EL JÓVEN SUARDO.
Mientes, y te lo probaré con mi hierro. (_Combaten, y Suardo cae herido
por Macbeth._)
MACBETH.
Tú naciste de madre, y ninguno de los nacidos de mujer puede conmigo.
MACDUFF.
Por aquí se oye ruido. ¡Ven, tirano! Si mueres al filo de otra espada
que la mia, no me darán tregua ni reposo las sombras de mi mujer y de
mis hijos. Yo no peleo contra viles mercenarios, que alquilan su brazo
al mejor postor. O mataré á Macbeth, ó no teñirá la sangre el filo de
mi espada. Por allí debe estar. Aquellos clamores indican su presencia.
¡Fortuna! déjame encontrarle.
[Ilustración]
SUARDO.
(_A Malcolm._) El castillo se ha rendido, señor. Las gentes del tirano
se dispersan. Vuestros caballeros lidian como leones. La victoria
es nuestra. Se declaran en nuestro favor hasta los mismos enemigos.
Subamos á la fortaleza.
MACBETH.
¿Por qué he de morir neciamente como el romano, arrojándome sobre mi
espada? Mientras me quede un soplo de vida, no dejaré de amontonar
cadáveres.
MACDUFF.
Detente, perro de Satanás.
MACBETH.
He procurado huir de tí. Huye tú de mí. Estoy harto de tu sangre.
MACDUFF.
Te respondo con la espada. No hay palabras bastantes para maldecirte.
MACBETH.
¡Tiempo perdido! Más fácil te será cortar el aire con la espada que
herirme á mí. Mi vida está hechizada: no puede matarme quien haya
nacido de mujer.
MACDUFF.
¿De qué te sirven tus hechizos? ¿No te dijo el génio á quien has
vendido tu alma, que Macduff fué arrancado, antes de tiempo, de las
entrañas de su madre muerta?
MACBETH.
¡Maldita sea tu lengua que así me arrebata mi sobrenatural poder! ¡Qué
necio es quien se fia en la promesa de los demonios que nos engañan con
equívocas y falaces palabras! ¡No puedo pelear contigo!
MACDUFF.
Pues ríndete, cobarde, y serás el escarnio de las gentes, y te ataremos
vivo á la picota, con un rótulo que diga: «Este es el tirano.»
MACBETH.
Nunca me rendiré. No quiero besar la tierra que huelle Malcolm, ni
sufrir las maldiciones de la plebe. Moriré batallando, aunque la selva
de Birnam se haya movido contra Dunsinania, y aunque tú no seas nacido
de mujer. Mira. Cubro mi pecho con el escudo. Hiéreme sin piedad,
Macduff. ¡Maldicion sobre quien diga «basta!» (_Combaten._)
MALCOLM.
¡Quiera Dios que vuelvan los amigos que nos faltan!
SUARDO.
Algunos habrán perecido, que no puede menos de pagarse cara la gloria
de tal dia.
MALCOLM.
Faltan Macduff y tu hijo.
ROSS.
Tu hijo murió como soldado. Vivió hasta ser hombre, y con su heroica
muerte probó que era digno de serlo.
SUARDO.
¿Dices que ha muerto?
ROSS.
Cayó entre los primeros. No iguales tu dolor al heroismo que él mostró,
porque entonces no tendrán fin tus querellas.
SUARDO.
¿Y fué herido de frente?
ROSS.
De frente.
SUARDO.
Dios le habrá recibido entre sus guerreros. ¡Ojalá que tuviera yo
tantos hijos como cabellos, y que todos murieran así! Llegó su hora.
MALCOLM.
Honroso duelo merece, y yo me encargo de tributárselo.
SUARDO.
Saldó como honrado sus cuentas con la muerte. ¡Dios le haya recibido en
su seno!
MACDUFF.
(_Que se presenta con la cabeza de Macbeth._)
Ya eres rey. Mira la cabeza del tirano. Libres somos. La flor de tu
reino te rodea, y yo en nombre de todos, seguro de que sus voces
responderán á las mias, te aclamo rey de Escocia.
TODOS.
¡Salud al Rey de Escocia!
MALCOLM.
No pasará mucho tiempo sin que yo pague á todos lo que al afecto de
todos debo. Nobles caballeros parientes mios, desde hoy sereis condes,
los primeros que en Escocia ha habido. Luego haré que vuelvan á sus
casas los que huyeron del hierro de los asesinos y de la tiranía de
Macbeth, y de su diabólica mujer que, segun dicen, se ha suicidado.
