Maneja la espada como tú la lengua, guardando tiempo, distancia y
compas. Gran cortador de ropillas. Espadachin, espadachin de profesion,
y muy enterado del _inmortal passato_, del _punto reverso_ y del _par_.
BENVOLIO.
¿Y qué quieres decir con eso?
MERCUTIO.
Mala landre devore á esos nuevos elegantes que han venido con gestos y
cortesías á reformar nuestras antiguas costumbres. «¡Qué buena espada,
qué buen mozo, qué hermosa mujer!» Decidme, abuelos mios, ¿no es mala
vergüenza que estemos llenos de estos moscones extranjeros, estos
_pardonnez moi_, tan ufanos con sus nuevas galas y tan despreciadores
de lo antiguo? ¡Oh, necedad insigne!
(_Sale Romeo._)
BENVOLIO.
¡Aquí tienes á Romeo! ¡Aquí tienes á Romeo!
MERCUTIO.
Bien roma trae el alma. No eres carne ni pescado. ¡Oh materia digna de
los versos del Petrarca! Comparada con su amor Laura era una fregona,
sino que tuvo mejor poeta que la celebrase; Dido una zagala, Cleopatra
una gitana, Hero y Elena dos rameras, y Ciste, á pesar de sus negros
ojos, no podria competir con la suya. _Bon jour_, Romeo. Saludo francés
corresponde á vuestras calzas francesas. Anoche nos dejaste en blanco.
ROMEO.
¿Qué dices de dejar en blanco?
MERCUTIO.
Que te despediste á la francesa. ¿Lo entiendes ahora?
ROMEO.
Perdon, Mercutio. Tenia algo que hacer, y no estaba el tiempo para
cortesías.
MERCUTIO.
¿De suerte que tú tambien las usas á veces y doblas las rodillas?
ROMEO.
Luego no soy descortes, porque eso es hacer genuflexiones.
MERCUTIO.
Dices bien.
ROMEO.
Pero aquello de que hablábamos es cortesía y no genuflexion.
MERCUTIO.
Es que yo soy la flor de la cortesía.
ROMEO.
¿Cómo no dices la flor y nata?
MERCUTIO.
Porque la nata la dejo para tí[3].
[3] Siguen otros juegos de palabras difíciles de poner en
castellano, so pena de sustituir otros.
ROMEO.
Cállate.
MERCUTIO.
¿Y no es mejor esto que andar en lamentaciones exóticas? Ahora te
reconozco: eres Romeo, nuestro antiguo y buen amigo. Andabas hecho un
necio con ese amor insensato.
(_Salen Pedro y el Ama._)
MERCUTIO.
Vela, vela.
BENVOLIO.
Y son dos: una saya y un sayal.
AMA.
¡Pedro!
PEDRO.
¿Qué?
AMA.
Tráeme el abanico.
MERCUTIO.
Dáselo, Pedro, que siempre será más agradable mirar su abanico que su
cara.
AMA.
Buenas tardes, señores.
MERCUTIO.
Buenas tardes, hermosa dama.
AMA.
¿Pues hemos llegado á la tarde?
MERCUTIO.
No, pero la mano lasciva del reloj está señalando las doce.
AMA.
¡Jesús, qué hombre!
MERCUTIO.
Un hombre que Dios crió, para que luego echase él mismo á perder la
obra divina.
AMA.
Bien dicho. Para que echase su obra á perder... ¿Pero me podria decir
alguno de vosotros dónde está el jóven Romeo?
ROMEO.
Yo te lo podré decir, y por cierto que ese jóven será ya más viejo
cuando le encontreis, que cuando empezabais á buscarlo. Yo soy Romeo, á
falta de otro más jóven.
AMA.
¿Lo decis de veras?
MERCUTIO.
¿Conque á falta de otro mejor, os parece jóven? Discretamente lo
entendeis.
AMA.
Si verdaderamente sois Romeo, tengo que deciros secretamente una
palabra.
