Siento ruido de caballos; ¿quién son?
LÉNNOX.
Mensajeros que traen la noticia de que Macduff huye á Inglaterra.
MACBETH.
¿A Inglaterra?
LÉNNOX.
Así dicen.
MACBETH.
El tiempo se me adelanta. La ejecucion debe seguir al propósito, el
acto al pensamiento. Necesito entrar en Faife, y degollar á Macduff,
á su mujer y á sus hijos y á toda su parentela... Y hacerlo pronto,
no sea que el propósito se frustre, y quede en vana amenaza. Basta de
agüeros y sombras.
ESCENA II.
=Castillo de Macduff.=
Lady MACDUFF, ROSS, el HIJO de MACDUFF, un MENSAJERO y ASESINOS.
LADY MACDUFF.
¿Por qué esa inesperada fuga?
ROSS.
Tranquilízate, señora.
LADY MACDUFF.
¡Qué locura hizo! El miedo nos hace traidores.
ROSS.
¿Quién sabe si fué miedo ó prudencia?
LADY MACDUFF.
¿Prudencia dejar su mujer, sus hijos y su hacienda, expuestos á la
venganza de un tirano?... No creo en su cariño... El ave más pequeña
y débil de todas resiste á la lechuza, cuando se trata de defender su
prole... En Macduff ha habido temor sobrado y ningun amor. Su fuga es
cobardía y locura.
ROSS.
Tranquilízate, prima mia. Tu marido es bueno y prudente, y sabe bien lo
que hace. Pero vivimos en tan malos tiempos que á veces somos traidores
hasta sin saberlo, y tememos y recelamos sin causa, como quien cruza un
mar incierto y proceloso. Adios. Volveré pronto. Quizá se remedie todo
y luzca de nuevo el sol de la esperanza. Adios, hermosa prima. Dios te
bendiga.
LADY MACDUFF.
Mi hijo está huérfano aunque tiene padre.
ROSS.
No puedo detenerme más. Seria en daño vuestro y mio.
LADY MACDUFF.
(_A su hijo._) Y ahora que estás sin padre, ¿cómo vivirás, hijo mio?
HIJO.
Madre mia, como los pájaros del cielo.
LADY MACDUFF.
¿Con insectos y moscas?
HIJO.
Con lo que encuentre, como hacen ellas.
LADY MACDUFF.
¡Infeliz! ¿Y no temerás redes, liga ni cazadores?
HIJO.
¿Y por qué he de temerlos, madre? Nadie caza á los pájaros pequeños. Y
ademas, mi padre no ha muerto.
LADY MACDUFF.
¿Qué harias por tener padre?
HIJO.
¿Y tú por tener marido?
LADY MACDUFF.
Compraria veinte en cualquiera parte.
HIJO.
Para venderlos despues.
LADY MACDUFF.
Muy agudo eres para tus años.
HIJO.
Dices que mi padre fué traidor.
LADY MACDUFF.
Sí.
HIJO.
¿Y qué es ser traidor?
LADY MACDUFF.
Faltar á la palabra y al juramento.
HIJO.
¿Eso se llama traicion?
LADY MACDUFF.
Y quien la comete merece ser ahorcado.
HIJO.
¿Todo el que la comete?
LADY MACDUFF.
Todos.
HIJO.
¿Y quién los ha de ahorcar?
LADY MACDUFF.
La gente honrada.
HIJO.
Entonces bien necios son los traidores, porque, siendo tantos, parece
que habian de ser ellos los que ahorcasen á la gente de bien.
LADY MACDUFF.
¿Qué harias por tener padre?
HIJO.
Si hubiera muerto de veras, tú estarias llorando, y si no llorabas, era
indicio claro de que pronto tendria yo otro padre.
LADY MACDUFF.
Gracioso estás, pobre hijo mio.
UN MENSAJERO.
