caballeros. Mucho palideceis, señora mia. ¿No veis qué asustada y sin
sosiego está? Creo que ella podria decirnos algo. Miradla, miradla
de espacio. ¿No lo advertis, caballeros? La lengua calla, pero la
conciencia habla á gritos.
(_Sale Emilia._)
EMILIA.
¿Qué pasa? ¡Ay, esposo mio!
YAGO.
A traicion han acometido á Rodrigo. Algunos se han escapado. Él queda
muerto y Casio herido.
EMILIA.
¡Infeliz Casio! ¡Pobre caballero!
YAGO.
¡Fruto natural de la vida que él traia! Véte, Emilia, y pregunta á
Casio dónde cenó esta noche. (_A Blanca._) ¿Por qué temblais, señora?
BLANCA.
En mi casa cenó, pero no tiemblo por eso.
YAGO.
¿Con que en tu casa? Pues ven conmigo.
EMILIA.
¡Mala mujer, ramera!
BLANCA.
Soy tan honrada como vos. No me insulteis.
EMILIA.
¡Tan honrada como yo! ¡Perdida!
YAGO.
Vamos á cuidar de Casio, amigos mios. Señora, venid, que pronto
hablareis de otra manera. Emilia, véte á toda prisa al castillo,
refiéreselo todo al moro y á Desdémona. Venid conmigo. (_Aparte._) Esta
noche será la de mi felicidad ó la de mi ruina.
(_Se van._)
ESCENA II.
=Alcoba en el castillo.=
DESDÉMONA dormida. Á su lado una luz. Sale OTELO.
OTELO.
Con razon lo hago, con razon ¡alma mia! No os lo quiero contar, castas
estrellas. Tampoco quiero derramar la sangre de ella, ni ajar su cútis
más blanco que la nieve, y más tierno que mármol sepulcral. Y con todo
eso, tengo que matarla, para que no engañe á otros hombres. Apagaré
esta luz... y luego aquella. Si apago esta luz y luego me arrepiento,
puedo volver á encenderla, pero si te apago á tí, luz clarísima, primor
y ejemplar de la naturaleza, ¿dónde hallaré el fuego de Prometeo,
para volverte á dar la vida? Si arranco la flor de su tallo, ¿cómo he
de restituirla su frescura y lozanía? Necesario es que se marchite.
Quiero respirar por la última vez su deleitoso aroma. (_La besa._) ¡Oh
regalado aliento de su boca, casi bastas para arrancar el hierro de la
mano de la justicia! Otro beso y nada más. ¡Quédate así, cuando yo te
mate: que muerta y todo te he de amar! Otro beso, el último. Nunca le
hubo más delicioso ni más fatal: lloremos. Mi llanto es feroz, y mi ira
es como la de Dios, que hiere donde más ama. Ahora se despierta.
[Ilustración: _Muerte de Desdémona._]
DESDÉMONA.
(_Despertándose._) ¿Eres tú, Otelo?
OTELO.
Yo soy, Desdémona.
DESDÉMONA.
Esposo mio, ¿quieres descansar?
OTELO.
¿Has rezado esta noche, Desdémona?
DESDÉMONA.
Sí.
OTELO.
Pues pide á Dios perdon, si te acuerdas de algun crímen, que Dios no te
haya perdonado todavía.
DESDÉMONA.
¡Dios mio! ¿Qué me quieres decir, esposo?
OTELO.
Hazlo, y pronto. Yo me alejaré entre tanto. No quiero que mueras sin
confesion. No quiero condenar tu alma.
DESDÉMONA.
¿Qué? ¿Quieres matarme?
OTELO.
Sí, por cierto.
DESDÉMONA.
¡Perdon, Dios mio!
OTELO.
¡Así sea! Dilo con todas las fuerzas de tu alma.
DESDÉMONA.
Tú que así hablas no puedes matarme.
OTELO.
¿Qué?
DESDÉMONA.
Con todo eso, te tiemblo. Tu mirada me aterra. Y no sé por qué es mi
temor, pues de ningun crímen me reconozco culpable. Y sin embargo,
tiemblo.