Estas cosas y cuantas sean justas haré con la ayuda de Dios. Os invito
á asistir á mi coronacion en Escocia.
[Ilustración]
ROMEO Y JULIETA.
TRADUCCION
DE
D. MARCELINO MENENDEZ PELAYO.
Ilustracion de _Fernando Piloty_ y _Pablo Thuman_.
Grabados de _H. Käseberg_ y otros.
PERSONAJES.
ESCALA, príncipe de Verona.
PÁRIS, pariente del Príncipe.
MONTESCO.
CAPULETO.
Un Viejo de la familia Capuleto.
ROMEO, hijo de Montesco.
MERCUTIO, amigo de Romeo.
BENVOLIO, sobrino de Montesco.
TEOBALDO, sobrino de Capuleto.
FR. LORENZO. }
FR. JUAN. } de la Órden de S. Francisco.
BALTASAR, criado de Romeo.
SANSON. }
GREGORIO. } criados de Capuleto.
PEDRO, criado del ama de Julieta.
ABRAHAM, criado de Montesco.
Un boticario.
Tres músicos.
Dos pajes de Páris.
Un Oficial.
La señora de Montesco.
La señora de Capuleto.
JULIETA, hija de Capuleto.
El Ama de Julieta.
CIUDADANOS de Verona, ALGUACILES, GUARDIAS,
ENMASCARADOS, etc., CORO.
La escena pasa en Verona y en Mántua.
[Ilustración]
PRÓLOGO.
CORO.
En la hermosa Verona, donde acaecieron estos amores, dos familias
rivales igualmente nobles habian derramado, por sus odios mutuos,
mucha inculpada sangre. Sus inocentes hijos pagaron la pena de estos
rencores, que trajeron su muerte y el fin de su triste amor. Sólo dos
horas va á durar en la escena este odio secular de razas. Atended al
triste enredo, y suplireis con vuestra atencion lo que falte á la
tragedia.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
=Una plaza de Verona.=
SANSON y GREGORIO, con espadas y broqueles.
SANSON.
A fe mia, Gregorio, que no hay por qué bajar la cabeza.
GREGORIO.
Eso seria convertirnos en bestias de carga.
SANSON.
Queria decirte que, si nos hostigan, debemos responder.
GREGORIO.
Sí: soltar la albarda.
SANSON.
Yo, si me pican, fácilmente salto.
GREGORIO.
Pero no es fácil picarte para que saltes.
SANSON.
Basta cualquier gozquejo de casa de los Montescos para hacerme saltar.
GREGORIO.
Quien salta, se va. El verdadero valor está en quedarse firme en su
puesto. Eso que llamas saltar es huir.
SANSON.
Los perros de esa casa me hacen saltar primero y me paran despues.
Cuando topo de manos á boca con hembra ó varon de casa de los
Montescos, pongo piés en pared.
GREGORIO.
¡Necedad insigne! Si pones piés en pared, te caerás de espaldas.
SANSON.
Cierto, y es condicion propia de los débiles. Los Montescos al medio de
la calle, y sus mozas á la acera.
GREGORIO.
Esa discordia es de nuestros amos. Los criados no tenemos que
intervenir en ella.
SANSON.
Lo mismo da. Seré un tirano. Acabaré primero con los hombres y luego
con las mujeres.
GREGORIO.
¿Qué quieres decir?
SANSON.
Lo que tú quieras. Sabes que no soy rana.
GREGORIO.
No eres ni pescado ni carne. Saca tu espada, que aquí vienen dos
criados de casa Montesco.
SANSON.
Ya está fuera la espada: entra tú en lid, y yo te defenderé.
[Ilustración]
GREGORIO.
¿Por qué huyes, volviendo las espaldas?
SANSON.
Por no asustarte.
GREGORIO.
¿Tú asustarme á mí?
SANSON.
Procedamos legalmente. Déjalos empezar á ellos.
GREGORIO.
Les haré una mueca al pasar, y veremos cómo lo toman.
SANSON.
Veremos si se atreven. Yo me chuparé el dedo, y buena vergüenza será la
suya si lo toleran.
(_Abraham y Baltasar._)
ABRAHAM.
Hidalgo, ¿os estais chupando el dedo porque nosotros pasamos?
SANSON.
Hidalgo, es verdad que me chupo el dedo.
