Si quereis, puede quedarse mi alférez, cuya probidad tengo

experimentada. Él podrá acompañar á mi mujer, si consentis en ello.

DUX.

Así será. Buenas noches. Oidme una palabra, Brabancio: si la virtud es

el mejor adorno, no hay duda que vuestro yerno es hermoso.

SENADOR 1.º

Moro, amad mucho á Desdémona.

BRABANCIO.

Moro, guárdala bien, porque engañó á su padre, y puede engañarte á tí.

(_Vanse todos menos Otelo, Yago y Desdémona._)

OTELO.

¡Con mi vida respondo de su fidelidad! Yago, te confio á Desdémona: tu

mujer puede acompañarla. Llévala pronto á Chipre. Ven, hermosa mia:

sólo una hora nos queda para coloquios de amor. El tiempo urge, y es

preciso conformarse al tiempo.

(_Vanse Desdémona y Otelo._)

RODRIGO.

Yago.

YAGO.

¿Qué dices, noble caballero?

RODRIGO.

¿Y qué imaginas tú que haré?

YAGO.

Acostarte y reposar.

RODRIGO.

Voy á echarme de cabeza al agua.

YAGO.

Si haces tal locura, no seremos amigos. ¡Vaya un mentecato!

RODRIGO.

La locura es la vida cuando la vida es dolor, y la mejor medicina de un

ánimo enfermo es la muerte.

[Ilustración]

YAGO.

¡Qué desvarío! Conozco bien el mundo, y todavía no sé de un hombre

que se ame de veras á sí mismo. Antes que ahogarme por una mujer, me

convertiria en mono.

RODRIGO.

¿Y qué he de hacer? Me avergüenzo de estar enamorado, pero ¿cómo

remediarlo?

YAGO.

¿Pues no has de remediarlo? La voluntad es el hortelano de la vida,

y puede criar en ella ortigas y cardos, ó hisopos y tomillo: una

sola yerba ó muchas: enriquecer la tierra ó empobrecerla: tenerla de

barbecho ó abonarla. Para eso es la prudencia, el seso y el libre

albedrío. Si en la balanza de la humana naturaleza, el platillo de la

razon no contrapesara al de los sentidos, nos llevaria el apetito á

cometer mil aberraciones. Pero por dicha tenemos la luz de la mente que

doma esa sensualidad, de la cual me parece que no es más que una rama

lo que llamais amor.

RODRIGO.

No lo creo.

YAGO.

Hervor de sangre, y flaqueza de voluntad. Muéstrate hombre. No te

ahogues en poca agua. Siempre he sido amigo tuyo, y estoy ligado

á tí por invencible afecto. Ahora puedo servirte como nunca. Toma

dinero: síguenos á la guerra, disfrazado y con barba postiza. Toma

dinero. ¿Piensas tú que á Desdémona le ha de durar mucho su amor por

el moro? Toma dinero. ¿Qué ha de durar? ¿No ves que el fin ha de ser

tan violento como el principio? Toma dinero. Los moros son versátiles

é inconstantes. Dinero, mucho dinero. Pronto le amargará el dulzor de

ahora. Ella es jóven y ha de cansarse de él, y caer en infidelidad y

mudanza. Toma dinero. Y si te empeñas en irte al infierno, véte de un

modo algo más dulce que ahogándote. Recoge todo el dinero que puedas.

Tú la lograrás, si es que mis artes y el poder del infierno no bastan

á triunfar de la bendicion de un clérigo, y de un juramento de amor

prestado á un salvaje vagabundo por una discretísima veneciana. Toma

dinero, mucho dinero. No te ahogues, ni te vuelvas loco. Más vale que

te ahorquen despues que la hayas poseido, que no ahogarte antes.

RODRIGO.

¿Me prometes ayudarme, si me arrojo á tal empresa?

YAGO.

No lo dudes. Pero toma dinero. Te repetiré lo que mil veces te

he dicho. Aborrezco de muerte al moro: yo sé por qué, y la razon

es poderosa. Tú no le aborreces menos. Conjurémonos los dos para

vengarnos. Tú tendrás el deleite, yo la risa. Muchas cosas andan

envueltas en el seno del porvenir. Véte, y toma dinero y disfrázate.

Mañana volveremos á hablar. Pásalo bien.

RODRIGO.

¿Dónde nos veremos?

