“No quiero invadir terreno extraño a mis conocimientos. Sin embargo,

se me permitirá que exprese mi opinión, según la cual considero el

estudio y clasificación de las lenguas del mismo modo que el estudio y

clasificación de las especies en historia natural. Las lenguas deben

ser tratadas como se tratan las especies. Schleiger ya había entrevisto

este paralelo entre la lingüística y la historia natural, reconociendo

que el lingüista debía abordar el estudio de las lenguas en la misma

forma que el botánico estudia las plantas; pero no llevó el parangón a

términos más precisos. Esta es la vía que debe seguirse.

“Las lenguas representan para mí las especies, y los dialectos las

variedades de esas especies; las lenguas madres representan las

familias y varias familias afines constituyen los órdenes de lenguas.

“Las especies lingüísticas están constituídas por tres sistemas de

órganos: 1.ᵒ Los sonidos son los caracteres más fundamentales, los

órganos (sonidos) duros de las lenguas, los que forman su armazón o

esqueleto, equivalentes a los huesos en los vertebrados; son, como

éstos, los que varían y se modifican con mayor lentitud, y, por

consiguiente, los que deben servir para la distinción de los grupos

principales, como los órdenes y su origen. 2.ᵒ Las voces o palabras,

equivalen a los órganos blandos que varían con mucha mayor facilidad y

sirven para determinar o definir las especies (lenguas) y variedades

(dialectos). 3.ᵒ Las construcciones y formas gramaticales son sistemas

de órganos que sirven para determinar las relaciones que hay entre las

especies (lenguas) y agruparlas en géneros y familias. Entre esos

órganos los hay primitivos, recientes, atávicos, perfectos, etc.”

“En las lenguas, como en las especies en historia natural, hay

numerosísimas variedades, especies, géneros y familias extinguidas.

Para llegar a resultados definidos hay que estudiar las lenguas

desde el punto de vista filogenético, el mecanismo de los sonidos

en sí y en sucesión en el niño, es decir, aplicando el método de

los paleontólogos para establecer las líneas filogenéticas de los

distintos grupos lingüísticos. Hay, pues, que hacer la filogenia de

las formas desaparecidas y de cada uno de los órganos (es decir, de

los sonidos), determinando la época de aparición relativa o sucesiva,

y las modificaciones que esos sonidos han debido experimentar desde su

primera aparición hasta nuestros días”.

* * * * *

Nada más lógico que la segunda cuestión--Restauración filogenética de

los órganos del lenguaje articulado--para el autor de _Filogenia_.

El lenguaje articulado es una función desempeñada por órganos.

Prescindiendo de su aspecto psíquico, vinculado a la anatomía

e histología cerebrales, Ameghino se detiene a estudiar los

órganos indispensables para que el lenguaje vocal se convierta en

semiarticulado y en articulado.

Examina, en primer lugar, la variación progresiva de los huesos y

órganos que intervienen en la fonación y en la articulación de los

sonidos; bien observada, esta parte del trabajo resulta una nueva (y,

en verdad, inesperada) aplicación del _procedimiento de la seriación_

a los órganos del lenguaje, para restaurar _su filogenia_. “Los

representantes actuales de la clase de los mamíferos y lo que la

paleontología nos enseña sobre los que los han precedido, nos permiten

rehacer el camino de la evolución de estos órganos desde los mamíferos

más primitivos hasta el hombre”; los analiza, deteniéndose en los monos

y en los antropomorfos, advirtiendo que “en la naturaleza actual no

hay formas de transición entre esa conformación propia de los cebinos

y los catarrinos, y la del hombre. Pero los primeros hombres que

aparecieron sobre la tierra, muestran a este respecto una conformación

completamente intermedia, y en algunos casos puede decirse que idéntica

a la de los monos”.

Atribuye una importancia especial en la función del lenguaje

articulado a la morfología de la apófisis geniglosa, eje principal

de los movimientos linguales en el hombre. Carecen de ella todos los

mamíferos; en los antropomorfos, que se consideran tan cercanos al

hombre, la dificultad de hablar depende, no sólo de la ausencia de la

apófisis geniglosa, sino de la disposición de la dentadura y de los

labios. En los antecesores inmediatos (especies o razas) del hombre

actual, falta esa apófisis; de ese hecho puede inferirse lógicamente

que ellos no pudieron poseer un lenguaje netamente articulado. Parécele

evidente que esta clase de lenguaje fué primitivamente simple y

limitado a muy pocos sonidos; el uso desarrolló los músculos linguales

y el crecimiento de la apófisis geniglosa, permitiendo esta última una

grandísima amplitud de movimientos en todas direcciones, correlativa a

la creciente complicación del lenguaje articulado.

