En efecto, el agua que se encuentra en nuestros mares es insuficiente

para cubrir toda la superficie de la tierra, hasta los picos más

elevados. Para sostener la existencia del diluvio universal se debería

suponer que las aguas provienen de algún punto exterior al planeta, o

que Dios las creó de la nada y después de haber conseguido su objeto

las volvió a la nada. Tal hipótesis le parece imposible, geológicamente

hablando, pues de todos los fenómenos que se han verificado en nuestro

globo, desde sus orígenes, no se conoce ninguno debido a causas

sobrenaturales; “por consiguiente, el diluvio universal, explicado

por causas agenas a las leyes naturales y que no caen bajo nuestros

sentidos, es un absurdo, es un imposible geológico. Casi todas las

montañas, aun las más altas del globo, presentan en su superficie

bancos de coral, conchas marinas de diferentes especies, etc., que

los partidarios del diluvio universal atribuyen a dicho cataclismo,

suponiendo que las aguas los llevaron y depositaron en las cimas de las

montañas; pero ¿cómo explicar el hecho de que muchas de esas montañas,

desde su base hasta su cima, están en su interior completamente llenas

de dichos despojos puestos por capas sucesivas; que cada una contiene

sus fósiles característicos de los cuales no se encuentran vestigios

en las otras capas; y que cada una denota pertenecer a períodos de

millares de años durante los cuales se fueron modificando lenta pero

progresivamente los seres animales que durante ellos vivían? ¿Cómo

explicar el hecho de que algunas de esas capas están compuestas de

animales marinos y otras de fluviales? Nunca consiguieron los teólogos

explicarlo satisfactoriamente.

“Sólo a los ateos, según los llaman ellos, les estaba reservado poder

explicarlo satisfactoriamente, como han probado de un modo evidente los

geólogos que dichas montañas no son otra cosa que terrenos formados

lentamente en el fondo de los mares y los lagos, que más tarde fueron

sublevados por efecto del calor del horno central de la tierra, que

careciendo, comparativamente a la gran intensidad de su calor, de

suficientes válvulas de seguridad (volcanes), los formaba en los puntos

menos resistentes de la corteza terrestre sublevando inmensas capas de

terreno, cuya mayor parte yacían en el fondo de los mares de aquella

época, y que son los que constituyen nuestras montañas actuales”.

Los partidarios de las viejas tradiciones creyeron defenderlas

reconociendo esos acontecimientos geológicos, pero agregando que habían

ocurrido antes del diluvio legendario; los efectos de éste debían

buscarse en los terrenos móviles o poco coherentes (sedimentarios)

que descansan sobre los anteriores y a los que se dió el nombre de

_diluvium_ o terrenos diluvianos. “Por consiguiente, la cuestión no se

reduce más que a saber si realmente los terrenos, a cuyo conjunto se ha

dado el nombre de _diluvium_, son el producto de una gran catástrofe.

Casi todos los geólogos modernos, fundándose en hechos, pruebas y

razones convincentes, se han declarado por la negativa.”

* * * * *

Lo que Ameghino se propone, en suma, no es simplemente describir

observaciones estratigráficas ni colecciones de fósiles; desea

intervenir en uno de los grandes conflictos trabados entre la Ciencia

y la Religión, poniendo al servicio de la primera sus observaciones

personales. En efecto, “los terrenos que ocupan la superficie de las

pampas argentinas hasta una profundidad de veinte metros y más, a

cuyo conjunto se ha dado el nombre de _formación pampeana_ o terrenos

pampeanos, corresponden por su situación geológica a los que en Europa

se han llamado diluvianos. En estos terrenos se han encontrado, lo

mismo que en sus análogos europeos, los huesos de un gran número de

mamíferos conocidos generalmente con el nombre de _antediluvianos_.