Dios te bendiga y salve, hermosa castellana. No te conozco, pero el
honor me obliga á avisarte que se acerca á tí un inminente peligro.
Sigue mi consejo. Huye en seguida con tus hijos. Quizá te parezca rudo
mi aviso, pero seria cruel dejarte en las garras de los asesinos.
Adios. No puedo detenerme.
LADY MACDUFF.
¿Y á dónde voy? ¿Qué pecado he cometido? Estoy en un mundo donde á
veces se tiene por locura hacer el bien, y se tributan elogios á la
maldad. ¿De qué me sirve la pueril excusa de no haber hecho mal á
nadie?... Pero ¿qué horribles semblantes son los que miro?...
ASESINOS.
¿Dónde está tu marido?
LADY MACDUFF.
No en parte tan infame donde tus ojos puedan verle.
ASESINO 1.º
(_Al niño._) Eres un traidor.
HIJO.
Mentira, vil sicario.
ASESINO.
Muere, pollo en cascaron. (_Le hiere._)
HIJO.
Me ha matado. Huye, madre, sálvate.
ESCENA III.
=Palacio real de Inglaterra.=
MALCOLM, MACDUFF, un DOCTOR y ROSS.
MALCOLM.
Busquemos sitio apartado donde poder llorar.
MACDUFF.
Eso no: empuñemos el hierro de la venganza, en defensa de la patria
oprimida. Cada dia suben al cielo nuevos clamores de viudas y
huérfanos, acompañando el duelo universal de Escocia.
MALCOLM.
Mucho lo lamento, pero no creo más que lo que sé. Remediaré lo que
pueda y cuando pueda. Tendrás razon en todo lo que dices. Pero
acuérdate que ese tirano, cuyo nombre mancha la lengua al pronunciarlo,
parecia bueno, y tú mismo le tuviste por tal. Y ademas á vosotros no os
ha hecho mal ninguno. ¿Si querreis engañarme, sacrificándome como un
cordero en las aras de ese ídolo?
MACDUFF.
Nunca he sido traidor.
MALCOLM.
Pero lo fué Macbeth... Perdóname... no me atrevo á adivinar lo que
eres. Mira si resplandecen y son puros los ángeles, y sin embargo, el
más luciente de ellos cayó. Muchas veces el crímen toma la máscara de
la virtud.
MACDUFF.
¡Perdí toda esperanza!
MALCOLM.
Siempre me quedan mis dudas. ¿Por qué has dejado abandonados á tu
mujer y á tus hijos, á cuanto quieres en el mundo? Perdóname. Quizá te
ofendan mis recelos. Puede ser tambien que tengas razon. Pero yo con
esos recelos me defiendo.
MACDUFF.
¡Llora sin tregua, pobre Escocia! Horrible tiranía pesa sobre tí: los
buenos se callan, y nadie se atreve á resistirla. Has de sufrir en
calma tus males, ya que tu Rey vacila y tiembla. Señor, me juzgas mal.
No seria yo traidor ni áun á precio de toda la tierra que ese malvado
señorea, ni por todas las riquezas del Oriente.
MALCOLM.
No he querido ofenderte, ni desconfio de tí en absoluto. Sé que nuestra
pobre Escocia suda llanto y sangre, oprimida por ese bárbaro. Sé que
cada dia aumentan y se enconan sus heridas. Creo tambien que á mi voz
muchos brazos se levantarian. Ahora mismo Inglaterra me ofrece miles de
combatientes. Pero cuando llegase yo á pisotear la cabeza del tirano ó
á llevarla en mi lanza, no seria más feliz la patria bajo el reinado
del sucesor de Macbeth, antes crecerian sus infortunios.
MACDUFF.
¿De qué sucesor hablas?
MALCOLM.
De mí mismo. Llevo de tal manera en mí las semillas de todos los
vicios, que cuando fructifiquen, parecerán blancas como la nieve las
ensangrentadas sombras de las víctimas de Macbeth, y quizá bendigan su
memoria los súbditos, al contemplar mi horrenda vida.