Fácilmente se adivina que las observaciones sobre dicha apófisis

han sugerido a Ameghino sus hipótesis generales sobre filogenia del

lenguaje.

* * * * *

La tercera cuestión planteada en este bosquejo--origen poligénico de

las lenguas humanas--está muy someramente expuesta. ¿La adquisición

de la función del lenguaje articulado se ha efectuado en una sola

región de la tierra o en varias a la vez, ha tomado origen en una

sola raza o en varias por separado? Para dilucidar este problema se

resuelve “a examinar las mandíbulas antiguas que del hombre se conocen

en las diferentes partes del mundo, para poder determinar si todos se

han desenvuelto sobre el mismo plan y seguido un mismo camino, o si

obedecen a distintos planes y han seguido distintos caminos. En el

primer caso, habría probabilidad de un origen único, siempre que ese

camino no hubiera sido emprendido independientemente en las distintas

regiones. Pero si el modo de desarrollo obedece a más de un plan y

un camino, entonces es evidente, que el origen es independiente y

poligénico”. De ese estudio infiere: 1.ᵒ Que el lenguaje articulado

tiene diversos orígenes independientes. La apófisis geniglosa es

un carácter poligénico y no monogénico. Esta apófisis empezó a

delinearse, en el fondo de la fosa geniglosa, independientemente

en las grandes regiones de la tierra y también en pueblos de una

misma región; empezó por pequeñas rugosidades que representaban,

entonces, un carácter profético. El estado en forma de fosa geniglosa

sin rugosidades ni apófisis, fué la característica del hombre al

concluir la época terciaria. 2.ᵒ Todo induce a creer, además, que la

facultad del lenguaje, no solo las razas humanas la han adquirido

independientemente, sino también en épocas distintas y algunas en

tiempos geológicos relativamente muy recientes”.

* * * * *

La cuarta de las cuestiones--Seriación de los elementos fonéticos del

lenguaje articulado--es la que ha alcanzado un desenvolvimiento menos

incompleto (Cap. V, titulado “sonidos consonantes”). También es,

ciertamente, la parte más constructiva y original, aunque se advierte a

cada instante que el autor no conoce los estudios modernos de fonética

experimental y comparada; esto le habría facilitado su obra y sus

resultados serían más valederos.

Es imposible resumir los análisis que le llevan a reconstruir ciertos

“phylae” de evolución de los sonidos lingüísticos fundamentales. El

_procedimiento de la seriación_, establecido en _Filogenia_ para los

caracteres de los huesos fósiles, aparece aquí aplicado a seriar los

elementos fonéticos (fonemas) del lenguaje articulado. No se sabe qué

admirar más, si el ingenio, si la lógica, si algunos resultados cuya

evidencia resulta de la imposibilidad de lo contrario. Es un bosquejo,

sin duda; el propio Ameghino reconoce y lamenta su ignorancia de las

disciplinas filológicas corrientes. Pero lo importante es la indicación

de un _nuevo método_ para el estudio comparado de las lenguas, que

contribuiría a la formación de una _filología genética_ realmente

integral.

Las ideas generales que dominan en este escrito póstumo contienen

todo lo útil que podía esperarse de la obra completa: una orientación

para otros. Ameghino carecía de nociones rudimentarias de fonética y

de filología; había llegado a una edad en que no pueden emprenderse

estudios enteramente nuevos[39].

VI.--OTROS ASPECTOS

Algunas ideas de _Mi Credo_ están desenvueltas en un escrito póstumo de

Ameghino: _El Origen de la Vida_[40]; son breves notas sobre el origen

de los seres, la primera aparición de la vida, la generación espontánea

en el origen de la misma, su improbabilidad actual, las condiciones

necesarias para el desarrollo de la vida, etc. Carecen de originalidad,

desarrollando las ideas más corrientes entre los partidarios de la

teoría físico-química.