OTELO.
Acuérdate de tus pecados.
DESDÉMONA.
Será el amor que te profeso.
OTELO.
Por ese amor te mato.
DESDÉMONA.
¿Matarme porque te amo? ¡Oh indigna muerte! ¿Por qué te muerdes los
labios? ¡Ciega pasion te descamina! Agüeros son de mal suceso; pero yo
espero que no me amenazan á mí.
OTELO.
¡Calla, calla!
DESDÉMONA.
Sí callaré, ¿pero qué pasa?
OTELO.
¿Tú diste á Casio aquel pañuelo, regalo mio y que yo tanto apreciaba?
DESDÉMONA.
¡No, te lo juro por mi vida! Pregúntaselo á él.
OTELO.
No jures en falso, amada mia, que ya estás en el tálamo de la muerte.
DESDÉMONA.
¿Tan pronto?
OTELO.
En seguida. Confiesa, pues, tus culpas, una por una, que aunque las
niegues con los más firmes juramentos, no has de disminuir en un ápice
mi firme conviccion. De todas maneras, morirás.
DESDÉMONA.
Entonces, Dios tenga compasion de mí.
OTELO.
Así sea.
DESDÉMONA.
Y tenla tú tambien. Jamas te falté, ni áun de pensamiento. Nunca puse
mi corazon en Casio ni le dí prenda alguna de amor. Quísele sólo con la
amistad que Dios aprueba.
OTELO.
¡Dios mio! ¡Y yo que he visto el pañuelo en sus manos! ¡Tú quieres
volverme loco, y hacer que trueque en asesinato lo que quiero que sea
sacrificio! Yo he visto el pañuelo.
DESDÉMONA.
Él lo encontró en el suelo. Yo no se le dí. Que él venga y nos declare
la verdad.
OTELO.
Ya la ha confesado.
DESDÉMONA.
¿Y qué confesó?
OTELO.
Que alcanzó favores tuyos.
DESDÉMONA.
¿Ilícitos?
OTELO.
Sí.
DESDÉMONA.
Falso. No lo repetirá delante de mí.
OTELO.
No, porque Yago le ha cerrado la boca.
DESDÉMONA.
¡Ah! Tiemblo. ¿Casio ha muerto?
OTELO.
¡Ojalá hubiera tenido tantas vidas como cabellos, para que mi venganza
las hubiera devorado una por una!
DESDÉMONA.
¡Calumnia, calumnia atroz, que nos ha perdido!
OTELO.
¡Infame! ¿Y te atreves á llorarle delante de mí?
DESDÉMONA.
¡Esposo mio, destiérrame de tu presencia, pero no me mates!
OTELO.
Apártate, vil adúltera.
DESDÉMONA.
Déjame vivir siquiera esta noche. Mátame mañana.
OTELO.
¿Aún te defiendes?
DESDÉMONA.
Siquiera una hora de vida.
OTELO.
La hora inevitable ha llegado.
DESDÉMONA.
Dejadme rezar una oracion.
OTELO.
Ya es tarde. (_La estrangula._)
EMILIA.
(_Dentro._) ¡Abrid, señor, abrid!
OTELO.
¿Quién llama? ¿Estará muerta del todo? En medio de todo, la tengo
lástima, y no quiero alargar su agonía.
EMILIA.
(_Dentro._) ¡Abrid, señor!
OTELO.
¿Quién es?
EMILIA.
(_Dentro._) Señor, dejadme deciros dos palabras.
OTELO.
Es Emilia.—Voy á abrirla.—Ya ha muerto Desdémona.—¿Vendrá Emilia á
contarme la muerte de Casio?—Aquí era el ruido.—Está inmóvil, yerta
como la losa de un sepulcro.—¿Abriré? ¿Será una imprudencia?—¡Me
parece que se mueve!—No es nada.—¿Qué haré? Si entra, preguntará por
mi mujer. ¡Mi mujer, mi mujer!—¿Y quién es mi mujer? Yo no la tengo.
