar

mi venganza. Mira, Yago: con mi aliento arrojo para siempre mi amor.

¡Sal de tu caverna, hórrida venganza! Amor, ¡ríndete al mónstruo del

odio! ¡Pecho mio, llénate de víboras!

YAGO.

Cálmate, señor.

OTELO.

¡Sangre, Yago, sangre!

YAGO.

Sangre no: paciencia. ¿Quién sabe si mudareis de pensamiento?

OTELO.

Nunca, Yago. Así como el gélido mar corre siempre con rumbo á la

Propóntide y al Helesponto, sin volver nunca atras su corriente, así

mis pensamientos de venganza no se detienen nunca en su sanguinaria

carrera, ni los templará el amor, mientras no los devore la venganza.

Lo juro solemnemente por el cielo que nos cubre. (_Se arrodilla._)

YAGO.

No os levanteis. (_Se arrodilla tambien._) Sed testigos, vosotros,

luceros de la noche, y vosotros, elementos que girais en torno del

mundo, de que Yago va á dedicar su corazon, su ingenio y su mano á la

venganza de Otelo. Lo que él mande, yo lo obedeceré, aunque me parezca

feroz y sanguinario.

OTELO.

Gracias, y acepto gustoso tus ofertas, y voy á ponerte á prueba en

seguida. Ojalá dentro de tres dias puedas decirme: «ya no existe Casio.»

YAGO.

Dad por muerto á mi amigo, aunque ella viva.

OTELO.

No, no: ¡vaya al infierno esa mujer carnal y lujuriosa! Voy á buscar

astutamente medios de dar muerte á tan hermoso demonio. Yago, desde hoy

serás mi teniente.

YAGO.

Esclavo vuestro siempre.

ESCENA IV.

=Explanada delante del castillo.=

Salen DESDÉMONA, EMILIA y un BUFON.

DESDÉMONA.

Dime: ¿dónde está Casio?

BUFON.

No en parte alguna que yo sepa.

DESDÉMONA.

¿Por qué dices eso? ¿No sabes á lo menos cuál es su alojamiento?

BUFON.

Si os lo dijera, seria una mentira.

DESDÉMONA.

¿No me dirás algo con seriedad?

BUFON.

No sé cuál es su posada, y si yo la inventara ahora, seria hospedarme

yo mismo en el pecado mortal.

DESDÉMONA.

¿Podrás averiguarlo y adquirir noticias de él?

BUFON.

Preguntaré como un catequista, y os traeré las noticias que me dieren.

DESDÉMONA.

Véte á buscarle; dile que venga, porque ya he persuadido á mi esposo en

favor suyo, y tengo por arreglado su negocio.

(_Vase._)

DESDÉMONA.

Emilia, ¿dónde habré perdido aquel pañuelo?

EMILIA.

No lo sé, señora mia.

DESDÉMONA.

Créeme. Preferiria yo haber perdido un bolsillo lleno de ducados. A fe

que si el moro no fuera de alma tan generosa y noble incapaz de dar en

la ceguera de los celos, bastaria esto para despertar sus sospechas.

EMILIA.

¿No es celoso?

DESDÉMONA.

El sol de su nativa África limpió su corazon de todas esas malas

pasiones.

EMILIA.

Por allí viene.

DESDÉMONA.

No me separaré de él hasta que llegue Casio.

(_Sale Otelo._)

¿Cómo estás, Otelo?

OTELO.

Muy bien, esposa mia. (_Aparte._) ¡Cuán difícil me parece el disimulo!

¿Cómo te va, Desdémona?

DESDÉMONA.

Bien, amado esposo.

OTELO.

Dame tu mano, amor mio. ¡Qué húmeda está!

DESDÉMONA.

No la quitan frescura ni la edad ni los pesares.

OTELO.

Es indicio de un alma apasionada. Es húmeda y ardiente. Requiere

oracion, largo ayuno, mucha penitencia y recogimiento, para que el

diablillo de la carne no se subleve. Mano tierna, franca y generosa.