BENVOLIO.
Si querrá citarle para esta noche...
MERCUTIO.
¿Es una alcahueta, una perra?... ¡Oh, oh!...
ROMEO.
¿Qué ruido es ese?
MERCUTIO.
No es que haya encontrado yo ninguna liebre, ni es cosa de seguir la
liebre, aunque como dice el cantar: «En cuaresma bien se puede comer
una liebre vieja, pero tan vieja llega á podrirse, si se la guarda, que
no hay quien la pueda mascar.» ¿Vas á casa de tu padre, Romeo? Allá
iremos á comer.
ROMEO.
Voy con vosotros.
MERCUTIO.
Adios, hermosa vieja; hermosa, hermosa, hermosa.
(_Vanse él y Benvolio._)
AMA.
Bendito sea Dios, que ya se fué éste. ¿Me podriais decir (_á Romeo_)
quién es este majadero, tan pagado de sus chistes?
ROMEO.
Ama, es un amigo mio que se escucha á sí mismo y gusta de reirse sus
gracias, y que habla más en una hora que lo que escuchas tú en un mes.
AMA.
Pues si se atreve á hablar mal de mí, él me lo pagará, aunque vengan
en su ayuda otros veinte de su calaña. Y si yo misma no puedo,
otros sacarán la cara por mí. Pues no faltaba más. ¡El grandísimo
impertinente! ¿Si creerá que yo soy una mujer de esas?... Y tú (_á
Pedro_) que estás ahí tan reposado, y dejas que cualquiera me insulte.
PEDRO.
Yo no he visto que nadie os insulte, porque si lo viera, no tardaria un
minuto en sacar mi espada. Nadie me gana en valor cuando mi causa es
justa, y cuando me favorece la ley.
AMA.
¡Válgame Dios! todavía me dura el enojo y las carnes me tiemblan... Una
palabra sola, caballero. Como iba diciendo, mi señorita me manda con un
recado para vos. No voy á repetiros todo lo que me ha dicho. Pero si
vuestro objeto es engañarla, ciertamente que será cosa indigna, porque
mi señorita es una muchacha jóven, y el engañarla seria muy mala obra,
y no tendria perdon de Dios.
ROMEO.
Ama, puedes jurar á tu señora que...
AMA.
¡Bien, bien, así se lo diré, y ha de alegrarse mucho!...
ROMEO.
¿Y qué le vas á decir, si todavía no me has oido nada?
AMA.
Le diré que protestais, lo cual, á fe mia, es obrar como caballero.
ROMEO.
Dile que invente algun pretexto para ir esta tarde á confesarse al
convento de fray Lorenzo, y él nos confesará y casará. Toma este regalo.
AMA.
No aceptaré ni un dinero, señor mio.
ROMEO.
Yo te lo mando.
AMA.
¿Conque esta tarde? Pues no faltará.
ROMEO.
Espérame detras de las tápias del convento, y antes de una hora, mi
criado te llevará una escala de cuerdas para poder yo subir por ella
hasta la cima de mi felicidad. Adios y séme fiel. Yo te lo premiaré
todo. Mis recuerdos á Julieta.
AMA.
Bendito seais. Una palabra más.
ROMEO.
¿Qué, ama?
AMA.
¿Es de fiar vuestro criado? ¿Nunca oisteis que á nadie fia sus secretos
el varon prudente?
ROMEO.
Mi criado es fiel como el oro.
AMA.
Bien, caballero. No hay señorita más hermosa que la mia. ¡Y si la
hubierais conocido cuando pequeña!... ¡Ah! Por cierto que hay en la
ciudad un tal Páris que de buena gana la abordaría. Pero ella, bendita
sea su alma, más quisiera á un sapo feísimo que á él. A veces me
divierto en enojarla, diciéndole que Páris es mejor mozo que vos, y ¡si
vierais cómo se pone entonces! Más pálida que la cera. Decidme ahora:
¿Romero y Romeo no tienen la misma letra inicial?