¡Hora tristísima! ¡Ojalá hubiese ahora un eclipse de sol y de luna, y
se abriera el centro de la tierra!
EMILIA.
¡Abrid, señor! Que es muy importante lo que tengo que deciros.
OTELO.
Ya no me acordaba de tí, Emilia. Entra, pero despacio. Voy á cerrar
las cortinas del lecho. (_Abre la puerta._) (_A Emilia._) ¿Qué nuevas
traes? Dímelas.
EMILIA.
Señor, cerca de aquí acaban de matar á uno.
OTELO.
En este instante.
EMILIA.
Ahora mismo.
OTELO.
Influjos son de la luna, que anda ahora muy cerca de la tierra, y hace
sentir aquí sus efectos.
EMILIA.
Casio ha dado muerte á un mancebo veneciano llamado Rodrigo.
OTELO.
¿Muerto Rodrigo? Y Casio muerto tambien.
EMILIA.
No. Casio no ha muerto.
OTELO.
¡Casio no ha muerto! Entonces ese homicidio, lejos de serme grato, me
es aborrecible.
DESDÉMONA.
¡Oh muerte cruel!
EMILIA.
¿Qué grito ha sonado?
OTELO.
¿Grito? ¿Dónde?
EMILIA.
Grito de mi señora. Amparadme, por Dios. Decidme algo, señora, amada
Desdémona.
OTELO.
Muere sin culpa.
EMILIA.
¿Y quién la mató?
DESDÉMONA.
Nadie. Yo me maté. Que Otelo me conserve en su recuerdo. Adios, esposo
mio.
OTELO.
¿Pues cómo ha muerto?
EMILIA.
¿Quién lo sabe?
OTELO.
Ya has oido que ella misma dice que yo no fuí.
EMILIA.
Vos fuisteis. Y es preciso que digais la verdad.
OTELO.
Por la mentira se ha condenado y baja al infierno. Yo la maté.
EMILIA.
¡Ella era un ángel, vos sois un demonio!
OTELO.
Ella fué pecadora y adúltera.
EMILIA.
La estais calumniando infame y diabólicamente.
OTELO.
Fué falsa y mudable como el agua que corre.
EMILIA.
Y tú violento y rápido como el fuego. Siempre te guardó fidelidad, y
fué tan casta como los ángeles del cielo.
OTELO.
Casio gozó de su amor. Que te lo cuente tu marido. ¡Oh, mereceria
yo pagar mi necio crímen en lo más hondo del infierno, si antes de
arrojarme á la venganza, no hubiera examinado bien la justicia de los
motivos! Yago lo averiguó.
EMILIA.
¿Mi marido?
OTELO.
Tu marido.
EMILIA.
¿Él averiguó que Desdémona te habia sido infiel?
OTELO.
Sí, con Casio. Y si no me hubiera sido traidora, te juro que no la
hubiera trocado ni por un mundo que el cielo hubiese fabricado para mí
de un crisólito íntegro y sin mancha.
EMILIA.
¡Mi marido!
OTELO.
Él me lo descubrió todo. Es hombre de bien, y aborrece toda infamia y
torpeza.
EMILIA.
¡Mi marido!
OTELO.
¿Por qué repites tanto: «mi marido»?
EMILIA.
¡Ay pobre señora mia, cómo la maldad se burla del amor! ¡Qué negra
iniquidad! ¿Y mi marido te dijo que ella habia sido infiel?
OTELO.
Sí, tu marido. ¿Lo entiendes bien ahora? Yago, mi fiel amigo Yago.
EMILIA.
Pues si tales cosas te ha dicho, consúmase su alma, un átomo cada dia.
¡Ha mentido como un infame! Bien deseaba el puesto que tan caro ha
comprado.
OTELO.
¡Por Dios vivo!...
EMILIA.
Puedes matarme: será un hecho tan indigno de memoria como lo eres tú.
OTELO.
Debias callar.
EMILIA.
Áun mayor que tu poder es mi valor. ¡Necio, más estúpido que el polvo
de la tierra! ¡Vaya una bravata! Me rio de tu acero. Voy á contar á
gritos quién eres, aunque me cueste la vida y cien vidas. ¡Socorro, que
el moro ha asesinado á mi señora! ¡Socorro!