YAGO.

En mi posada.

RODRIGO.

Iré temprano.

YAGO.

Así sea. ¿Rodrigo?

RODRIGO.

¿Tienes más que decirme?

YAGO.

No te ahogues. ¿Eh?

RODRIGO.

Ya no pienso en eso: voy á convertir en dinero todo lo que poseo.

YAGO.

Hazlo así, y mucho dinero, mucho dinero en el bolsillo.

(_Se va Rodrigo._)

Este necio será mi tesorero. Bien poco me habia de servir mi

experiencia del mundo si yo fuera á perder más tiempo con él. Pero

aborrezco al moro, porque se susurra que enamoró á mi mujer. No sé si

es verdad, pero tengo sospechas, y me bastan como si fueran verdad

averiguada. Él me estima mucho: así podré engañarle mejor. Casio es

apuesto mancebo. ¡Qué bien me valdria su empleo! Así mataria dos

pájaros á la vez. ¿Qué haré? Yo he de pensarlo despacio. Dejaré correr

algun tiempo, y luego me insinuaré en el ánimo de Otelo, haciéndole

entender que es muy sospechosa la amistad de Casio con su mujer. Las

apariencias suyas, son propias para seducir á las hembras. Por otra

parte, el moro es hombre sencillo y crédulo: á todos cree buenos, y se

dejará llevar del ronzal como un asno. ¡Ya he encontrado el medio! ¡Ya

voy engendrando mi plan! ¡El infierno le dará luz para salir!

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO II.

ESCENA PRIMERA.

=Un puerto de Chipre.=

Salen MONTANO y dos CABALLEROS.

MONTANO.

¿Qué se descubre en alta mar?

CABALLERO 1.º

Nada distingo, porque la tormenta crece, y confundidos mar y cielo no

dejan ver ni una sola nave.

MONTANO.

Paréceme que el viento anda muy desatado en tierra: nunca he visto en

nuestra isla temporal tan horrendo. Si es lo mismo en alta mar, ¿qué

quilla, por fuerte que sea, habrá podido resistir al empuje de esos

montes de olas? ¿Qué resultará de aquí?

CABALLERO 2.º

Sin duda el naufragio de la armada de los turcos. Pero acerquémonos á

la orilla, y ved cómo las espumosas olas quieren asaltar las nubes, y

cómo arrojan su rugidora, ingente y líquida cabellera sobre la ardiente

Osa, como queriendo apagar el brillo de las estrellas del polo inmóvil.

Nunca he visto tal tormenta en el mar.

MONTANO.

Es seguro que la armada turca ha perecido, á menos que se haya

refugiado en algun puerto ó ensenada. Imposible parece que resista á

tan brava tempestad.

(_Sale otro caballero._)

CABALLERO 3.º

Albricias, amigos mios. Acabó la guerra. La tormenta ha dispersado las

naves turcas. Una de Venecia, que ahora llega, ha visto naufragar la

mayor parte de los barcos, y á los restantes con graves averías.

MONTANO.

¿Dices verdad?

CABALLERO 3.º

Ahora acaba de entrar en el puerto la nave, que es Veronesa. De ella ha

desembarcado Miguel Casio, teniente de Otelo, el esforzado moro, quien

arribará de un momento á otro, y trae toda potestad del gobierno de

Venecia.

MONTANO.

Mucho me complace la eleccion de tan buen gobernador.

CABALLERO 3.º

Pero Casio, aunque se alegra del descalabro de los turcos, está

inquieto y hace mil votos por que llegue salvo el moro, á quien una

tempestad separó de él.

MONTANO.

Ojalá se salve. Yo he peleado cerca de él, y es bravo capitan. Vamos á

la playa, á ver si Otelo llega, ó se descubre en el mar su nave, aunque

sea en el límite donde el azul del cielo se confunde con el del mar.

CABALLERO 3.º

No nos detengamos: puede estar ahí dentro de un instante. (_Sale

Casio._)

CASIO.

Valerosos isleños, gracias por el amor que mostrais al moro. Ayúdele el

cielo contra la furia de los elementos, que me separaron de él en lo

más recio de la borrasca.

MONTANO.

¿Es fuerte su navío?

CASIO.

Y bien carenado, y lleva un piloto de larga ciencia y experiencia. Por

eso no pierdo aún toda esperanza. (_Suenan dentro voces: «vela, vela»._)

(_Sale otro caballero._)

CASIO.