MACDUFF.
¡Pero si en los infiernos mismos no hay un sér más perverso que Macbeth!
MALCOLM.
Te concedo de buen grado que es cruel, lascivo, hipócrita, falso,
avaro, iracundo, y que se juntan en él todas las maldades del mundo.
Pero tambien es atroz mi lujuria: no bastarian á saciarla todas
vuestras hijas y esposas: no habria dique que pudiera oponerse á mi
deseo... No... no... prefiero que reine Macbeth.
MACDUFF.
Terrible enemigo del cuerpo es la incontinencia, y de ella han sido
víctimas muchos reyes, y por ella han sido asolados florecientes
imperios. Pero no temais, señor. El campo del placer es espacioso. No
faltan bellezas frágiles, y aunque tu voracidad sea como la del buitre,
has de acabar por cansarte de tantas como acudirán, ufanas de su
pomposa deshonra.
MALCOLM.
Ademas, ruge en mi pecho condicion tan indomable, que si fuera rey, no
tendria yo reparo en matar á un noble por despojarle de sus heredades y
castillos, ó condenarle por falsas acusaciones, aunque él fuera espejo
de lealtad, para enriquecerme con sus despojos.
MACDUFF.
La lujuria es viento de estío, pero la codicia echa raíces mucho más
profundas en el alma. Ella ha sido la espada matadora de muchos reyes
nuestros. Pero no importa. Los tesoros de Escocia han de colmar tu
deseo. Si no tienes otros vicios que esos, aún son tolerables.
MALCOLM.
Es que no tengo ninguna cualidad buena. No conozco, ni áun de lejos,
la justicia, la templanza, la serenidad, la constancia, la clemencia,
el valor, la firmeza en los propósitos, la generosidad. No hay vicio
alguno de que yo carezca. Si yo llegara á reinar, echaria al infierno
la miel de la concordia, y asolaria y confundiria el orbe entero.
MACDUFF.
¡Ay desdichada Escocia!
MALCOLM.
Así soy. Dí si me crees digno de reinar.
MACDUFF.
No, ni tampoco de vivir sobre la tierra. ¡Pobre patria mia, vil despojo
de un tirano que mancha en sangre el cetro que usurpó! ¿Cómo restaurar
tu antigua gloria, si el vástago de tus reyes está maldiciendo de sí
mismo, y de todo su linaje? Tu padre, señor, era un santo: tu madre
vivia muerta para el mundo, y pasaba de hinojos y en oracion el dia.
Adios, señor. Los vicios de que hablais me arrojan de Escocia. Muerta
está mi última esperanza.
MALCOLM.
No... muerta no... Esa noble indignacion que muestras, es un grito de
tu alma generosa, y viene á disipar todos mis temores. Veo claras tu
lealtad y tu inocencia. Macbeth ha querido más de una vez engañarme
con artificios parecidos, y por eso me guardo de la nimia credulidad.
¡Sea Dios juez entre nosotros! Me pongo en tus manos: me arrepiento de
haber sospechado de tí, bien contra mi natural instinto, y de haberme
calumniado, atribuyéndome los vicios que aborrezco más. Soy continente.
Nunca he faltado á mi palabra. No he codiciado lo ajeno ni áun lo
propio. No haria una traicion al mismo Lucifer, y amo la verdad tanto
como la vida. Hoy es la primera vez que he faltado á ella, y eso en
contra mia. Tal como soy verdaderamente, me ofrezco á tí y á nuestra
Escocia oprimida... Cuando tú has llegado, el viejo Suardo preparaba
una expedicion de diez mil guerreros. Todos iremos juntos. ¡Dios nos
proteja, pues tan santa y justa es nuestra causa! Dí, ¿por qué callas?
MACDUFF.
¿Y quién no queda absorto al ver unidos tan faustos y tan infelices
sucesos?
