OTELO.

¿Qué ha sucedido?

MONTANO.

Yo me voy en sangre. Me han herido de muerte.

OTELO.

¡Deteneos!

YAGO.

¡Deteneos, teniente Casio! ¡Montano, amigos mios! ¿Tan olvidados estais

de vuestras obligaciones? ¿No veis que el general os está dando sus

órdenes?

OTELO.

¿Qué pendencia es esta? ¿Estamos entre turcos, ó nos destrozamos á

nosotros mismos, ya que el cielo no permitió que ellos lo hiciesen?

Si sois cristianos, contened vuestras iras, ó caro le ha de costar al

primero que levante el arma ó dé un paso más. Haced callar esta campana

que altera el sosiego de la isla. ¿Qué es esto, caballeros? Tú, mi buen

Yago, ¿por qué palideces? Cuéntamelo todo. ¿Quién comenzó la pendencia?

No me ocultes nada. Tu lealtad invoco.

YAGO.

El motivo no lo sé. Hace poco estaban en tanta paz y armonía como dos

novios antes de entrar en el lecho, pero de repente, como si alguna

maligna influencia sideral los hubiese tocado, desenvainan los aceros y

se atacan y pelean á muerte. Repito que no sé la causa de la rencilla.

¡Ojalá yo hubiera perdido, lidiando bizarramente en algun combate

glorioso, las dos piernas que me trajeron á ser testigo de tal escena!

OTELO.

¿Por qué tal atropello, amigo Casio?

CASIO.

Perdonadme, señor: ahora no puedo deciros nada.

OTELO.

Y vos, amigo Montano, que soliais ser tan cortes, y que áun de jóven

teniais fama bien ganada de prudente, ¿cómo habeis venido á perderla

ahora, cual si fuerais cualquier pendenciero nocturno? Respondedme.

MONTANO.

Mis heridas apenas me lo consienten, señor. Vuestro alférez Yago os

podrá responder por mí. No tengo conciencia de haber ofendido á nadie

esta noche, de obra ni de palabra, á no ser que sea agravio el defender

la propia existencia contra un agresor injusto.

OTELO.

¡Vive Dios! Ya la sangre y la pasion vencen en mí al juicio. Y si llego

á enojarme y á levantar el brazo, juro que el más esforzado ha de caer

por tierra. Decidme cómo empezó la cuestion, quién la provocó. ¡Infeliz

de él, aunque fuera mi hermano gemelo! ¿Estabais locos? Cuando todavía

resuenan en el castillo los gritos de guerra, cuando aún estarán llenas

de terror las gentes de la isla, ¿mis propios guardas han de alterar

el sosiego de la noche con disputas y rebatos? Dímelo con verdad, Yago.

¿Quién comenzó?

MONTANO.

No te juzgaré buen soldado, si por amistad con Casio faltas á la verdad.

YAGO.

No me obligueis tan duramente. Antes que faltar á mi amigo Casio, me

morderia la lengua. Pero hablaré, porque creo que el decir yo la verdad

no le perjudica en nada. Las cosas pasaron así, señor gobernador.

Estaba Montano hablando conmigo, cuando se nos acercó un mancebo

pidiéndonos ayuda contra Casio que venia detras de él, espada en mano.

Este amigo se interpuso y rogó á Casio que se detuviera. Yo corrí

detras del fugitivo, para que no alarmara al pueblo con sus gritos,

como al fin sucedió, porque no pude alcanzarle. Con esto volví á donde

sonaba ruido de espadas, y juramentos de Casio, que nunca hasta esta

noche se le habian oido. Andaba entre ellos tan recia y trabada la

pelea como cuando vos los separasteis. Nada más sé ni puedo deciros. El

hombre es hombre, y el más justo cae y peca. Y tengo para mí que aunque

Casio golpeó á Montano, como hubiera podido golpear á su mejor amigo en

un arrebato de furor, fué sin duda porque habia recibido del fugitivo

alguna ofensa intolerable.

OTELO.

La amistad que con Casio tienes, y tu natural benévolo, amigo Yago, te

mueven á disculparle. Mucho te quiero, Casio, pero ya no puedes ser mi

teniente.

(_Sale Desdémona._)

Ved: con el alboroto habeis despertado á mi esposa. Voy á hacer en

vosotros un ejemplar castigo.