¿Qué ruido es ese?

CABALLERO 2.º

El pueblo se agolpa á la playa, gritando «una vela».

CASIO.

El alma me está diciendo que es la de Otelo. (_Se oye el disparo de un

cañon._)

CABALLERO 2.º

¿Ois el cañon? Es gente amiga.

CASIO.

Preguntad quién ha llegado.

CABALLERO 2.º

No tardaré.

(_Vase._)

MONTANO.

Decid, señor Casio: ¿el gobernador es casado?

CASIO.

É hizo una gran boda, porque su dama es de tal perfeccion y hermosura

que ni pluma ni lengua humana pueden describirla, y vence todos los

primores del arte la realidad de sus encantos.

(_Sale el caballero 2.º_)

¿Quién ha llegado?

CABALLERO 2.º

Yago, el alférez del gobernador.

CASIO.

Rápido y feliz ha sido su viaje. Huracanes, mares alborotados, vientos

sonoros, bancos de arena y falaces rocas, escollo del confiado

navegante, han amansado un instante su natural dureza, cual si tuvieran

entendimiento de hermosura, para dejar paso libre y seguro á Desdémona.

MONTANO.

¿Y quién es Desdémona?

CASIO.

Aquella de quien te hablé, la mujer de nuestro gobernador, que dejó

á cargo de Yago el conducirla aquí. Por cierto que se ha adelantado

cerca de siete dias á nuestras esperanzas. ¡Dios soberano, protege

á Otelo, manda á sus velas viento favorable, para que su nave

toque pronto la bendecida orilla, y él torne amante á los brazos de

su hermosa Desdémona, inflame el valor de nuestros pechos y asegure

la tranquilidad de Chipre!

(_Salen Desdémona, Emilia, Yago, Rodrigo y acompañamiento._)

¡Vedla! Ahí está. La nave ha echado á tierra su tesoro. ¡Ciudadanos

de Chipre, doblad la rodilla ante ella! Bien venida seais, señora. La

celeste sonrisa os acompañe y guie por doquiera.

[Ilustración: _Llegada de Desdémona á Chipre._]

DESDÉMONA.

Gracias, amigo Casio. ¿Qué sabeis de mi marido?

CASIO.

Todavía no ha llegado, pero puedo deciros que está bueno y que no

tardará.

DESDÉMONA.

Mi temor es que... ¿Por qué no vinisteis juntos?

CASIO.

Nos separamos en la tremenda porfía del cielo y del mar. (_Voces de

«una vela, una vela». Cañonazos._) ¿Ois? Una vela se divisa.

CABALLERO 2.º

Han hecho el saludo á la playa. Gente amiga son.

CASIO.

Veamos qué novedades hay. Salud, alférez, y vos, señora (_á Emilia_).

(_La besa._) No os enojeis, señor Yago, por esta libertad, que no es

más que cortesía.

YAGO.

Bien os portariais si con los labios os deleitase tanto como á mí con

la lengua.

DESDÉMONA.

¡Pero si nunca habla!

YAGO.

A veces más de lo justo, sobre todo cuando tengo sueño. Sin duda,

delante de vos se reporta, y riñe sólo con el pensamiento.

EMILIA.

¿Y puedes quejarte de mí?

YAGO.

Eres tan buena como las demas mujeres. Sonajas en el estrado, gatas en

la cocina, santas cuando ofendeis, demonios cuando estais agraviadas,

perezosas en todo menos en la cama.

EMILIA.

¡Deslenguado!

YAGO.

Verdades digo. Y todavía la cama os parece estrecha.

EMILIA.

¡Buen panegírico harias de mi!

YAGO.

Más vale no hacerle.

DESDÉMONA.

Y si tuvieras que hacer el mio, ¿qué dirias?

YAGO.

No me desafieis, señora, porque no acierto á decir nada sin punta de

sátira.

DESDÉMONA.

Hagamos la prueba. ¿Fué álguien al puerto?

YAGO.

Sí, señora.

DESDÉMONA.

Mi aparente alegría oculta honda tristeza. ¿Qué dirias de mí, si

tuvieras que alabarme?

YAGO.

Por más vueltas que doy al magin, con nada atino. Parece que mi ingenio

se me escapa como liga de frisa. Hé aquí por fin el parto de mi musa.