En estos terrenos se han encontrado huesos humanos y objetos de su

industria, a los cuales, por estar como están, mezclados con huesos

de mamíferos extintos llamados _antediluvianos_, habría también que

aplicarles dicho calificativo. Ahora bien: el término _antediluviano_

ha sido introducido en la ciencia para designar cualquier cosa que

fuera anterior al supuesto diluvio universal, cuya existencia era

antes casi generalmente admitida. Si conservásemos dicho término para

designar los animales que se encuentran en el terreno pampeano y los

huesos humanos que se han encontrado junto con ellos, sería lo mismo

que si dijéramos que los animales a que pertenecieron dichos huesos

fueron anteriores a la supuesta catástrofe diluviana, es decir, a una

supuesta fecha o punto de partida, puesto que el diluvio, como nos

lo quieren hacer entender los defensores de las erróneas tradiciones

bíblicas, no ha sido más que una gran inundación simultánea sobre toda

la superficie de la tierra.

“Por eso es que para nuestros fines nos resulta de suma necesidad

saber si los terrenos pampeanos han sido formados momentáneamente por

efecto de una gran inundación, o son, por el contrario, el producto de

la reunión de un gran número de causas, que estuvieron en actividad

durante un largo número de años.

“Si lo primero es exacto, los animales cuyos restos encontramos en

ellos deben haber vivido con anterioridad a la catástrofe que los

formó y de la que fueron víctimas; y en ese caso el calificativo de

_antediluviano_ les sería bien aplicado.

“Si fuese lo segundo, el término _diluvio_ o _diluviano_ ya no

indicaría una data o fecha, sino una época o un gran período de tiempo,

durante el cual habrían tenido vida los numerosos seres organizados

cuyos restos se encuentran en los terrenos que durante él se formaron;

y, en consecuencia, el término _antediluviano_ sería mal aplicado,

porque equivaldría a decir que tuvieron vida anteriormente a una

catástrofe que jamás ha tenido lugar y podría substituirse por el de

_diluviano_, que equivaldría a decir que tuvieron vida durante la época

o período así llamado.

“Vamos a tratar de resolver la cuestión no con simples hipótesis o

argumentaciones sin fundamento, sino con razones, pruebas y hechos,

cuya exactitud podrá comprobar cualquiera”.

Su propósito no es, como se vé, simplemente descriptivo; si observa

terrenos y colecciona fósiles, persigue fines ideológicos más elevados.

Tiene, ciertamente, a los veinte y dos años preocupaciones que merecen

el nombre de filosóficas. Reaparecen ellas en _La Antigüedad del

Hombre en el Plata_ (1880), verdadero resumen de todos sus escritos

precedentes, y persisten en _La Edad de la piedra_ y en el _Homenaje

a la memoria de Darwin_, verdaderos eslabones que articulan su

pensamiento juvenil con las ideas científicas de su vida entera.

II.--EL TRANSFORMISMO Y LA PALEONTOLOGÍA FILOSÓFICA

El ciclo de su obra viril se inicia con _Filogenia_ (1884), obra

que por su método y orientaciones pertenece al género de la llamada

_paleontología filosófica_.

Después de Goethe, Oken y Buffon,--los precursores,--el transformismo

fué enunciado, con firmeza creciente, por Lamarck, Saint-Hilaire y

Darwin. Las obras de este último, concordantes con las expuestas por

Lyell en otros dominios, revolucionaron la zoología; a poco, mientras

Haeckel y Huxley le aportaban comprobaciones valiosas, cundió entre

los paleontólogos el transformismo y primaron en el estudio de los

fósiles los trabajos de reconstrucción filogenética. Neumayr delineó la

de los invertebrados, Cope la de los vertebrados; ambos introdujeron

en la paleontología el transformismo, más darwinista en el primero y

más lamarckiano en el segundo. Al mismo tiempo daba a luz Gaudry sus

leidísimos volúmenes sobre “los encadenamientos del mundo animal”,

coronados más tarde por su “ensayo de paleontología filosófica”.

Durante la estancia de Ameghino en Europa (1878-1881) esa orientación

filosófica de la paleontología estaba en pleno auge; refléjase ella

ampliamente en _Filogenia_ (1884), obra que tiene, junto a sus muchos

méritos, los apresuramientos propios de esa época, que justificaron la

prudente voz de alarma lanzada por Zittel.

