tú bien lo que quiero decir.
ROMEO.
¿Tienes ganas de entrar en el baile? ¿Crees que eso tiene sentido?
MERCUTIO.
¿Y lo dudas?
ROMEO.
Tuve anoche un sueño.
MERCUTIO.
Y yo otro esta noche.
ROMEO.
¿Y á qué se reduce tu sueño?
MERCUTIO.
Comprendí la diferencia que hay del sueño á la realidad.
ROMEO.
En la cama fácilmente se sueña.
MERCUTIO.
Sin duda te ha visitado la reina Mab, nodriza de las hadas. Es tan
pequeña como el ágata que brilla en el anillo de un regidor. Su carroza
va arrastrada por caballos leves como átomos, y sus rádios son patas de
tarántula, las correas son de gusano de seda, los frenos de rayos de
luna: huesos de grillo é hilo de araña forman el látigo; y un mosquito
de oscura librea, dos veces más pequeño que el insecto que la aguja
sutil extrae del dedo de ociosa dama, guia el espléndido equipaje. Una
cáscara de avellana forma el coche elaborado por la ardilla, eterna
carpintera de las hadas. En ese carro discurre de noche y dia por
cabezas enamoradas, y les hace concebir vanos deseos, y anda por las
cabezas de los cortesanos, y les inspira vanas cortesías. Corre por los
dedos de los abogados, y sueñan con procesos. Recorre los labios de las
damas, y sueñan con besos. Anda por las narices de los pretendientes,
y sueñan que han alcanzado un empleo. Azota con la punta de un rabo de
puerco las orejas del cura, produciendo en ellas sabroso cosquilleo,
indicio cierto de beneficio ó canonjía cercana. Se adhiere al cuello
del soldado, y le hace soñar que vence y triunfa de sus enemigos y los
degüella con su truculento acero toledano, hasta que oyendo los sones
del cercano atambor, se despierta sobresaltado, reza un padre nuestro,
y vuelve á dormirse. La reina Mab es quien enreda de noche las crines
de los caballos, y enmaraña el pelo de los duendes, é infecta el lecho
de la cándida vírgen, y despierta en ella por primera vez impuros
pensamientos.
ROMEO.
Basta, Mercutio. No prosigas en esa charla impertinente.
MERCUTIO.
De sueños voy hablando, fantasmas de la imaginacion dormida, que en su
vuelo excede la ligereza de los aires, y es más mudable que el viento.
BENVOLIO.
Tú sí que estás arrojando viento y humo por esa boca. Ya nos espera la
cena, y no es cosa de llegar tarde.
ROMEO.
Demasiado temprano llegareis. Témome que las estrellas están de mal
talante, y que mi mala suerte va á empezarse en este banquete, hasta
que llegue la negra muerte á cortar esta inútil existencia. Pero en
fin, el piloto de mi nave sabrá guiarla. Adelante, amigos mios.
BENVOLIO.
A son de tambores.
ESCENA V.
=Sala en casa de Capuleto.=
MÚSICOS y CRIADOS.
CRIADO 1.º
¿Dónde anda Cacerola, que ni limpia un plato, ni nos ayuda en nada?
CRIADO 2.º
¡Qué pena me da ver la cortesía en tan pocas manos, y éstas sucias!
CRIADO 1.º
Fuera los bancos, fuera el aparador. No perdais de vista la plata.
Guardadme un pedazo del pastel. Decid al portero que deje entrar á
Elena y á Susana la molinera. ¡Cacerola!
CRIADO 2.º
Aquí estoy, compañero.
CRIADO 1.º
Todos te llaman á comparecer en la sala.
CRIADO 2.º
No puedo estar en dos partes al mismo tiempo. Compañeros, acabad
pronto, y el que quede sano, que cargue con todo.
(_Entran Capuleto, su mujer, Julieta, Teobaldo, y convidados
con máscaras._)
CAPULETO.
Celebro vuestra venida. Os invitan al baile los ligeros piés de
estas damas. A la danza, jóvenes. ¿Quién se resiste á tan imperiosa
tentacion? Ni siquiera la que por melindre dice que tiene callos. Bien
venidos seais. En otro tiempo tambien yo gustaba de enmascararme, y
decir al oido de las hermosas secretos que á veces no les desagradaban.