DESDÉMONA.

¿Qué ha sido esto?

OTELO.

Ya está acabado todo, amiga mia. Vámonos á descansar. Yo haré curar

vuestra herida, caballero, (_á Montano_). Yago, procura calmar al

pueblo, si es que anda alterado con la riña. Vámonos, Desdémona.

Esta es la vida del guerrero. Hasta en el seno del placer viene á

despertarle ruido de armas.

(_Quedan solos Casio y Yago._)

YAGO.

¿Estais herido, teniente?

CASIO.

Sí, y no hay cirujano que pueda curarme.

YAGO.

¡No lo quiera Dios!

CASIO.

¡He perdido la fama, el buen nombre, lo más espiritual y puro de mi

sér, y sólo me queda la parte brutal! ¡El buen nombre, el buen nombre,

Yago!

YAGO.

Por Dios vivo, creí que habiais recibido alguna herida material, la

cual debiera angustiaros más que la pérdida de la fama. La fama no es

sino vano ruido y falsedad é impostura, que las más veces se gana sin

mérito y se pierde sin culpa. Y si vos no dais por perdida la fama, de

fijo que no la habeis perdido. ¡Valor, amigo Casio! Medios teneis para

volver á la gracia del general. Os ha quitado el empleo en un momento

de ira, y más por política y buen parecer, que por mala intencion.

Así pega uno á veces al perro fiel, para asustar al bravo leon.

Suplicadle, pedidle perdon, y todo os lo concederá.

CASIO.

¡Cómo ha de atreverse á suplicar nada á un jefe tan íntegro y bueno,

un oficial tan perdido, borracho, y sin seso como yo! ¡Embriagarme yo,

perder el juicio, hablar por los codos, disputar, decir bravatas y

reñir hasta con mi sombra! ¿Cómo te llamaré, espíritu incorpóreo del

vino, que aún no tienes nombre? Sin duda que debo llamarte demonio.

YAGO.

¿Y á quién perseguiais con el acero desnudo? ¿Qué os habia hecho?

CASIO.

Lo ignoro.

YAGO.

¿Es posible?

CASIO.

Muchas cosas recuerdo, pero todas confusas é incoherentes. Sólo sé que

hubo una pendencia, pero de la causa no puedo dar razon. ¡Dios mio! ¿No

es buena locura que los hombres beban á su propio enemigo, y que se

conviertan, por medio del júbilo y de la algazara, en brutos animales?

YAGO.

Ya os vais serenando. ¿Cómo habeis recobrado el juicio tan pronto?

CASIO.

El demonio de la ira venció al de la embriaguez. Un defecto provoca á

otro, para que yo me avergüence más y más de mí mismo.

YAGO.

Esa moral es severa con exceso. Por la hora, por el lugar, y por

el estado intranquilo de la isla, valiera más que esto no hubiera

sucedido, pero ya que pasó y no podeis remediarlo, tratad de reparar el

yerro.

CASIO.

Cuando yo le vuelva á pedir mi empleo, me llamará borracho. Aunque

yo tuviera todas las bocas de la hidra, esta respuesta bastaria para

hacerlas callar. ¡Pasar yo en breve rato desde el estado de hombre

juicioso al de loco frenético y luego al de bestia! ¡Qué horror! Cada

copa es una maldicion del infierno, cada botella un demonio.

YAGO.

No digais eso, que el buen vino alegra el corazon humano, cuando no se

abusa de él. No creo, teniente Casio, que dudareis de la firmeza de mi

amistad.

CASIO.

Tengo pruebas de ello. ¡Borracho yo!

YAGO.

Vos y cualquiera puede emborracharse alguna vez. Ahora oid lo que os

toca hacer. La mujer de nuestro gobernador le domina á él, porque él

está encantado y absorto en la contemplacion de su belleza. Decidle

la verdad, ponedla por intercesora, para que os restituya vuestro

empleo. Ella es tan buena, dulce y cariñosa que hará de seguro más de

lo que acerteis á pedirla: ella volverá á componer esa amistad quebrada

entre vos y su esposo, y apostaria toda mi dicha futura á que este

disgustillo sirve para estrecharla más y más.

CASIO.

Me das un buen consejo.

YAGO.