ROMEO.
Verdad es que ambos empiezan por _R_.
AMA.
Eso es burla. Yo sé que vuestro nombre empieza con otra letra menos
áspera... ¡Si vierais qué graciosos equívocos hace con vuestro nombre y
con Romero! Gusto os diera oirla.
ROMEO.
Recuerdos á Julieta.
AMA.
Sí que se los daré mil veces. ¡Pedro!
PEDRO.
¡Qué!
AMA.
Toma el abanico, y guíame.
ESCENA V.
=Jardin de Capuleto.=
JULIETA y el AMA.
JULIETA.
Las nueve eran cuando envié al ama, y dijo que antes de media hora
volveria. ¿Si no lo habrá encontrado? ¡Pero sí! ¡Qué torpe y perezosa!
Sólo el pensamiento debiera ser nuncio del amor. El corre más que
los rayos del sol cuando ahuyentan las sombras de los montes. Por eso
pintan al amor con alas. Ya llega el sol á la mitad de su carrera. Tres
horas van pasadas desde las nueve á las doce, y él no vuelve todavía.
Si ella tuviese sangre juvenil y alma, volveria con las palabras de su
boca; pero la vejez es pesada como un plomo.
(_Salen el Ama y Pedro._)
¡Gracias á Dios que viene! Ama mia, querida ama... ¿qué noticias traes?
¿Hablaste con él? Que se vaya Pedro.
AMA.
Véte, Pedro.
JULIETA.
Y bien, ama querida. ¡Qué triste estás! ¿Acaso traes malas noticias?
Dímelas, á lo menos, con rostro alegre. Y si son buenas, no las eches á
perder con esa mirada torva.
AMA.
Muy fatigada estoy. ¡Qué quebrantados están mis huesos!
JULIETA.
¡Tuvieras tus huesos tú y yo mis noticias! Habla por Dios, ama mia.
AMA.
¡Señor, qué prisa! Aguarda un poco. ¿No me ves sin aliento?
JULIETA.
¿Cómo sin aliento, cuándo te sobra para decirme que no le tienes? Menos
que en volverlo á decir, tardarias en darme las noticias. ¿Las traes
buenas ó malas?
AMA.
¡Qué mala eleccion de marido has tenido! ¡Vaya, que el tal Romeo!
Aunque tenga mejor cara que los demas, todavía es mejor su pié y su
mano y su gallardía. No diré que la flor de los cortesanos, pero tengo
para mí que es humilde como una oveja. ¡Bien has hecho, hija! y qué
Dios te ayude. ¿Has comido en casa?
JULIETA.
Calla, calla: eso ya me lo sabia yo. ¿Pero que hay de la boda? dímelo.
[Ilustración]
AMA.
¡Jesús! ¡qué cabeza la mia! Pues, y la espalda... ¡Cómo me mortifican
los riñones! ¡La culpa es tuya que me haces andar por esos andurriales,
abriéndome la sepultura antes de tiempo!
JULIETA.
Mucho siento tus males, pero acaba de decirme, querida ama, lo que te
contestó mi amor.
AMA.
Habló cómo un caballero lleno de discrecion y gentileza; puedes
creerme. ¿Dónde está tu madre?
JULIETA.
¿Mi madre? Allá dentro. ¡Vaya una pregunta!
AMA.
¡Válgame Dios! ¿Te enojas conmigo? ¡Buen emplasto para curar mis
quebraduras! Otra vez vas tú misma á esas comisiones.
JULIETA.
Pero ¡qué confusion! ¿Qué es en suma lo que te dijo Romeo?
AMA.
¿Te dejarán ir sola á confesar?
JULIETA.
Sí.
AMA.
Pues allí mismo te casarás. Véte á la celda de fray Lorenzo. Ya se
cubren de rubor tus mejillas con tan sencilla nueva. Véte al convento.
Yo, iré por otra parte á buscar la escalera, con que tu amante ha de
escalar el nido del amor. A la celda, pues, y yo á comer.