DESDÉMONA.

Y tú puedes decirlo, pues con esa mano te dí toda el alma.

OTELO.

¡Qué mano tan dadivosa! En otros tiempos el alma hacia el regalo de la

mano. Hoy es costumbre dar manos sin alma.

DESDÉMONA.

Nada sé de eso. ¿Te has olvidado de tu palabra?

OTELO.

¿Qué palabra?

DESDÉMONA.

He mandado á llamar á Casio para que hable contigo.

OTELO.

Tengo un fuerte resfriado. Dame tu pañuelo.

DESDÉMONA.

Tómale, esposo mio.

OTELO.

El que yo te dí.

DESDÉMONA.

No le tengo aquí.

OTELO.

¿No?

DESDÉMONA.

No, por cierto.

OTELO.

Falta grave es esa, porque aquel pañuelo se lo dió á mi madre una sábia

hechicera, muy hábil en leer las voluntades de las gentes, y díjole que

mientras le conservase, siempre seria suyo el amor de mi padre, pero si

perdia el pañuelo, su marido la aborreceria y buscaria otros amores.

Al tiempo de su muerte me lo entregó, para que yo se le regalase á mi

esposa el dia que llegara á casarme. Hícelo así, y repito que debes

guardarle bien y con tanto cariño cómo á las niñas de tus ojos, porque

igual desdicha seria para tí perderlo que regalarlo.

DESDÉMONA.

¿Será verdad lo que cuentas?

OTELO.

Indudable. Hay en esos hilos oculta y maravillosa virtud, como que los

tejió una sibila agitada de divina inspiracion. Los gusanos que hilaron

la seda eran asimismo divinos. Licor de momia y corazon de vírgen

sirvieron para el hechizo.

DESDÉMONA.

¿Dices verdad?

OTELO.

No lo dudes. Y haz por no perderle.

DESDÉMONA.

¡Ojalá que nunca hubiera llegado á mis manos!

OTELO.

¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?

DESDÉMONA.

¿Por qué hablas con tal aceleramiento?

OTELO.

¿Le has perdido? ¿Dónde? Contéstame.

DESDÉMONA.

¡Favor del cielo!

OTELO.

¿Qué estás diciendo?

DESDÉMONA.

No le perdí. Y si por casualidad le hubiera perdido...

OTELO.

¿Perderle?

DESDÉMONA.

Te juro que no le perdí.

OTELO.

Pues damele, para que yo le vea.

DESDÉMONA.

Ahora mismo podria dártele, pero no quiero hacerlo, porque tú no

accedes á mis ruegos, ni vuelves su empleo á Casio.

OTELO.

Muéstrame el pañuelo. Mis sospechas crecen.

DESDÉMONA.

Hazme ese favor, Otelo. Nunca hallarás hombre más hábil é inteligente.

OTELO.

¡El pañuelo!

DESDÉMONA.

Hablemos de Casio.

OTELO.

¡El pañuelo!

DESDÉMONA.

Casio que en todo tiempo fué amigo y protegido tuyo, que á tu lado

corrió tantas aventuras...

OTELO.

¡El pañuelo!

DESDÉMONA.

Grande es tu impaciencia.

OTELO.

¡Aparta!

(_Se va._)

EMILIA.

¿Estará celoso?

DESDÉMONA.

Es la primera vez que le veo así. Sin duda aquel pañuelo está

encantado. ¡Cuánto siento haberlo perdido!

EMILIA.

No bastan un año ni dos, para conocer el carácter de un hombre. Son

abismos que á nosotras nos devoran, y cuando se hartan, nos arrojan de

sí. Aquí vienen mi marido y Casio.

(_Salen Casio y Yago._)

YAGO.

Ya no queda otro recurso. Ella es quien ha de hacerlo. Allí está. ¡Oh

fortuna! Id á rogárselo.

DESDÉMONA.