Pero el tiempo llevó consigo tales flores. Celebro vuestra venida.
Comience la música. ¡Que pasen delante las muchachas! (_Comienza el
baile._) ¡Luz, más luz! ¡Fuera las mesas! Nada de fuego, que harto
calor hace. ¡Cómo te agrada el baile, picarillo! Una silla á mi primo,
que nosotros no estamos para danzas. ¿Cuándo hemos dejado la máscara?
EL PRIMO DE CAPULETO.
¡Dios mio! Hace más de 30 años.
CAPULETO.
No tanto, primo. Si fué cuando la boda de Lucencio. Por Pentecostes
hará 25 años.
EL PRIMO DE CAPULETO.
Más tiempo hace, porque su hijo ha cumplido los treinta.
CAPULETO.
¿Cómo, si, hace dos años, aún no habia llegado á la mayor edad?
ROMEO.
(_Á su criado._) ¿Dime, qué dama es la que enriquece la mano de ese
galan con tal tesoro?
CRIADO.
No la conozco.
ROMEO.
El brillo de su rostro afrenta al del sol. No merece la tierra tan
soberano prodigio. Parece entre las otras como paloma entre grajos.
Cuando el baile acabe, me acercaré á ella, y estrecharé su mano con
la mia. No fué verdadero mi antiguo amor, que nunca belleza como ésta
vieron mis ojos.
TEOBALDO.
Por la voz parece Montesco. (_Al criado._) Tráeme la espada. ¿Cómo se
atreverá ese malvado á venir con máscara á perturbar nuestra fiesta?
Juro por los huesos de mi linaje que sin cargo de conciencia le voy á
quitar la vida.
CAPULETO.
¿Por qué tanta ira, sobrino mio?
TEOBALDO.
Sin duda es un Montesco, enemigo jurado de mi casa, que ha venido aquí
para burlarse de nuestra fiesta.
CAPULETO.
¿Es Romeo?
TEOBALDO.
El infame Romeo.
CAPULETO.
No más, sobrino. Es un perfecto caballero, y todo Verona se hace
lenguas de su virtud, y aunque me dieras cuantas riquezas hay en la
ciudad, nunca le ofenderia en mi propia casa. Así lo pienso. Si en algo
me estimas, ponle alegre semblante, que esa indignacion y esa mirada
torva no cuadran bien en una fiesta.
TEOBALDO.
Cuadra, cuando se introduce en nuestra casa tan ruin huésped. ¡No lo
consentiré!
CAPULETO.
Sí lo consentirás. Te lo mando. Yo sólo tengo autoridad aquí. ¡Pues no
faltaba más! ¡Favor divino! ¡Maltratar á mis huéspedes dentro de mi
propia casa! ¡Armar quimera con ellos, sólo por echárselas de valiente!
TEOBALDO.
Tio, esto es una afrenta para nuestro linaje.
CAPULETO.
Lejos, lejos de aquí. Eres un rapaz incorregible. Cara te va á costar
la desobediencia. ¡Ea, basta ya! Manos quedas... Traed luces... Yo te
haré estar quedo. ¡Pues esto sólo faltaba! ¡A bailar, niñas!
TEOBALDO.
Mis carnes se estremecen en la dura batalla de mi repentino furor y mi
ira comprimida. Me voy, porque esta injuria que hoy paso, ha de traer
amargas hieles.
ROMEO.
(_Cogiendo la mano de Julieta._) Si con mi mano he profanado tan divino
altar, perdonadme. Mi boca borrará la mancha, cual peregrino ruboroso,
con un beso.
JULIETA.
El peregrino ha errado la senda aunque parece devoto. El palmero sólo
ha de besar manos de santo.
ROMEO.
¿Y no tiene labios el santo lo mismo que el romero?
JULIETA.
Los labios del peregrino son para rezar.
ROMEO.
¡Oh, qué santa! Truequen pues de oficio mis manos y mis labios. Rece el
labio y concededme lo que pido.
JULIETA.
El santo oye con serenidad las súplicas.
ROMEO.
Pues oidme serena mientras mis labios rezan, y los vuestros me
purifican. (_La besa._)
JULIETA.
En mis labios queda la marca de vuestro pecado.
ROMEO.
¿Del pecado de mis labios? Ellos se arrepentirán con otro beso. (_Torna
á besarla._)
JULIETA.