Fácil es advertir que Ameghino, en el _Credo_ que hemos sintetizado

con fidelidad, da por planteados y resueltos los problemas filosóficos

de “origen” y de “genealogía”. Sobre el origen del cosmos, de la vida

y del pensamiento, adhiere estrictamente al naturalismo filosófico;

pertenece a la corriente de pensadores que en el siglo pasado contó

con grandes nombres, desde Darwin hasta Ostwald, convergiendo a una

_concepción del mundo fundada en las ciencias naturales_. Justo es

advertir, sin embargo, que sus ideas se limitaron a generalizaciones

poco definidas, no alcanzando la forma del monismo energético, que ha

sido la expresión más sistemática de esa tendencia.

En cuanto al problema “gnoseológico”, piedra de toque para clasificar

a un filósofo, Ameghino admite, de hecho, que la experiencia es el

fundamento de todo conocimiento, iniciándose como observación empírica,

coordinándose como ciencia y proyectándose en lo desconocido como

hipótesis fundada en la experiencia. Nunca trató en particular este

problema de lógica, ajeno a sus dominios científicos; pero siempre que

a él se refirió incidentalmente, su obsecuencia al método científico

fué absoluta y se esforzó por practicarlo, en cuanto ello le fué

posible.

Su posición moral fué netamente optimista. Se dejó llevar por la

imaginación en sus previsiones relativas a la futura longevidad humana,

que llamó “inmortalidad” en términos metafóricos, más propios de la

poesía que de la ciencia.

Rindió culto a la Verdad con derechez ejemplar y virtud pocas veces

igualada. Y, sin salir de la Naturaleza, imaginó un Dios nacido de la

Naturaleza misma: el Hombre perfeccionado de la humanidad futura.

ÍNDICE DEL VOLUMEN IX

Págs.

_Agote, Luis_ --El Helenismo de Alejandría 28

_Blanco, Julio Enrique_ --Sobre el origen y desarrollo de

las ideas teleológicas en Kant 223

_Besio Moreno, Nicolás_ --Ulises en el infierno dantesco 437

_Bianchi, Alfredo A._ --La huelga sangrienta 304

_Bustos, Zenón_ --La Revolución Social que nos amenaza 136

_Culturales, Asociaciones_ --La huelga sangrienta 318

_Donoso, Armando_ --La conversión de Brunetiére 206

_Ferreyra, J. Alfredo_ --Emile Corra y los ejércitos invisibles 239

» » --Acotaciones a Montaigne 358

_González, Joaquín V._ --La Paz Internacional y el Derecho

de las Naciones 279

_Giusti, Roberto F._ --La huelga sangrienta 304

_Guardia, Ernesto de la_ --La unidad en la estética 253

_Ingenieros, José_ --Psicología de los celos 83

» » --La significación histórica del

movimiento maximalista 146

» » --La moral de Ulises 264

» » --La huelga sangrienta 315

» » --Las ideas filosóficas de Ameghino 462

_Kantor, Moisés_ --El problema social y la revolución

rusa 114

_Korn, Alejandro_ --La Reforma Universitaria 1

_Laub, J._ --¿Qué son espacio y tiempo? 386

_Lobos, Eleodoro_ --La Reforma Universitaria 16

_Lugones, Leopoldo_ --La huelga sangrienta 311

_Maupas, Leopoldo_ --La lógica formal 56

» » --Lógica inductiva 406

_Méndez, Julio_ --La Reforma Universitaria 24

_Méndez Pereyra, Octavio_ --La crítica y el arte 457

_Mercante, Víctor_ --Marcos Sastre y “El Tempe Argentino” 46

_Peña, David_ --Alberdi, Sarmiento y Mitre 161

» » --Alberti, Sarmiento y Mitre 332

_Reyes, César_ --Democracia individualista 442

_Rivarola, Rodolfo_ --Discurso de apertura de la Universidad

de La Plata 321

_Senet, Rodolfo_ --Origen de los sentimientos morales 187

» » --Los sentimientos morales, estéticos

y religiosos 367

_Zeballos, Estanislao S._ --La Reforma Universitaria 6

LA REVISTA DE FILOSOFÍA aparece bimestralmente en volúmenes de 150 a

200 páginas.