ABRAHAM.
Hidalgo, ¿os chupais el dedo porque nosotros pasamos?
SANSON. (_A Gregorio._)
¿Estamos dentro de la ley, diciendo que sí?
GREGORIO. (_A Sanson._)
No por cierto.
SANSON.
Hidalgo, no me chupaba el dedo porque vosotros pasabais, pero la verdad
es que me lo chupo.
GREGORIO.
¿Quereis armar cuestion, hidalgo?
ABRAHAM.
Ni por pienso, señor mio.
SANSON.
Si quereis armarla, aquí estoy á vuestras órdenes. Mi amo es tan bueno
como el vuestro.
ABRAHAM.
Pero mejor, imposible.
SANSON.
Está bien, hidalgo.
GREGORIO. (_A Sanson._)
Dile que el nuestro es mejor, porque aquí se acerca un pariente de mi
amo.
SANSON.
Es mejor el nuestro, hidalgo.
ABRAHAM.
Mentira.
SANSON.
Si sois hombre, sacad vuestro acero. Gregorio: acuérdate de tu sábia
estocada. (_Pelean._)
(_Llegan Benvolio y Teobaldo._)
BENVOLIO.
Envainad, majaderos. Estais peleando, sin saber por qué.
TEOBALDO.
¿Por qué desnudais los aceros? Benvolio, ¿quieres ver tu muerte?
BENVOLIO.
Los estoy poniendo en paz. Envaina tú, y no busques quimeras.
TEOBALDO.
¡Hablarme de paz, cuando tengo el acero en la mano! Más odiosa me es
tal palabra que el infierno mismo, más que Montesco, más que tú. Ven,
cobarde. (_Reúnese gente de uno y otro bando. Trábase la riña._)
CIUDADANOS.
Venid con palos, con picas, con hachas. ¡Mueran Capuletos y Montescos!
(_Entran Capuleto y la señora de Capuleto._)
CAPULETO.
¿Qué voces son esas? Dadme mi espada.
SEÑORA.
¿Qué espada? Lo que te conviene es una muleta.
CAPULETO.
Mi espada, mi espada, que Montesco viene blandiendo contra mí la suya
tan vieja como la mia.
(_Entran Montesco y su mujer._)
MONTESCO.
¡Capuleto infame, déjame pasar, aparta!
SEÑORA.
No te dejaré dar un paso más.
(_Entra el Príncipe con su séquito._)
PRÍNCIPE.
¡Rebeldes, enemigos de la paz, derramadores de sangre humana! ¿No
quereis oir? Humanas fieras que apagais en la fuente sangrienta de
vuestras venas el ardor de vuestras iras, arrojad en seguida á tierra
las armas fratricidas, y escuchad mi sentencia. Tres veces, por vanas
quimeras y fútiles motivos, habeis ensangrentado las calles de Verona,
haciendo á sus habitantes, áun los más graves é ilustres, empuñar las
enmohecidas alabardas, y cargar con el hierro sus manos envejecidas
por la paz. Si volveis á turbar el sosiego de nuestra ciudad, me
respondereis con vuestras cabezas. Basta por ahora; retiraos todos. Tú,
Capuleto, vendrás conmigo. Tú, Montesco, irás á buscarme dentro de poco
á la Audiencia, donde te hablaré más largamente. Pena de muerte á quien
permanezca aquí.
(_Vase._)
MONTESCO.
¿Quién ha vuelto á comenzar la antigua discordia? ¿Estabas tú cuando
principió, sobrino mio?
BENVOLIO.
Los criados de tu enemigo estaban ya lidiando con los nuestros cuando
llegué, y fueron inútiles mis esfuerzos para separarlos. Teobaldo se
arrojó sobre mí, blandiendo el hierro que azotaba el aire despreciador
de sus furores. Al ruido de las estocadas acorre gente de una parte y
otra, hasta que el Príncipe separó á unos y otros.
SEÑORA DE MONTESCO.
¿Y has visto á Romeo? ¡Cuánto me alegro de que no se hallara presente!
BENVOLIO.
Sólo faltaba una hora para que el sol amaneciese por las doradas
puertas del Oriente, cuando salí á pasear, solo con mis cuidados, al
bosque de sicomoros que crece al poniente de la ciudad. Allí estaba tu
hijo. Apenas le ví me dirigí á él, pero se internó en lo más profundo
del bosque. Y como yo sé que en ciertos casos la compañía estorba,
seguí mi camino y mis cavilaciones, huyendo de él con tanto gusto como
él de mí.