Y tan sincero y honrado como es mi amistad hácia vos.

CASIO.

Así lo creo. Lo primero que haré mañana será rogar á Desdémona, que

interceda por mí. Si ella me abandona, ¿qué esperanza puede quedarme?

YAGO.

Bien decis. Buenas noches, teniente. Voy á la guardia.

CASIO.

Buenas noches, Yago.

YAGO.

¿Y quién dirá que soy un malvado, y que no son buenos y sanos mis

consejos? Ese es el único modo de persuadir á Otelo, y muy fácil es que

Desdémona interceda en favor de él, porque su causa es buena, y porque

Desdémona es más benigna que un ángel del cielo. Y poco le ha de costar

persuadir al moro. Aunque le exigiera que renegase de la fe de Cristo,

de tal manera le tiene preso en la red de su amor, que puede llevarle

á donde quiera, y le maneja á su antojo. ¿En qué está mi perfidia,

si aconsejo á Casio el medio más fácil de alcanzar lo que desea?

¡Diabólico consejo el mio! ¡Arte propia del demonio engañar á un alma

incauta con halagos que parecen celestiales! Así lo hago yo, procurando

que este necio busque la intercesion de Desdémona, para que ella niegue

al moro en favor de él. Y entre tanto yo destilaré torpe veneno en los

oidos del moro, persuadiéndole que Desdémona pone tanto empeño en que

no se vaya Casio, porque quiere conservar su ilícito amor. Y cuanto

ella haga por favorecerle, tanto más crecerán las sospechas de Otelo.

De esta manera convertiré el vicio en virtud, tejiendo con la piedad

de Desdémona la red en que ambos han de caer.

(_Sale Rodrigo._)

¿Qué novedades traes, Rodrigo?

RODRIGO.

Sigo la caza, pero sin fruto. Mi dinero se acaba: esta noche me han

apaleado, y creo que el mejor desenlace de todo seria volverme á

Venecia, con alguna experiencia de más, harto duramente adquirida, y

con algunos ducados de menos.

YAGO.

¡Pobre del que no tiene paciencia! ¿Qué herida se curó de primera

intencion? No procedemos por ensalmos, sino con maña y cautela, y dando

tiempo al tiempo. ¿No ves en qué estado andan las cosas? Es verdad

que Casio te ha apaleado, pero él en cambio pierde su oficio. La mala

yerba crece sin sol, pero la flor temprana es señal de temprana fruta.

Ten paciencia y sosiego. Véte á tu posada: luego sabrás lo restante:

véte, véte. Dos cosas tengo que hacer. La primera, hacer que mi mujer

ayude á Desdémona en su peticion á favor de Casio: y cuando ella esté

suplicando con más ahinco, me interpondré yo y hablaré al moro. No es

ocasion de timideces ni de esperas.

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO III.

ESCENA PRIMERA.

=Sala del castillo.=

CASIO y MÚSICOS.

CASIO.

Yo os pago. Tocad un breve rato para festejar el natalicio del

gobernador.

(_Sale el Bufon._)

BUFON.

Señores, ¿vuestros instrumentos han adquirido en Nápoles esa voz tan

gangosa?

MÚSICOS.

¿Qué decis?

BUFON.

Tomad dinero: el gobernador gusta tanto de vuestra música que os paga

para que no continueis.

MÚSICO 1.º

Bien, señor. Callaremos.

BUFON.

Tocad sólo alguna música que no se oiga, si es que la sabeis. En

cuanto á la que se oye, el general no puede sufrirla.

MÚSICOS.

Nunca hemos sabido tales músicas.

BUFON.

Pues idos con la vuestra á otra parte, porque si no, me iré yo. ¡Idos

lejos!

(_Se van._)

[Ilustración]

CASIO.

¿Oyes, amigo?

BUFON.

No oigo al amigo: te oigo á tí.

CASIO.

Basta de bromas: toma una moneda de oro. Si la dama que acompaña á la

mujer del gobernador está ya levantada, dile que un tal Casio quiere

hablarla. ¿Se lo dirás?

BUFON.

Ya está levantada, y si la encuentro, le diré lo que deseais.

CASIO.

Díselo, amigo mio.

(_Se va el Bufon.—Sale Yago._)

Bien venido, Yago.

YAGO.

¿No os habeis acostado?