Estudia problemas de cultura superior e ideas generales que excedan

los límites de cada especialización científica. No edita artículos

literarios, políticos, históricos ni forenses.

Desea imprimir unidad de expresión al naciente pensamiento argentino,

continuando la orientación cultural de Rivadavia, Echeverría, Alberdi y

Sarmiento.

Procurará contribuir a la renovación de los géneros clásicos de la

filosofía (psicología, ética, lógica, estética y metafísica) mediante

las conclusiones más generales de la experiencia científica (ciencias

físico-naturales, biológicas y sociales), cuyo conocimiento es la

premisa natural de toda elaboración filosófica.

Ha publicado artículos de _Florentino Ameghino, José M. Ramos

Mejia, Agustín Alvarez, Joaquin V. González, Paul Groussac,

Rodolfo Rivarola, Angel Gallardo, Pedro N. Arata, Jorge

Duclout, José N. Matienzo, Ernesto Quesada, Camilo Meyer,

Carlos O. Bunge, Francisco de Veyga, J. Alfredo Ferreyra,

Víctor Mercante, Julio Méndez, Enrique Martinez Paz, Gregorio

Araoz Alfaro, Carlos Ameghino, Alvaro Melián Lafinur, Cristóbal

M. Hicken, Lucas Ayarragaray, Rodolfo Senet, Alberto Williams,

Francisco F. Fernández, Alberto E. Castex, Raquel Camaña,

José Oliva, Eduardo Acevedo, Julio Barreda Lynch, Salvador

Debenedetti, Juan W. Gez, Ricardo Rojas, Maximio S. Victoria,

Alfredo Colmo, Alicia Moreau, Emilio Zuccarini, Augusto Bunge,

Vicente D. Sierra, Raúl A. Orgaz, Teodoro Becú, Ramón Melgar,

Julio Cruz Ghio, Ernesto Nelson, Nerio A. Rojas, Alberto

Palcos, Félix Icasate Larios, Horacio Damianovich, Leopoldo

Maupas, E. Herrero Ducloux, Julio Noé, Alcira Villegas, etc._

Su sección bibliográfica tiende a constituir una base de información

retrospectiva y contemporánea de la cultura americana, y especialmente

de la argentina.

Para esta iniciativa desinteresada, emprendida sin el concurso de

ninguna institución o sociedad, no cuenta el editor con subvenciones

del Estado ni con la publicación de anuncios comerciales.

Las personas estudiosas que deseen recibir la REVISTA, deben adjuntar

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Toda la correspondencia administrativa diríjase a:

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Buenos Aires.

FOOTNOTES

[1] A este preciso momento se refiere Sarmiento en la siguiente carta

que me escribió en enero de 1888, año de su muerte, con motivo de

la aparición del diario _La Epoca_ que fundé y dirigí en la ciudad

de Rosario. La valiosa comunicación del grande hombre fué como el

_Programa_ de mi hoja. Escrita toda ella de su puño y letra, el

original no presenta ni una simple enmendatura. Esta carta fué

reproducida por la _Revista de Derecho, Historia y Letras_ en junio de

1899.

He aquí esa carta, que acaso pueda ser considerada como el último

aliento espiritual de Sarmiento:

“Señor don David Peña--Rosario.

“Mi jóven amigo:

“Con el primer mes del año 1888 me anuncia un amigo aparecerá

en el Rosario un diario dirigido por usted. Apenas asome las

narices a la luz pública, encargo a usted lo salude con el

sacramental: HAPPY NEW YEAR y le eche sobre los hombros como

blandos pañales o sobre la cabeza, como la imposición de las

manos de los ancianos, a guisa de bendición, las palabras que

siguen, puesto que quiero que, como retoños de viejo roble, se

reconozcan como descendientes felices los diarios del Rosario,

de la alocución que dirigí a sus habitantes en 1852 al pasar

por sus desiertas y apenas trazadas calles, con la _primera

página impresa_ que vió la luz en Rosario, aun antes de existir

una imprenta.

“Traíala ambulante el Ejército Grande, y hubo de lanzar desde

el Rosario, como que entraba en campaña, su primer boletín.

“No había de montarse la prensa por pesada, ni adiestrádose el

personal de cajistas e impresores, para echar a volar mil hojas

sueltas en una hora.