«Si es blanca y rubia, su hermosura engendrará placer de que ella

sabiamente participe.»

DESDÉMONA.

No dices mal. ¿Y si es morena y discreta?

YAGO.

Si es discreta y morena, puede estar segura de hechizar á algun blanco.

DESDÉMONA.

¡Mal, mal!

EMILIA.

¿Y si es necia y hermosa?

YAGO.

Nunca la hermosa fué necia, porque no hay ninguna tan necia que no

llegue á casarse.

DESDÉMONA.

Chistes de mal gusto, frias agudezas de taberna. ¿Qué elogio podrás

hacer de la que es necia y fea?

YAGO.

«Ninguna hay tan necia ni tan fea que al cabo no logre ser amada.»

DESDÉMONA.

¡Oh ignorante! El mayor elogio para quien menos lo merece. ¿Y qué

podrás decir de la mujer virtuosa? en quien no puede clavar el diente

la malicia misma.

YAGO.

«La hermosa, que jamas cae en pecado de vanidad, la que no habla

palabras ociosas, la que, siendo rica, no hace ostentacion de lujosas

galas, la que nunca pasa de la ocasion al deseo, la que no se venga del

agravio, aunque la venganza sea fácil, la que nunca equivoca la cabeza

del salmon con la cola, la que hace todas las cosas con maduro seso y

no por ciego capricho, la que no mira atras aunque la sigan, tal mujer

como esta, si pudiera hallarse, seria muy apetecible.»

DESDÉMONA.

¿Y para qué la querrias?

YAGO.

Para criar necios y hacer su labor.

DESDÉMONA.

Fria y mal entendida conclusion. No hagas caso de él, Emilia, aunque

sea tu marido, y tú, Casio, ¿qué dices? ¿No te parece deslenguado é

insolente?

CASIO.

Peca de franco, señora mia, y es mejor soldado que hombre de córte.

(_Hablan entre sí Casio y Desdémona._)

YAGO.

(_Aparte._) Ahora le coge de la mano: hablad, hablad quedo, aunque la

red es harto pequeña para coger tan gran pez como Casio. Mírale de hito

en hito: sonríete. Yo te cogeré en tus propias redes. Bien, bien: así

está bien. Si de esta manera pierdes tu oficio de teniente, más te

valiera no haber besado nunca esa mano. ¡Bien, admirable beso! No te

lleves los dedos á la boca. (_Óyese una trompeta._) El moro llega.

CASIO.

Él es.

DESDÉMONA.

Vamos á recibirle.

CASIO.

Viene por allí.

(_Sale Otelo._)

OTELO.

¡Mi hermosa guerrera!

DESDÉMONA.

¡Otelo!

OTELO.

Tan grande es mi alegría como mi admiracion de verte aquí antes de lo

que esperaba. Si la tempestad ha de producir luego esta calma, soplen

en hora buena los vendavales, levántense las olas y alcen las naves

hasta tocar las estrellas, ó las sepulten luego en los abismos del

infierno. ¡Qué grande seria mi dicha en morir ahora! ¡Tan rico estoy de

felicidad, que dudo que mi suerte me reserve un dia tan feliz como éste!

DESDÉMONA.

¡Quiera Dios que crezcan nuestro amor y nuestra felicidad al paso de

los años!

OTELO.

¡Quiéralo Dios! Apenas puedo resistir lo intenso de mi alegría:

fáltanme palabras y el contento se desborda. ¡Oh, la menor armonía que

suene entre nosotros sea la de este beso! (_La besa._)

YAGO.

(_Aparte._) Todavía estais en buen punto, pero yo trastornaré muy

pronto las llaves de esa armonía.

OTELO.

Vamos, amigos. Se acabó la guerra: los turcos van de vencida. ¿Qué tal,

mis antiguos compañeros? Bien recibida serás en Chipre, amada mia.

Grande honra me hizo el Senado en enviarme aquí. No sé lo que me digo,

bien mio, porque estoy loco de placer. Véte á la playa, amigo Yago, haz

que saquen mis equipajes, y conduce al castillo al piloto de la nave,

que es hombre de valor y de experiencia, y merece ser recompensado.

Ven, Desdémona.

(_Vanse._)

YAGO.