Besais muy santamente.
AMA.
Tu madre te llama.
ROMEO.
¿Quién es su madre?
AMA.
La señora de esta casa, dama tan sábia como virtuosa. Yo crié á su
hija, con quien ahora poco estabais hablando. Mucho dinero necesita
quien haya de casarse con ella.
ROMEO.
¿Con que es Capuleto? ¡Hado enemigo!
BENVOLIO.
Vámonos, que se acaba la fiesta.
ROMEO.
Harta verdad es, y bien lo siento.
CAPULETO.
No os vayais tan pronto, amigos. Aún os espera una parca cena. ¿Os
vais? Tengo que daros á todos las gracias. Buenas noches, hidalgos.
¡Luces, luces, aquí! Vámonos á acostar. Ya es muy tarde, primo mio.
Vámonos á dormir.
(_Quedan solas Julieta y el Ama._)
JULIETA.
Ama, ¿sabes quién es este mancebo?
AMA.
El mayorazgo de Fiter.
JULIETA.
¿Y aquel otro que sale?
AMA.
El jóven Petrucio, si no me equivoco.
JULIETA.
¿Y el que va detras... aquel que no quiere bailar?
AMA.
Lo ignoro.
JULIETA.
Pues trata de saberlo. Y si es casado, el sepulcro será mi lecho de
bodas.
AMA.
Es Montesco, se llama Romeo, único heredero de esa infame estirpe.
JULIETA.
¡Amor nacido del odio, harto pronto te he visto, sin conocerte! ¡Harto
tarde te he conocido! Quiere mi negra suerte que consagre mi amor al
único hombre á quien debo aborrecer.
AMA.
¿Qué estás diciendo?
JULIETA.
Versos, que me dijo uno bailando.
AMA.
Te están llamando. Ya va. No te detengas, que ya se han ido todos los
huéspedes.
EL CORO.
Ved cómo muere en el pecho de Romeo la pasion antigua, y cómo la
sustituye una pasion nueva. Julieta viene á eclipsar con su lumbre á la
belleza que mataba de amores á Romeo. Él, tan amado como amante, busca
en una raza enemiga su ventura. Ella ve pendiente de enemigo anzuelo el
cebo sabroso del amor. Ni él ni ella pueden declarar su anhelo. Pero la
pasion buscará medios y ocasion de manifestarse.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO II.
ESCENA PRIMERA.
=Plaza pública, cerca del jardin de Capuleto.=
ROMEO, BENVOLIO y MERCUTIO.
[Ilustración]
ROMEO.
¿Cómo me he de ir de aquí, si mi corazon queda en esas tápias, y mi
cuerpo inerte viene á buscar su centro?
BENVOLIO.
¡Romeo, primo mio!
MERCUTIO.
Sin duda habrá recobrado el juicio é ídose á acostar.
BENVOLIO.
Para acá viene: le he distinguido á lo lejos saltando la tápia de una
huerta. Dadle voces, Mercutio.
MERCUTIO.
Le voy á exorcizar como si fuera el diablo. ¡Romeo, amante insensato,
esclavo de la pasion! Ven en forma de suspiro amoroso: respóndeme con
un verso solo en que aconsonen bienes con desdenes, y donde eches un
requiebro á la madre del Amor y al niño ciego, que hirió con sus dardos
al rey Cofétua, y le hizo enamorarse de una pobre zagala. ¿Ves? no me
contesta ni da señales de vida. Conjúrote por los radiantes ojos, y por
la despejada frente, y por los róseos labios, y por el breve pié y los
llenos muslos de Rosalía, que te aparezcas en tu verdadera forma.
BENVOLIO.
Se va á enfadar, si te oye.
MERCUTIO.
Verás cómo no: se enfadaria, si me empeñase en encerrar á un demonio en
el círculo de su dama, para que ella le conjurase; pero ahora vereis
cómo no se enfada con tan santa y justa invocacion, como es la del
nombre de su amada.
BENVOLIO.
Sígueme: se habrá escondido en esas ramas para pasar la noche. El amor
como es ciego, busca tinieblas.
MERCUTIO.
Si fuera ciego, erraria casi siempre sus tiros[2]. Buenas noches,
Romeo. Voyme á acostar, porque la yerba está demasiada fria para
dormir. ¿Vámonos ya?