CASIO.

Era casi de dia, cuando me separé de tí. Ahora he enviado un recado á

tu mujer, para que me facilite una entrevista con Desdémona.

YAGO.

Yo haré que la veas, y procuraré alejar á Otelo, para que no os

interrumpa.

CASIO.

De todas veras te lo agradeceré. (_Aparte._) Ni en Florencia misma he

hallado hombre tan cortes y atento.

(_Sale Emilia._)

EMILIA.

Buenos dias, teniente. Mucho siento el percance que os ha pasado, pero

creo que al fin ha de remediarse. De ello están hablando el gobernador

y su mujer. Ella os defiende mucho. Otelo replica que heristeis á una

persona muy conocida en Chipre: que era forzoso el castigo, y que

por eso os destituyó. Pero como es tan amigo vuestro, no tardará en

devolveros el empleo, apenas haya ocasion propicia.

CASIO.

A pesar de todo, me parece conveniente hablar á solas á Desdémona, si

es que mi pretension no te parece descabellada.

EMILIA.

Ven conmigo: yo te llevaré á sitio donde puedas hablarla con toda

libertad.

CASIO.

Mucho os agradeceré tal favor.

(_Se van._)

ESCENA II.

=Una sala del castillo.=

Salen OTELO, YAGO y varios Caballeros.

OTELO.

Yago, entrega tú estas cartas al piloto, para que las comunique al

Senado. Entre tanto yo voy á las murallas. Allí me encontrarás.

YAGO.

Está bien, general.

OTELO.

Caballeros, ¿quereis visitar la fortificacion?

CABALLEROS.

Cómo gusteis.

ESCENA III.

=Jardin del castillo.=

DESDÉMONA, EMILIA y CASIO.

DESDÉMONA.

Pierde el temor, amigo mio. Te prestaré toda la ayuda y favor que pueda.

EMILIA.

Señora, os suplico que lo hagais, porque mi marido lo toma como asunto

propio.

DESDÉMONA.

Es muy honrado. Espero veros pronto amigos á Otelo y á tí, buen Casio.

CASIO.

Generosa señora, sucédame lo que quiera, Miguel Casio será siempre

esclavo vuestro.

DESDÉMONA.

En mucho aprecio tu amistad. Sé que hace tiempo la tienes con mi

marido, y que sólo se alejará de tí el breve tiempo que la prudencia lo

exija.

CASIO.

Pero esa prudencia puede durar tanto, ó acrecentarse con tan perverso

alimento, ó atender á tan falsas apariencias, que estando ausente yo, y

sucediéndome otro en el destino, olvide el general mis servicios.

DESDÉMONA.

No tengas ese recelo. A Emilia pongo por testigo de que no he de

desistir hasta que te restituyan el empleo. Yo cumplo siempre lo que

prometo y juro. No dejaré descansar á mi marido, de dia y de noche he

de seguirle y abrumarle con ruegos y súplicas en tu favor. Ni en la

mesa ni en el lecho cesaré de importunarle. Buen abogado vas á tener.

Antes moriré que abandonar la pretension de Casio.

EMILIA.

Señora, el amo viene.

CASIO.

Adios, señora.

DESDÉMONA.

Quédate, y oye lo que voy á decirle.

CASIO.

No puedo oirte ahora ni estoy de buen temple para hablar en causa

propia.

DESDÉMONA.

Como querais.

(_Se va Casio.—Salen Otelo y Yago._)

YAGO.

No me parece bien esto.

OTELO.

¿Qué dices entre dientes?

YAGO.

Nada... No lo sé, señor.

OTELO.

¿No era Casio el que hablaba con mi mujer?

YAGO.

¿Casio? No, señor. ¿Por qué habia de huir él tan pronto, apenas os vió

llegar?

OTELO.

Pues me pareció que era Casio.

DESDÉMONA.

¿Tú de vuelta, amor mio? Ahora estaba hablando con un pobre

pretendiente, que se queja de tus enojos.

OTELO.

¿Quién?

DESDÉMONA.

Tu teniente Casio. Y si en algo estimas mi amor y mis caricias, óyeme

benévolo. O yo no entiendo nada de fisonomías, ó Casio ha pecado más

que por malicia, por ignorancia. Perdónale.

OTELO.