El prólogo de _Filogenia_, en su parte final, es de un optimismo

fervoroso. Ameghino se propone restaurar el árbol filogenético para

dar la demostración irrefutable del transformismo; confiado en su

juventud, sólo pide tiempo para ello. Declara que una empresa de tal

magnitud y responsabilidad científica no puede esperarse de hombres que

tienen ya una reputación hecha y temen arriesgarse a comprometerla; las

obras revolucionarias están reservadas a los jóvenes. “Reconozco la

necesidad imperiosa de proceder cuanto antes a bosquejar este ensayo de

clasificación genealógica, y voy a acometer la empresa sin disimularme

las dificultades que para ello tendré que vencer, los deberes que me

impone, los sinsabores que quizá me reserva y la acerba crítica con que

sin duda será acogido por todos los que no tienen fe en el porvenir

y en las innovaciones, y ven detrás de cada revolución un caos, sin

reflexionar que después del fuerte rugir del trueno y de la obscuridad

que momentáneamente produce el encapotado cielo, la bóveda celeste

se muestra más límpida y azul, y el sol aparece más brillante y más

hermoso”.

_Filogenia_ es un simple punto de partida, la fijación del método

para llegar al fin; así lo expresa el subtítulo: “principios

de clasificación transformista basados sobre leyes naturales y

proporciones matemáticas”.

Nunca olvidó Ameghino esa orientación filosófica inicial. Pasó los

más de sus años siguientes en clasificar las cuatro grandes faunas

paleontológicas de las formaciones pampeana, paranaense, hermosense

y patagónica, determinando a la vez sus condiciones geológicas;

pero de tiempo en tiempo volvió a lanzar una mirada sinóptica a

su obra, conexionándola con sus propios orígenes y proyectándola

sobre el porvenir[34]. Ya en plena madurez, acicateado por algunos

descubrimientos, renacieron en él con nuevos bríos las inclinaciones

antropogenéticas que había revelado en el capítulo final de

_Filogenia._ Ocupó sus últimos años en perfeccionar la serie de

los ascendientes del hombre, problema de la mayor trascendencia

filosófica. Sostuvo, como Darwin y todos los darwinistas, que los

antecesores del hombre no deben buscarse entre los actuales monos

antropomorfos, sino entre los monos ya extinguidos que dieron origen a

ambas ramas; pero a todos los excedió en el empeño que puso en acabar

una demostración tan inútil. No la necesita ya ningún transformista;

nunca parecería suficiente a quien desee creer en el origen

sobrenatural del hombre y en la invariabilidad de las especies.

III.--“MI CREDO;” LOS CUATRO INFINITOS; LA VIDA Y LA MUERTE

En 1899 publicó Ameghino tres artículos sobre _Los Infinitos_: espacio,

materia y movimiento[35]. Sus conceptos fundamentales reaparecieron

en la conferencia _Mi Credo_, pronunciada el 4 de agosto de 1906, en

la Sociedad Científica Argentina; en este conocido trabajo renovó su

adhesión a los principios del naturalismo filosófico, cuyas hipótesis

más corrientes expuso en forma sencilla y con visible originalidad en

ciertos detalles.

* * * * *

Concebía el Cosmos como un conjunto de _cuatro infinitos_: el inmutable

_infinito espacio_, ocupado por el _infinito materia,_ en _infinito

movimiento_ en la sucesión del _infinito tiempo_.

“Materia y espacio tienen la relación de contenido y continente. El

espacio existe, es una realidad, puesto que en el Universo es lo único

inmóvil, perenne, inmutable, sirviendo de receptáculo a la materia.

Concebir algo que sea menos que el espacio o que se encuentre fuera de

él, es un imposible.

“La materia es la substancia palpable que llena el Universo, y no

podemos figurárnosla sino ocupando espacio; es evidente que la porción

del espacio ocupada por un átomo de materia no puede ser a la vez

ocupada por otro.

“La materia no tuvo principio, ni tendrá fin. Que es indestructible, es

evidente, puesto que no es concebible la posibilidad de sacarla fuera

del espacio.