JULIETA.
¡Y yo á mi felicidad! ama mia.
ESCENA VI.
=Celda de Fray Lorenzo.=
FRAY LORENZO y ROMEO.
FRAY LORENZO.
¡El cielo mire con buenos ojos la ceremonia que vamos á cumplir, y no
nos castigue por ella en adelante!
ROMEO.
¡Así sea, así sea! Pero por muchas penas que vengan no bastarán á
destruir la impresion de este momento de ventura. Junta nuestras manos,
y con tal que yo pueda llamarla mia, no temeré ni siquiera á la muerte,
verdugo del amor.
FRAY LORENZO.
Nada violento es duradero: ni el placer ni la pena: ellos mismos se
consumen como el fuego y la pólvora al usarse. La excesiva dulcedumbre
de la miel empalaga al labio. Ama, pues, con templanza. Aquí está la
dama; (_sale Julieta_) su pié es tan leve que no desgastará nunca la
eterna roca; tan ligera que puede correr sobre las telas de araña sin
romperlas.
JULIETA.
Buenas tardes, reverendo confesor.
FRAY LORENZO.
Romeo te dará las gracias en nombre de los dos.
JULIETA.
Por eso le he incluido en el saludo. Si no, pecaria él de exceso de
cortesía.
ROMEO.
¡Oh, Julieta! Si tu dicha es cómo la mia y puedes expresarla con más
arte, alegra con tus palabras el aire de este aposento y deja que tu
voz proclame la ventura que hoy agita el alma de los dos.
JULIETA.
El verdadero amor es más prodigo de obras que de palabras: más rico en
la esencia que en la forma. Sólo el pobre cuenta su caudal. Mi tesoro
es tan grande que yo no podria contar ni siquiera la mitad.
FRAY LORENZO.
Acabémos pronto. No os dejaré solos hasta que os ligue la bendicion
nupcial.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO III.
ESCENA PRIMERA.
=Plaza de Verona.=
MERCUTIO, BENVOLIO.
BENVOLIO.
Amigo Mercutio, pienso que debíamos refrenarnos, porque hace mucho
calor, y los Capuletos andan encalabrinados, y ya sabes que en verano
hierve mucho la sangre.
MERCUTIO.
Tú eres uno de esos hombres que cuando entran en una taberna, ponen
la espada sobre la mesa, como diciendo: «ojalá que no te necesite», y
luego, á los dos tragos, la sacan, sin que nadie les provoque.
BENVOLIO.
¿Dices que yo soy de esos?
MERCUTIO.
Y de los más temibles espadachines de Italia, tan fácil de entrar en
cólera como de provocar á los demas.
BENVOLIO.
¿Por qué dices eso?
MERCUTIO.
Si hubiera otro como tú, pronto os matariais. Capaz eres de reñir por
un solo pelo de la barba. Donde nadie veria ocasion de camorra, la ves
tú. Llena está de riña tu cabeza, como de yema un huevo, y eso que á
porrazos te han puesto tan blanda como una yema, la cabeza. Reñiste
con uno porque te vió en la calle y despertó á tu perro que estaba
durmiendo al sol. Y con un sastre porque estrenó su ropa nueva antes
de Pascua, y con otro porque ataba sus zapatos con cintas viejas. ¿Si
vendrás tú á enseñarme moderacion y prudencia?
BENVOLIO.
Si yo fuera tan camorrista como tú, ¿quién me aseguraria la vida ni
siquiera un cuarto de hora?... Mira, aquí vienen los Capuletos.
MERCUTIO.
¿Y qué se me da á mí, vive Dios?
(_Teobaldo y otros._)
TEOBALDO.
Estad cerca de mí, que tengo que decirles dos palabras. Buenas tardes,
hidalgos. Quisiera hablar con uno de vosotros.
MERCUTIO.
¿Hablar sólo? Más valiera que la palabra viniese acompañada de algo, v.
g., de un golpe.