¿Era el que se fué de aquí ahora mismo?

DESDÉMONA.

Sí, tan triste y abatido, que me dejó parte de su tristeza. Haz que

vuelva contento, esposo mio.

OTELO.

Ahora no: otra vez será, esposa mia.

DESDÉMONA.

¿Pronto?

OTELO.

Tus ruegos adelantarán el plazo.

DESDÉMONA.

¿Esta noche, á la hora de cenar?

OTELO.

Esta noche no puede ser.

DESDÉMONA.

¿Mañana á la hora de comer?

OTELO.

Mañana no comeré en casa. Tenemos junta militar en el castillo.

DESDÉMONA.

Entonces mañana por la noche, ó el mártes por la mañana, por la tarde ó

por la noche, ó el miércoles muy de madrugada. Fíjame un término y que

sea corto: tres dias á lo más. Ya está arrepentido. Y aunque dicen que

las leyes de la guerra son duras, y que á veces exigen el sacrificio de

los mejores, su falta es bien leve, y digna sólo de alguna reprension

privada. Dime, Otelo: ¿cuándo volverá? Si tú me pidieras algo, no te

lo negaria yo ciertamente. Mira que en nada pienso tanto como en esto.

¿No te acuerdas que Casio fué confidente de nuestros amores? ¿No sabes

que él te defendia siempre, cuando yo injustamente y por algun arrebato

de celos, hablaba mal de tí? ¿Por qué dudas en perdonarle? No sé cómo

persuadirte...

OTELO.

Basta, mujer: no me digas más. Que vuelva cuando quiera.

DESDÉMONA.

No te he pedido gracia, ni sacrificio, sino cosa que á tí mismo te

está bien y te importa. Es como si te pidiera que te abrigaras, ó que

te pusieras guantes, ó que comieses bien. Si mi peticion fuera de cosa

más difícil ó costosa, á fe que tendria yo que medir y pesar bien las

palabras, y aún así sabe Dios si lo alcanzaria.

OTELO.

Nada te negaré. Una cosa sola he de pedirte. Déjame solo un rato.

DESDÉMONA.

¿Yo dejar de obedecerte? Adios, señor mio, adios.

OTELO.

Adios, Desdémona. Pronto seré contigo.

DESDÉMONA.

Ven, Emilia. (_A Otelo._) Siempre seré rendida esclava de tus

voluntades.

(_Se van._)

OTELO.

¡Alma de mi alma! Condenada sea mi alma, si yo no te quiero; y si

alguna vez dejo de quererte, ¡confúndase y acábese el universo!

YAGO.

General.

OTELO.

¿Qué dices, Yago?

YAGO.

¿Miguel Casio tuvo alguna noticia de vuestros amores con la señora?

OTELO.

Lo supo todo, desde el principio hasta el fin. ¿A qué esa pregunta?

YAGO.

Por nada: para matar un recelo mio.

OTELO.

¿Qué recelo?

YAGO.

Yo creí que nunca la habia tratado.

OTELO.

¡Si fué confidente y mensajero de nuestros amores!

YAGO.

¿Eso dices?

OTELO.

La verdad digo. ¿Por qué te sorprende? Pues ¿no es hombre de fiar?

YAGO.

Sí: hombre de bien.

OTELO.

Muy de bien.

YAGO.

Así que sepa...

OTELO.

¿Qué estais murmurando?

YAGO.

¿Murmurar?

OTELO.

¡Sí, algo piensas, vive Dios! Vas repitiendo como un eco mis palabras,

como si tuvieras en la conciencia algun mónstruo, y no te atrevieras á

arrojarle. Hace un momento, cuando viste juntos á Casio y á mi mujer,

dijiste que no te parecia bien. ¿Y por qué no? Ahora cuando te he

referido que fué medianero de nuestros amores, preguntaste: «¿Es verdad

eso?» y te quedaste caviloso, como si madurases alguna siniestra idea.

Si eres amigo mio, dime con verdad lo que piensas.

YAGO.

Señor, ya sabeis que de todas veras os amo.

OTELO.

Por lo mismo que lo sé y lo creo, y que te juzgo hombre sério y

considerado en lo que dices, me asustan tus palabras y tu silencio. No

los extrañaria en hombres viles y soeces, pero en un hombre honrado

como tú son indicios de que el alma está ardiendo, y de que quiere

estallar la indignacion comprimida.