SEÑORA DE MONTESCO.
Dicen que va allí con frecuencia á juntar su llanto con el rocío de la
mañana y contar á las nubes sus querellas, y apenas el sol, alegría del
mundo, descorre los sombríos pabellones del tálamo de la aurora, huye
Romeo de la luz y torna á casa, se encierra sombrío en su cámara, y
para esquivar la luz del dia, crea artificialmente una noche. Mucho me
apena su estado, y seria un dolor que su razon no llegase á dominar sus
caprichos.
BENVOLIO.
¿Sospechais la causa, tio?
MONTESCO.
No la sé ni puedo indagarla.
BENVOLIO.
¿No has podido arrancarle ninguna explicacion?
MONTESCO.
Ni yo, ni nadie. No sé si pienso bien ó mal, pero él es el único
consejero de sí mismo. Guarda con avaricia su secreto y se consume
en él, como el gérmen herido por el gusano antes de desarrollarse y
encantar al sol con su hermosura. Cuando yo sepa la causa de su mal,
procuraré poner remedio.
BENVOLIO.
Aquí está. O me engaña el cariño que le tengo, ó voy á saber pronto la
causa de su mal.
MONTESCO.
¡Oh si pudieses con habilidad descubrir el secreto! Ven, esposa.
(_Entra Romeo._)
BENVOLIO.
Muy madrugador estás.
ROMEO.
¿Tan jóven está el dia?
BENVOLIO.
Aún no han dado las nueve.
ROMEO.
¡Tristes horas, cuán lentamente caminais! ¿No era mi padre quien salia
ahora de aquí?
BENVOLIO.
Sí por cierto. Pero ¿qué dolores son los que alargan tanto las horas de
Romeo?
ROMEO.
El carecer de lo que las haria cortas.
BENVOLIO.
¿Cuestion de amores?
ROMEO.
Desvíos.
BENVOLIO.
¿De amores?
ROMEO.
Mi alma padece el implacable rigor de sus desdenes.
BENVOLIO.
¿Por qué el amor que nace de tan débiles principios, impera luego con
tanta tiranía?
ROMEO.
¿Por qué, si pintan ciego al Amor, sabe elegir tan extrañas sendas á su
albedrío? ¿Dónde vamos á comer hoy? ¡Válgame Dios! Cuéntame lo que ha
pasado. Pero no, ya lo sé. Hemos encontrado el Amor junto al odio; amor
discorde, odio amante; rara confusion de la naturaleza, cáos sin forma,
materia grave á la vez que ligera, fuerte y débil, humo y plomo, fuego
helado, salud que fallece, sueño que vela, esencia incógnita. No puedo
acostumbrarme á tal amor. ¿Te ries? ¡Vive Dios!...
BENVOLIO.
No, primo. No me rio, antes lloro.
ROMEO.
¿De qué, alma generosa?
BENVOLIO.
De tu desesperacion.
ROMEO.
Es prenda del amor. Se agrava el peso de mis penas, sabiendo que tú
tambien las sientes. Amor es fuego aventado por el aura de un suspiro;
fuego que arde y centellea en los ojos del amante. O más bien es
torrente desbordado que las lágrimas acrecen. ¿Qué más podré decir de
él? Diré que es locura sábia, hiel que emponzoña, dulzura embriagadora.
Quédate adios, primo.
BENVOLIO.
Quiero ir contigo. Me enojaré si me dejas así, y no te enojes.
ROMEO.
Calla, que el verdadero Romeo debe andar en otra parte.
BENVOLIO.
Dime el nombre de tu amada.
ROMEO.
¿Quieres oir gemidos?
BENVOLIO.
¡Gemidos! ¡Donosa idea! Dime formalmente quién es.
ROMEO.
¿Dime formalmente?... ¡Oh, qué frase tan cruel! Decid que haga
testamento al que está padeciendo horriblemente. Primo, estoy enamorado
de una mujer.
BENVOLIO.
Hasta ahí ya lo comprendo.
ROMEO.
Has acertado. Estoy enamorado de una mujer hermosa.
BENVOLIO.
¿Y será fácil dar en ese blanco tan hermoso?
ROMEO.