“Como inseparable del espacio tenemos el intangible infinito tiempo,

que podemos definir como la sucesión infinita de la nada corriendo

paralelamente a las sucesivas fases de la eterna transformación de la

materia.

“Como inseparable de la materia tenemos el infinito movimiento, que

aunque inmaterial, a diferencia del infinito tiempo, es sensible y

tangible.”

* * * * *

Dejando los infinitos intangibles, espacio y tiempo, se detiene

Ameghino a examinar los dos infinitos tangibles: materia y movimiento.

Acepta el atomismo para explicar la constitución de la materia. El

movimiento no existe independiente de la materia; es sinónimo de fuerza

o energía.

La evolución de la materia obedece a dos movimientos opuestos, de

igual intensidad: concentrante y radiante, es decir, de atracción y

repulsión. La evolución concentrante es progresiva; la radiante es

regresiva.

Un principio fundamental rige la universalidad del movimiento: “la

intensidad del movimiento está en relación inversa de la densidad

de la materia”. Hay mundos en formación y mundos en disolución: ese

equilibrio es eterno.

La materia presenta numerosos estados, desde el etéreo que llena

los espacios estelares, hasta el pensante que constituye el cerebro

en actividad. La estructura de esos estados es variadísima,

correspondiendo a cada uno de ellos un agrupamiento molecular distinto.

La transición entre esos estados es necesariamente progresiva. “La

infinita variedad de aspectos bajo los cuales se presenta la materia,

como todos los fenómenos físicos y químicos, se reduce al predominio

(localizado en el tiempo y en el espacio) del movimiento concentrante

o del movimiento radiante, que modifican la materia variando a lo

infinito su grado de elevación jerárquica y la complejidad de los

agrupamientos moleculares. Todos los elementos de la materia son

múltiplos del átomo único fundamental: el éter.

Los cambios de estado de la materia se acompañan de absorción o emisión

de calor.

Si los átomos son impenetrables, las moléculas son penetrables; los

distintos estados de la materia coexisten contenidos los unos en los

otros.

Las diversas formas de energía se transforman entre sí en proporciones

siempre equivalentes.

Los fenómenos físicos consisten en variaciones de la composición

molecular de la materia; los fenómenos químicos son disociaciones y

reagrupaciones de los elementos moleculares.

Las leyes naturales, con excepción de las muy pocas que rigen los

infinitos, no son eternas ni inmutables; son modos de equilibrio

entre el movimiento concentrante y el movimiento radiante: a cada

modificación de las condiciones de equilibrio corresponde una variación

de las leyes naturales.

* * * * *

“No hay diferencia de substancia entre los cuerpos orgánicos y los

cuerpos inorgánicos, entre el cuerpo vivo y el cuerpo muerto”; entrando

en la composición de ambos los mismos elementos, su diferenciación

es secundaria y no primitiva, datando de una época relativamente

recientísima. Los organismos se formaron sobre la tierra cuando

su condensación fué suficientemente avanzada y la temperatura

suficientemente baja para que no se coagularan los albuminoides: “los

organismos son el resultado de la transformación de los inorganismos”.

La vida es una modalidad complicada del movimiento: todas sus

manifestaciones se reducen a formas de movimiento que ya encontramos en

los inorganismos.

La cantidad de materia viviente es invariable en las actuales

condiciones de equilibrio de la tierra y no variaría en cuanto ellas

persistiesen; está determinada por la cantidad de nitrógeno disponible

que existe sobre la tierra, que no puede sufrir aumento o disminución

sin producir un desequilibrio en el estado dinámico periférico de

nuestro globo.

Los primeros organismos se constituyeron por generación o evolución

espontánea, al transformarse la materia inorgánica. Actualmente la

generación espontánea no existe. No puede existir porque ya no hay

nitrógeno libre, cuya totalidad está acaparada por el mundo orgánico

existente, que representa la cantidad máxima de materia susceptible de

vivir.

La formación espontánea de la materia viviente se efectuó una sola vez

y no volverá a producirse; fué una etapa en la evolución de la corteza

terrestre, cuyas condiciones no se repetirán. La vida continuará sin

discontinuidad mientras duren las actuales condiciones de equilibrio de

la corteza terrestre. La materia de la corteza de los otros planetas ha

pasado o pasará por la misma etapa, lo que implica la posibilidad de

que sobre ellos aparezcan organismos vivientes.