MONTANO.
¿Qué pasa, general?
EMILIA.
¿Ahí estás, Yago? ¡Qué habilidad tienes! ¡Dejar que un infame te acuse
para disculpar sus crímenes!
GRACIANO.
¿Pero qué ha pasado?
EMILIA.
Si eres hombre, desmiéntele. Él cuenta que tú le dijiste que su mujer
le era infiel. Yo sé bien que no lo has dicho, porque no eres tan
malvado. Habla, respóndele, que el corazon quiere saltárseme.
YAGO.
Le dije lo que yo tenia por cierto, y lo que luego él ha averiguado.
EMILIA.
¿Y tú le dijiste que mi señora no era honrada?
YAGO.
Sí que se lo dije.
EMILIA.
Pues dijiste una mentira odiosa, infernal y diabólica. ¡Poder de Dios!
¿Y le dijiste que era infiel con Casio, con Casio?
YAGO.
Sí, con Casio. Cállate, mujer.
EMILIA.
No he de callar. Es necesario que yo hable. Mi pobre señora yace muerta
en su lecho.
TODOS.
¡No lo consienta Dios!
EMILIA.
Y tus delaciones son causa de su muerte.
OTELO.
No os asombreis, señores. Así ha sucedido.
GRACIANO.
¡Horrenda verdad!
MONTANO.
¡Espantoso crímen!
EMILIA.
Aquí se esconde alguna infernal añagaza... Y empiezo á sospechar...
¡Ah, sí: ya caigo!... Lo que siempre recelé... ¡Infame! ¡Me ahoga la
ira! ¡Oh trama inicua!
YAGO.
¿Estás loca? Véte á casa. Te lo mando.
EMILIA.
Caballeros, dejadme hablar. Otra vez le obedeceré, no ahora. Y quizá
nunca volveré á tu casa, Yago.
OTELO.
¡Ay! ¡Ay!
EMILIA.
¿Al fin lo sientes? Ruge, ruge. Has asesinado á la más santa y hermosa
criatura que ha visto nunca la luz del sol.
OTELO.
(_Levantándose._) ¡Fué adúltera! No os habia conocido, tio. (_A
Graciano._) Ahí teneis muerta á vuestra sobrina, y muerta á mis manos.
Sé que esto os parecerá horrible...
GRACIANO.
¡Pobre Desdémona! Cuán feliz es tu padre en haber pasado ya de esta
vida. Tu boda le mató: el pesar de ella bastó á cortar el hilo de sus
dias. Pero si hoy viviera, y la viese muerta, pienso que habia de
maldecir hasta de su ángel de guarda, provocando la indignacion del
cielo.
OTELO.
¡Qué dolor! Pero Yago sabe que ella mil veces se entregó á Casio. El
mismo Casio lo confesaba, y ademas recibió de ella, en pago de su amor,
el pañuelo, el regalo nupcial que yo le hice, un pañuelo que mi padre
habia dado á mi madre. Yo mismo le he visto en manos de Casio.
EMILIA.
¡Dios poderoso! ¡Dios de bondad!
YAGO.
¡Calla, te digo!
EMILIA.
No: no puedo callar, no quiero. Hablaré libre como el viento, aunque me
condenen Dios y los hombres y el infierno. No callaré: debo hablar.
YAGO.
No digas locuras. A casa, á casa.
EMILIA.
Jamas iré. (_Yago la amenaza._)
GRACIANO.
¿Qué? ¿La espada sacais contra una débil mujer?
EMILIA.
¡Perverso Otelo! Yo encontré aquel pañuelo: yo misma se le dí á mi
marido, porque con muchas instancias me habia pedido que lo robara.
YAGO.
¡Infame prostituta!
EMILIA.
¿Que ella se lo dió á Casio? No: ¡si le encontré yo, y se le dí á mi
marido!
YAGO.
Mientes, malvada.
EMILIA.