¿Qué noticias traes, Casio?

CASIO.

Nada, sino mi antigua pretension, señora. Deseo, merced á vuestra

generosa intercesion, volver á la luz, á la vida, á la amistad del

hombre á quien tanto respeto y agradecimiento debo. Sólo os suplico

que intercedais con mucha eficacia, y si mi culpa es tan grande que

ni mis servicios pasados, ni mi infortunio presente, ni mis méritos

futuros bastan á que sea perdonada, sépalo yo de cierto, y alegrándome,

con forzada alegría, de saberlo, pediré limosna á la fortuna por otro

camino.

DESDÉMONA.

¡Ay, buen señor Casio! Mis ruegos no suenan ya bien en los oidos de mi

señor. Mi esposo no es el de antes. Si su rostro hubiera cambiado tanto

como su índole, de fijo que yo no le conoceria. Todos los santos me

sean testigos de que le he suplicado en favor tuyo con cuanto empeño

he podido, hasta incurrir en su indignacion por mi atrevimiento y

tenacidad. Es preciso dar tiempo al tiempo. Yo haré lo que pueda, y más

que si se tratase de negocio mio.

YAGO.

¿Se enojó contra tí el general?

EMILIA.

Ahora acaba de irse de aquí, con ceño muy torvo.

YAGO.

¿Será verdad? Grave será el motivo de su enojo, porque nunca le he

visto inmutarse, ni siquiera cuando á su lado una bala de cañon mató á

su hermano. Voy á buscar á Otelo.

(_Vase._)

DESDÉMONA.

Será sin duda algun negocio político, del gobierno de Venecia, ó alguna

conspiracion de Chipre lo que ha turbado la calma de mi marido. Cuando

los hombres por cualquier motivo grave se enojan, riñen hasta sobre

las cosas más insignificantes. De la misma suerte, con un dedo que

nos duela, todos los demas miembros se resienten. Los hombres no son

dioses, ni tenemos derecho para pedirles siempre ternura. Bien haces,

Emilia, en reprenderme mi falta de habilidad. Cuando ya bien á las

claras mostraba su ánimo el enojo, yo misma soborné á los testigos,

levantándole falso testimonio.

EMILIA.

Quiera Dios que sean negocios de Estado, como sospechais, y no vanos

recelos y sospechas infundadas.

DESDÉMONA.

¡Celos de mí! ¿Y por qué causa, si nunca le he dado motivo?

EMILIA.

No basta eso para convencer á un celoso. Los celos nunca son razonados.

Son celos porque lo son: mónstruo que se devora á sí mismo.

DESDÉMONA.

Quiera Dios que nunca tal mónstruo se apodere del alma de Otelo.

EMILIA.

Así sea, señora mia.

DESDÉMONA.

Yo le buscaré. No te alejes mucho, amigo Casio. Y si él se presenta

propicio, redoblaré mis instancias, hasta conseguir lo que deseas.

CASIO.

Humildemente os lo agradezco, reina.

(_Vanse Emilia y Desdémona._)

(_Sale Blanca._)

BLANCA.

Buenos dias, amigo Casio.

CASIO.

¿Cómo has venido, hermosa Blanca? Bien venida, seas siempre. Ahora

mismo pensaba ir á tu casa.

[Ilustración: _Casio y Blanca._]

BLANCA.

Y yo á tu posada, Casio amigo. ¡Una semana sin verme! ¡Siete dias y

siete noches! ¡Veinte veces ocho horas, más otras ocho! ¡Y horas más

largas que las del reloj, para el alma enamorada! ¡Triste cuenta!

CASIO.

No te enojes, Blanca mia. La pena me ahogaba. En tiempo más propicio

pagaré mi deuda. Hermosa Blanca, cópiame la labor de este pañuelo. (_Se

le da._)

BLANCA.

Casio, ¿de dónde te ha venido este pañuelo? Sin duda de alguna nueva

querida. Si antes lloré tu ausencia, ahora debo llorar más el motivo.