(_A Rodrigo._) Espérame en el puerto. Pero oye antes una cosa, si es

que eres valiente (y dicen que el amor hace valientes hasta á los

cobardes). Esta noche el teniente estará de guardia en el patio del

castillo. Has de saber que Desdémona está ciegamente enamorada de él.

RODRIGO.

¿Pero cómo?

YAGO.

Déjate guiar por mí. Tú recuerda con qué ardor se enamoró del moro,

sólo por haber oido sus bravatas. ¿Pero crees tú que eso puede

durar? Si tienes entendimiento ¿cómo has de creerlo? Sus ojos desean

contemplar algo agradable, y ver á Otelo es como ver al demonio. Ademas

la sangre, despues del placer, se enfria y necesita alimento nuevo:

alguna armonía de líneas y proporciones, alguna semejanza de edad ó

de costumbres. Nada de esto tiene el moro, y por eso Desdémona se

encontrará burlada: empezará por fastidiarse y acabará por aborrecerle,

y entonces la naturaleza, que es la mejor maestra, le guiará á nueva

eleccion. Y dando por supuestas todas estas cosas llanas y naturales,

¿quién está en más favorable coyuntura que Casio? Él es listo y

discreto: conciencia ninguna: todo en él es hipocresía y simulada

apariencia y falsa cortesía, para lograr sus torpes antojos. Es un

pícaro desalmado: no dejará perder ninguna ocasion oportuna, y hasta

sabe fingir favores que no existen. Luego, es mozo y apuesto y posee

cuantas cualidades pueden llevar detras de sí los ojos de una mujer. Yo

veo que ya piensa en ella.

RODRIGO.

Pues yo de ella no sospecho nada: me parece la virtud misma.

YAGO.

¡Buena virtud la de tus narices! Si poseyera esa virtud, ¿se hubiera

casado con el moro? ¡No está mala la virtud! ¿no has reparado con qué

cariño le estrechaba la mano?

RODRIGO.

Seria cortesía.

YAGO.

Seria lujuria: una especie de prólogo de sus livianos apetitos. Y

luego se besaron hasta confundirse los alientos. No dudes que se aman,

Rodrigo. Cuando se empieza con estas confianzas, el término está muy

cercano. Calla y déjate guiar: no olvides que yo te hice salir de

Venecia. Tú harás guardia esta noche, donde yo te indique. Casio no

te ha visto nunca. Yo me alejaré poco. Procura tú mover á indignacion

á Casio con cualquier pretexto, desobedeciendo sus órdenes, _verbi

gratia_.

RODRIGO.

Así lo haré.

YAGO.

Tiene mal genio, y fácilmente se incomodará y te pondrá la mano en

el rostro; con tal ocasion le desafias, y esto me basta para que se

arme un tumulto entre los isleños, que llevan muy á mal el gobierno de

Casio. No pararemos hasta quitarle su empleo. Así allanas el camino que

puede conducirte á tu felicidad. Yo te ayudaré de mil modos, pero antes

hay que derribar el obstáculo mayor, y sin esto no podemos hacer nada.

RODRIGO.

Haré todo lo que las circunstancias exijan.

YAGO.

Ten confianza en lo que te digo. Esperaré en el castillo, á donde tengo

que llevar los cofres del moro. Adios.

RODRIGO.

Adios.

(_Se va._)

YAGO.

Para mí es seguro que Casio está enamorado de ella, y parece natural

que ella le ame. Á pesar del odio que le tengo, no dejo de conocer

que es el moro hombre bueno, firme y tenaz en sus afectos, y á la

vez de apacible y serena condicion, y creo que será buen marido para

Desdémona. Yo tambien la quiero, y no con torpe intencion (aunque

quizá sea mayor mi pecado). La quiero por instinto de venganza, porque

tengo sospechas de que el antojadizo mozo merodeó en otro tiempo por

mi jardin. Y de tal manera me conmueve y devora esta sospecha, que no

quedaré contento hasta verme vengado. Mujer por mujer: y si esto no

consigo, trastornar el seso del moro con celos matadores. Para eso,

si no me sirve este gozquecillo veneciano que estoy criando para que

siga la pista, me servirá Miguel Casio. Yo le acusaré ante el moro de

amante de su mujer. (Y mucho me temo que ni áun la mia está segura con

Casio.) Con esto lograré que Otelo me tenga por buen amigo suyo y me

agradezca y premie con liberal mano, por haberle hecho hacer papel de

bestia, enloqueciéndole y privándole de sosiego. Todavía mi pensamiento

vive confuso y entre sombras: que los pensamientos ruines sólo en la

ejecucion se descubren del todo.