TEOBALDO.
Hidalgo, no dejaré de darle si hay motivo.
MERCUTIO.
¿Y no podeis encontrar motivo sin que os lo dén?
TEOBALDO.
Mercutio, tú estás de acuerdo con Romeo.
MERCUTIO.
¡De acuerdo! ¿Has creido que somos músicos? Pues aunque lo seamos, no
dudes que en esta ocasion vamos á desafinar. Yo te haré bailar con mi
arco de violin. ¡De acuerdo! ¡Válgame Dios!
BENVOLIO.
Estamos entre gentes. Buscad pronto algun sitio retirado, donde
satisfaceros, ó desocupad la calle, porque todos nos están mirando.
MERCUTIO.
Para eso tienen ojos. No me voy de aquí por dar gusto á nadie.
TEOBALDO.
Adios, señor. Aquí está el doncel que buscábamos.
(_Entra Romeo._)
MERCUTIO.
Mátenme si él lleva los colores de vuestro escudo. Aunque de fijo os
seguirá al campo, y por eso le llamais doncel.
TEOBALDO.
Romeo, sólo una palabra me consiente decirte el odio que te profeso.
Eres un infame.
ROMEO.
Teobaldo, tales razones tengo para quererte que me hacen perdonar hasta
la bárbara grosería de ese saludo. Nunca he sido infame. No me conoces.
Adios.
TEOBALDO.
Mozuelo imberbe, no intentes cobardemente excusar los agravios que me
has hecho. No te vayas, y defiéndete.
ROMEO.
Nunca te agravié. Te lo afirmo con juramento. Al contrario hoy te amo
más que nunca, y quizá sepas pronto la razon de este cariño. Véte en
paz, buen Capuleto, nombre que estimo tanto como el mio.
MERCUTIO.
¡Qué extraña cobardía! Decídanlo las estocadas. Teobaldo, espadachin,
¿quieres venir conmigo?
TEOBALDO.
¿Qué me quieres?
MERCUTIO.
Rey de los gatos, sólo quiero una de tus siete vidas, y luego
aporrearte á palos las otras seis. ¿Quieres tirar de las orejas á tu
espada, y sacarla de la vaina? Anda presto, porque si no, la mia te
calentará tus orejas antes que la saques.
TEOBALDO.
Soy contigo.
ROMEO.
Detente, amigo Mercutio.
MERCUTIO.
Adelante, hidalgo. Enseñadme ese quite. (_Se baten._)
ROMEO.
Saca la espada, Benvolio. Separémoslos. ¡Qué afrenta, hidalgos! ¡Oid,
Teobaldo! ¡Oye, Mercutio! ¿No sabeis que el Príncipe ha prohibido sacar
la espada en las calles de Verona? Deteneos, Teobaldo y Mercutio.
(_Se van Teobaldo y sus amigos._)
MERCUTIO.
Mal me han herido. ¡Mala peste á Capuletos y Montescos! Me hirieron y
no los herí.
ROMEO.
¿Te han herido?
MERCUTIO.
Un arañazo, nada más, un arañazo, pero necesita cura. ¿Dónde está mi
paje, para que me busque un cirujano?
(_Se va el paje._)
ROMEO.
No temas. Quizá sea leve la herida.
MERCUTIO.
No es tan honda como un pozo, ni tan ancha como el pórtico de una
iglesia, pero basta. Si mañana preguntas por mí, verásme tan callado
como un muerto. Ya estoy escabechado para el otro mundo. Mala landre
devore á vuestras dos familias. ¡Vive Dios! ¡Que un perro, una rata,
un raton, un gato mate así á un hombre! Un maton, un pícaro, que pelea
contra los ángulos y reglas de la esgrima. ¿Para qué te pusiste á
separarnos? Por debajo de tu brazo me ha herido.
ROMEO.
Fué con buena intencion.
MERCUTIO.