[2] Suprimo un juego de palabras semi-obsceno, y no de fácil
traduccion en castellano.
BENVOLIO.
Vamos, ¿á qué empeñarnos en buscar al que no quiere ser encontrado?
ESCENA II.
=Jardin de Capuleto.=
ROMEO.
¡Qué bien se burla del dolor ajeno quien nunca sintió dolores...!
(_Pónese Julieta á la ventana._) ¿Pero qué luz es la que asoma por
allí? ¿El sol que sale ya por los balcones de oriente? Sal, hermoso
sol, y mata de envidia con tus rayos á la luna, que está pálida y
ojeriza porque vence tu hermosura cualquier ninfa de tu coro. Por eso
se viste de amarillo color. ¡Que necio el que se arree con sus galas
marchitas! ¡Es mi vida, es mi amor el que aparece! ¿Cómo podria yo
decirla que es señora de mi alma? Nada me dijo. Pero ¿qué importa? Sus
ojos hablarán, y yo responderé. ¡Pero qué atrevimiento es el mio, si no
me dijo nada! Los dos más hermosos luminares del cielo la suplican que
les sustituya durante su ausencia. Si sus ojos resplandecieran como
astros en el cielo, bastaria su luz para ahogar los restantes como el
brillo del sol mata el de una antorcha. ¡Tal torrente de luz brotaria
de sus ojos, que haria despertar á las aves á media noche, y entonar
su cancion como si hubiese venido la aurora! Ahora pone la mano en la
mejilla. ¿Quién pudiera tocarla como el guante que la cubre?
[Ilustración]
JULIETA.
¡Ay de mí!
ROMEO.
¡Habló! Vuelvo á sentir su voz. ¡Angel de amores que en medio de la
noche te me apareces, cual nuncio de los cielos á la atónita vista de
los mortales, que deslumbrados le miran traspasar con vuelo rapidísimo
las esferas, y mecerse en las alas de las nubes!
JULIETA.
¡Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? ¿Por qué no reniegas del nombre
de tu padre y de tu madre? Y si no tienes valor para tanto, ámame, y no
me tendré por Capuleto.
ROMEO.
¿Qué hago, seguirla oyendo ó hablar?
JULIETA.
No eres tú mi enemigo. Es el nombre de Montesco, que llevas. ¿Y qué
quiere decir Montesco? No es pié ni mano ni brazo, ni semblante ni
pedazo alguno de la naturaleza humana. ¿Por qué no tomas otro nombre?
La rosa no dejaria de ser rosa, y de esparcir su aroma, aunque se
llamase de otro modo. De igual suerte mi querido Romeo, aunque tuviese
otro nombre, conservaria todas las buenas cualidades de su alma, que
no le vienen por herencia. Deja tu nombre, Romeo, y en cambio de tu
nombre que no es cosa alguna sustancial, toma toda mi alma.
ROMEO.
Si de tu palabra me apodero, llámame tu amante, y creeré que me he
bautizado de nuevo, y que he perdido el nombre de Romeo.
JULIETA.
¿Y quién eres tú que, en medio de las sombras de la noche, vienes á
sorprender mis secretos?
ROMEO.
No sé de cierto mi nombre, porque tú aborreces ese nombre, amada mia, y
si yo pudiera, lo arrancaria de mi pecho.
JULIETA.
Pocas palabras son las que aún he oido de esa boca, y sin embargo te
reconozco. ¿No eres Romeo? ¿No eres de la familia de los Montescos?
ROMEO.
No seré ni una cosa ni otra, ángel mio, si cualquiera de las dos te
enfada.
JULIETA.
¿Cómo has llegado hasta aquí, y para qué? Las paredes de esta puerta
son altas y difíciles de escalar, y aquí podrias tropezar con la
muerte, siendo quien eres, si alguno de mis parientes te hallase.
ROMEO.
Las paredes salté con las alas que me dió el amor, ante quien no
resisten áun los muros de roca. Ni siquiera á tus parientes temo.
JULIETA.
Si te encuentran, te matarán.
ROMEO.
Más homicidas son tus ojos, diosa mia, que las espadas de veinte
parientes tuyos. Mírame sin enojos, y mi cuerpo se hará invulnerable.
JULIETA.