ESCENA II.

=Calle.=

Un PREGONERO, seguido de pueblo.

PREGONERO.

Manda nuestro general y gobernador Otelo que, sabida la destruccion

completa de la armada turca, todos la celebren y se regocijen, bailando

y encendiendo hogueras, ó con otra cualquier muestra de alegría que

bien les pareciere. Ademas hoy celebra sus bodas. Este es el bando que

me manda pregonar. Estará abierto el castillo, y puede durar libremente

la fiesta desde las cinco que ahora son, hasta que suene la campana de

las doce. Dios guarde á Chipre y á Otelo.

ESCENA III.

=Sala del castillo.=

Salen OTELO, DESDÉMONA, CASIO y acompañamiento.

OTELO.

Miguel, amigo mio, quédate esta noche á guardar el castillo. No

olvidemos aquel prudente precepto de la moderacion en la alegría.

CASIO.

Ya he dado mis órdenes á Yago. Con todo eso, tendré la vigilancia

necesaria.

OTELO.

Yago es hombre de bien. Buenas noches, Casio. Mañana temprano te

hablaré. Ven, amor mio (_á Desdémona_): despues de comprar un objeto

entra el disfrutar de él. Todavía no hemos llegado á la posesion,

esposa mia. Buenas noches.

(_Vanse todos menos Casio y Yago._)

CASIO.

Buenas noches, Yago. Es preciso hacer la guardia.

YAGO.

Aún tenemos una hora: no han dado las diez. El general nos ha despedido

tan pronto, por quedarse solo con Desdémona. Y no me extraña: aún no la

ha disfrutado, y por cierto que es digna del mismo Jove.

CASIO.

Sí que es mujer bellísima.

YAGO.

Y tiene trazas de ser alegre y saltadora como un cabrito.

CASIO.

Me parece lozana y hermosa.

YAGO.

Tiene ojos muy provocativos. Parece que tocan á rebato.

CASIO.

Y á pesar de eso, su mirada es honesta.

YAGO.

¿Has oido su voz tan halagüeña que convida á amar?

CASIO.

Ciertamente que es perfectísima.

YAGO.

¡Benditas sean sus bodas! Ven, teniente mio: vaciemos un tonel de vino

de Chipre á la salud de Otelo. Allá fuera tengo dos amigos que no

dejarán de acompañarnos.

CASIO.

Mala noche para eso, Yago. Mi cabeza no resiste el vino. ¿Por qué no se

habrá inventado otra manera de pasar el rato?

YAGO.

Es broma entre amigos. Nada más que una copa. Lo demas lo beberé yo por

vos, si os empeñáis en decir que no.

CASIO.

Esta noche no he bebido más que un vaso de vino y ése aguado, y así

y todo ya siento los efectos. Mi debilidad es tan grande, que no me

atrevo á acrecentar el daño.

YAGO.

Cállate. Es noche de alegría. Darás gusto á los amigos.

CASIO.

¿Dónde están?

YAGO.

Ahí fuera. Les diré que entren, si quereis.

CASIO.

Díselo, pero á fe que no lo hago de buen grado.

(_Se va._)

YAGO.

Con otra copa más que yo le haga beber, sobre la de esta tarde, se

alborotará más que un gozquecillo ladrador. Ese Rodrigo, que es un

necio, loco de amor, ha bebido esta noche largo y tendido á la salud

de Desdémona. Él hace la guardia y con él tres mancebos de Chipre,

nobles, pundonorosos y valientes, á quienes ya he exaltado los cascos

con largas libaciones. Veremos si Casio, mezclado con esta tropa de

borrachos, hace alguna locura, que le acarree enemistades en la isla.

Aquí viene. Si esto me sale bien, adelantarán mucho mis proyectos.

(_Sale Casio con Montano y criados con ánforas de vino._)

CASIO.

Por Dios vivo... ya siento el efecto.

MONTANO.

Pues si no ha sido nada: apenas una botella.

YAGO.

¡Ea! ¡Traed vino! (_Canta._) ¡Sacudid, sacudid las copas: el soldado es

mortal, y debe beber sin término! ¡Más vino, amigos!

CASIO.