Si la cantidad de materia viva es invariable, el aumento numérico de

algunos organismos debe implicar la disminución de otros; esa es la

causa última de la concurrencia vital o lucha por la vida. Siendo

limitada la cantidad de materia asimilable, ese es el límite natural de

la reproducción en los organismos: unos seres tienen que sucumbir para

que los demás puedan vivir.

Colocado en condiciones favorables del medio, el protoplasma, o

los seres vivos elementales, serían inmortales; la muerte es un

desequilibrio entre el ser vivo y su medio.

Los organismos más complicados son colonias de organismos elementales,

entre quienes se dividen las funciones necesarias a la vida del

conjunto; su muerte es un desequilibrio en esa división del trabajo.

La diversificación, complicación y perfeccionamiento de los organismos

se efectúa por una constante adaptación al medio, el cual también

evoluciona constantemente.

En la evolución individual cada organismo atraviesa las etapas

recorridas por sus antecesores en la evolución de las especies: la

ontogenia repite la filogenia, en sus fases generales.

Los hábitos adquiridos en la evolución de la especie, aparecen en

el individuo como instintos; siguiendo ese proceso, que nada puede

interrumpir, el hombre de las edades futuras nacerá con todos nuestros

conocimientos actuales involucrados potencialmente en su instinto.

* * * * *

Los seres vivos mueren cuando la disimilación es mayor que la

asimilación; el organismo se mineraliza progresivamente y sus funciones

se entorpecen hasta hacer imposible el equilibrio total.

El hombre podrá algún día retardar su muerte, “poco menos que

indefinidamente”. El término de duración de la vida no es fijo; debemos

dilatarlo el mayor tiempo posible. “No creo que la muerte deba ser

siempre una consecuencia inevitable y fatal de la vida”. Los organismos

unicelulares, en determinadas condiciones, son teóricamente inmortales;

los policelulares mueren porque sus células se mineralizan y dejan de

funcionar, lo que se efectúa en época fija e invariable. Aunque la masa

total de materia viviente sea invariable, ella puede estar dividida

entre un número variable de individuos. “Puede, pues, concebirse,

sin que sea un contrasentido ni esté en contradicción con las leyes

naturales en vigencia, la posibilidad de que pudiera existir cierto

número de organismos inmortales, que vivieran constantemente a expensas

del mundo orgánico”.

Para alcanzar una longevidad indefinida es necesario que el

funcionamiento orgánico no sea obstruído por la acumulación de

sedimentos inertes. La tendencia evolutiva hacia una mayor longevidad

es general y está muy acentuada en los organismos superiores; el hombre

podría conocer las condiciones que la determinan y adaptar su propia

evolución en ese sentido, “darle dirección y colocarse resueltamente en

el camino de la inmortalidad”.

A nuestros lejanos descendientes “dotados de una longevidad de miles de

años; con el saber innato de sus antecesores, heredado bajo la forma

de instinto; con órganos de los sentidos mucho más perfectos que los

del hombre actual; con una materia pensante infinitamente superior, les

seria posible resolver los grandes problemas del Universo que se nos

presentan todavía en forma de lejanas nebulosas”. La especie humana

actual, salida de las precedentes, engendrará a su vez una especie más

perfecta, próxima al concepto que el hombre se forma de la divinidad.

En nuestros futuros descendientes, podría quedar cumplida la profecía

bíblica: ellos serían a imagen y semejanza de los dioses[36].