Yo daria un mundo por que no te descubrieran.
ROMEO.
De ellos me defiende el velo tenebroso de la noche. Más quiero morir á
sus manos, amándome tú, que esquivarlos y salvarme de ellos, cuando me
falte tu amor.
JULIETA.
¿Y quién te guió aquí?
ROMEO.
El amor que me dijo dónde vivias. De él me aconsejé, él guió mis ojos
que yo le habia entregado. Sin ser nauchero, te juro que navegaria
hasta la playa más remota de los mares por conquistar joya tan preciada.
JULIETA.
Si el manto de la noche no me cubriera, el rubor de vírgen subiria á
mis mejillas, recordando las palabras que esta noche me has oido. En
vano quisiera corregirlas ó desmentirlas... ¡Resistencias vanas! ¿Me
amas? Sé que me dirás que sí, y que yo lo creeré. Y sin embargo podrias
faltar á tu juramento, porque dicen que Jove se rie de los perjuros de
los amantes. Si me amas de veras, Romeo, dilo con sinceridad, y si me
tienes por fácil y rendida al primer ruego, dímelo tambien, para que
me ponga esquiva y ceñuda, y así tengas que rogarme. Mucho te quiero,
Montesco, mucho, y no me tengas por liviana, antes he de ser más firme
y constante que aquellas que parecen desdeñosas porque son astutas. Te
confesaré que más disimulo hubiera guardado contigo, si no me hubieses
oido aquellas palabras que, sin pensarlo yo, te revelaron todo el ardor
de mi corazon. Perdóname, y no juzgues ligereza este rendirme tan
pronto. La soledad de la noche lo ha hecho.
ROMEO.
Júrote, amada mia, por los rayos de la luna que platean la copa de
estos árboles...
JULIETA.
No jures por la luna, que en su rápido movimiento cambia de aspecto
cada mes. No vayas á imitar su inconstancia.
ROMEO.
¿Pues por quién juraré?
JULIETA.
No hagas ningun juramento. Si acaso, jura por tí mismo, por tu persona
que es el dios que adoro y en quien he de creer.
ROMEO.
¡Ojalá que el fuego de mi amor...!
JULIETA.
No jures. Aunque me llene de alegría el verte, no quiero esta noche
oir tales promesas que parecen violentas y demasiado rápidas. Son como
el rayo que se extingue, apenas aparece. Aléjate ahora: quizá cuando
vuelvas haya llegado á abrirse, animado por las brisas del estío, el
capullo de esta flor. Adios, y ¡ojalá aliente tu pecho en tan dulce
calma como el mio!
ROMEO.
¿Y no me das más consuelo que ese?
JULIETA.
¿Y qué otro puedo darte esta noche?
ROMEO.
Tu fe por la mia.
JULIETA.
Antes te la dí que tú acertaras á pedírmela. Lo que siento es no poder
dártela otra vez.
ROMEO.
¿Pues qué? ¿Otra vez quisieras quitármela?
JULIETA.
Sí, para dártela otra vez, aunque esto fuera codicia de un bien que
tengo ya. Pero mi afan de dártelo toda es tan profundo y tan sin límite
como los abismos de la mar. ¡Cuanto más te doy, más quisiera darte!...
Pero oigo ruido dentro. ¡Adios! no engañes mi esperanza... Ama, allá
voy... Guárdame fidelidad, Montesco mio. Espera un instante, que vuelvo
en seguida.
ROMEO.
¡Noche, deliciosa noche! Sólo temo que, por ser de noche, no pase todo
esto de un delicioso sueño.
JULIETA.
(_Asomada otra vez á la ventana._) Sólo te diré dos palabras. Si
el fin de tu amor es honrado, si quieres casarte, avisa mañana al
mensajero que te enviaré, de cómo y cuándo quieres celebrar la sagrada
ceremonia. Yo te sacrificaré mi vida é iré en pos de tí por el mundo.
AMA.
(_Llamando dentro._) ¡Julieta!
JULIETA.
Ya voy. Pero si son torcidas tus intenciones, suplícote que...
AMA.
¡Julieta!
JULIETA.
Ya corro... Suplícote que desistas de tu empeño, y me dejes á solas con
mi dolor. Mañana irá el mensajero...
ROMEO.
Por la gloria...
JULIETA.
Buenas noches.