No miento, no. Caballeros, no miento. ¡Bestia cruel! ¡Estúpido! ¿Cómo
habias tú de poder contra esa santa?
OTELO.
¡Monstruo! ¿No hay rayos en el cielo, ó es que el trueno se los apropió
todos? (_Se arroja sobre Yago, pero este hiere á Emilia y huye._)
GRACIANO.
Sin duda ha muerto á su mujer.
EMILIA.
Sí: muerta soy: colocadme al lado de mi ama.
GRACIANO.
Él ha huido dejándola muerta.
MONTANO.
¡Infame asesino! Toma tú esta espada que he quitado de manos del moro.
Guardad la puerta: no le dejeis salir, aunque sea preciso matarle. Yo
iré detras de ese malvado, el más abominable de cuantos existen en el
mundo.
(_Vanse Montano y Graciano._)
[Ilustración]
OTELO.
Hasta el valor he perdido: un niño podria desarmarme. Pero ¿qué
importa? ¡Vaya con la virtud la honra! ¡Húndase todo!
EMILIA.
Quiero acordarme de las palabras de tu canto, señora mia, óyeme, si es
que aún tienes oidos. Moriré cantando como el cisne:
Cantad el sauce, y su verdor cantad.
Moro: ella fué honesta.
Moro: ella te amaba.
Verdad es: así yo me salve. Muero diciendo la verdad. Muero. (_Cae._)
OTELO.
Otra arma tengo aquí: una hoja española, reciamente templada en las
aguas del Tajo. Ahora es cuando debo desnudarla, amado tio.
GRACIANO.
(_Dentro._) Vana empresa será el defenderte: no tienes armas, has de
ceder.
OTELO.
Entra, y óyeme, ó embestiré desnudo como estoy.
(_Sale Graciano._)
GRACIANO.
¿Qué sucede?
OTELO.
Espada tengo, la mejor que ciñó ningun guerrero: esta hoja y este
brazo han allanado obstáculos veinte veces mayores que tu resistencia.
Pero ¡qué insensato alarde! ¿Quién lidia contra la fortuna? Todo ha
cambiado: no me temes aunque me ves con armas. Este es el término de mi
viaje, la bahía y el puerto. ¿Te retiras tembloroso? ¿A qué ese miedo?
Aunque ataques á Otelo con una débil caña, Otelo cederá. ¿Y á dónde ha
de ir Otelo? Déjame ver tu rostro por última vez, infeliz esposa mia.
Tan pálido está como tu vestidura. Cuando los dos comparezcamos ante el
tribunal divino, esa mirada tuya bastará á arrojar mi alma del cielo,
y los demonios harán presa en ella con sus uñas. ¡Ay de mí, siervo del
pecado! ¡Furias, arrojadme del cielo con vuestros azotes! Demonios,
arrastradme en vuestro gran torbellino, hacedme hervir en azufre ó en
pilas de hirviente metal. ¡Desdémona, Desdémona!
(_Salen Ludovico, Montano, Casio herido, y Yago preso._)
LUDOVICO.
¿Dónde está este infeliz temerario?
OTELO.
Aquí teneis al que fué Otelo.
LUDOVICO.
¿Dónde ese basilisco, ese horrible Yago?
OTELO.
¡Lástima que seas demonio, porque no podré matarte! (_Le hiere._)
LUDOVICO.
Desarmadle.
YAGO.
Me has herido, pero no de muerte.
OTELO.
Y no lo siento. Quiero que vivas, porque el morir es una dicha.
LUDOVICO.
Otelo, tú que antes fuiste tan bueno y generoso, ¿cómo has caido en los
lazos de este traidor artero? ¿Qué dirán de tí?
OTELO.
Cuanto quieran, si así lo creeis; seré un delincuente honrado. Por
honor la maté, no por odio.
LUDOVICO.
En parte ya ha confesado su crímen. ¿Los dos concertasteis la muerte de
Casio?
OTELO.
Sí.
CASIO.
Y sin razon ninguna.
OTELO.