IV.--NOCIÓN DE DIOS Y NOCIÓN DE ESPACIO

La concepción del Cosmos como conjunción de cuatro Infinitos, se

encuentra explicada con mayor detenimiento en los artículos ya citados,

anteriores a _Mi Credo_. La concepción panteísta está desenvuelta en

su breve artículo _Noción de Dios y noción de Espacio_[37], destinado

a contestar la pregunta: “¿Hay algo que en verdad exista, o que

cuando menos pueda ser concebido en sana lógica como existente, que

esté más arriba que el espacio y la materia?” Y después de reconocer

la universalidad de la creencia en “un ser superior que gobierna el

Universo y es autor y origen de todas las cosas”, da su respuesta

decisiva: “la existencia de un ser superior, creador del Universo, es

incompatible con la noción de la existencia y la eternidad del espacio

y la materia”. Trata de probar con múltiples razonamientos lógicos la

incompatibilidad de las nociones de Dios y de Espacio, terminando con

las siguientes conclusiones explícitas:

“La idea de Dios es una idea primitiva, simple, sencilla, infantil,

hija del temor que engendra lo desconocido y de la ignorancia, que sólo

tiene ojos para ver las apariencias. Idea nacida con el hombre desde el

estado salvaje y que ha ido modificándose poco a poco a medida que el

hombre se civilizaba y cultivaba su inteligencia, hasta hacer de tal

idea una concepción puramente metafísica, dotada de atributos no menos

metafísicos, sirviéndome de esta expresión en su acepción más vulgar,

que quiere que sea metafísico todo aquello que no se comprende. Y en

efecto: nada hay, por consecuencia, tan metafísico como la noción de

Dios y de sus atributos, puesto que todo ello es lo más incomprensible.

“La noción de espacio es, por el contrario, una idea compleja, que sólo

ha podido presentarse en espíritus elevados y afirmarse como resultado

del conocimiento previo del Cosmos.

“Una no deja lugar para la otra; y así como todo pueblo inferior

se aniquila, desaparece y se extingue al estar en contacto con uno

superior, así también la noción de Dios se disipa ante la concepción

mucho más grandiosa, a la par que real y positiva, de la eternidad de

la infinita materia, en movimiento infinito, que llena el infinito

espacio”.

V.--FILOGENIA DEL LENGUAJE

Nunca osaron pensar Lamarck y Darwin, que la Anatomía Comparada y

la Paleontología podrían corroborar el transformismo explicando las

variaciones morfológicas que han permitido la evolución del lenguaje.

Ameghino lo intentó en su escrito póstumo “_Origen poligénico del

lenguaje articulado_”, en cuyo texto parece alterado el orden natural

de los problemas y no están bien distribuídos los materiales[38].

Fácil es separar en esta monografía los elementos relativos al estudio

de cuatro cuestiones distintas: 1.ᵒ Filogenia General del Lenguaje;

2.ᵒ Restauración filogenética de los órganos del lenguaje articulado;

3.ᵒ Origen poligénico de las lenguas humanas; 4.ᵒ Seriación de los

elementos fonéticos del lenguaje articulado.

* * * * *

La primera cuestión--Filogenia General del Lenguaje--parte de que, en

la evolución de las especies animales, el lenguaje va convirtiéndose de

mímica emotiva en lenguaje articulado. Para ello pasa por cuatro etapas

progresivas:

1.ª Lenguaje animal o emotivo, propio de los animales, constituído por

gritos vocales acompañados de expresiones musculares (gestos) para

determinar mejor su significado.

2.ª Lenguaje exclusivamente vocal o prehumano, propio de los

antecesores del hombre.

3.ª Lenguaje semiarticulado, constituído por vocales y semiconsonantes,

sonidos intermedios que participan a la vez de la vocal y de la

consonante. Corresponde a los primeros representantes del género

humano, cuya mandíbula carecía, todavía, de apófisis geniglosa.

4.ª Lenguaje articulado, en el que los órganos bucales entrecortan

el sonido vocal para constituir sílabas distintas. Este ha

comenzado con la formación de la apófisis geniglosa, y ha alcanzado

independientemente distintos grados de desarrollo.

(La parte mímica, expresiva o emotiva, ha ido disminuyendo a medida que

iba en aumento el significado de las voces).

Ameghino analiza cada una de esas cuatro etapas, deteniéndose,

especialmente, en la última, o sea el lenguaje articulado.

Revista de Filosofía, Año V - Nº 3 - May/1919 Cultura—Ciencias—Educación · 第 14 / 16 段