ROMEO.
No. ¿Cómo han de ser buenas sin tus rayos? El amor va en busca del amor
como el estudiante huyendo de sus libros, y el amor se aleja del amor
como el niño que deja sus juegos para tornar al estudio.
JULIETA.
(_Otra vez á la ventana._) ¡Romeo! ¡Romeo! ¡Oh, si yo tuviese la voz
del cazador de cetrería, para llamar de lejos á los halcones! Si yo
pudiera hablar á gritos, penetraria mi voz hasta en la gruta de la
ninfa Eco, y llegaria á ensordecerla repitiendo el nombre de mi Romeo.
ROMEO.
¡Cuán grato suena el acento de mi amada en la apacible noche,
protectora de los amantes! Más dulce es que música en oido atento.
JULIETA.
¡Romeo!
ROMEO.
¡Alma mia!
JULIETA.
¿A qué hora irá mi criado mañana?
ROMEO.
A las nueve.
JULIETA.
No faltará. Las horas se me harán siglos hasta que esa llegue. No sé
para qué te he llamado.
ROMEO.
¡Déjame quedar aquí hasta que lo pienses!
JULIETA.
Con el contento de verte cerca me olvidaré eternamente de lo que
pensaba, recordando tu dulce compañía.
ROMEO.
Para que siga tu olvido no he de irme.
JULIETA.
Ya es de dia. Véte.... Pero no quisiera que te alejaras más que el
breve trecho que consiente alejarse al pajarillo la niña que le tiene
sujeto de una cuerda de seda, y que á veces le suelta de la mano, y
luego le coge ansiosa, y le vuelve á soltar....
ROMEO.
¡Ojalá fuera yo ese pajarillo!
JULIETA.
¿Y qué quisiera yo sino que lo fueras? aunque recelo que mis caricias
habian de matarte. ¡Adios, adios! Triste es la ausencia y tan dulce la
despedida, que no sé cómo arrancarme de los hierros de esta ventana.
ROMEO.
¡Que el sueño descanse en tus dulces ojos y la paz en tu alma! ¡Ojalá
fuera yo el sueño, ojalá fuera yo la paz en que se duerme tu belleza!
De aquí voy á la celda donde mora mi piadoso confesor, para pedirle
ayuda y consejo en este trance.
ESCENA III.
=Celda de Fray Lorenzo.=
FRAY LORENZO y ROMEO.
FRAY LORENZO.
Ya la aurora se sonrie mirando huir á la oscura noche. Ya con sus
rayos dora las nubes de oriente. Huye la noche con perezosos piés,
tropezando y cayendo como un beodo, al ver la lumbre del sol que se
despierta y monta en el carro de Titan. Antes que tienda su dorada
lumbre, alegrando el dia y enjugando el llanto que vertió la noche, he
de llenar este cesto de bien olientes flores y de yerbas primorosas. La
tierra es á la vez cuna y sepultura de la naturaleza, y su seno educa
y nutre hijos de varia condicion, pero ninguno tan falto de virtud que
no dé alimento ó remedio ó solaz al hombre. Extrañas son las virtudes
que derramó la pródiga mano de la naturaleza, en piedras, plantas y
yerbas. No hay sér inútil sobre la tierra, por vil y despreciable que
parezca. Por el contrario, el sér más noble, si se emplea con mal fin,
es dañino y abominable. El bien mismo se trueca en mal y el valor en
vicio, cuando no sirve á un fin virtuoso. En esta flor que nace duermen
escondidos á la vez medicina y veneno: los dos nacen del mismo orígen,
y su olor comunica deleite y vida á los sentidos, pero si se aplica
al labio, esa misma flor tan aromosa mata el sentido. Así es el alma
humana; dos monarcas imperan en ella, uno la humildad, otro la pasion;
cuando ésta predomina, un gusano roedor consume la planta.
ROMEO.
Buenos dias, padre.
FRAY LORENZO.
Él sea en tu guarda. ¿Quién me saluda con tan dulces palabras,
al apuntar el dia? Levantado y á tales horas, revela sin duda
intranquilidad de conciencia, hijo mio. En las pupilas del anciano
viven los cuidados veladores, y donde reina la inquietud ¿cómo habitará
el sosiego? Pero en lecho donde reposa la juventud ajena de todo pesar
y duelo, infunde en los miembros deliciosa calma el blando sueño.