Llévame de aquí, Benvolio, que me voy á desmayar. ¡Mala landre devore
á entrambas casas! Ya soy una gusanera. ¡Maldita sea la discordia de
Capuletos y Montescos! (_Vanse._)
ROMEO.
Por culpa mia sucumbe este noble caballero, tan cercano deudo del
Príncipe. Estoy afrentado por Teobaldo, por Teobaldo que ha de ser mi
pariente dentro de poco. Tus amores, Julieta, me han quitado el brio y
ablandado el temple de mi acero.
BENVOLIO.
(_Que vuelve._) ¡Ay, Romeo! Mercutio ha muerto. Aquella alma audaz, que
hace poco despreciaba la tierra, se ha lanzado ya á las nubes.
ROMEO.
Y de este dia sangriento nacerán otros que extremarán la copia de mis
males.
BENVOLIO.
Por allí vuelve Teobaldo.
ROMEO.
Vuelve vivo y triunfante. ¡Y Mercutio muerto! Huye de mí, dulce
templanza. Sólo la ira guie mi brazo. Teobaldo, ese mote de _infame_
que tú me diste, yo te le devuelvo ahora, porque el alma de Mercutio
está desde las nubes llamando á la tuya, y tú ó yo ó los dos hemos de
seguirle forzosamente.
TEOBALDO.
Pues véte á acompañarle tú, necio, que con él ibas siempre.
ROMEO.
Ya lo decidirá la espada. (_Se baten, y cae herido Teobaldo._)
[Ilustración]
BENVOLIO.
Huye, Romeo. La gente acude y Teobaldo está muerto. Si te alcanzan,
vas á ser condenado á muerte. No te detengas como pasmado. Huye, huye.
ROMEO.
Soy triste juguete de la suerte.
BENVOLIO.
Huye, Romeo.
(_Acude gente._)
CIUDADANO 1.º
¿Por dónde habrá huido Teobaldo, el asesino de Mercutio?
BENVOLIO.
Ahí yace muerto Teobaldo.
CIUDADANO 1.º
Seguidme todos. En nombre del Príncipe lo mando.
(_Entran el Príncipe con sus guardias, Montescos, Capuletos, etc._)
EL PRÍNCIPE.
¿Dónde están los promovedores de esta reyerta?
BENVOLIO.
Ilustre Príncipe, yo puedo referiros todo lo que aconteció. Teobaldo
mató al fuerte Mercutio, vuestro deudo, y Romeo mató á Teobaldo.
LA SEÑORA DE CAPULETO.
¡Teobaldo! ¡Mi sobrino, hijo de mi hermano! ¡Oh, Príncipe! un Montesco
ha asesinado á mi deudo. Si sois justo, dadnos sangre por sangre. ¡Oh,
sobrino mio!
PRÍNCIPE.
Dime con verdad, Benvolio. ¿Quién comenzó la pelea?
BENVOLIO.
Teobaldo, que luego murió á manos de Romeo. En vano Romeo con dulces
palabras le exhortaba á la concordia, y le traia al recuerdo vuestras
ordenanzas: todo esto con mucha cortesía y apacible ademan. Nada bastó
á calmar los furores de Teobaldo, que ciego de ira, arremetió con el
acero desnudo contra el infeliz Mercutio. Mercutio le resiste primero
á hierro, y apartando de sí la suerte, quiere arrojarla del lado de
Teobaldo. Este le esquiva con ligereza. Romeo se interpone, clamando:
«Paz, paz, amigos.» En pos de su lengua va su brazo á interponerse
entre las armas matadoras, pero de súbito, por debajo de ese brazo,
asesta Teobaldo una estocada que arrebata la vida al pobre Mercutio;
Teobaldo huye á toda prisa, pero á poco rato vuelve, y halla á Romeo,
cuya cólera estalla. Arrójanse como rayos al combate, y antes de poder
atravesarme yo, cae Teobaldo y huye Romeo. Esta es la verdad lisa y
llana, por vida de Benvolio.
LA SEÑORA DE CAPULETO.