(_Entra un médico._)
MALCOLM.
Ya hablaremos. (_Al Doctor._) ¿Viene el Rey?
DOCTOR.
Ya le espera un tropel de enfermos, que aguarda de sus manos la salud.
Él los cura con el tacto de sus benditas manos.
MALCOLM.
Gracias, doctor.
MACDUFF.
¿Y de qué enfermedad cura el Rey?
MALCOLM.
De las escrófulas. Es un milagro patente. Desde que estoy en
Inglaterra, lo he visto muchas veces. No se sabe cómo logra tal favor
del cielo, pero á los enfermos más desesperados, llenos de úlceras y
llagas, los cura con sólo colgarles medallas del cuerpo, y pronunciar
alguna devota oracion. Dicen que esta sobrenatural virtud pasa de unos
á otros reyes de Inglaterra. Tiene ademas el don de profecía, y otras
mil bendiciones celestes, prueba no dudosa de su santidad.
MACDUFF.
¿Quién viene?
MALCOLM.
De mi tierra es, pero no le conozco.
(_Entra Ross._)
MACDUFF.
Con bien vengas, ilustre pariente mio.
MALCOLM.
Te recuerdo. ¡Oh, Dios mio, haz que no volvamos á mirarnos como
extraños!
ROSS.
Dios te oiga, señor.
MACDUFF.
¿Sigue en el mismo estado nuestra patria?
ROSS.
¡Oh, desdichada Escocia! Ya no es nuestra madre, sino nuestro sepulcro.
Sólo quien no tenga uso de razon, puede sonreir allí. No se oyen más
que suspiros y lamentos. El dolor se convierte en locura. Banquo ha
muerto, sin que nadie pregunte por qué. Las almas puras se marchitan
como las flores.
MACDUFF.
Esa narracion quizá tenga más de poética que de verdadera.
MALCOLM.
¿Y cuáles son los crímenes más recientes?
ROSS.
Uno nuevo á cada hora.
MACDUFF.
¿Qué es de mi mujer?
ROSS.
¿Tu mujer?... Está bien.
MACDUFF.
¿Y mis hijos?
ROSS.
Bien.
MACDUFF.
¿El tirano ha intentado algo contra ellos?
ROSS.
En paz los dejé cuando salí de Escocia.
MACDUFF.
No seas avaro de palabras. Dime la verdad.
ROSS.
Cuando vine á traeros estas noticias, decíase que se habian levantado
numerosas huestes contra el tirano, y que éste se aprestaba á
combatirlas. La ocasion se presenta favorable. Si acudes pronto, hasta
las mujeres se alzarán para romper sus cadenas.
MALCOLM.
Pronto iremos á salvarlos. Inglaterra nos ayuda con diez mil hombres
mandados por el valiente Suardo, el mejor caudillo de la cristiandad.
ROSS.
¡Ojalá que yo pudiera consolarme como tú, pero mis desdichas son de tal
naturaleza que debo confiarlas á los vientos, y no donde las oiga nadie!
MACDUFF.
¿Es desdicha pública ó privada?
ROSS.
Todo hombre de bien debe lamentarse de ellas, pero á tí te toca la
mayor parte.
MACDUFF.
Entonces no tardes en decírmela.
ROSS.
No se enojen tus oidos contra mi lengua, aunque se vea forzada á
pronunciar las más horrendas palabras que nunca oiste.
MACDUFF.
¡Dios mio! Casi lo adivino.
ROSS.
Tu castillo fué saqueado: muertos tu esposa y tus hijos. No me atrevo á
referirte cómo, para no añadir una más á las víctimas.
MALCOLM.
¡Dios poderoso! Habla. No ocultes tu rostro. Es más tremendo el dolor
que no se expresa con palabras.
MACDUFF.
¿Y mis hijos tambien?
ROSS.
Perecieron tu esposa y tus hijos y tus criados, y cuantos estaban allí.