“Un jefe de Estado Mayor preside la operación del tiraje. Al

principio, la tripulación de aquel barquichuelo se encoge

de hombros y se ríe del propósito de hacer milagros con tan

exigüos medios: una escobilla para entintar la forma, que está

negra y muda sobre un banco, a guisa de yunque donde el Vulcano

de nuestro siglo, ha de descargar sus repetidos martillazos,

hasta que entrando en calor el metal, tome la forma que el

arte, la ciencia y la voluntad humana le imprima. Esta es la

prensa.

“¡Atención! manda el sañudo jefe, vamos a imprimir una carta a

los vecinos del Rosario prometiéndoles la victoria de Caseros.

(Una concurrencia de pueblo, inmensa, toda la platita labrada

del Rosario que cabía dentro de una sala en 1852, se había

reunido para felicitarnos y desearnos feliz y gloriosa campaña

contra el tirano).

“¡Atención! ¡Numerarse por la derecha! 1, 2, 3, 4, 5, 6.

Número uno, pone tinta a la forma con el entintador a guisa de

tapón; núm. 2, pone la hoja de papel; núm. 3, impone encima la

frasquetita de papel; núm. 4, golpea con la escobilla hasta

que se impriman las letras del otro lado; núm. 5, levanta la

frasqueta; núm. 6, retira la hoja impresa y luego, el núm. 1,

entinta la forma; núm. 2, pone el papel; núm. 3, impone la

frasqueta, etc. _Da capo_. El que retira el papel va a leer

lo impreso, para ver si está bien. ¡Alto ahí!, grita el jefe

que manda la maniobra. Ese movimiento no está en la táctica de

imprimir al vuelo, se pierde tiempo, se para la rueda. Al fin y

tirados los ejemplares, se van apartando los malos.

“La operación sigue, los artilleros se adiestran a cargar

aquel formidable obús, una página impresa que tantas murallas,

torreones y barreras ha hecho caer; y que, como el otro día me

mostrasen en la estupenda fábrica de cerveza de Mr. Biecker,

un obrero que hace catorce años está llenando botellas de

cerveza, y sus manos corren de una a otra como se ven las

alas del picaflor agitarse hasta desaparecer, yo me decía,

sin sorprenderme, patarata ¡si hubieran visto imprimir en el

Rosario mil hojas de una carta impresa, al aire libre, rodeados

seis obreros inteligentes, de una forma, haciendo volar hojas y

más hojas!...

“Este es el origen de la imprenta en el Rosario, y aquella

escena su más claro timbre de gloria. ¿Conservará alguien algún

ejemplar de aquella carta a los ciudadanos? Sería un buen

pergamino que ostentase ese diario de ud. para demostrar que

es Fijodalgo, y no un cualquiera, sino de muy noble alcurnia,

lanzado a la calle, a la de Dios que es buena.

“Ahora, el Rosario es la primera ciudad de la República

Argentina, por el número de sus habitantes y su asombroso

movimiento, sus muelles, su red de ferrocarriles, de

circunvalación y subterráneos, pues Buenos Aires es la capital,

y no entra en las ciudades de provincias. La Plata, ha ya

destronado a Córdoba. El Rosario es el Chicago del Río de la

Plata, al que los ascensores colosales envían torrentes de

trigo y lino que van a desembarcar a Inglaterra, pues los

granos se embarcan a sí mismos cayendo dentro de las bodegas de

los vapores que los trasportan.”

Pero el Rosario, es además, la boca y los oídos por donde

entran los alimentos y los espíritus y los rumores de la

civilización. El Rosario es la capital del pueblo argentino

transformándose de raza, de instintos, de ideas, y es allí

donde debe estar, para el servicio de los pueblos nuevos, aquel

banco, a guisa de yunque, para amartillar ideas, que unos pocos

vecinos vieron funcionar en 1852:--la imprenta. Sea ese diario

de ud. el yunque. La barra de hierro agrio, frío, duro, que

tenemos por delante es la _nacionalización de residentes_,

y esos residentes están en el Rosario, en la Esperanza, en

cien colonias, felices y afincados, sin haber declarádose

propietarios orgullosos de la patria que han conquistado con

el sudor de su frente, para legar a sus hijos con la República

libre, y no para mandar de regalo a algún príncipe pseudo de

allende los mares.