Vanos serian mis tiros, porque ella, tan casta como Diana la cazadora,
burlará todas las pueriles flechas del rapaz alado. Su recato la sirve
de armadura. Huye de las palabras de amor, evita el encuentro de otros
ojos, no la rinde el oro. Es rica, porque es hermosa. Pobre, porque
cuando muera, sólo quedarán despojos de su perfeccion soberana.
BENVOLIO.
¿Está ligada á Dios por algun voto de castidad?
ROMEO.
No es ahorro el suyo, es desperdicio, porque esconde avaramente su
belleza, y priva de ella al mundo. Es tan discreta y tan hermosa, que
no debiera complacerse en mi tormento, pero aborrece el amor, y ese
voto es la causa de mi muerte.
BENVOLIO.
Déjate de pensar en ella.
ROMEO.
Enséñame á dejar de pensar.
BENVOLIO.
Hazte libre. Fíjate en otras.
ROMEO.
Así brillará más y más su hermosura. Con el negro antifaz resalta más
la blancura de la tez. Nunca olvida el don de la vista quien una vez
la perdió. La beldad más perfecta que yo viera, sólo seria un libro
donde leer que era mayor la perfeccion de mi adorada. ¡Adios! No sabes
enseñarme á olvidar.
BENVOLIO.
Me comprometo á destruir tu opinion.
ESCENA II.
=Calle.=
CAPULETO, PÁRIS y un CRIADO.
CAPULETO.
La misma órden que á mí obliga á Montesco, y á nuestra edad no debia
ser difícil vivir en paz.
PÁRIS.
Los dos sois iguales en nobleza, y no debierais estar discordes. ¿Qué
respondeis á mi peticion?
CAPULETO.
Ya he respondido. Mi hija acaba de llegar al mundo. Aún no tiene más
que catorce años, y no estará madura para el matrimonio, hasta que
pasen lo menos dos veranos.
PÁRIS.
Otras hay más jóvenes y que son ya madres.
CAPULETO.
Los árboles demasiado tempranos no prosperan. Yo he confiado mis
esperanzas á la tierra y ellas florecerán. De todas suertes, Páris,
consulta tú su voluntad. Si ella consiente, yo consentiré tambien. No
pienso oponerme á que elija con toda libertad entre los de su clase.
Esta noche, segun costumbre inmemorial, recibo en casa á mis amigos,
uno de ellos vos. Deseo que piseis esta noche el modesto umbral de mi
casa, donde vereis brillar humanas estrellas. Vos, como jóven lozano,
que no hollais como yo las pisadas del invierno frio, disfrutareis de
todo. Allí oireis un coro de hermosas doncellas. Oidlas, vedlas, y
elegid entre todas la más perfecta. Quizá despues de maduro exámen, os
parecerá mi hija una de tantas. Tú (_al criado_) véte recorriendo las
calles de Verona, y á todos aquellos cuyos nombres verás escritos en
este papel, invítalos para esta noche en mi casa.
(_Vanse Capuleto y Páris._)
CRIADO.
¡Pues es fácil encontrarlos á todos! El zapatero está condenado á usar
la vara, el sastre la horma, el pintor el pincel, el pescador las
redes, y yo á buscar á todos aquellos cuyos nombres están escritos
aquí, sin saber qué nombres son los que aquí están escritos. Dénme su
favor los sabios. Vamos.
(_Benvolio y Romeo._)
BENVOLIO.
No digas eso. Un fuego apaga otro, un dolor mata otro dolor, á una pena
antigua otra nueva. Un nuevo amor puede curarte del antiguo.
ROMEO.
Curarán las hojas del plátano.
BENVOLIO.
¿Y qué curarán?
ROMEO.
Las desolladuras.
BENVOLIO.
¿Estás loco?
ROMEO.
¡Loco! Estoy atado de piés y manos como los locos, encerrado en cárcel
asperísima, hambriento, azotado y atormentado.—Buenos dias, hombre.
(_Al criado._)
CRIADO.
Buenos dias. ¿Sabeis leer, hidalgo?
ROMEO.
Ciertamente que sí.
CRIADO.
¡Raro alarde! ¿Sabeis leer sin haberlo aprendido? ¿Sabreis leer lo que
ahí dice?
ROMEO.
Si el concepto es claro y la letra tambien.
CRIADO.
¿De verdad? Dios os guarde.
[Ilustración]
ROMEO.