MACDUFF.
¿Por qué no estaba yo? ¿Y tambien mi mujer?...
ROSS.
Tambien.
[Ilustración]
MALCOLM.
¡Serenidad! La venganza, única medicina de nuestros males, ha de ser
tremenda.
MACDUFF.
¡Pero Macbeth no tiene hijos!... Hijos mios... ¿Todos perecieron?...
¿Todos?... ¿Y su madre tambien?... ¿Y de un solo golpe?
MALCOLM.
Véngate como un hombre.
MACDUFF.
Sí que me vengaré, pero soy hombre, y siento y me atormenta la memoria
de lo que más quise en el mundo. ¡Y lo vió el cielo y no se apiadó de
ellos! ¡Ah, pecador Macduff, tú tienes la culpa de todo! Por tí han
perecido aquellos inocentes. ¡Dios les dé la gloria eterna!
MALCOLM.
Tu dolor afile tu espada é inflame tu brio. Sírvate de aguijon y no de
freno.
MACDUFF.
Aunque lloraran mis ojos como los de una mujer, mi lengua hablaria con
la audacia de un varon. ¡Dios mio, ponme enfrente de ese demonio, y si
se libra de mi espada, consentiré hasta que el cielo le perdone!
MALCOLM.
Esas ya son palabras dignas de tí. Vamos á despedirnos del Rey de
Inglaterra. Sólo nos falta su permiso. Macbeth está á la orilla del
precipicio. El cielo se declara en favor nuestro. Tregua á vuestro
dolor. No hay noche sin aurora.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO V.
ESCENA PRIMERA.
=Castillo de Dunsinania.=
Un MÉDICO, una DAMA y LADY MACBETH.
EL MÉDICO.
Aunque hemos permanecido dos noches en vela, nada he visto que confirme
vuestros temores, ¿Cuándo la visteis levantarse por última vez?
LA DAMA.
Despues que el Rey se fué á la guerra, la he visto muchas veces
levantarse, vestirse, sentarse á su mesa, tomar papel, escribir una
carta, cerrarla, sellarla, y luego volverse á acostarse: todo ello
dormida.
EL MÉDICO.
Grave trastorno de su razon arguye el ejecutar en sueños los actos de
la vida. ¿Y recuerdas que haya dicho alguna palabra?
LA DAMA.
Sí, pero nunca las repetiré.
EL MÉDICO.
Á mi puedes decírmelas.
LA DAMA.
Ni á tí, ni á nadie, porque no podria yo presentar testigos en apoyo de
mi relato.
(_Entra Lady Macbeth, sonámbula, y con una luz en la mano._)
Aquí está, como suele, y dormida del todo. Acércate y repara.
[Ilustración]
EL MÉDICO.
¿Dónde tomó esa luz?
LA DAMA.
La tiene siempre junto á su lecho. Así lo ha mandado.
EL MÉDICO.
Tiene los ojos abiertos.
LA DAMA.
Pero no ve.
EL MÉDICO.
Mira cómo se retuerce las manos.
LA DAMA.
Es su ademan más frecuente. Hace como quien se las lava.
LADY MACBETH.
Todavía están manchadas.
EL MÉDICO.
Oiré cuanto hable, y no lo borraré de la memoria.
LADY MACBETH.
¡Lejos de mí esta horrible mancha!... Ya es la una... Las dos... Ya
es hora... Qué triste está el infierno... ¡Vergüenza para tí, marido
mio!... ¡Guerrero y cobarde!... ¿Y qué importa que se sepa, si nadie
puede juzgarnos?... ¿Pero cómo tenia aquel viejo tanta sangre?
EL MÉDICO.
¿Oyes?
LADY MACBETH.
¿Dónde está la mujer del señor Faife?... ¿Pero por qué no se lavan
nunca mis manos?... Calma, señor, calma... ¡Qué dañosos son esos
arrebatos!