CASIO.

Calla, niña. Maldito sea el demonio que tales dudas te inspiró. Ya

tienes celos y crees que es de alguna dama. Pues no es cierto, Blanca

mia.

BLANCA.

¿De quién es?

CASIO.

Lo ignoro. En mi cuarto lo encontré, y porque me gustó la labor, quiero

que me la copies, antes que vengan á reclamármelo. Hazlo, bien mio, te

lo suplico. Ahora véte.

BLANCA.

¿Y por qué he de irme?

CASIO.

Porque va á venir el general, y no me parece bien que me encuentre con

mujeres.

BLANCA.

¿Y por qué?

CASIO.

No porque yo no te adore.

BLANCA.

Porque no me amas. Acompáñame un poco. ¿Vendrás temprano esta noche?

CASIO.

Poco tiempo podré acompañarte, porque estoy de espera. Pero no

tardaremos en vernos.

BLANCA.

Bien está. Es fuerza acomodarse al viento.

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO IV.

ESCENA PRIMERA.

=Plaza delante del castillo.=

Salen OTELO y YAGO.

YAGO.

¿Qué pensais?

OTELO.

¿Qué he de pensar, Yago?

YAGO.

¿Qué os parece de ese beso?

OTELO.

Beso ilícito.

YAGO.

Puede ser sin malicia.

OTELO.

¿Sin malicia? Eso es hipocresía y querer engañar al demonio. Arrojarse

á tales cosas sin malicia es querer tentar la omnipotencia divina.

YAGO.

Con todo es pecado venial. Y si yo hubiera dado á mi mujer un pañuelo...

OTELO.

¿Qué?

YAGO.

Señor: en dándosele yo, suyo es, y puede regalársele á quien quiera.

OTELO.

Tambien es suyo mi honor, y sin embargo no puede darle.

YAGO.

El honor, general mio, es cosa invisible, y á veces le gasta más quien

nunca le tuvo. Pero el pañuelo...

OTELO.

¡Por Dios vivo! Ya le hubiera yo olvidado. Una cosa que me dijiste

anda revoloteando sobre mí como el grajo sobre techo infestado de

pestilencia. Me dijiste que Casio habia recibido ese pañuelo.

YAGO.

¿Y qué importa?

OTELO.

Pues no me parece nada bien.

YAGO.

¿Y si yo os dijera que presencié vuestro agravio, ó á lo menos que le

he oido contar, porque hay gentes que apenas han logrado, á fuerza de

importunidades, los favores de una dama, no paran hasta contarlo?

OTELO.

¿Y él ha dicho algo?

YAGO.

Sí, general mio. Pero tranquilizaos, porque todo lo desmentirá.

OTELO.

¿Y qué es lo que dijo?

YAGO.

Que estuvo con ella... No sé qué más dijo.

OTELO.

¿Con ella?

YAGO.

Sí, con ella.

OTELO.

¡Con ella! ¡Eso es vergonzoso, Yago! ¡El pañuelo... confesion...

el pañuelo! ¡Confesion y horca! No: ahorcarle primero y confesarle

despues... Horror me da el pensarlo. Horribles presagios turban mi

mente. Y no son vanas sombras, no... Oidos, labios... ¿Será verdad?...

Confesion, pañuelo... (_Cae desmayado._)

YAGO.

¡Sigue, sigue, eficaz veneno mio! El mismo se va enredando incauta y

desatentadamente. Así vienen á perder su fama las más castas matronas,

sin culpa suya. ¡Levantaos, señor, levantaos! ¿Me ois, Otelo? ¿Qué

sucede, Casio? (_A Casio que entra._)

CASIO.

¿Qué ha pasado?

YAGO.

El general tiene un delirio convulsivo, lo mismo que ayer.

CASIO.

Frótale las sienes.

YAGO.