¡Linda cancion, á fe mia!

[Ilustración]

YAGO.

En Inglaterra la oí: tierra de grandes bebedores. Nada valen en cotejo

con ellos daneses, alemanes y flemáticos holandeses.

CASIO.

¿Bebe más el inglés?

YAGO.

Fácil le es poner debajo de la mesa al danes, y con poca fatiga al

aleman, y antes de apurar la última botella, al holandes.

CASIO.

Brindo por el general.

YAGO.

¡Oh, dulce Inglaterra! (_Canta._) «Hubo un rey, noble y caballero, que

se llamaba Estéban: las calzas le costaban un doblon, y se enojaba de

gastar tanto dinero, y llamaba al sastre ladron. Si esto hacia el que

era tan gran monarca, ¿qué has de hacer tú, pobre pechero? ¡A cuántos

perdió el subirse á mayores!» ¡Más vino!

CASIO.

Más me gusta esta cancion que la primera.

YAGO.

¿Quereis que la repita?

CASIO.

No, porque quien tales cosas canta merece perder su empleo. En fin,

Dios es poderoso, y unos se salvarán y otros se condenarán.

YAGO.

Bien dicho, teniente Casio.

CASIO.

Sin agravio del gobernador, ni de ningun otro personaje, yo creo que me

salvaré.

YAGO.

Y yo tambien lo creo, mi teniente.

CASIO.

Pero permitidme que os diga que primero me he de salvar yo, porque el

teniente debe ir antes que el alférez. Basta. Cada cual á su negocio...

No creais que estoy borracho, amigos mios. Ved: aquí está mi alférez:

esta es mi mano derecha, esta mi mano izquierda: os aseguro que no

estoy borracho. ¿No veis que hablo con sustancia y concierto?

TODOS.

Hablais en todo seso.

CASIO.

¡Ya lo creo! En entera razon. No vayais á creer que estoy borracho.

(_Se va._)

MONTANO.

Vamos á la explanada á hacer la guardia.

YAGO.

¿Habeis visto á ese mancebo que acaba de irse? Digno es de mandar al

lado del mismo César. ¡Lástima que tenga ese vicio, equinoccio de su

virtud, porque la iguala! ¡Cuánto lo siento! ¡Pobre isla de Chipre si

cuando se la confiara Otelo, acertase Casio á padecer este accidente!

MONTANO.

¿Suele embriagarse?

YAGO.

Todas las noches antes de acostarse. Tardaria más de 24 horas en

dormirse, si con la bebida no arrullara el sueño.

MONTANO.

Bien haríamos en avisar al gobernador con tiempo. Puede que no haya

reparado en ello. Tal es la estimacion que profesa á Casio, cuyas

buenas cualidades compensan sus defectos. ¿No es verdad?

(_Sale Rodrigo._)

YAGO.

¿Qué hay de nuevo? Véte detras de Casio: no te detengas.

(_Se va Rodrigo._)

MONTANO.

¡Lástima que el moro otorgue tanta amistad y confianza á un hombre

dominado por tan feo vicio! Convendrá hablar á Otelo.

YAGO.

No he de ser yo quien le hable, porque quiero muy de veras á Casio, y

me alegraria de curarle. ¿Oyes el ruido? (_Voces dentro._)

(_Sale Casio persiguiendo á Rodrigo._)

CASIO.

¡Infame, perverso!

MONTANO.

¿Qué sucede, mi teniente?

CASIO.

¿Tú enseñarme á mí? ¡Mil palos le he de dar, á fe de quien soy!

RODRIGO.

¡Tú apalearme!

CASIO.

¿Y todavía te atreves á replicar?

MONTANO.

Manos quedas, señor teniente.

CASIO.

Déjame, ó te señalo en la cara.

MONTANO.

Estais beodo.

CASIO.

¿Beodo yo?

YAGO.

(_A Rodrigo._) Echa á correr gritando: «favor, alarma.»

(_Se va Rodrigo._)

Paz, señores. ¡Favor, favor! ¡órden! ¡Buena guardia está la nuestra!

(_Óyese el tañido de una campana._) ¿Quién tocará la campana? ¡Qué

alboroto! ¡Válgame el cielo! Deteneos, señor teniente. Caminais ciego á

vuestra ruina.

(_Sale Otelo con sus criados._)

Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 1] · 第 14 / 18 段