EL MÉDICO.
Oye, oye: ya sabemos lo que no debíamos saber.
LA DAMA.
No tiene conciencia de lo que dice. La verdad sólo Dios la sabe.
LADY MACBETH.
Todavía siento el olor de la sangre. Todos los aromas de Oriente no
bastarian á quitar de esta pequeña mano mia el olor de la sangre.
EL MÉDICO.
¡Qué oprimido está ese corazon!
LA DAMA.
No le llevaria yo en el pecho, por toda la dignidad que ella pueda
tener.
EL MÉDICO.
No sé curar tales enfermedades, pero he visto sonámbulos que han muerto
como unos santos.
LADY MACBETH.
Lávate las manos. Vístete. Vuelva el color á tu semblante. Macbeth
está bien muerto, y no ha de volver de su sepulcro.... Á la cama, á la
cama... Llaman á la puerta... Ven, dame la mano... ¿Quién deshace lo
hecho?... Á la cama.
EL MÉDICO.
¿Se acuesta ahora?
LA DAMA.
En seguida.
EL MÉDICO.
Ya la murmuracion pregona su crímen. La maldad suele trastornar el
entendimiento, y el ánimo pecador divulga en sueños su secreto.
Necesita confesor y no médico. Dios la perdone, y perdone á todos. No
te alejes de su lado: aparta de ella cuanto pueda molestarla. Buenas
noches. ¡Qué luz inesperada ha herido mis ojos! Pero más vale callar.
LA DAMA.
Buenas noches, doctor.
ESCENA II.
=Campamento.=
MENTEITH, ANGUSS, CAITHNÉSS y LÉNNOX.
MENTEITH.
Los ingleses, mandados por Malcolm, Suardo y Macduff, se adelantan á
rápidas jornadas. El génio de la venganza los impele, y su belicoso
ardor debe animar al más tibio.
ANGUSS.
Los encontraremos en el bosque de Birnam: esa es la direccion que traen.
CAITHNÉSS.
¿Donalbáin está con sus hermanos?
ANGUSS.
No, porque yo tengo la lista de todos los que vienen con Suardo, entre
ellos su propio hijo y otros jóvenes que quieren hacer hoy sus primeros
alardes varoniles.
MENTEITH.
¿Y qué hace Macbeth?
CAITHNÉSS.
Fortificar á Dunsinania. Dicen algunos que está loco, pero los que
le quieren mejor afirman que está cegado por el furor de la pelea.
No puede ya estrechar con el cinturon de su imperio el cuerpo de su
desesperada causa.
ANGUSS.
Ni borrar de sus manos las huellas de sangre de su oculto crímen.
Cada dia le abandonan sus parciales, y si alguno le obedece no es por
cariño. Todo el mundo conoce que la púrpura real de su grandeza oculta
un cuerpo raquítico y miserable.
MENTEITH.
¿Y cómo no ha de temblar, si en el fondo de su alma se siente ya
condenado?
CAITHNÉSS.
Vamos á prestar homenaje al legítimo monarca, y á ofrecer nuestra
sangre para que sirva de medicina á la patria oprimida.
LÉNNOX.
Ofrezcámosla toda, ó la que baste á regar el tronco y las ramas. Vamos
al bosque de Birnam.
ESCENA III.
=Castillo de Dunsinania.=
MACBETH, un CRIADO, SÉTON y un MÉDICO.
MACBETH.
¡No quiero saber más nuevas! Nada he de temer hasta que el bosque de
Birnam se mueva contra Dunsinania. ¿Por ventura ese niño Malcolm no
ha nacido de mujer? A mí dijeron los génios que conocen lo porvenir:
«Macbeth, no temas á ningun hombre nacido de mujer.» Huyan en buen hora
mis traidores caballeros: júntense con los epicúreos de Inglaterra. Mi
alma es de tal temple, que no vacilará ni aún en lo más deshecho de
la tormenta.