Le he descrito la manera de imprimir boletines en seis tiempos,

y dejar atrás las prensas a vapor. Tomo de “Viajes por Europa,

Africa y América”, la receta que me enseñó un gran maestro, y

he aplicado con grande e infalible éxito a enfermos que los

médicos habían declarado incurables; oiga usted:

“En Barcelona encontréme con Juan Tompson, uno de esos

pobres emigrados argentinos que en cada punto de la tierra

se encuentran en mayor o menor número, como aquellos griegos

de Constantinopla cuando los Hunos se apoderaron de ella. El

Facundo había caído en manos de Merimée, el académico francés,

que estaba allí; la Revista de Ambos Mundos acababa de hacer

su complaciente _Compte-rendu_ del librote, y heme aquí, que

sabiendo mi llegada a Barcelona, M. Lesseps, el célebre cónsul

general que se había ilustrado al resplandor de los bombardeos

de aquella ciudad, andaba a caza del bicho raro que tan raro

libro había escrito.

Amigos a las dos horas de conocernos, Cobden, que a la sazón

estaba en Barcelona, tuvo los honores de un te, durante el

cual debía serle yo presentado. ¿Os imagináis a Cobden, un

O’Connell vivo, cáustico, entusiasta, ardiente en la polémica,

rápido, inspirado en la réplica? ¡Cuánto os engañáis, mi pobre

Victorino! (Lastarria). Es un papanatas, fastidiado como un

inglés, reposado como un axioma, frío, vulgar, si es posible

decirlo, como las grandes verdades.

Hablamos casi los dos solos toda la noche; contóme algunas

de sus aventuras, de sus luchas, mostróme sus medios de

acción, la estrategia de su palabra, los cuentecillos con que

era preciso entretener al pueblo para que no se durmiera,

escuchando. Lamentóse de la casi insuperable dificultad que

oponían las masas por su incapacidad de comprender, por sus

preocupaciones; dióme una tarjeta por si alcanzaba él a estar

de regreso en Mánchester a mi paso por aquella ciudad y no nos

separamos sino en la puerta de mi hotel, quedando yo abrumado

de dicha, abismado de tanta grandeza y tanta simplicidad,

contemplando medios tan nobles y resultados tan gigantescos.

No dormí esa noche, tenía fiebre: parecíame que la guerra iba

a caer en ridículo, cuando generalizándose aquel sistema de

agregación de voluntades, de justa posición de masas, fuese

puesto en práctica, para destruir abusos, gobiernos, leyes,

instituciones. ¡Qué cosa más sencilla!

Hoy somos dos, mañana cuatro, el año siguiente mil, reunidos

públicamente en un mismo gobierno. ¿Resiste el gobierno?

Es que aún no somos muchos, es que quedan en favor del abuso

mucho más.

Sigue la predicación y los folletos, y los diarios, y la

asociación y la Liga. El Gobierno o las Cámaras saben el día y

la hora en que están vencidos y ceden; íd. ¡a poner en planta

tan bello sistema en América!

Cobden había destruído o atacado, antes de comenzar su obra,

todos los grandes principios en que reposaba la ciencia

gubernativa. El _equilibrio europeo_ él lo declaró manía de

entrometerse en asuntos ajenos por desaburrirse los ministros.

Las _colonias_ eran sólo el medio de proporcionar empleo a

los hijos menores de los lores. La _balanza comercial_, el

resumen de la ignorancia en economía. La política con todas sus

pretensiones de ciencia, el charlatanismo de bobos o de pillos.

La _protección_ a las industrias nacionales, un medio inocente

de robar dinero al vuelo, arruinando al consumidor y dejando

en la calle al fabricante protegido. En cambio de todas estas

verdades fundamentales él sustituía el buen sentido, el sentido

común de todos los hombres, más apto para juzgar que la ciencia

interesada de lores y ministros.

Ahora parto para Africa. Llevo cartas para el mariscal Bugeaud,

y una casi orden al cónsul de Mallorca para que me haga

conducir a Argel por el primer vapor de guerra que se presente.”

Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 Cultura—Ciencias—Educación · 第 15 / 16 段