Téngolo por cierto y te pido perdon. Preguntad á ese demonio, qué
motivo le pudo inducir á infernar de ese modo mi cuerpo y mi alma.
YAGO.
No me pregunteis nada, no he de responder. Todo lo sabeis. Desde ahora
no he de hablar.
LUDOVICO.
¿Ni siquiera para rezar?
GRACIANO.
El tormento te obligará á mover la lengua.
OTELO.
Bien harás.
LUDOVICO.
Sabedlo todo, pues aún hay algo que no ha llegado á vuestra noticia.
En el bolsillo de Rodrigo se han encontrado dos cartas. Una de ellas
explica cómo Rodrigo se encargó de dar muerte á Casio.
OTELO.
¡Cobarde!
CASIO.
¡Infame!
LUDOVICO.
La otra carta contiene mil quejas contra Yago, pero se conoce que antes
de enviarle Rodrigo la carta, encontró á Yago, y éste resolvió todas
sus dudas y le decidió á lo que hizo.
OTELO.
¡Perro traidor! ¿Y cómo llegó á tus manos, Casio, aquel pañuelo de mi
mujer?
CASIO.
Le hallé en mi aposento, y él mismo acaba de confesar que le dejó allí
con este intento.
OTELO.
¡Necio, mentecato!
CASIO.
En la misma carta le echa en cara Rodrigo, entre otras mil acusaciones,
el haberle excitado en el cuerpo de guardia á que riñese conmigo, de
cuya riña resultó el perder yo mi empleo. Y él ha dicho antes de morir
que Yago le acusó y le hirió.
LUDOVICO.
Necesario es que vengais con nosotros sin demora. El gobierno queda en
manos de Casio. Y en cuanto á Yago creed que si hay algun tormento que
pueda hacerle padecer eternamente sin matarle, á él se aplicará. Vos
estareis preso, hasta que sentencie vuestra causa el Senado de Venecia.
OTELO.
Oidme una palabra, nada más, y luego os ireis. He servido bien y
lealmente á la República, y ella lo sabe, pero no tratemos de eso.
Sólo os pido por favor una cosa: que cuando en vuestras cartas al
Senado refirais este lastimoso caso, no trateis de disculparme, ni de
agravar tampoco mi culpa. Decid que he sido un desdichado: que amé sin
discrecion y con furor, que aunque tardo en recelar, me dejé arrastrar
como loco por la corriente de los celos: decid que fuí tan insensato
como el indio que arroja al lodo una pieza preciosa que vale más que
toda su tribu. Decid que mis ojos que antes no lloraban nunca, han
destilado luego largo caudal de lágrimas, como destilan su balsámico
jugo los árboles de Arabia. Contádselo todo así, y decid tambien que un
dia que en Alepo un turco puso la mano en un veneciano, ultrajando la
majestad de la República, yo agarré del cuello á aquel perro infiel y
le maté así. (_Se hiere._)
LUDOVICO.
¡Lastimosa muerte!
GRACIANO.
Vanas fueron nuestras palabras.
OTELO.
Esposa mia, quise besarte antes de matarte. Ahora te beso, y muero al
besarte. (_Muere._)
CASIO.
Yo lo recelé, porque era de alma muy generosa, pero creí que no tenia
armas.
LUDOVICO.
¡Perro ladron, más crudo y sanguinario que la muerte misma, más
implacable que el mar alborotado! ¡Mira, mira los dos cadáveres que
abruman ese lecho! Gózate en tu obra, cuyo solo espectáculo basta
para envenenar los ojos. Cubrid el cadáver: haced guardar la casa,
Graciano. Haced inventario de los bienes del moro. Sois su heredero. Y
á vos, gobernador, incumbe el castigar á este perro sin ley, fijando
el modo y la hora del tormento. Y ¡que sea cruel, muy cruel! Yo con
lágrimas en los ojos voy á llevar á Venecia la relacion del triste caso.
[Ilustración]
[Ilustración]
ÍNDICE.
Pág.
_El Mercader de Venecia._ 1
_Macbeth._ 105
_Romeo y Julieta._ 201
_Otelo._ 329
[Ilustración]