YAGO.

Juro que tengo á Miguel Casio por hombre de honor.

OTELO.

Yo tambien.

YAGO.

El hombre debe ser lo que parece, ó á lo menos, aparentarlo.

OTELO.

Dices bien.

YAGO.

Repito que á Casio le tengo por hombre honrado.

OTELO.

Eso no es decírmelo todo. Declárame cuanto piensas y recelas, hasta lo

peor y más oculto.

YAGO.

Perdonadme, general: os lo suplico. Yo estoy obligado á obedeceros en

todo, menos en aquellas cosas donde ni el mismo esclavo debe obedecer.

¿Revelaros mi pensamiento? ¿Y si mi pensamiento fuera torpe, vil y

menguado? ¿En qué palacio no penetra alguna vez la alevosía? ¿En qué

pecho no caben injustos recelos y cavilosidades? Hasta con el más recto

juicio pueden unirse bajos pensamientos.

OTELO.

Yago, faltas á la amistad, si creyendo infamado á tu amigo, no le

descubres tu sospecha.

YAGO.

¿Y si mi sospecha fuera infundada? Porque yo soy naturalmente receloso

y perspicaz, y quizá veo el mal donde no existe. No hagais caso de mis

malicias, vagas é infundadas, ni perturbeis vuestro reposo por ellas,

ni yo como hombre honrado y pundonoroso debo revelaros el fondo de mi

pensamiento.

OTELO.

¿Qué quieres decir con eso?

YAGO.

¡Ay, querido jefe mio!, la buena reputacion, así en hombre como en

mujer, es el tesoro más preciado. Poco roba quien roba mi dinero: antes

fué algo, despues nada: antes mio, ahora suyo, y puede ser de otros

cincuenta. Pero quien me roba la fama, no se enriquece, y á mí me deja

pobre.

OTELO.

¿Qué estás pensando? Dímelo, por Dios vivo. Quiero saberlo.

YAGO.

No lo sabreis nunca, aunque tengais mi corazon en la mano.

OTELO.

¿Por qué?

YAGO.

Señor, temed mucho á los celos, pálido mónstruo, burlador del alma

que le da abrigo. Feliz el engañado que descubre el engaño y consigue

aborrecer á la engañadora, pero ¡ay del infeliz que aún la ama, y duda,

y vive entre amor y recelo!

OTELO.

¡Horrible tortura!

YAGO.

Más feliz que el rico es el pobre, cuando está resignado con su suerte.

Por el contrario el rico, aunque posea todos los tesoros de la tierra,

es infeliz por el temor que á todas horas le persigue, de perder su...

¡Dios mio, aparta de mis amigos, los celos!

OTELO.

¿Qué quieres decir? ¿Imaginas que he de pasar la vida entre sospechas y

temores, cambiando de rostro como la luna? No: la duda y la resolucion

sólo pueden durar en mí un momento, y si alguna vez hallares que me

detengo en la sospecha y que no la apuro, llámame imbécil. Yo no me

encelo si me dicen que mi mujer es hermosa y alegre, que canta y toca

y danza con primor, ó que se complace en las fiestas. Si su virtud es

sincera, más brillará así. Tampoco he llegado á dudar nunca de su amor.

Ojos tenia ella y entendimiento para escoger. Yago, para dudar necesito

pruebas, y así que las adquiera, acabaré con el amor ó con los celos.

YAGO.

Dices bien. Y así conocerás mejor la lealtad que te profeso. Ahora no

puedo darte pruebas. Vigila á tu esposa: repárala bien cuando hable

con Casio, pero que no conozcan tus recelos en la cara. No sea que se

burlen de tu excesiva buena fe. Las venecianas sólo confian á Dios el

secreto, y saben ocultársele al marido. No consiste su virtud en no

pecar, sino en esconder el pecado.

OTELO.

¿Eso dices?

YAGO.

A su padre engañó por amor tuyo, y cuando fingia mayor esquiveza, era

cuando más te amaba.

OTELO.

Verdad es.

YAGO.

Pues la que tan bien supo fingir, hasta engañar á su padre, que no

podia explicarse vuestro amor sino como obra de hechicería... Pero ¿qué

estoy diciendo? Perdóname si me lleva demasiado lejos el cariño que te

profeso.