No: es mejor dejar que la naturaleza obre y el delirio pase, porque si

no, empezará á echar espumarajos por la boca, y caerá en un arrebato de

locura. Ya empieza á moverse. Retírate un poco. Pronto volverá de su

accidente. Despues que se vaya, te diré una cosa muy importante.

(_Se va Casio._)

General, ¿os duele aún la cabeza?

OTELO.

¿Te estás burlando de mí?

YAGO.

¿Burlarme yo? No lo quiera Dios. Pero quiero que resistais con viril

fortaleza vuestro infeliz destino.

OTELO.

Marido deshonrado, más que hombre, es una bestia, un mónstruo.

YAGO.

Pues muchas bestias y muchos mónstruos debe de haber en el mundo.

OTELO.

¿Él lo dijo?

YAGO.

Tened valor, general, pensando que casi todos los que van sujetos al

yugo, pueden tirar del mismo carro que vos. Infinitos maridos hay que,

sin sospecha, descansan en tálamos profanados por el adulterio, aunque

ellos se imaginan tener la posesion exclusiva. Mejor ha sido vuestra

fortuna. Es gran regocijo para el demonio, el ver á un honrado varon

tener por casta á la consorte infiel. En cambio, al que todo lo sabe,

fácil le es tomar venganza de su injuria.

OTELO.

Bien pensado, á fe mia.

YAGO.

Acéchalos un rato y ten paciencia. Cuando más rendido estabais al peso

de la tristeza, llegó á este aposento Casio. Yo le despedí, dando

una explicacion plausible de vuestro desmayo. Prometió venir luego á

hablarme. Ocultaos, y reparad bien sus gestos, y la desdeñosa expresion

de su semblante. Yo le haré contar otra vez el lugar, ocasion y modo

con que triunfó de vuestra esposa. Reparad su semblante, y tened

paciencia, porque si no, diré que vuestra ira es loca é impropia de

hombre racional.

OTELO.

¿Lo entiendes bien, Yago? Ahora, por muy breve tiempo, voy á hacer el

papel de sufrido, luego el de verdugo.

YAGO.

Dices bien, pero no conviene que te precipites. Ahora escóndete.

(_Se aleja Otelo._)

Para averiguar dónde está Casio, lo mejor es preguntárselo á Blanca,

una infeliz á quien Casio mantiene, en cambio de su venal amor. Tal es

el castigo de las rameras: engañar á muchos, para ser al fin engañadas

por uno solo. Siempre que le hablan de ella, se rie estrepitosamente.

Pero aquí viene el mismo Casio.

(_Sale Casio._)

Su risa provocará la ira de Otelo. Toda la alegría y regocijo del

pobre Casio la interpretará con la triste luz de sus celos. ¿Qué tal,

teniente mio?

CASIO.

Mal estoy, cuando te oigo saludarme con el nombre de ese cargo, cuya

pérdida tanto me afana.

YAGO.

Insistid en vuestros ruegos, y Desdémona lo conseguirá. (_En voz

baja._) Si de Blanca dependiera el conseguirlo, ya lo tendriais.

CASIO.

¡Pobre Blanca!

OTELO.

(_Aparte._) ¡Qué risa la suya!

YAGO.

Está locamente enamorada de tí.

CASIO.

¡Ah, sí! ¡pobrecita! Pienso que me ama de todas veras.

OTELO.

(_Aparte._) Hace como quien lo niega, y al mismo tiempo se rie.

YAGO.

Óyeme, Casio.

OTELO.

(_Aparte._) Ahora le está importunando para que repita la narracion.

¡Bien! ¡cosa muy oportuna!

YAGO.

¿Pues no dice que os casareis con ella? ¿Pensais en eso?

CASIO.

¡Oh qué linda necedad!

OTELO.

(_Aparte._) ¿Triunfas, triunfas?

CASIO.

¡Yo casarme con ella! ¿Yo con una perdida? No me creas capaz de

semejante locura. ¡Ah, ah!

OTELO.

(_Aparte._) ¡Cómo se rie este truhan afortunado!