Espera, que probaré á leerlo. «El señor Martin, y su mujer é hijas, el
conde Anselmo y sus hermanas, la viuda de Viturbio, el señor Plasencio
y sus sobrinas, Mercutio y su hermano Valentin, mi tio Capuleto con su
mujer é hijas, Rosalía mi sobrina, Livia, Valencio y su primo Teobaldo,
Lucía y la hermosa Elena.» ¡Lucida reunion! ¿Y dónde es la fiesta?
CRIADO.
Allí.
ROMEO.
¿Dónde?
CRIADO.
En mi casa, á cenar.
ROMEO.
¿En qué casa?
CRIADO.
En la de mi amo.
ROMEO.
Lo primero que debí preguntarte es su nombre.
CRIADO.
Os lo diré sin ambages. Se llama Capuleto y es generoso y rico. Si no
sois Montesco, podeis ir á beber á la fiesta. Id, os lo ruego.
(_Vase._)
BENVOLIO.
Rosalía á quien adoras, asistirá á esta fiesta con todas las bellezas
de Verona. Allí podrás verla y compararla con otra que yo te enseñaré,
y el cisne te parecerá grajo.
ROMEO.
No permite tan indigna traicion la santidad de mi amor. Ardan mis
verdaderas lágrimas, ardan mis ojos (que antes se ahogaban) si tal
herejía cometen. ¿Puede haber otra más hermosa que ella? No la ha visto
desde la creacion del mundo, el sol que lo ve todo.
BENVOLIO.
Tus ojos no ven más que lo que les halaga. Vas á pesar ahora en tu
balanza á una mujer más bella que esa, y verás cómo tu señora pierde de
los quilates de su peso, cotejada con ella.
ROMEO.
Iré, pero no quiero ver tal cosa, sino gozarme en la contemplacion de
mi cielo.
ESCENA III.
=En casa de Capuleto.=
La señora de CAPULETO y el AMA.
SEÑORA.
Ama, ¿dónde está mi hija?
AMA.
Sea en mi ayuda mi probada paciencia de doce años. Ya la llamé.
Cordero, Mariposa. Válgame Dios. ¿Dónde estará esta niña? Julieta...
JULIETA.
¿Quién me llama?
AMA.
Tu madre.
JULIETA.
Señora, aquí estoy. Dime qué sucede.
SEÑORA.
Sucede que... Ama, déjanos á solas un rato... Pero no, quédate. Deseo
que oigas nuestra conversacion. Mi hija está en una edad decisiva.
AMA.
Ya lo creo. No me acuerdo qué edad tiene exactamente.
SEÑORA.
Todavía no ha cumplido los catorce.
AMA.
Apostaria catorce dientes (¡ay de mí, no tengo más que cuatro!) á que
no son catorce. ¿Cuándo llega el dia de los Ángeles?
SEÑORA.
Dentro de dos semanas.
AMA.
Sean pares ó nones, ese dia, en anocheciendo, cumple Julieta años.
¡Válgame Dios! La misma edad tendrian ella y mi Susana. Pero Susana
está en el cielo. No merecia yo tanta dicha. Pues como iba diciendo,
cumplirá catorce años la tarde de los Ángeles. ¡Vaya si los cumplirá!
Me acuerdo bien. Hace once años, cuando el terremoto, la quitamos
el pecho. Jamas confundo aquel dia con ningun otro del año. Debajo
del palomar, sentada al sol, unté mi pecho con acíbar. Vos y mi amo
estabais en Mántua. ¡Me acuerdo tan bien! Pues como digo, la tonta de
ella, apenas probó el pecho y lo halló tan amargo, ¡qué furiosa se puso
contra mí! ¡Temblaba el palomar! Once años van de esto. Ya se tenia
en pié, ya corria... tropezando á veces. Por cierto que el dia antes
se habia hecho un chichon en la frente, y mi marido (¡Dios le tenga
en gloria!) ¡con qué gracia levantó á la niña! y le dijo: «Vaya, ¿te
has caido de frente? No caerás así cuando te entre el juicio. ¿Verdad,
Julieta?» Sí, respondió la inocente limpiándose las lágrimas. El tiempo
hace verdades las burlas. Mil años que viviera, me acordaria de esto.
«¿No es verdad, Julieta?» y ella lloraba y decia que sí.
SEÑORA.
Basta ya. Cállate, por favor te lo pido.
AMA.
Me callaré, señora; pero no puedo menos de reirme, acordándome que dijo
_sí_, y creo que tenia en la frente un chichon tamaño como un huevo, y
lloraba que no habla consuelo para ella.