Tu visita tan de mañana me indica que alguna triste ocasion te hace
abandonar tan pronto el lecho. Y si no... será que has pasado la noche
desvelado.
ROMEO.
¡Eso es, y descansé mejor que dormido!
FRAY LORENZO.
Perdónete Dios. ¿Estuviste con Rosalía?
ROMEO.
¿Con Rosalía? Ya su nombre no suena dulce en mis oidos, ni pienso en su
amor.
FRAY LORENZO.
Bien haces. Luego ¿dónde estuviste?
ROMEO.
Te lo diré sin ambages. En la fiesta de nuestros enemigos los
Capuletos, donde á la vez herí y fuí herido. Sólo tus manos podrán
sanar á uno y otro contendiente. Y con esto verás que no conservo
rencor á mi adversario, puesto que intercedo por él como si fuese amigo
mio.
FRAY LORENZO.
Dime con claridad el motivo de tu visita, si es que puedo ayudarte en
algo.
ROMEO.
Pues te diré en dos palabras que estoy enamorado de la hija del noble
Capuleto, y que ella me corresponde con igual amor. Ya está concertado
todo—sólo falta que vos bendigais esta union. Luego os diré con más
espacio dónde y cómo nos conocimos y nos juramos constancia eterna.
Ahora lo que importa es que nos caseis al instante.
FRAY LORENZO.
¡Por vida de mi padre san Francisco! ¡Qué pronto olvidaste á Rosalía,
en quien cifrabas antes tu cariño! El amor de los jóvenes nace de los
ojos y no del corazon. ¡Cuánto lloraste por Rosalía! y ahora tanto amor
y tanto enojo se ha disipado como el eco. Aún no ha disipado el sol los
vapores de tu llanto. Aún resuenan en mis oidos tus quejas. Aún se ven
en tu rostro las huellas de antiguas lágrimas. ¿No decias que era más
bella y gentil que ninguna? y ahora te has mudado. ¡Y luego acusais
de inconstantes á las mujeres! ¿Cómo buscais firmeza en ellas, si
vosotros les dais el ejemplo de olvidar?
ROMEO.
¿Pero vos no reprobabais mi amor por Rosalía?
FRAY LORENZO.
Yo no reprobaba tu amor, sino tu idolatría ciega.
ROMEO.
¿Y no me dijisteis que hiciera todo lo posible por ahogar ese amor?
FRAY LORENZO.
Pero no para que de la sepultura de ese amor brotase otro amor nuevo y
más ardiente.
ROMEO.
No os enojeis conmigo, porque mi señora me quiere tanto como yo á ella
y con su amor responde al mio, y la otra no.
FRAY LORENZO.
Es que Rosalía quizá adivinara la ligereza de tu amor. Ven conmigo,
inconstante mancebo. Yo te ayudaré á conseguir lo que deseas para
que esta boda sea lazo de amistad que extinga el rencor de vuestras
familias.
ROMEO.
Vamos, pues, sin detenernos.
FRAY LORENZO.
Vamos con calma para no tropezar.
ESCENA IV.
=Calle.=
BENVOLIO y MERCUTIO.
MERCUTIO.
¿Dónde estará Romeo? ¿Pareció anoche por su casa?
BENVOLIO.
Por casa de su padre no estuvo. Así me lo ha dicho su criado.
MERCUTIO.
¡Válgame Dios! Esa pálida muchachuela, esa Rosalía de duras entrañas
acabará por tornarle loco.
BENVOLIO.
Teobaldo, el primo de Capuleto, ha escrito una carta al padre de Romeo.
MERCUTIO.
Sin duda será cartel de desafío.
BENVOLIO.
Pues Romeo es seguro que contestará.
MERCUTIO.
Todo el mundo puede responder á una carta.
BENVOLIO.
Quiero decir que Romeo sabrá tratar como se merece al dueño de la carta.
MERCUTIO.
¡Pobre Romeo! Esa rubia y pálida niña le ha atravesado el corazon á
estocadas, le ha traspasado los oidos con una cancion de amor, y el
centro del alma con las anchas flechas del volador Cupido... ¿Y quién
resistirá á Teobaldo?
BENVOLIO.
¿Quién es Teobaldo?
MERCUTIO.