No ha dicho verdad. Es pariente de los Montescos, y la aficion que les
tiene le ha obligado á mentir. Más de veinte espadas se desenvainaron
contra mi pobre sobrino. Justicia, Príncipe. Si Romeo mató á Teobaldo,
que muera Romeo.
PRÍNCIPE.
Él mató á Mercutio, segun se infiere del relato. ¿Y quién pide
justicia, por una sangre tan cara?
MONTESCO.
No era Teobaldo el deudor, aunque fuese amigo de Mercutio, ni debia
haberse tomado la justicia por su mano, hasta que las leyes decidiesen.
PRÍNCIPE.
En castigo, yo te destierro. Vuestras almas están cegadas por el
encono, y á pesar vuestro he de haceros llorar la muerte de mi deudo.
Seré inaccesible á lágrimas y á ruegos. No me digais palabra. Huya
Romeo; porque si no huye, le alcanzará la muerte. Levantad el cadáver.
No seria clemencia perdonar al homicida.
ESCENA II.
=Jardin en casa de Capuleto.=
JULIETA y el AMA.
JULIETA.
Corred, corred á la casa de Febo, alados corceles del sol. El látigo de
Faeton os lance al ocaso. Venga la dulce noche á tender sus espesas
cortinas. Cierra ¡oh sol! tus penetrantes ojos, y deja que en el
silencio venga á mí mi Romeo, é invisible se lance en mis brazos. El
amor es ciego y ama la noche, y á su luz misteriosa cumplen sus citas
los amantes. Ven, majestuosa noche, matrona de humilde y negra túnica,
y enséñame á perder en el blando juego, donde las vírgenes empeñan su
castidad. Cubre con tu manto la pura sangre que arde en mis mejillas.
Ven, noche; ven, Romeo, tú que eres mi dia en medio de esta noche, tú
que ante sus tinieblas pareces un copo de nieve sobre las negras alas
del cuervo. Ven, tenebrosa noche, amiga de los amantes, y vuélveme á
mi Romeo. Y cuando muera, convierte tú cada trozo de su cuerpo en una
estrella relumbrante, que sirva de adorno á tu manto, para que todos
se enamoren de la noche, desenamorándose del sol. Ya he adquirido el
castillo de mi amor, pero aún no le poseo. Ya estoy vendida, pero no
entregada á mi señor. ¡Qué dia tan largo! tan largo como víspera de
domingo para el niño que ha de estrenar en él un traje nuevo. Pero aquí
viene mi ama, y me traerá noticias de él.
(_Llega el ama con una escala de cuerdas._)
Ama, ¿qué noticias traes? ¿Esa es la escala que te dijo Romeo?
AMA.
Sí, esta es la escala.
JULIETA.
¡Ay, Dios! ¿Qué sucede? ¿Por qué tienes las manos cruzadas?
AMA.
¡Ay, señora! murió, murió. Perdidas somos. No hay remedio... Murió. Le
mataron... Está muerto.
JULIETA.
¿Pero cabe en el mundo tal maldad?
AMA.
En Romeo cabe. ¿Quién pudiera pensar tal cosa de Romeo?
JULIETA.
¿Y quién eres tú, demonio, que así vienes á atormentarme? Suplicio
igual sólo debe de haberle en el infierno. Dime, ¿qué pasa? ¿Se ha
matado Romeo? Dime que _sí_, y esta palabra basta. Será más homicida
que mirada de basilisco. Dí que sí ó que _no_, que vive ó que muere.
Con una palabra puedes calmar ó serenar mi pena.
AMA.
Sí: yo he visto la herida. La he visto por mis ojos. Estaba muerto:
amarillo como la cera, cubierto todo de grumos de sangre cuajada. Yo me
desmayé al verle.
JULIETA.
¡Estalla, corazon mio, estalla! ¡Ojos mios, yacereis desde ahora en
prision tenebrosa, sin tornar á ver la luz del dia! ¡Tierra, vuelve á
la tierra! Sólo resta morir, y que un mismo túmulo cubra mis restos y
los de Romeo.