OTELO.

Eterna será mi gratitud.

YAGO.

Mal efecto te han hecho mis palabras, señor.

OTELO.

No. Mal efecto, ninguno.

YAGO.

Paréceme que sí. Repara que cuanto te he dicho ha sido por tu bien.

Pero, señor, ¡estais desconcertado! Ruégoos que no entendais mis

palabras más que como suenan, ni deis demasiado crédito é importancia á

una sospecha.

OTELO.

Te lo prometo.

YAGO.

Si no, lo sentiria, y áun seria más pronto el desenlace, que lo que yo

imaginé. Casio es amigo mio... Pero ¡estais turbado!

OTELO.

¿Por qué? Yo tengo á Desdémona por honrada.

YAGO.

¡Que lo sea mucho tiempo! ¡Que por muchos años lo creas tú así!

OTELO.

Pero cuando la naturaleza comienza á extraviarse...

YAGO.

Ahí está el peligro. Y á decir verdad, el haber despreciado tan

ventajosos casamientos de su raza, de su patria y de su condicion

y haberse inclinado á tí, parece indicio no pequeño de torcidas

y livianas inclinaciones. La naturaleza hubiera debido moverla á

lo contrario. Pero... perdonadme: al decir esto, no aludo á ella

solamente, aunque temo que al compararos con los mancebos de Venecia,

pudiera arrepentirse.

OTELO.

Adios, adios, y si algo más averiguas, no dejes de contármelo. Que tu

mujer los vigile mucho. Adios, Yago.

YAGO.

Me voy, general. Quédate con Dios. (_Se aparta breve trecho._)

OTELO.

¿Para qué me habré casado? Sin duda este amigo sabe mucho más que lo

que me ha confesado.

YAGO.

Gobernador, os suplico que no volvais á pensar en eso. Dad tiempo al

tiempo, y aunque parece justo que Casio recobre su empleo, puesto que

es hábil para desempeñarlo, mantened las cosas en tal estado algun

tiempo más, y entre tanto podeis estudiar su carácter, y advertir si

vuestra mujer toma con mucho calor su vuelta. Este será vehemente

indicio, pero entre tanto, inclinaos á pensar que me he equivocado en

mis sospechas y temores, y no desconfieis de su fidelidad.

OTELO.

Nada temas.

YAGO.

Adios otra vez.

(_Vase._)

OTELO.

Este Yago es buen hombre y muy conocedor del mundo. ¡Ay, halcon mio! si

yo te encontrara fiel, aunque te tuviera sujeto al corazon con garfios

ó correas, te lanzaria al aire en busca de presa. ¿Quizá me estará

engañando por ser yo viejo y negro, ó por no tener la cortesía y ameno

trato propios de la juventud? ¿Pero qué me importa la razon? Lo cierto

es que la he perdido, que me ha engañado, y que no tengo más recurso

que aborrecerla. ¡Maldita boda: ser yo dueño de tan hermosa mujer

pero no de su alma! Más quisiera yo ser un sapo asqueroso ó respirar

la atmósfera de una cárcel, que compartir con nadie la posesion de

esa mujer. Pero tal es la maldicion que pesa sobre los grandes, más

infelices en esto que la plebe. Maldicion que nos amenaza, desde que

comenzamos á respirar el vital aliento. Aquí viene Desdémona.

(_Salen Desdémona y Emilia._)

(_Aparte._) ¿Será verdad que es infiel? ¿Se burlará el cielo de sí

mismo?

DESDÉMONA.

Otelo, vén: los nobles de la isla están ya congregados para el banquete.

OTELO.

¡Qué insensatez la mia!

DESDÉMONA.

¿Por qué hablas entre dientes? ¿Estás malo?

OTELO.

Me duele la cabeza.

DESDÉMONA.

Sin duda, por el insomnio. Pero pronto sanarás. Yo te vendaré la

cabeza, y antes de una hora estarás aliviado. (_Intenta ponerle el

pañuelo._)

OTELO.

Ese pañuelo es pequeño. (_Se cae el pañuelo._) Déjalo. Me voy contigo.

DESDÉMONA.

Mucho siento tu incomodidad.

(_Vanse._)

EMILIA.

Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1] · 第 15 / 18 段