(_Llega un criado._)
¡El diablo te ennegrezca á fuerza de maldiciones esa cara blanca!
¿Quién te dió esa mirada de liebre?
CRIADO.
Vienen diez mil.
MACBETH.
¿Liebres?
CRIADO.
No, soldados.
[Ilustración]
MACBETH.
Aráñate la cara con las manos, para que el rubor oculte tu miedo.
¡Rayos y centellas! ¿Por qué palideces, cara de leche? ¿Qué guerreros
son esos?
CRIADO.
Ingleses.
MACBETH.
¿Por qué no ocultas tu rostro, antes de pronunciar tales palabras?...
¡Séton, Séton! Este dia ha de ser el último de mi poder, ó el primero
de mi grandeza. Demasiado tiempo he vivido. Mi edad se marchita y
amarillea como las hojas de otoño. Ya no puedo confiar en amigos, ni
vivir de esperanzas. Sólo me resta oir enconadas maldiciones, ó el vano
susurro de la lisonja. ¿Séton?
SÉTON.
Rey, tus órdenes aguardo.
MACBETH.
¿Cuáles son las últimas noticias?
SÉTON.
Exactas parecen las que este mensajero ha traido.
MACBETH.
Lidiaré, hasta que me arranquen la piel de los huesos. ¡Pronto mis
armas!
SÉTON.
No es necesario aún, señor.
MACBETH.
Quiero armarme, y correr la tierra con mis jinetes. Ahorcaré á todo el
que hable de rendirse. ¡Mis armas! Doctor (_al médico_) ¿cómo está mi
mujer?
MÉDICO.
No es grave su dolencia, pero mil extrañas visiones le quitan el sueño.
MACBETH.
Cúidala bien. ¿No sabes curar su alma, borrar de su memoria el dolor,
y de su cerebro las tenaces ideas que le agobian? ¿No tienes algun
antídoto contra el veneno que hierve en su corazon?
MÉDICO.
Estos males sólo puede curarlos el mismo enfermo.
MACBETH.
¡Echa á los perros tus medicinas! ¡Pronto, mis armas, mi cetro de
mando! ¡Séton, convoca á tus guerreros! Los nobles me abandonan. Si tú,
doctor, lograras volver á su antiguo lecho las aguas del rio, descubrir
el verdadero mal de mi mujer, y devolverle la salud, no tendrian tasa
mis aplausos y mercedes. Cúrala por Dios. ¿Qué jarabes, qué drogas, qué
ruibarbo conoces que nos libre de los ingleses?... Iré á su encuentro,
sin temer la muerte, mientras no se mueva contra nosotros el bosque de
Dunsinania.
MÉDICO.
Si yo pudiera huir de Dunsinania, no volveria aunque me ofreciesen un
tesoro.
ESCENA IV.
=Campamento á la vista de un bosque.=
MALCOLM, CAITHNÉSS, un SOLDADO, SUARDO y MACDUFF.
MALCOLM.
Amigos, ha llegado la hora de volver á tomar posesion de nuestras
casas. ¿Qué selva es esta?
CAITHNÉSS.
La de Birnam.
MALCOLM.
Corte cada soldado una rama, y delante cúbrase con ella, para que
nuestro número parezca mayor, y podamos engañar á los espías.
SOLDADO.
Así lo haremos.
SUARDO.
Dicen que el tirano está muy esperanzado, y nos aguarda en Dunsinania.
MALCOLM.
Hace bien en encerrarse, porque sus mismos parciales le abandonan, y
los pocos que le ayudan, no lo hacen por cariño.
MACDUFF.
Dejemos tales observaciones para cuando esté acabada nuestra empresa.
Ahora conviene pensar sólo en el combate.
SUARDO.
Pronto hemos de ver el resultado y no por vanas conjeturas.
ESCENA V.
=Alcázar de Dunsinania.=
MACBETH, SÉTON y un ESPÍA.