YAGO.

Pues la gente dice que os vais á casar con ella.

CASIO.

Dime la verdad entera.

YAGO.

Que me emplumen, si no la digo.

OTELO.

¿Con que me han engañado? Está bien.

CASIO.

Ella misma es la que divulga esa necedad, pero yo no le he dado palabra

alguna.

OTELO.

Yago me está haciendo señas. Ahora va á empezar la historia.

CASIO.

Ahora poco la he visto: en todas partes me sigue. Dias pasados estaba

yo en la playa hablando con unos venecianos, cuando ella me sorprende y

se arroja á mi cuello...

OTELO.

(_Aparte._) Y te diria: «hermoso Casio» ó alguna cosa por el estilo.

CASIO.

Y me abrazaba llorando, y se empeñaba en llevarme consigo.

OTELO.

Y ahora contará cómo le llevó á mi lecho. ¿Por qué, por qué estaré

yo viendo las narices de ese infame, y no el perro á quien he de

arrojárselas?

CASIO.

Tengo que dejarla.

YAGO.

Mírala: allí viene.

CASIO.

¡Y qué cargada de perfumes!

(_Sale Blanca._)

¿Por qué me persigues sin cesar?

BLANCA.

¡El diablo es quien te persigue! ¿Para qué me has dado, hace poco,

ese pañuelo? ¡Qué necia fuí en tomarle! ¿Querias que yo te copiase la

labor? ¡Qué inocencia! Encontrarle en su cuarto, y no saber quién le

dejó. Será regalo de alguna querida, ¿y tenias empeño en que yo copiase

la labor? Aquí te lo devuelvo: dásele: que no quiero copiar ningun

dibujo de ella.

CASIO.

Pero, Blanca, ¿qué te pasa? Calla, calla.

OTELO.

¡Poder del cielo! ¿No es ese mi pañuelo?

BLANCA.

Vente conmigo, si quieres cenar esta noche. Si no, ven cuando quieras.

(_Vase._)

YAGO.

Síguela.

CASIO.

Tengo que seguirla. Si, no, alborotará á las gentes.

YAGO.

¿Y cenarás con ella?

CASIO.

Pienso que sí.

YAGO.

Allí os buscaré, porque tengo que hablaros.

CASIO.

¿Vendreis á cenar con nosotros?

YAGO.

Iré.

OTELO.

(_A Yago._) ¿Qué muerte elegiré para él, Yago?

YAGO.

Ya visteis con qué algazara celebraba su delito.

OTELO.

¡Ay, Yago!

YAGO.

¿Visteis el pañuelo?

OTELO.

¡Era el mio!

YAGO.

El mismo. Y ya vereis qué amor tiene á vuestra insensata mujer. Ella le

regala su pañuelo, y él se le da á su querida.

OTELO.

Nueve años seguidos quisiera estarla matando. ¡Oh, qué divina y

admirable mujer!

YAGO.

No os acordeis de eso.

OTELO.

Esta noche ha de bajar al infierno. No quiero que viva ni un dia más.

Mi corazon es de piedra: al herirle me hiero la mano. ¡Oh, qué hermosa

mujer! No la hay igual en el mundo. Merecia ser esposa de un emperador

que la obedeciese como siervo.

YAGO.

No os acordeis de eso.

OTELO.

¡Maldicion sobre ella! Pero ¿quién negará su hermosura? ¡Y qué manos

tan hábiles para la labor! ¡Qué voz para el canto! Es capaz de amansar

las fieras. ¡Qué gracia, qué ingenio!

YAGO.

Eso la hace mil veces peor.

OTELO.

Sí, ¡mil veces peor! Y es, ademas, tan dulce, tan sumisa.

YAGO.

Demasiado blanda de condicion.

OTELO.

Dices verdad. Pero, á pesar de todo, amigo Yago, ¡qué dolor, qué dolor!

YAGO.

Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1] · 第 16 / 18 段