AMA.
¡Oh, Teobaldo amigo mio, caballero sin igual, Teobaldo! ¿Por qué he
vivido yo para verte muerto?
JULIETA.
Pero ¡qué confusion es esta en que me pones! ¿Dices que Romeo ha
muerto, y que ha muerto Teobaldo, mi dulce primo? Toquen, pues, la
trompeta del juicio final. Si esos dos han muerto, ¿qué importa que
vivan los demas?
AMA.
A Teobaldo mató Romeo, y éste anda desterrado.
JULIETA.
¡Válgame Dios! ¿Conque Romeo derramó la sangre de Teobaldo? ¡Alma
de sierpe, oculta bajo capa de flores! ¿Qué dragon tuvo jamas tan
espléndida gruta? Hermoso tirano, demonio angelical, cuervo con plumas
de paloma, cordero rapaz como lobo, materia vil de forma celeste,
santo maldito, honrado criminal, ¿en qué pensabas, naturaleza de los
infiernos, cuando encerraste en el paraíso de ese cuerpo el alma de
un condenado? ¿Por qué encuadernaste tan bellamente un libro de tan
perversa lectura? ¿Cómo en tan magnífico palacio pudo habitar la
traicion y el dolo?
AMA.
Los hombres son todos unos. No hay en ellos verdad, ni fe, ni
constancia. Malvados, pérfidos, trapaceros... ¿Dónde está mi escudero?
Dame unas gotas de licor. Con tantas penas voy á envejecer antes de
tiempo. ¡Qué afrenta para Romeo!
JULIETA.
¡Maldita la lengua que tal palabra osó decir! En la noble cabeza de
Romeo no es posible deshonra. En su frente reina el honor como soberano
monarca. ¡Qué necia yo que antes decia mal de él!
AMA.
¿Cómo puedes disculpar al que mató á tu primo?
JULIETA.
¿Y cómo he de decir mal de quien es mi esposo? Mató á mi primo, porque
si no, mi primo le hubiera matado á él. ¡Atras, lágrimas mias, tributo
que erradamente ofrecí al dolor, en vez de ofrecerle al gozo! Vive mi
esposo, á quien querian dar muerte, y su matador yace por tierra. ¿A
qué es el llanto? Pero creo haberte oido otra palabra que me angustia
mucho más que la muerte de Teobaldo. En vano me esfuerzo por olvidarla.
Ella pesa sobre mi conciencia, como puede pesar en el alma de un
culpable el remordimiento. Tú dijiste que Teobaldo habia sido muerto y
Romeo desterrado. Esta palabra _desterrado_ me pesa más que la muerte
de diez mil Teobaldos. ¡No bastaba con la muerte de Teobaldo, ó es
que las penas se deleitan con la compañía y nunca vienen solas! ¿Por
qué cuando dijiste: «ha muerto Teobaldo», no añadiste: «tu padre ó tu
madre, ó los dos»? Áun entonces no hubiera sido mayor mi pena. ¡Pero
decir: _Romeo desterrado_! Esta palabra basta á causar la muerte á mi
padre y á mi madre, y á Romeo y á Julieta. «¡Desterrado Romeo!» Dime,
¿podrá encontrarse término ó límite á la profundidad de este abismo?
¿Dónde están mi padre y mi madre? Dímelo.
AMA.
Llorando sobre el cadáver de Teobaldo. ¿Quieres que te acompañe allá?
JULIETA.
Ellos con su llanto enjugarán las heridas. Yo entre tanto lloraré por
el destierro de Romeo. Toma tú esa escalera, á quien su ausencia priva
de su dulce objeto. Ella debia haber sido camino para mi lecho nupcial.
Pero yo moriré vírgen y casada. ¡Adios, escala de cuerda! ¡Adios,
nodriza! Me espera el tálamo de la muerte.
AMA.