MACBETH.
Tremolad mi enseña en los muros. Ya suenan cerca sus clamores. El
castillo es inexpugnable. Pelearán en nuestra ayuda el hambre y la
fiebre. Si no nos abandonan los traidores, saldrémos al encuentro del
enemigo, y le derrotarémos frente á frente. ¿Pero qué ruido siento?
SÉTON.
Son voces de mujeres.
MACBETH.
Yo soy inaccesible al miedo. Tengo estragado el paladar del alma. Hubo
tiempo en que me aterraba cualquier rumor nocturno, y se erizaban mis
cabellos, cuando oia referir alguna espantosa tragedia, pero despues
llegué á saciarme de horrores: la imágen de la desolacion se hizo
familiar á mi espíritu, y ya no me conmueve nada. ¿Pero qué gritos son
esos?
SÉTON.
La reina ha muerto.
MACBETH.
¡Ojalá hubiera sido más tarde! No es oportuna la ocasion para tales
nuevas. Esa engañosa palabra _mañana_, _mañana_, _mañana_ nos va
llevando por dias al sepulcro, y la falaz lumbre del ayer ilumina al
necio hasta que cae en la fosa. ¡Apágate ya, luz de mi vida! ¿Qué es
la vida sino una sombra, un histrion que pasa por el teatro, y á quien
se olvida despues, ó la vana y ruidosa fábula de un necio?
(_Llega un espía._)
Habla, que ese es tu oficio.
ESPÍA.
Señor, te diré lo que he visto, pero apenas me atrevo.
MACBETH.
Dí sin temor.
ESPÍA.
Señor, juraria que el bosque de Birnam se mueve hácia nosotros. Lo he
visto desde lo alto del collado.
MACBETH.
¡Mentira vil!
ESPÍA.
Mátame, si no es cierto. El bosque viene andando, y está á tres millas
de aquí.
MACBETH.
Si mientes, te colgaré del primer árbol que veamos, y allí morirás de
hambre. Si dices verdad, ahórcame tú á mí. Ya desfallece mi temeraria
confianza. Ya empiezo á dudar de esos génios que mezclan mentiras
con verdades. Ellos me dijeron: «Cuando la selva de Birnam venga á
Dunsinania»; y la selva viene marchando. ¡A la batalla, á la batalla!
Si es verdad lo que dices, inútil es quedarse. Ya me ahoga la vida,
me hastia la luz del sol. Anhelo que el orbe se confunda. Rujan los
vientos desatados. ¡Sonad las trompetas!
ESCENA VI.
=Explanada delante del castillo de Dunsinania.=
MALCOLM, SUARDO y MACDUFF.
MALCOLM.
Hemos llegado. Dejad el verde escudo de esas ramas, y apercibíos al
combate. Amado pariente mio, Suardo, tú dirigirás el ataque con tu
noble hijo y mi primo. El valiente Macduff y yo cuidaremos de lo
restante.
SUARDO.
Está bien, señor. Sea vencido quien no lidie esta noche bizarramente
contra las huestes del tirano.
MACDUFF.
Hienda el clarin los aires en aullido de muerte y de venganza.
ESCENA VII.
=Otra parte del campo.=
MACBETH, el jóven SUARDO, MACDUFF, MALCOLM, SUARDO, ROSS y CABALLEROS.
MACBETH.
Estoy amarrado á mi corcel. No puedo huir. Me defenderé como un oso.
¿Quién puede vencerme, como no sea el que no haya nacido de madre?
EL JÓVEN SUARDO.
¿Quién eres?
MACBETH.
Temblarás de oir mi nombre.
EL JÓVEN SUARDO.
No, aunque sea el más horrible de los que suenan en el infierno.
MACBETH.
Soy Macbeth.
EL JÓVEN SUARDO.
Ni el mismo Satanás puede proferir nombre más aborrecible.
MACBETH.