JULIETA.
Cállate ya; te lo suplico.
AMA.
Bueno, me callaré. Dios te favorezca, porque eres la niña más hermosa
que he criado nunca. ¡Qué grande seria mi placer en verla casada!
JULIETA.
Aún no he pensado en tanta honra.
AMA.
¡Honra! Pues si no fuera por haberte criado yo á mis pechos, te diria
que habias mamado leche de discrecion y sabiduría.
SEÑORA.
Ya puedes pensar en casarte. Hay en Verona madres de familia menores
que tú, y yo misma lo era cuando apenas tenia tu edad. En dos palabras,
aspira á tu mano el gallardo Páris.
AMA.
¡Niña mia! ¡Vaya un pretendiente! Si parece de cera.
SEÑORA.
No tiene flor más linda la primavera de Verona.
AMA.
¡Eso una flor! Sí que es flor, ciertamente.
SEÑORA.
Quiero saber si le amarás. Esta noche ha de venir. Verás escrito en su
cara todo el amor que te profesa. Fíjate en su rostro y en la armonía
de sus facciones. Sus ojos servirán de comentario á lo que haya de
confuso en el libro de su persona. Este libro de amor, desencuadernado
todavía, merece una espléndida cubierta. La mar se ha hecho para el
pez. Toda belleza gana en contener otra belleza. Los áureos broches del
libro esmaltan la áurea narracion. Todo lo que él tenga será tuyo. Nada
perderás en ser su mujer.
AMA.
¿Nada? Disparate será el pensarlo.
SEÑORA.
Dí si podrás llegar á amar á Páris.
JULIETA.
Lo pensaré, si es que el ver predispone á amar. Pero el dardo de mis
ojos sólo tendrá la fuerza que le preste la obediencia.
(_Entra un criado._)
CRIADO.
Los huéspedes se acercan. La cena está pronta. Os llaman. La señorita
hace falta. En la cocina están diciendo mil pestes del ama. Todo está
dispuesto. Os suplico que vengais en seguida.
SEÑORA.
Vámonos tras tí, Julieta. El Conde nos espera.
AMA.
Niña, piensa bien lo que haces.
ESCENA IV.
=Calle.=
ROMEO, MERCUTIO, BENVOLIO, y máscaras con teas encendidas.
ROMEO.
¿Pronunciaremos el discurso que traíamos compuesto, ó entraremos sin
preliminares?
BENVOLIO.
Nada de rodeos. Para nada nos hace falta un Amorcillo de laton con
venda por pañuelo, y con arco, espanta pájaros de doncellas. Para nada
repetir con el apuntador, en voz medrosa, un prólogo inútil. Mídannos
por el compas que quieran, y hagamos nosotros unas cuantas mudanzas de
baile.
[Ilustración]
ROMEO.
Dadme una tea. No quiero bailar. El que está á oscuras necesita luz.
MERCUTIO.
Nada de eso, Romeo; tienes que bailar.
ROMEO.
No por cierto. Vosotros llevais zapatos de baile, y yo estoy como tres
en un zapato, sin poder moverme.
MERCUTIO.
Pídele sus alas al Amor, y con ellas te levantarás de la tierra.
ROMEO.
Sus flechas me han herido de tal modo, que ni siquiera sus plumas
bastan para levantarme. Me ha atado de tal suerte, que no puedo pasar
la raya de mis dolores. La pesadumbre me ahoga.
MERCUTIO.
No has debido cargar con tanto peso al amor, que es muy delicado.
ROMEO.
¡Delicado el amor! Antes duro y fuerte y punzante como el cardo.
MERCUTIO.
Si es duro, sé tú duro con él. Si te hiere, hiérele tú, y verás cómo se
da por vencido. Dadme un antifaz para cubrir mi rostro. ¡Una máscara
sobre otra máscara!
BENVOLIO.
Llamad á la puerta, y cuando estemos dentro, cada uno baile como pueda.
ROMEO.
¡Una antorcha! Yo, imitando la frase de mi abuelo, seré quien lleve la
luz en esta empresa, porque el gato escaldado huye del agua.
MERCUTIO.
De noche todos los gatos son pardos, como decia muy bien el
Condestable. Nosotros te sacaremos de esa caldera de amor en que te
escaldaste. ¡Vamos, que la luz se va acabando!
ROMEO.
No por cierto.
MERCUTIO.